samedi 10 décembre 2011

Manuel RODRÍGUEZ RIVERO/ El espléndido botín de los corsarios


SILLÓN DE OREJAS
El espléndido botín de los corsarios
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO 

La saga de Harry Potter (1997- 2007), cuya primera entrega estaba destinada, en opinión de sus editores originales (Bloomsbury), a lectores preadolescentes de entre 9 y 11 años, provocó una revolución en el concepto de público de la literatura juvenil. Como ya ha ocurrido con otras célebres sagas (El señor de los anillos, La materia oscura), el éxito comercial de las aventuras del mago de Hogwarts tuvo mucho que ver con que el abanico de edad del target inicial fuese radicalmente pulverizado por un entusiasta lectorado no ya joven, sino marcadamente adulto.

Inicialmente fueron los padres los que sintieron curiosidad por lo que leían sus hijos, pero en seguida se puso en marcha el boca a oreja transgeneracional. Nuestra época, en la que la lectura adulta y exigente es con frecuencia rechazada por quienes ya tienen su dosis diaria de ficciones satisfecha por las series televisivas, resulta particularmente proclive a esa transmigración de los lectores, que hoy se alienta desde ciertos sectores de la edición. La llamada ficción cross-over,que utiliza materiales procedentes de géneros diversos, resulta especialmente apropiada para esa hibridación del lectorado (ahí tienen, por ejemplo, la saga Crepúsculo). El último autor español en incorporarse a ella ha sido Ray Loriga, cuya novela El Bebedor de Lágrimas (Alfaguara) inicia lo que los peritextos editoriales consideran, un tanto desorbitadamente, "la saga literaria más ambiciosa de todos los tiempos". Loriga, un buen narrador doblado en guionista, mezcla (a veces desde cierta distancia irónica y culta) elementos de thriller y de romance gótico (incluyendo almas en pena de antiguos amores contrariados) en dos diferentes planos: el de la realidad y el de la leyenda. Los ingredientes son los de siempre: el amor, la muerte, la aventura, el misterio. Y todo para jóvenes y para los que creen que lo pueden seguir siendo, aunque sea vicariamente. Por lo demás, entre los otros libros juveniles que pueblan estos días las mesas de novedades destaco ¡Rumbo a Poniente! (Rey Lear; título original: Westward Ho!), un clásico de la novela victoriana de piratas por aquí poco leído. Su autor, Charles Kingsley (1819-1875), un pastor protestante tan reformista como furibundamente antipapista, sitúa la acción en la época de Isabel I, cuando los corsarios ingleses (aquí, héroes inmarcesibles) Drake y Raleigh atacaban a los galeones españoles para esquilmarlos. Todo ello en una historia de aventuras marinas tardorromántica, adobada con un fortísimo sentimiento antiespañol que para el lector de hoy resulta casi estimulante. Entre sus personajes encontramos esforzados y nobles corsarios, damiselas en apuros, siniestros inquisidores, muchachas indias y el supervillano traidor (pero a la postre arrepentido) Don Guzmán de Soto, más malo que un dolor. Como la novela se convirtió en un long seller -hasta el punto de que con su título (incluida la exclamación) fue bautizado un pueblecillo costero de Devon deseoso de atraer el turismo-, sus efectos antiespañoles en el imaginario británico prolongaron un par de generaciones más los de la "leyenda negra". En el fondo, resulta hasta halagador que los hijos de la Gran Bretaña nos considerasen tan malvados. No, sé: da como orgullo retrospectivo.

Gratuidades

Queridos improbables: quizás el título que más caja haga durante esta temporada navideña no sea precisamente ninguno de los que figuran en las listas de más vendidos, sino el soporte en que puedan leerse todos ellos. ¿Que cuál? Mucho me temo que con el publicitado Kindle a sólo 99 eurillos (solo 5 más que la imponente edición de Cuentos completos de Maupassant publicada por Páginas de Espuma), la solución es tan sencilla como adivinar el color del caballo blanco de Santiago. La tableta lectora de Amazon (en la que cabe una biblioteca de 1.300 volúmenes) cumplirá, como regalo de moda entre la clase media, el mismo papel que en el pasado reciente desempeñaron las revolucionarias cafeteras de cápsula. Y no importa que, por ahora, el stock disponible de libros en español de la compañía de Jeff Bezos sea muy limitado: además del propio, Kindle puede leer otros formatos de e-book. Y para los que no puede hacerlo fácilmente, Internet proporciona suficiente información sobre el modo en que pueden ser convertidos (vía Calibre, por ejemplo) en otros compatibles. Y, ojo, eso es algo que también saben los piratas, cuyo número no cesa de crecer entre usuarios (o simples geeks) españoles menores de 50 años. El domingo asistí, en casa de una experta usuaria informática (además de excelente cocinera), a una apabullante demostración de la inagotable oferta corsaria de letra impresa. Sospecho que, adelantándose a posibles regulaciones (otra patata caliente que Circunflejo ha transferido al Gran Mudo, dejando a la esforzada ministra Sinde compuesta y sin reglamento) que pongan límite a la piratería, se está produciendo una auténtica orgía de descargas ilegales (ellos prefieren llamarlas "gratuitas") de libros como El prisionero del cielo (Ruiz Zafón, Planeta), El puente de los asesinos (Pérez-Reverte, Alfaguara), Libertad (Jonathan Franzen, Salamandra), Steve Jobs (Walter Isaacson, Debate), todos ellos superventas disponibles en los abrevaderos de descargas ilícitas. Sé incluso de un informal club de lectura en el que sus componentes (todas mujeres, cuarentonas, de clase media, con empleo y suficiente nivel adquisitivo) discuten quincenalmente, lector electrónico en mano, acerca de libros por los que no han pagado. Por lo demás, la novela (y especialmente las más vendidas) es el género más pirateado. Y otra constatación: una buena parte de los libros que no se pagan no llegan a leerse nunca; simplemente se descargan por juego o por una extraña pulsión acumuladora ("si es gratis, ¿por qué no hacerlo?"). Se trata de un proceso mental alimentado por una especie de pensamiento mágico semejante al que impulsaba a los cazadores magdalenienses a pintar en la oscuridad de las cuevas los animales que deseaban atraer: si me bajo el libro (gratis) es, en cierto modo, como si ya lo hubiese leído o, al menos, como si ya lo fuera a leer. Supongo -solo supongo- que, además de la crisis, algo tendrán que ver esas descargas incontroladas en el menor rendimiento en librerías de los best-sellers citados más arriba. En fin, y por si alguno de mis improbables alberga dudas sobre mi posición (siempre hay gente dispuesta a culpar al que se limita a constatar un hecho), yo sigo (por ahora) con mi vieja cafetera Alessi y con mis anticuados y voluminosos libros analógicos. A pesar de que a veces se me recaliente el brebaje y se me desprendan las páginas de los volúmenes mal encuadernados (que son muchos).

Articulo : http://www.elpais.com 10/12/2011

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