samedi 30 juillet 2011

Alejandro LAVQUEN/ Aristóteles ESPANA, el poeta de Dawson




Aristóteles España, El poeta de Dawson
Por Alejandro LAVQUEN


Nacido en Castro, Aristóteles España es licenciado en derechos humanos en el Instituto Argentino por los Derechos del Hombre, y tiene estudios en comunicaciones y guión cinematográfico. Ha publicado entre otros libros Incendio en el silencio (1978), Equilibrios e incomunicaciones (1980), Dawson (1985), Contra la corriente (1989), El sur de la memoria (1992), Poesía chilena: la generación NN (Antología, 1993), Los pájaros de post-guerra (1995), Tardes extranjeras y otros poemas (1998) y Materia de eliminación (1998). En 1983 obtuvo el Premio Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago; en 1985, el premio especial Rubén Darío por el libro Dawson, del Ministerio de Cultura de Nicaragua y en 1998, el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile y el Consejo Nacional del Libro por Materia de eliminación. Trabaja en la Fundación Educacional de Chuquicamata, en el Departamento de Extensión y Comunicaciones y dirige talleres de literatura en la Universidad Arturo Prat. Aristóteles España fue quizá el prisionero político más joven en Isla Dawson, Punto Final conversó con él de este y otros temas.

"Amo la nieve, el viento, el desierto, la lluvia,
amo los países y ciudades donde he estado,
amo la muerte, los insectos, los gusanos, las gaviotas, los mitos, las leyendas, las ideas, los libros, las jirafas, las huellas; pero mi novia siempre ha sido la poesía".


Aristóteles España


Usted fue uno de los prisioneros políticos más jóvenes de Isla Dawson. ¿A 30 años del golpe de 1973, cómo recuerda aquel suceso?
“Con mucho dolor aún. Fui detenido por la Fuerza Aérea a los 17 años de edad. Era presidente de la Federación de Estudiantes Secundarios de Magallanes. También dirigente regional de la Juventud Socialista. Me llevaron a la Base Aérea Bahía Catalina y posteriormente a Dawson, con un grupo de cuarenta dirigentes políticos, sociales y juveniles de Punta Arenas. A Francisco Alarcón, dirigente comunista, lo desnudaron y hundían en el Estrecho de Magallanes, en redes de pesca. Al resto, nos tenían convencidos de que nos iban a ‘fondear’. Sentíamos pánico. Además, todos vestíamos ropas livianas y estábamos muertos de hambre. Fuimos recibidos por el mando naval en la playa, y con infantes de Marina armados hasta los dientes. Se nos comunicó que éramos prisioneros de guerra, que estábamos en Isla Dawson y que seríamos tratados de acuerdo a los convenios de Ginebra. Esa fue la primera gran mentira. No sólo nos torturaron salvajemente sino que, además, practicaron simulacros de fusilamiento con los presos, nos hacían comer comida hirviendo, fuimos sometidos a un régimen de trabajos forzados que consistía en cavar hoyos y zanjas, colocar postes, botar árboles en medio de golpes e insultos. La idea, como me dijo un oficial de la Armada ‘es que pierdan la capacidad de pensar, ustedes deben entender que son sólo números’; en mi caso era el F-13.

Recuerdo a Clodomiro Almeyda, Orlando Letelier, Sergio Bitar, Aniceto Rodríguez, y al Dr. Arturo Jirón, quien me cuidó cuando fui sometido a torturas y me envió al hospital naval de Punta Arenas, junto a José Tohá y Orlando Letelier. Otros dawsonianos con quienes tengo historia fueron Sergio Urrutia, Osvaldo Puccio (hijo), Sergio Cárdenas, Fulvio Molteni, Manuel Reyes, Antonio González Yacksic, con quienes conversábamos cosas de este mundo y del otro. Historia aparte fue nuestro traslado al campo de concentración de Río Chico, una réplica en miniatura de un campo nazi. No lo podíamos creer. Nunca pensé que eso iba a suceder en Chile. A treinta años de esos sucesos pienso que nuestro país estaba enfermo del alma. Yo era un adolescente que adhirió a la causa de los desposeídos y por eso me castigaban”.

¿De qué manera influyó la prisión en su poesía?
“Me enseñó a entender el mundo desde otra perspectiva, aparte de la ideológica. Aprendí que el poder total distorsiona a los seres humanos y su visión se vuelve reduccionista, excluyente, y que los dictadores se creen enviados de Dios, de cualquier signo sea la dictadura y cualquiera sean sus dioses. La poesía me enseñó a ser libre y a creer en la diversidad. Escribir poesía en un campo de concentración como Dawson fue escribir un canto de amor en medio de la muerte. La prisión influyó en mi poesía para darle un carácter más cósmico. Mi libro Dawson es un texto que se inscribe en el género testimonial, pero al releerlo me di cuenta que está vigente porque logró atrapar el tiempo, y a una remota isla en el paralelo 53 sur de este mundo”.

Su generación fue importante en el sentido de representar la resistencia contra la tiranía desde la palabra escrita. ¿Es la poesía (al decir de Gabriel Celaya) un arma cargada de futuro?
“La poesía es poderosa en el sentido de representar los vientos de la historia y de no sucumbir ante los cantos de sirena del poder de turno. En ese sentido, adquiere mayor fuerza en su expresión creadora durante los períodos de dictadura, sean de Izquierda o derecha. Mi generación, junto con salir a las calles a luchar contra el tirano, mantuvo una actitud ética y de responsabilidad frente a la palabra escrita. Además, siempre estuvimos cerca de los escritores que se habían quedado en Chile, como Jorge Teillier, Enrique Lihn, Nicanor Parra, Miguel Arteche. Estuvimos cuando regresó Gonzalo Rojas, nos acercamos a Manuel Silva Acevedo, Jaime Quezada, Floridor Pérez, Stella Díaz Varín, Cecilia Casanova, Edmundo Herrera, Rolando Cárdenas, Miguel Morales Fuentes. Y muchos otros. Contribuimos a organizar concursos, revistas como La Gota Pura, cuyo creador fue Ramón Díaz Eterovic y La Castaña, de Jorge Montealegre”.

¿Es tan NN su generación, como generalmente se la califica?
“Fuimos NN en el sentido de la marginalidad casi total, sin apoyo del mundo académico ni de becas ni trabajos públicos. Muchos fuimos dirigentes clandestinos de las juventudes opositoras a la dictadura. Habíamos estado en las cárceles siendo muy jóvenes, como Raúl Zurita, Jorge Montealegre, Mauricio Redolés, Heddy Navarro, Bruno Serrano. Nuestros refugios muchas veces eran la Biblioteca Nacional y los bares. Eso sí, creo que hicimos un aporte a la literatura escribiendo desde el miedo, desde el terror con textos que quedarán en la memoria histórica”.

Usted participó en la Unión de Escritores Jóvenes, de la Sech. ¿Cómo recuerda esa experiencia?
“Nosotros fuimos la continuidad de esa experiencia que desarrolló en 1976 Ricardo Wilson (¿qué será de él?). Nos denominamos Colectivo de Escritores Jóvenes. Los dirigentes fueron Carmen Berenguer, Diego Muñoz, Ramón Díaz Eterovic, Jorge Montealegre y el suscrito. Me tocó presidir este Colectivo en 1985. Un año antes, organizamos el Primer Encuentro de Escritores Jóvenes de Chile, en la Sech. Allí, por primera vez y ya con un movimiento político, social y estudiantil más o menos desarrollado, se muestra a una generación de creadores que venía desarrollando una enorme labor en las regiones. A este evento llegaron delegaciones de todo Chile. No sé cómo lo hicimos, pero había un ambiente bastante ideologizado, fruto de nuestras experiencias; los temas programáticos tenían que ver con nuestro desarrollo escritural y como telón de fondo, el retorno a la democracia. Los temas estéticos no fueron relevantes. Una época dura, sin duda”.

