ENTREVISTA:
"Simón Bolívar fue especialmente
cruel"
Por Armando NEIRA
El autor colombiano es tímido, silencioso,
pero sus libros gritan. Así ocurre con La carroza de Bolívar, en el
que destroza el mito del Libertador.
Si no fuera porque él mismo cuenta que es
autor de una obra literaria que abarca distintos géneros -novela, cuento,
poesía, ensayo, teatro- para todos los públicos -niños y adultos-, Evelio
Rosero (Bogotá, 1958) pasaría inadvertido tal como a él le encanta. "Mis
libros son los que tienen que mostrarse, yo no". De gustos simples y
lenguaje sencillo, llega a la charla en un moderno edificio en las faldas de
los cerros orientales de Bogotá después de atravesar la ciudad desde el extremo
occidental por entre el caótico tráfico. Al contrario de las clases media y
alta que buscan vivir en este exclusivo sector de la ciudad por la sensación de
estatus, él habita en la periferia en el mismo apartamento sencillo en donde ha
dado vida a la mayoría de sus creaciones, alejado de cualquier bullicio.
"Vivo lejos porque allá estoy tranquilo. No llega ni el ruido".
Con esta breve descripción, no faltará el
lector que se lo imagine como un tipo huraño. Nada más lejano. Graduado de
comunicador social, ganador del Premio Nacional de Literatura (2006), premio
Tusquets de Novela por Los ejércitos (2006), y del Foreign Fiction
Prize en 2008 también por Los ejércitos. Rosero es un conversador cálido y
amable, siempre y cuando no haya cámaras, niflashes. Es un artesano del
oficio literario, que prefiere el anonimato porque lo importante -insiste- es
la vida de sus libros. La carroza de Bolívar (Tusquets) ya empezó a
hacer un fuerte ruido: en la novela se destroza sin contemplaciones el mito de
Bolívar.
Su lanzamiento se produce en el marco del
Hay Festival de Cartagena de Indias, que concluye mañana. Además de presentar
un nuevo libro, la noticia es que él estará allí. ¿Por qué huye de los
encuentros de escritores? "Seguramente porque estoy escribiendo, o porque
estoy convencido de que no hay mucho que decir después de lo que ya está
escrito. Tampoco huyo permanentemente de los encuentros de escritores: allí
suelen aparecer curiosos personajes para un cuento, y hasta para una novela",
ironiza. Tiene un argumento para explicar el porqué en estos tiempos los
escritores deben cumplir con unas asfixiantes agendas sociales. "Hay una
relación con la cada vez menos frecuente demanda de libros", sentencia.
"Los editores buscan estrategias novedosas, y entre ellas está la de
llevar al mismo escritor a la palestra pública, empuñando su libro, como si
clamara que lo lean. Para el escritor es una posición difícil, me parece. Que
aparte de escribir el libro deba cumplir con una agenda publicitaria".
Le sorprende, sin embargo, que hay
escritores que disfrutan mucho estos niveles de exposición. "Los
escritores estrellas de la farándula me causan, como lector, una gran
desconfianza. Por eso es bueno asomarse con atención a las tres primeras
páginas, a ver si las obras de semejantes autores merecen tanto
estruendo". Su caso es distinto. Está claro que pertenece a esa legión de
escritores que no son tan famosos, pero sí muy talentosos. "Lamento que
algunas de mis novelas, sobre todo las primeras, Juliana los
mira, Mateo Solo, Las muertes de fiesta, no sean tan conocidas.
Lo que no lamento es que yo sea desconocido. Compadezco a los verdaderamente
famosos, los actores y cantantes, los futbolistas, los autores best
seller: eso tiene que ser horrible".
No se trata de un asunto de timidez que
resuelve con la escritura. "Me es muy difícil acceder a los demás. Al
comienzo, cuando era un escritor joven, recurría al licor para desenvolverme en
las reuniones. Un gran error, porque de vez en cuando se me iba la mano en el
desenvolvimiento. Ahora, de viejo, no sufro, no me sudan las manos y no
necesito del licor. Estoy sereno, puedo garantizar que no soy tímido, pero me
agobio mucho. No soy introvertido, más bien un tipo al que lo cansan las más de
las cosas, y por eso mismo es aburrido. Lo único que me sacude son los libros,
los buenos libros, los que descubro y, sobre todo, los que releo".
