J.F. Revel: un ejemplo de coraje
Por Alberto Benegas Lynch
Los múltiples escritos de Revel son
suficientes para probar el calado de este intelectual sobresaliente, pero al
conocerlo de cerca surge aun con más nitidez su propósito de señalar el camino
de la sociedad abierta sin desmayo y sin claudicaciones ni componendas de
ninguna naturaleza, en soledad y sin considerar los costos de su conducta.
El viejo truco de los dictadores
disfrazados de demócratas siempre ha consistido en practicar […] reelecciones
perpetuas a la presidencia” escribe Jean-François Revel en sus memorias (Diario
de fin de siglo, Barcelona, Ediciones B, 2002). Estas y otras preocupaciones
desvelaban a Revel respecto a los extravíos de la democracia que ya había
subrayado en How Democracies Perish (New York, Doubleday & Co,
1983), pero consignó sus alarmas sobre la degradación creciente de esa forma de
gobierno al límite de consignar en el prólogo que escribió a mi libro Las
oligarquías reinantes (Buenos Aires, Atlántida, 1999) que “Lo más
inquietante es que esta colosal impostura tiene lugar tanto en países que se
denominan democráticos, es decir, donde el poder surge de elecciones libres
como en regímenes autoritarios, africanos y asiáticos ¿La democracia no será
más que el nombre pomposo de algo que no existe? No seamos tan pesimistas. Más
bien es a la insuficiencia de la democracia lo que debemos incriminar” y
destacó sus sobresaltos en un libro con un título optimista: El
renacimiento democrático (Madrid, Plaza & Janes, 1992) al puntualizar
el problema que lo perturbaba en el capítulo sugestivamente titulado “La
putrefacción por la cabeza o la cleptocracia”.
La democracia es entendida como una forma
de gobierno en la que se elige por mayoría de sufragios pero su parte
sustantiva consiste en el respeto a los derechos de las minorías. Tal es la
interpretación de autores como Benjamin Constant o Giovanni Sartori. También es
entendida como un simple procedimiento sin abrir juicios de valor sobre las
metas o resultados. Esta es la interpretación de autores como Rosseau o Hans
Kelsen. Pero si se trata de no abrir juicios de valor ¿por qué no sugerir la
dictadura en lugar de la democracia? Si hubiera oposición a proclamar un
dictador quiere decir que hay en la trastienda un juicio de valor, en este
caso, para proteger derechos, lo cual nos retrotrae a la primera acepción. La
preocupación de Revel -que compartimos ampliamente- estriba en el desbarranque
de esta interpretación original y fundadora, la cual está expuesta de modo muy
ajustado por James Bovard en su Freedom in Chains: “Sostener que el
derecho de la mayoría es ilimitado significa que no existen los derechos de los
individuos. Sin embargo, si el individuo carece de derechos ¿en que consiste el
derecho de la mayoría? Si el individuo equivale a cero ¿cómo puede la
multiplicación de ceros ser mayor a cero?”.
Nuestro personaje nació en 1924 con el
nombre de Jean-François Ricard que permutó por el de Revel y murió en 2006
después de una vida intensa en proyectos y jugosas aventuras intelectuales. Fue
un socialista activo hasta que algunos de los escritos de Raymond Aron lo
transformaron al liberalismo, tradición de pensamiento que abrazó durante la
más prolífica parte de su vida en la que demostró un extraordinario coraje
moral para contradecir y contrarrestar a todos los totalitarismos y una
sobresaliente honestidad intelectual en sus debates y exposiciones.
Estudió filosofía en la École Normale
Supérieure y enseñó esa disciplina en Argelia, Italia y México país este último
donde aprendió el castellano al que recurría frecuentemente con gran
soltura. Fue colaborador y director de varios de los periódicos más
prestigiosos de Francia. Lo invité a pronunciar conferencias a Buenos Aires y
participé con el en varios seminarios en España donde pude constatar su
cortesía, su rasgo descollante de buen conversador y su peculiar y muy
atractivo sentido del humor.
