mardi 27 décembre 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ Joaquín EDWARDS BELLO, cronista y amante


Nuevos libros Reveladoras publicaciones
Joaquín Edwards Bello, cronista y amante
Por Pedro Pablo GUERRERO 

Durante enero llegará a librerías un nuevo volumen de crónicas del escritor chileno. Entretanto, otras publicaciones recuperan su obra e iluminan su vida.  

El lector chileno es un animal de costumbres. Le cuesta hincar el diente a escritores nuevos y suele guiarse por el proverbio "Más vale diablo conocido...". No es de extrañarse que vuelva sobre autores que abandonó hace décadas, los relea y descubra en ellos cualidades que no encuentra en los del presente. Cada cierto tiempo el chileno redescubre a Emar, se da cuenta de que nadie ha apreciado a Gabriela Mistral en su justa medida y le parece que Joaquín Edwards Bello está más vigente que nunca. ¡Pero si es como si estuviera vivo!, exclama, cuando lee a este cronista lamentarse en 1934: "Carecemos de la virtud de admirar, de obedecer, de reconocer el mérito ajeno; resistimos a la ley; entramos por donde dice 'salida' y salimos por donde dice 'entrada' ".

El cuarto tomo de sus Crónicas reunidas -editadas por Roberto Merino, con prólogo de Cecilia García-Huidobro- está lleno de esta clase de observaciones que dan la impresión de no marchitarse. Inmarcesibles, como decían antes los oradores rimbombantes de los que también se ríe Edwards. En "Reflexiones de cementerio" anota que "Lo más terrible es la oratoria fúnebre". Convertido en salón social y punto de encuentro de la santiaguería , "El cementerio es para muchos ambiciosos una plataforma para lucir las dotes de charlatanería, más o menos desarrolladas en cada cual, y sirve como escuela parlamentaria". Edwards Bello acaba de asistir al funeral del político Ángel Custodio Espejo, ocasión en que un tribuno grueso y estentóreo, empezó a gritar junto al ataúd: "¡Levántate, Ángel Custodio, dame tu mano!".

Le irritan al cronista -sobrio, parco en adjetivos- estos gestos grandilocuentes, ampulosos, recargados como los palacetes llenos de "yesos y mamarrachos" que los parvenus (nuevos ricos) hacen construir en las principales avenidas de Santiago, según describe en su primera novela, El inútil (1910), reeditada por estos días en el sello Pfeiffer.

En otra crónica agrega a su inventario de quejas arquitectónicas: "La clase media, haciendo gala de un espíritu práctico aborrecible, arranca las tejas de sus casas para poner calamina. Desde los cerros, las ciudades parecen latas de sardinas". Fustiga asimismo el espíritu de emulación: "Al querer imitar puerilmente a Nueva York, poniendo a una calle con tres casas de 10 pisos el nombre 'Nueva York', a otra 'Londres', no hacemos sino demostrarnos terriblemente cursis y de mal gusto". Mejor ni pensar lo que hubiera dicho Edwards Bello de saber que ambas arterias serían declaradas "zonas típicas" y el Edificio de la Bolsa, Monumento Nacional.

No son, ni por lejos, las llagas más profundas que el cronista escarba. A propósito de la filantropía, Edwards Bello exige: "Menos caridad privada y más salarios. Porque resulta terrible ser cómplices en el estado de inopia de un pueblo, para después recoger dos frutos: el de la inopia que se transforma en la agradable flor de la filantropía (...). Mucha gente que hace la caridad 'público-privada' paga salarios de hambre".

Otras ideas son aún más polémicas. Advierte, con alarma, que "el país se llena de pequeños comerciantes judíos, yugoeslavos, sirios y otomanos. Los resultados se verán de aquí a treinta años. Está cortado el cordón umbilical con las brillantes razas de Europa. (...). La decadencia y la pobreza fisiológica de la raza es incuestionable". A pesar de estas afirmaciones, rechaza con ironía las tesis nacionalistas de Nicolás Palacios, quien postula la existencia de una raza araucano-gótica. "¿Verdad que suena muy bien? -pregunta Edwards Bello- Sin embargo, padeció de equivocación; a menos que los extremeños, andaluces y vascos fueran godos, de origen germánico, lo cual es poco probable. Nuestro pueblo conservó hábitos y voces andaluces".

Estas preocupaciones raciales son propias del contexto histórico del autor. Los años treinta marcan el ascenso del nacionalismo en Europa, que Edwards Bello observó al principio -después no- con simpatía, sobre todo el modelo italiano. A Mussolini, el cronista chileno lo considera un genio dotado de un "vigoroso poder innovador", en especial por "el apoyo que presta a los escritores y la comprensión que demuestra para los cultivadores de ese género de actividades". Juicio que, desde luego, no hubieran compartido Carlo Levi ni Primo Levi.

Acierta Roberto Merino en la semblanza "Joaquín Edwards Bello, en la pieza oscura", incluida en el volumen Los malditos , de Leila Guerriero (Ediciones UDP, 2011) cuando puntualiza respecto del cronista: "Habría que decir que, más que maldito, fue un individuo incómodo e incomodante, un crítico permanente e impredecible de las costumbres nacionales, muchas veces caprichoso, motivado por traumas personales y convicciones arbitrarias, pero siempre dueño de un estilo veloz que a veces chispeaba como una fusta. Además, a raíz de lo mismo, fue políticamente inubicable, oscilando según el tiempo entre el socialismo y el nacismo (a la distancia y con 'c', porque así se conoció la réplica chilena del nazismo alemán), pero mayormente inclinado a cierto conservantismo individualista".