En lo que sí no siente ningún temor es en
la manera en que aborda la realidad colombiana. Aquí también se muestra
modesto. "La realidad de cualquier territorio es buena materia prima para
los escritores, siempre y cuando los merezca hasta el tuétano, los haga sentir
inconformes, los haga gritar en la calle o en la cama, al despertar",
dice. "En el caso de Colombia, es un país que sirve para cualquier
manifestación de arte, porque aquí el espíritu es el único antagonista de la
barbarie".
Con su laureada novela Los
ejércitos, muchos críticos sentenciaron que estaba destinado a suceder a
García Márquez, comparación monumental que él simplifica: "No voy a
sucederlo; me sorprenden los críticos que así lo señalan. No me interesa
suceder a nadie; pero sí me interesa lograr esa obra con que todo escritor
sueña desde que empieza; una especie de sueño del que apenas nos acordamos, al
despertar, y nos esforzamos por revivir. Yo tengo una obra en mente desde hace
mucho, y no he podido encontrar el tono. Ojalá ocurra antes de que me
muera". A propósito de Los ejércitos, ¿es imposible para un
escritor colombiano marginarse en su obra del conflicto armado? "El
conflicto armado es el pan de cada día en el país. La corrupción es otra
manifestación de la violencia. Un escritor colombiano, necesariamente, lo
expresará, aunque sea de manera inconsciente, y aunque se trate de un poema a
las hadas. En algún recodo de cualquier fábula rosa la sangre escurrirá, porque
esa es la triste realidad de cada mañana".
En lo que sí se muestra vehemente es en la
calidad estética de la escritura. "Cada autor despliega su estilo, su
punto de vista, ya estético, formal, ideológico. Pero una novela es una novela,
tiene que ser, sobre todo, arte literario, no panfleto político, no un ensayo o
compendio de denuncias y reflexiones y conclusiones. Mi interés primordial es
el arte, aunque me encuentre escribiendo sobre los dedos mutilados de la mano
que los secuestradores envían a los parientes de sus víctimas. Ese es un reto
difícil que hay que asumir con rigor y resolver con la herramienta y la magia
que solo entrega la literatura".
Rosero irrumpe en 2012, con la
novela La carroza de Bolívar en la que el lector puede concluir que
Rosero quiere acabar el mito de Simón Bolívar. ¿Es así? "No es solo
literatura, es historia", exclama: "No es mi propósito desmitificar a
Bolívar. Solamente decir la verdad, respecto de una mentira que se ha
prolongado e hinchado durante 200 años. Es mi primera, y creo que la última,
novela histórica. Fue como una camisa de fuerza que yo mismo me impuse. Pero
cuando se trató de abordar la historia no me puse a inventar".
Para él, entonces, durante dos siglos nos
han mentido y Bolívar no era nuestro más grande héroe sino un hombre que
actuaba como cualquier vulgar asesino. ¿En qué se basó para hacer semejante
afirmación? "En la obra del historiador nariñense José Rafael
Sañudo: Estudios sobre la vida de Bolívar. Sañudo no era un escritor
antibolivariano, como siempre lo tildaron los otros historiadores medrosos y
zalameros que tuvo y que tiene Bolívar. Sañudo es un historiador veraz. Sobre
todo, eso es. Y su obra es el epicentro sobre el que giran mis personajes de
ficción. De modo que sí hay ficción, sí hay una novela, pero basada en hechos
históricos irrefutables".
¿Su conclusión, entonces, es que todo lo
que nos enseñaron en las escuelas respecto de Bolívar es falso? ¿Hubo otro
Bolívar? ¿Un matón y no el hombre valiente y digno que todos tenemos en el
imaginario colectivo? "También a mí me dijeron lo mismo en el colegio,
desde niño. Bolívar el héroe, valiente y honesto, gran estratega. Otra cosa oí
de mi abuelo, de mi padre, de esporádicas conversaciones de gente de Pasto,
ciudad en la que Bolívar fue especialmente cruel. La primera gran masacre de la
historia de la república ocurrió en Pasto, en la Navidad de 1822, por órdenes
de Bolívar. En todo eso me entretuve escribiendo durante algunos años;
de manera que para mí es fatigoso tener que resumirlo ahora. Más bien invito al
lector, pido su paciencia y su indulgencia para que acceda a La carroza de
Bolívar y corrobore las cosas tal y como las compuso la literatura".