¿Cómo ve hoy a esa generación de escritores? ¿Cuál diría que es su mayor aporte en el Chile de hoy, literaria y políticamente hablando?
“Es -somos- una generación audaz y sin miedo que hoy está disgregada, pero que mantiene siempre una preocupación por lo social y por la difusión editorial, y un respeto absoluto por la palabra. Pía Barros es un ejemplo, dirige talleres, editoriales alternativas, su escritura es de gran calidad. Ya vendrá la hora del análisis, de los recuentos. Aparecimos casi cerca de los treinta años en el mundo editorial y todo el mundo nos mira con desconfianza. Los muy jóvenes dicen que fuimos más comprometidos con lo político que con lo poético, y los viejos nos miran con sospecha.
Fuimos dignos de la historia literaria del país; continuamos lo que décadas atrás realizó la generación del 38 en el ámbito político. Pero fuimos cómplices con la generación del 50, con Teillier, Lihn, Martín Cerda, y amigos de los creadores de Tebaida y Trilce. Los contenidos de nuestras propuestas no te los podría decir, porque estamos en la mejor etapa en lo creativo. Y en lo político, somos diversos, y eso se nota en el gobierno del presidente Lagos”.

Respecto a los derechos humanos, ¿cree que en Chile habrá verdad y justicia de manera real?
“En Chile nunca va a existir justicia de manera real, eso lo tengo claro. El país está demasiado polarizado y los bandos en pugna no ceden en sus posiciones, de tal forma que tendrán que desaparecer los protagonistas para aquietar las pasiones. Pero en los círculos intelectuales y culturales la pugna va a seguir por mucho tiempo.
Acá hay que tener claro que esa generación se equivocó. La Izquierda y la derecha. Pero hoy hablan ambos sectores como héroes. El absurdo total”.

En cuanto a su trabajo, ¿prepara algún libro?
“Terminé la novela Chayanco que narra historias de la visita de Charles Darwin a Chiloé. Tengo varios libros de poesía inéditos. Mi vida ha sido y será siempre la poesía”.

Finalmente, ¿cómo recordará estos treinta años en lo personal?
“En paz conmigo mismo. Y a los torturadores que conozco les deseo lo mismo, pero no sé si podrán dormir. El 11 de septiembre en la mañana, donde quiera que esté, voy a escribir un poema de amor”

España escribió obras como:

- La Guitarra de mis sueños, Poesía (1975). 
- Incendio en el silencio, Poesía (1978). 
- Equilibrios en Incomunicaciones, Poesía (1980). 
- Dawson, Poesía. 7 Ediciones(1985). 
- Contra la corriente, Poesía (1989). 
- El Sur de la Memoria, Poesía (1992). 
- Fuera de la Fiesta (Antología; poetas de la Universidad de Magallanes) 1992. 
- Antena Parabólica (Antología de poetas jóvenes de la Patagonia), 1993 
- Los Pájaros de Post-Guerra, Poesía,(1994) 
- Poesía Chilena, La Generación NN (1973-1990), Antología, 1994. 
- Tardes Extranjeras, Poesía (1998) 
- Materia de Eliminación, Poesía (1998),( Segunda Edición, 2002) 
- La Entera Noche Llena, Poesía (2005) 
-La Facultad Poética del Mundo Interior, Poesía, 2010 
-Mariposa Uruguaya, Poesía, 2010


Juan FORN/ La chica de la bañera



La tierra elegida
La chica de la bañera
Por Juan Forn

Una despedida a Hedda Sterne, última representante del grupo de pintores abstractos conocidos como los Irascibles.

Para Carlos Trillo, in memoriam.

El pasado 8 de abril murió en Nueva York una rumana de cien años llamada Hedda Sterne. La maquinaria necrológica se puso en marcha a la manera habitual y los titulares fueron: “Muere la última de los abstractos expresionistas”. Se referían a la pandilla de Jackson Pollock, Mark Rothko, Willem de Kooning y compañía, que durante los primeros años de la Guerra Fría, con la colaboración activa de la CIA y el Departamento de Estado norteamericano, exportó al mundo entero la noticia de que había una nueva forma de pintar y que la capital del arte por excelencia ya no era París, sino Nueva York. Los abstractos expresionistas eran todos hombres, todos ególatras, todos pontificadores y bebedores, y ardieron como bonzos después de pelearse como perros rabiosos, después de descubrir con estupor que habían triunfado. Una foto a doble página aparecida en la revista Lifeen 1951, con el título “Los Irascibles”, los había hecho famosos. En la foto, entre todos aquellos machos cabríos, asomaba la cabecita de Hedda Sterne, en la última fila, la única mujer. “Soy más conocida por esa foto que por ochenta años de trabajo. Si tuviera ego, me deprimiría”, declaró Sterne en el único reportaje que le hicieron al inaugurar su última muestra, cuando tenía 97 años.


Su aparición en aquella foto fue un malentendido. Los belicosos varones se enfurecieron en masa con ella y con Life, porque la presencia de una mujer le quitaba toda seriedad al asunto (Hedda aparecía en la foto con sombrerito y coqueta cartera colgando del brazo). Hasta el día anterior le decían de manera condescendiente: “Pintas como un hombre. Podrías ser uno de nosotros”. A partir de ese día decretaron que no era ni abstracta ni expresionista, cosa que ella misma les refrendó con una frase que mucha gracia no les hizo: “Es cierto, abstracto es Mondrian. Y, para expresionista, nadie mejor que mi Saul”.  Su Saul era Saul Steinberg, que para aquellos pintores era, sí, un dibujante brillante, incluso un dotado, pero un mero caricaturista delNew Yorker. Steinberg era rumano como Hedda, ambos habían frecuentado los mismos ambientes en Bucarest pero recién se conocieron en Nueva York (“Yo era cuatro años mayor que él, y a los diecinueve años no me andaba fijando en muchachitos de quince”), cuando Hedda venía de París, de donde huyó con lo puesto antes que la deportaran por judía, y Steinberg hizo lo propio desde Milán, en donde estudiaba arquitectura hasta que empezaron las purgas antisemitas. Steinberg apareció de visita en su departamentito de la calle 71, un mediodía de 1943, y se quedó dieciocho años. En la bañera de ese departamento pintó en 1949 su archifamosa Chica en la tina, que es por supuesto un retrato de Hedda. 

