lundi 16 janvier 2012

Juan AVILÉS/ Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin


Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin
De Timothy J. Snyder
Traducción de Jesús de Cos. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2011. 609 páginas, 25 euros
Por Juan AVILÉS 

Timothy J. Snyder muestra las similitudes y las diferencias entre las políticas de exterminio de Hitler y Stalin, la interacción entre ambas, y la terrible realidad de que, en países como Ucrania o Polonia, unas y otras atrocidades se superpusieron.

A veces la cultura se concibe como un artículo de lujo, un toque de distinción que permite aparentar refinamiento, algo en definitiva superfluo, de lo que se puede prescindir en tiempos de ajuste. Esa debe ser la concepción de quienes han dejado de apoyar a una publicación tan útil como la Revista de Libros, una excelente iniciativa que se ha visto truncada. Pero lo cierto es que la verdadera cultura proporciona los recursos necesarios para comprender el mundo en que vivimos, tanto mediante los ensayos de psicólogos, economistas o historiadores, como a través de las grandes obras de ficción, ya se trate de Ana Karenina o The Wire.Existen además ciertas cuestiones fundamentales que ninguna persona culta puede evitar plantearse y una de ellas es la de la inmensa ola de violencia que se abatió sobre Europa entre 1914 y 1945, es decir en la era de las guerras mundiales y de las espantosas atrocidades nazis y soviéticas. 

La bibliografía sobre los crímenes de Hitler y Stalin es por supuesto inmensa y no faltan obras excelentes traducidas al español, pero no son tan comunes los libros que los aborden desde una perspectiva conjunta, como lo hace Tierras de sangre. Su autor, Timothy Snyder, nacido en 1969, profesor en la universidad de Yale y especialista en la historia de Europa central y oriental, ha escogido para ello un enfoque original, el análisis de lo ocurrido desde la llegada de Hitler al poder hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en las tierras situadas entre el mar Báltico y el mar Negro, que bien merecen la denominación de tierras de sangre porque en ellas murieron la mayoría de las víctimas de Stalin y Hitler. En los países bálticos, Rusia occidental, Bielorrusia, Polonia y Ucrania fueron asesinadas catorce millones de personas, incluidos los judíos occidentales que no eran nativos de la zona, pero perecieron en los campos de exterminio nazis situados en ella. Dos tercios de esas víctimas fueron asesinadas por los nazis y un tercio por los soviéticos, con la peculiaridad de que la mayor parte de las víctimas de Stalin perecieron antes de que comenzara la segunda guerra mundial, mientras que muy pocas personas fueron asesinadas por orden de Hitler antes de 1939. Al abordar en su conjunto todas las matanzas que se perpetraron en aquellas tierras durante aquel período, Snyder ha conseguido mostrar las similitudes y también las diferencias entre las políticas de exterminio de Hitler y Stalin, la interacción entre ambas y la terrible realidad de que, en países como Ucrania o Polonia, unas y otras atrocidades se superpusieron en un breve lapso de tiempo. 

La edición original inglesa de Tierras de sangre, que ahora aparece en una cuidada versión española, tuvo una acogida muy favorable y una decena de publicaciones, entre ellas The Economist y The Financial Times la incluyeron entre sus recomendaciones del año. No faltó sin embargo una recensión bastante negativa, la que Richard Evans, prestigioso historiador británico especializado en la historia de la Alemania nazi, publicó en la London Review of Books, en la que, además de numerosas críticas sobre puntos concretos, le reprochó que al destacar los paralelismos entre las políticas de asesinato masivo de Hitler y Stalin había difuminado el carácter único del genocidio judío. Pero en realidad, Snyder no afirma que hubiera una equivalencia entre las respectivas políticas de uno y otro tirano y cualquier lector desapasionado de Tierras de sangre concluirá que los nazis no sólo mataron a más personas que los soviéticos, sino que sus crímenes tuvieron un grado de atrocidad adicional. Un Dante de nuestros días tendría que excavar un décimo círculo para albergar a Stalin y sus colaboradores en su infierno y un undécimo para Hitler y los suyos. También queda claro en Tierras de sangre que el holocausto judío fue un crimen de una categoría excepcional, porque ninguna otra matanza de aquellos años tuvo el propósito definido de exterminar por entero a un grupo étnico, hasta el último de sus hombres, mujeres y niños. La aportación de Tierras de sangre, un libro escrito para que pueda ser entendido sin tener conocimientos previos sobre la historia del periodo, es la de situar el holocausto judío en el contexto de las matanzas perpetradas por los nazis contra gentes no judías y de las matanzas soviéticas, lo que facilita la interpretación histórica de los tres fenómenos. 

