mardi 27 décembre 2011

SELECCIÓN/ Václav HAVEL: El político y dramaturgo, a través de sus propias reflexiones


SELECCIÓN El político y dramaturgo, a través de sus propias reflexiones:

Václav Havel y su travesía por la cultura y la política

En 1989, en un lapso de cuatro meses, el fallecido dramaturgo checo pasó de ocupar una celda de cárcel a liderar la naciente democracia de la entonces Checoslovaquia. Desde entonces, se erigió como una singular figura política y moral, que muchas veces abordó tópicos incómodos, como el egoísmo europeo y la falta de fe y valores en Occidente. Presentamos una selección de sus planteamientos, publicados en este suplemento, y una visión del Washington Post.

La revolución de la verdad

A medida que los héroes de la Guerra Fría se desvanecen en la niebla -Ronald Reagan, luego Juan Pablo II, y ahora Václav Havel-, cada partida convierte a dicho mundo en un lugar más lejano y extraño. Pero es demasiado pronto para el olvido, que también sería ingratitud.

En aquella época de pesadilla, los disidentes europeos vivían en la cárcel, en naciones enteras que eran cárceles. Estaban confinados en hospitales psiquiátricos por gobiernos que se sustentaban promoviendo un engaño masivo. Eran obligados a confesar crímenes imaginarios por regímenes que eran empresas criminales.

Y en una gran refutación de la historia del pesimismo histórico, la pesadilla de Europa se convirtió en un "cuento de hadas" (una frase que Havel utilizó para describir su experiencia). El 27 de octubre de 1989, Havel fue encarcelado por cuarta vez. En diciembre de aquel año, 300.000 checos salieron a la plaza Wenceslao a gritar: "¡Havel al Castillo!" Para el día de Año Nuevo, Havel podía declarar: "Pueblo, ¡vuestro gobierno ha vuelto a vosotros!". En febrero, se dirigió a una sesión conjunta del Congreso como líder de una Checoslovaquia libre. En cuatro meses había pasado de ser un prisionero a presidente consejero.

Havel ayudó a derrocar al comunismo, desacreditando su principio fundamental. El socialismo científico sostenía que la historia es la manifestación externa de fuerzas económicas y sociales masivas en que era imposible que el individuo cambiara. Los ideales, lloriqueaba Marx, eran "fantasmas creados por la mente humana". Havel desenmascaró sin piedad a la ideología comunista como una estafa, que dependía de una gran deferencia hacia mentiras obvias.

Releer el ensayo de Havel de 1978, que se convirtió en un hito, "El poder de los sin poder", es como vadear a través de una melaza salpicada de diamantes. La jerga intelectual es densa, pero de repente aparece una frase cristalina, una visión perfectamente pulida. Los regímenes comunistas requieren que la gente "viva dentro de una mentira", exigiéndoles rituales de lealtad deshumanizantes. Describe a su país como cubierto de consignas, pero sin una verdadera creencia. "Cada persona", señala, "sucumbe de alguna manera a una profana trivialización de su inherente humanidad".

Pero en una sociedad regida por la mentira, la verdad adquiere un "poder político incalculable, explosivo y único". El deseo de vivir con autenticidad es el equivalente a una quinta columna -una revolución oculta en el conjunto de la sociedad-. La verdad avanza a través de un discurso político, una huelga de hambre, una obra de teatro, una canción. "Es un arma bacteriológica, por así decirlo", observa Havel, "que se utiliza cuando las condiciones están dadas para que un solo individuo desarme a toda una división". Havel fue un profeta histórico de primer orden en el cumplimiento de su propia profecía.

"Vivir dentro de la verdad", de acuerdo a Havel, es una empresa intrínsecamente moral. Requiere sacrificio, que presupone un "sentido de responsabilidad" por los demás: fe en el amor, en la amistad y en la compasión. Junto a Juan Pablo II y Alexander Solzhenitsyn, Havel pensaba que la renovación política comenzaba por la renovación moral y personal.

Para incomodidad de Occidente, Havel también aplicó esta visión moral a las naciones prósperas de Occidente. Formuló críticas a "un culto egoísta al éxito material" y "la ausencia de fe en un orden de cosas más elevadas". Advirtió que el consumismo y el relativismo podían despojar a las personas de humanidad y responsabilidad. Havel instó en un discurso a los norteamericanos a que pusieran "a la moral antes de la política" y a que promovieran "la responsabilidad hacia algo superior a mi familia, mi país, mi empresa, mi éxito".

Ante este discurso, Noam Chomsky dijo que las palabras de Havel habían sido un "sermón de domingo estúpido y moralmente repugnante": una aseveración que es ella misma estúpida y repugnante.

La República Checa tuvo esa rara ventaja: su líder intelectual creyó en los ideales de la civilización occidental y, gracias a ello, ayudó a salvarla.

La advertencia del teatro del absurdo

Personalmente, creo que el teatro del absurdo es el fenómeno teatral más significativo del siglo XX, porque muestra a la humanidad moderna en 'estado de crisis', por así decirlo. Aparece un hombre que ha perdido su certeza metafísica fundamental, la experiencia del absoluto, su relación con la eternidad, la sensación de lo que es el sentido.

