dimanche 22 janvier 2012

Guillermo ALTARES/ Vida y genio




REPORTAJE: EL AÑO DICKENS
Vida y genio
Por Guillermo ALTARES 

El bicentenario de Charles Dickens es la conmemoración del año en la literatura de todo el mundo. El autor de David Copperfield "nunca ha dejado de ser una fuerza viva", afirma Peter Ackroyd, cuya biografía del escritor se publica ahora en español.

Fueron solo unos meses, pero cambiaron la historia de la literatura. Acababa de cumplir 12 años cuando, el lunes 9 de febrero de 1824, empezó a trabajar en la fábrica de betún Warren, en el número 30 de Hungerford Stairs, en una zona industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas. Las jornadas se prolongaban durante 10 horas, con una pequeña pausa para comer. El salario era de seis o siete chelines a la semana (unos 30 euros en la actualidad). "Fue el acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens", explica el escritor Peter Ackroyd, cuya sólida biografía del novelista, Dickens. El observador solitario, acaba de editar Edhasa en España. "Es algo que siempre tuvo presente. Creo que gran parte de su energía creadora nace en esa infancia y su visión del mundo se forja en aquellos momentos". "Todo mi ser se sentía tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso, satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con tristeza aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre", le confesó a su amigo John Forster, autor de la primera biografía del escritor (The live of Charles Dickens). Forster ya señaló que el germen de David Copperfield surgió entre tarros de betún en aquellos talleres junto al Támesis. En el clásico ensayo de 1940, Dickens, The Two Scrooge, Edmund Wilson apuntaba también que aquel periodo de trabajo infantil, con su padre encarcelado a causa de las deudas, fue crucial en la formación literaria y humana del escritor.

Los 200 años del nacimiento de Dickens, que se conmemoran el próximo 7 de febrero, se han convertido en el acontecimiento literario de la temporada. Exposiciones, nuevas versiones en cine y televisión de sus libros, biografías, ensayos, representaciones. El mastodóntico Waterstone's de Bloomsbury, una de las librerías más grandes de Londres, situada en el barrio literario y universitario por antonomasia -y en el que residió Dickens gran parte de su vida-, recibe al visitante con un escaparate lleno de títulos sobre el narrador, algunos tan contemporáneos como Charles Dickens in Cyberspace, de Jay Clayton, y otros tan sugerentes por sus ramificaciones políticas como La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Friedrich Engels (Marx escribió sobre el autor de Grandes esperanzas que "había proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos").
Sin embargo, todo este despliegue tiene algo de innecesario, porque Dickens jamás se ha ido. "Siempre ha estado presente, nunca ha dejado de ser una fuerza viva de la cultura británica", señala Ackroyd, autor de numerosas biografías, de Shakespeare y deLondres (ambas en Edhasa), entre otras. "Sus novelas han sido llevadas al cine de manera constante, se han rodado series de televisión desde que tengo memoria, sus libros son reeditados y leídos una y otra vez. No creo que haya habido ningún periodo desde su muerte en que no haya sido admirado universalmente". "Dickens está en todos los ámbitos de la cultura británica", asegura el historiador Alex Werner, conservador del Museo de Londres, comisario de la exposición Dickens y Londres, que puede verse hasta el 10 de junio, y coautor junto a Tony Williams del libro que acompaña la muestra,Dickens's victorian London (1831- 1901). Desde su muerte en 1870, se han publicado cerca de cien biografías, empezando por la de Forster en 1872. Estas últimas semanas han aparecido reseñas en casi todos los grandes diarios anglosajones de las dos últimas, Charles Dickens, A life, de Claire Tomalin -que ya había publicado un relato de la vida de la esposa del novelista, Catherine-, y Becoming Dickens. The invention of a novelist, un ensayo literario de Robert Douglas-Fairhurst.

