samedi 19 février 2011

Leila GUERRIERO/ Máquina FOGWILL



Artículos
Máquina Fogwill
Por Leila Guerriero

Después de la coca, la cárcel y las obras maestras, ¿qué ha pasado con Fogwill? La autora busca la respuesta en medio del caos doméstico del gran escritor argentino.

El piso del departamento donde vive Fogwill ha sufrido un accidente. Es, de todos modos, un accidente añejo en el que él no tuvo intervención: una pileta de lona, que se desbordó durante días desde la terraza y produjo un hoyo profundo en el centro del living. Pero ese, dicho queda, es un accidente añejo en el que Fogwill no tuvo intervención. Él, sin embargo, es responsable de todo lo demás.

–¿Querés un té?

De pie, en la cocina, Fogwill calienta agua para el té en medio de un paisaje como los que dejan las inundaciones cuando las aguas se retiran. En el suelo, en la mesada, sobre la heladera, hay tostadas, servilletas de papel, yerba, fideos secos, ollas, pavas, jarras, restos de comida, saquitos de té, carnets de afiliación a clubes, pomos de crema Vichy vacíos. En el lavatorio, lleno de agua oscura, flotan, o se hunden, tazas, vasos, platos, tenedores. En el living hay ropa, diarios, partituras, zapatillas, un telescopio, binoculares, botellas de Coca-Cola vacías, rollos de cables, rollos de soga, libros, cedés, una estufa eléctrica, una estufa a gas. De una escalera que conecta con el entrepiso cuelgan dos helechos y un racimo de perchas con suéteres, camisas, pantalones, bolsas de tintorería y una computadora, la pantalla y el teclado cubiertos por grumos endurecidos de polvo, tiempo, mocos. Pero Fogwill dice que es chocolate con saliva.

–Mientras escribo, como chocolate, me chupo los dedos, y eso se queda pegado. Antes era peor. Tomaba merca, y la merca se come el cobre.

Y, como todo el mundo sabe, el cobre es un componente fundamental de las computadoras. Y, como casi todo el mundo sabe, la cocaína fue, durante mucho tiempo, un componente fundamental de Fogwill, nacido Rodolfo Enrique en 1941, sociólogo, autor de unos veinte libros –novelas, cuentos, poemas– a los que hay que sumar una antología de cuentos –Cuentos completos, con prólogo de Elvio Gandolfo, Alfaguara, 2009– de reciente aparición, que ha sido saludada como obra maestra y que lo coloca, definitivamente, entre los mejores escritores argentinos. “[...] planteada una buena antología de treinta cuentos argentinos, que incluyera las mejores piezas, compilada por un imparcial juez de cuentos, libre de amiguismos y compromisos, allí, en el primer escalón, Fogwill estaría compartiendo espacio con Borges, con Artl, con Roberto Fontanarrosa”, escribe Elvio Gandolfo en ese prólogo.

–Son veintiún cuentos. Siete son de antología ¿Quién tiene siete cuentos de antología en este país?

Pantalones cortos, camiseta gris, sandalias –rulos alzados, ojos azules sin gota de piedad–, Fogwill elige un par de tazas de las que flotan en el agua lechosa. Las lava. Dice:

–Nadie.

“Se dice que Fogwill está loco, que es insoportable, que más vale tenerlo lejos. En el mejor de los casos, se dice que Rodolfo Enrique Fogwill es ‘un provocador’. Lo que nadie puede decir es que sea tonto. Por eso se insinúa que es una lástima que Fogwill esté loco, porque en realidad es un tipo inteligente. [...] Es que la de Fogwill es una inteligencia ‘superior’, y por lo tanto un poco inhumana: como si se tratara de la inteligencia de una divinidad o de un alienígena, siempre un poco más allá de la capacidad de comprensión del común de los mortales. [...] Fogwill siempre tiene algo que decir en contra del sentido común (sobre todo, en contra del sentido común progresista)”, escribió Daniel Link en Seis personajes en busca de autor, un texto publicado en el diario argentino Página/12.

Durante todos estos años, con una breve interrupción entre 1990 y 1995 en la que dejó de publicar y de dar entrevistas, Fogwill no ha parado de escribir y de aportar aristas a ese personaje público, mezcla de lobo feroz y jubilado violento, en un prontuario que tiene hitos tales como Fog¬will contra Piglia, Fogwill contra Beatriz Sarlo, Fogwill contra el crítico de cine Quintín, Fogwill contra Juan Forn, Fogwill contra el Premio Nacional de Literatura (que ganó en 2004), Fogwill contra Alan Pauls. En un artículo de 1983 que publicó la revista Alfonsina, llamado “El aborto es cosa de hombres”, Fogwill escribió: “El embrión y el feto humano es eso: protoplasma humano. Como los bebés y los abuelitos, carecen de medios para autoabastecerse. Como los paralíticos, no pueden moverse. Como los inmigrantes clandestinos de Bolivia y de Chile, carecen de identidad para las leyes nacionales. Pero son humanos”.

Fogwill. La máquina de aterrar.

–Tirí-rirí. Tirí-riiirí.

Fogwill arroja al piso un poco de yerba que acaba de derramarse en la mesada, aparta trozos de pan, vasos usados y apoya, en ese espacio libre, dos tazas limpias mientras tararea en tono quirúrgico, azul, indiferente.

–Estudié canto tres años. Cantaba muy bien yo. Pero la cocaína me cagó el oído. La cocaína te hace pensar que estás haciendo bien lo que estás haciendo mal, en la vida como en el canto.

En la mesada hay, también, una canasta repleta de frascos que se parecen a los inhaladores que usan los asmáticos.

–Son mis drogas. Tengo enfisema pulmonar. Hay momentos en que tengo broncoespasmos. Tengo las arterias de las piernas hechas mierda. Me tendría que hacer una operación en la arteria ilíaca izquierda, pero no la voy a hacer porque es una operación delicada y si sale mal te cortan las dos piernas en el momento. Estoy en el final, loca. Una gripe me manda al foso.

Junto a la canasta con medicamentos hay recipientes altos, de vidrio, llenos de cereales y pasas de uva.

–Acá podés observar generaciones diferentes de granola. Eso es sésamo, coco y pasas. Le falta agregarle otra generación de nuez, almendra. A medida que estoy al pedo, voy echando. La granola más cara que yo puedo hacer tiene un precio de sesenta pesos el kilo. Y la granola que venden cuesta diez pesos los cien gramos. ¿Querés té verde o té rojo?

Fogwill. El hombre que fabrica su propia granola.

Es septiembre, quizás octubre de 2008, y Fogwill fuma en la vereda, frente a la puerta de un restaurante del barrio de Almagro, en Buenos Aires. Dice que tiene una novia, joven, pero que las mujeres terminan por dejarlo.

