samedi 7 janvier 2012

Andrea BLANQUÉ/Mark TWAIN: "Mis libros son agua"


Cultural
DOS CLÁSICOS DE MARK TWAIN
"Mis libros son agua"
Por Andrea Blanqué

UNA FOTO QUE expone el museo Mark Twain muestra a la familia del escritor en una situación idílica. En el porche de una de las hermosas casas donde habitaron, se observa a una familia nuclear tradicional a fines del siglo XIX. Él es un hombre de mostacho y cabello tupido, rodeado de su esposa y sus niñas. Ellas observan una perra y él, tal vez, con su habano en la boca, les cuenta historias. Si la foto fuera en colores se observaría que el señor de pelo crespo era pelirrojo.

Todavía no habían llegado hasta ellos las borrascas económicas en las que se embarcó el genial pater familiae. Deudas e inversiones más peligrosas aún que las que podrían haber hecho zozobrar a cualquier vapor de los que conducía Twain cuando todavía era un joven piloto aprendiendo a navegar el Mississippi; cuando sólo era un hijo de americanos del Sur, en el Medio Oeste, veinteañero y feliz, sin conciencia de que iba a convertirse en uno de los grandes de la literatura norteamericana.

Todavía no habían llegado el torbellino de dinero, las ediciones de miles de ejemplares, las pulseadas por los derechos de autor y el embeleso por los inventos, entre ellos una máquina tipográfica -la máquina Paige- en la que puso miles de dólares y miles de esperanzas pero que resultó un rotundo fracaso. Aquel artefacto no sirvió nada más que para arruinarlo y obligarlo, al borde de la vejez, a recorrer el mundo a bordo de transatlánticos, llegando incluso hasta la India o Nueva Zelanda para ganarse el pan con conferencias, o escribir a toda máquina para pagar deudas.

En la foto mencionada aparecen, de izquierda a derecha, Clara -la única hija que sobrevivió hasta bien avanzado el siglo XX-, Olivia, la esposa -llamada Livy por su marido-, quien, además de ser el gran amor de su vida, fue correctora, consejera y "censora" de los cuantiosos manuscritos de su esposo. En el medio de la pareja está la pequeña Jane, quien sería la última del grupo en quedar junto a su padre, mientras se adoraban. A él le gustaba decir que aún eran una familia. Twain quedó literalmente destruido al despedirse una noche de Jane, esta hija menor, y enterarse al día siguiente por los criados de que había sido hallada muerta en la bañera tras sufrir un ataque de epilepsia. Finalmente, a la derecha de la foto, se halla la bella Susan, que sería la primera en morir, joven y radiante, de una meningitis fulminante mientras sus padres andaban rodando por el mundo.

MUNDOS paralelos. El longevo Mark Twain -nacido Samuel Clemens- debió sobrellevar estas muertes, además de las de sus hermanos, sus amigos y hasta la del primer bebé, el varón, que se fue al poco de llegar al mundo. Dicen que el humorista Twain fue envolviéndose cada vez en un más fiero pesimismo que lo llevó a crear obras tremendas, como ¿Qué es un hombre?, y que, en los últimos años, el hombre que había hecho reír en sus conferencias a lo largo y ancho de Norteamérica y del mundo anglófono sólo pensaba en su condición de sobreviviente a un montón de muertos queridos, de quienes luego intentaba recuperar los recuerdos llenando páginas y páginas de cuadernos.

En verdad no era un hombre de chistes. Por cierto, no es el chiste el tipo de humor que campea en sus novelas magistrales, Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Huckleberry Finn (1884). Tampoco era el chiste lo que prevalecía en sus conferencias, sino las barbaridades más grandes pronunciadas en tono pausado y monótono, "con cara de palo". Sus silencios, su solemnidad y su manera de plantarse en el auditorio lo convirtieron en un verdadero performer: la risa surgía de la oposición entre forma y contenido.