Es enormemente variado el repertorio de
Revel (incluso ha escrito sobre aspectos muy sofisticados de la gastronomía…por
otra parte, de primera mano me consta su reiterada y pantagruélica ingesta de
jamón crudo y jerez). En Sobre Proust(México, Fondo de Cultura Económica,
1988) apunta que “Una de las ideas que formulo en este libro es que Proust
siempre parte de algo que ha vivido y experimentado, que no construye
ficciones”. Esto es de gran interés, paradójicamente en el ámbito de la
ficción: hay novelistas que parten de la pura creación y otros que necesitan
escalar desde hechos por ellos conocidos, de lo contrario quedan atrapados en
el “síndrome de la página en blanco”. No puede decirse cual de los dos caminos
produce mejores resultados pero aparece como más admirable el sacar las cosas
de la nada como una gesta parturienta que genera más estupefacción. También en
este libro Revel enfatiza la distinción de Proust entre el “yo creador”, el “yo
profundo de cada persona” que es “diferente del yo de la vida cotidiana, ajeno
a las conversaciones ordinarias sin relación a la personalidad que mostramos
habitualmente a los demás”, es decir, bien distinto al “yo superficial de la
vida”.
En su célebre La tentación
totalitaria (Buenos Aires, Emecé Editores, 1976) afirma que en los
corredores de las izquierdas “se sostiene que las sociedades liberales son
malas por naturaleza […] una sociedad comunista, aunque esté reducida a un
inmenso campo de concentración poblado por individuos que luchan penosamente
para sobrevivir, es una sociedad progresista. La sociedad capitalista liberal,
al margen de cualquier evaluación de la vida que se lleva en ella, es una
sociedad que merece la destrucción”.
En El conocimiento
inútil (Barcelona, Planeta, 1988) consigna que “La reivindicación de la
`identidad cultural` sirve, por otra parte, a las minorías dirigentes del
Tercer Mundo para justificar la censura de la información y el ejercicio de la
dictadura. Con el pretexto de proteger la pureza cultural de su pueblo, esos
dirigentes lo mantienen tanto como les es posible en la ignorancia de lo que
sucede en el mundo y de lo que piensan de ellos”.
En El monje y el
filósofo (Barcelona, Ediciones Urano, 1998) que consiste en un diálogo con
su hijo, Matthieu Ricard, ex biólogo nuclear y ahora monje budista, Revel
concluye que “La idea directriz del Siglo de las Luces y, más tarde, del
socialismo `científico` de Marx y Lenin es, en efecto, que la alianza de la
felicidad y de la justicia ya no pasaría en el futuro por una indagación
individual de la sabiduría, sino por una reconstrucción de la sociedad en su
conjunto […] La salvación personal se encuentra desde entonces subordinada a la
salvación colectiva […] esta ilusión, es la madre de los grandes totalitarismos
del siglo xx”.
En La obsesión
antiamericana (Barcelona, Ediciones Urano, 2003) Jean-François Revel pone
de manifiesto el complejo de inferioridad y la envidia de los antinorteamericanos
clásicos: los que sostienen que en Estados Unidos todo se resuelve con la
billetera, dándole deliberadamente la espalda a que es el país que, en
proporción a sus habitantes, genera las obras filantrópicas más portentosas del
planeta, el mayor número de visitas a museos, la mayor cantidad de orquestas
sinfónicas, la mayor producción de libros científicos, las universidades más
espectaculares, la justicia más independiente del orbe y el espíritu religioso
más acendrado. Es como dice Carlos Rangel, a quien cita nuestro autor en este
libro de la siguiente manera: “Para los latinoamericanos constituye un
escándalo insoportable que un puñado de anglosajones, llegados al hemisferio
mucho después que los españoles y en un clima tan crudo, que poco faltó para
que ninguno de ellos sobreviviese a los primeros inviernos, hayan llegado a ser
la primera potencia del mundo”. Por supuesto - agregamos nosotros- hoy aparecen
justificadas críticas a gobiernos estadounidenses por razones bien distintas:
debido a que esos gobernantes lamentablemente adoptaron muchas de las medidas
estatistas que los antinorteamericanos clásicos incorporaron con entusiasmo en
sus propias tierras desde tiempo inmemorial.
Dado el espacio limitado de que
naturalmente se dispone en una columna periodística, refrescaré más o menos
telegráficamente, con citas contundentes del autor, un tema que sobrevuela casi
todos los escritos de Revel: la similitud entre el fascismo y el
nacionalsocialismo con el comunismo y las diversas variantes de socialismo.
Este punto crucial está principal aunque no exclusivamente expuesto en La
gran mascarada (Buenos Aires, Taurus, 2000).