–Se aburren. Tengo sesenta y siete pirulos. No salgo los viernes, no salgo los sábados, no salgo los jueves, no voy a bailar, no tolero casi los restoranes. Extraño mi comida.

–¿Te han dejado más veces a vos que vos a ellas?

–Últimamente, creo que sí.

Vierte agua en las tazas, camina hacia el living, se sienta en una butaca, señala:

–Ese es tu sofá.

El sofá está cubierto de papeles, libros, un objeto de lana –una bufanda, un suéter: no se sabe–, partituras, fotos, diarios.

–No sabés lo que es una casa cuando hay chicos. Es un kilombo.

Pilar y José, sus hijos de once y trece años, viven entre esta casa y la de su madre. Fogwill es, además, padre de Andrés –publicista–, Vera –actriz– y Francisco, músico.

–Me gustan los chicos. Para mí son la continuidad del amor por una mujer. No ocuparme de ellos es imposible. Francisco es hijo de una novia que yo tenía. Ella durmió la semana siguiente al parto en mi casa, para que yo le enseñara todo lo del bebé.

“Pensar al sol, navegar y generar hijos y servirlos son las actividades que mejor me sientan: confío en seguir repitiéndolas”, escribió en la introducción a su novela Cantos de marineros en La Pampa (Mondadori, Barcelona, 1998).

–Pilar y José duermen arriba, conmigo. Yo siempre fui partidario de dormir con mis hijos. Yo quería un sistema, que la madre se negó a tener, que era dormir todos juntos y tener una pieza para coger. Por eso hay que tener plata.

–¿Para coger?

–No. Para no preocuparse por la guita. No me gusta cuando no tengo guita. Me siento revelado en mi verdad, y no quiero.

–¿Y cuál es tu verdad?

–Mi verdad, mi verdad. No es la falta de guita mi verdad. Es no ser un verdadero hombre. Ahora me dieron un adelanto por un libro y me gasté toda la guita. Yo pago las expensas de acá, la de la casa de los chicos, luz, gas, teléfono, las cuotas de los clubes. Y listo. No tengo más plata.

–¿Alguna vez pudiste ahorrar?

–No. Un día tenía un canuto de dos mil setecientos dólares y me hicieron un secuestro virtual. Me dijeron que tenían secuestrada a la madre de mis hijos y me pidieron cien mil pesos. Les dije: “Miren, yo lo que tengo son dos mil setecientos dólares”. Me dijeron que estaba bien. Me dieron las instrucciones y tiré los dos mil setecientos dólares que tuve tres meses encanutados.

–¿Entonces?

–Entonces: no hay que ahorrar.

Fogwill hace natación –una hora por día– y gimnasia. Su rutina incluye, además, leer, atender a sus hijos, cocinar, hacer las compras. El resto del tiempo lo dedica a escribir: cuarenta –o cuarenta y cinco– minutos por día.

En marzo de 2009, en la ciudad de Montevideo, dos personas conversan. Una de ellas es un escritor, que se pregunta:

–¿Fogwill es hijo único? ¿Sabés si nació en Buenos Aires? ¿Qué hacían los padres? ¿Eran argentinos? ¿Él sigue navegando? ¿Tiene cuatro hijos o cinco?

El escritor es amigo de Fogwill desde hace tiempo.

–Diez, quince años. A lo mejor, más.

Y, sin embargo, no sabe, de Fogwill, nada.

Rodolfo Enrique Fogwill nació en 1941 en Bernal, suburbio tranquilo de la ciudad de Buenos Aires, único hijo de Samuel Enrique –dueño de una empresa agrícola ganadera– y Beatriz Catalina.

–Mi viejo se iba a las cinco de la mañana al matadero y se quedaba en la oficina hasta las diez de la noche. Mi madre era rubia y fumaba y conducía, tres cosas muy peligrosas en esa época. Era muy parecido a ser una puta. Se llevaban como todos los matrimonios, como la mierda. Pero no se pegaban. Yo era problemático. Muy autónomo. Hinché las bolas, hasta que me permitieron entrar al colegio a los cuatro años. A los trece tenía moto. En el 55 tenía auto, carnet de conducir.

A los seis hacía dos años que leía, y tenía nueve cuando su tía, hermana de su madre, le regaló un revólver.

–Lo trajo sin balas, pero yo iba a la armería y compraba balas. Armaba fardos de diarios y tiraba ahí. Conseguía cosas que no conseguía nadie. Me acostaba con mi novia en mi casa. Eso en mi pueblo era inusitado.

La infancia y la primera juventud estuvieron marcadas por esa precocidad sin freno, y por problemas motrices de los que la ingravidez del agua lo salvó.

–Para alguien con problemas motrices, como yo, la desgravitación que produce el agua es la solución de la vida. Yo nadaba mucho, cuatro kilómetros en río abierto. Iba a un club náutico, y en ese club había una pileta y había botes. Los pibes dábamos un pequeño examen, y teníamos derecho a irnos a la mierda en bote. Cuando agoté mi carrera de botes de remero, empecé con los barcos a vela.

Tuvo su primer velero en 1956. El mismo año, su primera máquina de escribir. Un año más tarde, a los 16, ingresó a la Facultad de Medicina.

–Me interesaba como curiosidad científica. Pero curar gente no me interesaba. Estudié hasta tercer año, hasta los 19.

A los 21 montó casa propia con una mujer a la que conoció en una manifestación contra la invasión estadounidense a República Dominicana

–Ella era la encargada de llevar las bombas molotov. Y me gustó la francesita de las molotov.

De Medicina pasó a Filosofía y Letras y de allí a Sociología. Lo demás es mito o es historia: se recibió de sociólogo a los 23, hizo una carrera rampante como investigador de mercado y experto en marketing y publicidad, y dejó un tendal de eslógans que todavía perduran, como “el sabor del encuentro”, o eso dicen.

–En los setenta armé una empresa mía, Facta, mercados y comunicaciones. Nadie sabía qué era “mercados y comunicaciones”. Todo el mundo llamaba para ver si yo vendía líneas de teléfono. En esa época no tomaba cocaína. Fumaba marihuana y me patinaba la guita en ropa y boludeces. Nunca me compré un Mercedes, pero rompía un Citroën por año. No era troskista pero me gustaban los troskos. Cuando el erp (Ejército Revolucionario del Pueblo, el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores) empezó con los secuestros, a mí se me hizo un problema lógico. Yo estaba relacionado, por mi trabajo, con todos los tipos más secuestrables de la Argentina. Al margen de eso decidí que yo estaba a favor de la eliminación de gente, pero la idea de cambiar un ser humano por plata, por una pequeña reivindicación política, me parecía peligrosísimo.

