mardi 27 décembre 2011

Maruxa RUIZ DEL ÁRBOL/ Cumbres borrascosas sobre la tumba de las hermanas BRÖNTE


Cumbres borrascosas sobre la tumba de las hermanas BRÖNTE
Por Maruxa RUIZ DEL ÁRBOL

La iglesia donde reposan los restos de las tres novelistas victorianas se cae a trozos pero no logra financiación para una reforma pese a haber comenzado a buscar subvenciones hace más de un año.

Las hermanas Brönte, Charlotte, Emily y Anne dieron pasos de gigante por la igualdad de la mujer en la sociedad victoriana, abonaron la literatura inglesa con ideas frescas, inventaron nuevas estructuras literarias y parieron títulos gloriosos como Cumbres Borrascosas pero Reino Unido no encuentra el dinero para conservar su memoria. Durante años su tumba en la bonita iglesia de Haworth, la localidad inglesa donde crecieron las tres hermanas, ha sido lugar de peregrinación de sus lectores y uno de los mayores atractivos turísticos del condado de Yorkshire.

Hoy el techo se cae a pedazos y el párroco de la iglesia ha sumado a sus devotas obligaciones la de fregar el agua de las goteras del tejado, la parte más dañada de esta estructura del siglo XV reformada en 1879. La iglesia está íntimamente ligada a la vida y a la obra de las hermanas, que se mudaron a esta localidad en 1820 cuando su padre fue nombrado párroco. En aquel periodo de su vida escribieron Jane Eyre (de Charlotte Brönte) y Cumbres Borrascosas (de Emily Brönte).

Hace más de un año la comunidad de Haworth dio a conocer un proyecto de 1,25 millones de libras (1,50 millones de euros aproximadamente) que se destinarían a remachar el tejado y restaurar algunas de las pinturas, dañadas por las filtraciones de agua, pero en esta época de feroces recortes económicos la comunidad de Haworth aún no ha encontrado fondos.

A pesar de que el organismo público británico English Heritage ha prometido donar 100.000 libras para la primera parte del trabajo la entidad ha decidido no ingresar la cantidad hasta que la parroquia logre 65.000 más, para asegurarse que el trabajo se completa. Hasta ahora la iglesia ha logrado recaudar 28.000 libras gracias a donaciones pero aún le faltan 37.000 para salvar la iglesia de la ruina.

El responsable de la parroquia, John Huxley ha asegurado que si no logran juntar ese dinero tendrán que volver a negociar con English Heritage. "Existe el peligro de que perdamos toda la subvención". Las esperanzas de conservar en buen estado el sepulcro de las hermanas que se firmaban sus obras con pseudónimos masculinos recibieron un mazazo la semana pasada. La comunidad de Haworth supo la semana pasada que no obtendrá la subvención para la segunda fase de la reforma. "Es un periodo muy difícil. Las fundaciones y fondos de inversiones no cuentan con el dinero que tenían hace tres años. De todos modos estamos absolutamente emocionados con el modo en que se el vecindario se ha volcado con la recuperación de la iglesia. Esperemos que el espíritu de la navidad haga su efecto y logremos completar la financiación que necesitamos. Pase lo que pase la actividad de la iglesia va a seguir adelante, aunque sea con el tejado en mal estado", asegura Huxley.

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164 años y en plena forma
Por Toni GARCÍA 
Barcelona - 22/03/2011

Entre 1910 y 1996 se han estrenado quince versiones cinematográficas de 'Jane Eyre', de Charlotte Bronte.- Cary Fukunaga estrena otra adaptación, con una protagonista más dura

Seguro que si a Charlotte Bronte le hubieran asegurado a mitad del siglo XIX que su nombre seguiría apareciendo en los carteles bien entrado el siglo XXI, la escritora se habría echado a reír o llamado a las autoridades. Pero la cuestión es que Bronte, como Jane Austen, ha obrado el milagro y no pasa mucho tiempo entre que alguien decide que sería interesante adaptar Jane Eyre (su novela más célebre) a la gran pantalla y que otro/a decide hacer lo mismo inmediatamente después. Los hechos son los que siguen: entre 1910 y 1996 se han estrenado quince Jane Eyre (y eso sin contar una maraña de adaptaciones televisivas) a un intervalo de cinco años entre película y película: unas cifras solo al alcance de los elegidos.

Sin embargo, en los últimos quince años la cosa se ha parado y, excepto dos producciones para la televisión, la díscola Eyre no había vuelto a visitar la gran pantalla. La espera -como era de prever- ha finalizado abruptamente con una sorprendente versión a cargo de Cary Fukunaga, que a sus 33 años ha convertido a la criatura de Bronte en una tipa dura y sin manías a la que es imposible doblegar. Todd McCarthy, crítico de The Hollywood Reporter, llegaba a comparar la adaptación de Fukunaga con Valor de ley, el wéstern de los hermanos Coen. McCarthy equiparaba el carácter indomable de las heroínas de ambas películas y la modernidad de su planteamiento vital, superando las inclemencias de la época para acabar convertidas en iconos de la resistencia contra la intolerancia.

