lundi 16 janvier 2012

DICKENS, 200 años


Dickens, 200 años

Desvelamos el epistolario inédito del amor prohibido del autor de 'David Copperfield', 'Grandes esperanzas' o 'Casa desolada'

El 7 de febrero de 1812 nacía en las afueras de Portsmouth Charles John Huffan Dickens, el hombre que dinamitó la novela contemporánea a golpe de ingenio, talento y compasión. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura [...]; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación” escribió al comienzo de 'Historia de dos ciudades', y hoy, 200 años después de su nacimiento, sus palabras se hacen más carne y sangre que nunca, pues nadie narró como él las miserias de la revolución industrial, se compadeció de los niños explotados ni apostó, contra toda certeza, por el porvenir y la felicidad. El Cultural celebra al autor de 'David Copperfield', 'Grandes esperanzas' o 'Casa desolada' con un inédito excepcional: lo mejor de su epistolario amoroso con Maria Beadnell, del que apenas se conservan ocho cartas y que lanza a finales de enero Fórcola, en edición de Amelia Pérez de Villar, que explica los pormenores de ese amor prohibido. Además, su biógrafo, Peter Ackroyd desnuda al escritor; Harold Bloom lo reivindica como autor esencial adelantando el contenido de 'El canon. Novela y novelistas' (Páginas de Espuma), y Ricardo Senabre explica su influencia en España, a través de Galdós o Baroja.

18 Bentinck Street
18 de marzo de 1833 

Querida señorita Beadnell:

Sus propios sentimientos le permitirán imaginar, mucho mejor que cualquier intento mío de describirla, la penosa lucha que me ha supuesto tomar la decisión de seguir el camino que ahora escojo, un camino que no puede ser más contrario a mis deseos y sentimientos, pero que día a día se muestra ante mí como inevitable. Nuestros encuentros de los últimos tiempos, por una parte, han sido poco más que simples ocasiones de exhibir una indiferencia exenta de todo afecto y, por otra, nunca han dejado de mostrarse como fuente inagotable de desdicha y tristeza; y viendo, como no puedo evitar ver, que me he embarcado en una búsqueda que desde hace ya tiempo es más que desesperada -y perseverar en ella sólo conseguirá exponerme a un merecido ridículo- he tomado la decisión de devolverle este pequeño presente que recibí de usted no hace mucho (y que siempre he tenido, que aún tengo, en mayor estima que a cualquier otra cosa que yo pueda poseer) así como otros recuerdos que también incluyo de nuestra correspondencia de los últimos tiempos, que estoy seguro apreciará recibir dado que, habida cuenta de nuestras respectivas situaciones, estarán mucho mejor bajo su custodia que en mis manos. 

¿Debo decir que nada hay más lejos de mi intención que herir sus sentimientos con las breves líneas que acompañan a este pequeño envoltorio? Soy probablemente la última persona del mundo que albergaría un propósito así. Pero me parece que ni es asunto ni momento para el juego frívolo, deliberado y calculador. [...] Sería mezquino y despreciable por mi parte conservar un regalo de usted o guardar una sola línea de remembranza o de afecto suyo[...] 

Tengo solo una cosa más que decirle, y la digo en mi descargo. Para mí, el fruto de nuestra pasada relación ha sido, sin duda, la melancolía. Durante mucho tiempo he sentido cómo iba apareciendo la sensación de total desolación y desdicha que ha sucedido a nuestra correspondencia. Gracias a Dios puedo hablar por mí, y sentir que puedo arrogarme el mérito de haber actuado en todo momento, durante el tiempo que duró nuestro intercambio, de manera justa, clara y honorable. 

Bajo una capa de amabilidad y aliento un día, o con un comportamiento totalmente distinto al siguiente, yo siempre he sido el mismo. Siempre he obrado sin reservas. Nunca he pretendido ofrecer expectativas que sabía que no podría cumplir; nunca he consentido, indirectamente, que se albergaran esperanzas que no pretendía colmar. Nunca he servido de falso confidente al que confiar una historia enrevesada para mi propio beneficio y creo que nunca embaucaría (aunque Dios sabe que no es probable que se me presente la ocasión) a nadie mediante falsas esperanzas ni le utilizaría como escudo para impedir el avance a otros más afortunados y que sin duda lo merecieran más que yo. No he hecho nada que se pudiera decir que la ha hecho daño a usted. Y si he dicho (que no lo creo posible) alguna cosa que haya tenido ese efecto, lo único que puedo pedirle es que se ponga por un momento en mi lugar y hallará una explicación mucho mejor que la que yo pueda ofrecerle. Mi deseo de que sea usted feliz, aún viniendo de mí, no puede ser peor por sincero y honesto. Acéptelo con el valor que tiene, y crea que nada me causaría mayor contento, ni más verdadero, que saber que usted, el objeto de mi primero y último amor, es dichosa. Si es usted tan feliz como yo creo que puede serlo, entonces estará en posesión de todas las bendiciones que este mundo puede darle.

C. D.


18 Bentick Street
Domingo mañana [19-V-1833] 

Estimada señorita Beadnell:

[...] He considerado y vuelto a considerar la cuestión, y he llegado a la conclusión, no cualificada, de que no permitiré que sentimiento alguno de orgullo o aversión altanera me impidan expresarme sin reservas. No voy a referirme a nada de lo que ha pasado; no trataré de justificar ninguno de los papeles que me ha tocado representar… Ni volveré sobre lo que alguna vez pasó entre nosotros. Lo único que haré es decir, abiertamente y cuanto antes, que no hay nada que desee más desde el fondo de mi corazón, nada que anhele de manera más sincera y honesta, que reconciliarme con usted. ¿Qué sentido tendría para mí repetir aquí lo que he dicho antes, con tanta frecuencia? Pues igualmente inútil sería mirar a lo lejos y determinar mis esperanzas en cuanto al futuro. Todo lo que puede uno hacer para levantarse con su propio esfuerzo y con asiduidad incesante yo lo he hecho, y lo volvería a hacer.