Entonces se declaró, ante sus amigos del erp, como “un marxista constitutiva y biológicamente liberal que no podía suscribir ciertos métodos como la bomba indiscriminada o cualquier forma de secuestro de personas”. En 1979 estaba divorciado, tenía mucho dinero, había publicado un libro de poemas –El efecto de realidad– en una editorial propia –Tierra Baldía– creada para difundir, sobre todo, la obra de otros –Osvaldo y Leónidas Lamborghini y Néstor Perlongher–, y se presentó al concurso de cuentos Coca Cola. Lo ganó. Pero cuando la empresa quiso firmar un contrato de publicación él dijo que, si querían publicar, tenían que pagarle aparte, de modo que lo editó por su cuenta bajo el título Mis muertos punk. Poco después, de todo lo que había hecho –eslógans, películas publicitarias, estudios de mercado– no quedaba mucho más que eso: ese libro.

–Muchos grupos militares operaban sobre las agencias y querían que yo me asociara con ellos. Cada vez que salía una película mía en televisión, la prohibían. En 1981 hice una publicidad de cigarrillos. Una mina que estaba en una fiesta se va con un tipo a ver el amanecer, y en un paneo se ve que la mina tiene alianza. Fue prohibida porque la mujer era casada y no estaba con su marido. Decían que yo usaba los dólares de la inversión publicitaria para presionar sobre los canales para que pasaran mensajes cifrados de la guerrilla. Y me cerraron las cuentas en los bancos, me procesaron y me metieron preso. Seis meses, acusado de estafa y subversión económica. Produje mucho en la cárcel. En la cabeza. Recuperé memoria que había perdido.

–No te desesperaste.

–No.

–Y no escribiste.

–No. Te voy a mostrar por qué no.

Se levanta y regresa con una carpeta de páginas manuscritas.

–Son todos sueños míos, que anoté en 1971. ¿Acá qué dice? No sé. “¿Por qué se produce el degradé?”. Eso. Lo leo y de golpe hay una palabra clave que me permite reconstruir el sueño. Pero ya ves por qué no escribía.

En las hojas no hay letras ni palabras sino algo ilegible, algo licuado, algo que no parece escrito por una mano humana.

Vera entrando a mi cuarto, diciéndome que estaba ‘dada vuelta’ y desnudándose. Vera saliendo de mi cuarto, y la sombra de Vera contra el blindex empañando la ducha, y la voz de ella subiendo junto a una nube de vapor para decir que el domingo siguiente se iría a Europa con Agustín Bullrich. Vera esperando los llamados de algún hombre, en mi casa. Vera fumando, adelgazando. Dejándose crecer el pelo. Depilándose las piernas con cera negra. Vera de frente y de perfil. Inclinada sobre la bandeja del grabador. Inclinada sobre algo que hervía en mi hornalla. Vera en el living, y su cabeza entre las piernas, y ella tratando de rodear todo su cuerpo con los brazos larguísimos. Vera cerrando un ojo. Vera despertando y volviéndose a dormir, y despertando al rato para calcular la hora por la sombra de una rama que cruzaba el balcón y volviendo a dormir. Vera sin dormir, caminando con pasos kilométricos por la vereda de Paraguay. Vera bajándose de un taxi, saludando. Vera llamándome, esperándome, yéndose. Ya ahora estaba muerta”. En los primeros ochenta Fogwill escribió Help a él, la historia de un hombre que evoca a una antigua amante que acaba de morir. El título es un anagrama de El Aleph, de Jorge Luis Borges; el relato está cargado de una sexualidad densa, sádica; y la amante muerta lleva, por nombre, Vera. El nombre de la hija de Fogwill.

–Bueno. La escena en la que le digo “Cogeme, Vera”, es peor. Pero era el único nombre femenino que me daba como anagrama de Beatriz Viterbo. Vera Ortiz Beti. Hola. Hola. Hola.

Durante los últimos tres o cuatro minutos, sin perder el hilo de la conversación, Fogwill ha estado mirando de reojo una tarjeta, marcando un número en su teléfono celular, diciendo “Hola, hola, hola”, colgando con expresión de disgusto.

–Último intento. Cada vez que llamo son dos mangos. Quiero ver si logro sacar mi auto del taller hoy. Hola. Hola. Hooola.

Alguien atiende.

–Hola, sí, estoy llamando hace rato. No me cuelguen, eh.

Pausa larga. Fogwill no ha dicho “Habla Fogwill”, ni “Buenas tardes”, ni una frase que eche luz sobre el motivo de su llamado.

–¿Qué tarjeta?

Pausa larga.

–No sé. Bueno, quiero saber algo. Mañana, ¿hasta qué hora van a estar abiertos?

Silencio.

–Ah, perfecto. Por el Clío verde que estaban haciéndole el freno. ¿Estará listo hoy o tendré que ir mañana a la mañana?

Silencio.

–Bueno, listo. Graciasss.

Cuelga. Parece satisfecho. Le da una última mirada a la tarjeta, la guarda, deja el teléfono a un lado.

–Listo.

–¿Lo lograste?

–No. Logré saber que mañana trabajan hasta mediodía.

En los ascensores, en la calle, desde los taxis, Fogwill mira a hombres y mujeres con la lascivia de un coleccionista, como si fueran, todos, ejemplares de catálogo. “Con frecuencia –escribe en la introducción a su novela Cantos de marineros en la pampa– imagino que soy una mujer, pero estas fantasías pronto se evaporan o recaen en una vulgar escena de lesbianismo sádico y desazón”.

Cuando se va, cuando regresa, cuando dice “Hola”, Fogwill saluda con un gesto manso, desusado: un beso en la frente.

Al salir de la cárcel, en 1981, no tenía nada, ni casa ni oficina ni trabajo, y fue a vivir a casa de su madre. Poco después le ofrecieron ser director general de la agencia de publicidad del hijo del general Roberto Viola, presidente de facto en aquel tiempo. Y él aceptó.

–¿Y mi trabajo sabés dónde se verificaba? En el piso que había sido mi oficina de publicidad. Callao y Santa Fe. Y me tocó la oficina con la alfombra que yo había puesto.

Trabajaba aún en esa agencia cuando, durante abril de 1982, su madre, que miraba la televisión –la guerra de Malvinas apenas comenzada– le dijo: “¡Nene, hundimos un barco!”. Y entonces él, que no sabía nada de la guerra, se encerró en su cuarto y escribió aquello de “Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por la ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las medias. Entre los dedos, fría, se la siente después”, que fue el principio de Los pichiciegos, la novela sobre la guerra de Malvinas –una veintena de soldados argentinos que sobreviven sin pelear, ocultos en una trinchera subterránea– que escribió en tres días y corrigió en cinco más, subido a la tracción de varios gramos –doce, dice– de cocaína. Hoy, Los pichiciegos, cuya última reedición –lleva cinco– se hizo en 2006 en la editorial argentina Interzona, es considerada una de las grandes, grandes, grandes novelas argentinas, y se le adjudica un carácter extraño: anticipatorio. Al escribirla, Fogwill no solo no sabía nada de la guerra, ni de los códigos internos de las tropas, sino que no tenía cómo saber que la Argentina terminaría por rendirse ante Inglaterra.