A diferencia de la foto de Life, a ella nunca le molestó ser la chica de la bañera de Steinberg, aunque se separaran en 1961. Hedda siguió viviendo en ese mismo departamentito hasta su muerte, cuando ya hacía mucho que el dibujo se había despintado. Tampoco descolgó nunca de la pared de la cocina un hermoso diploma que le había hecho Steinberg consagrándola cocinera en jefe de la casa y de la ciudad (aunque no cocinó nunca más, ni siquiera para sí misma, después de Steinberg). Peggy Guggenheim le reprochó que abandonara la cocina y que se negara con la misma tozudez a que su pintura tuviese una marca de fábrica, un logo-style (Hedda le corregía: “Te refieres, sospecho, a ego-style”). Desde su llegada a América, se había fascinado con lo concreto y lo inmediato: “Estados Unidos era más extraordinariamente surrealista que cualquier cosa que hubiesen imaginado los surrealistas”. Con Steinberg recorrieron todo el país en auto (“Solo nos faltó Hawái; Saul no encontró el camino”). Sterne empezó a pintar autos en movimiento, gigantescas hortalizas vistas desde adentro, piezas de avión en forma de tótems, naturalezas muertas con sanitarios (una de sus obsesiones: las diferencias entre los sanitarios europeos y los del Nuevo Mundo), pero para su estupor y la hilaridad de Steinberg, todo lo que hacía era abstracto a los ojos de sus colegas: “Podrías ser uno de nosotros”, “Pintas como un hombre”. Sterne confesaba sin pudor que sus momentos de sequía habían sido abundantes, por el simple hecho de vivir dieciocho años junto a un hombre que nunca trabajaba más de tres cuartos de hora seguidos y que confiaba a ciegas en una sola cosa en el mundo: su formidable primer trazo (según Steinberg, ese trazo era su modo de pensar). Durante esas crisis de confianza, Hedda hacía para distraerse psicorretratos a mano alzada de sus colegas y amigos: no eran fisonómicos; eran exclusivamente de la psique, en su opinión. Los acumuló durante años y cuando los expuso, creyendo que eran lo más abstracto que había sido capaz de hacer en su vida, la acusaron de haber traicionado la abstracción y (¡en 1971!) la defenestraron de nuevo. Steinberg había dibujado una vez una historia que Hedda le contó. La tenían colgada en la cocina: una nena está dibujando. La madre le pregunta qué dibuja. La nena dice que a Dios. “¿Cómo puedes dibujarlo si no sabés cómo es?”, dice la madre. “Para eso lo dibujo”, contesta la chica. Rothko y Barnett Newman estaban bebiendo una noche en esa cocina. Barnett le señaló el dibujo a Rothko. “Eso es lo que estamos olvidando todos”, dijo. Desde el momento en que empezó a perder la vista hasta que se quedó ciega, Sterne llevó una suerte de bitácora en forma de dibujos diarios, hechos en crayones blancos sobre papel blanco. Había instalado su mesa de trabajo contra la ventana más grande de su departamento y ahí se sentaba cada día, crayón en mano, buscando la luz con sus ojos lechosos. 

En un reportaje filmado que le hicieron antes de morir, está sentada a la misma mesa, la luz entra de costado y le ilumina los ojos, tiene el pelo blanquísimo y esa serenidad en la cara que solo los ciegos: es literalmente refulgente. “Los doctores dicen que no puedes gastarte los ojos. Lo que los gasta son otras cosas, no el uso”, dice en determinado momento. “El ego es la herramienta que usan algunos para que el talento parezca genio”, dice en otro momento. Uno la ve hablar, relatar su vida, y ve aparecer todas las mujeres que fue, todas ellas a la vez: la de diez y la de veinte y la de treinta y la de cuarenta y la de cincuenta, la jovencita fatal de la que se enamoraron Hans Arp y Duchamp, la perseguida por judía, la rescatada por Nueva York, la siempre atenta a la sensualidad del mundo, la artista inmune al ego, la solitaria, la anciana sabia. Como si de alguna manera, en ese envase, se preservaran todas, se preservara lo que la mayoría pierde de sí en el camino. 

Montherlant dijo que solo había un modo de retratar la felicidad: con tinta blanca sobre papel blanco. Hedda Sterne lo hizo.



Articulo : http://www.elmalpensante.com - Junio 2011 

José Manuel BLECUA/ Banquete para lectores refinados

400 años del Diccionario de Covarrubias
Banquete para lectores refinados
Por José Manuel BLECUA

Cuatro siglos del Covarrubias, primer diccionario del españolEl Tesoro de la lengua castellana o española, que Sebastián de Covarrubias publicó hace cuatro siglos, no es solo un manjar para los filólogos. Quien se anime a consultarlo descubrirá mil historias. Carmen Calvo, Ouka Leele y Miguel Gallardo han elegido una palabra de este diccionario y la interpretan en imágenes para Babelia. 

En el Vocabulario español-latino que Elio Antonio de Nebrija publicó a finales del siglo XV se explica lacónicamente el significado de las palabras españolas, por medio de las latinas a que corresponden. Este proceder, tomado como una virtud, se ha mantenido en nuestros diccionarios actuales, que tratan de exponer, ahora ya en español, el significado y el uso de las palabras de nuestra lengua.

Hay otro tipo de diccionarios que no se conforman con dictaminar qué significan las palabras o en qué situaciones se usan, sino que buscan las razones de su empleo. Es lo que ocurre en los que conocemos como diccionarios etimológicos o históricos. Son precisamente estos los caminos por los que se movió Alonso de Palencia, por la misma época de Nebrija y por los que, unos doscientos años después, volvió a recorrerlos, con más empeño, Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, de cuya publicación se cumple este año el cuarto centenario.

Para hurgar en el significado de las palabras contaba Covarrubias, primero, con la etimología -ciertamente muy apoyada entonces en la imaginación del lexicógrafo-; después, con algo de lo que se huye en los diccionarios normales: las explicaciones enciclopédicas de la realidad -también en muchos casos pintorescas- y, finalmente, con las relaciones que se establecen entre las palabras de una misma familia. Con todo, la obra tiene una importancia que voy a tratar de resaltar por medio de dos rasgos: es el primero, la incorporación de algunas de sus voces al diccionario académico; y el segundo, la información que proporciona para comprender nuestros textos clásicos.

Tratándose del diccionario de la Academia, nos encontramos, por ejemplo, con la vozfregadero, definida como el mueble en el que se friegan los platos, significado que se extiende a la propia pila de fregar, hoy prácticamente desaparecida. Esta definición, que tiene alguna relación con la de Covarrubias, reduce considerablemente la realidad más compleja que había acogido el Tesoro, en la que se desciende a lo que se friega, que son "los platos, escudillas, sartenes y los demás vasos de aparador y espetera". Por otro lado, se relacionan en ese mismo artículo otras palabras de la misma familia: ya se trate de lafregona, es decir, "la moza de servicio que anda en la cocina entre las ollas y los platos, a estas llama Lope de Rueda platerillas" o de lo que supone un refregón: "un arrimarse de paso, como el que se arrimó a la pared, pasando de largo, y se enyesó la capa" o de unarefriega: "la revuelta y pendencia de unos contra otros". Esas relaciones que se dan entre los miembros de la familia de palabras le llevan a explicar frases como "Muger de buen fregado: la deshonesta que se refriega con todo" o "Refregarse con las mujeres es allegarse mucho a ellas". A las palabras emparentadas se agregan otras de linaje distinto, como es el caso de las platerillas o de los platos, escudillas, aparador o espeto.

Hay que reconocer que un nutrido grupo de palabras o acepciones aparecen en nuestros diccionarios por la autoridad que concedieron al de Covarrubias, como es el caso de unbobillo, que significa "Jarro vidriado y barrigudo, con un asa como la del puchero", que el diccionario académico tomó de esta obra: voz sobre cuya existencia algún tiempo tuve dudas, hasta que la encontré en inventarios abulenses del siglo XVII; o de brizar 'acunar' que aún se puede oír en territorio leonés; o de la acepción de brújula 'punto de mira', que el diccionario da como desaparecida y que sirve para explicar el camino que ha recorrido el italiano bussola, 'cajita' para convertirse en brújula; o del juego del abejón; o del uso de aburrir con el significado de 'aborrecer'; o de los azacanes, que, curiosamente solían ser "gabachos".

