mardi 27 décembre 2011

Matt SCHUDEL/ Christopher HITCHENS: maestro del ensayo contestatario


PERFIL DEL POLEMISTA A los 62 años muere en Estados Unidos
Christopher Hitchens: maestro del ensayo contestatario
Por Matt Schudel

Christopher Hitchens fue un agudo provocador que utilizaba sus formidables conocimientos, ingenio mordaz y estilo contundente para desenmascarar a quienes él consideraba como hipócritas que ocupaban altos cargos y lacayos cobardes de izquierda y derecha.

Christopher Hitchens, escritor británico que vivía en Washington desde 1982, fue un maestro incansable del ensayo persuasivo, que escribía con una energía infatigable y un venenoso regocijo. A menudo escribió sobre los maestros de la literatura inglesa, pero se hizo más conocido por su permanente compromiso con la política, con opiniones de sutiles matices que no se acomodaban ni con la izquierda ni con la derecha convencionales.

En sus ensayos, libros y apariciones en televisión con un lenguaje áspero, Hitchens fue, de acuerdo a sus propias palabras, un contestatario que a menudo desafió la ortodoxia política y moral. Llamó criminal a Henry Kissinger, criticó despiadadamente a la Madre Teresa y a la princesa Diana, ridiculizó a Ronald Reagan y a Bill Clinton, y luego se convirtió en un opositor declarado del terrorismo del mundo musulman contra Occidente.

En 2007, Hitchens apuntó su virulencia aún más alto, escribiendo un best seller en el que negaba la existencia de Dios, y luego arremetió con entusiasmo contra cualquiera -incluso su propio hermano- que quisiera discutir sobre el tema.

Sus seguidores lo alababan por ser un maestro literario que decía la verdad y que, en las palabras del semanario "Village Voice", era el "principal pugilista retórico de Norteamérica". El escritor Christopher Buckley lo llamó "el mejor ensayista vivo del idioma inglés". Sus enemigos lo vilipendiaban como un ateo amargado. Su antiguo colega en la revista "The Nation", Alexander Cockburn, lo llamó "mentiroso, interesado, fumador empedernido, borracho, oportunista y cínico".

"Resuelto y disoluto"

Hitchens era un personaje disoluto que fumaba y bebía constantemente pero que, así y todo, lograba cumplir con todas las obligaciones de un calendario profesional y social frenético. Un escritor para el diario "The Observer" de Gran Bretaña lo describió como "resuelto y disoluto al mismo tiempo".

Tanto a sus amigos como a sus enemigos les sorprendía cómo el vividor Hitchens, después de haberse pasado toda una noche bebiendo y conversando, podía sentarse y, como si nada, producir brillantes ensayos para "Vanity Fair", "The Nation", "The Atlantic", Slate.com y muchas otras publicaciones cumpliendo con todos los plazos.

"Para mí, escribir es una entretención", dijo en 2002. "Me siento desgraciado cuando no lo hago".

Rara vez escribió una frase poco interesante y cubría con autoridad una increíble gama de temas, con libros que iban desde Thomas Jefferson y Thomas Paine hasta los mármoles de Elgin. Además de sus ensayos políticos -generalmente sobre asuntos internacionales, y rara vez sobre la política doméstica de los EEUU- Hitchens también escribió sobre asuntos estrictamente literarios, incluyendo a los autores Charles Dickens, Ernest Hemingway, P.G. Wodehouse y Philip Roth.

No obstante, el escritor con el que más se identificaba era George Orwell, el ensayista británico, autor de "1984." Su gran coraje moral y prosa vigorosa eran modelos ideales para Hitchens.

En su libro de 2002, "La victoria de Orwell", Hitchens intentó rescatar a Orwell de una "veneración enfermiza y alabanzas exageradas y sentimentales" y observó que lo más importante que se podía aprender de Orwell era "que no importa lo que uno piense, sino cómo uno piensa".

