samedi 7 janvier 2012

Christopher HITCHENS/ Tan gringo como el pie de manzana

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Tan gringo como el pie de manzana
Por Christopher Hitchens

Aunque la felación tiene una larga e ilustre historia, solo en 1972, con el lanzamiento de la película Garganta Profunda, salió a la luz pública. Desde el salvaje Lejano Oeste hasta la salvaje Casa Blanca, el autor explora el surgimiento del sexo oral como la práctica sexual más norteamericana.

Existe algo más dramático que la última despedida entre Humbert Humbert y Dolores Haze (su adorada “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”)? Cuando se encuentran en la espantosa casucha donde ella se ha instalado para convertirse en la arruinada máquina de hacer niños de un pobre desgraciado, Lolita no solo le dice a Humbert que nunca va a volver a verlo, sino que lo vuelve loco al describirle las “cosas tan extrañas, sucias y extravagantes” a las cuales la expuso Quilty, el odiado rival de Humbert. “¿Qué cosas exactamente?”, pregunta él con voz serena, de una manera en que la palabra “exactamente” nos permite escuchar el doloroso rugido, casi ahogado, de su desgracia y su rabia: “Cosas locas, cosas sucias. Yo me negué, sencillamente no voy a [ella usó con total despreocupación, en realidad, un desagradable término vulgar que en su traducción literal al francés correspondería a souffler] tus asquerosos chicos...”.

Souffler es la traducción francesa del verbo inglés to blow, que a su vez significa “soplar, hacer viento, hinchar, hacer estallar”1. En participio pasado, puede describir un postre ligero pero delicioso que, bueno, se derrite en la lengua. Con frecuencia se ha dicho, de manera ligeramente sugestiva, que “no se puede hacer que un soufflé se infle dos veces”. Vladimir Nabokov hablaba perfectamente el ruso y el francés antes de convertirse en el maestro absoluto de la prosa en inglés, y su magistral novela Lolita, publicada en 1955, fue considerada el libro más osado jamás publicado. (Es posible que todavía lo sea.) ¿Por qué, entonces, no se atrevió a escribir las palabras “mamar” o “mamada”?

No es que Nabokov fuera un mojigato. Miren, por ejemplo, lo que dice cuando la hijastra de Humbert se encuentra todavía en su poder (y él aún más en poder de ella):
Consciente de la magia y el poder de su delicada boca, ella logró –¡durante todo un año escolar!– elevar la gratificación por un delicioso abrazo hasta tres e incluso cuatro dólares. ¡Ay, Lector! Por favor no te rías al imaginarme, en el culmen mismo del placer, emitiendo sonoramente monedas de diez y veinticinco centavos, y grandes billetes plateados, como si fuera una máquina musical y tintineante, y completamente demente, que escupiera dinero…

“La magia y el poder de su delicada boca...”. Los poetas eróticos la han alabado a lo largo de los siglos, aunque a veces el dueño de dicha boca suele ser del género masculino. El menú de servicios que se ofrecían en los burdeles de la antigua Pompeya, preservado a través del tiempo por capas de ceniza volcánica, la representa en los frescos. Como bien lo sabía el pobre Humbert, se consideraba algo por lo cual valía la pena pagar un dinero. Los grabados de los templos de la India y el Kamasutra la destacan con profusión y Sigmund Freud se preguntaba si un pasaje de las anotaciones de Leonardo da Vinci en sus cuadernos no podría revelar un gusto temprano por aquello que “en la sociedad respetable se considera una repugnante perversión”. Es posible que Da Vinci haya decidido escribir en clave y Nabokov haya elegido disolver el problema escribiéndolo en francés, como solía hacer cuando tocaba temas espinosos, pero la verdad es que la reconocida palabra “felación” viene del verbo latino que significa “mamar, chupar”.

Bueno, ¿cuál de los dos es: soplar o mamar? (Un viejo chiste dice: “No, querida. Chúpalo. Lo de ‘soplar’ solo es un eufemismo”. Imaginen el estrés que dio origen a ese comentario). Más aún, ¿por qué el sexo oral tuvo una existencia doble por tanto tiempo, algunas veces subterránea y otra veces ostentosa, antes de saltar a plena vista como la práctica sexual específicamente norteamericana? Mi amigo David Aaronovitch, un columnista que vive en Londres, escribió sobre la vergüenza que sintió al encontrarse en la misma habitación que su hija pequeña cuando se transmitió por televisión la noticia de que el presidente de Estados Unidos había tenido sexo oral en un vestíbulo del Despacho Oval. Se sintió muchísimo mejor, pero todavía algo inhibido, cuando la niñita le preguntó: “Papi, ¿qué es un vestíbulo?”.