No tengo guía que me permita garantizar sus sentimientos presentes y tampoco, bien lo sabe Dios, tampoco tengo medios para encaminarlos a mi favor. Nunca he amado y nunca podré amar a ninguna criatura que vive y respira como la amo a usted. Hemos tenido muchas diferencias, y en los últimos tiempos hemos estado totalmente separados. La ausencia, sin embargo, no ha alterado mis sentimientos ni en lo más mínimo, y el amor que ahora le ofrezco es tan puro y duradero como lo fue en cualquier etapa de nuestra anterior correspondencia. Hasta el momento he hecho todo cuanto he podido por subsanar nuestro más desdichado malentendido. El asunto está ahora por completo en sus manos, y ha de ser usted quien decida al respecto, llevada por sus deseos y sentimientos. De mí mismo podría decir mucho, y podría asimismo rogarle que me diera una consideración favorable. Pero me abstendré de hacerlo, porque sólo sería repetir de nuevo una historia muchas veces contada [...]. ¿Es preciso que diga que para mí esto es una cuestión de vital importancia y que me provoca una ansiedad extrema? Me temo que las numerosas alegaciones que deben manifestarse respecto a su tiempo y a sus atenciones para la próxima semana le impedirán responder a esta nota en un plazo de tiempo que mi impaciencia podría comprender. Permítame suplicarle que considere bien su decisión, sea cual sea, y déjeme implorarle que se comunique conmigo lo antes que pueda. Como estoy impaciente por llevar esta nota a la City, a tiempo para que le sea entregada hoy mismo, la concluiré rogándole que me crea cuando digo que quedo Sinceramente suyo

CHARLES DICKENS


TAVISTOCK HOUSE,
Sábado diez de febrero de 1855 

Estimada Sra. Winter:

Recibo constantemente cientos de cartas con todo tipo de caligrafía, todas ellas desconocidas para mí y, como podrá usted suponer, no tengo especial interés en los rostros que hay detrás de tales epístolas. Pero la otra noche, cuando leía junto al fuego, vi un puñado de ellas apiladas en mi mesa. Las miré por encima y, al no reconocer la escritura de ningún amigo cercano, las dejé estar y volví a mi libro. Sin embargo, advertí que mi pensamiento divagaba de extraña manera, alterado, y volvía a mis años mozos. [...] Así que volví a ellas, y de pronto el recuerdo de su caligrafía me invadió con una fuerza que no sabría expresar. 23 o 24 años se habían desvanecido como un sueño, y abrí la carta como lo hubiera hecho mi amigo David Copperfield cuando estaba enamorado. [...] 

Créame: no puede usted atesorar recuerdos más dulces de nuestros viejos tiempos y nuestros viejos amigos que los que yo guardo. No he olvidado nada de aquellos tiempos. Siguen siendo tan claros, perfectos y estáticos como si nada se hubiera movido nunca a su alrededor, como si no hubiera nunca visto u oído mi nombre fuera de aquella casa. 

Su carta me emociona más aún porque la asocio con aquel estado primaveral en el que fui mucho más sabio, o mucho más loco de lo que soy ahora, no sé cuál de los dos, y que no conseguiría explicarle ni aunque lo intentara durante una semana entera. Pero no lo intentaré, nada de eso. Responderé con el corazón, y le diré que me encantará tener una larga charla con usted, y me llenará de gozo verla después de tanto tiempo. [...] 

Mi querida señora Winter: su carta me ha conmovido enormemente. Y el placer que me ha causado tiene un tinte sutil de dolor. En el tira y afloja de este mundo donde casi todos perdemos a alguien de manera incomprensible, no consigo expresar lo que me supone apartar la vista de los viejos tiempos sin sentir una dulce emoción. Usted pertenece a aquellos días en los que forjé mi carácter con cualidades que crecieron en mi interior, haciéndome mejor de lo que era. Por ello no puedo despedirme de usted sin más. La asociación que mi pensamiento establece con su persona convierte su carta en algo más, y más inmediato, que cualquier otra que yo pudiera recibir. El señor Winter no tendrá inconveniente: a fin de cuentas, todos nosotros navegamos rumbo al mar, y sólo encontramos placeres al pensar en el río que nos lleva, y en lo estrecho y pequeño que era antaño. Cordialmente, su amigo 

CHARLES DICKENS

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Los amores de Dickens
Por Amelia Pérez de Villar 

En 1908 George Baker, catedrático de Literatura Inglesa en Harvard, editó para la Sociedad Bibliófila de Boston un maravilloso volumen con la correspondencia privada entre Charles Dickens y María Beadnell. Las cartas se descubrieron en Inglaterra y alguien que conocía bien su valor se las compró a una hija de María, de casada Winter. Según Henry Harper, autor del prólogo de esta edición, las cartas “se guardaron como algo sagrado tras su descubrimiento y su adquisición. Al darse cuenta de que su publicación era inviable en Inglaterra la persona que las adquirió las llevó a los Estados Unidos, donde vendió toda la colección”. A ellos debemos la publicación de este material, inédito hasta ahora en castellano, que ha permitido arrojar una nueva luz sobre la vida y obra del novelista victoriano. 