Este es un hombre para quien todo se está desprendiendo, cuyo mundo colapsa, que siente que irrevocablemente ha perdido algo, pero no es capaz de admitírselo a sí mismo y, por consiguiente, se esconde de ello. Espera, incapaz de entender que espera en vano: "Esperando a Godot". Está acosado por la necesidad de comunicar la cosa central, pero no tiene nada que comunicar: "Las sillas", de Ionesco. Busca un apoyo firme en el recuerdo, sin saber que no hay nada que recordar: "Días felices", de Samuel Beckett. Se miente a sí mismo y a los que le rodean diciéndoles que está yendo a alguna parte a encontrar algo que le devuelva su identidad: "The caretaker", de Harold Pinter.

Estas obras no son -y esto es importante- nihilistas. Son sólo una advertencia. De una manera muy chocante, nos arrojan en medio de la cuestión del sentido manifestando su ausencia. El teatro del absurdo no nos ofrece consuelo o esperanza. Simplemente nos recuerda que estamos viviendo sin esperanza. Y ésa es la esencia de su advertencia.

Tomado de "Václav Havel. Perturbando la Paz. Una conversación con Karel Hvizdala", 1986.

Europa sin ethos

En nuestros debates, hablamos de cuotas, aranceles y tasas de interés. Defendemos nuestros propios intereses, parciales y muchas veces terriblemente egoístas, ya sea en materias geopolíticas, ideológicas, económicas o de otra índole. Confiamos en que podemos resolver el problema de las minorías acordando cuántas horas deben pasar los niños aprendiendo su lengua materna en la escuela, o qué letreros camineros deben ser bilingües. Sin embargo, las medidas administrativas, los tratados generales y las declaraciones rimbombantes frutos de prolongadas negociaciones no podrán salvarnos si no son la expresión de un propósito europeo común.

La grandeza de la idea de integrar Europa sobre cimientos democráticos radica en que permite superar la antigua noción herderiana de que la nación-estado es la expresión suprema de la vida nacional. En consecuencia, la integración de Europa debe -y tiene que, si queremos lograr resultados- permitir a todas las nacionalidades concretar su autonomía nacional dentro del marco de una sociedad cívica amplia creada por la comunidad supranacional. La grandeza de esta idea estriba en que tiene el poder de conjurar los demonios del nacionalismo, que son los instigadores de las guerras modernas, y de hacer que las naciones vivan en paz, libertad y prosperidad, renunciando a algunos intereses inmediatos en aras de los beneficios mucho mayores que obtendrán si concretan sus intereses a largo plazo.

Para decirlo en términos más simples: a Europa hoy le falta un ethos; le falta imaginación, le falta generosidad, le falta la capacidad para ver más allá del horizonte de sus intereses particulares, sean partidistas o de otro tipo, y para oponer resistencia a la presión que ejercen diversos grupos. En Europa no existe una identificación real con el significado y el propósito de la integración. Europa no da la impresión de haber logrado un sentido genuino y profundo de responsabilidad por sí misma como un todo, y en suma por el futuro de todos los que la habitan.

Extracto del discurso ante la asamblea general del Consejo sobre Europa, 1992.

El teatro y la política

En el teatro, la inconmensurable riqueza y la infinita complejidad del ser se comprimen en un código conciso que, a pesar de lo simple, pretende extraer lo que parece más esencial de la sustancia del universo y comunicarlo al auditorio. Esto, de hecho, es lo que las criaturas pensantes hacen todos los días cuando hablan, estudian, escriben o meditan.

La política es también, inevitablemente, teatro como un sistema de símbolos que se dirige a nosotros como individuos y miembros de una comunidad; que testifica, a través del evento específico en que se encarna, el gran acontecer de la vida y el mundo, y que expande nuestra imaginación y nuestras sensibilidades. No puedo imaginarme una política que aspire al éxito de largo plazo que no tenga conciencia de estas cosas.

El importante papel que el sentido de lo teatral juega en la política tiene -debemos admitirlo- un doble filo y un carácter ambivalente. Aquellos que poseen esta cualidad pueden conducir a las sociedades a grandes y meritorios hechos y nutrir en el público una cultura política democrática, un coraje cívico y un sentido de la responsabilidad. Pero esas personas también pueden movilizar los peores instintos y pasiones humanos, pueden volver fanáticas a las masas y conducirlas al infierno.

¿En dónde está el límite? ¿En dónde está la frontera entre el respeto legítimo a la historia y a la identidad nacionales, a los símbolos de la condición de Estado y la diabólica música de los gaiteros moteados, los oscuros magos y los hipnotizadores? ¿En dónde termina el admirable arte del apasionado discurso público y en dónde empieza la demagogia burda y el engaño? ¿Cómo podemos reconocer el punto más allá del cual la comprensión de la estructura dramática de la existencia humana y la necesidad natural de la gente de participar en experiencias colectivas a través de ciertos ritos integradores se convierten en una manipulación que asalta la libertad humana?