Acey me contó que se encontraba en una fiesta cuando le dijo a un hombre, ¿Qué es lo que los hombres realmente desean de las mujeres?, y él dijo, Que se los Mamen, y ella dijo, Eso lo puedes obtener de un hombre. 
[De “Blues del chupapollas”, parte 4 de Submundo, Don DeLillo].

Yo admiro el uso de las mayúsculas ahí, ¿no les parece? Pero creo que Acey (que en la novela también es, de alguna manera, Deecey) proporciona una clave. Durante largo tiempo, el humilde sexo oral fue considerado algo más bien despreciable, especialmente en lo que tiene que ver con quien lo hace, pero también en relación con quien lo recibe. En los dos casos, demasiado pasivo. Demasiado repugnante, sobre todo en épocas anteriores a la higiene dental y otras clases de higiene. Demasiado arriesgado, ¿qué hay de la referencia a la temidavagina dentata (totalmente materializada por la desgarradora escena del mordisco en El mundo según Garp)? Y también demasiado maricón. Los antiguos griegos y romanos sabían cómo era la cosa, sí, pero se dice que solían evitar a los feladores muy entusiastas por temor a recibir aunque fuera su aliento. Y de un hombre en busca de este consuelo se podría sospechar que era… poco viril. El término crucial de “mamada” (blowjob, en inglés) solo entra en el lenguaje corriente de los Estados Unidos hacia los años cuarenta, cuando era (a) parte del submundo homosexual y (b) posiblemente tomado del universo del jazz y su instrumentación oral. Pero nunca ha perdido su supuesto origen victoriano, que fue el término below-job (lo cual traduciría algo así como “tarea o trabajo de o en la parte inferior”, expresión afín, si se quiere, a la frase ahora arcaica de “ir allá abajo”). Esta expresión tomada de los prostíbulos de Londres todavía tiene un ligero tufillo de desprecio. Por otro lado, ciertamente tuvo quien abogara por ella como el prototipo del “polvo ocasional y sin compromisos” (zipless fuck, cuya traducción literal sería algo así como “sexo sin cremalleras”) de Erica Jong: al menos en el sentido de tener una relación sexual rápida, que solo implica desapuntar unos pocos botones. Y luego está la fastidiosa palabra job (tarea, trabajo, quehacer), que parece sugerir la idea de un servicio que se obtiene a cambio de un pago, más que de un exquisito placer para todos los involucrados.

No se vayan, quédense conmigo. He estado haciendo el trabajo difícil por ustedes. La “tarea” (job) de la que hablamos, con sus implicaciones de poder-hacer, también hace que el término blowjob sea especialmente gringo. Tal vez olvidada, mientras que el Londres de Jack el Destripador se perdía en el pasado, la idea de echarse un polvo rápido y por vía oral fue reexportada a Europa y más allá por la llegada masiva de los soldados norteamericanos. Para aquellos chicos campechanos, tal como lo han testificado muchas prostitutas francesas, inglesas, alemanas e italianas, el sexo oral era el ideal del galán. Era una idea sencilla y buena en sí misma y se consideraba –no siempre acertadamente– como un seguro contra la sífilis. Y, esto es especulación mía, ponía en su lugar a la población ocupada y aliada. “Para variar, ¿por qué no haces algo tú, amiga? A mí me costó mucho trabajo llegar hasta aquí”. Durante la Guerra de Vietnam, el corresponsal David Leitch grabó a varios periodistas intercambiando información: “Cuando llegues a Da Nang pregunta por Mickey Mouth (literalmente, Mickey la Boca), ella hace las mejores mamadas en el sureste de Asia”.