Quizás ahí estuviera la clave de la revolución que ocasionó en la literatura norteamericana. Los periodistas y otros escritores ya habían probado la fórmula de la risa a través de artículos y anécdotas corrientes en la prensa americana del siglo XIX (no se olvide que se trataba de una sociedad optimista, en expansión). El propio Clemens hizo sus primeros pasos así, cuando trabajaba primero como aprendiz de impresor -leyendo él mismo las jugosas bromas que se incluían para llenar las páginas de los diarios- y luego colaborando con escritos, al tiempo que era ayudante de tipógrafo y multiuso de su buen hermano mayor, Orion, en las empresas evanescentes que éste montaba. Pero la anécdota chistosa no fue por cierto la que lo inmortalizó.

Si se leen las dos obras maestras mencionadas nadie va a largar una carcajada, pero sí una sonrisa horrorizada. Twain tenía un don especial para enredar las historias de tal modo que lo insólito y lo cotidiano se entretejieran para hacer verosímil lo más increíble, para convertir los hechos más crueles en vicisitudes humanas que todos debemos sobrellevar.

Claro que siempre es posible recordar el carácter lúdico del escritor. Decía no ser un hombre letrado en absoluto y, sin embargo, durante su infancia conoció a fondo nada menos que el Quijote. Esta obra -que el padre había hecho circular entre sus hijos-, donde tantos personajes impostan personalidades y juegan a ser quienes no son, o simplemente quienes desean ser, se ve reflejada largamente en las adorables Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

Los niños de Mark Twain viven a menudo en un mundo paralelo y autónomo, el del juego, la fantasía y la sombra de la imponente naturaleza del río. El bosque inmenso y ese mundo acabado de nacer, donde a menudo no hay ley ni policía, junto a las supersticiones de los esclavos negros rozándoles constantemente el alma, producen un estado casi sonámbulo de existencia que recuerda a las estrategias de Cervantes.

Sam Clemens fue un niño imaginativo, enfermizo y hasta sonámbulo. Durante mucho tiempo escribía a otros relatando sus propios sueños. Uno recurrente lo tenía a él mismo inmerso en la niebla del Mississippi, buscando el rumbo. Ese mundo efectivamente crecía en las riberas de los enormes ríos americanos, como la población Hannibal, donde Sam creció. Ese ambiente le dio la imaginería que necesitaba, con aprendizajes diversos que abarcaban imprentas, avisos publicitarios, barcos de vapor, pueblos donde la arquitectura coqueta del Este de Norteamérica brillaba por su ausencia, y emprendimientos que incluso lo llevaron a probar la minería y a delirar con la fiebre del oro, que ya se había acabado cuando él llegó.

La temprana muerte de su padre, que era juez, impidió que el niño Sam continuara con sus estudios más allá de la primaria. Los libros encontrados en su casa, más la masiva aparición del periodismo en que lo introdujo su hermano, le permitieron ser un lector constante, aunque jamás se sintió un intelectual.

Jugar a otro. El solo hecho de eliminar su nombre y apellido y sustituirlo por Mark Twain constituye un juego literario. No se trata de un mero seudónimo, tan usual en el siglo XIX. En esos tiempos, un Edgar Allan Poe no renunció a usar el apellido de sus padres biológicos pero tampoco el del padre sustituto que jamás aceptó adoptarlo legalmente. Twain fue contemporáneo de varias escritoras que se colocaron nombres de hombre para publicar con más comodidad y ser bienvenidas por la crítica.

Pero Sam Clemens construyó un escritor peculiar a partir de su nombre: usó el "Mark Twain" desde 1863, con 28 años, cuando parecía que el camino de su vida iba a ser el de viejo lobo de río, piloto de barco a vapor en gigantescas corrientes que llegaban a tener dos kilómetros y medio de ancho. Así, tempranamente, firma una colaboración para la prensa con el nombre "Mark Twain", expresión característica del trabajo de los negros en el río Mississippi que significa "marca dos", el calado mínimo necesario para navegar con seguridad.

Sus escritos parten de la conciencia de que él es un escritor profesional, que deberá ganar dinero con sus relatos, libros de viaje o novelas, porque su interés prioritario es llegar a la mayor cantidad de lectores. Algo que parece una perogrullada, Sam Clemens/Mark Twain lo tenía muy pensado. La literatura es para el lector, no para el letrado, pensaba.