No existe ninguna autobiografía de Dickens: en cierta ocasión se lanzó a escribirla, pero interrumpió el proyecto y decidió contar su historia en clave ficticia, escondiéndose tras el pseudónimo de David Copperfield. Estas cartas prueban que los amores de Copperfield y Dora inspiraron los de Dickens y María. Hasta John Forster, biógrafo y amigo personal del escritor, pasa por alto los tres años comprendidos entre 1830 y 1833. En 1860 Dickens quemó en su casa de Gad's Hill todos sus papeles, incluidas las cartas que conservara de su idilio con María y que ella le había devuelto. El epistolario comprende sólo unas pocas misivas dirigidas por Dickens al objeto de su adoración, alguna escrita con la caligrafía de ella, que la copió antes de devolvérsela a su autor. Tenemos por tanto un epistolario atípico, que comienza con una declaración de ruptura: gracias a otro epistolario con la correspondencia entre Dickens y su amigo Kolle sabemos que corresponde al 18 de marzo de 1833. 

A partir de aquí, apenas media docena de cartas da cuenta de una historia ya herida de muerte. De poco sirvieron explicaciones y porfías: los Beadnell enviaron a su hija a París para que se olvidara de un pretendiente con un futuro más bien gris, y dos meses después se puso punto al relato. Pero sólo punto y aparte: veintidós años después María Beadnell, ya señora Winter, inició un nuevo intercambio que duraría sólo unos meses, de febrero a junio de 1855 -donde se encuentran las cartas más interesantes- y que se interrumpió durante otros tres años. En ese tiempo Dickens escribiría La pequeña Dorrit, cuya Flora inspiró la Beadnell madura. 

Las últimas cartas nos muestran a un Dickens convulso y presionado por sus obligaciones como escritor y sus asuntos familiares: en 1857 aparecía en escena la actriz Nelly Ternan, que le llevaría a escribir otro capítulo más de su novelesca existencia.

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Dickens. El observador solitario
Peter Ackroyd
Traducción de Gregorio Cantera. Edhasa, 2011. 703 pp., 44'50 euros
Por Rafael NARBONA 

Charles Dickens comenzó a trabajar con doce años en una fábrica de betún. Con su padre en la cárcel por deudas impagadas, descubrió prematuramente la aspereza de un mundo poco compasivo con la debilidad y la pobreza. Peter Ackroyd (Londres, 1949) ha compuesto una biografía rigurosa, que reconstruye la vida del prolífico autor, evitando los academicismos y las fatigosas notas a pie de página. En la mejor tradición de la alta divulgación anglosajona, Ackroyd logra imprimir a su estudio la fluidez de una novela, pero sin incurrir en el relato novelado, donde a veces naufraga la objetividad y se abre paso lo meramente especulativo. 

Nieto de unos criados e hijo de un funcionario que despilfarraba el dinero compulsivamente, la infancia itinerante de Charles le abasteció de escenarios para sus futuras novelas. Su paso por Porstmouth, Chatman y Londres le familiarizan con el campo, los grandes espacios urbanos y la algarabía de los puertos marítimos. De niño, leyó a Defoe, Fielding, Cervantes y Shakespeare y no tardó en pisar los teatros, emocionándose con los dramas isabelinos. Ackroyd reconstruye su niñez con enorme talento y sensibilidad, mostrando cómo su espontaneidad inicial se transforma en reserva y su alegría deviene melancolía. Durante un par de años, frecuenta una escuela donde no aprende nada, según confesión propia. Es un autodidacta, que se interna por su cuenta en la gramática latina. Su necesidad de prosperar socialmente le empuja a aprender taquigrafía. Durante un tiempo, trabaja en un despacho de abogados, pero sus jefes vaticinan que no soportará mucho tiempo una tarea rutinaria. Su carrera literaria comienza en forma de crónicas parlamentarias. Transformado en corresponsal del Morning Chronicle y tras malograrse de forma pueril su debut como actor teatral (una gripe frustra su subida al escenario), en 1883 se decide a enviar anónimamente su primer relato al Monthy Magazine, que lo publica, consiguiendo despertar el interés de los lectores. Animado por el éxito, Dickens acumula un cuento tras otro, hasta conseguir que en 1836 se publiquen en forma de libro con el título Sketches by Boz. Ese mismo año, aparecen Los papeles póstumos del Club Pickwick, una sátira de la filantropía con momentos verdaderamente hilarantes, que significará la definitiva consagración. En la decimoquinta edición, los cuatrocientos ejemplares iniciales se han transformado en 40.000. 

El 2 de abril de 1836 se casa con Catherine Thompson Hogarth, una mujer de carácter difícil con la que mantendrá una convivencia llena de conflictos, tensiones y sospechas. Poco después, publica por entregas Oliver Twist y su fama se consolida. Su segunda novela acentúa los contrastes entre el campo y la ciudad. Ackroyd señala que el campo representa para Dickens el paraíso perdido, una niñez dichosa y sin amenazas, mientras que la ciudad reúne en sus malolientes callejones todos los vicios humanos: corrupción, avaricia, perversidad. El acento social de la novela no implica una posición política. De hecho, Oliver es un ejemplo de lucha y superación, que simboliza la posibilidad del ascenso social y no la rebeldía de un revolucionario. Gracias a la venta de sus libros, Dickens se traslada a Bloomsbury y empieza una vida familiar que incluirá diez hijos y un profundo afecto hacia su cuñada Mary Hogarth. Su inesperada muerte con sólo 16 años le deja profundamente abatido. El taquígrafo parlamentario que ha conocido en poco tiempo la gloria atraviesa una época de oscuridad y desaliento. Escribe La tienda de antigüedades, donde canaliza su pena mediante el personaje de la pequeña Nelly, cuya muerte recrea la pérdida de Mary, y en 1842 realiza su primer viaje a Estados Unidos. 