Hitchens a menudo escribía de manera muy cómica, pero su humor estaba generalmente al servicio de su retórica e ideas más profundas. Parecía deleitarse más en las cosas que le desagradaban.

Sin embargo, a diferencia de muchos polemistas de sillón, Hitchens tuvo el coraje de llevar sus convicciones a la calle. Le dispararon en Sarajevo, fue encarcelado en Checoslovaquia y en 2008, violentamente golpeado en Beirut.
Fue uno de los primeros en criticar al líder de Irán, el Ayatollah Khomeini, por emitir en 1988 una fatwa , o sentencia de muerte, contra el amigo de Hitchens, el escritor Salman Rushdie.

A los 59 años, Hitchens se sometió voluntariamente a una sesión de tortura llamada submarino, la práctica de ahogamiento simulado que había sido aprobada por el gobierno de George W. Bush para interrogar a prisioneros. Aunque Hitchens estuvo a favor de las guerras de Iraq y Afganistán, su opinión sobre el submarino era inequívoca: "Si el submarino no es tortura", escribió en "Vanity Fair", "entonces no existe la tortura".

Contra Hussein y el "Tea party"

Hitchens parecía sentirse más a gusto en el escenario político internacional y estuvo durante mucho tiempo relacionado con Iraq, donde fue por primera vez en 1976.

"Yo debería haber registrado el modo en que la gente casi automáticamente se estremecía ante la mención del nombre Saddam Hussein", escribió en sus memorias de 2010, "Hitch-22."

Sin embargo, se opuso a la Tormenta del Desierto, la guerra contra Iraq de comienzos de los años 90 durante la presidencia de George H.W. Bush. Con el tiempo, la ira de Hitchens contra el régimen de Saddam se volvió más enconada y llegó a creer que Occidente tenía el deber moral de oponerse a lo que él consideraba ataques contra la libertad de pensamiento, la tolerancia y a una sociedad abierta.

Su sincero respaldo a la invasión liderada por los EEUU a Iraq en 2003 marcó un punto de no retorno irrevocable para muchos de sus viejos amigos de la izquierda. Se consideró que estaba desertando sus antiguas creencias y que se estaba cambiando de lado, de una vez por todas, para tomar las armas con los neoconservadores que estaban en aquel momento en el poder. En 2011, cuando muchos conservadores ya consideraban a Hitchens como uno de los suyos, acuñó una frase mordaz para describir al movimiento conservador "Tea Party": Toda la política es pueblerina.

Hitchens rechazó la etiqueta de neoconservador -y todas las demás - y sostuvo que sus opiniones iban más allá de un partidismo político. El totalitarismo creciente en los países musulmanes y su antipatía hacia la religión de cualquier tipo lo llevaron a protestar contra lo que él llamó "fascismo con un rostro islámico".

"Se trataba, si puedo expresarlo así, de todo lo que odiaba versus todo lo que amaba", escribió en "Hitch-22." "En la columna de odio: dictaduras, religión, estupidez, demagogia, censura e intimidación. En la columna de amor: literatura, ironía, humor, el individuo y la defensa de la libertad de expresión".
Cáncer y ateísmo

Escribió relativamente poco acerca de su ateísmo y desprecio hacia la religión hasta su best seller internacional de 2007: "Dios no es bueno: cómo la religión lo envenena todo".

Atribuyó muchos de los problemas más serios del mundo a la religión, desde la limpieza étnica hasta la subyugación de las mujeres y la negación del progreso científico. Criticó a la fe religiosa como nada más que una creencia fatua en la magia, las fábulas y la tontería, llamándola "violenta, irracional, aliada al racismo, al tribalismo y a la intolerancia, llena de ignorancia y enemiga de la libre investigación, despreciativa con las mujeres y coercitiva con los niños".