Una forma de explicar la vigencia de Dickens es su presencia en una de las grandes series de televisión de la década. En la quinta temporada de The Wire, el director adjunto del Baltimore Sun pide a sus reporteros que busquen el "aspecto dickensiano" de la ciudad. De hecho, los blogueros Joy Delyria y Sean Michael Robinson lograron un considerable éxito en las redes sociales con una reconstrucción de la serie de David Simon al modo de un folletín victoriano. Recientemente, la BBC publicó en su página web un reportaje titulado Las seis cosas que Charles Dickens dio al mundo moderno: la celebración de las navidades gracias al impacto que tuvo Canción de Navidad, la denuncia de la pobreza, los personajes de la comedia moderna, el cine (no, no le confunden con los hermanos Lumière, Eisenstein dijo que los cimientos del séptimo arte fueron edificados por Griffith basándose en ideas de Dickens como el montaje paralelo o los primeros planos), los nombres de los personajes llenos de simbolismo y nuestra visión de la ley y el derecho. A esto podríamos añadir que Dickens fue un precursor de la defensa a ultranza de los derechos de autor, harto de que en Estados Unidos pirateasen sin contemplaciones sus obras, y la primera estrella de la cultura global, como explica Peter Ackroyd. "Fue muy popular entre públicos muy amplios y convocaba a multitudes cuando realizaba las giras de lectura de sus libros. En la época en que nacía la fotografía, ya era muy reconocido popularmente, y cuando realizaba sus giras por América era seguido por multitudes en la calle y se concentraban masas frente a los hoteles en los que se alojaba. En ese sentido, podemos decir que fue la primera celebridad global".

Una búsqueda en el ISBN revela 420 títulos de Dickens vivos en todas las lenguas nacionales, publicados por editoriales tan diversas como Gadir, Nocturna, Alba, Periférica, Alianza, Planeta, Impedimenta, Ediciones B, Cátedra, Valdemar, Belaqva, Edhasa, Destino, RBA, Alfaguara, Espasa Calpe, Cátedra o Círculo de Lectores, por solo citar unas cuantas. "Su habilidad para crear personajes creíbles es una de sus grandes virtudes, junto a su enorme habilidad como narrador, su capacidad para contar historias", explica Ackroyd. "Su talento para inventar es increíble: publicaba cada semana, cada mes, historias, esperando siempre hasta el momento mismo del cierre. Y siempre lograba mantener el interés de sus lectores". Según su biografía, llegó a crear 2.000 personajes en sus 14 novelas (15 si contamos la inacabada El misterio de Edwin Drood), sin tener en cuenta sus numerosos relatos, ni toda su producción periodística; aunque el Diccionario de Personajes Literarios Británicos recoge solo 989 nombres. Como destaca el historiador Alex Werner, su retrato más famoso, El sueño de Dickens,firmado por su contemporáneo Robert Williams Buss, muestra al escritor, en su estudio, dormido, rodeado por sus creaciones. Oliver Twist, Ebenezer Scrooge, David Copperfield, Jacob Marley, Bill Sikes, Fagin, Pip, Miss Havisham y su mugriento vestido de novia, el señor Pickwick, la pequeña Nell, Florence Dombey, Uriah Heep, Joe Gargery, Sydney Carton, Mister Gradgrind forman parte de un gigantesco legado que vive mucho más allá de la literatura. Su herencia incluye tramas, historias e imágenes, fantasmas de las navidades pasadas, futuras y presentes, principios como: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y de la tontería, la época de fe y la época de la incredulidad, la estación de la luz y de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación". Según sus biógrafos, todo ese mundo ficticio tiene dos anclajes reales: su propia vida y la ciudad de Londres.

"Su genialidad no puede separarse de su vida. Es imposible estudiar a Dickens de forma aislada, tiene que ser observado en el contexto de su época y de su vida en Londres. De hecho, su casa estaba a unos pocos metros de aquí", señala Peter Ackroyd, que recibe en su despacho de Bloomsbury, con su mesa de trabajo llena de libros sobre Chaplin y sobre la historia de Inglaterra, los dos temas en los que este inagotable investigador y novelista de 62 años está trabajando actualmente. Su biografía de Dickens se publicó en inglés en 1990, en dos volúmenes, con casi 1.400 páginas. Edhasa ha editado una versión posterior, acortada (700 páginas).