Su deseo de conocer el país levantado sobre los valores de la Revolución francesa desemboca en una dolorosa decepción. Después de recorrer Nueva York y conocer de cerca la miseria del barrio de Five Points, tan similar a la de las zonas más deprimidas de Londres, manifiesta su oposición a la esclavitud en varias conferencias, lo cual le atrae la antipatía de muchos norteamericanos, un sentimiento que no se apaciguará hasta 1867, cuando visite el país por segunda vez. Sus Notas americanas perdurarán como una crónica magistral de una potencia en ciernes, donde la ambición excluye muchas veces la compasión hacia la inadaptación y el fracaso. 

En 1843, aparece Canción de Navidad, posiblemente uno de los relatos que ha inspirado más versiones y recreaciones de la historia de la literatura. En 1846, Dickens modifica su método de trabajo. Reemplaza la improvisación y la intuición por una planificación meticulosa, que mejorará notablemente el resultado final, pero la popularidad le pasa factura. Agotado por el trabajo, rompe con sus editores e inicia un viaje por Italia, Suiza y Francia. Su periplo, que incluye entrevistas con Alejandro Dumas y Julio Verne, inspira sus Estampas italianas, un delicioso libro de viajes. De regreso funda el Daily News y empieza a ofrecer conferencias sobre temas políticos y literarios. En 1850, aparece David Copperfield, parcialmente autobiográfica e indudablemente su novela más perfecta. Es la apoteosis del narrador omnisciente que no deja ningún hilo suelto. En 1858, Dickens se separa de su mujer. Surgen rumores sobre un idilio con una joven actriz. Se marcha a casa de su extravagante amigo Wilkie Collins. Sus tendencias depresivas se agudizan después de un accidente ferroviario. Comienza a realizar lecturas públicas sobre fragmentos de sus libros, logrando provocar lágrimas, carcajadas e incluso desmayos. Su talento creador declina, pese a lo cual publica la notable Historia de dos ciudades. Le recibe la Reina Victoria, gran admiradora de su obra. La muerte se presenta en forma de apoplejía el 9 de junio de 1870. Es enterrado en la “Esquina de los poetas” de la Abadía de Westminster, respetándose su deseo de una ceremonia discreta. 

La biografía de Ackroyd no incluye grandes revelaciones, pero logra un retrato veraz, matizado y complejo del escritor, describiendo con enorme perspicacia su evolución espiritual y psicológica. En sus primeras novelas, Dickens distribuye el bien y el mal entre sus personajes, sin contemplar la posibilidad de su coexistencia en un mismo carácter. Sus últimas creaciones rompen esa división, mostrando la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza pueden convivir de forma paradójica. El patetismo y el moralismo del primer Dickens se convierten en angustia vital en Casa desolada (1852), donde la evocación de la cárcel prefigura las parábolas de Kafka. En esa misma novela, aparece uno de los primeros detectives de la literatura, el señor Bucket. Grandes esperanzas (1861) nos muestra a un Dickens imbuido de pesimismo existencial, que desconfía de la moral y la fe. La biografía de Ackroyd es una referencia obligada para todos los que deseen conocer al verdadero Dickens, un hombre con un destino: fabular sobre la desdicha humana y no perder la convicción sobre la necesidad de un futuro con paz, ternura y fraternidad. 

Genio popular
por Fernando Aramburu

De niño conoció el lado duro de la vida: la pobreza, las largas jornadas laborales, la vergüenza del padre encarcelado. Esas y otras adversidades lo marcaron para siempre. Con frecuencia hundió la pluma en el tintero de la compasión. Lázaro de Tormes habría encontrado compañeros de destino en su literatura. Para preservar sus escritos contra los riesgos trivializadores del sentimentalismo, gastó mucha tinta humorística. Fuera de Inglaterra no siempre se ha entendido que un genio hiciera buenas migas con la tradición. Frente a autores estrafalarios, escandalosos, provistos de aura maldita, él fue un currante disciplinado. El triunfo, de proporciones reservadas hoy a las estrellas del cine o de la música, no le quitó la pátina popular. Le debemos un elenco de figuras de ficción que pervive en la historia cultural de la especie. Destaca entre ellas una de naturaleza colectiva que es al mismo tiempo una ciudad: Londres.

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Peter Ackroyd
“Dickens fue un esclavo de sus contradicciones”

Con algo de bebé gordote, gesto churchilliano y mirada entre desconfiada y hostil, Peter Ackroyd (Londres, 1949) es quizá el más célebre biógrafo inglés de nuestro tiempo. 

Historiador y novelista también, suele decir que mientras el biógrafo puede “maquillar los acontecimientos, el novelista está obligado a decir siempre la verdad”. Acaba de publicar en España su monumental monografía sobre Dickens. El observador solitario (Edhasa), pero en sus alforjas literarias aparecen biografías como las que dedicó a Shakespeare, Edgar Allan Poe, Tomás Moro, William Blake, T. S. Eliot, Isaac Newton, Thomas Chatterton, Turner, a la mismísima ciudad de Londres, a Venecia o al Támesis. También numerosos premios: varios Whitbread, el Guardian Fiction Prize... Enredado en la actualidad en la vida de Charles Chaplin, vive en Kensington y tiene su despacho cerca del Museo Británico, muy cerca de la casa de Dickens, “territorio sagrado para mí”. 

De Peter Ackroyd se sabe que no le gustan los periodistas, a pesar de haber sido él mismo crítico literario durante años; que apenas concede entrevistas y que, cuando lo hace, tiende a ser más bien parco en palabras porque odia hablar de sí mismo y prefiere que las páginas de sus libros hablen por él. Y, sin embargo, ha contestado al Cultural, derrotando sus recelos, con amabilidad británica, aunque sin alardes. 