La Jane Eyre de 2011 es más dura que las anteriores y menos dispuesta a que la sermoneen y aunque el propósito de la obra se mantiene intacto es -probablemente- la traslación más osada desde que en 1910 Theodore Marston la llevara al cine por primera vez. Por sus brazos han pasado desde Susannah York a Orson Welles y de Franco Zeffirelli a William Hurt, pero el público parece demandar más y la obra resiste el paso del tiempo con la fortaleza de un peñón.
Un clásico

Charles McGrath afirmaba en The New York Times que el único secreto de la longevidad (con trazos de inmortalidad) de la novela de Bronte es su condición de clásico. Parece una obviedad pero los personajes que la escritora sacó de su chistera siguen siendo relevantes y sus lecciones perfectamente aplicables a la sociedad moderna. McGrath concedía ese mismo honor a Orgullo y prejuicio, la obra de Jane Austen, que se sitúa inmediatamente después de Jane Eyre en cuanto a número de adaptaciones y que goza de la misma invulnerabilidad a la vejez que su (casi) coetánea.

El carácter de sus protagonistas femeninas y el hecho de que resulten tan sumamente atractivas en su rebeldía ha ayudado a mantener el aura de culto que convence a los mandamases a poner el dinero una y otra vez en la misma película. La empatía que despiertan las desventuras de Jane y Elizabeth Bennet (protagonistas de Orgullo y prejuicio) entre el público femenino es otra de esas cosas que hacen que la rueda siga girando y es que, aunque algunas cosas cambien con el paso del tiempo, hay otras que no cambian nunca. Parece que la Inglaterra del siglo XIX sigue resultando igual de atractiva (y extrapolable) que cuando Jane, Rochester o las hermanas Bennet se paseaban por sus -ficticios- parajes, hace una eternidad. De momento, Elton John va a producir una adaptación de Orgullo y prejuicio llamada Pride and Predator, en la que la trama de la novela se ve complementada con la llegada al barrio de un extraterrestre con ganas de guerra (no, no es broma). En cuanto a Jane Eyre, en 2016, por aquello de seguir el patrón, deberíamos tener otra entrega. De momento el contador vuelve a estar a cero.

Fragmentos de algunas versiones
-1996, de Franco Zeffirelli, con Anna Paquin, Charlotte Gainsbourg.
-1944, adaptada por Robert Stevenson.
-En 1934 la llevó al cine Christy Cabanne.

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IDA Y VUELTA
Los presentes lejanos
Por Antonio MUÑOZ MOLINA 
29/01/2011

A la luz de una vela Charlotte Brontë escribe con una letra minúscula en una hoja no mayor que la palma de una mano, una noche de tormenta, y para aprovechar más el papel la letra se va haciendo más diminuta todavía a medida que escribe y llena hasta el filo mismo de la hoja.

Es noche cerrada, aunque sólo son las siete. Quizás ve su reflejo en el cristal de la ventana que sacude el viento. Es febrero de 1836, Brontë tiene 19 años y ha empezado a trabajar como maestra en un colegio que es un caserón helado en medio de un páramo. Está agotada después de una jornada de trabajo de doce horas, entre gente ajena y hostil, que le despierta una añoranza infinita de su casa familiar y de sus padres y hermanos. Los rasgos de la escritura son veloces y quebrados: casi podríamos escuchar el roce continuo y entrecortado de la punta de la pluma, que moja de vez en cuando en el tintero. El acto de escribir le parece "un refugio que nadie conoce en esta casa salvo yo misma". El cuarto, la luz de la vela, la soledad, la escritura, le hacen sentirse en un arca que flota sobre las aguas de un mundo tan ajeno a ella como si lo hubiera anegado un diluvio universal.

