REPORTAJE: EL AÑO DICKENS
Vida y genio
Por Guillermo ALTARES
El bicentenario de Charles Dickens es la
conmemoración del año en la literatura de todo el mundo. El autor de David
Copperfield "nunca ha dejado de ser una fuerza viva", afirma
Peter Ackroyd, cuya biografía del escritor se publica ahora en español.
Fueron solo unos meses, pero cambiaron la
historia de la literatura. Acababa de cumplir 12 años cuando, el lunes 9 de
febrero de 1824, empezó a trabajar en la fábrica de betún Warren, en el número
30 de Hungerford Stairs, en una zona industrial de Londres, insalubre e
infestada de ratas. Las jornadas se prolongaban durante 10 horas, con una
pequeña pausa para comer. El salario era de seis o siete chelines a la semana (unos
30 euros en la actualidad). "Fue el acontecimiento más importante de la
vida de Charles Dickens", explica el escritor Peter Ackroyd, cuya sólida
biografía del novelista, Dickens. El observador solitario, acaba de
editar Edhasa en España. "Es algo que siempre tuvo presente. Creo que gran
parte de su energía creadora nace en esa infancia y su visión del mundo se
forja en aquellos momentos". "Todo mi ser se sentía tan imbuido de
pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso,
satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con tristeza
aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos
hijos, incluso de que soy un hombre", le confesó a su amigo John Forster,
autor de la primera biografía del escritor (The live of Charles
Dickens). Forster ya señaló que el germen de David Copperfield surgió
entre tarros de betún en aquellos talleres junto al Támesis. En el clásico
ensayo de 1940, Dickens, The Two Scrooge, Edmund Wilson apuntaba
también que aquel periodo de trabajo infantil, con su padre encarcelado a causa
de las deudas, fue crucial en la formación literaria y humana del escritor.
Los 200 años del nacimiento de Dickens,
que se conmemoran el próximo 7 de febrero, se han convertido en el acontecimiento
literario de la temporada. Exposiciones, nuevas versiones en cine y televisión
de sus libros, biografías, ensayos, representaciones. El mastodóntico
Waterstone's de Bloomsbury, una de las librerías más grandes de Londres,
situada en el barrio literario y universitario por antonomasia -y en el que
residió Dickens gran parte de su vida-, recibe al visitante con un escaparate
lleno de títulos sobre el narrador, algunos tan contemporáneos como Charles
Dickens in Cyberspace, de Jay Clayton, y otros tan sugerentes por sus
ramificaciones políticas como La situación de la clase obrera en
Inglaterra, de Friedrich Engels (Marx escribió sobre el autor
de Grandes esperanzas que "había proclamado más verdades de
calado social y político que todos los discursos de profesionales de la
política, agitadores y moralistas juntos").
Sin embargo, todo este despliegue tiene
algo de innecesario, porque Dickens jamás se ha ido. "Siempre ha estado
presente, nunca ha dejado de ser una fuerza viva de la cultura británica",
señala Ackroyd, autor de numerosas biografías, de Shakespeare y
deLondres (ambas en Edhasa), entre otras. "Sus novelas han sido
llevadas al cine de manera constante, se han rodado series de televisión desde
que tengo memoria, sus libros son reeditados y leídos una y otra vez. No creo
que haya habido ningún periodo desde su muerte en que no haya sido admirado
universalmente". "Dickens está en todos los ámbitos de la cultura
británica", asegura el historiador Alex Werner, conservador del Museo de
Londres, comisario de la exposición Dickens y Londres, que puede
verse hasta el 10 de junio, y coautor junto a Tony Williams del libro que
acompaña la muestra,Dickens's victorian London (1831- 1901). Desde su
muerte en 1870, se han publicado cerca de cien biografías, empezando por la de
Forster en 1872. Estas últimas semanas han aparecido reseñas en casi todos los
grandes diarios anglosajones de las dos últimas, Charles Dickens, A
life, de Claire Tomalin -que ya había publicado un relato de la vida de la
esposa del novelista, Catherine-, y Becoming Dickens. The invention of a
novelist, un ensayo literario de Robert Douglas-Fairhurst.