En su libro de viajes por Australia, Bill Bryson relata una visita al museo dedicado al más famoso de los bandidos del outback, Ned Kelly, situado en una polvorienta localidad perdida. Y escribe: "Era tan malo que era bueno". Siendo un poco exagerados, podríamos decir algo parecido del Museo de Charles Dickens en Londres. Es cierto que alberga la mejor colección de manuscritos y objetos del escritor y que, además, vivió allí con su familia durante dos años (entre 1837, una fecha muy simbólica porque es cuando empezó también la era victoriana, y 1839, época durante la que terminó de escribir Los papeles del Club Pickwick y comenzó Oliver Twist), lo que no se puede decir siempre de las casas-museo de los artistas. Pero no es lo que un visitante espera de un creador de la magnitud de Dickens. En su descargo se puede decir que esta vivienda, situada en una clásica calle de edificios georgianos, es museo desde 1925, lo que explicaría en parte su aire vetusto, y que las otras dos casas de Dickens en Londres, en Marylebone y en el cercano Tavistock Square, han desaparecido. En abril el museo se someterá a una ambiciosa reforma. El hecho de que cierre durante la celebración del segundo centenario del escritor y durante los Juegos Olímpicos ha provocado una cierta polémica en el Reino Unido, pero sus responsables han señalado que, si retrasan las obras, perderían los dos millones de libras concedidos por el fondo de la lotería para el mantenimiento de bienes culturales. Aparte de algunos momentos de una intensidad kitsch muy divertida -la cocina con sus quesos y pasteles falsos no tiene precio- y bastantes recuerdos y piezas interesantes, además de contribuir a la Dickens Fellowship, la casa del 48 de Doughty Street merece una visita porque permite un rápido recorrido por la vida del autor. Nació en 1812, su familia se mudó a Londres en 1820, trabajó durante un periodo de entre seis meses y un año cuando su padre se encontraba en prisión por sus deudas -"es una cosa muy desagradable el sentirse avergonzado del propio hogar", escribe en Grandes esperanzas-, comenzó a ejercer como periodista en 1828 (un oficio que nunca abandonaría). El éxito de Los papeles del Club Pickwick le permitió dedicarse a la literatura desde 1836. Su fama alcanzó su cénit en 1843 con Cuento de Navidad. Los viajes -dos a América, además de a Italia y Francia bastante a menudo-, la participación en diferentes causas filantrópicas, la afición al teatro, las lecturas públicas que le convirtieron en un hombre muy rico -ganar dinero fue una de las grandes obsesiones de su vida-, un divorcio tardío de Catherine, con la que tuvo diez hijos, y una relación nunca aclarada con la joven actriz Nelly Ternan -Ackroyd cree que nunca llegó a consumarse sexualmente mientras que otros biógrafos consideran que sí-, sus maratonianos paseos nocturnos -caminaba durante horas y horas, a veces hasta 30 kilómetros seguidos, como quedó reflejado en uno de sus ensayos más conocidos, Night walks-, las charlas y las complicidades con amigos como Wilkie Collins y el periodismo ocuparon gran parte de su tiempo. Además, claro, de la literatura: compuso por entregas 14 novelas que desde su publicación entraron a formar parte de la conciencia colectiva de Occidente. Falleció, tras una extenuante gira de lecturas, en la tarde del 9 de junio de 1870, a los 58 años, en su casa de Kent. Como escribió recientemente en The New York Times el ensayista Verlyn Klinkenborg, "doscientos años después de su muerte, Charles Dickens sigue guardando su mayor secreto: la esencia de su energía".