–Inducción pura. Cualquier tipo inteligente lo puede ver. El otro día encontré una novela mía inédita. Pero es impublicable. Sobre los countries. Escrita en el ochenta. Pronosticaba la Argentina de los countries y de la gourmandise. Pronosticaba esta mierda. Se llama Nuestro modo de vida. A mi hijo le impresionó porque en el último párrafo decía “Este año se empezaron a poner de moda los jeeps”. Los cuatro por cuatro. Y en ese momento en la Argentina nadie tenía jeeps. Mi hijo la leyó justo cuando se acababa de comprar su Suzuki Vitara y quedó impresionado.

Suspira, estira los brazos, se quita la camiseta, se mira los pies.

–Antes estaban muy mal mis pies. Con la cocaína se me destrozaron. Se me formaron como garras. De estar sentado. Lo único que hacés es tomar cocaína. No movés los pies. Voy a mear. Me ponés nervioso, vos. Me hacés ir a mear.

Desde el baño, la puerta semiabierta, llega el fragor del líquido en el líquido.

–Tirí –canta Fogwill–. Tirirí.

La obra de Fogwill incluye los relatos de Música japonesa (1982), Ejércitos imaginarios (1982), Pájaros de la cabeza (1985), Muchacha punk (Planeta, 1992), Restos diurnos (1997); las novelas Los pichiciegos (1983), La buena nueva (1990), Una pálida historia de amor (1991), Cantos de marineros en La Pampas (1998), Vivir afuera (1998), La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002), Urbana (2003), Runa (2003), Un guión para Artkino (2009); los poemas de Partes del todo (1990), Lo dado (2001), Canción de paz (2003), Últimos movimientos (2004); y la recopilación de artículos Los diarios de la guerra (2008). Pero para decir cómo y por qué empezó a escribir hay distintas explicaciones: que es más fácil escribir que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo, que tuvo mucho que ver uno de sus analistas, que ayudó el hecho de que, en 1975, se volvieran accesibles las máquinas de escribir ibm a bochita que le permitieron retroceder y borrar y, también, el hecho de que, en 1978, aparecieran las máquinas de escribir eléctricas portátiles, que le permitieron ganar velocidad. Fue con una de esas máquinas de escribir eléctricas portátiles que una noche se subió a su barco –el último de todos los que tuvo se lo llevó aquel juicio por estafa de 1981– y tecleó, de una sentada, Muchacha punk.

–El casco de un barco es una cámara de amplificación. A docientos metros nadie dormía con el tecleo, y nadie sabía que era yo el hijo de puta.

“En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir ‘hice el amor’ es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que hicimos ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y solo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos ‘acostamos juntos’. Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso”, escribió Fogwill aquella noche de insomnio propio, ajeno.

Una noche de invierno de 2008, después de presentar el libro de un amigo en una librería de Palermo, Fogwill dice:

–Loca, ¿me acompañás hasta la casa de mis hijos? Se van de campamento y necesito darles unas cosas para que se lleven.

Usa una campera roja, pantalones grises, zapatillas, una bolsa de nylon en la que parece acarrear algo preciado. Detiene un taxi, sube, indica una dirección. Cuando el taxi se detiene, Fogwill le pide que espere. Después baja, toca timbre, y aparecen José y Pilar, sus hijos chicos. Fogwill los besa, abre la bolsa, les muestra el contenido: tabletas de chocolate, enormes, muchas. Los chicos toman la bolsa, dicen algo, cierran la puerta. Sin brusquedad, sin despedirse.

Fogwill levanta un brazo, lo flexiona, abre la boca como si bostezara, con cierto abatimiento, cierta perplejidad. Toma mate en un vasito de plástico azul.

–Cuando era chico tuve un problema metabólico. No calcificaba bien. Eso demoró mucho mi maduración nerviosa. Ya de grande, un médico me hizo una serie de pruebas de equilibrio, de simetría visual. El resultado fue que mi cerebro era como el de un epiléptico. Nunca tuve epilepsia pero tuve cosas típicas de epiléptico: ataques de agresividad, cambios absolutos de carácter, no medir las consecuencias de mis actos.

–O sea que todo lo que la gente cree que es Fogwill, no es otra cosa que un síntoma epiléptico.

–Jum.

“Tengo una deuda con Fogwill –escribió el crítico Quintín en el blog La lectora provisoria–. [...] Hace unos diez años leí Vivir afuera y no me gustó y leí una entrevista que le hizo Daniel Link en Radar Libros, donde F. hablaba bien del Papa y L. lo llamaba genio justamente por eso y me gustó menos. Así fue que publiqué una nota enojada en El Amante, Fogwill se cabreó, me contestó en Página/12 [...]. La hostilidad se mantuvo durante un largo tiempo. Hasta que, de pronto, F. tuvo un par de gestos amables hacia mi persona. Primero, me invitó a un coloquio, seminario, congreso, jornadas o no sé qué de críticos que organizó el año pasado en Buenos Aires. Pero hubo un detalle. Nos consiguió alojamiento, viáticos y hasta se preocupó de que la heladera estuviera llena a nuestra llegada. Después hizo algo aún más insólito. Me invitó a presentar Los libros de la guerra, la jugosa recopilación de sus ensayos, distinción que compartí con Horacio González y en la que hice un papel por demás deslucido. [...] Si bien tengo una idea de qué clase de personaje es Fogwill (imposible no tenerla, dado su tendencia al histrionismo, imposible no pensar también que comparto con él cierta facilidad para hacerme odiar gratuitamente), y cuáles son sus ideas políticas (hasta ahí), no he leído su poesía y, aun dentro de la prosa, no sé al día de hoy qué clase de escritor es. La experiencia sensible (el resto lo leí hace mucho) me enseñó que es capaz de una gran precisión al narrar y no conozco a un escritor argentino que lo supere a la hora de describir la intimidad (el sexo, pero no solamente)”. La presentación de Los libros de la guerra se hizo en el malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) en marzo de 2008, y no fue la pelea de perros que se esperaba, sino un evento apacible en el que ambos presentadores, supuestos enemigos del presentado, no se deshicieron en elogios, pero casi.

Fogwill se levanta de su butaca, mira alrededor, buscando un cigarrillo. Ya no tiene barco propio, y casi no navega (“Se me puede reventar un aneurisma y no puedo regalarle a un tipo un muerto en un barco”). Vive de sus ingresos por los libros, del Premio Nacional de Literatura, y de su trabajo como asesor de marketing para una empresa argentina de golosinas con sede en Chile.

