Harold BLOOM
«Siempre he sido un outsider, llevo 35
años con anti-colegas»
Por Cristina CARRILLO DE ALBORNOZ
Harold Bloom (Nueva York, 1930), el
sublime pope de la literatura y majestad de la critica literaria, es
incansable: prepara una obra de teatro sobre Whitman y el Cervantes de Nueva
York va a dedicarle una exposición en abril de este año. Es, en persona, tan
apasionado, encantador, brillante e ingenioso como los personajes de las obras
de su adorado Shakespeare.
Y como el teatro del Globo de Shakespeare,
que atraía a todas las clases sociales, ha convertido a los grandes maestros de
la literatura de todos los tiempos en accesibles, llevando a los lectores por
caminos jamás soñados. No es extraño que mientras conversamos en su casa de New
Haven, al lado de la Universidad de Yale, (donde desde hace 55 años es
profesor), cierre los ojos y recite poemas, como poseído por ellos. El Cultural
habla con él ahora que coinciden en España Anatomía de la influencia (Taurus), La
escuela de Wallace Stevens (Pre-Textos) y Novela y novelistas (Páginas
de Espuma).
Hace mucho tiempo que Bloom ha interiorizado esos poemas que le han acompañado desde la infancia y que ahora recita, como invitándonos a un mundo mucho más bello del que sus ojos ven. Y entonces uno se da cuenta que las palabras son más que suficientes. En su compañía amable y espontánea -llama a sus cercanos siempre dear, my son, my child-, lo banal no tiene espacio; incluso uno se olvida del bastón que necesita para dar un paseo cada 15 minutos y mejorar la circulación de sus 81 "ya inocentes años". No es ahora Bloom ese hombre enorme que todos conocemos: el escritor ha adelgazado más de 40 kilos.
Bloom nos hace trascender. Su talento
es innegable pero debe mucho a su excepcional memoria. Una memoria
portentosa, similar a la de un prodigio matemático o musical, capaz de captar
las escondidas estructuras, en su caso de los textos.
El porqué de su obsesión
Desde que a los siete años descubriera la
poesía de Hart Crane como “una experiencia abrumadora”, su forma de vida ha
sido la literatura. Y ese es el subtítulo de su penúltimo libro, Anatomía
de la influencia donde vuelve al tema literario obsesivo de su carrera de
crítico: la influencia. Lleva más de 50 años analizando la influencia, trazando
secretas genealogías literarias, descubriendo los verdaderos ancestros de los
mejores poetas, “algo difícil -señala- porque los grandes siempre enmascaran
sus influencias”. En este libro ha querido “contar todo lo que he
aprendido sobre cómo la influencia determina la literatura”. De hecho, lo
describe como retrato autocrítico en el que “trazo mi propio mapa mental de
escritores y críticos que me han inspirado”. Comienza volviendo a su idolatrado
Shakespeare, “el universal e insoslayable padre fundador de todos”, para pasar
a Blake, Whitman y demostrar cómo el Satanás deEl Paraíso Perdido de
Milton es el retoño de Hamlet. Mientras tanto, escribe una obra de teatro
sobre Whitman y el Cervantes en Nueva York prepara una gran exposición sobre su
obra el próximo mes de abril.
-Han sido siete años, desde 2004, los que
ha tardado en escribir Anatomía de la influencia.
- He tardado tanto por mis enfermedades sucesivas. Había escrito un borrador tres veces más largo y finalmente la magnífica editora Allison McKeen me ayudó a cortarlo.
- He tardado tanto por mis enfermedades sucesivas. Había escrito un borrador tres veces más largo y finalmente la magnífica editora Allison McKeen me ayudó a cortarlo.
- Dice que en sus largas noches de
recuperación de esas enfermedades se despierta y se pregunta el porqué de su
obsesión con el tema de la influencia. ¿Cómo nació esa obsesión?