-Ha escrito la biografía más célebre sobre el autor de Oliver Twist, en la que combina investigación con ficción, historia y crítica literaria, pero, ¿cómo definiría su Dickens. El observador solitario? -Me gustaría pensar que se trata deun Dickens definitivo y total que aglutina los aspectos realmente significativos de su vida y su personalidad, teniendo en cuenta que al novelista le costaba distinguir la realidad de la ficción, y que personalmente podía resultar un hombre muy difícil porque lo anteponía todo a la creación. 

-En su caso concreto, ¿cómo comenzó todo, como lector? ¿Cuándo comenzó a interesarse por el autor de David Copperfield.
-Desde que puedo recordar Dickens siempre me ha apasionado porque es, sin lugar a dudas, el mejor ejemplo de lo que podríamos denominar la tradición utópica de las clases sociales menos favorecidas de la Inglaterra victoriana. 

-¿Y sabe ya cuál es su secreto? ¿Por qué sigue seduciéndonos hoy?
-Porque se trata del novelista inglés más extraordinario y ambicioso que haya existido jamás. En su obra, como explico en mi libro, “lo real y lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y lo trascendente conviven en precario equilibio, sólo resuelto por el vigor de la palabra creada. En eso consiste su magia”. 

-¿Los autores ingleses más jóvenes de hoy en día comparten su pasión dickensiana?
-No puedo contestarle: no lo sé, porque tampoco le reconozco en ningún autor joven de nuestro tiempo, la verdad. 

No es de extrañar. A menudo, el propio Ackroyd ha reconocido que no lee ficción contemporánea, que no le interesa nada, y que ni siquiera le llamaba la atención “cuando era estudiante. Entonces -ha confesado- me apasionaban la poesía, el ensayo, y la prosa histórica”. A estas alturas no va a cambiar, aunque haya dedicado varios años, por ejemplo, a escribir libros para niños. 

Sistemático, mantiene desde hace décadas la misma rutina: se levanta todos los días entre las 7 y las 8 de la mañana y no deja de trabajar hasta las 11 o las 12, sobre todo porque cuando prepara libros monumentales como la biografía de Dickens es consciente de que “si no tienes disclipina, jamás podrás terminarlos.Además, después de un tiempo descubres que cuando te acostumbras a este ritmo no necesitas esperar a la inspiración, sólo tienes que ponerte a escribir, no necesitas nada más”, declaraba hace algún tiempo. 

-Dedicó varios años a su Dickens y lo publicó, en su versión original en 1990. Ahora el lector español va a conocer una versión reescrita y reducida de 700 páginas, pero ¿cree que queda algo por descubrir de la vida del autor de Grandes esperanzas? ¿Algún secreto oculto quizás?
-Sinceramente, me temo que no. Todo está ya estudiado... y no hay más secretos por desvelar... 

-A pesar de todo lo que descubre en su libro, ¿cómo se explica que perviva en nuestros días el mito de un Dickens filántropo, casi una especie de revolucionario radical?
-Porque Dickens era esclavo de sus contradicciones, siempre lo fue, era a la vez un filántropo y lo que hoy llamaríamos un conservador radical.

-¿Podríamos considerarlo un hombre moderno, incluso uno de los nuestros?
-Me temo que no: Dickens era sobre todo un hombre del siglo XIX. Fue toda su vida un victoriano de primera hora, por razones tan contundentes y definitivas como “su sensibilidad y entusiasmo, por su radicalismo, por sus genuinas aspiraciones de reforma social. La emoción que acompañaba a cada descubrimiento, la fe en el progreso, y la largueza de espíritu son otros rasgos distintivos. En su apasionamiento, en su histrionismo, incluso en su vulgaridad, Dickens es un hombre del siglo XIX”. 

En el libro Ackroyd es más explícito aún. Afirma, por ejemplo, que Dickens,“tanto en sus afanes como en su sentimentalismo, en su entusiasmo como en su sentido del deber, en su optimismo como en sus dudas, en su fe en el trabajo y en su instinto escénico, en sus arrebatos y en su energía”, fue “el mejor representante de la sociedad victoriana”. 

-Es imposible, si hablamos de la sociedad victoriana, no mencionar David Copperfield; ¿es, a su juicio, la novela más autobiográfica de Dickens?
-Desde luego, es la que refleja con mayor severidad, sinceridad y tristeza sus peores experiencias infantiles, aunque es más contenida y recatada respecto a sus sentimientos que libros anteriores. Dickens trabajó en el libro sin descanso y fue, sin duda alguna, el que le impresionó más profunda y personalmente mientras lo escribía. Él mismo llegó a confesar que la novela llegó a apoderarse de él hasta tal punto que “nunca” se sintió “capaz de abordarla con serenidad”. 

-Quizá por eso, muchos críticos la consideran su mejor novela... ¿Es también su favorita?
-Le confieso que no. Prefiero La pequeña Dorrit. 

¿Las razones? Prefiere no contestar, así que volvemos de nuevo a su biografía, en la que recuerda cómo el hijo de Dickens, Charley, comentó que su padre “ comenzó a escribirla con miedo, como si, en lo tocante a su capacidad de inventiva no las tuviera todas consigo” hasta que el libro tomó vuelo y el escritor decidió cambiar el rumbo del relato y que finalmente la familia Dorrit superaría todas las adversidades y llegase a hacerse rica “mostrando de paso lo insustancial de la riqueza. La novela, mientras, ‘se colaba en todas partes, a merced de las olas, a lomos de las nubes'”. 

-Y, sin embargo, es imposible separar a Dickens de Londres: ¿cree que el retrato que traza de esta ciudad es una visión romántica, que sólo responde a un cliché de la época? 
-El cliché es culpa de los demás... Ése es el gran defecto de las adaptaciones de sus obras al cine y la televisión. El Londres dickensiano es una creación profundamente imaginativa, y tiene un extraordinario poder simbólico que supera con creces cualquier otra descripción de una ciudad realizada por ningún otro escritor contemporáneo de Dickens o no. 

