Ortega y Gasset, hoy
El humanismo de Ortega
Por José Luis MOLINUEVO
El humanismo de Ortega se elabora desde la síntesis española en Europa y con la mirada puesta en Iberoamérica. Es, para decirlo con propiedad, un humanismo cervantino
El humanismo de Ortega tiene sus raíces en la experiencia de la vida. Se ramifica a través de una obra dilatada en el tiempo y truncada en el espacio; anima sus “empresas” culturales, educativas y políticas llegando hasta el Instituto de Humanidades. No es una mera adaptación del humanismo clásico sino que configura un proyecto de futuro en nuestras actuales sociedades tecnológicas. Tiene un sentido afirmativo, pero no a través de la reivindicación de un territorio propio entre los saberes sino recogiendo las aportaciones de todos ellos. No se trata, pues, de un humanismo literario y hermeneútico al uso sino más bien de un humanismo vital, en el que vivir significa no renunciar a nada porque la vida es una suma y no una resta. Y ésta es la forma como la vida integra la muerte que nos va, en la suma de instantes, restando tiempo. El modo de existencia es una vida tensada hasta el límite de sí misma, tal como acuñó en ese pensamiento en imágenes que es su ex libris del Arquero, expresión aristotélica de la vida plena.
La singularidad del humanismo orteguiano se aprecia mejor si lo situamos en una tradición propia y lo comparamos con otras propuestas de su generación. Aparece como un humanismo latino que construye su identidad en la tradición clásica renacentista pero desde la síntesis española. Comparte la visión de la Filosofía como Filología, y ello constituye el nervio de los “principios de una nueva Filología” que confiara a Curtius; entiende la vida como amor a la palabra, sospechando que en esa definición del hombre como “animal racional” tomada de Aristóteles es preciso recuperar el logos, no como razón, sino desde nuestra perspectiva de seres que tienen y son tenidos por la palabra. De este modo, el humanismo expresa su verdadera relación con las letras, no sustituyendo las cosas por palabras, sino convirtiendo la vida en un género literario, los textos en tejidos vitales, es decir, en el modo como la vida se ve a sí misma a través de un ser humano en una época y lugar determinados. El pensamiento y el lenguaje tienen patria aunque no sean patrimonio de una nación. Por eso, el humanismo de Ortega se elabora desde la síntesis española en Europa y con la mirada puesta en Iberoamérica. Es, para decirlo con propiedad, un humanismo cervantino. Consiste en una fidelidad al presente y a las cosas, que se tratan de “salvar” (es decir, de llevar a la plenitud de su significado) mediante la acción cultural. Pero no concebida como una tarea heroica según el ejemplo de mitos seculares a revisar, sino desde la perspectiva de lo sublime cotidiano que nos concierne como ciudadanos. Lo que revela a juicio de Ortega nuestra modernidad en su género literario por excelencia que es la novela cervantina y también el texto pictórico velazqueño es que la antigua exigencia de belleza cede paso a la nueva de verdad. Las imágenes ya no son transparentes y devuelven la mirada mostrando que somos, nosotros y las cosas, seres inacabados y menesterosos que para vivir necesitan convivir. Una convivencia basada en la distinción de la distancia que es la tolerancia o en el respeto que es como Ortega define a la cultura. En definitiva, sólo se trata de ayudar a que los demás alcancen su propio ideal, el que (todos) puedan ser lo que ellos quieren ser y no lo que nos gustaría que fueran.
Esta propuesta de Ortega tiene unos matices generacionales bien diferenciados. Al sentimiento trágico de la vida y nihilismos epocales opone un sentido estético, afirmativo de la vida. Su humanismo es de signo distinto al debatido tanto en la Carta sobre el humanismo de Heidegger como en El existencialismo es un humanismo de Sartre. Si lo que se plantea en la polémica anterior (y vuelve a resurgir ahora desde la provocadora intervención de Sloterdijk) es que hay que tomar una opción, en Ortega encontramos una opción clara por el hombre frente al ser. Es cierto que el “ser es tiempo” pero porque él mismo está sujeto al tiempo, ya que se trata de un concepto histórico que el hombre griego elaboró para hacer habitable su mundo, y es posible que igual que surgió desaparezca.