- De niño estaba abrumado por la
inmediatez de los poetas a los que amaba. Mi subjetividad se formó leyendo
poesía desde los diez años. Con esa edad, parecía que los poemas se memorizan
solos en mí. Muchos fueron hospedándose en mi mente y el placer de poseerlos en
la memoria me ha mantenido muchas décadas.Y al interiorizarlos, y llevarlos
conmigo tantos años, reverberaban en mi cerebro, enfrentándose unos con otros,
y creando relaciones complejas entre ellos en forma de modelos enigmáticos.
Recuerdo la conexión que hacía entre Blake y Crane, de Milton en Shelley, de
Whitman en T.S. Eliot o en Wallace Stevens.Gradualmente los ecos, alusiones y
búsquedas de fuentes fueron transcendiendo hasta convertirse en un tema
crucial. Y mientras escribía mi disertación sobre Shelley para mi
doctorado, comprendí de que el gran problema por resolver era el de las
influencias.
- Ese mapa de genealogías...
- Sí. Wallace Stevens estaba obsesionado
por la genealogía de su familia en Pensilvania. En una de sus cartas a un
experto en genealogía le escribe una línea que Nietzschte habría admirado:
“Genealogía es el arte de corregir los errores de los otros expertos en
genealogía ...”. Una de mis amigas era su hija Holly, mi nexo con su padre, al
que sólo vi una vez.
- En su libro Genios incluye a
muchos escritores en español además de Cervantes, como Paz, Borges, Cernuda o
Lorca.
-Con Borges, cuando nos veíamos en Nueva
York, discutía mucho sobre la influencia literaria, aunque él siempre la
idealizaba pues excluía cualquier rivalidad. Mi favorito es Cernuda. No sé
por qué hay críticos españoles que no le aprecian. Para mí es uno de los
dos mejores en lengua española del XX; es el poeta de poetas, increíblemente
refinado. Lorca es un gran poeta pero más popular. Yo prefiero leer a
Cernuda.
El gran poeta español es Góngora
-¿Cuáles son los puntos esenciales en el
mapa de los genios españoles?
- Todos tiene una relación muy compleja
con la grandeza de la literatura del Renacimiento y barroco español. El
gran poeta español es Góngora. Con él, los otros grandes exponentes del
barroco, Lope de Vega, Calderón, Quevedo, crean un grupo de literatura tan poderosa
y rica que combinado con el mayor genio de todos, Cervantes, producen un efecto
abrumador en todos estos escritores de lengua española del XX.
-¿Cómo ha cambiado su forma de pensar
durante la escritura del libro?
-Es simplemente un cambio de perspectiva.
Shakespeare, y luego Shelley, usan la palabra influencia para referirse a lo
que llamamos inspiración y me parece que es la forma básica de
entenderlo. Originalmente escribí The Anxiety of Influence en el
verano de 1967, aunque no lo publiqué hasta enero de 1973. Me llevó mucho
tiempo hasta que maduré dónde quería ir. Luego escribí una secuencia de libros,
el más importante El Mapa de Misreading sobre las afinidades y nexos
entre escritores, que también desarrollé en libros como La escuela de Wallace
Stevens(Pre-Textos). Pero tenía que volver a combatir la visión que se defiende
en Occidente respecto a que la influencia es un proceso benigno, distante, que
evolucionó como un beneficioso impulso hacia un escritor posterior de uno
anterior. Yo creo en la forma antigua de influencia, muy importante en los
griegos, que es la de agon, es decir, la lucha por el lugar más
prominente. Es una competición que los griegos extendían a la política, al
derecho, al deporte, al arte y a todo tipo de organización social. Con mi
combate, seguramente una visión idealista, quise forzar a los lectores y poetas
a reconsiderar la influencia. En realidad lo que yo llamo influencia es
amor literario. Amor entre escritores pasados y futuros. La presencia del amor
es vital para entender lo maravillosamente que funciona la literatura. Creo que
mi primer libro se debía haber llamado Las ambivalencias de la influencia;
la palabra ansiedad fue desorientadora.