Sirve admirablemente, en segundo lugar, la obra para comprender mejor el léxico de la literatura del pasado, por más que su consulta no carezca de problemas, al reunirse en un mismo artículo esas familias de palabras a que me he referido antes y al no poder sospechar que vamos a encontrar, por tanto, dentro de una palabra otra que puede interesarnos; aparte de que algunas voces estén situadas fuera de su lugar alfabético. Pero son problemas (que se resuelven además con la consulta en soporte electrónico del diccionario) que no han de afectar a un lector que renuncie al apresuramiento, si en vez de buscar con urgencia un dato, trata de leer el Tesoro con la pasión con que se leen las obras de creación. Asistirá a mil historias -a cual más fabulosa-, se asomará a la literatura latina, se embeberá de refranes, se topará con palabras que han desaparecido, pero que las emplean nuestros clásicos: ahí están esas platerillas citadas, que yo solo conocía de la Picara Justina, en un pasaje en que un personaje se refiere a un joven al que vio "en algunos buenos tiros que hizo a inocentes platerillas".

No todo en la vida ha de ser pensado a corto plazo y franqueado con sello de urgencia: hemos de reservarnos, también en los diccionarios, placeres que no son los comunes, como estos de bucear en los veneros en que nacen las palabras y en que se da cuenta de su explicación. Es este el ámbito que más ha de interesar al lector del Tesoro de la lengua española: desde luego, cuando se adentra, por ejemplo, por artículos tan desmesurados como los referentes a abeja o buey, pero tan llenos de datos para entender la organización de las cosas que se hacían nuestros antepasados más cultos, de un modo particular los escritores. También en casos como el del cocodrilo, en que parece que estuviéramos ante una página de una pintoresca enciclopedia, donde encontramos de todo: una curiosa e insostenible etimología a partir del latín croco 'azafrán', la explicación de la vida del animal, y finalmente su utilización simbólica. Estos datos pueden resultarnos curiosos, pero sin ellos, difícilmente podríamos entender la idea de las cosas que se hacían las personas para las que escribía Covarrubias, tan pintorescas, pero tan reales como supone pensar que la berenjena produce melancolía o que el bollo maimón sea "pan mezclado con hechizos de bienquerencia". Con todo, he de precaver a los futuros lectores de este benemérito diccionario que han de desentenderse de las sorprendentes etimologías que nos brinda, la mayor parte de las cuales pertenece al mundo de la pura fantasía. Para hacerlo comprender no necesito fijarme en sus étimos hebreos o árabes, basta con recurrir a las romances, como la de abarca "por tener forma de barcas" o cetrería "díjose, de cetro".

He querido ponderar por medio de dos características la importancia que tiene esta obra cuyo centenario conmemoramos. Querría añadir que su lectura no solo es manjar reservado al gusto de los filólogos, sino un banquete para lectores refinados, como Luisa Alday, personaje de la última novela de Javier Marías, Los enamoramientos, que acude a ese "voluminoso libro verde" que es el diccionario de Covarrubias, para introducir a la envidia en el relato, en tanto que, según el lexicógrafo, se trata del veneno que "suele engendrarse en los pechos de los que nos son más amigos, y nosotros los tenemos por tales fiándonos dellos".

Para este monumento de la lexicografía tenemos además la ventura de contar con buenas ediciones, no solo accesibles, sino que merecen un elogio desde el punto de vista filológico y técnico: me refiero a la de Martín de Riquer, que durante tanto tiempo fue la usual entre filólogos, y la más reciente de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, que puede considerarse como la edición definitiva y que cuenta además con un CD que facilita notablemente el acceso a la obra.

Tesoro de la lengua castellana o española según la impresión de 1611, con las adiciones del Padre Benito Remigio Noydens, publicada en Madrid, 1674. Sebastián de Covarrubias. Edición de Martín de Riquer. Barcelona: SA. Horta, 1943. Alta Fulla Editorial. Barcelona, 2003 (reproducción de la edición de M. de Riquer). 1.120 páginas. 60 euros. Tesoro de la lengua castellana o española.Sebastián de Covarrubias Horozco. Edición integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra (reimpresión de la edición de 2006). Iberoamericana. Madrid / Fráncfort, 2009. 1.639 páginas + CD. 120 euros. José Manuel Blecua (Zaragoza, 1939) es director de la Real Academia Española.

Articulo : http://www.elpais.com 30/07/2011

José Antonio MILLÁN/ Gloria y desaparición del diccionario en la era digital

REPORTAJE
Gloria y desaparición del diccionario en la era digital
Por José Antonio MILLÁN

Los diccionarios son uno de los muchos objetos que han desaparecido de la mesa de trabajo de escritores, estudiantes, investigadores..., junto con bolígrafos, cuadernos y tablas de logaritmos, sustituidos todos por un rectángulo iluminado provisto de teclado. No es que hayan perdido su utilidad, sino que las funciones que cumplían las cubren ahora un conjunto de programas y sitios web.

Los diccionarios han servido para saber el significado de una palabra, cómo se integraba en una frase (los de construcción), con qué otras podía ir (combinatorios), para buscarla en otro idioma (bilingües), localizar equivalentes (de sinónimos), comprobar su escritura (ortográficos), para buscar rimas (inversos), o resolver problemas (de dudas). También han informado no sobre la lengua, sino sobre el mundo (enciclopédicos). A estas categorías históricas habría que añadir una nueva: las obras en colaboración, cuya máxima expresión son la enciclopedia Wikipedia, que ahora cumple diez años, y el diccionario Wikcionario, que han abierto una nueva era de autoría colectiva.

En el contexto digital no hay ni que conocer el orden alfabético: basta pulsar unas teclas, o pronunciar en voz alta en un teléfono la palabra buscada para que aparezca su definición. Numerosas aplicaciones permiten consultar una palabra haciendo clic sobre ella, o tocándola con el dedo (en programas de lectura como Instapaper o traductores en navegadores web). También se puede muchas veces acceder a una palabra desde cualquiera de sus formas, acabando con la tradicional queja de extranjeros y (malos) estudiantes: "¡En este diccionario no viene conduje!". E incluso oír como se pronuncia.
Una función que antaño correspondía a los diccionarios, pero que ahora se oculta en los códigos del teléfono móvil o del procesador de textos, es la comprobación de la escritura(¿ahínco o haínco?) o de la construcción (¿te prevengo que o te prevengo de que?).Aunque esta revisión se vuelve molesta cuando el dispositivo las aplica a la redacción de un texto informal, como un SMS. Precisamente una tarea pendiente de estas útiles ayudas digitales es modular su presencia según el tipo de texto.

Cuando sólo existía como libro, el diccionario nada más podía consultarse por la palabra de acceso, pero es absurdo que esto siga ocurriendo en Internet. El diccionario de la Real Academia permite leer sus definiciones en línea, pero no buscar en su interior, aunque esto puede facilitar ciertas consultas: ¿cómo se llama un reloj con música?, ¿y la cadena del reloj de bolsillo? Si pudiéramos ver en qué entradas está presente reloj llegaríamos con facilidad a "carillón" y a "leontina". Por fortuna, ha aparecido el sitio Dirae, que permite hacer estas búsquedas en el diccionario académico. En otra obra en línea, Clave,sí que se puede buscar dentro de las definiciones, o ver qué palabras terminan igual que otra dada (para reloj: boj y troj). Ni en Clave ni en el DRAE en Internet se puede buscarconduje.

