samedi 10 décembre 2011

Laura FERNANDEZ/ Fred VARGAS ha vuelto a hacerlo


Fred Vargas ha vuelto a hacerlo
Por Laura Fernández 

Es la nueva reina de la novela policiaca, pero, para empezar, ni siquiera su nombre es verdadero. Bajo el disfraz de Fred Vargas (París, 1957) se esconde una científica alérgica a los medios y a las entrevistas, que acaba de publicar en España El ejército furioso (Siruela), la última aventura del detective Adamsberg.

Llamada a convertirse en la versión proustiana de su admirada Agatha Christie, una suerte de retorcida y visceral dama del crimen (con nombre de tipo duro) alérgica al misterio de la habitación cerrada, Fred Vargas (París, 1957), es, sobre todo, una mujer de principios que, pese a las millonarias ventas de sus libros, se niega a abandonar la pequeña editorial francesa que le dio la oportunidad de escapar del despacho. Porque en el principio fue un despacho. El que ocupaba en el Centro Nacional de Investigación Científica de París. Porque Fred, Frédérique, es arqueóloga medievalista, o, mejor dicho, arqueozoóloga. Y como tal, investiga. Investiga epidemias del pasado (como la Peste Negra) y la manera en que el tipo de carne que se consumía en la Edad Media afectaba a la economía de la época. Una época en la que el Mal era el Dragón que devoraba a la Princesa y en la que el Mundo Real era un jirón maloliente y maldito. Quizá por eso las historias de Fred Vargas tienen siempre un componente sobrenatural extraído de esa época en la que la Oscuridad contenía al Otro Mundo, constituido en amenaza constante, en el ruido de fondo que atenazaba al siervo y mantenía un tenebroso orden (social). Muertos vivientes. Hombres lobo. Ese tipo de cosas. El Ejército Furioso, su última novela, no es una excepción. Pero no adelantemos acontecimientos. 

Ava Gardner, Fred, un filme...

Estábamos hablando de Fred. Fred Vargas. La escritora con nombre de tipo duro que ni siquiera le debe su nombre a un tipo duro sino a la mismísima Ava Gardner. En La condesa descalza, la película de 1954 que dirigió nada menos que Joseph L. Mankiewicz (Eva al desnudo), Ava Gardner es Maria Vargas, actriz y bailaora, mujer feroz, mujer fatal, capaz de luchar por lo que quiere con uñas y dientes. Y lo que quiere es un papel, pero también un hombre, un hombre que no es Humphrey Bogart sino Rossano Brazzi. Pero al final las cosas se tuercen y su independencia acaba en espejismo salpicado de sangre. La condesa descalza es una de las películas favoritas de Fred y de su hermana (gemela) Jo. De hecho, fue Jo la primera en decidir que ya había tenido suficiente de Audoin-Rouzeau (su verdadero apellido), y que a partir de entonces su apellido sería Vargas, porque iba a convertirse en pintora. Así que Jo Audoin-Rouzeau se convirtió en Jo Vargas y su hermana, que ya había empezado a escribir una novela de enigmas (porque lo suyo no son novelas negras, son novelas enigma, así al menos las considera ella), en Fred Vargas. 

Corrían los años ochenta y Fred escribía sin parar. Aunque sólo durante tres semanas al año. Las tres semanas de vacaciones. Su primera novela se tituló Los juegos del amor y de la muerte y la publicó en 1986 en la pequeña editorial que se resiste a abandonar (Viviane Hamy). Fred tenía 29 años y tres pilares, la filosofía de Rosseau, los endia- blados (y a menudo heridos) personajes de Hemingway y la calma literaria de Marcel Proust, sus tres maestros. De aquella primera historia vendió 1.500 ejemplares. Pero Fred no se había metido a escritora por el dinero. Después de todo, sabía lo que era no ser especialmente popular. Su padre, Philippe Audoin, también escritor, escritor surrealista, permaneció toda su vida a la sombra de André Breton. Pero no había sombra que pudiese eclipsar la por entonces aún futura obra de Fred. 

