Un recuerdo de Primo Levi
Doctor en química
Por Ernesto FERRERO
En tiempos en que el Holocausto había
perdido prioridad para las editoriales, La tregua, un "bellísimo
libro" sobre el tema, firmado por un químico turinés, se coló en el
catálogo de Einaudi. Aquí la historia detrás de esa publicación.
Durante la primavera milagrosa de 1963
salieron de la cornucopia de Einaudi libros que hicieron época, cada uno de los
cuales en otro tiempo hubiera podido salvar por sí solo el balance de un año.
Salían como muchachos que van a la escuela cada uno por su cuenta, a quienes la
madre ni siquiera les había llenado la lonchera: El conocimiento del
dolor de Gadda, La jornada de un interventor electoral de
Calvino, El Archivo de Egipto de Sciascia, El chal andaluzde Elsa
Morante, Léxico familiar de Natalia Ginzburg, Memorias de
Adriano de la Yourcenar y la Historia de la República de Saló de
Deakin.
Un frío día de marzo me encontré sobre la
mesa de trabajo el borrador de La tregua, libro de un químico turinés del
que no había oído hablar. Empecé a leerlo diligentemente. Al fondo de la
primera página, como un redoble de tambores en un concierto de Beethoven, la
aparición de los cuatro jóvenes soldados rusos que avanzan cautelosamente en el
láger abandonado a sí mismo. Los “rostros burdos y pueriles bajo los gruesos
cascos de piel”, suspendidos sobre “sus enormes caballos, entre el gris de la
nieve y el gris del cielo”, porque el camino estaba por encima del campo. Leí
un poco más abajo su reflexión sobre “la naturaleza indistinguible de la
ofensa, que se extiende como un contagio. Es insensato pensar que la justicia
humana la extinga. Es una fuente inagotable del mal: destroza el cuerpo y el
alma de los sometidos, los apaga y los vuelve abyectos; reaparece como infamia
sobre los opresores, se perpetúa como odio en los sobrevivientes, y pulula de
mil maneras, contra la misma voluntad de todos, como sed de venganza, como
entrega moral, como negación, como cansancio, como renuncia”.
Hasta un aprendiz de tendero habría
comprendido que el libro, aunque en forma de hojas volantes, tenía el tono y la
sustancia de un “clásico”. Una tarde el autor se asomó a la puerta de la
oficina de prensa. Era un hombrecito sobre los cuarenta, seco, tímido, modesto,
de pocas palabras. Dirigía una fábrica de pintura por los lados de Settimo.
Desde la autopista se podían ver los muros de un galpón sin pretensiones; más
allá de los muros sobresalían unos silos, tuberías, postes. Parecía una fábrica
abandonada.
Primo Levi, doctor en química, como
encabezaba su papel de carta –hojitas parsimoniosas–, tenía tatuado en azul
sobre el antebrazo izquierdo el número 174517, bien visible cuando en verano se
ponía las camisas de manga corta. Aquel número no lo escondía ni lo exhibía.
Parecía más preocupado por esconder su nueva identidad de escritor. Sobre todo
frente a la familia, porque de escribir no se puede vivir. Lo había soñado de
muchacho, había escrito cuentos, poesías (una de las cuales, “Crescenzago”,
recuerda la periferia de Milán con los colores angustiantes de Sironi; se oía
una sirena matutina que recordaba la del láger). Tuvo que reprimir las
ambiciones literarias porque su padre estaba muriendo de cáncer y a él le
tocaba sostener la familia; luego había partido en un vagón sellado con plomo a
la ignota destinación que sería Auschwitz.
Pensaba que el ambiente literario era una
camarilla cerrada, susceptible, movida por la envidia, inclinada a venganzas,
desdenes, desaires, no propensa a abrirse a los irregulares, a los
inclasificables. En la casta de los literatos no podía haber lugar para uno
como él. En las entrevistas, para neutralizar la agresividad de los
lobos-escritores, hacía profesión de humildad, casi de sumisión. Repetía de
continuo que él era un escritor de domingo. Lector del Darwin de La
expresión de las emociones, sabía que el rostro es una máscara de uso en las
convenciones sociales; por lo tanto una escritura, una ficción. La ficción a la
que el doctor Levi se sentía obligado era tal vez aquella de la prudencia, de
la modestia, del disimulo honesto.
Era como si le hubieran impreso en el
brazo otras dos calificaciones limitativas: testigo, químico. Un químico es un
testigo. Sumados los dos no podían dar un escritor. No todavía. Como si los
conocimientos técnicos fueran una diminutio del intelecto, un
impedimento leve pero evidente. Como si dar testimonio no comportase una
excepcional capacidad de fantasía literaria, de restitución, o sea de
escogencia de los elementos esenciales en medio de mil datos amorfos.
Durante años, pocos comprendieron que el
prisionero que había salido de Fossoli en un vagón sellado con plomo era un
escritor, antes incluso que un químico. Se había salvado precisamente porque
era un técnico-escritor que quería comprender las leyes antropológicas que
gobernaban el universo concentracionario. Una idea a lo Calvino: solo
reconstruyendo desde adentro el mapa del láger se podría tener esperanza de
salir.
Los manuscritos de los libros del pequeño
químico iban directamente a la imprenta. Él pedía investigaciones,
verificaciones, lamentaba sumisamente que nadie le decía nada sobre lo que
escribía. Por fuerza (aducíamos asombrados): no había que cambiar ni siquiera
una coma. Sus libros no tenían necesidad de edición.