–¿Vamos a buscar a mi hijita a su clase de flauta? Me voy a cambiar.

Sube al entrepiso. Se cambia mientras dice que Pilar es muy buena con la flauta, y que José es especialista en un paso de baile.

–No sé qué paso de mierda, pero él lo hace perfecto. Es flogger, pero disimula. En el club igual lo captan.

Regresa con pantalones cortos, camiseta rojo sangre, zapatillas, auriculares.

–Tirí, tirírí... Ah, quería buscar un mail de mi agente alemán, antes de salir.

Se sienta frente a la computadora en un asiento ergonómico, una suerte de tabla sin respaldo que lo obliga a permanecer erguido.

–Alargue su pene, viaje a Buzios, alargue su pene... ¿Dónde está?

–¿Es cómodo escribir sentado ahí?

–Sí. Nunca escribo más de cuarenta minutos. No hay guita que pague la producción de un libro. Una novelita, tipo La experiencia sensible, me lleva ocho meses. Si me encierro a laburar ocho meses, nadie me va a pagar veinte mil dólares, salvo que sea una obra maestra. Y no voy a hacer una obra maestra. Ni quiero.

La flecha del mouse sube y baja por la pantalla brumosa de chocolate, saliva, polvo.

–Ya las hice.


Articulo: http://www.elmalpensante.com  nov 2009

Javier VALENZUELA/ Ciudadanos árabes

Ciudadanos árabes
Por Javier VALENZUELA

En el epílogo de El lado oscuro del amor (Salamandra, 2008), Rafik Schami rememora los motivos que le forzaron a exiliarse en Europa: "La censura y la arbitrariedad política me dejaron claro que mis planes de vivir en Siria como maestro y escritor no tenían futuro. Un régimen despótico no deja espacio a los tonos intermedios. El que no está a su favor, es su enemigo". Schami explica asimismo por qué la política tiñe la historia de su novela, la del arduo amor de Farid y Rana: "Un personaje no puede vivir en uno de los peores regímenes despóticos de Oriente y mantenerse completamente al margen del él. Lo más importante para mí era mostrar cómo la dictadura interfiere en la vida del individuo".

En este arranque de 2011, una revolución democrática que ya cuenta con dos grandes victorias en Túnez y Egipto ha introducido en la escena internacional un nuevo sujeto político: el ciudadano árabe. Allí donde tantos occidentales veían una masa informe marcada fatalmente por la religión desde el cabello al alma, han surgido millones de ciudadanos que se juegan la vida para derrocar dictaduras y establecer democracias. ¿Sorprendente? No tanto. Si el cerumen y las legañas de la pereza y la ignorancia de las que hablaba Lawrence no les hubieran taponado los oídos y los ojos, los occidentales, o al menos los más perspicaces, hubieran podido detectar la emergencia del ciudadano árabe.

Con historias como la del sirio Schami, las letras árabes ya llevan un tiempo dándole el protagonismo a personas que luchan trabajosamente por la libertad y la dignidad en el norte de África y Oriente Próximo. Podría citarse también El Edificio Yacobián (Maeva, 2007), de Alaa al Aswani, un escritor egipcio que se sumó desde el primer día al combate de la plaza de Tahrir. O recordarse el conjunto de la obra del libanés Amin Maalouf. Incluso el aspecto que más ha llamado la atención mediática, el uso de las nuevas tecnologías por las rebeldes juventudes urbanas del mundo árabe, ya está contado en la obra reciente de Fatima Mernissi. La socióloga marroquí inventó hace unos años el concepto de ciber-umma para referirse a la comunidad árabe virtual creada a partir de un uso masivo, inteligente y liberador de la televisión por satélite, los teléfonos móviles y las redes sociales en Internet.

Seamos justos: también algunos occidentales han intentado contarnos que algo muy importante se estaba gestando en el seno de ese universo que va del Atlántico al Golfo Pérsico. Harta de versiones estereotipadas de segunda mano, Allegra Stratton, una periodista inglesa de veintipocos años, se plantó la pasada década en Oriente Próximo y se puso a compartir las vidas de los jóvenes de ambos sexos de El Cairo, Beirut, Amman, Damasco y otras ciudades. En Muhayababes (451 Editores, 2009), hizo un retrato fresco y clarividente de una nueva generación árabe hastiada de la falta de libertad, trabajo y justicia social, plenamente conectada a la modernidad global y de envidiable vitalismo.

Traumatizado por el 11-S, Occidente ya sólo hablaba de los musulmanes. No por ello, los árabes -unos musulmanes, otros cristianos, muchos descreídos- dejaban de existir. Su reciente historia la cuenta Eugene Rogan en Los árabes (Crítica, 2010). Y cabe citar que este libro termina con el amargo comentario de que los muchos árabes partidarios de la libertad seguirán combatiendo con las manos atadas mientras "Occidente siga haciendo prevalecer unas razones de Estado mezquinas en vez de una promoción activa de los valores democráticos".

En fin, es hermoso pero no extraño que El Cairo haya sido durante tres semanas el epicentro de la revolución árabe. Ibn Batuta llamó a la capital egipcia el Ombligo del Mundo y el gran Naguib Mahfuz decía que es como una amante vieja, muy arrugada y con un mal aliento insoportable, a la que no se cambiaría por ninguna joven belleza. En ese clásico contemporáneo que es El Cairo. La ciudad victoriosa (Almed, 2010), Max Rodenbeck escribe que la metrópolis del Nilo "nunca ha vendido ni su dignidad ni su alma. Después de todo, éste es el lugar que dio al mundo el mito del ave fénix". Al derrocar al faraón Mubarak, lo acaba de demostrar una vez más: siempre renace de sus cenizas y por eso su nombre en árabe clásico es Al Qahira, la Victoriosa. Esta vez, el triunfo ha sido de los ciudadanos árabes.


Javier Valenzuela (Granada, 1954) acaba de publicar el libro -recopilación de 36 artículos y reportajes- De Tánger al Nilo. Crónica del norte de África (Los Libros de la Catarata. Madrid, 2011. 232 páginas. 18 euros). www.javiervalenzuela.es.  


Articulo : http://www.elpais.com  19/02/2011

José Manuel CABALLERO BONALD/ El sueño de JRJ

REPORTAJE:
El sueño de JRJ
Por José Manuel CABALLERO BONALD

Se hace realidad uno de los proyectos más anhelados del Nobel español: Arte menor. Son 142 poemas (43 inéditos), la mayoría composiciones de aire popular, que completan la etapa inicial de Juan Ramón Jiménez. El libro dedicado a "la memoria permanente" de Góngora se intentó publicar dos veces. Sus páginas desvelan las influencias juanramonianas en Lorca o Hernández. Babelia ofrece, en primicia, cinco manuscritos.