Una forma de explicar la vigencia de
Dickens es su presencia en una de las grandes series de televisión de la
década. En la quinta temporada de The Wire, el director adjunto
del Baltimore Sun pide a sus reporteros que busquen el "aspecto
dickensiano" de la ciudad. De hecho, los blogueros Joy Delyria y Sean
Michael Robinson lograron un considerable éxito en las redes sociales con una
reconstrucción de la serie de David Simon al modo de un folletín victoriano.
Recientemente, la BBC publicó en su página web un reportaje titulado Las
seis cosas que Charles Dickens dio al mundo moderno: la celebración de las
navidades gracias al impacto que tuvo Canción de Navidad, la denuncia
de la pobreza, los personajes de la comedia moderna, el cine (no, no le
confunden con los hermanos Lumière, Eisenstein dijo que los cimientos del
séptimo arte fueron edificados por Griffith basándose en ideas de Dickens como
el montaje paralelo o los primeros planos), los nombres de los personajes
llenos de simbolismo y nuestra visión de la ley y el derecho. A esto podríamos
añadir que Dickens fue un precursor de la defensa a ultranza de los derechos de
autor, harto de que en Estados Unidos pirateasen sin contemplaciones sus
obras, y la primera estrella de la cultura global, como explica Peter Ackroyd.
"Fue muy popular entre públicos muy amplios y convocaba a multitudes
cuando realizaba las giras de lectura de sus libros. En la época en que nacía
la fotografía, ya era muy reconocido popularmente, y cuando realizaba sus giras
por América era seguido por multitudes en la calle y se concentraban masas
frente a los hoteles en los que se alojaba. En ese sentido, podemos decir que
fue la primera celebridad global".
Una búsqueda en el ISBN revela 420 títulos
de Dickens vivos en todas las lenguas nacionales, publicados por editoriales
tan diversas como Gadir, Nocturna, Alba, Periférica, Alianza, Planeta,
Impedimenta, Ediciones B, Cátedra, Valdemar, Belaqva, Edhasa, Destino, RBA,
Alfaguara, Espasa Calpe, Cátedra o Círculo de Lectores, por solo citar unas
cuantas. "Su habilidad para crear personajes creíbles es una de sus
grandes virtudes, junto a su enorme habilidad como narrador, su capacidad para
contar historias", explica Ackroyd. "Su talento para inventar es
increíble: publicaba cada semana, cada mes, historias, esperando siempre hasta
el momento mismo del cierre. Y siempre lograba mantener el interés de sus
lectores". Según su biografía, llegó a crear 2.000 personajes en sus 14
novelas (15 si contamos la inacabada El misterio de Edwin Drood), sin
tener en cuenta sus numerosos relatos, ni toda su producción periodística;
aunque el Diccionario de Personajes Literarios Británicos recoge solo 989
nombres. Como destaca el historiador Alex Werner, su retrato más
famoso, El sueño de Dickens,firmado por su contemporáneo Robert Williams
Buss, muestra al escritor, en su estudio, dormido, rodeado por sus creaciones.
Oliver Twist, Ebenezer Scrooge, David Copperfield, Jacob Marley, Bill Sikes,
Fagin, Pip, Miss Havisham y su mugriento vestido de novia, el señor Pickwick,
la pequeña Nell, Florence Dombey, Uriah Heep, Joe Gargery, Sydney Carton,
Mister Gradgrind forman parte de un gigantesco legado que vive mucho más allá
de la literatura. Su herencia incluye tramas, historias e imágenes, fantasmas
de las navidades pasadas, futuras y presentes, principios como: "Era el
mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y de
la tontería, la época de fe y la época de la incredulidad, la estación de la
luz y de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la
desesperación". Según sus biógrafos, todo ese mundo ficticio tiene
dos anclajes reales: su propia vida y la ciudad de Londres.
"Su genialidad no puede separarse de
su vida. Es imposible estudiar a Dickens de forma aislada, tiene que ser
observado en el contexto de su época y de su vida en Londres. De hecho, su casa
estaba a unos pocos metros de aquí", señala Peter Ackroyd, que recibe en
su despacho de Bloomsbury, con su mesa de trabajo llena de libros sobre Chaplin
y sobre la historia de Inglaterra, los dos temas en los que este inagotable
investigador y novelista de 62 años está trabajando actualmente. Su biografía
de Dickens se publicó en inglés en 1990, en dos volúmenes, con casi 1.400
páginas. Edhasa ha editado una versión posterior, acortada (700 páginas).