El ejército furioso

Hoy, 25 años después de aquel primer disparo, con más de cinco millones de libros vendidos y dos series en marcha (la del omnipresente comisario Adamsberg, con quien la autora asegura “no tener nada en común”, y la menor pero más honda protagonizada por Los Evangelistas, personajes que, según Vargas, reproducen fielmente la relación que mantiene con sus hermanos), la hija de Audoin se dedica básicamente a escribir (hace siete años que pidió una excedencia del Centro de Investigación Nacional) y a alejar así el Mal de su vida. Porque eso es lo que hace la novela negra. Según Vargas, la novela negra es la única capaz de exorcizar al más temible de los demonios. Y le basta con nombrarlo. “No es asunto suyo saber qué va a hacer la justicia con el criminal”, ha dicho en alguna ocasión. “La novela negra hace algo más interesante”, añade, “le da nombre al Mal”. ¿Y cómo lo hace? A través de un detective. En su caso, a través del frío, disperso y volublemente intuitivo (aunque siempre sorprendentemente efectivo) Jean-Baptiste Adamsberg. 

El comisario parisino que se lió con una lectora compulsiva de catálogos de herramientas (Camille) y que en la última entrega de la serie (El Ejército Furioso) está al cuidado de un hijo al que apenas conoce (Zerk) y de un palomo malherido (Hellebaud). Pero, ¿a qué clase de Mal se enfrenta esta vez? Nada menos que a un aparente ejército de muertos vivientes. Muertos que se pudren y que, sin embargo, montan caballos y recorren el camino de Bonneval, allá en Mitad de la Nada Más Absoluta y Neblinosa: Ordebec. Bienvenidos a la soñolienta villa normanda en la que mora una familia de genios malditos: los Vendermot. Y bienvenidos a su siniestra visión del mundo como tablero de un macabro juego ancestral dominado por el diábolico Hellequin, comandante del ejército (furioso) de muertos vivientes que selecciona futuros cadáveres entre los vecinos de tan apacible pueblo. 

Entrenada en el siempre admirable arte del interrogatorio disimulado, esto es, el interrogatorio disfrazado de conversación intrascendente que tanto y tan bien ejercitó Miss Agatha Christie, Vargas vuelve a empuñar el puñal narrativo (cargando las tintas, esta vez, contra el Poder, representado por el fallecido patriarca de los Clermont-Brasseur y sus interesados hijos) y dibuja una historia de asesinos fantasma en la que un Adamsberg en plena forma (y en exceso compasivo, paciente, sacrificado y deseoso de enamorarse, aunque incapaz de dar el primer paso) se juega su placa por un chaval (Momo-Mecha-Corta) al que el mundo le parece un lugar demasiado horrible como para no hacerlo estallar en mil pedazos. En su particular destierro a tierras normandas (un destierro forzado por la desaparición del joven, principal sospechoso del incendio del coche y el cuerpo del patriarca Clermont-Brasseur), Adamsberg pondrá en peligro la vida del leal y sabihondo Danglard, en un laberinto de visiones (las de la abogada lunática y perturbadoramente atractiva Lina) sembrado, con inundable maestría, de pistas falsas. 

Novela sin fisuras

Sí, Fred Vargas ha vuelto a hacerlo. Ha vuelto a construir una novela enigma sin fisuras, que, sin renunciar al Rabioso Presente (o chicos quemando coches a las afueras de París) le tiende la mano al Viejo Mundo (el del Ejército Furioso, el de los muertos con cuentas pendientes), y moldea (aunque poco, poquísimo) el nuevo horizonte de la vida (personal) de su protagonista. A este respecto, se echa de menos a Camille. Su ausencia es como un agujero negro. Devora la intimidad de Adamsberg hasta el punto de hacerla desaparecer. Y se echa de menos. Pero es lo único. Todo lo demás es placer. Placer por el misterio. En este caso, de leyenda. 

Articulo : http://www.elcultural.es 09/12/2011


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