La periódica aparición de textos inéditos de Juan Ramón Jiménez ha pasado a convertirse en una peculiar costumbre que favorece de algún modo la evaluación general de la poesía española contemporánea. Nada más acorde con la insaciable, vehemente voluntad creadora del poeta que ese cómputo consecutivamente acrecentado de su "Obra". Es lo que viene a refrendar de nuevo este Arte menor (Ediciones Linteo), preparado y editado por José Antonio Expósito Hernández con puntual solvencia crítica. El libro puede considerarse en puridad inédito, al menos nunca fue publicado como tal volumen independiente, y en él se reúnen 142 poemas breves, de los que 43 se publican ahora por primera vez, con lo que la edición adquiere un manifiesto rango de primicia. Sin duda que este nuevo incremento del caudal poético juanramoniano corrobora una vez más lo consabido: esa dedicación sacral, ese obstinado, exaltado, incesante trabajo creador que hizo posible que sigan sumándose -todavía- nuevas aportaciones al poco menos que abrumador registro de poemas que van de Rimas (1902) a Espacio (1954), dando por preteridos -como arbitró el autor- Ninfeas y Almas de violeta (1900).

Dentro de esa laberíntica red de ríos y afluentes que suele agobiar a los investigadores de la poesía juanramoniana, la presente edición también reclama por eso la gratitud. Resultan de veras meritorios los esfuerzos llevados a cabo por esa media docena de expertos en Juan Ramón Jiménez, entre los que José Antonio Expósito Hernández ocupa un lugar eminente, para normalizar tan extraordinario corpus poético, siempre sujeto a ordenaciones y reordenaciones consecutivamente sometidas a nuevos planteamientos parciales o generales. "¡Qué lucha, en mí, entre lo completo y lo perfecto!". Resulta también de lo más llamativo que un poeta que afirmó, con singular pedagogía estética, que "escribir poesía es aprender a llegar a no escribirla", se dedicara con excluyente avidez a una elaboración tan sistemáticamente inabarcable de su "Obra".

Arte menor, datado en 1909, se sitúa cronológicamente en el ámbito inicial de la obra poética de Juan Ramón Jiménez, allí donde se acentúa un lirismo de claro linaje popular, como desglosado de algún cancionero anónimo andaluz, oriundo en sus mejores momentos de cierto modernismo aún contaminado de seducciones románticas. Dentro de los mismos nutrientes sentimentales que comparecen, por ejemplo, en Las hojas verdes (1906) o Baladas de primavera (1907), Arte menor prolonga una idéntica estrategia retórica, pero también anuncia ocasionalmente ese designio poético esencial que va a ir acrecentando su potencia reflexiva a partir de Diario de un poeta recién casado (1916). A medio camino entre la canción de cuño tradicional y una depurada interiorización de la naturaleza, Arte menor se integra en una de las más canónicas fases de la poesía de Juan Ramón, que también fue, con toda probabilidad, la que más notoriamente afectó a los modales neopopularistas del 27, en particular a los de Lorca y Alberti. Junto a canciones de sencilla tonalidad descriptiva, no faltan lo que podrían ser atisbos, perfiles aún inciertos de esa conciencia de penetración en lo absoluto que regula la más visionaria ruta poética de Juan Ramón. Todavía estaba lejos lo que constituye su normativa magistral: la subordinación del pensamiento lógico a la intuición iluminadora. En todo caso, lo que más abundan aquí son las composiciones de común aire popular, tan livianas a veces que dudo que su autor las hubiese salvado de un escrutinio de pocos años después. Siempre se tiene la sospecha de que los textos -los "borradores silvestres"- que por una u otra razón permanecieron inéditos se debe a que su autor no deseaba verlos publicados.

José Antonio Expósito Hernández, avezado especialista en la obra juanramoniana, ha indagado en aquellos archivos documentales que mejor podían acreditar que este libro alcanzara la condición de impecable. Y, en efecto, la estructura de la presente versión de Arte menor coincide rigurosamente con la que su autor previó, de acuerdo con los borradores ahora desempolvados. La fijación de los textos y la enumeración minuciosa de variantes, así como los apéndices de documentos, álbumes y notas, enriquecen de manera notable la edición, que mantiene las cinco secciones en que dividió el propio Juan Ramón el libro y figuran en distintas antologías, esto es: 1: Cancioncillas, 2: El jardinero sentimental, 3: Quinta cuerda, 4: Música en la sombra y 5: Los rincones plácidos. Entiendo que la más completa edición de este libro publicada con anterioridad a la que ahora comento es la de Francisco Garfias (Libros inéditos de poesía, 1, Aguilar, 1964). He cotejado ambas ediciones y las diferencias son notorias, no sólo por la ordenación general de los textos -algunos de dudosa pertenencia a Arte menor- sino por el número de poemas incluidos, que en el caso de Garfias son justamente 59, esto es, 83 menos, contando con los inéditos, que los reunidos por Expósito Hernández.

La lectura -o relectura- de este libro nos devuelve a un tramo de la poesía de Juan Ramón que acaso pudo quedar un poco desvanecido por el poderoso aparejo intelectual que determina la plenitud "ética-estética" de Animal de fondo, Dios deseado y deseante y En el otro costado, donde figura Espacio, uno de los grandes poemas de las literaturas europeas medioseculares. Nada de eso debe restringir, sin embargo, el placer del reencuentro con unas canciones y romances donde se articula un modelo lírico de exacerbada delicadeza, de espontánea desnudez, conectado con ese "idealismo krausista" a que se refiere sagazmente Expósito Hernández en su 'Introducción' y que el propio Juan Ramón no tardó en dar por extinguido. En esas composiciones de "arte menor" hay versos muy hábiles -muy sutiles- de sólo una, dos o tres sílabas, aunque a veces se ensanchen hasta el eneasílabo o el endecasílabo, una peculiaridad que, según dictamina el poeta en la nota que encabeza el libro, "no creo que rompan con su rápida aparición el ritmo fugitivo y entrecortado de una cancioncilla". Yo creo que incluso lo mejoran.

Juan Ramón Jiménez fue elaborando las canciones de Arte menor a su regreso a Moguer, hacia 1905, después de haber superado en parte la hiperestesia tras su paso por sendos sanatorios de Burdeos y Madrid. Tenía entonces 25, 26 años. El retorno a aquellos escenarios nativos que nunca dejarían de alojarse en su memoria estimula en el poeta el gusto por las identificaciones campesinas. Es el mundo expresivo, aunque con otros ecos, que se afianza en Pastorales (1905), en Poemas mágicos y dolientes (1908), y es también la manifestación de una sensibilidad, por momentos quejumbrosa, superpoblada de vagos registros melancólicos, de jardines y penumbras, lunas y fuentes. La experiencia del poeta se centra de modo absorbente en ese recuento de la intimidad cotidiana de Moguer, valiéndose para ello de una decidida vinculación con los reflujos de los cancioneros populares.