En su libro de viajes por Australia, Bill
Bryson relata una visita al museo dedicado al más famoso de los bandidos
del outback, Ned Kelly, situado en una polvorienta localidad perdida.
Y escribe: "Era tan malo que era bueno". Siendo un poco exagerados,
podríamos decir algo parecido del Museo de Charles Dickens en Londres. Es cierto
que alberga la mejor colección de manuscritos y objetos del escritor y que,
además, vivió allí con su familia durante dos años (entre 1837, una fecha muy
simbólica porque es cuando empezó también la era victoriana, y 1839, época
durante la que terminó de escribir Los papeles del Club Pickwick y
comenzó Oliver Twist), lo que no se puede decir siempre de las
casas-museo de los artistas. Pero no es lo que un visitante espera de un
creador de la magnitud de Dickens. En su descargo se puede decir que esta
vivienda, situada en una clásica calle de edificios georgianos, es museo desde
1925, lo que explicaría en parte su aire vetusto, y que las otras dos casas de
Dickens en Londres, en Marylebone y en el cercano Tavistock Square, han
desaparecido. En abril el museo se someterá a una ambiciosa reforma. El hecho
de que cierre durante la celebración del segundo centenario del escritor y
durante los Juegos Olímpicos ha provocado una cierta polémica en el Reino
Unido, pero sus responsables han señalado que, si retrasan las obras, perderían
los dos millones de libras concedidos por el fondo de la lotería para el
mantenimiento de bienes culturales. Aparte de algunos momentos de una
intensidad kitsch muy divertida -la cocina con sus quesos y pasteles
falsos no tiene precio- y bastantes recuerdos y piezas interesantes, además de
contribuir a la Dickens Fellowship, la casa del 48 de Doughty Street merece una
visita porque permite un rápido recorrido por la vida del autor. Nació en 1812,
su familia se mudó a Londres en 1820, trabajó durante un periodo de entre seis
meses y un año cuando su padre se encontraba en prisión por sus deudas
-"es una cosa muy desagradable el sentirse avergonzado del propio
hogar", escribe en Grandes esperanzas-, comenzó a ejercer como
periodista en 1828 (un oficio que nunca abandonaría). El éxito de Los
papeles del Club Pickwick le permitió dedicarse a la literatura desde
1836. Su fama alcanzó su cénit en 1843 con Cuento de Navidad. Los
viajes -dos a América, además de a Italia y Francia bastante a menudo-, la
participación en diferentes causas filantrópicas, la afición al teatro, las
lecturas públicas que le convirtieron en un hombre muy rico -ganar dinero fue
una de las grandes obsesiones de su vida-, un divorcio tardío de Catherine, con
la que tuvo diez hijos, y una relación nunca aclarada con la joven actriz Nelly
Ternan -Ackroyd cree que nunca llegó a consumarse sexualmente mientras que
otros biógrafos consideran que sí-, sus maratonianos paseos nocturnos -caminaba
durante horas y horas, a veces hasta 30 kilómetros seguidos, como quedó
reflejado en uno de sus ensayos más conocidos, Night walks-, las
charlas y las complicidades con amigos como Wilkie Collins y el periodismo
ocuparon gran parte de su tiempo. Además, claro, de la literatura: compuso por
entregas 14 novelas que desde su publicación entraron a formar parte de la
conciencia colectiva de Occidente. Falleció, tras una extenuante gira de
lecturas, en la tarde del 9 de junio de 1870, a los 58 años, en su casa de Kent. Como
escribió recientemente en The New York Times el ensayista Verlyn
Klinkenborg, "doscientos años después de su muerte, Charles Dickens sigue
guardando su mayor secreto: la esencia de su energía".
Una parte muy importante de esa fuerza se
la dio la ciudad en la que vivió y en la que situó la inmensa mayoría de su
obra. "Londres y Dickens van juntos", afirma Alex Werner.