El libro se convirtió en un grito de guerra para los escépticos religiosos y la presencia de Hitchens estaba en constante demanda para debatir con los representantes de muchas creencias.

El 12 de octubre de 2010, cuando los efectos de su cáncer ya eran obvios, Hitchens se enfrentó a su hermano -columnista conservador británico- en un debate de 90 minutos en Washington sobre la existencia de Dios.

"The Washington Post" informó que: "A pesar de su condición claramente frágil, la lengua mordaz y rápido ingenio de Christopher parecían intactos".

Hitchens estaba plenamente consciente de que había gente que creía que el cáncer era un castigo divino por su aparente apostasía. Otros se juntaban para rezar por su recuperación y, en muchos casos, por su eventual conversión a su fe.

El agradecía sus buenos deseos, pero sentía una especial repugnancia hacia quienes pensaban que podía retractarse de su ateísmo debido al cáncer.
"Una vez más concuerdo con el poderoso Voltaire," escribió Hitchens en "Vanity Fair" en octubre de 2010, "quien, cuando lo acosaban en su lecho de muerte y lo instaban a renunciar al diablo, murmuró que no era el momento de hacerse de enemigos".

 El poder de las palabras

"Veo que se estaba sintiendo igoresca respecto de Macedonia la semana pasada". Hasta donde recuerdo, esas fueron las primeras palabras que Christopher Hitchens me dijo. Me tumbaron por completo. ¿Cuál era este nuevo adjetivo, "igoresco"? ¿De qué idioma provenía?

Entonces, se me prendió la ampolleta. Por supuesto: la palabra "igoresco" viene de "Ïgor", el burro eternamente pesimista en Winnie the Pooh. Sólo Hitchens habría usado ese neologismo en una conversación casual, y sólo Hitchens lo habría puesto en el contexto del conflicto de los Balcanes. Y ese era su genio. Tenía un profundo conocimiento de la literatura inglesa, desde A. A. Milne hasta Virginia Woolf. Al mismo tiempo, tenía una profunda experiencia del mundo -había estado en Macedonia varias veces-, así como un sentido del humor tan seco que se podía oír crujir.

Me encontré con Hitchens muchas veces después de eso, por lo general en Washington, pero a veces también en Palo Alto, donde pasaba los veranos con su esposa Carol. Su casa era la única de pisos a desnivel que quedaba de los años 60, en un vecindario de viviendas demolidas y reconstruidas como Mcmansiones. Pero él todavía estaba fuera de contexto allí, con la piscina, el sol eterno y los vecinos con buzos deportivos, de manera que su contexto fue hacia él. Todo el mundo que atravesaba la ciudad para visitar Stanford, el Instituto Hoover y Silicon Valley hacía una parada: físicos, periodistas, historiadores, escritores. Ellos no venían por la hospitalidad, que podía alcanzar a un par de tajadas de salmón ahumado, sin pan ni guarnición, y un par de botellas de vino. Ellos venían a conversar.

Hitchens conversaba, y escribía, y conversaba. Y leía libros acerca de todo -recuerdo claramente varias conversaciones sobre el partido comunista polaco de la década de 1930, sobre lo cual estaba muy bien informado- y después conversamos algo más. Su amor por el idioma inglés lo llevó a pasar toda la vida perfeccionando su uso, tanto en su forma oral como escrita. Otros van a escribir sobre su itinerario político desde el trotskismo, o sobre su público ateísmo, o sobre su aversión por Henry Kissinger y la Madre Teresa. Yo lo quiero recordar por las reseñas y los ensayos literarios, las bromas que no parecían bromas hasta que pensabas bastante en ellas, y la extraordinaria capacidad de desplegar o destrozar las palabras de Christopher Robin y Karl Marx. Él no creía en el cielo. Pero cualquiera que cree en el poder de las palabras le echará de menos aquí en la tierra.

Traducción. Patricio Tapia
Articulo : http://diario.elmercurio.com 18/12/2011

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