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Dickens y los escritores españoles
El crítico Ricardo Senabre rastrea la huella del autor inglés en la narrativa de Baroja y Galdós
Por Ricardo SENABRE 

La literatura española actual no ofrece un narrador plenamente “dickensiano” como es posible hallar en las letras anglosajonas, con obras tan sobresalientes como El quincunce, de Charles Palliser.

Pero la influencia del autor de Pickwick ha dejado numerosas y significativas huellas entre nosotros a lo largo de siglo y medio, aunque rastrearlas con algún detenimiento exigiría un espacio superior al que acogen estas páginas. Fue Galdós el primero en hablar extensamente acerca del escritor inglés, en un artículo publicado en La Nación, de Madrid, el 9 de marzo de 1868. E hizo algo más: aprovechó esas páginas para anteponerlas como prólogo a su propia traducción de los Pickwick Papers -efectuada en el invierno de 1867-1868- que apareció poco después como anónima. Se ha afirmado que Galdós tradujo la obra de la versión francesa, pero el examen de algunas páginas permite sospechar que, como mínimo, tuvo también a la vista la versión original. 

El caso es que tanto el artículo como la traducción revelan la temprana admiración que el escritor canario sintió por Dickens y que ha dejado inevitablemente reflejos en los textos galdosianos. Ciertos motivos recurrentes, como la insistencia en los lugares arruinados y venidos a menos, la atención a la infancia desvalida y a las vidas de seres desdichados o marginales (imposible no recordar Misericordia), así como cierta inclinación al uso de caricaturas abultadas con símiles pintorescos, ofrecen pistas en este sentido. Recuérdese el retrato de Tomás Rufete al comienzo de La desheredada, en el que ni siquiera lo dramático de la situación, con Rufete recluido en el manicomio, impide la presencia de la caricatura humorística. Hay también situaciones concretas sobre las que aletea el recuerdo de Dickens ya en La Fontana de Oro: la peregrinación nocturna de Clara por las calles de Madrid recuerda inevitablemente la fuga de Florence Dombey, espoleada por los malos tratos del padre, en Dombey e hijo, y también, en cierto modo, la huida de David Copperfield a pie desde Londres a Dover. 

Los capítulos de Fortunata y Jacinta en que Guillermina y Jacinta buscan al Pituso con el propósito de adoptarlo hacen pensar en la búsqueda de un niño por parte del matrimonio Boffin en Nuestro común amigo. La escuela de don Pedro Polo y sus inhumanos métodos en El doctor Centeno contiene una dura crítica de la pedagogía al uso, pero es casi imposible no ver en ella una derivación de ciertas escuelas pergeñadas por Dickens en que los niños son maltratados y sometidos a duros castigos y privaciones, tal como sucede en la institución que regenta el cruel doctor Blimber en Dombey e hijo, o en el asilo de Mrs. Pichpin en la misma novela, por no mencionar al cruel maestro Creakle de David Copperfield, el internado del avaricioso y bellaco Squeers en Nicholas Nickelby o el hospicio en el que se ve sometido a terribles penalidades el niño Oliver Twist. Hay incluso alguna coincidencia en detalles menudos. El tosco José Izquierdo de Fortunata y Jacinta ostenta una arrogante estatura y una hermosa cabeza, por lo que ha sido modelo “de nuestros pintores más afamados”, como el Christopher Casby de La pequeña Dorrit. 

Otro narrador decididamente “dickensiano” es Pío Baroja, de cuya devoción por el escritor inglés hay abundantes testimonios en ensayos y libros de memorias. Galdós había anotado certeramente el carácter itinerante en la composición de Pickwick -aprendida sin duda, como la pareja Picwick - Sam Weller, en el Quijote y sus derivaciones inglesas del siglo XVIII-, donde un personaje “recorre toda la escala social, interviniendo, siempre él mismo, en una serie de acciones subordinadas”. 

Es, en efecto, el esquema narrativo más frecuente en Dickens; gracias a él sus páginas acogen la actuación de una multitud de personajes secundarios que aparecen y desaparecen sin desarrollarse hasta el final. Y ésta será una técnica frecuente en Baroja, que señala también cómo “Dickens da toda su medida en Pickwick”. Ya en Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox se advierte que no sólo los rasgos satíricos y los personajes excéntricos recuerdan a Dickens, sino también el propio plan del relato: unas cuantas personas más o menos estrafalarias se reúnen y forman un club o asociación para perseguir algo, por lo general evanescente y disparatado, vagando de un lado a otro, como en Pickwick. 

Es el esquema de Silvestre Paradox, pero también, por citar un ejemplo más cercano que corrobora la fecundidad del modelo, de La fuente de la edad (1986), de Luis Mateo Díez. La admiración de Baroja -tan parco en elogios- por Dickens se percibe en algún cuento de Vidas sombrías, pero, sobre todo, es patente en la agrupación de tipos curiosos o pintorescos que coinciden en recintos como la casa de huéspedes en Silvestre Paradox, el hotelito londinense donde se alojan Aracil y su hija en La ciudad de la niebla o la casa del diputado socialista O'Bryen en la misma novela: el judío Jonás Pinhas y su rana amaestrada, el “indio negro” o el “obrero con la cabeza grande y la frente abombada”, el anarquista Baltasar, el “hombre del ojo de celuloide” y otros. La visión que Baroja ofrece de Londres en La ciudad de la niebla, novela compuesta un año después de la primera visita del escritor a la capital inglesa, delata que Baroja recorrió los rincones de la ciudad intentando revivir, sobre todo, el Londres de Dickens, y esta mirada afín se refleja en algunas descripciones de lugares, casas, tiendas con escaparates invadidos por objetos heteróclitos y en el gusto por la mostración rápida de algunos sujetos un tanto extravagantes y de inequívoca estirpe dickensiana que se extienden igualmente a otras obras del novelista, sobre todo cuando se trata de personajes ingleses: además de Mr. Macbeth, el buhonero inglés con el que se escapa el niño Silvestre Paradox, cabe recordar al falsificador Thompson de La ruta del aventurero y El viaje sin objeto -narraciones pertenecientes a la serie de Aviraneta- o a Mr. Cavendish y Mr. Clark en Las figuras de cera. Puede registrarse, además, alguna pequeña coincidencia anecdótica. En El cantor vagabundo, María Victoria, una soltera que se acerca al medio siglo, inventa una correspondencia con un pretendiente, pero es ella quien escribe todas las cartas, como hacía Toots, que se escribía a sí mismo en Dombey e hijo. 