La creencia orteguiana de que somos nuestro tiempo y debemos estar a su altura le lleva a abordar uno de los fenómenos más característicos de nuestro presente, como es el de la técnica. Ha sido la piedra de toque del humanismo tradicional. En el caso de Ortega su actitud no es de rechazo sino que apunta la posibilidad de un humanismo tecnológico. Pero eso implica construir una nueva identidad y dejar fluir viejas tradiciones. Frente al discurso platónico basado en la dignidad humana, Ortega recoge la otra corriente moderna, de fuerte presencia en España, y que ensaya el discurso sobre la llamada “indignidad humana”. Para defender sus tesis de que sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca, elabora un “mito allende la técnica” según el cual el hombre ya no es en su origen un ser natural sino una anomalía, un monstruo, de la naturaleza comparado con los otros seres vivientes. La técnica es así una genuina posibilidad humana necesaria para poder estar y bien-estar en el mundo. Pero, dando un paso más, el discurso de Ortega no sólo es valioso para la técnica del siglo XX sino para las nuevas tecnologías del siglo XXI. Ya no se trata de transformar la realidad sino de crear nuevas realidades. Y es aquí donde el discurso humanista sobre el hombre como animal metafórico cobra su vigencia hoy en la “realidad virtual”, ya que la metáfora para Ortega no es sólo una forma de conocer sino también de ser y de creación de nuevas realidades fundiendo otras, pero sin confundirlas. A partir de ahí se abren todos los interrogantes. A la conocida pregunta sobre “el puesto del hombre en el cosmos” se añade ahora esta: ¿Cuál es el lugar del hombre en nuestras sociedades tecnológicas? éste es el tema de nuestro tiempo.
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Ortega y Gasset, hoy
La rebelión de las mesas
La Papelera
Por Juan PALOMO
Con el otoño, empiezan a caerse nombres de las mesas. Eso ocurre en el Círculo de Bellas Artes, el mismo lugar en el que Luis Alberto de Cuenca hizo una aparición estelar para recordar a Carmen Martín Gaite. Me encuentro a Arturo Pérez Alatriste en Internet con un ataque incontrolado de accesos, a Tom Wolfe hecho todo un hombre y a Sánchez Dragó convertido en improvisado agente de Pániker...
Harto ya de estar harto, Tom Wolfe acaba de dar cumplida respuesta a quienes criticaron su última novela, Todo un hombre, producto de once años de trabajo y muchos desvelos. No se salva nadie. El dandy neoyorquino fustiga sin piedad a John Updike, Norman Mailer y John Irving, que le negaron como novelista. Y de qué manera. En “My three stooges”, un extenso ensayo de cuarenta páginas que forma parte de Hooking Up, recién aparecido en las librerías, asegura que las críticas de los tres narradores se debieron al terror, al pánico de tres viejas glorias ante “un ejemplo -muy visible- de cómo puede ser la novela del siglo XXI”. La novela americana, insiste, se está muriendo... “de anorexia. Necesita alimento... necesita narradores”. Y él, claro, es el primero.
César Antonio Molina se cree que el cortijo es suyo. Resulta que al pope del Círculo de Bellas Artes no le ha gustado el artículo que García Martín, insolente como siempre, escribió sobre su último libro -ya saben, aquello de que es un lobo estepario que camina solo por la selva de las letras-, y ¡zas!, desde ahora García Martín no presenta, ni dialoga, ni pisa su Círculo. Ha sido vetado y expulsado fulminantemente de todas las mesas.
Lo de Luis Adelantado es para nota. En un ataque de no se sabe si estupidez o vanidad, el prestigioso galerista valenciano ha remitido a un centenar de artistas, desde Tàpies a Gordillo, desde Julian Schnabel a Tony Cragg, desde Louise Bourgeois a Carmen Calvo, o sea, ninguna tontería, una carta en la que entre otras cosas dice: “Pensamos organizar una exposición en la cual cien artistas nacionales e internacionales de distintas generaciones aporten su visión, sobre mi persona (como galerista, amigo, hombre...). Se pretende que la exposición itinere por museos y por último ser donada a uno de ellos”. Luis Adelantado espera la respuesta y la obra de los artistas a la mayor brevedad posible. Así ya se puede.
Ahora que tantos silencios castigan a grandes de nuestra escena, vale la pena releer unas reflexiones del último premio Nobel, el chino Gao Xinjiang: “Si un dramaturgo pretende ganarse el favor del público no puede olvidar algo esencial: debe tener total confianza en la capacidad de comprensión y en la imaginación del público. No puede darle todo digerido”. Sin concesiones.