Pero no sólo escribe por las noches, cuando se encuentra a solas en su cuarto, antes de acostarse. En un aula helada, a primera hora de la mañana, con toda la pesadumbre del comienzo del día gris y de la jornada que le queda por delante, abre un libro de texto y toma un lápiz y quizás mientras los estudiantes hacen algún ejercicio ella escribe con el lápiz en el reverso de una página en blanco, la letra más pequeña todavía, casi como de un mensaje cifrado, y cuenta que no hay fuego en el aula y que está muerta de frío: ese momento me llega intacto como una sensación física cuando miro el viejo libro escolar con tapas de cartón muy gastadas en una vitrina de la Morgan Library y reconozco esa letra, y en ella esa voz tan precozmente llena de literatura y de ambición de vivir. En el interior de las vitrinas, en esta mañana en la que hace en la calle un frío como el que debió de sentir Charlotte Brontë, en las vitrinas de la Morgan Library hay cuadernos abiertos, páginas manuscritas, líneas de tinta o de lápiz desvaídas por el paso de siglos: pero hay sobre todo momentos en el tiempo, fechas exactas recién escritas al comienzo de páginas todavía en blanco, incisiones de vidas igual de visibles que una pisada en la superficie de la Luna. El 16 de febrero de 1843 Henry David Thoreau acompañó la anotación en su diario con el dibujo de una hoja de árbol apresada en el hielo y el de la pluma de un pájaro. El 5 de agosto de 1842 Nathaniel Hawthorne, que llevaba casado muy poco tiempo, apuntó que no paraba de llover y que en aquella casa en la que vivía con su esposa tenía la sensación de ser un Adán que habitara en el Paraíso sin sospechar que alguna vez sería expulsado.

Lo digo en pasado, pero debería hacerlo en presente. El presente es el tiempo único en el que se conjuga el acto de escribir un diario. Un día de 1666 Samuel Pepys anota que lo han despertado a las tres de la madrugada y que al asomarse a la ventana ha visto un gran incendio extendiéndose por las calles de Londres. El 8 de octubre de 1822, Elizabeth Eastman Morgan, un ama de casa de Nueva Inglaterra que llevó durante dieciséis años el registro de sus tareas domésticas, de los frutos de las estaciones, las fiestas y los pequeños acontecimientos de su comunidad, hace inventario de sus modestas posesiones materiales, entre ellas "un abanico verde, un abanico negro, un camisón, un par de guantes de seda, una biblia, unas tijeras, un dedal de plata, un diccionario, un libro de salmos". Un día de 1812 el cirujano personal de Napoleón apunta con escritura rápida y temblorosa la escena terrible a la que acaba de asistir cuando una masa de soldados franceses envueltos en harapos, muertos de hambre y de frío, acompañados por mujeres y niños, intenta pasar un puente huyendo de la caballería cosaca. Caen al agua turbulenta y muy fría, muchos de ellos se ahogan, los que no se han decidido a cruzar son degollados por los sables de los cosacos. Su cuaderno está envuelto en un forro de cuero rojo, atado con cintas: lo llevaría en un bolsillo interior del uniforme, cerca del corazón agitado por latidos violentos, protegido de la humedad, como un mensaje urgente y secreto para entregar al porvenir.

Los presentes son simultáneos; el instinto de dejar constancia de una catástrofe que está sucediendo ahora mismo se prolonga idéntico: cerca del cuaderno del cirujano de Napoleón está el de un teniente de la policía de Nueva York escrito en las horas y días siguientes al 11 de septiembre de 2001. Las páginas tienen un membrete de formularios oficiales: los rasgos de la escritura a bolígrafo se inclinan en el empeño de contarlo rápidamente todo. El material inmediato es lo que acaba de ocurrir o lo que ahora mismo está ante los ojos. Un día de 1973, en Memphis, en una habitación de hotel, durante su gira con The Band, Bob Dylan dibuja en un cuaderno de anillas: la mesa, la ventana, la calle con tráfico y coches aparcados, los edificios, una vista cualquiera en un día cualquiera que de pronto es memorable, porque a pesar de su apariencia de monotonía sólo existe una vez. El 30 de julio de 1863, Walt Whitman anota con una caligrafía de grandes vuelos gestuales su visita a un hospital de soldados heridos en Washington. En un cuaderno que tiene más de libro de contabilidad que de diario Edward Gibbon, que lleva años dedicado a la tarea interminable de escribir su historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, apunta el importe de los libros, el papel, la tinta que ha comprado, así como la pequeña deuda que le ha devuelto al cocinero de un amigo suyo. El 18 de agosto de 1841, Fanny Grenfell, separada a la fuerza por su familia del hombre del que está enamorada -él es católico y pobre-, escribe en secreto una entrada de su diario, que tiene la forma de una carta dirigida a él: ha soñado que recibía una carta suya, y que al abrirla reconocía su propia letra, la carta escrita por ella misma. El 31 de mayo de 1938 John Steinbeck consigna que acaba de empezar Las uvas de la ira.

Acabo estremecido y mareado de tantos presentes. En la tienda de regalos me compro un cuaderno de tapas negras y hermosas hojas en blanco. La acera llena de sol y de nieve, la calma del domingo en Madison Avenue, el taxista haitiano que conduce escuchando un noticiario en francés, son parte de un relato posible que quizás valdría la pena escribir, la crónica nunca banal de un solo día.

The Diary: Three Centuries of Private Lives. The Morgan Library Museum. Nueva York. Hasta el 22 de mayo. www.themorgan.org. antoniomuñozmolina.es

Articulo : http://www.elpais.com 26/12/2011

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