Fuera de Galdós y Baroja, sin duda los dos grandes pilares que sustentan la influencia de Dickens en España, pueden encontrarse ecos del autor inglés en la literatura posterior, aunque cada vez más diluidos y no siempre directos, sino acaso inducidos por la lectura de Galdós o Baroja. Sí hay algún caso de mimetismo fiel, como la novela de Carmen de Burgos (“Colombine”) titulada Los anticuarios(1921), que es una versión pálida de Almacén de antigüedades con la acción trasladada a París. Huellas de Dickens hay también en Nocturno de alarmas(1957), de Sebastián Juan Arbó, y en algunas novelas de Zunzunegui, como Esa oscura desbandada (1952) y La vida como es (1954), y son igualmente perceptibles en el diseño de algunos personajes de Condenados a vivir (1971), de José María Gironella. Por último, y ante la imposibilidad de alargar un inventario que sería interminable, este sintético panorama deberá cerrarse con la mención deuna novela -excelente, por otra parte- recorrida de cabo a rabo por recursos y motivos temáticos de Dickens. Se trata de Los ojos vacíos(2000), de Fernando Aramburu, poderosa fábula que reconstruye un período histórico del imaginario país de Antíbula mediante el relato de un narrador que evoca sufrimientos infantiles muy cercanos a algunas de las más desoladas páginas de Dickens. 

Sólo el tiempo permite saber si un escritor se convierte en clásico, cuando los hechos acreditan que ha abierto caminos no transitados antes, que ha estimulado el desarrollo de posibilidades nuevas, de artificios y fórmulas narrativas que han hecho avanzar el género. Y, a juzgar por la amplia estela de seguidores que pueden encontrarse en muchas literaturas, Dickens es, sin disputa, un clásico de la novela europea, que surge y descuella precisamente, entre otros muchos maestros de la narración, en el siglo áureo del género novelesco. 

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Fuego escénico
Dickens, 200 años
Por Harold Bloom

T.S. Eliot señaló que «los personajes de Dickens son reales porque no existe nadie como ellos». Yo modificaría la frase diciendo que «son reales porque no se parecen unos a otros, pese que a menudo se parecen un poco más a nosotros que entre sí». 

Quizá la voluntad, no importa cuál, difiera más entre nosotros en cuanto a intensidad que en cuanto a especifi cidad. El secreto estético de Dickens parece ser que sus villanos, héroes, heroínas, víctimas, excéntricos y hasta seres decorativos se diferencian entre sí por la clase específica de voluntad que poseen. Como esto es muy difícil para nosotros, humanos, suscita una ausencia de realidad en Dickens. El precio a pagar es alto, pero es mejor salir ganando algo que nada y Dickens obtiene más de lo que pagó. También nosotros obtenemos mucho más de lo que debemos dar al leer a Dickens. Esta acaso sea su virtud más shakespeariana y provea el tropo crítico que busco para él. Henry James y Proust nos lastiman más que Dickens y lastimar es su objetivo o una de sus intenciones principales. Lo que nos lastima en Dickens nunca tiene mucho de deliberado porque no puede existir una poética del dolor allí donde ha cesado la voluntad hasta tornarse tristemente uniforme. Dickens ofrece más bien una poética del placer, que seguramente vale el precio de nuestra pequeña inquietud ante su negativa a entregarnos una exacta representación mimética de la voluntad humana. Dickens escribe siempre sobre los impulsos y por eso las lecturas supuestamente freudianas de sus libros resultan algo tediosas. La metáfora conceptual que sugiere al representar personajes no es el espejo de Shakespeare ni la lámpara romántica, tampoco el carnaval rabelaisiano ni la estética de Fielding. “Fuego escénico” es el concepto adecuado, pues el “fuego escénico” remueve algo de la realidad de la voluntad, pero solo en tanto la modifi ca. El sustantivo que queda es “fuego”. Dickens es el poeta de los impulsos fogosos, el que verdaderamente celebra el mito freudiano de los conceptos fronterizos, del terreno que se extiende en el límite entre la psiquis y el cuerpo, y cae en la materia, aunque participa en la realidad de ambos. 

DAVID COPPERFIELD

Si el escritor de peso puede ser definido como aquel que afronta su propia situación, su dependencia con un precursor, solo encontraremos a unos pocos escritores de peso, despuésde Homero y los autores del Hexateuco, sin un sentido de contingencia. Estos son los “grandes originales” y no son muchos; Shakespeare y Freud se cuentan entre ellos y también Dickens, quien, como Shakespeare y Freud, no tuvo verdaderos precursores o tal vez sea más exacto decir que deglutió a Tobias Smollett de modo casi idéntico a como Shakespeare devoró a Christopher Marlowe. La originalidad, o una genuina libertad frente a lo contingente, es el rasgo más destacado de Dickens como autor. Como la influencia de Dickens ha sido inmensa, incluso en escritores tan diferentes como Dostoievski y Kafka, noscuesta bastante ver hoy lo original que fue en su momento. 