En cierto momento, debe haber ocurrido un cambio gracias al cual un acto de naturaleza ligeramente homosexual y olvidado hacía mucho tiempo fuera importado a la gran corriente de las prácticas heterosexuales. Si mis aseveraciones han sido correctas hasta ahora, esto no es muy difícil de explicar (y también coincide con las fechas). El monopolio del sexo oral por parte de los homosexuales era el resultado de la anatomía masculina, obviamente, y también del deseo de muchos homosexuales de tener sexo con hombres heterosexuales. Por lo general se creía que solo los hombres sabían de verdad cómo hacer bien la “tarea”, teniendo en cuenta que ellos eran los permanentes y atormentados rehenes del órgano en cuestión. (El ejemplo clásico aquí es el poema clandestino de W. H. Auden, “The Platonic Blow”, aunque no hay absolutamente nada platónico en él, al tiempo que despliega amorosamente la palabra “tarea”.) Por lo tanto, esto era como una inducción que los hombres homosexuales podían ofrecerles a los heterosexuales, quienes a su vez podían aceptarla sin sentir que habían hecho nada demasiado maricón. Para muchos hombres heterosexuales, la eterna tragedia de la vida les es revelada por primera vez durante la juventud temprana, cuando descubren que ellos mismos no pueden practicarse esa sencilla succión. (En sus stand-ups, el comediante Bill Hicks solía hablar con frecuencia y de manera conmovedora sobre este dilema.) Maldiciendo a Dios, el chico cae entonces en el frenético abuso de cualquier superficie viscosa que tenga a su alcance. Un día sueña que alguien más está a su disposición para ayudarle a encargarse del asunto. Cuando es reclutado por el ejército y enviado a otras tierras, según innumerables testigos que van desde Gore Vidal hasta Kingsley Amis, es posible que descubra incluso que el sexo oral está a su alcance en la hamaca de al lado. Y luego la noticia se riega como pólvora. Quizá llegue el día, reflexiona luego el chico, lenta pero inexorablemente, en que incluso las mujeres puedan ser inducidas a hacerlo.

A lo largo de los años cincuenta, entonces, la floreciente práctica del sexo oral permaneció oculta, como una chispa del fuego prometeico contenida en una rama secreta. (En Francia y Grecia, hasta donde sé, la expresión vulgar solía asociarse con “fumar pipa” o “el acto del cigarro”. No me molesta la referencia a la incandescencia, pero por Dios santo, cariño, no lo fumes. En ese caso preferiría que solo lo soplaras.) Si tienen a mano Sexus, de Henry Miller, o Historia de O, de Pauline Réage (los dos publicados por Maurice Girodias, el mismo temerario parisino que publicó Lolita), pueden leer acerca de relaciones orales y de otra clase, pero eso era Francia, claro.

Las historietas de Robert Crumb solían presentar felaciones en muchos marcos gráficos, pero, claro, eso era la contracultura. No, el gran avance se produce en el magnífico año de mil novecientos soixante-neuf, cuando Mario Puzo publica El Padrino y Philip Roth saca El lamento de Portnoy. El libro de Puzo fue un éxito no solo por la cabeza de caballo y la técnica siciliana para envolver el pescado y la oferta que no se puede rechazar. Logró una asombrosa fama debido a la famosa escena acerca de una cirugía plástica para ensanchar la vagina, que se volvió ampliamente conocida como “el corte Padrino” (lamento desviarme del tema), y debido a pasajes como el siguiente, el cual se refiere a Johnny Fontane, el cantante de baladas patrocinado por la mafia:
Y los otros tipos siempre estaban hablando de cómo se las mamaban, de esta y otra forma, y él realmente no disfrutaba tanto de esa práctica. Nunca le gustó mucho una chica después de estar con ella de esa manera, sencillamente no lo satisfacía tanto. Al final él y su segunda esposa no llegaron a entenderse porque a ella le gustaba tanto la vieja posición del sesenta y nueve que no quería nada más y él tenía que forzarla para poder metérselo. Ella comenzó a burlarse de él y a tildarlo de aburrido y pacato y luego se regó el cuento de que él hacía el amor como un chiquillo.