La novela de Rosero no tendrá solo repercusiones
históricas sino, seguramente, también eco en nuestra realidad cotidiana. Basta
echarle un vistazo al vecindario y escuchar a Hugo Chávez cuando da a entender
que él es la reencarnación del Libertador. "Es otra de las tantas
reencarnaciones que ha tenido Bolívar en toda la historia de Latinoamérica.
Bolívar fue el ejemplo a seguir, el primer gran ejemplo, y el más
nefasto".
Está claro que Rosero es tímido,
silencioso, pero sus libros gritan. Quién podría imaginarse que este hombre
sencillo al que le encanta escribir libros para niños ahora salga al balcón con
un libro en el que destroza el legado de Bolívar. ¿Acaso no fue él el que nos
dio la independencia de España y nos entregó la libertad? "¿Bolívar? ¿Y
dónde quedan Miranda -a quien Bolívar traicionó y entregó a los españoles-,
Sucre, Nariño, Santander, Córdoba, y, sobre todo, Manuel Piar -a quien Bolívar
mandó asesinar por fusilamiento, como a Padilla-, y dónde quedan los indios y
campesinos que lucharon a brazo partido por la independencia? Ellos fueron
quienes lograron la independencia. Bolívar solo se dedicó a pulir sus
proclamas, a aprovechar la victoria de otros, a intrigar e instaurar su poder
perentorio, a despecho de las verdaderas necesidades de la república, la
industria y la educación", asevera.
Rosero dice que uno de los hechos más
difíciles de entender del conflicto armado de Colombia es que los paramilitares
de extrema derecha, las FARC de extrema izquierda y el Ejército Nacional se
autodenominan como los auténticos bolivarianos. "Es el ejemplo de la
extraordinaria confusión que causaron a través de tantos años los historiadores
medrosos y zalameros y la historia oficial sobre Bolívar. Su fisonomía política
se ajusta a todos los radicalismos y pareceres".
Es inevitable volver al tema de Gabo. Él
es Caribe, mar, extrovertido. Rosero se crió en el sur del país, viene de una
zona montañosa, de una región fría. ¿Son dos visiones de Colombia antagónicas?
"No. Ambas visiones se desprenden del mismo barco, la literatura",
responde. Pero está claro que van en naves distintas. García Márquez con su
libro El general en su laberinto le hizo un homenaje a Bolívar en el
que a su vez lo menciona como un ser mítico y lo humaniza. Rosero va en
contravía, y nos muestra su lado más sórdido. ¿Hay alguna intención previa para
tomar distancia definitiva del premio Nobel? "No la hay. Discrepo de su
mirada en torno a Bolívar. No estuvo muy bien informado, me parece. Pero Gabo
es el escritor que más admiro. Es el único y último clásico vivo que hay en la
tierra", dice antes de perderse de nuevo entre el sórdido sonido de buses,
taxis y coches que atiborran las calles y avenidas de la capital colombiana.
Cientos de personas anónimas se refugian de una tenue lluvia gris. Allí va
Rosero, silencioso, casi invisible.
***
CRÍTICA:
Farsa y tragedia
Por Rodrigo PINTO
En 1994, la Bienal de Arte de Santiago de
Chile incluyó una muestra de obras de Juan Guillermo Dávila que contenía una
postal de Simón Bolívar con tetas al aire y el dedo medio de la mano izquierda
en alto.