Pero muchas personas que hoy crean o leen textos lo hacen digitalmente, conectados a Internet, y no sólo usan obras de consulta incluidas en programas, o diccionarios en línea, sino que han aprendido a sacar partido a los buscadores. Los diccionarios escolares ilustraban palabras infrecuentes, pero hoy los estudiantes saben que para ver cómo es una babirusa basta escribir su nombre en un buscador. Igual que los nombres propios: muchos correctores los incorporan, aunque siempre se puede resolver una duda mediante un "plebiscito Google". ¿Se escribe Gutenberg o Gutemberg?: ¡gana la primera por 26 millones de apariciones frente a 7!

Por lo general los diccionarios tienen una sólida identidad: está "el de la Academia", "el de Seco", etcétera, pero ¿sabemos qué diccionario nos ayudará al hacer clic en un ordenador o teléfono? Muchas veces no. Será el que juzga conveniente el creador del programa, o el más barato... Por otra parte, aún quedan importantes diccionarios que no están en soporte electrónico (el del Español actual, de Manuel Seco, o Redes, de Ignacio Bosque), y otros existen solamente en papel o CD-ROM (como el Oxford English Dictionary). Un estudioso puede acabar con dos o tres tomos abiertos junto al ordenador más un CD en el lector.

El diccionario del futuro desarrollará interfaces de consulta combinadas con análisis contextuales. Habrá, por ejemplo, menús con sinónimos ordenados según aceptabilidad. Haciendo clic sobre harto se desplegará cansado, hasta las narices (marcado como vulgar) y en rojo otras menos aceptables. La aplicación habrá descartado, para ese texto concreto, harto como equivalente a saciado.

También podrá alertarnos sobre peculiaridades regionales. A un mexicano que escriba un correo a una dirección española se le propondrá que sustituya profesionista porprofesional, y a un español escribiendo a Argentina se le ofrecerán alternativas al verbocoger. El típico caso en el que el hablante no encuentra una palabra se resolverá sobre la marcha: escribiendo "querría * una cita" se nos propondrá acordar, concertar...
En el momento en el que los diccionarios se integren del todo en los procesadores y navegadores, olvidando sus antepasados en papel, habrán conseguido su finalidad: ayudar a las personas con dificultades en su lengua o en una ajena. Pero también habrá desaparecido su individualidad, su autoría (corporativa o individual), que figurará, en el mejor de los casos, en la letra pequeña del Aviso Legal de un programa. El usuario que escribe o lee en un teléfono o en un ordenador tendrá una comodísima ayuda para construir una frase, para entender un texto, pero puede que nunca llegue a saber con la autoridad de quién se le brinda, ni cuántas horas de trabajo costó, ni mucho menos a quién agradecer el esfuerzo...

Articulo : http://www.elpais.com 30/07/2011

Winston MANRIQUE SABOGAL/ Los mejores herederos

REPORTAJE
Los mejores herederos
Por Winston  MANRIQUE SABOGAL

Seis años tardó Sebastián de Covarrubias Orozco en redactar el que se convertiría en el padre de todos los diccionarios generales del español o castellano. 

Pero, ¿qué debe tener un buen diccionario? Para José Antonio Pascual, vicedirector de la RAE y responsable del Diccionario histórico de la Academia, este debe cumplir ante todo con dos condiciones: "Tener un buen método, porque un diccionario no lo hace cualquiera y debe incluir aspectos como la semántica o la lexicografía, y debe ofrecer datos fiables". Aunque son muchos los diccionarios generales, solo unos pocos se han convertido en referencia y se pueden considerar como herederos del Covarrubias. Los cuatro primeros son de la RAE y los describe el propio Pascual:

DRAE. "Es el primer diccionario del español, después del Covarrubias, y motivo por el cual se creó la Real Academia en 1713. De allí salió elDiccionario de autoridades, 1726-1739. Desde entonces se han hecho 22 ediciones, la próxima será en 2014. Su función es la de dar al hablante seguridad en el significado de las palabras, permitir elegir las adecuadas, saber con cuáles se combinan unas y otras y en qué situaciones y lugares se utilizan".

Del Estudiante. "Está previsto para lo mismo que el de Autoridades, pero en el caso de una persona de otro nivel que se está formando. Si el DRAE ofrece 80.00 palabras este tiene unas 40.000 y busca suplir unas necesidades concretas".
Panhispánico de dudas. "Al igual que el de dudas de Manuel Seco, es un modelo para resolver casos concretos, qué palabras se pueden emplear en determinada circunstancia; no se busca el hecho del uso sino los problemas para no incumplir la norma".

De americanismos. "Fundamental porque sirve para que nos demos cuenta de que existen usos distintos en diferentes lugares y la variedad americana requiere por su extensión una consideración particular. Nos viene estupendamente para poder entendernos y, lo más importante, afrontar la lectura de los textos de autores de allí".
María Moliner. Joaquín Dacosta, director del Departamento de Lexicografía de la editorial Gredos y encargado de la dirección del María Moliner desde 1994: "Supuso una alternativa al de la Academia, hecho con otros criterios, mucho más ambicioso al ser menos conservador. Supuso una ruptura al pretender no solo explicar el significado de las palabras sino enseñar a usarlas, y convertirse así en un instrumento del uso del idioma más ajustado a la realidad, sin olvidar ni desdeñar el uso antiguo. Lo más importante del María Moliner es la documentación en uso real con textos y referencias hoy con un método más científico apoyado en los ordenadores. Desde su salida en 1966 se han hecho otras dos ediciones (1998 y 2007)".

Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos. "Es el primero que registra el léxico de una época basándose en documentación real de la misma y el segundo diccionario general después del DRAE que se compila a partir de textos del uso real. Recoge el vocabulario de la segunda mitad del siglo XX, presentando por cada palabra y cada acepción testimonios auténticos del uso escrito", según la contraportada.

Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares. Su clave y valor radica en que está estructurado a la inversa de los diccionarios convencionales y va a la palabra a partir de su definición. Se publicó en 1942 por primera vez.

Pequeño Larousse. Diccionario enciclopédico de consulta que cumple cien años de su primera edición en español. Primer acercamiento a una obra de estas características por parte del gran público.

Articulo : http://www.elpais.com  30/07/2011

Pedro ÁLVAREZ DE MIRANDA/ Notarios del uso

Notarios del uso
Por Pedro ÁLVAREZ DE MIRANDA

La única fuente de que disponemos para conocer la historia de una lengua, y por tanto la de su léxico, son los textos -todo tipo de textos- escritos en dicha lengua. De ahí que la lexicología y la lexicografía históricas, como cualquier otra rama de la lingüística diacrónica, sean actividades eminentemente filológicas.

Cabe incluir a los diccionarios entre esos textos, siempre que se sea consciente de que se trata de un tipo muy particular de textos. Son, en realidad, metatextos, son pura metalengua: el vocabulario no está en ellos usado, sino que está tan solo (y mejor o peor) registrado y descrito, aunque a veces, además (miel sobre hojuelas), vaya ejemplificado... precisamente con textos (ahora sí), sean reales, auténticos, sean ideados ad hoc por el lexicógrafo. Los diccionarios, verdaderos notarios del uso, constituyen por tanto, en su serie histórica, un material subsidiario, un complemento muy valioso de la indagación textual.

