dimanche 18 décembre 2011

Morir en Washington


Morir en Washington

Es el 21 de septiembre de 1976. Alrededor de las 11 de la mañana, hora de Washington, recibo una llamada desde España. Es un amigo chileno que vive en Madrid. Me pregunta con voz ansiosa: "¿Supiste la noticia?". "¿Qué noticia?".

Hace unos días recibí el libro titulado Orlando Letelier: el que lo advirtió . Se publica por primera vez en nuestro país, gracias a la iniciativa de Lom Ediciones. Está presidido por un ensayo que escribió Orlando Letelier para la revista norteamericana The Nation, apenas una semana antes de su muerte. Su tesis central es que "la represión de las mayorías y la 'libertad económica' para un reducido número de grupos privilegiados, son en Chile dos caras de la misma moneda". Miro la foto que aparece en la portada y mi mente retrocede 35 años.

Es el 21 de septiembre de 1976. Alrededor de las 11 de la mañana, hora de Washington, recibo una llamada desde España. Es un amigo chileno que vive en Madrid. Me pregunta con voz ansiosa: "¿Supiste la noticia?". "¿Qué noticia?". "Pero hombre, dice él. Si estás ahí mismo. Mataron a Orlando Letelier". Me quedo mudo, sin entender de qué está hablando. "Pon la televisión", dice. Y corta. Camino como un sonámbulo y me siento frente al televisor. Están transmitiendo en vivo desde el Sheridan Circle. Se ve un auto incendiado y luego viene la confirmación: Orlando Letelier y su colega Ronnie Moffit han muerto como consecuencia de la explosión de una bomba instalada debajo del auto en el que se dirigían a su lugar de trabajo. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Sólo unos días antes mi mujer y yo habíamos estado comiendo en la casa de Orlando. Lo habíamos visto la semana anterior en un concierto que ofreció el grupo Quilapayún en Washington D. C. Estaba sentado en la fila delante de la nuestra, al lado de Radomiro Tomic. Lo saludé y le dije que me alegró mucho saber la noticia de su liberación. Conversamos un rato y luego me dice: "Me gustaría que fueran a comer a mi casa".

Vuelvo al día del asesinato. En las horas siguientes, leo que personal ligado a la DINA estuvo grabando frente a su residencia de Bethesda, los días previos al crimen. "Estamos fregados", dice mi mujer. "Seguro que aparecemos en esos videos". En efecto, varios días antes habíamos ido a la casa de Orlando en nuestro viejo Volkswagen. Pero resultó que lo habían llamado a una reunión urgente y no pudo quedarse. Sólo estaban su esposa, Isabel Margarita Morel, y la escritora chilena Margarita Aguirre, que se encontraba de paso en Washington.

Los días siguientes todo cambia dramáticamente. De la invitación a comer pasamos abruptamente a la invitación para asistir a una misa fúnebre en la Catedral de Saint Matthew. Sólo se podía entrar con una identificación especial. Los organizadores temían que ingresaran infiltrados y no querían correr riesgos. Sabían que los integrantes del cortejo y los que llegaran a la iglesia iban a ser grabados desde la calle o desde algún edificio cercano. Dudamos mucho antes de ir. El terrorismo consigue lo que se propone: infundir terror, confundir, paralizar. Finalmente decidimos correr el riesgo. Es el domingo 26 de septiembre. Nos subimos al auto y emprendemos el breve viaje a Washington desde el vecino estado de Maryland. Nos quedamos junto a la puerta de la catedral esperando que llegue el cortejo. Ha partido desde el mismo sitio en el que se produjo el atentado terrorista. Al poco rato escuchamos unos gritos en castellano: " Compañero Letelier". "Presente". El cortejo, encabezado por Hortensia Bussi y la viuda de Letelier, avanza lentamente. Es una ironía ver a los policías de Washington flanqueando y protegiendo a los exiliados chilenos y latinoamericanos que desfilan con rostro sombrío.

Durante la ceremonia fúnebre hablan los hijos de Letelier con admirable entereza; también dice unas palabras el senador demócrata George Mc Govern, que había sido candidato a la presidencia de los Estados Unidos. De pronto una bellísima voz inunda la nave de la Catedral. Es la cantante norteamericana Joan Baez que entona "Gracias a la vida". En ese instante los pocos que aún se mantienen enteros se quiebran. Es muy fuerte estar ahí. Termina el oficio religioso y el ataúd, cubierto con el emblema patrio, es llevado hacia la salida. Cuando pasa por mi lado, prendo en la bandera un pequeño copihue rojo. En el atardecer de Washington cae una tenue llovizna. Recuerdo los versos de Verlaine: "Llueve en mi corazón/ como llueve en la ciudad".

Articulo : http://diario.elmercurio.com 11/12/2011

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