"Londres influyó tanto a Dickens que se puede decir que su genio dependió
del entorno londinense, fue un gran visionario que vio en las calles de Londres
un universo entero, de alegría, de sufrimiento. Los dos estaban profundamente
conectados y entre los dos crearon el más maravilloso retrato de la humanidad
en el siglo XIX", explica Ackroyd. Pero Dickens no se limitó a describir y
a captar la esencia de esa transformación: luchó por cambiar las condiciones de
vida. Y en cierta medida lo logró. Como explica Steven Pinker en su magnífico e
influyente ensayo The better angels of our nature, una investigación
sobre el descenso de la violencia en Occidente, "Oliver Twist y Nicholas
Nickleby abrieron los ojos de la sociedad sobre los malos tratos a los
niños en los albergues y orfanatos". La exposición del Museo de Londres
permite percibir la ciudad en la que Dickens vivió y escribió: a principios del
XIX tenía apenas un millón de habitantes, en los años setenta de ese siglo
alcanzaba los 3,5. Como relata Werner, era la capital del mundo -con 1851, el
año de la exposición universal, como epicentro-. Justo en esa época, la
población urbana se convirtió en mayoritaria en el Reino Unido, con miles de
personas llegando cada día a la megalópolis para vivir en condiciones muchas
veces de una pobreza atroz (no es ninguna casualidad que Dickens, Marx y Engels
escribiesen lo que escribieron en aquellos años en Londres). Ackroyd, autor de
la más conocida historia de la capital británica (Londres, Edhasa,
2002), señala: "Durante su vida Londres cambió más que en ningún otro
momento de su historia". EnDickens's victorian London, Alex Werner y
Tony Williams escriben: "Supo captar todos los cambios que ocurrían a su
alrededor y cuando leemos sus obras somos testigos del crecimiento y desarrollo
de la ciudad moderna, con todos sus problemas asociados".
En esa ciudad de las grandes esperanzas de
Pip, la miseria infantil de Oliver Twist y David Copperfield, un joven se vio
obligado a trabajar en una fábrica de betún en una sociedad que cambiaba a toda
velocidad y un escritor trató de construir todo su mundo sobre ese vértigo.
Como escribe Ackroyd: "En su obra lo real y lo irreal, lo material y lo
espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y lo trascendente conviven
en precario equilibrio, solo resuelto por el vigor de la palabra creada. En eso
consiste la magia de Charles Dickens".
Dickens. El observador
solitario. Peter Ackroyd. Edhasa. Dickens's victorian London. Alex
Werner y Tony Williams. Ebury Press, 2011. 288 páginas. Dickens and
London. Museo de Londres. Lunes a domingo. 10.00 a 18.00. Hasta el 10
de junio. www.museumoflondon.org.uk/london-wall.Charles Dickens Museum. 48
Doughty Street. Londres. Lunes a domingo, 10.00 a 17.00. Cerrado a
partir del 10 de abril. www.dickensmuseum.com.
***
CRÍTICA:
Un relato paso a paso
Por José María GUELBENZU
Hay que celebrar la muy oportuna edición
de esta biografía de Charles Dickens que, aunque ya tiene veinte años a sus
espaldas, es, sin duda, la más completa y rigurosa hasta la fecha.
Peter Ackroyd tiene una merecida fama como
biógrafo, pero, además, es un excelente novelista, lo cual beneficia
notablemente al libro, tanto por la calidad de su escritura como por la
atractiva comprensión del personaje y de su obra. En una ocasión califiqué
a David Copperfield de "la novela más novela de todas las
novelas" y me atrevo a decir que su autor es el novelista por excelencia
del siglo XIX, es decir, del siglo en que la novela sentó su canon a partir de
lo que, en el fondo, no era sino literatura popular. La lectura de esta
biografía no hace más que reafirmar mi convicción pues de ella se desprende que
la suya es la imagen del narrador por antonomasia. Peter Ackroyd ha centrado su
trabajo en dos asuntos primordiales. De una parte, es de admirar el modo en que
reúne vida y obra sin dejarse llevar por una rígida interpretación biográfica
de sus novelas sino que, mucho más ampliamente, acompaña el relato de su vida,
de su vocación y de su ambición aplicando de manera oportuna y significativa
los textos y referencias que dan cuenta de su creación y elaboración. Podríamos
decir que sigue a Dickens a través de sus obras y a sus obras a través de
Dickens. De hecho, el testimonio de Dickens enseñando a los Fields, sus
editores americanos, los lugares donde transcurren escenas de algunas de sus
novelas es el apoyo de lo que Ackroyd utiliza con habilidad a lo largo del
libro. De otra parte, es decisiva la atención que dedica a lo que llamaríamos
el hercúleo esfuerzo y la entrega total de Dickens a su obra, dejándose la vida
en ello. No sólo por lo que respecta a las novelas sino también a su labor de
editor de revistas literarias y de lector en público. La popularidad de Dickens
en Europa y América se debe tanto a sus libros como a sus giras de lectura
"en vivo", a menudo de dos horas, él sólo en escena, aliviándose del
esfuerzo con una copa de champán y una docena de ostras apuradas en el
entreacto.