Qué bonita es la amistad... El laureado Sánchez Dragó dura y dura con Salvador Pániker en un delirio sin final. Entrevista en dos entregas en su Blanco sobre negro y recomendación en el de mi canario favorito. Fernando, amor, me lo sé ya de memoria.
Los hermanos Ibarretxe se van de la boca y destripan los “secretos orientales” de Alex de la Iglesia. Las horas de avión dan para mucho, incluso para contar que el director de La comunidad está localizando exteriores en Tailandia para su ansiado Fu Manchú, que Michael Caine le ha dado calabazas y que busca ya desesperadamente protagonista en los agentes de Richard Harris y Antonio Banderas. Me dicen que al malagueño se le abren las carnes con la idea...
La inmortalidad está más cerca: ¿desea figurar en un best-seller y no le quedan danieles estiles que plagiar? ¿no tiene talento? No importa. El 5 de diciembre la British Academy of Film and Television Arts organiza una subasta en Londres en la que se juega el derecho a que un autor como Hanif Kureishi o Nick Hornby utilice el nombre del ganador en su próxima novela. Lo único que no garantizan es que el personaje luego sea lo más... British idea.
PD. Con esto del plagio y la negritud hemos perdido la cabeza. Y no, no se puede comparar impunemente a Vargas Llosa con una anarrosa cualquiera, por un quítame allá un cero de más o un dato de menos.
Item más, querido Luis Alberto, no te ofusques, que esas muletas no se embisten...
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Ortega y Gasset, hoy
Simón Marchán, sobre "La deshumanización del arte"
"Ortega asumió la ruptura"
Por Javier LÓPEZ REJAS
El catedrático de Estética de la UNED, Simón Marchán, participará en el congreso sobre Ortega y Gasset con la conferencia Modernidad y vanguardia. Para Marchán, La deshumanización del arte sigue siendo un texto de referencia para abordar la tradición de lo nuevo en un periodo en el que nuestras vanguardias empezaban a desarrollarse.
El arte y las masas, el arte ante el hombre “egregio”, el arte como temperamento y la hostilidad hacia lo real son algunas de las cuestiones que Ortega y Gasset analiza en La deshumanización del arte, un lúcido ensayo escrito en un época de auténticas convulsiones estéticas en el que, según Simón Marchán, Ortega se presenta como el primero en tomar conciencia del imperativo de la modernidad.
-Desde la perspectiva actual, ¿han sido superadas las consideraciones estéticas realizadas en La deshumanización del arte?
-Creo que sigue siendo una lectura de referencia básica para abordar nuestra tradición de lo nuevo, pues Ortega fue posiblemente el primero en tomar conciencia de lo moderno no sólo como algo superior a lo antiguo, sino en cuanto imperativo para el arte a la altura de los tiempos; se percató con lucidez de los procesos de cambio en curso cuando, en la realidad española, apenas estaban despuntando.
-Según esa realidad, al final Ortega señala categóricamente la imposibilidad de volver hacia atrás en el proceso iniciado con las vanguardias. ¿Pudo equivocarse?
-Ciertamente, la agresividad y la burla frente al arte tradicional, al considerado como viejo, se guían por un instinto futurista que imposibilita o al menos no hace aconsejable volver la vista atrás.
Legitimación de lo nuevo
Ortega asume sin decirlo dos hipótesis compartidas por los impulsores del arte nuevo: la ideología de la ruptura radical, la ruptura con todo el pasado del arte, por un lado, y la concepción evolutiva, un tanto lineal, de la historia del arte moderno. Abogando por la legitimación de lo nuevo en unas condiciones históricas y culturales nada favorables, no se equivoca en sus pronósticos respecto a su actualidad, si bien no podía vislumbrar el destino postmoderno, postvanguardista, postformalista, posthistórico o como se quiera del arte.
-¿Considera su admiración por la obra de Zuloaga como un reflejo de su concepción estética?
-Me da la impresión de que la nueva sensibilidad estética que Ortega capta atinadamente en La deshumanización del arte se distancia, entra incluso en conflicto con su sensibilidad personal hacia una modernidad más atemperada, casi racial. Precisamente, hacia aquélla que desde unos años antes encarnaba para él la pintura de Zuloaga.