En la casa editora gozaba del aprecio de
Calvino y Ponchiroli, pero ya nadie recordaba que en 1947 alguien (¿Pavese?
¿Natalia Ginzburg? ¿Los dos?) le había devuelto cortésmente el manuscrito
de Si esto es un hombre. Porque no existía la colección apropiada, porque
ya había muchos libros sobre el tema, porque era necesario mirar hacia delante,
olvidar el horror. Natalia había perdido a su marido, Leone; Pavese rumiaba su
retiro (¿la deserción?) en la colinas de Monferrato, mientras el mundo se
incendiaba. “Por lo general rechazamos todo libro sobre el tema”, había escrito
a quien le proponía el manuscrito de un hebreo de Zagreb. Pero algunos
entendieron, apreciaron: Cajumi, Calvino, Cases. Saba le escribió a Giulio
Einaudi: “Ha escrito un bellísimo libro que quisiera ver entre tus
publicaciones”. Levi, magnánimo, dirá años después que se podía comprender: en
el clima de la reconstrucción “era casi una grosería, echar a perder la
fiesta”.
Luego, publicado por Antonicelli para De
Silva, “el bellísimo libro” había echado raíces en el corazón de Paolo
Boringhieri y Luciano Foà. Se batieron a fondo ambos, insistió también el autor
con su modo tranquilo pero firme, apenas angustiado, y finalmente, luego de
retiros y reenvíos, reapareció en la colección Saggi de Einaudi en 1958. Como
documento. La nueva edición había sido aumentada en una treintena de páginas,
pero ninguno se dio cuenta, ni siquiera Antonicelli que la había publicado.
El doctor Levi no era brillante, no tenía
pronta la frase ingeniosa, e incluso políticamente parecía no alineado. Aunque
había publicado algún capítulo del libro en el periódico del Partido Comunista
Italiano de Biella, no tomaba posición públicamente ni firmaba manifiestos.
Hacía lo posible para cancelar las huellas de su propio tránsito (en esto se
comprendía muy bien con Calvino). Las antenas de Giulio Einaudi no registraron
su presencia. Fue encomendado al aprendiz de la oficina de prensa. O mejor, no
lo encomendaron a nadie. Las primadonas einaudienses eran muchas, pero ninguna
gozaba de atenciones particulares. También ellas, a la par que cualquier
colaborador, se dedicaban a la adoración del Editor invisible, de su feminidad
esquiva. El hecho de que no les ofreciera atenciones especiales aumentaba su
amor. Si sufrían, sufrían en silencio.
Del pequeño químico me enternecía la
modestia, la melancolía, el perfeccionismo artesanal. No era desesperado sino
serenamente curioso.
Durante cinco años había frecuentado el
Instituto Goethe, porque quería comprender a los alemanes. Por cinco años se
carteó pacientemente con una cuarentena de lectores suyos de Alemania, pero la
posible verdad parecía esconderse más allá de la buena disposición de sus corresponsales.
Y cada vez se sentía desilusionado.
Se parecía un poco al hombrecito de
Chagall que emprende vuelo soliviándose sobre el techo de una especie de isba,
y que Bollati había escogido como portada de La tregua. Tal vez la química
tenía algo que ver con este vuelo. Tal vez la química había vuelto al doctor
Levi más ligero, más sensible.
La tregua quedó entre los cinco
finalistas del Premio Strega de manera autónoma. Nadie había movido un dedo
–entonces no se usaba–. Pero los einaudianos hubieran descendido hasta la
vulgaridad de pedir votos, de conducir una campaña electoral, aunque con
discreción.
El Strega lo ganó Natalia Ginzburg
con Léxico familiar; Levi fue un buen tercero. En el Ninfeo de Villa
Giulia fue acogido con simpatía, pero confesó que se sentía como cuerpo
extraño. El libro fue luego seleccionado entre los cinco finalistas del Premio
Campiello –que se inauguraba ese año–, patrocinado por los industriales
vénetos.
Cogimos el tren a Venecia con agitación de
escolares en gira. Estaba preocupado porque no tenía esmoquin, sino una modesta
gabardina, lo que le hizo escapar un chiste: el jurado no podía anunciar sino
que Primo Levi había sido el segundo. Lo intimidó la suntuosidad altoburguesa
de la casa de Valeri Manera, que daba sobre el Canal Grande, donde se ofrecía
una recepción de bienvenida. Miraba de arriba a abajo la mole autoritaria de
Bonaventura Tecchi, que parecía un profesor de filosofía de la escuela de
Gentile (el bastón en el que se apoyaba le daba un aire casi amenazante); el
bigotito de Virgilio Lilli de esmoquin, el aire elegante de un vividor
internacional; o la cara redonda y brillante de Giovanni Comisso, iluminada por
la sonrisa astuta de un adolescente goloso que acaba de robar la fruta del
huerto del vecino.
La premiación iba a tener lugar en la
Fundación Cini, en la isla de San Giorgio. El ceremonial pomposo de aquellos
años no incluía momentos de espectáculo, actores, bailarinas, estrellas de la
televisión. Delante de un público definido por los cronistas como “numeroso y
elegante” hubo un concierto de música clásica. A las 11:30 un notario leyó el
cómputo de los votos.
La tregua había ganado cómodamente.