El retrato de Dickens muestra la
admiración que por él siente el autor, pero también el rigor con que templa esa
admiración. No es complaciente, pero es luminoso. E incide con acierto en la
cualidad de observador de Dickens. "El horizonte de la portentosa
imaginación de Dickens era bastante limitado", afirma; por eso la mirada
que el autor concentra sobre sus escenarios y personajes es tan aguda, porque
extrae todo lo que es imaginativamente significativo dentro de ese mundo
limitado, lo cual, unido a una memoria fotográfica de lugares y personas
cercanos y a su tremenda disciplina, da lugar a una obra tan extraordinaria.
Dickens es un superviviente que nunca olvidará su pasado de pobreza y
humillaciones; es testarudo, obsesivo, minucioso, no siempre objetivo. Como
niño desamparado, su atención se volcará siempre en favor de los desamparados.
Es un radical en lo social y un hombre de peso en la opinión pública. Ackroyd
marca muy bien los tiempos de su evolución. Los inicios, marcando ya territorio
con el tono satírico y el relato lineal de escenas de Pickwick y el
tono melodramático, que incluye romanticismo y misterio, de Oliver
Twist. El cambio hacia una mayor complejidad a partir
de Copperfield, en el que también tiene que ver la aparición de una
estimulante competencia (las Brönte, Thackeray...). Los miedos del pasado, las
decepciones familiares (que no la falta de amor por ellos) que van oscureciendo
cada vez más sus temas (Casa desolada, Grandes esperanzas), la injusticia
social que ve a su alrededor... La evolución de su vida y obra va apareciendo
ante los ojos del lector paso a paso, de manera fascinante, porque Ackroyd
consigue -y este es su gran mérito- colocarnos en la perspectiva del escritor
sin perder la distancia que se exige al biógrafo. "En cuanto a la
tranquilidad, algunos desconocemos el significado de esa palabra". Lo que
corresponde a esta afirmación es la entrega, tanto a su obra como a su público,
que lo adoraba. Pero su vida no es sólo una dedicación que acabó por agotarlo;
es también -y está muy bien contado- el desasosiego íntimo que le hace pasear,
salir de casa, internarse en la noche, las caminatas de kilómetros, el corsé de
la vida doméstica, la tremenda separación de Catherine, la decepción de los
hijos -salvo Henry- y el cariño con que los apoya a pesar de todo, las
distancias y los reencuentros, los amigos, acabamiento físico... Este libro es,
en verdad, una vida contada, y de nuevo agradecemos que Ackroyd sea novelista y
sea a la vez tan riguroso. Su lectura, inexcusable para amantes de la
literatura, es el merecido homenaje que podemos rendir, dos siglos después -dos
siglos que lo acreditan-, al más grande de los narradores.
Dickens. El observador solitario
Peter Ackroyd
Traducción de Gregorio Cantera
Edhasa. Barcelona, 2011
704 páginas. 44,50 euros
***
REPORTAJE:
Dickens contra la piratería
Por Matthew PEARL
Vampirizado por la industria, el autor era
una estrella en Estados Unidos.
Cuando regresó de visitar Estados Unidos
por primera vez, Charles Dickens dio rienda suelta a su desilusión con el país
en dos libros, la mezcla de ensayo y libro de viajes Notas
americanas y el melodrama familiar Martin Chuzzlewit. La segunda
gira de Dickens por el país norteamericano se produjo aproximadamente 25 años
más tarde, en 1867. Al volver a casa en esa ocasión, Dickens se puso a escribir
(pero no terminó) El misterio de Edwin Drood. Este libro no hace
mención alguna de Estados Unidos. La mayor parte de la acción se desarrolla en
la ficticia ciudad inglesa de Cloisterham. Sin embargo, al examinarlo con
detalle, ¿se advierten huellas de la última experiencia americana de Dickens en
su última y famosa novela?