-¿Cuál cree que fueron las intenciones últimas de Ortega?
-Ante todo, intenta comprender sin ira ni entusiasmo los propósitos artísticos compartidos por las diversas tendencias del nuevo arte, la nueva Kunstwollen o voluntad artística colectiva. No obstante, consciente de que en España no existe una vanguardia a la manera de otros países europeos, como Alemania o Francia, propone, sin embargo, a la manera de aquélla, el primado de la teoría y de los programas sobre las mismas obras, las intenciones sobre las realizaciones. Roza así la consideración de la vanguardia no sólo como renovación formal, sino en cuanto proyecto insatisfecho. ¡Lástima que no se moviera más a ras de tierra y nos ofreciera más pistas sobre aquellas manifestaciones o nombres propios que suscitaban sus reflexiones!
-¿Puso las bases “conceptuales” de la Generación del 27?
-Contribuyó a ello, aunque creo que sintonizaba más con la Generación del 98. Sería excesivo prescindir de otros autores coetáneos, sobre todo en el campo literario los ensayos de Guillermo de la Torre.
Un triunfo sobre lo humano
-¿Era necesaria la “deshumanización” del arte para su evolución o revolución? ¿No era esto lo que intentaba insinuar el propio Ortega?
-La deshumanización suponía una eliminación progresiva de los elementos o contenidos humanos. Incluso, un “triunfo sobre lo humano”, en una expresión que habría que matizar. Por vía afirmativa se resolvía en el abandono de la referencialidad, de la representación que entendía la mayoría, y un deslizamiento hacia la estilización formal, hacia la purificación, hacia el ensimismamiento del arte.
-¿Qué papel juega la interpretación filosófica de Ortega en la teorización de estas vanguardias?
-Es fundamental, y no sólo en la situación española, sino, como se ha visto hasta nuestros días, en la europea o norteamericana.
-El arte como vidrio, como transparencia, como cosmética, su negación, la ironía, la burla... conceptos muy gráficos para abrir un camino de reflexión ¿Hubo un antes y un después de estos estudios sobre la llamada estética deshumanizada?
-Los ensayos de Ortega abundan en figuras artísticas que promueven la reflexión sobre lo moderno en unas coordenadas larvadamente kantianas y románticas. Resultan sutiles sus pensamientos sobre el poder de acomodación a lo virtual, a la ficción del arte, otros tantos sinónimos, como buen administrador de la Ilustración, sobre la diferenciación de la experiencia artística respecto a la cotidiana. Entre otras muchas aportaciones, destacaría en primer lugar la introducción en la crítica y el debate teórico sobre la contraposición entre el arte de minorías y el arte de masas, intuición pionera que desplegará en La rebelión de las masas y será uno de los puntos de partida en las posteriores consideraciones postmodernas. Y una segunda que suele pasar más desapercibida: antes que Walter Benjamin y otros, Ortega reflexiona hacia una estética del espectador, hacia una “estética de la recepción”.
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Ortega y Gasset, hoy
Navarro Cordón, "Misión en la Universidad"
"Integró crítica y utopía"
Por Bernabé SARABIA
El Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, Juan Manuel Navarro Cordón, interviene en el Congreso con “Universidad, filosofía y sociedad”, en torno a Misión de la Universidad. Según Navarro Cordón, se trata de un texto clave para reinventar aquí y ahora una universidad que no sea mera expendedora de títulos ni muerta transmisión de cultura.
-En 1930 ve la luz Misión de la Universidad. ¿Qué lugar ocupa en el conjunto de la obra orteguiana?
-Quizás sea excesivo intentar localizar Misión de la Universidad en el conjunto de la obra orteguiana como si significara un momento relevante, no digamos ya decisivo en un sentido u otro de su constitución o madurez. En cambio, sí considero de interés señalar que las tesis fundamentales de este pequeño texto, por ejemplo, el significado y función de la cultura para la vida, el compromiso público de la inteligencia, la implantación vital de la razón, el carácter crítico, proyectivo y utópico del pensamiento, la relación entre ciencia e ilustración cultural y moral, todas estas tesis sí que arraigan en las más profundas ideas de su filosofía. Y a la luz de ellas Misión... se torna un texto más denso y fructífero. Me parece todavía hoy muy digna de ser considerada la idea de hacer de una “Facultad” de Cultura el núcleo de la Universidad y de toda la enseñanza superior.