Pocos años después de haber publicado con éxito Tom Sawyer, mientras luchaba con nuevos manuscritos, le dijo a su gran amigo Twichell que había estado rompiendo borradores durante más de un año, "no porque no tuvieran méritos sino sólo porque entorpecían la fluidez de la narración". Su propósito era "escribir un libro que la gente lea". En su diario íntimo fue aún más claro: "Mis libros son agua; los de los grandes genios son vino. Todos beben agua".

Al publicar Huckleberry Finn, ocho años después de haber ganado al público definitivamente con Tom Sawyer, todavía tuvo que ver que los críticos apenas admitían tibiamente ese libro, ahora considerado una obra maestra y el inicio de la literatura moderna en su país. Así ya lo pensaba Hemingway y así Woody Allen nos lo recuerda en el personaje que interpreta a Hemingway en su reciente y magnífica Medianoche en París.

Pero no sólo los críticos pusieron sus objeciones. Con el libro sobre el pequeño lumpen Huck, los piadosos, por supuesto, se escandalizaron. Y algunas bibliotecas lo prohibieron aludiendo al daño que podía hacer a la juventud. Mark escribió a uno de los pocos eruditos que sí había disfrutado de Huckleberry Finn, agradeciéndole por los conceptos vertidos sobre "ese maltratado niño mío, al que tan injustamente le han arrojado tanto barro. No obstante, no puedo dejar de creer en él y es un gran refresco para mi fe, el tener de apoyo a un hombre que ha estado donde viven niños como aquél y que sabe de lo que se está hablando".

Saber de lo que se habla. En el prefacio a Tom Sawyer, Twain sostiene que "casi todas las aventuras relatadas en este libro han ocurrido realmente, una o dos de ellas fueron experiencias mías; el resto, de muchachos compañeros de escuela". Y culmina su declaración de principios explicitando algo importante: "Aunque mi libro ha sido concebido especialmente para solaz de niños y niñas, espero que sea leído también por hombres y mujeres, pues ha sido mi propósito al escribirlo recordar agradablemente a los adultos cómo fueron ellos en su niñez: cómo sentían, pensaban y hablaban y en qué extrañas empresas se hallaron muchas veces empeñados".

En verdad, sólo pudo escribir Tom Sawyer luego de haber hurgado en sus recuerdos. Por su parte, Huckleberry Finn hubiese sido muy difícil de escribir de no haber realizado previamente Twain un regreso a lugares del Mississippi, adonde no concurría desde hacía años, con el objeto de componer otro libro anterior, a mitad de camino entre la crónica y la biografía, Vida en el Mississippi (1883).

Aunque ambas novelas parecen una continuación de la otra, y en el final de Tom Sawyer el narrador promete una continuación de las aventuras de sus héroes, lo cierto es que Mark Twain siempre sintió como un problema que Tom no contara su vida en primera persona. Durante años fue y vino con el manuscrito de Huckleberry Finn y, finalmente, el menudo personaje cuenta el mundo desde su mirada, lo que es uno de los grandes hallazgos del libro y lo inscribe en la más pura tradición picaresca que se remonta al Siglo de Oro español.

Es una verdadera novela de formación, donde el niño/púber se va encontrando con todo tipo de personajes. Tom Sawyer era una novela sobre la infancia y los mundos paralelos en que ésta funciona. Por un lado, el cotidiano, con escuela, maestro, palmeta, tía estricta, aburridos oficios religiosos, limpieza de orejas, primeros amores, maldades a gatos, aplicación de códigos de juego a la vida real y enormes riesgos; por otro, un mundo creado con los sueños que incluye, por ejemplo, el hecho de "convertirse en piratas", escondidos los niños en una isla, desapareciendo hasta hacer creer a todos los adultos que han muerto.