¿Cuáles son, en el caso de la lengua española, esos repertorios complementarios? ¿De qué diccionarios antiguos disponemos? La respuesta está conectada con un hecho que debe inmediatamente destacarse y puede incluso, como hispanohablantes, enorgullecernos. En el conjunto de la lexicografía europea España se situó, hasta el siglo XVIII, en una posición de vanguardia. El primer diccionario en que una lengua moderna es lengua de partida, y no de llegada, es el bilingüe español-latino de Antonio de Nebrija (publicado en fecha que no consta, probablemente 1495). El primero monolingüe de cierta envergadura fue el Tesoro de Covarrubias (1611) cuyo cuarto centenario estamos ahora celebrando. Y el mejor, más rico y más moderno de los diccionarios compilados en Europa durante la primera mitad del XVIII fue sin duda el Diccionario de la lengua castellana en seis tomos (1726-1739) de la Real Academia Española, conocido comoDiccionario de autoridades en referencia a su riquísima documentación textual. Como arranque no está nada mal.

Tenemos un ejemplo ilustre de la precedencia de los textos sobre los registros lexicográficos. No por muy conocido es menos pasmoso que el ya mencionado diccionario de Nebrija registrara, pongamos que hacia 1495 -podría ser incluso un poco antes-, el primer indigenismo americano de toda la lexicografía española, la palabra canoa:"Canoa, nave de un madero: monoxylum, i". Ojalá todos los diccionaristas posteriores hubieran tenido la misma rapidez de reflejos. Como fecha de primera documentación decanoa, y habida cuenta de la del Descubrimiento mismo, la consignada podría por sí misma satisfacer al historiador más ávido. Pero es que si Elio Antonio conocía esa voz era, indudablemente, por su presencia previa en un texto, la primera carta de Colón anunciando su llegada a las Indias, fechada el 15 de febrero de 1493 e impresa en un pliego incunable del mismo año: "Ellos tienen todas las islas muy muchas canoas; son de un solo madero...".

Si por principio, entonces, el uso de una palabra ha de preceder a su registro lexicográfico, es evidente que documentar por vez primera una voz en un diccionario implica necesariamente un cierto fracaso, el de no haber logrado el ansiado testimonio textual previo. No olvidemos, sin embargo, que hay palabras tan características de la lengua hablada, y no de la escrita, que con ellas ese "fracaso" es perfectamente comprensible. Entonces el testimonio diccionaril puede resultar decisivo y ser más que bienvenido. El verbo apabullar, en el significado que es hoy común ("abrumar, dejar confuso" a alguien), no es posible documentarlo en textos antes de la década de los años cuarenta del siglo XIX. Sin embargo, el Diccionario de autoridades lo había recogido en 1726, en su variante apagullar, explicándolo con cierto lujo de detalles y hasta con un ejemplo inventado, todo ello valiosísimo: "Dar un golpe o palo a otro con fuerza y cuando está descuidado. Es voz vulgar y usada en Andalucía en este sentido, y más frecuentemente en el metafórico, para dar a entender que a uno le cogieron de repente sin dejarle qué decir ni qué responder; y así dicen: le apagulló y dejó confuso, sin tener qué decir".

A falta de pan, buenas son tortas. A falta de textos, buenos, muy buenos son los diccionarios.
Pedro Álvarez de Miranda (Roma, 1953) es catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia Española.

Articulo : http://www.elpais.com  30/07/2011

Antonio MUÑOZ MOLINA/ El miedo de los niños

IDA Y VUELTA
El miedo de los niños
Por Antonio MUÑOZ MOLINA

Contamos y escuchamos historias de ficción no para escapar del tedio de la vida real sino por la necesidad instintiva de comprenderla y ordenarla. La placentera evasión que nos procura una buena historia tiene siempre un camino de vuelta, aunque no siempre seamos conscientes de haberlo recorrido.

La ficción es muy anterior a la literatura y mucho más universal y más importante que ella. Narradores extraordinarios no han escrito nunca. A lo largo de la mayor parte de la historia humana, ni siquiera han sabido que existía la escritura, ni la han necesitado. La escritura tiene unos cinco mil años, y su fin primordial no fue la transmisión de historias, sino el registro de bienes almacenados y de transacciones comerciales. Los mismos comerciantes que desde hace muchos millares de años llevaban de un lado a otro conchas perforadas, puntas de flechas de pedernal, bloques de lapislázuli o de ámbar, llevarían también consigo historias escuchadas o vividas en territorios lejanos que tendrían siempre una parte de maravilla y otra de familiaridad. Hace unos años, en una exposición sobre la Ruta de la Seda en el Museo de Historia Natural de Nueva York, había una sala en la que podían olerse las especias y los perfumes que transportaban las caravanas, y junto a ella otra en la que se escuchaban historias que llegaron a Occidente de la India y de China siguiendo los mismos caminos: fábulas de animales, leyendas de criaturas y viajes fantásticos. En las novelas del ciclo de los Snopes, Faulkner inventa un personaje que es al mismo tiempo narrador ambulante y vendedor y mecánico de máquinas de coser, V. C. Ratliff. Las vidas de las familias campesinas están muy poco comunicadas entre sí: es Ratliff, en su viejo Ford T, quien va de un lado a otro diseminando los relatos que fortalecen la comunidad gracias a una malla de hilos narrativos. Hace muchos años que no leo Cien años de soledad, pero los dos personajes de los que tengo un recuerdo más claro son narradores ambulantes, buhoneros de mercancías y de historias: el gitano Melquíades y Francisco el Hombre, que tiene uno de los nombres más formidables de la literatura del siglo XX en español, junto al Pepe el Romano de García Lorca.

Las grandes historias no son muchas, y tienen siempre algo de la sólida simplicidad de las mejores herramientas, a las que el tiempo y el uso desgastan mejorándolas, como mejoran los años los rasgos firmes de una cara. Las grandes historias permanecen idénticas a sí mismas por muchas veces que se cuenten y son distintas y originales en cada narración, igual que las grandes canciones. Muchas son inmemoriales: muy pocas han nacido de la imaginación exclusiva de un escritor y han cobrado vida más allá de los libros en las que fueron contadas por primera vez. La historia de don Quijote y Sancho, la del Humbert Humbert y la nínfula vulnerada Lolita, la de la Ballena Blanca y el capitán Ahab. No sé si hay alguna más. No hay muchas más. El armazón de lo primitivo sostiene la mayor parte de las mejores 

narraciones modernas, sean de la novela, del cine, del teatro, de la ópera. El Narrador de Proust, el Hans Castorp de Thomas Mann, el Parsifal y el Sigfried de Wagner, el Nick Carraway de Scott Fitzgerald, el Fabrice del Dongo de Stendhal, son variaciones del joven Telémaco que abandona la protección de su madre y de su isla para aprender las lecciones fundamentales de la vida. La intrépida Jane Eyre es tan la Cenicienta como laPretty Woman de Julia Roberts o aquellas "reinas por un día" que hacían llorar a nuestras madres y a nuestras vecinas en los remotos concursos de la televisión en blanco y negro.