La documentación histórica en que se basa Snyder está a la altura del tema que aborda. Cita archivos de Polonia, Inglaterra, Rusia, Alemania, Ucrania y Estados Unidos, y en su bibliografía aparecen, junto a obras en inglés o alemán, otras muchas en polaco y en ucraniano, algo que no es común entre los historiadores occidentales. Destaca su esfuerzo por precisar minuciosamente el número de víctimas que se produjeron en cada caso, huyendo de las exageraciones a que en ocasiones ha llevado la pugna entre las políticas nacionales de memoria histórica, que tratan de incrementar el número de víctimas propias, pero también proporciona algunas pinceladas, demasiado escasas, acerca de algunas víctimas individuales, para evitar que las personas sean recordadas sólo como números. Pero en mi opinión lo más valioso del volumen es su esfuerzo por clarificar la génesis y la implementación de cada una de las políticas de asesinato en masa que analiza. 

Tierras de sangre se inicia con la terrible hambruna que Stalin permitió deliberadamente que se cebara sobre el campesinado ucraniano a comienzos de los años treinta. Examina a continuación el Gran Terror estalinista, que llegó a su ápice a partir de 1936. La doble ocupación de Polonia por alemanes y soviéticos entre 1939 y 1941 muestra un caso en que ambos tiranos colaboraron para destruir una nación, mientras que la invasión de la Unión Soviética supuso la aplicación parcial del sueño nazi de exterminar a suficientes eslavos para librar espacio a la colonización alemana. Tras ello el libro llega a su tema central, el holocausto. Por último, la trágica suerte de Varsovia, la ciudad europea que más sufrió entre las situadas al oeste de la frontera soviética, merece un capítulo aparte, en el que destaca el desesperado heroísmo de la insurrección judía del gueto y la insurrección nacional de toda la ciudad. Fue uno de esos casos en que morir matando parece la única salida para defender la propia dignidad. 

En las tierras de sangre la inmensa mayoría de las víctimas no tuvieron ni siquiera esa oportunidad y es nuestro deber moral conocer las circunstancias históricas que les llevaron a su terrible destino. 

Voracidad
Por Fernando ARAMBURU

Doce, trece, catorce millones de muertos. Niños, ancianos, mujeres, muchedumbres inermes que jamás pisaron un campo de batalla. Ciudadanos que perecen a consecuencia de hambrunas intencionadas, en campos de concentración, en gulags, a tiros, gaseados o por cualquiera de los innumerables y eficaces procedimientos debidos a la inventiva humana. Imposible determinar con precisión el número de víctimas. Número que es como una enorme goma de borrar rostros y nombres. La matanza no es gratuita. La desencadena una combinación de frenesí ideológico y pulsiones elementales como la conquista de los recursos, el control de la tierra, el sometimiento del individuo a la comunidad (el pueblo, la raza, la clase dominante) o la aniquilación de toda posible disidencia. Ocurre en el siglo XX. Dos colonias de hormigas, una alemana y otra rusa, dirigidas por sus respectivos faraones, se lanzan a la devastación del espacio que separa ambos hormigueros. Convendría no olvidarlo. 

Articulo : http://www.elcultural.es 13/01/2012

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CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA Timothy Snyder - Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin
Recuento del horror
Por Jorge M. REVERTE 

Una exhaustiva investigación revela detalles de cómo Hitler y Stalin decidieron exterminar a catorce millones de personasTierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin

En septiembre de 1939, los ministros de Exteriores de la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin firmaron un pacto que establecía unas fronteras que marcaban los límites de su reparto de una fracción de Europa: esa línea se conoció por los nombres de sus firmantes: Mólotov-Ribbentrop.

Alrededor de esa línea artificial, de carácter político, se cometió, entre 1932 y 1945, el mayor de los crímenes de la historia de la humanidad: el exterminio intencionado, fruto de un cálculo político, de catorce millones de personas. Una cifra que resulta casi inconcebible por su magnitud, y que ha pasado desapercibida porque no tenía nombre propio. No coincide con el Holocausto de los judíos, ni con el genocidio de los armenios. Los asesinatos masivos decididos por Hitler y Stalin en esa amplia zona, que incluye una parte de Polonia, Ucrania, Bielorrusia y las Repúblicas Bálticas, tuvieron unas raíces fuertemente políticas, por encima (o simultáneamente) de las motivaciones ideológicas raciales o nacionalistas que se utilizaran, o bien se ocultaran, en cada caso.