En cambio, Huckleberry Finn es un niño que debe vivir precozmente su infancia para poder sobrevivir en un mundo de adultos donde las reglas son constantemente violentadas y la mayoría de los seres que se cruzan con él son obsesivos (como la viuda Douglas), borrachos y violentos (como su propio padre, que hasta quiere expoliar a su hijo), dementes (la familia del coronel Grangerford y sus rivales Shepherdson, que se matan a tiros desde hace generaciones), humanos mugrientos y muy parecidos a cerdos, holgazanes y linchadores (como los habitantes de una pequeña ciudad en un recodo del río adonde va a dar Huck para que dos supuestos actores representen a Shakespeare, estafadores (como el supuesto rey y el supuesto duque, dos de los inmorales más memorables de la historia de la literatura, que quieren timar a las más dulces muchachas del mundo) y, por fin, americanos comunes y corrientes, como la tía Sally, hermana de la tía Polly -la que ha criado a Tom-, gente trabajadora y concienzuda que simplemente considera natural que el esclavo prófugo Jim sea devuelto a su propietario, porque para ellos la esclavitud es lo más normal del mundo y un derecho innato por ser blancos.

Twain antiesclavista. Al estallar la Guerra de Secesión, el joven Sam Clemens había combatido un par de semanas en una suerte de caótico grupo paramilitar en el bando del Sur, pero luego la guerra civil continuó sin él. Con los años, y su boda con Olivia Langdom, fue vinculado a un mundo de éticos y férreos abolicionistas y hasta socialistas (también fue amigo de Harriet Beecher-Stowe, la autora de La cabaña del tío Tom). Evidentemente sus ideas sobre la esclavitud diferían muchas millas del típico hombre del Sur que en otros aspectos era. Pero a diferencia de Harriet Beecher, su mirada sobre la esclavitud no está teñida de romanticismo ni de idealismo. Muestra a la sociedad esclavista con una naturalidad que hoy parece espeluznante, y la relación entre Huck y el esclavo prófugo Jim es muy diferente a la relación bucólica de la niñita de rizos dorados y el viejo bondadoso Tom (el ángel y el mártir).

El negro Jim es un personaje querible dentro de su ignorancia, su torpeza, sus supersticiones; un personaje increíblemente cómico (como cuando lo pintan de árabe azulado y podrido que flota en el río), pero su sensatez y su afecto le dan a Huck aquello que la vida le había negado: el apoyo en el mundo de los adultos básico para crear en el niño la conciencia.

No es casual en que en ambas obras la palabra "conciencia" se repita una y otra vez en relación a sus protagonistas. Cuando Tom Sawyer decide confesar ante el jurado que el asesino del médico es el mestizo Joe y no el inocente a quien se va a ahorcar, y cuando una y otra vez Huck vence la convención legal de delatar al esclavo prófugo Jim -como si esto fuera lo correcto para un buen cristiano-, Twain, el gran optimista, está mostrando que en ese mundo intrincado y brumoso que atraviesa el río no sólo reina la crueldad, sino que los seres humanos pueden amarse y ser generosos unos con otros.

Esa palabra

HACE EXACTAMENTE un año se conoció la noticia de que Alan Gribben, un profesor de literatura especialista en Mark Twain, estaba impulsando una reedición de Tom Sawyer y Huckleberry Finn que sustituyera en ambos libros el término "negro" por "esclavo".

Teniendo en cuenta de que esa palabra -o su versión más despectiva, nigger- se repetía unas 219 veces en el último de los libros, era esperable que la idea de Gribben, apoyada por la editorial NewSouth Books, encontrara acusaciones de censura y adulteración de los originales.

Por otra parte, algunas fuentes opositoras argumentaron que el "racismo" presente en ambas obras es una categoría moral muy posterior a las épocas en que fueron escritas (1876 y 1884 respectivamente), poco después de finalizada la Guerra Civil y recién obtenida la abolición de la esclavitud en los estados sureños.

Entre muchas expresiones contrarias a la iniciativa, que tuvo como resultado la edición de 7.500 ejemplares de los libros, estuvo la del escritor chileno Roberto Ampuero. "¡Eliminan en Estados Unidos la palabra `negro` de la novela Huck Finn, de Mark Twain! Lo políticamente correcto se convierte en censura. ¿Dónde terminará esto?", escribió en su cuenta de Twitter.

Articulo: http://www.elpais.com.uy 05/01/2012

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