dimanche 22 janvier 2012

Jorgelina NUÑEZ/ Julio CORTÁZAR en primera persona


LITERATURA
Julio Cortázar en primera persona
Por Jorgelina NUÑEZ

El autor de "Rayuela" le dedicaba a su correspondencia el mismo esmero que a su obra. Ahora Alfaguara la edita en cinco tomos, con más de mil cartas jamás publicadas. Ñ adelanta algunas de las que le escribió a Aurora Bernárdez, Victoria Ocampo, Paco Porrúa, Juan Carlos Onetti y a su hermana Ofelia. Son textos en los que narra, de algún modo, la novela de su propia vida.

Una cierta distancia nos separa hoy de la literatura de Cortázar. Para preservarlas en el arcón de los buenos recuerdos, muchos de los que lo leyeron con devoción y encontraron en ellas claves de sus propias iniciaciones, prefieren no intentar la relectura de sus novelas. Algo distinto ocurre con sus libros de cuentos que parecen haber soportado mejor el paso del tiempo tras haber ganado el estatuto de construcciones perfectas, clásicas.

Del Cortázar hombre perviven algunas imágenes cristalizadas, injustas como todo estereotipo: el antiperonista acérrimo y despectivo; el porteño enamorado de París que usaba el lunfardo arrastrando la rr; el intelectual parecido al Oliveira de Rayuela pero también el entrañable cronopio juguetón; el emblema del boom latinoamericano; el que adoptó la izquierda junto con la guayabera y el habano; el viudo inconsolable de Carol Dunlop, su última mujer.

Los tres tomos de sus cartas, publicados por Alfaguara en 2000, fueron un viento refrescante que invitaba a volver a leerlo. El mismo efecto tuvieron los Papeles inesperados (2009) y las Cartas a los Jonquières (2010). Ese viento no estaba hecho de otra cosa que de una prosa que supo inventarse a sí misma y que regresaba para mostrarse en su potente vitalidad. Cortázar es el viento y es la prosa que borra distancias y establece de inmediato la complicidad. Un modo de decir que vuelve a encantarnos, acaso de la misma manera como nos encantan algunas cosas que sabemos perdidas. Así ocurre con las cartas, esa forma de la comunicación cifrada en la materialidad de la letra y el papel que el correo electrónico con su velocidad y eficacia ha barrido para siempre.
La publicación en cinco volúmenes de la correspondencia del escritor en una edición corregida y aumentada en más de mil cartas respecto de la del año 2000 es una noticia tan feliz y nostálgica como el reencuentro con aquellas buenas cosas.

La recopilación traza un arco que se inicia en 1937, cuando Cortázar es un maestro normal que da clases en la provincia de Buenos Aires y se extiende hasta enero de 1984, pocos días antes de su muerte en París.

Es, desde todo punto de vista, un recorrido vital, la mejor biografía del escritor y probablemente su mejor novela, como bien lo señala Carles Alvarez Garriga en el texto preliminar. Las cartas ponen de manifiesto “la formidable coherencia entre vida y obra, la absoluta falta de astucias o de renuncios, su gran disponibilidad”.

Casi cincuenta años en los que no hay un mes en el que no le haya escrito a alguno de los muchísimos y variados destinatarios. Pero, ¿quiénes son los destinatarios? Todos aquellos a quienes Cortázar necesita dirigirse de manera perentoria, ya sea por cuestiones de amistad y cariño, lo que sucede la mayoría de las veces (un lugar privilegiado ocupan la familia Jonquières y el excéntrico Fredi Guthmann, con quienes el contacto epistolar se extiende durante décadas) o porque precisa comentar trabajos ajenos, responder las solicitudes de los estudiosos de su obra y compartir intereses con otros escritores (la lista, en este sentido, es larga y comprende, entre muchos otros, a José Lezama Lima, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Roberto Juarroz, Guillermo Cabrera Infante, Victoria Ocampo, José Bianco, Alejandra Pizarnik). En mayor o menor medida, todos son tratados como amigos con una generosidad que no sólo se manifiesta en la palabra siempre amable y divertida sino también en la extensión que les dedica. Cuando se piensa en las 3.000 páginas que llena esta correspondencia no se puede menos que reparar en la fatiga de redactarlas lejos de las facilidades de la escritura electrónica. ¡Y sin enmiendas! La fluidez, la elegancia y el ingenio revelan que las cartas son la continuación de su literatura por otros medios.

Cortázar desarrolló su carrera como escritor cuando la figura del agente literario todavía no tenía suficiente peso. En este sentido, lo vemos afanarse en dos instancias que le resultaban igualmente importantes: el cuidado extremo en las ediciones y traducciones, y la necesidad de obtener un rédito económico que le permitiera vivir de la literatura. La correspondencia muestra hasta qué punto esto último le resultó difícil, de hecho no fue hasta bastante consolidado su prestigio cuando pudo renunciar a su cargo de traductor en la UNESCO. Con Francisco “Paco” Porrúa, su editor en Sudamericana, mantiene una lealtad inquebrantable pero no deja de establecer pautas y proponer cómo deben negociarse los derechos de sus libros en el extranjero. Paul Blackburn, su traductor al inglés, fue un compañero entrañable de tareas y un destinatario insoslayable. No puede decirse lo mismo de Edith Aron, la mujer que presumiblemente inspiró a la Maga de Rayuela y con quien Cortázar terminó la relación luego de la pésima traducción de su obra que ella hizo al alemán.