-Dice usted que no diferencia entre amor
humano y literatura: “la vida imita al arte”.
- Es dictum con el que Wilde brillantemente vulgariza a mi gran héroe Walter Pater. Y es la visión de Henry James. Y la mía. Cualquier diferenciación entre literatura y vida es equívoca.
- Es dictum con el que Wilde brillantemente vulgariza a mi gran héroe Walter Pater. Y es la visión de Henry James. Y la mía. Cualquier diferenciación entre literatura y vida es equívoca.
Los equívocos de la realidad
-La literatura es su forma de vida. Vivir
transcendiendo, en ese mundo de genios, ¿le ayuda a afrontar la realidad?
-Como bien sabe, la realidad es un término
muy equívoco. ¡La palabra realidad quiere decir tantas cosas para cada ser
humano! Y en el siglo XXI, la realidad es virtual. Para mí la literatura no es
sólo lo mejor de la vida sino una forma de vida que no tiene otra forma. Cuanto
mayor me hago, más intensifico mi búsqueda de la vitalidad en la
literatura. Siempre fue una gran liberación sentir la libertad a través de
mi amor hacia los grandes poetas. Recuerdo como si fuera ayer la
extraordinaria fuerza y el deleite que me causaba leer a Crane o Blake de
preadolescente (diez u once años), y ello a pesar de que no tenía noción de lo
que contaban. ¿Por qué esa extraordinaria experiencia de enamorarte
violentamente de la gran poesía y de su poder antes de entenderla? Porque a
veces, la poesía esta encarnada en uno, y otras, como en mi caso, hay una voz
que te dice que es la de un crítico.
- ¿Sigue ejerciendo la crítica literaria
“en primer lugar de forma personal y apasionada?”
- Sí, no es filosofía ni política ni una religión. Es una forma de sabiduría literaria y una meditación sobre la vida.
- Sí, no es filosofía ni política ni una religión. Es una forma de sabiduría literaria y una meditación sobre la vida.
- Cuénteme esa bonita historia de un tío
suyo, el que le habló por primera vez de Yale...
-Sam Kaplan, un hombre maravilloso que
tenía una tienda de golosinas en Coney Island. Era mi tío favorito, siempre me
encontraba leyendo poesía. Un día me preguntó: “¿Qué vas a hacer con toda
esa poesía cuando crezcas?”. “No tengo ni idea” le contesté. Y me explicó:
“bueno, hay unos sitios llamados Harvard y Yale, en los que puedes ser profesor
de poesía aunque no sé cómo”. Y le contesté : “seguro que lo seré”. Y
pensé mucho en su explicación en 1987-88, cuando era simultáneamente profesor
de poesía en Harvard y sterling profesor de humanidades aquí en
Yale.
- Creo que aprendió a leer en hebreo antes
que en inglés...
-Me enseñé yo mismo a leer. Aprendí a
hablar en yídish y yo solo aprendí a leer, primero en yídish, luego hebreo
y luego inglés. Me he autoenseñado leyendo lenguas. Puedo leer español como leo
el inglés pero mi pronunciación es desastrosa porque aprendí todas las lenguas
a través del ojo y no del oído.
-¿Lee el Quijote en español?
- Sí, a pesar de que escribí la
introducción de una traducción al inglés escrita por Edith Grossman.
Shakespeare leyó la primera traducción por Thomas Shelton y le afectó mucho. De
hecho, escribió una obra de teatro sobre ello llamada Cardeniobasada en
algunos episodios del Quijote; lamentablemente no ha llegado a nosotros.
-Todo el mundo tiene un Quijote y un
Sancho dentro…
-... Lo mejor escrito sobre el
Quijote, obviamente tras Cervantes, es una gran parábola de Franz Kafka que se
llama The truth about Sancho Panza, en el que dice que Don Quijote no
existe sino que es una fantasía o ficción creada deliberadamente por Sancho
Panza para entretenerle todos los días de su vida
Falstaff y Sancho Panza
- ¿Está usted más cerca de Don Quijote o
de Sancho?
