LITERATURA
Osvaldo Soriano: a quince años de la
muerte del escritor elogiado y discutido por igual
Por Ivanna SOTO
Escritor, periodista, fanático del cine y
San Lorenzo, “El Gordo” instituyó un estilo que caló hondo en su
generación y en las siguientes, pese a que la crítica académica local le
fue casi siempre esquiva. Murió el 29 de enero de 1997, después de luchar
contra un cáncer de pulmón. Tenía 54 años.
Un escritor al que no le interesaba la
literatura -como solía decir-, que aprendió de su vida nómade siguiendo a su
padre electrotécnico por las distintas ciudades del interior. Fue él, que nació
un día de Reyes de 1943 en la calle Alem de Mar del Plata, mientras Borges y
Bioy Casares imaginaban las historias de Isidro Parodi, que nunca terminó el
secundario, que no cumplió el sueño de sus padres de ser ingeniero ni el suyo
de ser futbolista. Soriano, el escritor, el periodista, el cinéfilo, el
fanático, “El Gordo”, que creció entre los paisajes y amistades que podían
ofrecerle Mar del Plata, luego Tandil, San Luis, Río Cuarto, Río Negro, jugando
a las barajas, refugiándose en el cine y el fútbol. Se hizo de San Lorenzo, sin
importar lo que eso significaba en una provincia, sin nunca pensar en otra
camiseta. Quizás ya entonces se gestaban los gérmenes de esa intensa
provocación que caracterizaría siempre a Osvaldo Soriano.
Ya pasaron 15 años. Soriano no está. Pero
no deja de estar presente. Ni él, ni el periodista de Triste, solitario y
final, ni su Andrés Galván y Tony Rocha, ni su Julio Carré, ni sus artistas,
locos y criminales, ni sus rebeldes, soñadores y fugitivos, ni sus piratas,
fantasmas y dinosaurios. No deja de estar, pese a los críticos y académicos que
desdeñaron sus historias y su estilo.
Le gustaban los libros. Amaba a Arlt, a
Cortázar y a Chandler. También a Simenon y a Greene, cuyas muertes, dijo,
“lloró como un chico”. Su iniciación a la lectura fue con Soy
leyenda, de Richard Matheson, en 1961. Y luego siguió: los clásicos del siglo
XIX, los rioplatenses, los americanos, los clásicos de nuevo, implantando una
lectura de orden caótico que lo seguiría toda su vida.
Así como empezó a leer, también empezó a
escribir, en la oficinita de una metalúrgica de Tandil, mientras trabajaba de
sereno. Se sentaba en la máquina y tipeaba hasta el amanecer sus “primeros
cuentitos, muy cortazarianos”. Y nunca más pudo escribir de día. Ya en Tandil,
entre reuniones de café de intelectuales socialistas, dejó de pensar en fútbol
y decidió ser escritor. Ahí consiguió su primer trabajo como periodista en El
Eco de Tandil. Y arrancó: llegó a Buenos Aires en 1969 detrás de
una nota sobre Semana Santa encargada por Osiris Troiani, para después seguir
con sus crónicas en Panorama y La Opinión, luego durante su exilio en
medios europeos como Il Manifiesto y Le Canard Echainé, y en su retorno al
país, en Página/12. Las vueltas de la vida: ya como periodista, volvió a
recorrer las ciudades y pueblos del interior que había recorrido durante su
infancia.
Fue en 1973 cuando irrumpió en la
literatura con Triste, solitario y final. Apenas ocurrido el golpe de
estado de 1976 se fue a Bélgica y de ahí a París, donde vivió hasta 1983,
cuando regresó al país. “Las únicas dos veces que elegí realmente dónde
vivir fueron la primera vez que llegué a Buenos Aires y cuando volví del
exilio”, dijo alguna vez. Cuando salió de Buenos Aires nadie lo perseguía.
Pero “era mejor estar equivocado con la dictadura que tener razón
obedeciéndola”. Viajó y se quedó defendiendo a los exiliados y denunciando
la desaparición de personas, que siguió acá, orgulloso, hasta sus últimos días,
como cuandoescribió para la conmemoración de los veinte años de la dictadura:
“Fui, con las Madres de Plaza de Mayo, con Cortázar, Osvaldo Bayer, David
Viñas, con miles de otros mejores que yo, uno más de lo que los militares
llamaban ‘campaña antiargentina’”.