Considero de lo más significativo el hecho de que Arte menor esté dedicado "a la memoria permanente de don Luis de Góngora y Argote, único ético estético de nuestro pasado, señor y dueño de las Piérides". En las fechas en que se escribió este libro -primeros ocho o nueve años del siglo XX- los poemas mayores de Góngora aún continuaban siendo vituperados por la crítica literaria al uso, con Menéndez Pelayo erigido en el más virulento denostador del "ángel de las tinieblas". Juan Ramón se anticipa en este sentido a la rehabilitación del autor de las Soledades promovida por Dámaso Alonso y secundada por los restantes poetas del 27. Que veinte años antes de ese rescate se pronunciara el autor de Arte menor reafirmando su devoción por Góngora, es desde luego un episodio ciertamente revelador. Supone al menos una evidencia más de la perseverante asimilación de las avanzadas estéticas que trasmitió Juan Ramón Jiménez al contínuum de su poesía.

Seducciones románticas

IV

Lamentos del débil
¡Para nada sirven / mis piernas!
¿A qué rosas de oro / me llevan?
¡El cielo está azul, / y yerran
esencias de pri- / mavera!
Caminos dorados / se alejan,
hay ríos, con naves / que sueñan,
hay pájaros verdes / que vuelan,
hay brisas de música / y seda...
Existe ya todo, / se acercan
los mundos, ¡a todo / se llega!
... Ni rosas, ni carnes, / ni estrellas...
¡Para nada sirven / mis piernas!


X

¡Luna en el día, / pluma de seda, /
pecho de diosa, / mano de reina!
¡Oh, luna blanca!, / que en la turquesa / del cielo claro, / dormida, sueñas;
que, tras los parques / con sol, esperas / la brisa malva / que te despierta
-silencio vago, / violeta fresca / que abre el crepúsculo / sobre la tierra-
...
Luna sonámbula, / princesa de pena, / casi sin luz, / casi deshecha;
¡Oh, vida mía! / ciega azucena, /
luna sin luz, / ninfa viajera...


Poemas de linaje popular

V

Pensando en una mujer malsana de Leo Putz.
Böcklin

¡Piernas redondas, / culebras blancas, / bajo la seda / gris de la falda!
Os enroscáis, / crudas y blandas, /
en frías fiebres / de olas malsanas.
Sois un redondo / montón de ansias, / sirenas verdes / de sangre pálida.
¡Oh, piernas frías, / carne de agua, / muslos marinos / llenos de algas...!
¡Piernas de lago, / culebras blancas / bajo la seda / gris de la falda!
 

X

¡Aguas serenas / del azul puro, /
en el encanto/ del plenilunio!
¡Finos diamantes / sobre el difuso /
jardín doliente! / ¡brisas de mundos!
¡Jazmines pálidos, / que al oscuro /
viento, soñáis / vuestros nocturnos!
¡Playas sin nombre, / viajes confusos / por rosas granas, / entre petunios!
Ritmos de seda, / hervores únicos, /
arrobamientos... / los ojos húmedos...
Calma... silencio... / sólo lo músico, / lo perfumado, / o lo errabundo...
¡Ondas eternas / del azul puro, /
en la nostalgia / del plenilunio!

 
Arte menor. Juan Ramón Jiménez. Edición crítica, introducción y notas de José Antonio Expósito Hernández. Ediciones Linteo. Ourense, 2011. 372 páginas. 25 euros.

 
Articulo : http://www.elpais.com  19/02/2011

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REPORTAJE:
Verde Juan Ramón, Lorca verde
Por José Antonio EXPÓSITO

El neopopularismo de Lorca, Alberti, Hinojosa o Hernández desciende con toda certeza de las cancioncillas de la primera etapa juanramoniana. El poeta de Moguer quiso culminar con Arte menor (editada por Linteo) una trilogía, junto a Las hojas verdes y Baladas de primavera

Como a menudo sucede en las labores de investigación, también en el hallazgo de los manuscritos de Arte menor hubo un indudable golpe de azar. En julio de 2007 viajé hasta Puerto Rico para recopilar datos con los que preparar la edición de otra obra inédita de Juan Ramón titulada La frente pensativa (Linteo, 2009). Cierta tarde, mientras revisaba los miles de papeles del poeta que allí se custodian, en la Biblioteca de la Universidad, tuve la enorme fortuna de descubrir los manuscritos originales de uno de sus más anhelados proyectos: Arte menor. Aunque su autor no llegó a publicarlo nunca a pesar de haberlo intentado infructuosamente al menos en dos ocasiones. Primero en París, con la editorial Ollendorff, y después en Madrid, con Renacimiento.

No resulta extraño que JRJ hubiese enviado sus poemas fuera de nuestro país, teniendo en cuenta que en la España de comienzos del XX prestigiosos editores como Gregorio Pueyo, que publicaba a los poetas modernistas, valoraban la poesía al peso. Así se constata tras leer una carta inédita que le dirigió a JRJ en la que le hace este atrevido reproche, que resulta cómico por su extrema simplicidad mercantilista: "Si usted pone más cantidad de versos en sus libros no dudo se venderán bien, pero el de Elegías puras tendrá en total de 60 a 70 estrofas de 4 líneas. Hoy el público no acepta hojas en blanco". Sin duda, los versos breves que componen Arte menor no encontraron en 1910, hace ya más de un siglo, el ambiente idóneo para su recepción.

No obstante, Juan Ramón algunos años más tarde acabaría propiciando con su pertinaz ejemplo en el cultivo de estas formas métricas ágiles y populares la estima que de las mismas se tuvo finalmente en los ámbitos de la poesía culta. El importante neopopularismo de poetas como García Lorca, Rafael Alberti, José María Hinojosa o Miguel Hernández hay que filiarlo con toda certeza en las cancioncillas de esta primera etapa juanramoniana. El famoso verso de Lorca "verde carne, pelo verde" tiene aquí su claro antecedente en estos otros de JRJ, "tus cabellos, verdes / de estrellas mojadas" o en estos otros también de Juan Ramón: "Verde es la niña. Tiene / verdes ojos, pelo verde". Hay que destacar el enorme parecido entre el ya legendario verso lorquiano: "Córdoba lejana y sola", con este otro anterior de JRJ mucho menos conocido: "Huelva lejana y rosa". Alberti, a su vez, clamaba: "Si mi voz muriera en tierra / llevadla al nivel del mar"; y antes JRJ había clamado: "¡Llevadme a la mar / a ver si me duermo!". Pintó Alberti "la blusa azul ultramar, y la cinta milagrera"; y muchos años antes JRJ había pintado "la blusa azul, y la cinta / milagrera sobre el pecho". Veía Lorca: "El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña"; pero ya antes JRJ había visto: "¡El hombre siempre en el mar / y el corazón en el viento!". Dijo Lorca: "Empieza el llanto / de la guitarra"; pero antes JRJ había dicho: "La guitarra lloraba en tu pecho / la tristeza de todos los días". Continuaba Lorca el llanto de la guitarra con estos versos: "Es inútil / callarla. / Es imposible / callarla"; y JRJ en otro poema distinto de 1905 hacía incurable ese mismo llanto: "Hay en la sombra una pena / indefinible... ese llanto / que no se puede curar". Escribió JRJ de una bella mujer que era "morena de la luna"; y después Lorca le añadió "morena de luna llena"; y Miguel Hernández aún fue más audaz: "Una mujer morena / resuelta en luna". Cantó JRJ también a una "luna de nardo"; que Lorca años después vistió con polisón: "La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos".