La relación de Dickens con Estados Unidos
fue lo bastante conflictiva como para que un estudio de los años ochenta del siglo
XX se titulara Charles Dickens's Quarrel with America (La disputa de
Charles Dickens con América). Podríamos calificarla más bien de
negociación, una negociación que se prolongó durante 30 años, y que nunca se
resolvió del todo. Por un lado, Dickens contaba con muchísimos lectores en
Estados Unidos y, en su primer viaje con su esposa Catherine, le agasajaron con
mucha más extravagancia de lo que había vivido en Inglaterra. Hubo un
"baile en honor de Boz" (seudónimo que utilizaba a veces), con un
surrealista decorado formado por actores vestidos como personajes de Dickens y
dispuestos en retablos sacados de sus libros. El propio escritor, que adoraba
la adulación, pensó que aquello era exagerado.
Los problemas entre el novelista y mi país
tenían sus orígenes en las leyes de EE UU. La ley sobre derechos de autor
protegía solo a los escritores estadounidenses; los editores tenían libertad
para publicar libros de autores británicos sin pagar derechos. Dickens perdió
un dinero incalculable, pero su fama se extendió por todo el país como un
reguero de pólvora porque el precio barato de los libros hacía que los pudiera
comprar todo tipo de lectores. Aun así, Dickens, como es lógico, se lanzó a la
ofensiva y, durante su primera visita, pronunció varios discursos sobre la
necesidad de cambiar la ley. Ni esas charlas ni la posterior publicación
de Notas americanas sentaron bien en la prensa, que acusó a Dickens
de codicia. Cuando el novelista regresó a su país, vio una manera inteligente
de vengarse de sus adversarios. Consciente de que los periódicos
estadounidenses iban a piratear automáticamente las entregas de su
novela Martin Chuzzlewit, empezó a escribir nuevos capítulos en los
que su protagonista iba a Estados Unidos y sufría allí una serie de cómicas
desventuras en las que los mismos periódicos que estaban publicando la novela
quedaban como ladrones.
Resulta interesante pensar que,
entre Chuzzlewit y las Notas, los sentimientos de Dickens
sobre Estados Unidos le dieron material para escribir durante dos años. Por
eso, al observar su segunda gira por Norteamérica, que duró cinco meses entre
1867 y 1868, es lógico preguntarse si algún elemento de sus experiencias más
recientes contribuyó también a inspirar su siguiente novela. Cuando le
preguntaron en Boston si quería ver algún sitio, pidió que le llevaran al
escenario del asesinato de Parkman, en la Facultad de Medicina de Harvard. Se
trataba de un famoso incidente ocurrido en 1849: se suponía que el profesor de
Harvard John Webster había asesinado a un acreedor suyo, Francis Parkman, que
además era benefactor de la universidad, y luego había escondido el cuerpo en
la caldera. La visita de Dickens a su laboratorio -"horriblemente
siniestro, privado, frío y silencioso", según dijo- pudo inspirar tal vez
algunas ideas para la historia de John Jasper y Edwin Drood.
El nexo más fascinante entre la gira y la
novela inacabada no es quizá lo que hizo Dickens en Estados Unidos, sino dos
cosas que no hizo. Cuando Dickens partió hacia América quería llevarse con él a
Nelly Ternan, la joven con la que mantenía una relación desde que repudiara a
Catherine Dickens, casi diez años antes. Seguramente todos, menos Dickens, eran
conscientes del enorme escándalo que se crearía si se paseaba por Estados
Unidos acompañado de una actriz de 28 años. Dickens escribía sobre valores
hogareños, y ese fue uno de los motivos por los que nunca quiso divorciarse.
Pese a su arrogancia, ni siquiera él estaba seguro de qué hacer; había acordado
una clave telegráfica secreta con su colega Wills para hacer saber a Nelly
cuándo podía reunirse con él. Pero, después de su llegada, el telegrama que
envió fue negativo: Nelly debía quedarse en Europa. Quizá tuvo una epifanía la
primera noche, cuando un camarero del hotel en Boston dejó abierta la puerta mientras
Dickens cenaba para que la gente pudiera verle. Aquel pequeño instante le
resultó tan memorable como para incluirlo en El misterio de Edwin
Drood,cuando una alumna de Miss Twinkleton, ansiosa por ver a Edwin, "le
observa entre las bisagras de la puerta abierta, dejada así a propósito".