En las épocas de su compromiso con las revoluciones cubana y nicaragüense, pide información, ofrece colaboraciones, establece contactos, intercede en favor de distintas causas. Pero es en el territorio de lo doméstico donde la proximidad se instala de manera definitiva reforzada por el humor constante. A Aurora Bernárdez, su primera mujer, le cuenta situaciones desopilantes relativas a su torpeza y rasgos escasísimos de maledicencia. Será ella, desde siempre y para siempre, la encargada de velar por su intimidad, su memoria y sus papeles. La testigo omnipresente incluso cuando otras mujeres ocuparon su lugar. Quizá por eso, esta edición a su cuidado transmite el gesto delicado, el más perdurable, el del amor que sobrevive al amor.

***
A Aurora Bernárdez
París, viernes 3 de abril de 1965

Topotita Itaíta: Vos, ahí. Yo esperando, ahí. A las cuatro y media por expreso, ahí. Pero me alegré mucho con tu carta, que respira sol romano (y trabajo en la FAO, pobrecita).

No lo niego: vos me invitaste y yo no fui. Pero si supieras cómo me estoy quitando trabajo de encima, cómo pongo al día mi correo, cómo paseo por París que está maravilloso, y cómo voy a conciertos, cines y teatros, comprenderás que hice muy mal en no irme con vos porque corro el peligro de perder ocho kilos. Es increíble (hablo en serio) la cantidad de cosas que tengo que hacer antes de que nos vayamos. Lo de Harss quedó interrumpido, y me lo reclaman de Buenos Aires; comprenderás que tengo para cuatro o cinco días de trabajo. Los líos editoriales me llevan horas hasta dejarlos más o menos encaminados, y como se traducirán, espero, en dólares, creo que vale la pena. Para tu regocijo especial sigo recibiendo reviews de los USA, todas favorables hasta ahora menos una de un tal Orville Prescott, en el New York Times, donde hace polvo la novela, y la declara a pretentious bore (1) . Yo creo que puede ser un bore , pero que no es pretentious .

Sigo dándome corte y contándote todo lo que hago: fui a Sceaux, una mañana maravillosa, y encontré la rue des Mesanges, y en ella a Henri Chopin, y naturalmente Chopin era un cronopio enormísimo que me vendió en seguida los discos para Paul y para mí. Ya lo escucharás, tiene cosas increíbles. Se lo pasé a Perkins (2) , para arrancarlo a un ataque de tristeza provocada por la 56788574756647477 agarrada a patadas con su mujer, y le hizo mucho bien. Sus maniobras inmobiliarias son muy complicadas, pero parece que finalmente comprará un dep. en Mallorca. Por qué, para qué, cómo y a costa de qué, son cosas que hay que oírselas decir para creérselas. Ya está seguro de que tendrá que quedarse en la Unesco... 5 años más. El pobre está hecho polvo, su mujer también, y los chicos parece que han sentido esta vez de cerca la verdadera situación.

What a mess .

Fui a Domaine musical , que estuvo muy bueno, y me encontré con Hubert y Anette Damisch. Me invitaron a cenar el miércoles. Te lo digo porque será absolutamente necesario hacerlos venir a casa en esos 10 días en que estemos todavía aquí.

Sigo con mis rattrapages culturales. Comprendí que estaba quedando muy mal con Margot, le telefoneé, me la encontré en la galería. Te imaginás cómo estaba de contenta. Me llevó a su casa y me hizo una tortilla de queso riquísima, y luego yo me rajé al cine porque quería ver Le bonheur (3) . Después de verla pensé que Agnes Varda a fait plutot un malheur (4) . Pero habría que pensarlo y discutirlo. Hay cosas muy extrañas en esa película; o la vieja está piantada o hay momentos en que nos toma el pelo.

La casa me da mucho trabajo, porque hago lo posible para que no derive del chiche al quilombo, pero hay que ver lo que cuesta. Lavo ropa, lavo vajilla, tengo provisiones impresionantes, podría resistir el asedio de Pilleboue, la condottiera Voisin y Madame Prince (5) durante varias semanas. Sólo madame Walch, probablemente, me vencería con su voz de urraca maléfica.

Vi a Depreux que les manda cariños a las dos. Contesté como correspondía una carta de tu amiguita, desplegando una vez más mis conocimientos de italiano. Llegó esta mañana carta de Rosario: esta loca no dice ni una palabra de la cama. Le contesté que avise en seguida, puesto que tenemos que pensar en ese problema. Rosario me avisa que el carpintero termina la entrega, y que hay que garpar. Ya lo hice por mandat, y de paso les fleté el dinero de ellos, para no tener que hacer otro el 15. Aldito vino ayer a la tarde a buscar el suyo, y me mangó 100 más, que le di, qué iba a hacer. Parece que se va a armar el lío del auto, cosa que nos costará 800 francos o algo asá; Aldo hace lo que puede por parar el asunto. Me dijo que los padres (y él) están dispuestos a quedarse en la ruina (la de Saignon, se entiende), y que con medio millón la volverían perfectamente habitable. Speriamo bene.

