samedi 3 décembre 2011

Joe BRODERICK/ Las mujeres que amaron a BECKETT

Artículos
Avec toi sans toi
Las mujeres que amaron a Beckett
Por Joe BRODERICK

Una visita al cementerio de Montparnasse y un encuentro inesperado en una librería de la Ciudad Luz le permiten al autor reconstruir esta melancólica y no muy conocida historia de amor.

Estando en parís en enero, decidí visitar la tumba de Samuel Beckett en el Cementerio de Montparnasse. Tenía ganas de estar a solas con “Sam”, como le decían sus amigos, y como le digo yo en mi fuero interno, pues de tiempo atrás lo siento como un amigo cercano, uno que lamentablemente ya se ha ido. ¿Dónde encontrarlo ahora? En sus escritos, sí. Pero también, de una manera especial, en el lugar donde reposan sus huesos. Quería conversar con él sobre uno de sus personajes, justamente aquel que se sentía a sus anchas entre las lápidas, disfrutando del olor de los cadáveres y riéndose de los epitafios. Me refiero al protagonista de su relato Primer amor, que yo he venido interpretando durante meses ante diversos públicos. Aquel viejo sin nombre me había invadido, casi diría que poseído. Iría a la tumba de su creador para desahogarme y para comunicarme con Sam, en silencio. Pero nunca imaginé que, ese mismo día, él me fuera a compensar con dos grandes sorpresas.

Aquella fría mañana bajé del metro en Montparnasse Bienvenue y, envuelto en mi gabardina, caminé rápido bajo una llovizna persistente por el bulevar Edgar Quinet hasta llegar al cementerio. A la entrada encontré un plano que ubicaba los sepulcros de los más distinguidos personajes enterrados en el recinto. Eran muchos, pero uno solo me interesaba. No busqué siquiera la tumba de Cortázar, aunque confieso que no resistí la tentación de detenerme un momento ante el imponente monumento del general francés Jacques Aupick para leer su grandilocuente inscripción. Deja constancia, entre otras cosas, de cómo en 1828 el general se casó con la viuda de François Baudelaire, madre de Charles, para ese entonces un niño de siete años. La leyenda grabada en granito deja entender que el poeta, también enterrado allí, solo mereció tan elegante sepultura por ser ahijado de un célebre militar. Es probable que en este cementerio, como en todos, se encuentren mil curiosidades más, pero las investigaría tal vez en otro momento. Ese día el único sendero (allée) que buscaba era el que me llevaría a la última morada de Samuel Beckett.

El camino señalado en el mapa me condujo a una larga piedra rectangular que yacía en el suelo y llevaba dos inscripciones. La primera decía: “Suzanne Beckett, née Déchevaux-Dumesnil 1900-1989”. Y la segunda simplemente: “Samuel Beckett 1906-1989”. Suzanne era seis años mayor que su marido; habían muerto los dos en el mismo año, ella en julio, él en diciembre. Al contemplar los escuetos datos grabados en ese frío mármol, no podía menos que pensar en el cruel día de verano de 1989 cuando, en el mismo sitio donde yo estaba en ese momento, Sam Beckett, viejo ya y muy frágil, se paró a ver descender el ataúd de Suzanne a una fosa abierta por los sepultureros. Se había ido para siempre la mujer con quien compartió la vida durante cincuenta años, y de quien solía decir: “A Suzanne le debo todo”. Esa tarde Beckett regresó a su cuarto en el austero asilo Tiers Temps a esperar su propia muerte.