Allí refleja los siguientes pensamientos:
“Lo que marca el fracaso del comunismo no es la caída del Muro de Berlín, en
1989, sino su construcción en 1961. Era la prueba que `el socialismo real`
había alcanzado un punto de descomposición tal que se veía obligado a encerrar
a los que querían salir para impedirles huir”. “Si, por ejemplo, un liberal le
dice a un socialista que en la práctica, el mercado parece un medio menos malo
para lograr la asignación de los recursos que el reparto autoritario y
planificado, el socialista responderá inmediatamente que el mercado no resuelve
todos los problemas. ¡Claro! ¿Quién ha dicho semejante sandez? Pero como el
socialismo fue concebido con la ilusión de resolver todos los
problemas, sus partidarios presentan a sus oponentes la misma pretensión. Ahora
bien, felizmente no todo el mundo es megalómano. El liberalismo jamás ha
ambicionado construir una sociedad perfecta […] Se juzga al comunismo por lo
que se suponía que iba a proporcionar y al capitalismo por lo que
efectivamente proporciona […] el comunismo siempre fue, siempre es,
intrínsecamente criminógeno y, por ello, no se distingue del nazismo”.
Enfatiza que el socialismo “promete la
abundancia y engendra la miseria, promete libertad e impone la servidumbre,
promete la igualdad y desemboca en la menos igualitaria de las sociedades, con
la nomenklatura, clase privilegiada hasta un nivel desconocido incluso en
las sociedades feudales. Promete el respeto a la vida humana y procede a
ejecuciones en masa; el acceso de todos a la cultura y engendra un
embrutecimiento generalizado; el `hombre nuevo` y fosiliza al hombre […] No
existen verdugos `buenos` y `malos`. ¿Es menos grave ser asesinado por Pol Pot
que ser asesinado por Hitler? No tiene sentido establecer una distinción entre
víctimas de los totalitarismos negro o rojo […] Si el nazismo y el comunismo
han cometido genocidios comparables por su amplitud, por no decir por sus
pretextos ideológicos, no es en absoluto debido a una determinada convergencia
contra natura o coincidencia fortuita debidas a comportamientos aberrantes
sino, por el contrario, por principios idénticos, profundamente arraigados en
sus respectivas convicciones y en su funcionamiento”.
Y continúa explicando que “En su État
Omnipotent, Ludwig von Mises, uno de los grandes economistas vieneses a los que
el nazismo obligó a emigrar, compara las diez medidas de emergencia preconizadas
por Marx en el Manifiesto Comunista(1848) con el programa económico de
Hitler. `Ocho de los diez puntos` señala irónicamente von Mises `fueron
ejecutados por los nazis con un radicalismo que hubiera encantado a Marx`. En
1944 Friedrich Hayek consagra también en su Camino de servidumbre un
capítulo a `las raíces socialistas del nazismo` […] No se puede entender la
discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de
vista que no solo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por
sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales […] En el terreno
de las ideas hay un núcleo central común al fascismo, al nazismo y al
comunismo: el odio al liberalismo”. En definitiva, concluye Revel que todas las
variantes de socialismo desde el nacionalsocialismo al comunismo son
“crematorios de la libertad”.
En una oportunidad, caminando juntos por
las callecitas de Murcia, este distinguido señor me dijo con vehemencia que
sentía que todo lo que hacía era empujado por una vocación irresistible. Esto
me recuerda lo escrito por Octavio Paz en La Nación de Buenos Aires:
“La vocación comienza con un llamado. Es un despertar de las facultades y
disposiciones que dormían adentro de nosotros y que convocadas por una voz que
viene de no sabemos donde, despiertan y nos revelan una parte de nuestra
intimidad. Al descubrir nuestra vocación nos descubrimos a nosotros mismos”.
Los múltiples escritos de Revel son
suficientes para probar el calado de este intelectual sobresaliente, pero al
conocerlo de cerca surge aun con más nitidez su propósito de señalar el camino
de la sociedad abierta sin desmayo y sin claudicaciones ni componendas de
ninguna naturaleza, en soledad y sin considerar los costos de su conducta. Su
coraje moral y su honestidad intelectual son las dos virtudes que se encuentran
tras la riquísima información y cultura que ha desplegado quien continuará
entre nosotros a través de sus numerosos trabajos, todos expuestos con una
pluma envidiable, un esqueleto conceptual de notable solvencia y una apertura
mental digna de un liberal excelso.