Te copio: “La casa está en este momento exactamente como si hubiéramos sufrido un bombardeo. La cocina sin piso, con dos agujeros, uno enorme, la veranda sin techo, todo lleno de escombros. Los albañiles están trabajando rápidamente por todos lados; Aldo levantó el piso de la cocina para que hagan la losa. La parte nueva ya tiene el techo casi listo”. ¿Estás contenta, honguito pelusiento? Escribime pronto, y decile a Italo que estoy conmovido de que relea con tanto cuidado la traducción de mis cuentos. ¡Riego las plantas! Te extraño mucho, bicho feo, y ojalá el 20 sea mañana y vos llegues y yo te dé tantos besitos, Woof Woof

(1) Un plomo pretencioso.
(2) Eduardo Jonquières.
(3) La felicidad.
(4) Había hecho sobre todo una desdicha.
(5) Vecinos.

***
LITERATURA
Carles Alvarez Garriga: “Había que tratarlo como a un clásico”
Por Jorgelina NUÑEZ

Desde hace años, este filólogo español colabora con Aurora Bernárdez en la edición del Cortázar más inédito. En 2009 fueron los “Papeles inesperados”, y ahora su correspondencia. Aquí cuenta cómo fue ese trabajo.

Le tocó a él. De entre los cientos de admiradores y fanáticos y las decenas de estudiosos de la obra de Julio Cortázar en la Argentina y el resto del mundo, fue Carles Alvarez Garriga el elegido por Aurora Bernárdez –primera mujer y albacea literaria del escritor– para colaborar en el enorme trabajo de reunir el resto de su correspondencia no publicada en los tres volúmenes que Alfaguara editó en el año 2000.

Alvarez Garriga es español y doctor en filología hispánica y sólo en este caso deplora haber nacido en 1968, año en el que le hubiera gustado conocer al autor de Rayuela escuchando jazz en algún tugurio o compartiendo las barricadas en París. No tuvo esa suerte ni la de haber estrechado su mano, pero hace varios años que se ha ganado algo así como una lotería literaria, editorial y personal, desde aquella lejana noche en que Aurora le mostró el mueble que alojaba los papeles inéditos del escritor y le propuso la tarea de ordenarlos. De ese trabajo arqueológico deslumbrante que Carles vivió como Charlie el día que entró a la fábrica de chocolates, surgieron dos volúmenes que fueron recibidos por los lectores cortazarianos con idéntica algarabía: la miscelánea reunida en los Papeles inesperados (Alfaguara, 2009) y Cartas a los Jonquieres (Alfaguara, 2010).

Ahora le tocó el turno de reunir –siempre junto con Aurora– la totalidad de la correspondencia y editarla en una versión corregida y comentada. De ese trabajo feliz habla en esta entrevista con Ñ.

¿Cómo conoció a Cortázar? 
Me gustaría poder contar que nos conocimos en un bazar de la India en 1956 o en una tertulia en el café Richmond de la calle Florida a mediados de los cuarenta, pero la sensatez cronológica lo desaconseja. Cuando Cortázar murió yo tenía quince años y vivía en Barcelona; compré entonces un grueso volumen de tapas rojas con los relatos y las historias de cronopios y de famas. El decía que la lectura de cierto libro de Cocteau lo metió de cabeza en la literatura moderna y le cambió la vida. Sospecho que esos cuentos tuvieron en mí un efecto semejante, impresión que no me parece nada particular porque la compartimos miles de lectores cortazarianos, esa numerosísima fraternidad a la que un amigo llama “la Internacional cronopia”.

¿De qué manera empezó a colaborar con Aurora Bernárdez en esta recopilación? 
El año 2009 fui a Buenos Aires para la presentación de Papeles inesperados . La listísima Julia Saltzmann, editora de Alfaguara Argentina, tenía desde hacía tiempo la idea de reeditar la correspondencia aparecida en tres tomos el año 2000 y me lo hizo saber. Le expliqué entonces que había mucho material nuevo y que incluso podría encontrarse muchísimo más. Nos pusimos a la obra y he aquí que hemos duplicado con creces lo ya conocido: de 732 cartas pasamos a unas 1.800: casi el 60 por ciento de lo que se publica ahora es nuevo. Y conste que nos pusimos una fecha límite porque corríamos el riesgo de que la empresa acabara como esa fábula cortazariana, “Fin del mundo del fin”, en la que todo el mundo se pone a escribir y al final los libros rebasan ciudades y océanos hasta que acaba viviendo en la tierra, miserablemente, la raza de los escribas “condenada a extinguirse”. El eminente cortazariano Facundo de Almeida, que está al corriente de nuestra campaña de busca y captura, me escribió hace unos meses: “Dile a Julio que pare de escribir, que quiero leerlo ya”. Por todo lo cual, no hay que descartar una nueva edición para, digamos, 2051, a cargo de mis hijos o de mis posibles nietos futuros, pobres criaturas.