Y por esa época conoció a Osvaldo
Bayer, personalmente. En realidad lo había conocido antes, ya que “como siempre
con las muy buenas amistades, empezó con una pelea”, cuenta Bayer, a sus 84
años, mientras explora por primera vez las posibilidades del Skype en una
entrevista con Ñ Digital desde Linz Am Rhein. Él investigaba
sobre Severino Di Giovanni -el anarquista fusilado por la dictadura de
Uriburu-, cuando salió una nota firmada por Osvaldo Soriano sobre el mismo
anarquista que decía exactamente lo contrario. Entonces, claro, Bayer llamó
furioso a la revista, y habló, por primera vez, con ese tal Soriano. “Soriano,
mucho gusto”, se presentó. “¿Sabe lo que quiero decirle a usted? Usted es poco
hombre”. Eso entre otros improperios. Y pasaron varios años, a Bayer le tocó ir
al exilio, y en la Feria del Libro de Frankfurt se encontró nuevamente con
Soriano, que estaba con el editor Daniel Divinsky. Pero a esa altura, lo de Di
Giovanni estaba olvidado para Bayer. “¿Lo conocés a Osvaldo Soriano?”, dice
Divinsky. “Sí, mucho gusto, ahora lo conozco personalmente”, contesta Bayer,
“Su libro es magnífico, es un gran escritor”. Entonces Soriano lo mira y le
dice: “Sí, pero yo soy poco hombre”. Tras cuestiones aclaradas, a partir de ese
momento fueron los mejores amigos.
Fue también por esos años cuando se
conoció en el país No habrá más penas ni olvido-llevada al cine por Héctor
Olivera- y se publicó Cuarteles de invierno, que venía de ser considerada
mejor novela extranjera en Italia y fue adaptada al cine dos veces. Pero fue en
Argentina, tras su imposibilidad de escribir desde el exilio, cuando
lanzó A sus plantas rendido un león, Una sombra ya pronto serás
-llevada al cine en 1994 otra vez por Olivera-, El ojo de la
patria, La hora sin sombra y su libro para chicos, El negro de
París. Y también los cuatro volúmenes con sus mejores crónicas
periodísticas: Artistas, locos y criminales (1984), Rebeldes,
soñadores y fugitivos (1988), Cuentos de los años felices (1993)
y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996).
La fascinación que ejercía sobre los
lectores se tradujo en enormes ventas y en traducciones a distintos idiomas en
el extranjero. “Sus libros demuestran una gran profundidad de todo tipo, una
sabiduría popular escrita en un idioma absolutamente popular. Y eso es lo que
lo hizo triunfar tanto”, afirma Bayer. “Lo que más valor tiene es que el lector
común tiene a su escritor querido, porque Soriano se metía bien en las venas de
los barrios porteños, en las venas de lo que es el argentino. Nadie como él ha
descrito al porteño con esa profundidad”. Fue ese particular pacto con los
lectores lo que lo convirtió en el autor argentino vivo más leído de su época.
Con su literatura enfrentó a los argentinos con su identidad. Como dijo Bioy
Casares, un argentino que escribía como un argentino. Un novelista atípico. “En
el fondo, mis libros plantean por infinitésima vez en la literatura argentina
el problema de la identidad. Por eso mis personajes son contradictorios y se
parecen tanto a los comunes mortales”, diría alguna vez. Conciencia civil,
democrática y política, un intuitivo que montó un mundo de perdedores
sentimentales, una suerte deflâneurs tragicómicos que vagan por los
pueblos en busca de sí mismos.
Soriano, con Bayer, David Viñas, León
Rozitchner y Tito Cossa, conformó un grupo de escritores que se reunía los
jueves en “el Tugurio” -como Soriano apodó a la casa de Bayer. Era un
provocador. “Siempre llegaba más tarde a las reuniones y largaba un tema para
que se agarraran en la discusión Viñas y Rozitchner. Y siempre se agarraban
tremendamente, a los gritos. Entonces Soriano levantaba la copa y brindaba
sonriente, porque otra vez había triunfado”, recuerda Bayer. “Lo que
hubiera hecho, lo que hubiera escrito si hubiera vivido”.
Como Soriano escribió alguna vez: “Un
escritor está siempre igual de solo que un corredor de maratón. De esa soledad
debe sacarlo todo: música celeste y ruido de tripas. Y también la peregrina
ilusión de que un día, alguien decida abrir su libro para ver si vale la pena
robarle horas al sueño con algo tan absurdo y pretencioso como una página llena
de palabras”.
Y no hay duda de que vale la pena.