Una parte muy importante de esa fuerza se la dio la ciudad en la que vivió y en la que situó la inmensa mayoría de su obra. "Londres y Dickens van juntos", afirma Alex Werner. "Londres influyó tanto a Dickens que se puede decir que su genio dependió del entorno londinense, fue un gran visionario que vio en las calles de Londres un universo entero, de alegría, de sufrimiento. Los dos estaban profundamente conectados y entre los dos crearon el más maravilloso retrato de la humanidad en el siglo XIX", explica Ackroyd. Pero Dickens no se limitó a describir y a captar la esencia de esa transformación: luchó por cambiar las condiciones de vida. Y en cierta medida lo logró. Como explica Steven Pinker en su magnífico e influyente ensayo The better angels of our nature, una investigación sobre el descenso de la violencia en Occidente, "Oliver Twist y Nicholas Nickleby abrieron los ojos de la sociedad sobre los malos tratos a los niños en los albergues y orfanatos". La exposición del Museo de Londres permite percibir la ciudad en la que Dickens vivió y escribió: a principios del XIX tenía apenas un millón de habitantes, en los años setenta de ese siglo alcanzaba los 3,5. Como relata Werner, era la capital del mundo -con 1851, el año de la exposición universal, como epicentro-. Justo en esa época, la población urbana se convirtió en mayoritaria en el Reino Unido, con miles de personas llegando cada día a la megalópolis para vivir en condiciones muchas veces de una pobreza atroz (no es ninguna casualidad que Dickens, Marx y Engels escribiesen lo que escribieron en aquellos años en Londres). Ackroyd, autor de la más conocida historia de la capital británica (Londres, Edhasa, 2002), señala: "Durante su vida Londres cambió más que en ningún otro momento de su historia". EnDickens's victorian London, Alex Werner y Tony Williams escriben: "Supo captar todos los cambios que ocurrían a su alrededor y cuando leemos sus obras somos testigos del crecimiento y desarrollo de la ciudad moderna, con todos sus problemas asociados".

En esa ciudad de las grandes esperanzas de Pip, la miseria infantil de Oliver Twist y David Copperfield, un joven se vio obligado a trabajar en una fábrica de betún en una sociedad que cambiaba a toda velocidad y un escritor trató de construir todo su mundo sobre ese vértigo. Como escribe Ackroyd: "En su obra lo real y lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y lo trascendente conviven en precario equilibrio, solo resuelto por el vigor de la palabra creada. En eso consiste la magia de Charles Dickens".
Dickens. El observador solitario. Peter Ackroyd. Edhasa. Dickens's victorian London. Alex Werner y Tony Williams. Ebury Press, 2011. 288 páginas. Dickens and London. Museo de Londres. Lunes a domingo. 10.00 a 18.00. Hasta el 10 de junio. www.museumoflondon.org.uk/london-wall.Charles Dickens Museum. 48 Doughty Street. Londres. Lunes a domingo, 10.00 a 17.00. Cerrado a partir del 10 de abril. www.dickensmuseum.com.

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CRÍTICA:
Un relato paso a paso
Por José María  GUELBENZU

Hay que celebrar la muy oportuna edición de esta biografía de Charles Dickens que, aunque ya tiene veinte años a sus espaldas, es, sin duda, la más completa y rigurosa hasta la fecha.

Peter Ackroyd tiene una merecida fama como biógrafo, pero, además, es un excelente novelista, lo cual beneficia notablemente al libro, tanto por la calidad de su escritura como por la atractiva comprensión del personaje y de su obra. En una ocasión califiqué a David Copperfield de "la novela más novela de todas las novelas" y me atrevo a decir que su autor es el novelista por excelencia del siglo XIX, es decir, del siglo en que la novela sentó su canon a partir de lo que, en el fondo, no era sino literatura popular. La lectura de esta biografía no hace más que reafirmar mi convicción pues de ella se desprende que la suya es la imagen del narrador por antonomasia. Peter Ackroyd ha centrado su trabajo en dos asuntos primordiales. De una parte, es de admirar el modo en que reúne vida y obra sin dejarse llevar por una rígida interpretación biográfica de sus novelas sino que, mucho más ampliamente, acompaña el relato de su vida, de su vocación y de su ambición aplicando de manera oportuna y significativa los textos y referencias que dan cuenta de su creación y elaboración. Podríamos decir que sigue a Dickens a través de sus obras y a sus obras a través de Dickens. De hecho, el testimonio de Dickens enseñando a los Fields, sus editores americanos, los lugares donde transcurren escenas de algunas de sus novelas es el apoyo de lo que Ackroyd utiliza con habilidad a lo largo del libro. De otra parte, es decisiva la atención que dedica a lo que llamaríamos el hercúleo esfuerzo y la entrega total de Dickens a su obra, dejándose la vida en ello. No sólo por lo que respecta a las novelas sino también a su labor de editor de revistas literarias y de lector en público. La popularidad de Dickens en Europa y América se debe tanto a sus libros como a sus giras de lectura "en vivo", a menudo de dos horas, él sólo en escena, aliviándose del esfuerzo con una copa de champán y una docena de ostras apuradas en el entreacto.