Imposible no sentirme afectado. Pero mi tristeza fue mitigada un poco por el hecho de no sentirme solo; había evidencia de otros visitantes. Encima de la lápida alguien había puesto, recientemente, unas rosas rojas y blancas, y unos guijarros sueltos que recordaban los que llevaba Molloy en los bolsillos de su sobretodo. También había una hoja de papel, como arrancada de un cuaderno escolar, que contenía un breve mensaje escrito con bolígrafo. Supuse que no llevaba mucho tiempo allí, ya que era perfectamente legible a pesar del maltrato a causa de la fina lluvia que le caía encima. “Toda la vida”, decía en español, “había soñado con dirigir un montaje de Godot. Pero ahora veo que no va a ser posible. ¿Será esto lo absurdo? No creo. Javier”. Me conmovió el patetismo de la nota. Me gustaría saber que Sam haya premiado a Javier, dándole una oportunidad para volver “posible” su sueño.

Me quedé allí un largo rato, absorto, indiferente al agua que me humedecía. Luego cogí, como suvenir, una pequeña flor morada de entre las muchas que crecían en una matera al pie de la tumba del matrimonio Beckett y, metido en mis pensamientos, me retiré del lugar. Volví distraído por el bulevar, y tomé el metro para regresar a casa. Al salir por la boca de la estación cerca de mi hotel, me encontré frente a la pequeña librería del barrio. Entré y pregunté por algunos libros de Beckett. El joven que atendía me mostró lo usual: ejemplares de Esperando a Godot, de Fin de partida y otros títulos igualmente conocidos, que yo ya tenía. Le pregunté si no tendría una copia deMolloy. Años antes yo había comprado ejemplares en inglés y en castellano, pero no el texto original en francés. Detrás de unos lentes redondos vi brillar sus ojos al decirme, con voz misteriosa: “Tengo la primera edición de Molloy”. Se metió detrás de los anaqueles y reapareció enseguida con el libro en la mano. Me lo entregó, y me dijo que valía noventa euros.

Todavía no entiendo por qué no lo compré ahí mismo. Admiré la sobria cubierta con el título en letras azules y la conocida estrella con la eme de Les Éditions de Minuit. Repasé las hojas, sintiendo bajo mis dedos el papel tosco, alguna vez blanco pero amarillento ahora por el paso del tiempo. Aparte de eso, el libro estaba en perfecto estado. Imaginé la dicha de Beckett el día en que tomó en sus manos el hecho físico de esta criatura tan peculiar, un engendro que le había costado tantos meses de parto y que nunca había creído publicable. Era (es) un libro extraño, y para entonces Beckett era un escritor totalmente desconocido. Solo la infinita fe de Suzanne, y su infatigable perseverancia frente a las negativas de tantos editores en París, lograron que el manuscrito apareciera finalmente en el escritorio de Jérôme Lindon, quien tras leer las primeras páginas se dio cuenta de que tenía en sus manos una obra genial y decidió apostarlo todo por su autor. Les Éditions de Minuit estaba haciendo sus primeros pinos; Lindon no tenía más de veintiún años. Y a Beckett le preocupaba que ese joven novato, al editarlo, fuera a perder su dinero. Sí, yo conocía la historia de esa primera publicación de Beckett en francés. Entonces me queda más difícil aún explicar cómo fui capaz de devolver el libro al vendedor y decirle secamente: “Merci, je vais le penser”.

Al otro día me desperté sudoroso y febril. “¿Por qué se te ocurrió dejar el libro?”, me preguntaba. “¿No ves que Sam te estaba haciendo un regalo, un regalo maravilloso?”. Me vestí de prisa, pero tuve que esperar hasta las diez de la mañana para que el joven abriera su librería. Estaba angustiado. “¿Qué tal si ya no lo encuentro?”, pensé. Aun así, me pesaban esos noventa euros. Mientras esperaba, contemplé la posibilidad de pedir una rebaja. “Tal vez me lo venda en ochenta”, pensé. ¿Pero sería yo capaz de regatear con un francés? ¿Y por una cosa tan preciosa? No. Mejor no. Entré por fin al almacén. El joven me reconoció del día anterior y me dijo: “Ah, le bouquin de Beckett. Je vous quitte dix. Pour vous c’est quatre-vingts”. Increíble. Ni que me hubiera leído el pensamiento. Me estaba quitando diez euros, para vendérmelo en ochenta.