Dickens constituye hoy en día un hecho o una situación que ningún novelista posterior puede trascender o evadir sin el riesgo de automutilarse. Consideremos la diferencia entre los dos maestros de la ficción modena: Henry James y James Joyce. ¿No es Dickens la diferencia? Ulises se conforma con Dickens, de él proviene su exuberancia. Poldy es más grande, me parece, que cualquier personaje puntual de Dickens, pero tiene características claramente dickensianas. Lambert Strether, de Los embajadores, no tiene ninguna de esas características y es más pobre debido a ello. Parte de la diversión en La princesa Casamassima parece estribar en que, por una vez, James logra una óptica dickensiana de la vida, algo que falta incluso en Retrato de una dama y que extrañamos (o al menos extraño yo, pese a los pasajes espléndidos) en La alas de la paloma o en La copa dorada. 

La historia personal de David Copperfield, que es la más autobiográfica de las novelas de Dickens, ha sido tan influyente en los sucesivos retratos del artista joven que debemos esforzarnos para apreciar la feroz originalidad del libro. Es la primera novela terapéutica, escrita en parte para la curación del propio autor o para consolar la permanente angustia adquirida en su infancia y su juventud. La estima que Freud sentía por David Copperfield parece inevitable pese a que propició un sinnúmero de lecturas erróneas dentro de ese increíble colectivo llamado “crítica literaria freudiana”. 

Edgar Johnson, biógrafo de Dickens, rastreó la evolución del libro a partir de un fragmento de autobiografía abandonado, con una poderosa aunque acaso falsa declaración: “No escribo con un tono de resentimiento o enojo porque sé que todas esas cosas contribuyeron a hacerme lo que soy” En lugar de representar a sus propios padres como si fueran los de David Copperfield, Dickens lo convirtitó en los Micawber, un cambio que produjo un asombroso pathos y evitó un dolor personal que habría producido una significación mayor. Pero David Copperfieldera, como dijo Dickens, su hijo predilecto y le satisfizo el deseo de convertirse en su propio padre. De ningún otro libro él habría dicho: “Siento que estoy enviando una parte de mí al misterioso mundo” Kierkegaard nos previno de que “quien desea hacer el trabajo da a luz a su propio padre”, en tanto Nietzsche irónicamente dijo que, “si uno no tiene un buen padre, entonces es necesario inventar uno”.David Copperfield sigue más el espíritu del adagio de Kierkegaard pues Dickens se convierte más o menos en el padre de David. [...]. 

Si hay un acertijo estético en la novela, este es por qué David posee y sugiere tal sensación de sufrimiento y de pesar en su fase Murdstone, por así llamarla, y aun antes. La intensidad del pathos es ciertamente desproporcionada con la experiencia ficcional que vive el lector. Dickens se invistió a sí mismo tanto dentro como fuera de David, por lo que siempre falta algo en la auto-representación. Sin embargo, la voluntad -de vivir, de interpretar, de repetir, de escribir- sobrevive y florece enforma permanente. La energía sobrenatural de Dickens penetra a David y discrepa un poco con la inseguridad del aparente rechazo de David a explorar su interior. Lo que marca con fuego escénico la representación que Dickens hace de David no es el exceso de los tempranos sufrimientos ni la tediosa idealización de su amor por Agnes, sino la vocación de novelista, el impulso de contar una historia, en especial la historia propia, que envuelve a David con el fuego de lo que Freud daba en llamar pulsiones. 

La grandeza de Dickens en David Copperfield tiene poco que ver con la potencia mucho mayor que exhibe en Casa desolada, la cual podría competir con Clarissa, Emma, Middlemarch, Retrato de una dama, Mujeres enamoradas y Ulises por ser la novela más eminente en lengua inglesa. David Copperfield pertenece a otro orden, pero es el punto de partida de ese orden: el relato del novelista acerca de cómo él o ella atravesó la experiencia en aras de obtener un segundo nacimiento en el deseo de narrar, destino del contador de historias. 

Momentos estelares en la vida de Charles Dickens

El 7 de febrero de 1812 en Portsmouth, y en viernes, como su David Copperfield, nace Charles Dickens, y con él los más de 2.000 personajes que inventará a lo largo de su vida. 

Algún tiempo más tarde -y sólo dos días después de cumplir los doce años- entra a trabajar, diez horas al día por seis chelines semanales, en una fábrica de betún en lo que en Oliver Twist describiría como "una oscura intriga para lanzarlo al mundo". 

A los pocos días, su padre es apresado por deudas y la familia se instala con él en la cárcel. Las impresiones de aquellos tristes años de trabajo infantil y miserias impregnarán su obra posterior. Y el personaje del limpiabotas, siempre tiznado de betún, se dejará caer por todos sus libros. Pasante, taquígrafo, reportero, cronista parlamentario..., en 1832 “un terrible resfriado” le impide acudir a su primera prueba teatral, perdiendo así el mundo un dudoso actor a cambio de ganar a un extraordinario literato. 

Dickens escribe y escribe, alcanzando desde muy temprano el éxito. En apenas unos meses de 1850, su bestseller David Copperfield vende más de 100.000 ejemplares. 

El 9 de junio de 1865, en un terrible accidente ferroviario, los siete primeros vagones de un tren caen por un puente en Staplehurst. Dickens viaja en el octavo y durante horas atiende a heridos y moribundos. Nunca se recuperará del todo. El 9 de junio de 1870, fallece a causa de una apoplejía y es enterrado en la “Esquina de los Poetas” de la Abadía de Westminster.

Dibujo de Grau Santos
Articulo : http://www.elcultural.es 13/01/2012

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