¡Terremoto! ¡Sensación! Los teléfonos no dejaban de sonar por todo el mundo angloparlante. No importa si a Johnny Fontane no le gusta, ¿qué es eso? ¿Y por qué diablos se le llama blow job? (Por alguna razón, las palabras se usaban separadas en aquellos días, pero a mí me gusta la manera en que se han arrimado desde entonces). Fíjense sobre todo en que es el sexo regular el que se ha convertido en algo obvio e infantil, mientras que el sexo oral se vuelve de pronto algo destinado a los hombres de verdad. Y aquí está Puzo nuevamente, describiendo la escena en que la dama que necesitaba una renovación de su diseño interior, para volverlo más juvenil y elástico, se muestra un poco reacia ante la idea de dormir con su persuasivo doctor y tampoco parece muy inclinada a recompensarlo de ninguna otra manera:
“Ah, eso”, dijo ella.
“Ah, eso”, la imitó él. “Las niñas buenas no hacen eso, los hombres de verdad no hacen eso. Ni siquiera en el año 1948. Bueno, preciosa, puedo llevarte a la casa de una cierta anciana que vive aquí en Las Vegas y que fue la administradora más joven del prostíbulo más popular en la época del salvaje oeste. ¿Sabes qué me contó? Que esos pistoleros, esos vaqueros machotes, viriles y letales, siempre les pedían a las chicas un ‘Francés’, lo que los médicos llamamos felación, lo que tú llamas ‘ah, eso’ ”.

Fíjense en la fecha. Fíjense igualmente en el caso de los vaqueros, privados también de la compañía femenina durante largas temporadas. Ahora que ya hemos oído hablar de Blowjob Mountain2, o como sea que se llame, creo que puedo adjudicarle un punto a mi teoría original.

Philip Roth tomó el balón y salió corriendo con él, aunque apaciguó su culpa y su angustia con diferentes condimentos. Eternamente asociado con el tema de la masturbación, su Alexander Portnoy lucha como un puma herido a lo largo de su niñez para encontrar una chica, aunque sea horrenda, que ponga alrededor de su pajarito el instrumento que usa para reír. Cuando por fin persuade a la mujer a la que llama “la Mona” (“una chica con pasión por la Banana”) de hacerlo bien, todo su sistema estalla en una sinfonía de elogios. “¡Qué conocimiento y habilidad con la polla!”, se grita a sí mismo (confirmando de esa manera la naturaleza y esencia de la palabra job). Por otro lado, su novia blanca, de origen anglosajón, protestante y rubia, no está dispuesta a hacerlo de ningún modo, en parte por asco pero también por un vívido temor a asfixiarse. Portnoy divaga con resentimiento sobre la injusticia social que eso representa: ella mata patos en paisajes rústicos, pero se niega a mamársela. “Dispararle a un pequeño cuac-cuac está bien, pero chuparme la polla está más allá de sus posibilidades”. También visualiza el espantoso titular que produciría si decide ejercer demasiada presión sobre ella: “Judío estrangula jovencita respetable con verga... Sostiene abogado del judío”.

Y así los sesenta –¡los sesenta!– terminaron con la expresión blowjobtodavía separada por un guion en algunas ocasiones y con todo el tema todavía retorcido y comentado apenas en roncos murmullos. El reparto de Hair cantó a la “felación” dentro de la lista de cosas similares a la “sodomía” que “suenan tan desagradables”, y el sexo oral siguió siendo definido legalmente como sodomía por muchos de los estados de la Unión hasta que la Corte Suprema derogó esas leyes hace solo trece años, con la oposición del juez Clarence Thomas. La expresión coloquial en aquellos días intermedios era, en mi opinión, la más cruda de todas: giving head (literalmente, “dar cabeza”). Se puede oír en el monótono himno de Leonard Cohen a Janis Joplin en “Chelsea Hotel N° 2” y también en las letras de Lou Reed y David Bowie. Era un término de compinchería “para los entendidos”, pero de alguna manera logró fusionar a los despistados con los desgraciados. Obviamente, ese estado de cosas no podía durar mucho tiempo y la tapa voló por los aires en 1972, cuando unos cuantos aficionados reunieron 25.000 dólares para hacer una película que con el tiempo produjo utilidades de 600 millones. ¿No es este un país genial? La cinta, con la participación de Harry Reems y Linda Lovelace, fue una de las gemas de la pantalla más escabrosas y poco satisfactorias que se han hecho jamás, pero cambió el mundo y la cultura para bien o, en todo caso, para siempre. También es interesante notar que Garganta profunda fue financiada y distribuida por miembros de la familia Colombo, una de las familias de la mafia de Nueva York, quienes se guardaron la mayoría del dinero. Así que, después de todo, Mario Puzo sí había tenido una visión futurista y, de no ser por su agudeza, los Soprano tal vez aún se estarían chupando nada más que sus pulgares.