Entregué los billetes y quedé nuevamente con el libro en mis manos –temblando, creo– cuando una voz a mi lado dijo: “Vous êtes amant de Beckett. Moi aussi”. Miré. Era una mujer más bien pequeña de estatura y de edad indefinida. Había entrado a la librería casualmente en ese momento para comprar un volumen de bandes dessinées de Hugo Pratt. Se presentó, Francesca Ragusa, y siguió hablando, rápido, con emoción, contándome que era documentalista y que estaba en el proceso de producir un filme sobre una mujer que había pasado toda su vida enamorada de Beckett. Media hora después seguíamos hablando en los jardines de Buttes Chaumont, de todos los parques de París el más lindo tal vez por ser el más parecido a un parque inglés. La lluvia había cesado y nos quedamos un largo rato más en una banca, mientras Francesca –italiana, como era obvio– me hablaba de aquel amor frustrado y extraía de su gran cartapacio de cuero una cantidad de fotos y apuntes, material que venía recogiendo para su película.

La historia es como sigue: en los primeros años de la década de los cuarenta, Beckett y Suzanne empezaron a colaborar con la Resistencia francesa. El trabajo era arriesgado y podía costarles el fusilamiento por parte del ejército alemán. El peligro se volvió inminente cuando la célula en que militaban fue detectada por los nazis y, para salvarse, tuvieron que abandonar la ciudad de inmediato y buscar refugio en el sur de Francia, en una zona aún libre. Allá, en la aldea de Rousillon, se encontraron con otros que, como ellos, escapaban de las hostilidades y esperaban ansiosos el fin de la guerra. En esa pequeña comunidad de refugiados conocieron a Henri Hayden, un pintor polaco-francés de sesenta años, y a su esposa Josette, mucho más joven que su marido. Beckett se hizo amigo de la pareja y con Hayden pasaba horas jugando ajedrez y hablando de arte y literatura. Los dos matrimonios formaron una amistad duradera; pronto prometieron seguir viéndose con regularidad después de la guerra. Mientras tanto, Beckett había advertido que Josette se estaba enamorando de él. Era demasiado evidente. Pero tal vez por su estrecha amistad con el pintor nunca se permitió ni siquiera un flirteo con ella.

Francesca me hizo ver que Josette vivía “a la sombra de dos grandes artistas”, alimentada por una “obsesión” que la atormentaba a tal punto que, después de la muerte, primero de su esposo en 1970, y luego de Beckett en 1989, ella se hundió en una tremenda depresión. Buscó alivio en el alcohol hasta que, finalmente, alcanzó a llegar a una vejez digna y apacible. Francesca la conoció en sus últimos años (Josette murió en 2003) y pudo grabar largas conversaciones con ella, en las que habló de los dos hombres de su vida. Estas conversaciones iban a constituir la columna vertebral del documental que estaba preparando.

Francesca me contó varias anécdotas, entre otras la vecindad de Beckett y la pareja Hayden en la región de Ussy-sur-Marne, a sesenta kilómetros de París. Allá Beckett había mandado construir una pequeña casa de campo adonde podía escapar de las distracciones de la ciudad y encerrarse a trabajar. Acto seguido, los Hayden compraron una casa de recreo en el pueblo vecino. Es probable que haya sido Josette quien escogió el lugar, presumiblemente para estar cerca de su adorado Beckett. En realidad se visitaban mutuamente y con frecuencia. Entre las fotos que Francesca me mostró aquella tarde en el parque, recuerdo especialmente una de ambiente campestre. Era un retrato de los Hayden. Parece que Beckett tomó la imagen con una de esas cámaras Rolleiflex tan populares en la época y que los fotógrafos sujetaban a la altura de la cintura mientras enfocaban desde arriba en una pantalla bastante amplia. La imagen cuenta veladamente toda una historia: Hayden está mirando de frente al lente de la cámara, mientras que Josette tiene la mirada levantada hacia el fotógrafo y le hace un gesto muy coqueto.