-Si yo fuera un personaje no sería Don
Quijote, ni Hamlet, sino Falstaff y Sancho porque son como las grandes figuras
del Pantagruel en Rabelais. Los tres son espíritus juveniles y
energéticos, bendecidos. En el sentido arcaico de la bendición, del
judío brakhot; la frase para brindar en hebreo es L'Chaim(literalmente)
por la vida. Su bendición es sinónimo de “más vida”.
- ¿Cómo va la obra de teatro que escribe
sobre Whitman?
- He tomado el siguiente semestre de
clases de descanso porque estoy escribiendo una obra de teatro llamada, To
you, whoever you are y subtitulada A pageant celebrating Walt
Whitman. Se representará en Broadway y mi amigo Murray Abraham (Salieri en la
película Amadeus) será Walt. Todo empezó en febrero de 2011. Estaba
enfermo en la cama, por la noche, y no podía dormir; oí una voz que decía
“quien seas (whoever you are. I fear you are walking in the walks of
dreams..../whoever you are I place my hand upon you that you maybe my poem)…Me
temo que estás andando por los caminos de los sueños/ quien seas pongo la mano
ya que quizás seas mi poema- Y cuando me desperté unas horas más tarde,
¡cielos!, me di cuenta de que era Whitman. Y así comencé.
- También comenzó leyendo a los románticos
y escribió sobre Shelley. Su defensa de la corriente romántica fue su batalla
en Yale. ¿Por qué se lanzó a tal disputa? ¿fue una forma de encontrar “su
lugar” allí?
- Sin duda. Además era en la edad de la
corriente crítica de Eliot; había desterrado a Whitman y toda la tradición
romántica -Keats, Byron, Shelley, Coleridge, incluso Blake-. Libré una batalla
terrible en Yale contra un estudio de los ricos, esencialmente en la tradición
anglo católica, muy corta de miras, estrecha mentalmente, unida a prejuicios
sociales de toda clase. Siempre he sido un gran outsider en
Yale, desde que llegué hace 60 años como estudiante graduado. Ahora estoy
en el año 56 consecutivo de enseñanza pero nunca me he sentido en casa.
Volviendo a 1976, hace 35 años, fui al equipo rector de Yale y les dije que no
volvería al departamento de inglés y así no tendría colegas. No sé cómo pero aceptaron
y creé mi departamento de uno solo. Llevo 35 años con “anti colegas”. Hace 15
años dejé de dar clases a graduados y me limité a los más brillantes
estudiantes.
- ¿Cuántos alumnos tiene?
- Desde hace dos años sólo tengo dos
grupos de doce alumnos. Uno deShakespeare siempre (ahora
analizamos El cuento de invierno) , y otro de poesía; ahora estamos con
Emily Dickinson y vamos a comenzar con Wallace Stevens.
Shakespeare siempre, efectivamente. Bloom
empezó a leerlo a los 8 años y lleva más de 50 dando clases sobre Shakespeare.
Dice que vuelve una y otra vez a él no sólo para analizarlo sino porque “es
insoslayable para todos los que estamos detrás. Es un escritor global,
aclamado, leído y representado en todo el mundo; todo lo que creó esta vivo y
es universalmente relevante. Sin Shakespeare no nos veríamos tal como
somos. Desde los 80 doy siempre una clase sobre Shakespeare.
-Califica usted el estado de la cultura de
"willy.nilly" (de cualquier manera) , no sólo la lectura es un arte
moribundo sino que el lenguaje se ha empobrecido terriblemente.
- El estado de la cultura en el
Occidente, particularmente en Estados Unidos, es crítico. Uno de nuestros
dos partidos nacionales, el llamado partido republicano, y nadie dice la
verdad, se ha vuelto el partido americano fascista. Y un país en el que uno de
los dos partidos principales es fascista, está en condiciones muy
peligrosas.