El retrato de Dickens muestra la admiración que por él siente el autor, pero también el rigor con que templa esa admiración. No es complaciente, pero es luminoso. E incide con acierto en la cualidad de observador de Dickens. "El horizonte de la portentosa imaginación de Dickens era bastante limitado", afirma; por eso la mirada que el autor concentra sobre sus escenarios y personajes es tan aguda, porque extrae todo lo que es imaginativamente significativo dentro de ese mundo limitado, lo cual, unido a una memoria fotográfica de lugares y personas cercanos y a su tremenda disciplina, da lugar a una obra tan extraordinaria. Dickens es un superviviente que nunca olvidará su pasado de pobreza y humillaciones; es testarudo, obsesivo, minucioso, no siempre objetivo. Como niño desamparado, su atención se volcará siempre en favor de los desamparados. Es un radical en lo social y un hombre de peso en la opinión pública. Ackroyd marca muy bien los tiempos de su evolución. Los inicios, marcando ya territorio con el tono satírico y el relato lineal de escenas de Pickwick y el tono melodramático, que incluye romanticismo y misterio, de Oliver Twist. El cambio hacia una mayor complejidad a partir de Copperfield, en el que también tiene que ver la aparición de una estimulante competencia (las Brönte, Thackeray...). Los miedos del pasado, las decepciones familiares (que no la falta de amor por ellos) que van oscureciendo cada vez más sus temas (Casa desolada, Grandes esperanzas), la injusticia social que ve a su alrededor... La evolución de su vida y obra va apareciendo ante los ojos del lector paso a paso, de manera fascinante, porque Ackroyd consigue -y este es su gran mérito- colocarnos en la perspectiva del escritor sin perder la distancia que se exige al biógrafo. "En cuanto a la tranquilidad, algunos desconocemos el significado de esa palabra". Lo que corresponde a esta afirmación es la entrega, tanto a su obra como a su público, que lo adoraba. Pero su vida no es sólo una dedicación que acabó por agotarlo; es también -y está muy bien contado- el desasosiego íntimo que le hace pasear, salir de casa, internarse en la noche, las caminatas de kilómetros, el corsé de la vida doméstica, la tremenda separación de Catherine, la decepción de los hijos -salvo Henry- y el cariño con que los apoya a pesar de todo, las distancias y los reencuentros, los amigos, acabamiento físico... Este libro es, en verdad, una vida contada, y de nuevo agradecemos que Ackroyd sea novelista y sea a la vez tan riguroso. Su lectura, inexcusable para amantes de la literatura, es el merecido homenaje que podemos rendir, dos siglos después -dos siglos que lo acreditan-, al más grande de los narradores.

Dickens. El observador solitario
Peter Ackroyd
Traducción de Gregorio Cantera
Edhasa. Barcelona, 2011
704 páginas. 44,50 euros

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REPORTAJE:
Dickens contra la piratería
Por Matthew PEARL 

Vampirizado por la industria, el autor era una estrella en Estados Unidos.

Cuando regresó de visitar Estados Unidos por primera vez, Charles Dickens dio rienda suelta a su desilusión con el país en dos libros, la mezcla de ensayo y libro de viajes Notas americanas y el melodrama familiar Martin Chuzzlewit. La segunda gira de Dickens por el país norteamericano se produjo aproximadamente 25 años más tarde, en 1867. Al volver a casa en esa ocasión, Dickens se puso a escribir (pero no terminó) El misterio de Edwin Drood. Este libro no hace mención alguna de Estados Unidos. La mayor parte de la acción se desarrolla en la ficticia ciudad inglesa de Cloisterham. Sin embargo, al examinarlo con detalle, ¿se advierten huellas de la última experiencia americana de Dickens en su última y famosa novela?