Han pasado unos meses desde mi encuentro con Francesca, y hace poco ella me escribió para contarme que el documental ya había sido editado. Contiene no solo las reminiscencias de Josette Hayden y sus recuerdos de Beckett, sino muestras de sus pinturas y dibujos, pues también era artista. Sin embargo, siendo el tema central ese amor vivido intensamente sin alcanzar nunca el objeto de su deseo, Francesca Ragusa bautizó su película con un título más que sugerente:Avec toi sans toi (“Contigo pero sin ti”).

Pensándolo bien, ese título podría servir para toda una serie. Pues Josette Hayden no fue la única mujer que se enamoró de Beckett para luego quedarse sin él. Con algunas, por supuesto, Beckett tuvo relaciones no solo amistosas, como en el caso de Josette, sino también físicas. Pero al final no se quedó sino con una. En 1939, unió su vida con la de Suzanne Déchevaux-Dumesnil y nunca quiso separarse de ella. Es cierto que, como pareja, luego de un cierto tiempo empezaron a vivir una relación bastante abierta. Hicieron construir su apartamento en el bulevar Saint-Jacques con dos entradas independientes, y eran ellos tan independientes como sus puertas. Sobre la vida de Suzanne se ha escrito poco o nada; era una mujer de una discreción total. En cambio de Beckett, a pesar de ser él también extremadamente reservado, se sabe mucho gracias a dos bien investigadas biografías: la de Deirdre Bair y la de James Knowlson.

La segunda es la más sólida. El autor contó con la colaboración del mismo Beckett, de quien era amigo. Y también, entre otras muchas, con la de Josette Hayden. El libro incluye citas textuales tomadas de la amplia correspondencia que ella sostuvo con Beckett. Revela, por ejemplo, cómo Beckett nunca se olvidaba de enviarle una tarjeta postal desde donde quiera que estuviera en vacaciones. Knowlson muestra que la relación entre los dos fue siempre cercana y afectuosa. Sin embargo, no parece haberse percatado de lo que podría llamarse una “obsesión” con Beckett por parte de Josette. O si la notó, le habrá parecido prudente no mencionarla. En cambio sí habló de otras relaciones de amor frustrado que vivieron varias mujeres. Y aquel día en París, el fortuito encuentro con Francesca Ragusa me hizo pensar en ellas.

Primero en Lucia, la hija de James Joyce. Ella cayó bajo el embrujo de Beckett en París al inicio de la década de los veinte. Eran muy jóvenes; él estaba recién llegado de Dublín y tenía veinte y pico de años. Junto con otros escritores, muchos de ellos irlandeses, frecuentaba el apartamento de Joyce y su familia. Para entonces Joyce estaba dedicado a la gigantesca tarea de componer el libro que terminaría siendo Finnegans Wake. Y como su visión era muy débil debido a un galopante glaucoma, contaba con estos jóvenes admiradores para hacerle mandados, consultar fuentes en las bibliotecas, a veces leerle textos o hasta tomar dictado. De ahí, tal vez, surgió la versión errónea de que Beckett había sido “secretario” de Joyce. Beckett nunca lo fue, ni jamás tuvo vocación de secretario de nadie. Pero sí fue recibido en el círculo familiar del ya célebre autor de Ulises, quien reconoció el talento del muchacho, su coterráneo, y quiso tenerlo cerca. Beckett, por tanto, se encontraba constantemente en compañía de Lucia, una joven atractiva aunque de una gran inestabilidad emocional. De hecho, iba a terminar en un instituto para personas con problemas mentales, donde pasaría el resto de sus días. Al inicio, sin embargo, no se notaba la gravedad de sus problemas, y Beckett, siempre cortés, estableció una buena amistad con ella. Pero cuando se hizo evidente que la joven se estaba enamorando, Beckett se retiró y durante un buen tiempo dejó de visitar a la familia. Según algunos autores, Joyce se molestó con el desaire, y Brenda Maddox, en su libro Nora sobre la esposa de Joyce, llega incluso a decir que fue considerado persona non grata y virtualmente expulsado de la casa. 