El reciente y muy entretenido documental Inside Deep Throat(“Dentro de Garganta profunda”) muestra, al recrear los paradójicos tiempos de Nixon que rebautizaron a “Garganta profunda” para que se refiriera a la fuente más que al donante, cómo Estados Unidos tomó el cetro olímpico del sexo oral y se aferró a él. En la cinta aparece la conservada figura de Helen Gurley Brown, la mentora del periodismo estilo Cosmo para mujeres jóvenes y autora de Sex and the Single Girl, demostrando su técnica de aplicación mientras nos cuenta cómo pasó de no saber nada acerca del sexo oral a darse cuenta de que el semen podía ser una magnífica crema facial. (“Está llena de bebés”, chilla, sin entender muy bien el concepto ni siquiera al final.) Por último, Dick Cavett declara que hemos pasado de mirar un toldo en el que se lee garganta profunda y desear que no signifique lo que pensábamos que significaba, a “chicos que ni siquiera lo consideran sexo”. Esto solo nos dejaría un problema. ¿Por qué todavía decimos que algo aburrido o detestable es “una mamera”? ¿Acaso eso no debería ser un elogio?

Pero se me ocurre otra razón para explicar por qué esta antigua forma de hacer el amor perdió su asociación con las conductas dudosas y bajas y se convirtió en un ritual y un ideal norteamericanos. Estados Unidos es, por excelencia, el país de las dentaduras perfectas. Siendo alguien que tuvo que debatirse dentro del tétrico sistema de salud británico, con sus colmillos grises y amarillos, sus “frenillos” de alambres de acero, sus calzas oscuras y quebradizas y sus encías ajadas y sangrantes, todavía recuerdo que apenas me atrevía a sonreír la primera vez que puse un pie en el Nuevo Mundo. Cada vez que cualquier dulce chiquilla norteamericana me sonreía, me sentía al mismo tiempo fascinado y asaltado por la tibia y húmeda caverna de su boca, rodeada de dientes blancos y perfectos y encías rosadas e inmaculadas, y organizada alrededor de una lengua tiernamente recogida y sin embargo inocente. ¡Por Dios santo! ¿En qué otra cosa se podía pensar? En aras de mantener aquí la respetabilidad, diré solamente que no siempre resulta tan tentador cuando las jovencitas de Albania (por decir algo) te lanzan una sonrisa coqueta que te hace pensar en la cinta Amarga pesadilla (Deliverance).

Es probable que la ilusión de tener el clítoris en la garganta nunca muera (y a los hombres homosexuales les gusta conservar sus amígdalas por una razón que no me atrevería a mencionar), pero mientras el punto G y otras fantasías se han disipado, el icónico Gran Sexo Oral de los Estados Unidos todavía está sentado en un trono y también está arrodillado a los pies de ese trono. Se ha convertido, en palabras de un libro que habla de su técnica, en “el beso supremo” (The Ultimate Kiss). Y ese beso en la primera cita ya no se considera tan “rápido”. Estados Unidos no fue la tierra de origen de esa espléndida caricia, pero está (si se me permite combinar mis himnos) blanco de espuma de una costa a otra3. En otras culturas, una chica solo hará “eso” cuando llegue a conocerte bien y tú le agrades. En ésta, sin embargo, ella lo ofrecerá como un baiser, mientras toma una decisión. Mientras esto persiste, y la población de hombres homosexuales de los Estados Unidos siguen mamándosela unos a otros como si de eso dependiera el oxígeno, ¿quién se atreve a decir que el verdadero liderazgo global no está todavía a nuestro alcance? 


1. En inglés, el sexo oral recibe el nombre de blowjob, formado  por el verbo to blow y el sustantivo job, que traduce "tarea, trabajo, quehacer". To blow, como dice el texto, significa "soplar, hacer viento", al igual que el verbo francés "souffler", pero también puede ser un eufemismo para "chupar" o "mamar", según algunas fuentes. (N. de la Trad.)
2. Referencia sarcástica a Brokeback Mountain (El secreto de la montaña), la exitosa película dirigida por Ang Lee, basada en un relato de Annie Proulx, acerca de la relación de dos homosexuales en Wyoming en 1963 (N. de la Trad.).
3. En el original, "white with foam from sea to shining sea", combinación de los versos de dos famosas canciones patrióticas norteamericanas: "From the mountains to de prairies / To the oceans white with foam / God bless America, my home sweet home", de la canción "God bless America", y "God shed his grace on thee / And crown thy good with brotherhood / From sea to shining sea!", de la canción "America the Beatiful" (N. de la Trad.).

Articulo : http://www.elmalpensante.com Noviembre 2011

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