¿Por qué decidió Aurora reponer las supresiones de la primera edición e incorporar las cartas que estaban en su poder pero que no fueron publicadas en aquella oportunidad? 
Como señalaba Aurora Bernárdez en la nota a la primera edición, la exclusión de algunas cartas o algunos pasajes no respondía en modo alguno a censura sino a la voluntad de “evitar en lo posible las repeticiones y las referencias a cuestiones de escasa importancia para el lector”. Esas palabras me parecieron siempre un misterio porque la vida está hecha de repeticiones y es sabido que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero además, ¿cómo saber qué cosas tendrán importancia para uno u otro lector? El enigma del lector ideal al que Umberto Eco ha dedicado páginas espléndidas es quizá la cuestión más discutible a la hora de abordar cualquier edición: surge entonces el debate acerca de cuál es el nivel de conocimientos enciclopédicos o idiomáticos que deben presuponérsele a ese lector fantasma, y cuáles serán sus curiosidades o intereses. Nos pareció la solución más oportuna, y la más cómoda, presentar todo el material. Que a quien lea “se le vislumbre la antena” como decía una tía de Cortázar y decida por su cuenta qué repeticiones hubiera preferido ahorrarse o qué cuestiones le parecen irrelevantes. (Por cierto que una antología de las “Frases de mi tía” citadas por Cortázar daría un librito delicioso.) Para poner un solo ejemplo: se han restituido aquí muchos fragmentos en los que el asunto tratado era económico; quizá no sea un tema muy elegante pero acordémonos de que es un leitmotiv en las cartas de Baudelaire, ese simpático sablista, o en las de Balzac, donde se lo descubre en zapatillas más preocupado por la fama que por el arte. Había que tratar a Cortázar como a un clásico: mejor que sobre que no que falte, por eso, no hemos excluido ni siquiera las tarjetas postales. Además, creo que la imagen que da de sí mismo un gran escritor no depende de la extensión del texto en cuestión porque se reflejará del mismo modo en unas pocas líneas que en una veintena de folios, igual en un espejo de bolsillo que en un espejo de pared. ¡Recuerden los telegramas de Historias de cronopios y de famas ! “Encontré tía Esther llorando, tortuga enferma. Raíz venenosa, parece, o queso malas condiciones. Tortugas animales delicados. Algo tontos, no distinguen. Una lástima.” ¿No está ahí Cortázar de cuerpo entero? ¿La espiral que forma un fragmento de caracol no es igual a la espiral entera?

¿Hubo cartas que por algún motivo no se incluyeron? 
Ninguna.

¿Cómo fue la tarea de rastrear más correspondencia? 
Durante un tiempo barajamos la posibilidad de hacer un llamamiento universal; esto es, de mandar a los periódicos más importantes del mundo entero una solicitada para conseguir cartas inéditas. Creo que fuimos juiciosos al no hacerlo, porque ¿cuántas cartas apócrifas hubiéramos recibido?, ¿cuánto habría que haber invertido en estudios grafológicos, en análisis morfosintáticos, en dataciones por carbono 14? Sin alcanzar esos extremos, nos dirigimos a cuanto presunto corresponsal estaba a nuestro alcance y con poquísimas excepciones la respuesta fue positiva: no sólo nos mandaron copia de las cartas que tenían sino que nos agradecían que esta labor les hubiera invitado a su relectura. Ha sido muy emocionante recibir copias de Argentina, Polonia, Italia, Estados Unidos, España, Francia, Uruguay, Canadá, la República Checa, Brasil, Chile...
Cuántas personas todavía hoy lo consideran inolvidable, aún lo sienten vivo!

¿Qué aspectos del epistolario lo sorprendieron más? 
En los cuadernos manuscritos correspondientes a la escritura de 62/Modelo para armar , hay una anotación que podría ser el lema de los cinco volúmenes, el lema del autor en tres palabras: “Siempre, el humor”. Lo que más me sorprende es que, pase lo que pase (y hay momentos críticos en varios sentidos), no pierde el humor ni la extraordinaria dedicación hacia los otros. Si uno se fija, ve cómo hay días en que empieza a escribir cartas de madrugada y no se interrumpe hasta el anochecer. Esa epistolorragia (discúlpeme el neologismo) lo hace muy cercano; uno llega a saber más cosas de su vida que de la propia, lo cual no deja de ser un poco inquietante.