Se escucha música en su estudio y Bloom
dice: “Mis dos piezas de música favoritas son Musical offering, de Bach, y
el G minor Quinteto, de Mozart. Ayer estaba cansado y triste y las
escuché. Me curan”. También hay multitud de fotografías: “Fui un gran viajero
pero ya no puedo y mi gran lamento es no haber visitado Andalucía. Siempre
quise ver Granada y Córdoba”.
***
La escuela de Wallace Stevens
Harold Bloom
Edición: Jeannette L. Clariond. Vaso Roto.
815 pp. 38 euros
Por Antonio COLINAS
Creo que el canon literario posee su
utilidad cuando el tiempo ha decantado los valores de autores y tendencias.
Sin embargo, seguimos fijando tempranamente
aquellos escritores u obras que preferimos como lectores, algo que comparten la
crítica y los autores. Hay que recordarlo ante esta fundamentada obra que fija
más un canon que una generación, pues desde el propio Stevens (1879-1955) hasta
Wadsworth (1950) o Lee (1957), hay 80 años de evolución en la poesía
norteamericana; impuesta por el natural proceso creativo, pero también por la
respuesta a la poesía anterior de los EE.UU, desbordada y contundente
(Whitman), fiel a la mirada interior (Dickinson), arraigada y autodidacta
(Frost), desconfiando de las ideas y dialogando con las otras artes (Williams)
o revulsiva y provocadora (Pound). Tras estos grandes ejemplos -como “fin del
camino” o “ruptura del canon”, escribe Jeannette L. Clariond-, es donde hay que
situar la prueba y el valor que supone este espléndido volumen,
subtitulado Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea, en el que
Bloom ha fijado escuela y canon.
A él se deben los sabios textos previos de
quince de los poetas, a los que la editora del libro ha añadido los de William
Wadsworth y Li-Young Lee. Ésta nos recuerda que no nos hallamos ante una
antología sino ante una verdadera escuela, que se basa en valores que completan
los del pasado, pero a la vez aportándonos lo nuevo. De aquí la
significativa inmersión que Clariond hace en la literatura española de las tres
culturas para fijar tres de las claves centrales de la escuela norteamericana:
misticismo, naturaleza, pensamiento.
Un libro para descubrir y gozar,
iluminador en lo que tiene no sólo de reacción contra los “grandes” de la
poesía norteamericana del XIX y XX, sino de búsqueda de nuevos caminos. En
fin, en los presupuestos teóricos de este volumen se nos recuerdan dos
principios de Bloom: que la más alta libertad en la creación literaria
corresponde a la poesía, y que ser humano y poeta deben retornar hacia aquella
mirada interior que este libro busca, alcanza y anuncia, y que Emily Dickinson
nos dejó expresada de manera radical en su apartamiento.
***
Novela y novelistas: el canon de la novela
Harold Bloom
Traducción de Eduardo Berti. Páginas de
Espuma. 879 pp. 29 e.
Por José Antonio GURPEGUI
El canon occidental de Bloom fue, sin la
menor duda, el volumen de crítica literaria más polémico jamás publicado.
Corría el año 1994 y por circunstancias personales frecuentaba, los fines de
semana, el domicilio de Bloom en New Haven.
Desde entonces sus obras han estado
sujetas al escrutinio público, y en muchas ocasiones hemos mostrado más interés
en la anécdota de los “excluidos” -como fue el caso de El canon
occidental- que en el contenido de sus libros. Y sería una desgracia que
también fuera ese el destino de Novelas y novelistas: el canon de la
novela en el que se recogen sus autores favoritos. Bloom escribe sólo sobre
lo que ha leído así que el número de autores anglosajones supera con creces al
conjunto del resto de nacionalidades representadas. En castellano solo aparecen
Cervantes -el primer autor mencionado- y García Márquez. Sí parece que ha
reconsiderado ciertas apreciaciones, pues ahora incluye mayor número de autores
pertenecientes a grupos étnicos y mujeres.