La relación de Dickens con Estados Unidos fue lo bastante conflictiva como para que un estudio de los años ochenta del siglo XX se titulara Charles Dickens's Quarrel with America (La disputa de Charles Dickens con América). Podríamos calificarla más bien de negociación, una negociación que se prolongó durante 30 años, y que nunca se resolvió del todo. Por un lado, Dickens contaba con muchísimos lectores en Estados Unidos y, en su primer viaje con su esposa Catherine, le agasajaron con mucha más extravagancia de lo que había vivido en Inglaterra. Hubo un "baile en honor de Boz" (seudónimo que utilizaba a veces), con un surrealista decorado formado por actores vestidos como personajes de Dickens y dispuestos en retablos sacados de sus libros. El propio escritor, que adoraba la adulación, pensó que aquello era exagerado.

Los problemas entre el novelista y mi país tenían sus orígenes en las leyes de EE UU. La ley sobre derechos de autor protegía solo a los escritores estadounidenses; los editores tenían libertad para publicar libros de autores británicos sin pagar derechos. Dickens perdió un dinero incalculable, pero su fama se extendió por todo el país como un reguero de pólvora porque el precio barato de los libros hacía que los pudiera comprar todo tipo de lectores. Aun así, Dickens, como es lógico, se lanzó a la ofensiva y, durante su primera visita, pronunció varios discursos sobre la necesidad de cambiar la ley. Ni esas charlas ni la posterior publicación de Notas americanas sentaron bien en la prensa, que acusó a Dickens de codicia. Cuando el novelista regresó a su país, vio una manera inteligente de vengarse de sus adversarios. Consciente de que los periódicos estadounidenses iban a piratear automáticamente las entregas de su novela Martin Chuzzlewit, empezó a escribir nuevos capítulos en los que su protagonista iba a Estados Unidos y sufría allí una serie de cómicas desventuras en las que los mismos periódicos que estaban publicando la novela quedaban como ladrones.

Resulta interesante pensar que, entre Chuzzlewit y las Notas, los sentimientos de Dickens sobre Estados Unidos le dieron material para escribir durante dos años. Por eso, al observar su segunda gira por Norteamérica, que duró cinco meses entre 1867 y 1868, es lógico preguntarse si algún elemento de sus experiencias más recientes contribuyó también a inspirar su siguiente novela. Cuando le preguntaron en Boston si quería ver algún sitio, pidió que le llevaran al escenario del asesinato de Parkman, en la Facultad de Medicina de Harvard. Se trataba de un famoso incidente ocurrido en 1849: se suponía que el profesor de Harvard John Webster había asesinado a un acreedor suyo, Francis Parkman, que además era benefactor de la universidad, y luego había escondido el cuerpo en la caldera. La visita de Dickens a su laboratorio -"horriblemente siniestro, privado, frío y silencioso", según dijo- pudo inspirar tal vez algunas ideas para la historia de John Jasper y Edwin Drood.

El nexo más fascinante entre la gira y la novela inacabada no es quizá lo que hizo Dickens en Estados Unidos, sino dos cosas que no hizo. Cuando Dickens partió hacia América quería llevarse con él a Nelly Ternan, la joven con la que mantenía una relación desde que repudiara a Catherine Dickens, casi diez años antes. Seguramente todos, menos Dickens, eran conscientes del enorme escándalo que se crearía si se paseaba por Estados Unidos acompañado de una actriz de 28 años. Dickens escribía sobre valores hogareños, y ese fue uno de los motivos por los que nunca quiso divorciarse. Pese a su arrogancia, ni siquiera él estaba seguro de qué hacer; había acordado una clave telegráfica secreta con su colega Wills para hacer saber a Nelly cuándo podía reunirse con él. Pero, después de su llegada, el telegrama que envió fue negativo: Nelly debía quedarse en Europa. Quizá tuvo una epifanía la primera noche, cuando un camarero del hotel en Boston dejó abierta la puerta mientras Dickens cenaba para que la gente pudiera verle. Aquel pequeño instante le resultó tan memorable como para incluirlo en El misterio de Edwin Drood,cuando una alumna de Miss Twinkleton, ansiosa por ver a Edwin, "le observa entre las bisagras de la puerta abierta, dejada así a propósito". La segunda omisión notable en la gira de Dickens está relacionada con su hermano menor, Augustus Dickens, que de niño pronunciaba mal su apodo, Moses, y así había dado lugar al sobrenombre Boz con el que se conoció a Dickens en los primeros tiempos de su fama. Augustus, que murió el año anterior a la última gira americana de Dickens, había abandonado en Inglaterra a su esposa ciega, Harriet, para irse a vivir a Chicago con una mujer más joven. Cuando Dickens renunció a visitar dicha ciudad, probablemente porque su salud estaba empeorando y estaba agotado, los periódicos de Chicago criticaron al novelista y dijeron que lo que había querido evitar era la vergüenza de ver a la viuda de Augustus y que se negaba a ayudarla a pesar de los beneficios de sus conferencias (Dickens ganó 150.000 dólares en la gira). El escritor replicó que sí ayudaba a la señora de Augustus Dickens, la auténtica, la abandonada en Inglaterra por el hermano descarriado. La viuda de Chicago se suicidó al año siguiente.