Llama la atención el cuidado y la fluidez de la prosa cortazariana en la totalidad de su correspondencia. ¿Alguna vez escribió borradores de sus cartas o consideró la posibilidad de su publicación? 
Cortázar escribía sus cartas espontáneamente, sin preparación ni borradores de ninguna especie; así las convertía, dice en 1942, “en las más auténticas expresiones de mi ser”. Ahora bien, ¿tenía previsto que alguna vez se publicaran? Ya de muy joven bromea sobre esa posibilidad y añade: “Comprendo muy bien que muchos hombres hayan dejado mejores cartas que libros: es que, quizá sin advertirlo, ponían lo mejor de sí en esos mensajes a amigos o amantes. Yo he escrito muchas cartas y, fuera de las estrictamente circunstanciales (que no se pueden evitar muchas veces), he dejado en cada una de ellas mucho de mí, mucho de lo mejor o lo peor que hay en mi mente y en mi sensibilidad”. ¡Y aún faltaban 40 años de cartas más! No las escribía con la perspectiva de publicación indudable (no guardaba copias, y esa carencia ya es ilustrativa) pero creo que no le hubiera desagradado ver esta edición donde se asiste ¡y de qué modo! a la forja de su estilo despeinado, riguroso pero sin el rigor mortis de tantos prosistas. Así se lo parece a Aurora Bernárdez, y no hay nadie más autorizado para opinar al respecto. Uno de los grandes alicientes es que, con algunas excepciones (cartas abiertas, etcétera), Cortázar escribe pensando sólo en su destinatario, al que amolda su retórica en un ejercicio de camaleonismo admirable; la carta no es aquí una de esas sesiones de pose pública o de esparcimiento narcisista a las que algunos se dedican con resultados sonrojantes.

Probablemente, la perla de esta edición la constituya la carta que Cortázar le dirigió a su padre muchos años después de que éste los abandonara a él y a su familia. ¿Cómo la consiguieron? 
Aunque había noticias de su existencia en una biografía francesa y en una monografía alemana, muchos años dudé de que la legendaria carta al padre se hubiera conservado. Me temo que el original se habrá perdido para siempre pero al menos tenemos el borrador de la carta que debió de ser enviada, documento que pone la carne de gallina. Cortázar vio en la Biblioteca Nacional de Francia en 1952 la única firma auténtica de Shakespeare; lo comenta en una carta y exclama: “¡Qué viborita de frío por la espalda!”. Cuando Aurora Bernárdez me mostró un sobre en el que se lee, en la inconfundible caligrafía de Cortázar, “Esta carta, con el borrador de respuesta que se acompaña, se entregará a mi madre”, sentí no una sino un centenar de viboritas en procesión por la espalda. Se entiende que Cortázar supo que su madre iba a sobrevivirle y quiso hacerle extensiva esa respuesta que en secreto había mandado al padre en 1949, treinta años después de que éste abandonara el domicilio familiar, cuando le reclamaba que firmara con el nombre completo (Julio Florencio) para que la homonimia no diera pie a confusiones. La sequedad del hijo es de las que cortan la cara: hace unos meses conté la peripecia en una tertulia literaria de psicoanalistas y no daban crédito a mi relato.

Finalmente, ¿cómo podría describir la imagen de Cortázar que surge de su correspondencia? 
En el diccionario de la Real Academia (el cementerio lo llama el escritor en Rayuela ), hay una definición que parece escrita para esta ocasión. “Integro, gra”: segunda acepción, “Dicho de una persona: recta, proba, intachable”. El superlativo es precioso: “Integérrimo”, pero como ya sabe usted cuánto detestaba las palabras esdrújulas un tal Horacio Oliveira, digamos “Hintegérrimo”, con la hache inicial marca de la casa. Digamos, pues, “Julio Cortázar, hintegérrimo cronopio epistolar”. Mire, voy a registrarlo ahora mismo en la oficina de patentes y marcas. Nunca se sabe...

***
LITERATURA
El cronopio más íntimo en cinco cartas inéditas

A Victoria Ocampo 
Saignon, 23 de junio de 1965

Mi querida Victoria: Creo que ya en alguna otra carta le pedí perdón por escribirle a máquina. Sé que no está bien, y sin embargo reincido, porque escribir a mano me resulta cada vez más penoso. En todo caso, estoy mucho más presente cuando escribo así, a toda velocidad y tachando de cuando en cuando algún comienzo de frase en el que la máquina se toma libertades excesivas.

También tengo que pedirle disculpas por el involuntario retardo de mi respuesta, pero ya verá usted por el encabezamiento que no estoy en París. Nos hemos venido a Saignon, un pueblecito de 200 habitantes, en plena Vaucluse (a unos veinte kilómetros de la fuente donde Petrarca vio por primera vez a Laura), donde encontramos un bastidon que se convertirá en nuestro refugio una vez que hayamos terminado de pintarlo y de ponerle cortinas de paja. Tenemos un jardín que es como un balcón sobre los valles del Luberon. Muy cerca esta Gordes, Bonnieux, y casi al lado la torre del castillo del marqués de Sade, en Lacoste (donde, como dice la guía Michelin, se deroulaient les sataniques orgies ). Ya ve que no hemos elegido mal para citarnos con el sol, el tomillo y la lavanda.