Pero, como se acaba de mencionar, si nos
detenemos en este tipo de disquisiciones perderemos la esencia de lo que su
autor tiene que aportarnos. La obra sigue una disposición similar a la que ya
conocimos en su recomendable Cómo leer y por qué, si bien ahora trata sólo
de los novelistas, y también pudiera ser entendida como una suerte de implícita
y postrera explicación de los motivos que condicionaron la selección en su
polémico Canon. Se trata de sus apreciaciones personales sobre la novela en
cuestión que esté tratando. Se estará o no de acuerdo con él, pero lo cierto es
que su capacidad analítica y el universo de significantes derivados de
interrelacionar unas obras con otras es portentosa, sublime, genial. También
sorprende la elección de las obras, pues a menudo opta por las consideradas
como “secundarias” en perjuicio de las “canónicas”. Sirva como muestra el
capítulo dedicado a Steinbeck, en el que además de incluir Las uvas de la
ira opta por De ratones y hombres en detrimento de Al este
del Edén. Y son en sus análisis de estas obras de, digamos, menor
trascendencia, cuando encontramos al mejor Bloom, capaz de sorprendernos
con propuestas interpretativas que nunca hubiéramos imaginado pero que al
leerlas resultan tan obvias como determinantes.
***
Anatomía de la influencia
Harold Bloom
Traducción de Damià Alou. Taurus. 444 pp.
24 euros
Por Darío VILLANUEVA
Este libro es recomendable para los lectores
que estén dispuestos a encerrarse en un gabinete cálido, umbroso y agobiado de
libros para escuchar, sin osar decir ni mu, el prolijo sermón, a veces
brillante, de un venerable erudito, eminente universitario, reconocido
polemista e incansable lector.
No para quienes precisen un libro de
historia, crítica o teoría literarias al uso. Asimismo, aunque de vez en cuando
cite algún autor no anglosajón, el territorio por el que se mueve como Perico
por su casa es el de la literatura en inglés. Tampoco se hallará en estas
páginas una biografía como Errata (1997) de Steiner. Bloom, en
la intimidad de su sabia leonera, nos hace, sin embargo, confidencias: sus
achaques, recuerdos de la juventud en función de sus lecturas de entonces y de
su amistad con críticos y poetas. Nunca vivencias. El título bien lo
apunta: la literatura (inglesa) como modo de vida. Y hay otro
guiño. Bloom rescata los ecos de The anxiety of influence (1973), y
los funde con Anatomy of Criticism (1957) de N. Frye, con el que
mantiene una relación ambivalente de amor y -si no odio-, reticencia. Le
acompaña toda la razón en que no puede haber escritura vigorosa y creativa sin
el proceso de influencia literaria, porque los grandes escritores no eligen a
sus precursores, sino que son elegidos por ellos. Y siempre planea la noción,
obsesiva, que hizo a Bloom, Bloom: el canon literario. Lo fundamenta aquí
todavía más en la enunciación del valor de una obra por parte de una especie de
gurú rabínico, si tal figura nos fuese admisible.
Efectivamente, algo hay de concepción
religiosa en su acercamiento a la Literatura. Su fijación “shakespearólatra”
(p. 23), que pervive sin el más mínimo atemperamiento en este “mi canto del
cisne, mi deseo de decir en un solo libro casi todo lo que he aprendido” (p. 24),
le hace considerar al poeta de Stratford el único escritor convertido en un
“dios mortal”, el primer “autor universal” capaz de sustituir a la Biblia “en
la conciencia secularizada”. Lo más interesante deAnatomía de la
influencia resulta, así, el encumbramiento de Whitman como el “único
poeta norteamericano que ha ejercido una influencia mundial”, “la respuesta de
la Tierra del Ocaso a la vieja Europa y a Shakespeare”.