Dickens evitó la controversia en su segundo viaje a Estados Unidos, no solo manteniendo al margen a Nelly, sino también evitando toda agitación sobre la ley de derechos de autor. La publicación de El misterio de Edwin Drood iba a tener un papel importante en ese tira y afloja constante con los editores estadounidenses. Dickens anunció que la editorial de Boston Fields, Osgood & Co. tenía autorización para publicar Drood en Estados Unidos y que él iba a recibir los derechos de las ventas del libro. Hasta entonces, los editores solían pagar un adelanto por las pruebas de imprenta, pero nada más. El acuerdo respecto a Drood desató en la prensa una ola de encendidos debates que denominaron la "Controversia de Dickens" y aumentó las expectativas ante la publicación de la obra. Sus gastos familiares se habían disparado, por la necesidad de mantener a Catherine, en virtud de su acuerdo de separación, y en cierta medida a sus ocho hijos vivos, "mis chicos, condenados a tener mala salud", e incluso a su hija casada, Kate, cuyo marido era un pintor también enfermizo. Las posibilidades económicas de Estados Unidos -que Dickens llamaba "un territorio dorado para ir de gira"- y la publicación de El misterio de Edwin Drood formaban parte de sus ambiciosos planes para asegurar el futuro de su familia.

Antes de que Dickens se fuera a EE UU, le habían despedido con una cena sus amigos y familiares, entre ellos su hijo Sydney. Igual que Drood, que está deseando, con apropiado espíritu colonialista, "despertar ligeramente a Egipto", e igual que otros hijos de Dickens, Francis, Alfred, Plorn y el difunto Walter, Sydney se dedicó a viajar por el mundo. Había heredado la maldición de su abuelo paterno, John Dickens, y dejaba enormes facturas sin pagar. Entonces, los acreedores iban en busca del famoso novelista. Las deudas se acumularon hasta tal punto que Dickens prohibió a Sydney que volviera a casa, y llegó a escribir sobre él en una carta: "Empiezo a pensar que desearía que estuviera muerto". El contraste debía de ser impresionante: Dickens, que agotaba su salud viajando para ganar dinero con el que mantener a su familia, y Sydney, que navegaba por el mundo dejando a su paso deudas y ruina, aprovechando su nombre. Quién sabe si la desaparición de Edwin Drood fue un intento consciente de plasmar una especie de recreación ficticia -como alivio o como penitencia- de su deseo de que estuviera muerto, o de la desaparición y muerte anteriores de otro hijo también dado a las deudas, Walter; en cualquier caso, la violenta ruptura que sufre la familia en Drood es un reflejo de su desintegración familiar.

¿Habría servido para mantener unida a su familia la combinación de la gira por Estados Unidos y la esperada publicación de Drood? Independientemente de cuál iba a ser el final de la novela, este es el misterio que Dickens no pudo ver resuelto.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Matthew Pearl (Nueva York, 1975) reedita su libroEl último Dickens. Alfaguara, 2012. 488 páginas. 22 euros.

El sueño de Dickens, obra inacabada de Robert Williams Buss (1804-1875).
Articulo :  http://www.elpais.com 20/01/2012

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