Todo esto es para explicarle que nuestra portera de París, que es un personaje extraordinario, quedó con instrucciones de remitirme cada quince días la correspondencia acumulada. ¿Por qué los quince días se convierten en veinticinco? La noción del tiempo de madame Boivin es inescrutable, y a ello se debe que su carta haya llegado ayer por la tarde. Dándome –y esto es lo primero que hubiera debido decirle– una muy grande alegría. Antes de ver su nombre en el dorso del sobre, ya había reconocido su letra, en especial las t y la fmayúscula. (Debe ser una deformación profesional, pero suelo recordar mejor la letra que la cara o la voz de muchos amigos lejanos; o quizá es una forma de consuelo, puesto que a lo largo de los años las cartas tienden a reemplazar cada vez más la relación directa, tan azarosa entre la Argentina y Europa.) Espero que ya esté perfectamente restablecida. Si la operaron en enero y todavía sigue sintiéndose dolorida, me doy cuenta de que no se trataba de algo banal. Si yo fuera tan egoísta como me creo a veces, debería alegrarme de que sus insomnios le hicieron conocer mis cuentos, pero debo tener alguna generosidad, puesto que lamento las circunstancias que la acercaron a mis Armas secretas . Es curioso que yo, cuando estoy enfermo, me vuelvo resueltamente hacia los novelones del siglo XIX. En un hospital, hace diez años, releí casi todo Dickens; en una clínica, otra vez, llene un montón de lagunas balzacianas. Lo del “opio de Occidente”, después de todo, es más literal de lo que uno piensa; yo estoy muy contento de que mis relatos la hayan distraído, arrancándola por un rato a sus dolores. Y estoy todavía más contento de que hayan sido Las armas secretas, porque en ese tomo están los cuentos míos que todavía prefiero.

¿Cuando viene a visitarnos a París? Alguien me había dicho que asistiría al coloquio del Columbianum en Génova, y aunque yo no voy nunca a reuniones de escritores (no sirvo para discutir ni para criticar), esperé que después viniese a Francia y pudiéramos vernos. Más tarde supe por otros amigos que usted no había ido a Génova.

En este momento mismo entra el cantonnier (1) de Saignon para anunciarme que han matado a Ben Bella. No es una noticia confirmada, pero no me sorprendería que fuese cierta. Cuánta sangre, cuánto odio. Pasada cierta edad, uno tiende a algodonarse cómodamente en cosas como las que comento en esta carta: los mensajes de los amigos lejanos, la lavanda, el sol... Y entonces, precisamente entonces, la fría realidad. Pero en todo caso ese toque de atención servirá como siempre para que cada uno de nosotros siga haciendo lo que cree que debe hacer.

Gracias, Victoria, por su carta tan cariñosa y tan suya. Aurora la recuerda con su afecto de siempre, y yo la abrazo muy fuerte,

Julio Cortázar

(1) Peón

* * * * * 
A Francisco Porrúa 
Saignon, 22 de mayo de 1967

Mi querido Paco:

Hasta hace poco el silencio tenía un solo nombre en español, ése. Ahora se llama Porrúa, existe un silencio Porrúa, yo vivo desde hace un mes envuelto en una gran masa de silencio Porrúa. In the stillness of the night, the Porrúa stillness roams about like a big rhinoceros creeping near the verandah. In fact it is the first rhinoceros which has been noticed to creep , but yours does (1) . Y así pasa el tiempo y en el vasto agujero del espacio hay otro agujero más ominoso y perceptible que es el silencio Porrúa, y para decirte toda la verdad esta vida no puede seguir.

Vano es que Sara y Alicia (con esos nombres que deberían conmoverte por muchas razones) me digan en sus cartas que “Paco te escribe en seguida para... etc.”, vano es que Monsieur Galourdin, el cartero de Saignon, me ponga en los brazos diariamente entre medio kilo y tres arrobas de cartas y paquetes. Me basta mirar el abigarrado montón de mi fan-mail y las facturas a pagar para darme cuenta de que siempre hay un agujero cuadrado entre tantos colores, el silencio Porrúa con su estampilla de viento. Y yo vuelvo melancólico a la construcción de un objeto lleno de espejos, cubos de madera y caracoles que estoy fabricando para olvidarme un poco de la literatura, o estudio la escala de si bemol mayor en mi trompeta, para asombro de los numerosos escarabajos que circulan por el living de esta casa nacida para actividades más apacibles. ¿Vos realmente podrías explicarme qué carajo pasa? Pero tomaré la delantera, te aplastaré con la arrolladora fuerza de mi generosidad, te escribiré una larga carta llena de consultas, dándote trabajo, obligándote a pedir expedientes y archivos, a dictar telegramas, a consultar asesores, te privaré de tu cafecito de las diez y media y de tu cinzano con bitter de las once y veinticinco. La verdad es que se han juntado bastantes cosas de las que te tengo que hablar, y si sigo esperando tu carta, oh mallarmeano urdidor de ausencias, me olvidaré de las cosas más importantes. Hasta hace unos días pensé, inquieto, que tu salud no andaría bien, pero Sara y Alicia me escriben que estuvieron contigo en el lanzamiento (si así se llama) de un libro de Silvina Bullrich, y comprendí que no llevarías la locura al extremo de ir a una cosa así estando enfermo, de lo cual me resultó consolador deducir que estabas perfectamente bien y que si no escribías era porque hotras hocupaciones harto himportantes te habsorbían. Como Aurora, por ejemplo, que a veces se olvida de hacer el almuerzo porque está cuidando una mata de no sé qué flores absurdas que se le han enfermado (el otro día compró un veneno para caracoles, esta Lady Macbeth of Saignon par Apt, y al otro día había tantos caracoles muertos que pasé un mal rato, yo que amo esos animalitos apacibles).