La segunda omisión notable en la gira de Dickens está relacionada con su
hermano menor, Augustus Dickens, que de niño pronunciaba mal su apodo, Moses, y
así había dado lugar al sobrenombre Boz con el que se conoció a Dickens en los
primeros tiempos de su fama. Augustus, que murió el año anterior a la última
gira americana de Dickens, había abandonado en Inglaterra a su esposa ciega,
Harriet, para irse a vivir a Chicago con una mujer más joven. Cuando Dickens
renunció a visitar dicha ciudad, probablemente porque su salud estaba
empeorando y estaba agotado, los periódicos de Chicago criticaron al novelista
y dijeron que lo que había querido evitar era la vergüenza de ver a la viuda de
Augustus y que se negaba a ayudarla a pesar de los beneficios de sus
conferencias (Dickens ganó 150.000 dólares en la gira). El escritor replicó que
sí ayudaba a la señora de Augustus Dickens, la auténtica, la abandonada en
Inglaterra por el hermano descarriado. La viuda de Chicago se suicidó al año
siguiente.
Dickens evitó la controversia en su
segundo viaje a Estados Unidos, no solo manteniendo al margen a Nelly, sino
también evitando toda agitación sobre la ley de derechos de autor. La
publicación de El misterio de Edwin Drood iba a tener un papel
importante en ese tira y afloja constante con los editores estadounidenses.
Dickens anunció que la editorial de Boston Fields, Osgood & Co. tenía
autorización para publicar Drood en Estados Unidos y que él iba a
recibir los derechos de las ventas del libro. Hasta entonces, los editores
solían pagar un adelanto por las pruebas de imprenta, pero nada más. El acuerdo
respecto a Drood desató en la prensa una ola de encendidos debates
que denominaron la "Controversia de Dickens" y aumentó las
expectativas ante la publicación de la obra. Sus gastos familiares se habían
disparado, por la necesidad de mantener a Catherine, en virtud de su acuerdo de
separación, y en cierta medida a sus ocho hijos vivos, "mis chicos,
condenados a tener mala salud", e incluso a su hija casada, Kate, cuyo
marido era un pintor también enfermizo. Las posibilidades económicas de Estados
Unidos -que Dickens llamaba "un territorio dorado para ir de gira"- y
la publicación de El misterio de Edwin Drood formaban parte de sus
ambiciosos planes para asegurar el futuro de su familia.
Antes de que Dickens se fuera a EE UU, le
habían despedido con una cena sus amigos y familiares, entre ellos su hijo
Sydney. Igual que Drood, que está deseando, con apropiado espíritu
colonialista, "despertar ligeramente a Egipto", e igual que otros
hijos de Dickens, Francis, Alfred, Plorn y el difunto Walter, Sydney se dedicó
a viajar por el mundo. Había heredado la maldición de su abuelo paterno, John
Dickens, y dejaba enormes facturas sin pagar. Entonces, los acreedores iban en
busca del famoso novelista. Las deudas se acumularon hasta tal punto que
Dickens prohibió a Sydney que volviera a casa, y llegó a escribir sobre él en
una carta: "Empiezo a pensar que desearía que estuviera muerto". El
contraste debía de ser impresionante: Dickens, que agotaba su salud viajando
para ganar dinero con el que mantener a su familia, y Sydney, que navegaba por
el mundo dejando a su paso deudas y ruina, aprovechando su nombre. Quién sabe
si la desaparición de Edwin Drood fue un intento consciente de plasmar una
especie de recreación ficticia -como alivio o como penitencia- de su deseo de
que estuviera muerto, o de la desaparición y muerte anteriores de otro hijo
también dado a las deudas, Walter; en cualquier caso, la violenta ruptura que
sufre la familia en Drood es un reflejo de su desintegración
familiar.
¿Habría servido para mantener unida a su
familia la combinación de la gira por Estados Unidos y la esperada publicación
de Drood? Independientemente de cuál iba a ser el final de la novela,
este es el misterio que Dickens no pudo ver resuelto.
Traducción de María Luisa Rodríguez
Tapia. Matthew Pearl (Nueva York, 1975) reedita su libroEl último
Dickens. Alfaguara, 2012. 488 páginas. 22 euros.
El sueño de Dickens, obra inacabada
de Robert Williams Buss (1804-1875).
Articulo :
http://www.elpais.com 20/01/2012