A veces, las fronteras entre algunos versos de estos poetas citados se vuelven difusas hasta el punto de hacernos dudar en ciertas ocasiones acerca de quién es su autor. Así, por ejemplo, al leer estos versos: "El gallo alzará / su clarín de plata Levantará el gallo / su clarín de llama", nos preguntamos, con asombro, ¿de quién son, de Lorca o de JRJ? Sí, los escribió JRJ, si bien parecen más propios del estilo de Lorca. Y estos otros: "el puñal que asesina el olvido, / la pasión de las novias sombrías", ¿a quién suenan más a Juan Ramón o a Lorca? Pues también fueron escritos por Juan Ramón como los anteriores, cuando aún Lorca era un niño. Retrató primero JRJ en su Platero una gitana envuelta en un halo amarillo de cobre, "viene, calle abajo, en el sol de cobre"; después, Lorca la transformó en "por el monte oscuro / baja Soledad Montoya. / Cobre amarillo, su carne". Escribió antes JRJ, "carne de bronce, de seda y de topacio"; y Lorca dejó escrito después: "Unos niños con carne de bronce se bañan en la acequia"; y Hernández su conocido "Carne de yugo, ha nacido". Sucede muchas veces con el ritmo y la música que se vuelven pegadizos, aunque, eso sí, al final cada cual siempre acaba interpretando con voz distinta.

Con Arte menor quiso JRJ culminar una trilogía formada por Las hojas verdes y Baladas de primavera que presenta unas características formales y temáticas similares: un paulatino protagonismo del paisaje de Moguer y una definida y clara estética en la que prevalece la sencillez expresiva. El germen de estos versos hay que buscarlo en el pensamiento krausista imbuido por hombres como Giner o Cossío que le orientaron decididamente con su trato y su ejemplo vivo hacia el interés y la valoración ética y estética del arte popular. Juan Ramón asumió entonces plenamente su labor de expresar el espíritu de su pueblo y también su obligación de integrar su arte en la tradición, pero renovándola. Algo que supo hacer con notable acierto incluso en sus últimos poemas.

Cuando al final de aquel verano de 2007 terminé mi estancia en la "Isla de la Simpatía", regresé a España hermanado de soledad y cargado con un ligero tesoro: este exquisito ramillete de delicadas cancioncillas inéditas de Juan Ramón Jiménez, que ahora, por fin, reverdecen de nuevo.

 
José Antonio Expósito Hernández (Madrid, 1964) es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid (2003). Ha publicado anteriormente también en Linteo tres libros inéditos de Juan Ramón Jiménez en edición crítica: Ellos (2006), Libros de amor (2007) y La frente pensativa (2009).

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REPORTAJE:
De señorito a señor
Por Javier RODRÍGUEZ MARCOS

Primera andanada: "La voz que habla en sus poemas está siempre a favor de las propias emociones, y ésa es la marca indeleble del poeta menor". Segunda: "A una excepcional capacidad para sentirse a sí mismo, JRJ unía una excepcional incapacidad para verse en relación con los demás y en relación consigo mismo.

Quizá por ello, en la vileza instintiva de sus arremetidas contra otros poetas -Machado, Salinas, Guillén, Lorca, Aleixandre y Neruda- nunca le embargó el pudor de disimular lo que en él había de pelendrín, de mezquino y malicioso señorito de casino de pueblo de Huelva". Las palabras con las que Jaime Gil de Biedma despachó a Juan Ramón Jiménez en 1981 han sido durante largo tiempo el resumen de la actitud de muchos -y a veces muy grandes- poetas españoles hacia la obra del premio Nobel de 1956.

Si esas palabras son el resumen, el símbolo es Veinte años de poesía española (1939-1959), la antología que José María Castellet publicó en 1960 y reeditó ampliada un lustro más tarde como Un cuarto de siglo de poesía española (1939-1964). Ambas selecciones contribuyeron a la consagración de la brillante generación de los años cincuenta y, de paso, certificaron el olvido al que se sometía a JRJ Aunque algunos autores, como Francisco Brines, nunca dejaron de reconocer su deuda con el poeta de Moguer, la tendencia dominante de la época prefirió como maestro a Antonio Machado. Como si no cupiera más que uno.

El triunfo del realismo de éste frente al simbolismo de aquél trazaba en brocha gorda un panorama bipolar. Con el tiempo, y sin necesidad de prescindir de Machado, el péndulo volvió a iluminar a Juan Ramón más allá de Platero y yo, cuando los lectores de a pie se encontraron con dos revelaciones en forma de libro: La estación total con las canciones de la nueva luz (Tusquets, 1994) y el volumen Lírica de una Atlántida (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1999). El primero era un poemario de 1946 cuya recuperación corrió a cargo del poeta Vicente Valero. El segundo, preparado por Alfonso Alegre Heitzmann, reunía cuatro libros escritos entre 1936 y 1954: En el otro costado, Una colina meridiana, Dios deseado y deseante y De ríos que se van.

España se ponía así al día con el JRJ del exilio, el más metafísico, y los poetas comenzaban a reivindicar su obra. Lo hicieron una vez más los juanramonianos de siempre -el propio Brines, Tomás Segovia, Andrés Trapiello, Antonio Colinas- y empezaron a hacerlo los, por entonces, jóvenes como Carlos Marzal, Vicente Gallego o el mismo Vicente Valero.

La labor de los herederos y de los eruditos hizo el resto. Así, en los últimos años no han dejado de editarse y reeditarse hitos como el primer tomo de la correspondencia de JRJ, Álbum o Guerra en España y de publicarse inéditos que dormían en sus archivos como Libros de amor, La frente pensativa o, ahora, Arte menor. En primavera aparecerá el segundo tomo de las cartas. En 2012 lo habrá un nuevo inédito: Monumento de amor.

 
Articulo : http://www.elpais.com  19/02/2011