Pero no seamos currutacos y dejémonos de cucamonas, como diría Guillermo de Torre, y aquí van los diversos business pending: (…) Basta de negocios y hablemos del viento mistral que está soplando esta mañana en Saignon y que agita los cerezos de tal manera que no va a ser necesario subir con una escalera a recoger la fruta. Llevamos aquí 20 días, y ya me siento mejor de la inquietante crisis de fatiga con que me despedí de París. He puesto bastante al día mi correo, pude por fin leer tres libros seguidos, cosa que no me ocurría desde hacía meses, y el vinito rosé y los asados al aire libre harán el resto. Leí El doble , de Dostoievski, que siempre se me había escapado, Señas de identidad de Juan Goytisolo, que es su mejor libro dentro de la sencillez del conjunto, y ahora me estoy divirtiendo mucho con Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, que trata del ambiente habanero que conocí bastante a fondo en enero y febrero. Pero leo sobre todo poesía, toneladas de poesía en todos los idiomas, y de noche le doy media hora, antes de dormir, al librito de Stephen Potter sobre el sentido del humor en la Isla. No me parece demasiado bueno, pero hay citas excelentes. En la trompeta he conseguido llegar al sol natural sobreagudo sin que vuelen por el aire pedazos de pulmón. El libro mexicano está parado, porque no nos llegan las últimas galeradas y Silva me manda unas puteadas epistolares que me divierten mucho. Lo que hicimos juntos en París salió muy divertido, y dejará bastante consternados a los señores que exigen seriedad en las letras. La mucha seriedad que hay en el libro no la verán, naturalmente. Sara y Alicia me regalaron unas excelentes fotos de patios y de ómnibus porteños para el libro.

¿VOS CUANDO VENIS CON SARA? Tu viaje es lo que más me preocupa, lo único que me preocupa en un momento en que preocuparse por lo que ocurre en el mundo (¿leíste las declaraciones de McNamara sobre China?) parece casi un pleonasmo. Mirá, es absolutamente necesario tener dos o tres semanas para por fin hablar de verdad. Si podés arreglar para septiembre va a ser perfecto, pero avisame pronto porque realmente estoy inquieto y preocupado por este asunto. Los Blackburn también vienen a Europa (hace 6 años que no los veo) pero rápidamente les dije que no se aparezcan hasta noviembre; no quiero interferencias. Yo con Sara quiero hablar mano a mano, y con vos mano a mano, y se acabó, qué joder.

Sur ces paroles, como dicen en París, te ruego renuncies a tu empecinado rinoceronte y mandes unas líneas, digamos dos páginas.

Abrazos de Aurora que los quiere tanto, y otro abrazo de Julio (1) En el silencio de la noche, el silencio de Porrúa vaga como un gran rinoceronte que se desliza cerca de la veranda. En realidad es la primera noticia que se tiene de un rinoceronte que se desliza , pero el tuyo lo hace.

* * * * * 
A Juan Carlos Onetti 
Saignon, 30 de julio de 1978

Querido Juan Carlos:

Me hizo gracia que te despidieras en tu carta deseándome que no me mortifique demasiado el calor. Figurate que es precisamente lo contrario, porque después de los inviernos de Paris, un argentino como yo necesita sol y calor en cantidades inagotables, y este mes de julio me los ha dado con una generosidad que yo no esperaba después de una primavera más bien desvaída y estúpida. Por lo cual estoy más negro que Nicolás Guillén, me paso el día desnudo en mi rancho, y trabajo en lo mío con unas ganas que hace mucho no sentía. Tengo también razones más vitales y profundas para sentirme bien. Después de un largo y penoso proceso, Ugné y yo nos separamos; la cosa fue dura, puesto que habíamos vivido juntos más de ocho años, pero ya no tenía sentido pasar de la verdad a la comedia y pretender que seguía siendo la verdad. Yo estoy viviendo con una chica que conocí en Montreal el año pasado, que me da una inmensa ternura y una paz que me hacía falta hasta un punto que sólo alcanzo a comprender ahora. Como ves, vivo un verano total; me alegra poder decírselo a un amigo como vos.

Desde luego acepto con alegría (e muito obrigado!) a la invitación de colaborar en laEstafeta Literaria . Tengo un cuento inédito (1) , de unas ocho páginas, que me gusta bastante, y si ustedes lo quieren, pues de acuerdo. En cuanto a la remuneración, si en vez de 300 me pagaran 400 dólares, me parecería bastante justo, pero si no se puede, decímelo vos mismo y yo estaré de acuerdo.