La obra motivó encendidas protestas de las
embajadas de Venezuela, Colombia y Ecuador ante el Gobierno de Chile, puesto
que su trabajo contó con subsidios estatales. La incendiaria postal de Dávila
se inscribía en otro contexto -el diálogo del arte con la historia, para
decirlo en pocas palabras-, pero es probable que el libro de Rosero desencadene
similares reacciones de indignación, aunque, como dice uno de los personajes,
"en un libro sería distinto; nadie los lee". Es que la segunda parte
de La carroza de Bolívar es una impugnación en forma a la imagen
asentada del Libertador de Venezuela, Colombia y Ecuador, que lo deja como un
cobarde oportunista que además cobraba tributo en la virginidad de las más
bellas adolescentes que la violencia de la guerra dejaba al descubierto. Y si
la primera mitad del segundo tercio peca de aridez en el profuso detalle de los
errores, inconsistencias, cobardías y falseamiento de la realidad en documentos
oficiales, cartas y proclamas que Bolívar llevó a cabo, la segunda mitad
levanta vuelo a través de los testimonios de descendientes de aquellas
jovencitas perseguidas por el prócer de la libertad latinoamericana. La ciudad
de Pasto, donde transcurre la novela, fue también el sitio en donde Bolívar
-según la lectura del doctor Proceso y el académico Arcaín Chivo- mostró el
peor rostro posible. Por esa vía, la novela levanta un cuadro sumamente
ilustrativo de un proceso que fue harto más confuso, complejo y enredado que
las versiones oficiales, con el añadido de que Rosero insiste en el peso de esa
herencia de mentiras y falsedades en la identidad cultural e institucional de
Colombia (y de otras naciones latinoamericanas). No será raro, entonces, que
este libro -aunque sea solo un libro- irrite la sensibilidad de quienes
levantan su figura como estandarte de la revolución siempre prometida y nunca
actualizada.
Y aunque la otra lectura de Bolívar sea el
eje que afirma la estructura de la novela, la trama es una mesa de tres patas.
La historia principal transcurre entre fines de 1966 y comienzos de 1967,
cuando el continente hervía de ínfulas revolucionarias y los afanes libertarios
eran un viento poderoso que sacudía todas las estructuras instaladas. Un
médico, el doctor Justo Pastor Proceso López, descubre que una carroza hecha
para el desfile de Reyes es el mejor instrumento para difundir sus ideas
políticamente incorrectas sobre Bolívar, largamente elaboradas en un proyecto
de libro y sustentado, en buena medida, en un historiador de principios del
siglo XX. Aquel relato corre paralelo con la vida familiar y conyugal del
doctor, una historia de desencuentro y frustración que resuena familiar en
tantos contextos diferentes. La tercera parte de la novela introduce un tema
nuevo, aunque ya anunciado: la violencia justiciera de los incipientes
movimientos revolucionarios, a los que la iniciativa iconoclasta del doctor
Proceso hiere tanto como a las burocracias asentadas sobre la verdad oficial,
aunque sea por distintas razones (de un lado, el sueño de las utopías; del
otro, el fundamento de la idea de nación). Unos y otros buscan destruir el
artificio de Justo Pastor en alianza con artesanos de la ciudad de Pasto, la
carroza carnavalesca que revelará la verdad no oficial sobre el Libertador.
Los dos tercios iniciales tienen mucho de
farsa; en el tercero, en cambio, asoma la tragedia, desenlace natural, si se
quiere, de cualquier historia que se constituya desde las premisas de la
violencia, la inestabilidad y el poder. Todos los hilos confluyen hacia el 6 de
enero (y hay que destacar, de paso, la riqueza de las tradiciones festivas en
Colombia tal como las describe Rosero). Hilos que en su denso tramado y el
vuelo de un estilo de singular riqueza sitúan a los personajes en una danza en
donde las masacres feroces de la guerra independentista se dan la mano con la
violencia del fanatismo ideológico, pero sobre el sustrato de una historia, al
fin, de amor y desamor, de encuentro y desencuentro, entre el doctor Proceso y
Primavera, su esposa, que por sí sola habría bastado para sostener el relato y
que, por momentos, asoma como lo más atractivo del conjunto. El cuidado por los
personajes secundarios es otra virtud de una novela que, a pesar del énfasis
por momentos excesivo en detalles de la historia, está lejos de ser una tesis
disfrazada de ficción. Al contrario, la superposición de planos narrativos, la
distancia en el tiempo y el hábil contrapunto entre la desmitificación de
Bolívar, la agitación de los sesenta y la historia personal del doctor Proceso
(una interrogante: ¿qué gana la novela con nombres y apellidos extravagantes
como Primavera, Luz de Luna, Chivo, Sañudo y Proceso?) logran una densidad
narrativa que obliga a mirar desde otro ángulo no solo el cruento proceso
independentista, sino también el áspero presente de muchas democracias
latinoamericanas.
Articulo : http://www.elpais.com
28/01/2012