Fue también, en su juventud, un dandi, es decir, un tipo elegante, ingenioso, políglota, visitante habitual de salones y casinos europeos, derrochador y amigo del dolce farniente , además de poeta vanguardista, autor del libro Metamorfosis , firmado con el seudónimo Jacques Edwards ("Chargé d'affaires DADA au Chili"). Con justicia, Juan Pablo Sutherland incluye un fragmento de la novela Criollos en París y otros textos de Edwards Bello en su antología Cielo dandi. Escrituras y poéticas de estilo en América Latina (Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2011).

Que la obra de Joaquín Edwards Bello se siga reeditando dentro y fuera de Chile desmiente la creencia de que sólo interesa en nuestro país. Tampoco su lectura es un ejercicio nostálgico. Varias generaciones de lectores continúan mirándose, a veces con espanto, en el implacable espejo al que el cronista los enfrenta.

***
Su relación con María Antonieta Hagenaar

A comienzos de 2010, mientras se catalogaba el material que la sucesión de Joaquín Edwards Bello vendió al Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional, su director, Pedro Pablo Zegers, descubrió 12 cartas de María Antonieta Hagenaar -primera esposa de Pablo Neruda- al autor de El inútil . La correspondencia, escrita en inglés entre los años 1950 y 1951, revelaba una relación amorosa de la que no se tenía noticia alguna, en un momento en que Hagenaar atravesaba por una difícil situación en Chile.

Consciente de la importancia del hallazgo, Zegers se lo comunicó a Salvador Benadava, experto en Edwards Bello. El investigador incluyó tres misivas en su recopilación Cartas de ida y vuelta. Joaquín Edwards Bello (Ediciones UDP, 2010).

No hay esperanzas de encontrar, si es que existen, las cartas de Edwards Bello a Hagenaar. El investigador David Schidlowsky, autor de la biografía Neruda y su tiempo: las furias y las penas y del libro Maruca Reyes , es categórico: "No se ha encontrado hasta hoy un archivo personal o algo parecido que Maruca Reyes hubiera dejado. Sólo algunas fotos. Cartas ni soñar. Murió pobre y fue enterrada en una fosa común".

Por su parte, Bernardo Reyes, sobrino de Neruda y autor de El enigma de Malva Marina (hija del poeta y María Hagenaar), leyó las doce misivas y decidió traducirlas y publicarlas en su libroMaruca Neruda: La amante inconclusa, que será editado por RIL en marzo. El autor adelanta: "Planteo una mirada a una protagonista importante en la biografía nerudiana, que contextualiza todo el proceso de creación de Residencia en la tierra. En lugar de un personaje decadente, veo a una persona con influencias sociales y juicios críticos hacia Neruda y su propuesta ideológica. En tanto personaje, fantasmal y contradictorio, Maruca es interesante en sí mismo".

Bernardo Reyes cree que ella y Edwards Bello se conocieron en 1932, cuando Neruda regresó a Chile desde Oriente. Mientras el poeta reiniciaba idilios con mujeres que había amado, su esposa "encontró consuelo" al lado del afamado cronista. La relación prosiguió de manera epistolar en los años siguientes hasta que se reencontraron en 1948, cuando Hagenaar retornó a Chile, traída por el gobierno de González Videla con el objeto de denostar al poeta.

Las cartas de María Antonieta Hagenaar, observa Bernardo Reyes, "nos hablan de encuentros amorosos clandestinos, de reproches y exigencias de separación, pero también de una mujer que tiene una opinión política sólidamente anticomunista".

Carta de María Hagenaar (fragmento)
Septiembre de 1951.

Querido Joaquín,

Tal como te lo prometí en nuestra última conversación, te adjunto algunas páginas acerca de algunas de las "nobles" actitudes de tu ídolo, quien entregó a su esposa y a su infortunada criatura al enemigo.

No fue en sus sucias formas en las que la señora antes mencionada supo cómo actuar, sacrificando su vida y dignidad para salvar el prestigio de Chile ante su enemigo. No le requirió a ella el más leve esfuerzo hacer eso, fue simplemente su forma natural, no pudo haber actuado de otra manera.

Enfatizando la actitud de esta señora, no estoy tratando de ganar tu simpatía hacia ella, pero es sólo por tu propio bien que busco mostrarte que ha habido y habrá muchas más cosas hermosas y "fantásticas" en su vida que las que tú has sido capaz de captar juzgándola y actuando con ella en forma tan vulgar (...).

No sobreestimes la "integridad de Neruda". Durante la estadía de la señora en el hospital, el interés público por ella fue enorme; como contaron las chicas de la recepción del hospital, ellas recibieron a personas de todas los clases que acudían constantemente a preguntar por ella, mostrando su simpatía. Ella también fue mimada con regalos.

Bien, estimado amigo, si tú quieres encontrar la paz, no crees la guerra.

A propósito, estoy bastante asombrada por tu repentina simpatía por N. después de haberlo criticado constantemente. Para poder vivir en paz te parece a ti más conveniente besar los pies del traidor cuando retorne, que luchar por una señora.

Esperando que encuentres la paz

Sinceramente
Mary Hagenaar


Articulo : http://diario.elmercurio.com 25/12/2011

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