El concepto de Universidad
-La Universidad española de los años 30 era una institución minoritaria, por no decir elitista, y sin mujeres en sus aulas. En la actualidad contamos con un millón y medio de universitarios, de ellos más mujeres que hombres. ¿Qué puede enseñarnos hoy Misión de la Universidad?
-Quizás antes que nada recordar la idea de lo que tiene que ser la Universidad. Ni una institución meramente expendedora de títulos, y ni siquiera que sólo forme buenos profesionales y especialistas. Ni un ámbito enclaustrado de investigación, ni una muerta transmisión de cultura, entendida además como aditamento ornamental. Buenos profesionales y especialistas sí, pero el especialista a ultranza quizá no deje de ser un bárbaro que sabe mucho de una cosa. La investigación en los respectivos campos sí, y cuanto de mayor calidad mejor, pues la investigación es, señala Ortega, la dignidad y el alma de la Universidad; mas una investigación que sirva a las necesidades y mejores fines de la sociedad, y que vivifique la enseñanza en sus aulas, impidiendo que ésta devenga rutinaria, repetitiva y sin vigor creativo.»Transmisión apropiadora de la cultura entendida ésta como la interpretación que la vida humana necesita hacer de ella misma y de su mundo, pues no se puede vivir, humanamente, sin ideas, sin una instalación en la realidad con el bagaje cultural que esté a la altura de su tiempo. Es este carácter integrador de los diferentes aspectos señalados lo más urgente y necesario que Misión de la Universidad puede enseñarnos hoy. Y todo ello además y a la par con la intervención de la Universidad en la actualidad de la vida pública, y la presión y vivificación que la sociedad tiene que ejercer sobre la Universidad para que ésta no olvide ni su procedencia ni su última destinación. Una relación entre Universidad y sociedad que no debe tener en la mera rentabilidad de mercado ni su única ni su principal función.
Cierta desmoralización
-Del intelectual dijo Ortega que su misión era la de “oponerse y seducir”. Desde su posición de decano de la Facultad de Filosofía, ¿no teme que ahora se estén formando estudiantes conformistas demasiado pegados al terreno y a sus familias?
-Si con su pregunta se refiere a una cierta despolitización o conservadurismo, así me lo parece, sobre todo en comparación con los estudiantes universitarios de las últimas décadas del franquismo. La instauración de la democracia puede explicar en parte esta situación. Con todo, conservadurismo y conformismo no son los mejores compañeros en la vida universitaria. Hay una cierta desmoralización, en el sentido en que Aranguren usó tal término. Pero también porque quizá un modo y organización meramente consumistas de la vida acaba desalmando a cualquiera. Una de las tareas más urgentes y a la vez más ilusionantes es el remoralizar y entusiasmar la convivencia de nuestra Universidad.
-En Cartas a su padre desde Leipzig, fechada el 13 de marzo de 1905, en la que habla de la Universidad alemana, un joven Ortega y Gasset escribe: “Creo firmemente que en España hoy no existen más que dos o tres hombres que sepan media filosofía”. ¿Cree usted que la situación actual de la filosofía española sigue siendo la misma?
-Desde esa fecha hasta hoy ha llovido mucho en el labrantío filosófico español. Y esa lluvia, traída por muchos y diferentes vientos, albergada en nubes unas apacibles y otras tormentosas, ha ido calando en nuestra tierra. Y sin que haya motivos para triunfalismo alguno, sí es preciso reconocer que el edificio de nuestra filosofía está suficientemente asentado con arraigo crítico en las diferentes tradiciones y actuales corrientes filosóficas, con un grado de madurez y capacidad de diálogo que en nada desmerece de otras latitudes históricamente más “filosóficas”, implantado además en los diferentes contextos científicos y culturales de que se nutre la filosofía. Una situación, en fin, que está a mil leguas de lo que da a entender Ortega en su carta. él mismo, entre otros muchos, ha contribuido a este nivel de la filosofía española. Y bueno, por si esto suena demasiado optimista, digamos que también aquí, como por doquier, vale el refrán: “De todo hay en la viña del Señor”. Y esto vale, claro, no sólo en el campo de la filosofía.
Fecha de publicación: 08/11/2000
Articulo : http://www.elcultural.es 28/01/2011