Me temo que no existe un método exacto para fijar esa línea divisoria. Debemos entonces confiar en factores no científicos tales como el sentido común, la moderación, la responsabilidad, el buen gusto, el sentimiento, el instinto y la conciencia.

Es aquí en donde percibimos una enorme diferencia entre el teatro como arte y la dimensión teatral de la política. Una loca exhibición teatral por un grupo de actores fanáticos constituye parte del pluralismo político, y, como tal, ayuda a expandir el reino de la libertad sin constituir un peligro para nadie. Una loca exhibición de un político fanático puede conducir a millones a una calamidad sin fin. Lo que me lleva a un tema sobre el que frecuentemente hablo: las especiales demandas que la política impone a la conciencia y la responsabilidad.


Extracto del discurso pronunciado en la Academia de Artes Teatrales de Praga, 1996.

Trascendencia en un mundo posmoderno

¿Qué hace que teorías como la del "principio antrópico'' y la "hipótesis Gaia'' sean hoy tan seductoras? Algo muy simple: ambos nos recuerdan lo que hemos sospechado desde hace mucho tiempo, lo que hemos proyectado desde hace mucho tiempo en nuestros mitos olvidados y lo que quizás siempre haya estado latente en nosotros como arquetipos. Me refiero a la conciencia de estar anclados en la Tierra y el universo, la conciencia de que no estamos aquí solos ni existimos sólo para nosotros mismos, sino que somos una parte integral de entidades superiores, misteriosas, de las cuales no es conveniente blasfemar.

Este presentimiento olvidado está codificado en todas las religiones. Las culturas lo anticipan en diversas formas. Es una de las cosas que forman la base de la comprensión que tiene el hombre de sí mismo, de su lugar en el mundo y en última instancia del mundo como tal. Esta conciencia nos entrega la capacidad para trascendernos a nosotros mismos.

En los foros internacionales los políticos podrán reiterar mil veces que la base del nuevo orden mundial debe ser el respeto universal de los derechos humanos, pero sus palabras no tendrán ningún significado mientras este imperativo no derive del respeto del milagro del ser, el milagro del universo, el milagro de la naturaleza, el milagro de nuestra propia existencia.

La Declaración de Independencia de Estados Unidos, adoptada hace 218 años en este mismo edificio, estipula que el Creador dio al hombre el derecho a la libertad. Todo parece indicar que el hombre puede concretar esa libertad sólo si no olvida a Aquel que se la confirió.


Párrafos del discurso en el Salón de la Independencia de los Estados Unidos, 1994.

Responsabilidad de los intelectuales

Como sienten un interés por el mundo como un todo y como experimentan un mayor sentido de responsabilidad por su futuro, los intelectuales con frecuencia caen en la tentación de querer comprender el mundo como un todo, de explicarlo totalmente y de ofrecer remedios universales a sus males. Una impaciencia mental y diversos cortocircuitos también mentales son las razones más frecuentes por las cuales los intelectuales tienden a elaborar ideologías holísticas y a sucumbir ante el atractivo seductor de la ingeniería social holística.

En este aspecto, ¿acaso no fueron intelectuales por excelencia los precursores de la ideología nazi, los fundadores del marxismo, y los primeros dirigentes comunistas? Sin mencionar a los muchos intelectuales que aunque no crearon ni introdujeron dictaduras, una y otra vez se negaron a condenarlas porque eran más propensos que los demás a aceptar el engaño de que había un remedio universal para los males de la humanidad.

Pero sería ingenuo creer que todos los intelectuales han sucumbido al utopismo o a la ingeniería holística. Gran número de intelectuales, tanto en el pasado como en el presente, han hecho exactamente lo que considero correcto: han percibido el contexto más amplio, han visto las cosas en términos más universales, han reconocido el carácter misterioso de la universalidad, y lo han aceptado humildemente.

El sentido más acentuado que tienen de responsabilidad por este mundo no ha hecho que estos intelectuales se identifiquen con una ideología; los ha hecho identificarse con la humanidad, con la dignidad y las perspectivas de ésta. Estos intelectuales construyen una solidaridad entre los pueblos, fomentan la tolerancia, luchan contra el mal y la violencia, promueven los derechos humanos y defienden la indivisibilidad de los mismos. En una palabra, representan lo que se ha llamado "la conciencia de la sociedad'".

¿Y qué postura política asumen los intelectuales? Sobre esto, también ha habido muchos malentendidos. Mi opinión es bastante simple: cuando estemos frente a intelectuales utópicos no debemos hacer caso a sus cantos de sirenas. Si entran en el mundo político, debemos creerles aún menos. Otros tipos de intelectuales son aquellos que tienen presentes los lazos que unen todo en este mundo, que contemplan el mundo con humildad, pero también con un sentido mayor de responsabilidad, y que libran una batalla por todas las cosas buenas. Esos intelectuales deben ser escuchados con la mayor atención, aunque se desempeñen como críticos independientes -y al hacerlo pongan un espejo muy necesario frente a la política y al gobierno-, o participen directamente en política.

Párrafos escogidos del discurso en la Universidad de Victoria, Nueva Zelandia, 1995.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 25/12/2011


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