Pero no creo que haya una historia más primitiva, más angustiosa, más idéntica siempre a sí misma que la de los niños perdidos que sucumben al engaño de un adulto tenebroso, o de un adulto digno de toda confianza que de repente se transforma en un monstruo. Escribo esto y me acuerdo de los cuentos que escuchábamos los niños y los que nos contábamos entre nosotros y también de ese motivo simple e hipnótico de Peer Gyntque silba Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf. La niña sola, que juega en la calle, a la que se le acerca el desconocido, tímido y amable, casi necesitado, en un tenebrismo de ángulos de cámara expresionistas, en una de esas ciudades abstractas que en otros tiempos se reconstruían en los estudios de cine. Una teoría científica es el destilado de una serie suficiente de observaciones y experimentos; en una ficción duradera cristalizan en un solo relato muchas experiencias diversas que tienen una médula común. No hay cultura en la que no existan ficciones porque en la ficción se concentran lecciones valiosas para la supervivencia, igual que en un friso de animales prehistóricos pintados en una cueva se concentran siglos, milenios de observación imprescindible de los animales de los que depende la existencia colectiva. El cuento del niño o de los niños perdidos, del adulto familiar y repentinamente monstruoso, del desconocido que va de paso y ofrece un regalo, es la alarma universal ante un peligro que nunca ha cesado; es el saber heredado de la experiencia que los niños se transmiten entre sí con más eficacia que cuando las historias de miedo se las cuentan los padres.

En España, en Torrelaguna, dos niños aceptan la invitación de un desconocido a subir a su coche. Como en tantos cuentos, son dos hermanos, un niño y una niña. El desconocido arranca y se aleja por caminos perdidos, y acaba aprisionando a los dos hermanos en un pozo seco. La oscuridad, el desamparo, el hambre, el frío, el terror, el frágil consuelo de abrazarse, son inmemoriales: también pertenecen a una crónica de periódico que se publicó no hace ni un mes. En Nueva York, en un vecindario de Brooklyn habitado sobre todo por judíos ultraortodoxos, un niño de nueve años consigue que sus padres le permitan emprender una modesta aventura, en la que ya está el germen del viaje de Telémaco: porque está impaciente por sentir que ya ha crecido los padres no lo esperarán junto a la parada del autobús que lo trae de sus tareas escolares veraniegas, sino en la puerta de casa, muy cerca, a una distancia de siete manzanas, en un barrio donde todo el mundo se conoce. El bosque de los cuentos es la metáfora de la facilidad con que pueden perderse los niños apenas se separan de la mano de sus padres: los árboles amenazadores son las altas piernas de los extraños. En la distancia de siete manzanas el niño que nunca había vuelto solo a casa le pidió ayuda a un adulto que debería de ofrecerle un aspecto afable. Solo hay un paso entre la casualidad y el terror. El adulto amistoso le sonríe al niño y le ofrece llevarlo a casa en su coche y lo que ocurre después valdría más no poder imaginarlo. Que hay monstruos y pozos y castillos de irás y no volverás es una lección que los cuentos llevan milenios enseñándonos.

antoniomuñozmolina.es Ida y vuelta, el artículo semanal de Antonio Muñoz Molina, volverá a publicarse en septiembre.


Articulo : http://www.elpais.com  30/07/2011

Sarcastiko/Poemas





Esteban Andrés ESPINOZA, también conocido como Sarkas alias Sarcástico nació en 1959 en Santiago de Chile. Sale al exilio a Nueva Zelandia, donde vive hoy rodeado de ballenas naufragadas y antiguos ritos maories. Comenzó a escribir a los 15 años y publico su primer libro en 1989 «Elegy to Hope» en NZ. También ha sido publicado en antologías neozelandesas y australianas. Aun escribe en castellano poesía antipoética y trabaja como asistente social y dirige a su vez una fundación de ayuda a los inmigrantes y refugiados (http://www.artcentrealacinc.com/)

Sitio: http://sarcastiko.blogspot.com A leer: http://revistazularte.blogia.com/temas/nueva-zelandia.phphttp://lavquen.tripod.com/estebanespinoza.htm

EL MATERIAL DEL ESQUELETO
Por Sarcastiko

Que este esqueleto esta hecho de a pedazos
A tiras y amarras con cartílagos y nervios?
He buscado una campana borracha
Para que me vomite los pantalones con sus teñidos
He mirado putas hacer el fellatio en los parques
Orar como se ora a Maria la olvidada
He descrito golpes bajos a la altura de la genitalia
Maduros, resfriegos de sangre y agua

Alguien grita en medio de la calle
Solo veo figuras distorsionadas con el ron y la cola
Inmensas cabezas que me miran vidriosos
Me he orinado los pantalones
Tratando de apuntar la fosa negra

Las rodillas están sucias de pasto verde
No recuerdo nada ni de cómo me llamaba
Ni el nombre de una mujer
Ni mi numero de pasaporte
Ni del sexo ni del demonio que las ha parido a todas

Pero he regresado en secreto
No he dicho nada esta vez que me gane algún enemigo mas
Alguna traición nueva, algún mal comentario
Han llenado el mundo de chismes baratos porque
Siempre no les gusto que olfateara su mierda
La que iban restregándole a los transeúntes de este mundo

Hay que ser uno mismo
Aun con todas las mentiras que cruzaran mis labios
Aun con todas las traiciones hediondas a semen y orgasmo
Aun con cuantos labios que me dieron su reojo
Nadie sabe para quien trabaja

En el fondo los que quieren estar en la luz
Debieran ponerse cerca de la ampolleta
Nadie tiene pasta de santo
Y si se creen pecadores arrepentidos
Hay que hacerles una nueva prueba

***
DESCARGOS
Por Sarcastiko

Yo no soy el asesino
Y no soy el cortapiés
Yo no soy el embustero
El que ultraja medialunas

El que sale en la noche
a clavarles cuchillos a los amantes
que desnudos en el jardín
entrelazan sus cuerpos jadeantes.

No soy el encomendado por la muerte
Ni menos el príncipe indio
que murió de sed al borde del camino

Tampoco soy la Ñusta ni la monja endemoniada
Tampoco soy el obispo rojo ni el papa negro
Yo no soy ni dios ni el muerto
Tampoco su seguidor desenfrenado

No pertenezco a las tareas olvidadas
Y a los versos infundidos de odio
Las babas callejeras que reposan en el cemento

Tampoco soy la mierda,
el excremento seco de los perros
Ni menos la mano oculta
que aplaude los secuaces ni sus monumentos.

***
I LOVE CHILE
Por Sarcastiko

Vivan las pulgas ,liendres y cucarachas
vivan los piojos y las garrapatas
perros sarnosos, guarenes nativos
cuanto te amo Chile, cual sativo

Viva el tiñe y la parafina
Las babosas y los piriguines
Que viva el hanta y el chupacabras
Que vivan, pero q vivan lejos caramba!!

Viva las carachas q tienen mis manos
Que viva el trapo del mecánico
Viva el millón de perros vagos
que viva caramba, pero que no cagen.

I love Chile, su fauna y tu orto-grafía
me inspiraste así el otro día
cuando me picaba toda la cintura
y me dejaron las ronchas caradura.

I love Chile dicen los otros
Nosotros también tenemos macdonalds
Versión chilena se llama honrosa
Sanguche de potito con mayonesa

Cual es el problema dice un experto
Chancho limpio nunca es apuesto
Longanizas de gato, chunchules de perro
Al menos así se notan menos.