Sea como fuera, los dos escritores dublineses se reconciliaron y retomaron su amistad unos años más tarde, cuando Beckett regresó a vivir en París de forma permanente. Eso fue hacia fines de los treinta, una época para él llena de múltiples aventuras amorosas, incluyendo un fugaz pero frenético romance con Peggy Guggenheim, la millonaria norteamericana, patrona de las artes. Simultáneamente, dicen sus biógrafos, mantuvo relaciones con al menos dos mujeres más. Relaciones bastante vacías, seguramente, porque para Beckett, según Peggy, el sexo sin amor era como “café sin coñac”. Para ilustrar lo dicho, después de una de aquellas noches de sexo desenfrenado, Beckett fue a su pieza y escribió las siguientes líneas:

Ellas llegan
diferentes e iguales
con cada una es diferente e igual
con cada una la ausencia de amor es diferente
con cada una la ausencia de amor es igual.

El texto aparece en una recopilación de sus poemas. Y fue Peggy Guggenheim quien dejó un retrato verbal de cómo era Beckett en aquella época: “Un irlandés alto, de unos treinta años, flaco y desgarbado, con grandes ojos claros que no te miraban. Llevaba gafas y siempre se veía como abstraído, evidentemente dedicado a resolver algún problema intelectual. Hablaba poco y jamás decía sandeces. Era en extremo cortés, pero algo torpe. Se vestía mal, se ponía un traje francés que le quedaba estrecho. No tenía vanidad alguna en cuanto a su apariencia. Era un intelectual puro”.

Beckett siempre tuvo lo que llaman “éxito” con las mujeres, lo cual no debe sorprender. Su alta y delgada figura llamaba la atención, y poseía cualidades que muchas mujeres encontraban irresistibles: sus silencios, un cierto aire de misterio, y una cortesía de viejo estilo que las cautivaba. Tuvo grandes amores y profundas amistades con un buen número de mujeres a lo largo de su vida. Su primer gran amor, tal vez, fue con otra Peggy, Peggy Sinclair, su prima, con quien vivió un idilio en Alemania a los veinte años, antes de irse por primera vez a París. Esa amada prima iba a morir muy joven de tuberculosis y una última visión de ella quedó grabada para siempre en su memoria. Muchos años después la consagró en su obra La última cinta de Krapp con la imagen de “una muchacha en una raída gabardina verde en el andén de una estación de tren”.

De todas estas historias –de Josette, de Sam, del paso del tiempo– hablamos Francesca y yo por horas en el parque de Buttes Chaumont. Luego, de súbito, comenzó a llover otra vez y tuvimos que irnos. Eran las cuatro de la tarde. Abandonamos nuestra banca con afán y nos despedimos. Francesca iba al encuentro de una amiga, para ir a cine. No quise acompañarla. Necesitaba tiempo para estar solo y digerir todo lo que me había pasado en apenas dos días. 

Me encerré en la habitación de mi hotel y volví a sentir algo del agobio que me había estremecido al pie de la tumba de Beckett. En medio de mi desasosiego, me acordé de unas palabras de Knowlson, quien llegaba al cuarto de Beckett para entrevistarlo cada semana durante el último año de su vida. A partir del día del entierro de Suzanne, dijo, “siempre lo encontraba triste y lleno de remordimiento”. Cosa que me llevó a pensar, también con tristeza, en cómo habrán sido sus postreros días en el asilo antes de su muerte. En medio del recogimiento, y revolviendo en mi cabeza la charla con Francesca, era apenas natural que me pusiera a repasar nuevamente sus amores. Y los míos. Pues para los recuerdos y las nostalgias, ¿hay ciudad mejor que París?

Articulo : http://www.elmalpensante.com Octubre 2011

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