Prefiero esperar tus noticias, y si todo va bien, te envío en seguida el cuento o se lo mando a Rosales (2) , como ustedes prefieran.

Ojalá me toque dar un salto a Madrid, para cumplir mi deseo de ir a verte a tu casa, cosa que no pudo ser la última vez (en Madrid siempre tengo problemas jodidos, y se me arman unos líos que desequilibran todos mis planes, pero no será así la próxima vez).

Hasta siempre, gracias por la invitación, saludos a Luis Rosales y para vos un gran abrazo de Julio Cortázar OJO! Mi dirección privada no es segura; ya me rompieron dos veces el buzón, y no por razones literarias (mi querida embajada y la CIA lo saben, hijos de puta). Entonces, lo seguro es escribirme a mi nombre, y: B.P. 33 75022 PARIS CEDEX 01 FRANCIA De ahí me reexpiden las cartas a cualquier lado.

(1) “Queremos tanto a Glenda”, publicado en Nueva Estafeta , N° 1, Madrid, diciembre de 1978.
(2) Luis Rosales, poeta español, director de La Estafeta Literaria y de Nueva Estafeta .

* * * * *
A Ofelia Cortázar 
Saignon, 3 de agosto de 1978

Querida Ofelia:

Recibí tu carta, y te agradezco que me hayas informado en detalle del estado de salud de mamá. No es que me tome demasiado de sorpresa, puesto que la edad es la edad, pero confío en que el tratamiento que le hace el doctor Romeo dé buenos resultados y mamá pueda vivir de una manera normal y sin verse privada de cosas que le gustan, como la lectura o la televisión. Por mi parte, todo lo que has leído en los diarios es un tejido de macanas a cuál más completa. Te las resumo para que por lo menos en ese plano te quedes tranquila. Primero: no es cierto que me divorcié de Ugné, por la simple razón de que nunca nos habíamos casado. Simplemente acabamos de separarnos porque ya no había entre nosotros los sentimientos que nos habían unido hace años. La segunda mentira se refiere a mi salud; he tenido una neumonía bastante seria, que me trataron perfectamente, y a los quince días estaba curado; eso de la “depresión” es un invento del periodista, pero no me sorprende porque en realidad lo que ese periodista y muchos quisieran es que yo estuviera verdaderamente deprimido, cosa que no tengo la menor intención de hacer. Quedate entonces tranquila, pues mi salud es excelente. Y justamente en mi última carta a mamá (esa que según vos le produjo una crisis de rabia, cosa que no entiendo) le conté de mi separación y de que estoy viviendo con una chica con la que me siento muy bien y muy feliz. De modo que como ves, el balance es positivo y favorable, y no hay ninguna razón para que te inquietes.

Todo el resto de tu larga carta no puedo ni siquiera comentarlo. Cada uno tiene sus razones, y vos tenés las tuyas para juzgar como juzgás (muy cruelmente, te lo digo con toda franqueza) mi actitud con respecto al país. Lo que me asombra es que no te des cuenta de una cosa, y es que por más que yo lo quisiera (y vaya si lo quisiera) es absolutamente imposible que por el momento yo desembarque en mi país. Te digo de paso que cometes un lamentable error cuando hacés referencia a mi ciudadanía francesa, pues no la tengo (me la negaron dos veces), pero deberías saber que los argentinos y los franceses tienen el principio de la doble nacionalidad, es decir que el hecho de tomar la ciudadanía francesa no te quita la de argentino, y viceversa. Te lo digo porque me duele que también vos caigas en esa grosera calumnia que tantas veces me han tirado a la cara los verdaderos enemigos de la Argentina. En cuanto a todo lo que me decís sobre tus impresiones sobre la situación en el país, es perfectamente tu derecho y no haré el menor comentario. Algun día, quizá, llegues a saber lo que verdaderamente significa que yo no pueda escribirte sobre eso; por ahora seguí contenta con todo lo que te rodea, pues saberte feliz y satisfecha me da, como te imaginás, una gran alegría por vos.

Me alegro de que hayas recibido el dinero que te envié. También a propósito de eso, algunos comentarios que dejás caer sobre lo que en el fondo considerás un egoísmo de mi parte, o sea no estar con ustedes, deberías reflexionar un poco sobre lo que ha podido representar para mí en estos años comprar ese departamento para ustedes dos, y ayudarlas en lo que puedo cada vez que siento que necesitan dinero. No pretendo ningún mérito especial por eso, pero es la única (metete eso en la cabeza, por favor) la única manera de estar cerca de ustedes. No tengo otra, puesto que te repito que no puedo ir personalmente. Entonces, por lo menos pensá que tus reflexiones no me parecen demasiado acertadas. En fin, nada de esto tiene importancia. Espero que mamá siga bien, vos también, y que pronto reciba noticias favorables de ella o de vos. Te agradeceré mucho que no dejen pasar demasiado tiempo sin mandar por lo menos dos líneas.

Hasta siempre, con un abrazo de tu hermano que te quiere, Julio

Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com 20/01/2012


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