***
NANOPOEMAS
Por Sarcastiko

Pequeños círculos en el viento
Agujeros de la mente
Aquí se acaba todo; punto final
Más de tres es paja en el ojo ajeno
Al principio fue la palabra
Y la Palabra estaba en Mandarin
Y Dios vio que estaba todo oscuro
Entonces prendió la luz.

En la oscuridad prendieron la luz
Y no estaba dios
En el nombre de la madre
La hija y el útero que las parió
Prendieron la luz
Y el sacerdote se estaba levantando los pantalones
Prendieron la luz
Y todos estaban encandilados

Corre el agua corre el tiempo corre que te pillo
No me vengan con tonteras vengan con cervezas
Se aguo la fiesta, se acabo el vino, que traigan a Jesucristo
Si vives en la calle todo el mundo es tu casa
No hay nada más triste que el final de este poema

Ese traje te asienta pero me gustas mas desnuda
Pudiera dormir la vida entera abrigado por tu cuerpo
La metáfora de un semáforo será una bandera?
Hay mensajes en el fondo del tiempo
Mensajes que hablan por si solos

Ojos que con frescura me miran fijamente
Y corren como el niño que llega hasta mis brazos
Te doy un beso pero en realidad es una paloma
Que te envío para mandarte mis saludos
Te toco con mis versos amarrados con alambre
Para sujetarnos firmemente el alma en un hilo
Seguimos nuestra historia como hojas de lechuga
Donde una x una caen en el plato

Hay tanto por hacer para llegar al fuego
Sin embargo cuesta tan poco acabar con todo
Solo una falta de respuesta una falta de tino
Mirar hacia delante con la frente encendida
Después de todas las quimeras y las esperanzas
Queda el amargo trago final


Víctor ANDRESCO/ Arquitecturas de la utopía

EL LIBRO DE LA SEMANA Vasili Aksiónov - Las cumbres de Moscú
Arquitecturas de la utopía
Por Víctor ANDRESCO

Vasili Aksiónov analiza en Las cumbres de Moscú -novela con múltiples planos de lectura- las perturbaciones del discurso político y del lenguaje de los ciudadanos
En 1945, con veinte millones de muertos a la espalda y el mundo fracturado en bloques, la URSS necesitaba construir un faro nítido para el movimiento comunista internacional; se proyectó para ello un gran Palacio de los Sóviets y, a su alrededor, siete espectaculares torres. Cada vysotka sería diferente pero el conjunto -moles de ladrillo más anchas que altas, con caprichosas geometrías de aire retro y unas treinta plantas de altos techos- unificaría estilos arquitectónicos y mensajes políticos.

La física y otras leyes vendidas al imperialismo impidieron a los arquitectos del PCUS levantar una silueta de Lenin de suficiente tamaño para que en su índice derecho cupiese el despacho del batonoIósif Stalin, pero sus siete atributos quedaron esparcidos en lugares estratégicos de la ciudad. Sesenta años después, Moscú es tan conocida por la Plaza Roja como por esta corona de espinas que alberga misterios y ministerios, el hotel Ukraína, la Universidad Lomonósov y algunos centenares de viviendas donde aún vegeta una heterogénea élite fruto del primer socialismo, superviviente de la Revolución, la guerra civil rusa y las dos guerras mundiales. La vysotka elegida como escenario para las peripecias de Kiril Smelchakov -crisol de las esencias revolucionarias, autor de los versos preferidos de Stalin y ejemplar combatiente-, Glika Novotkannaya -la novia canónica del socialismo, hija de una perfecta pareja soviética y heroína del deporte universitario- y sus coetáneos da una precisa idea de lo que fue el neogótico soviético desde el punto de vista constructivo pero también como laboratorio de la nueva sociedad sin clases. Uno de los mayores atractivos de este libro es que simultanea la descripción del urbanismo estaliniano (incluida la reordenación castrense de la capital) con la intimidad de individuos perfectamente reconocibles en los ídolos de la época (actores, tractoristas, cosmonautas).

Con una fluidez que la emparenta con las más audaces novelas de la modernidad, Vasili Aksiónov (1932-2009) se permitió trenzar aquí una "comedia de situación" única por su contexto objetivo (la acción transcurre inmediatamente antes de 1953, en pleno derrumbe del estalinismo, con héroes tan frágiles como su líder máximo) y por la dramática condición de los protagonistas, llevados siempre al límite en un paródico calco de las leyendas clásicas. En un juego intertextual que conecta a filólogos, militares y agentes secretos de manual con los auténticos Beria y Grádov de Una saga moscovita -la abrumadora novela con la que el legado aksionoviano irrumpió hace unos meses en el mercado en lengua española-, el autor subraya las conexiones con los poetas y narradores que hicieron de Rusia uno de los epicentros de la literatura universal. Mandelstam y Tsvietáeva están muy presentes por continuas alusiones explícitas y por la reivindicación de una memoria poética que las vanguardias rusas salvaron de la furia dictatorial. Mientras tanto, la Guerra Civil española consolidó definitivamente el mito popular de un territorio épico y exótico y España se convirtió en otro de los grandes argumentos del imaginario colectivo ruso; Aksiónov refleja este fenómeno que periodistas como Mijaíl Koltsov y Román Karmen, voluntarios como las hermanas Abramsón y millares de interbrigadistas amplificaron hasta el punto de que topónimos y frentes como Guadalajara, el Jarama o el Ebro quedaron para siempre en la fantasía popular.

El talento de Aksiónov, sin duda uno de los más importantes narradores del XX ruso, queda de manifiesto en la lucidez con que analiza las perturbaciones del discurso político y del lenguaje de los ciudadanos. No hace falta saber ruso -ya se encarga Luisa Borovsky de traducir los muchos matices de esta imprescindible novela- para imaginar la potencia de los subtextos y dobles sentidos en los diálogos entre los moscovitas del medio siglo. No por casualidad los más audaces lingüistas tuvieron, en la gestación de la Unión Soviética, uno de sus más fértiles campos de trabajo; la torre que utiliza Aksiónov, comoLa casa del malecón de Trífonov o la calle Arbat de Rybakov, sitúa al lector en un mirador privilegiado desde el que se ve Siberia, se añora París y se sueña con unas playas yugoslavas que la obscena praxis de los dirigentes se encargó de difuminar. Con toda probabilidad el humor -en su versión más libre y desprejuiciada- era el único filtro capaz de explicar lo inexplicable: el fracaso de la alianza paneslava que Tito le propuso a Stalin y que aquí queda al desnudo, para solaz del lector y para las antologías del despropósito estratégico a escala planetaria.

De los muchos niveles de lectura de Las cumbres de Moscú vale la pena destacar los que indagan en la cultura lúdica de los juegos de palabras -particularmente relevante en un estado que enterró el zarismo a golpe de acrónimo y acabó suicidándose en un fango de añoranza por la sintaxis decimonónica- y los que se adentran en la semántica de la disidencia. Cuando, después de años de exilio en Washington y en Biarritz, Aksiónov regresó a Moscú en 1995, constató que las biografías con las que había ido construyendo este poderoso rascacielos novelístico tal vez se habían despojado del patronímico pero habían convertido las cumbres de Stalin en protagonistas indiscutibles de la gran comedia urbana y humana.

Las cumbres de Moscú
Vasili Aksiónov
Traducción de Luisa Borovsky
La otra orilla. Barcelona, 2011
350 páginas. 23 euros


Articulo : http://www.elpais.com  30/07/2011