Timothy Snyder es uno de esos historiadores que cambian la perspectiva. No en vano ha sido colaborador de Tony Judt, a quien debemos una historia de Europa que ha removido viejos conceptos y nos ha permitido alcanzar un mejor conocimiento de los fundamentos de lo que ahora conocemos por un continente democrático y relativamente consolidado. En esa misma línea, Snyder trabaja ahora en solitario en la preparación de una historia de la Europa oriental.

Snyder se ha tomado el trabajo de romper algunos muros que nos impedían valorar una buena parte del pasado reciente, y comprender, por tanto, importantes fenómenos del presente que nos perturban. Antes de su investigación sobre lo que llama "tierras de sangre", predominaban algunas explicaciones dominantes que impedían acceder a fenómenos tan drásticos como las grandes matanzas. Una de ellas era el Holocausto, que hizo que la atención de casi todo el mundo se fijara en el mayor genocidio de todos los tiempos y obviara otros asuntos de gran importancia. Otra, la propaganda de posguerra realizada por el eficiente aparato estalinista, que arrojaba sobre los nazis toda la responsabilidad de las atrocidades, dejando en un lugar menor las acciones masivas de los soviéticos. A esa inteligente propaganda se sumó el eurocentrismo de las potencias aliadas. La URSS había formado parte esencial de la entente que acabó con el nazismo. Al acabar la guerra no parecía prudente para las potencias como Inglaterra y Estados Unidos sacar a la luz las criminales acciones de Stalin. La intelectualidad de izquierda de Francia y otros países se encargó del resto. Y se aligeró el peso de la responsabilidad soviética.
No es sólo el caso de las matanzas de Katyn, quizás el más célebre de los engaños de la dirección comunista. Hay muchos otros acontecimientos de una enorme atrocidad que cometieron Hitler y Stalin en esas tierras de sangre.

El primero de ellos, sustancial para la tesis de Snyder sobre el carácter político de las matanzas, fue la gran hambruna provocada por Stalin en Ucrania, con un resultado de más de tres millones de muertos. Pero hay más, bastantes más, como las matanzas étnicas provocadas por los nacionalistas ucranios contra civiles polacos; o las matanzas posteriores de civiles ucranios por polacos. El caso de Bielorrusia, atrapada entre las fuerzas nazis y las del Ejército de Stalin, es escandalosamente desconocido. El diezmado de la población, judía y no judía, fue de proporciones descomunales. Y para qué hablar de los más de tres millones de prisioneros rusos que los ejércitos alemanes (o sea, la Wehrmacht, no sólo las SS) dejaron morir de hambre y frío, a propósito, en campos rodeados de alambradas y ametralladoras.

La lista es interminable, los números imposibles de concebir. Y el diagnóstico aterrador: Hitler y Stalin, apoyados por un aparato político que implicaba la colaboración de muchos miles de sus conciudadanos, pergeñaron esas matanzas en función de sus intereses económicos (por tanto, políticos). Hitler quería hacer desaparecer a la mayoría de los eslavos para convertir el Este de Europa en un gigantesco productor de alimentos para Alemania. Stalin quería hacer desaparecer el campesinado para convertir grandes territorios, como Ucrania, en productores de alimentos para los obreros soviéticos, y también le sobraban los campesinos. Las grandes matanzas no fueron pergeñadas por odiosos demonios malignos, sino por modernos estadistas. Fueron obra de burócratas antes que de sádicos. Y concitaron una enorme complicidad tanto en Rusia (más que en la URSS) como en Alemania.

Posiblemente el Holocausto fue el único de esos gigantescos crímenes que tuvo una base ideológica, aunque no fue en principio concebido como un exterminio, sino como el desplazamiento (con sus muertes necesarias incluidas) de todos los judíos a Madagascar o al Este de la Unión Soviética.

Una de las mayores monstruosidades de esa increíble etapa europea fue la cómplice liquidación de Polonia entre Stalin y Hitler. Ambos coincidían en liquidar a los polacos como pueblo. Para ello invadieron al unísono el país. Y su primer empeño fue el de acabar con todos aquellos ciudadanos que tuvieran un mínimo nivel de formación.

Las políticas de memoria suelen ser selectivas, porque son, sobre todo, políticas. De eso hay numerosos ejemplos vigentes hoy. Y España es un buen caso para ilustrar el asunto. La Historia rigurosa y contrastada de los acontecimientos es el único antídoto para librarse de ese mal de la memoria selectiva. El problema es que suele tardar mucho en producirse.

Snyder nos brinda uno de los mejores libros que se han producido en mucho tiempo para que la Historia desplace a la memoria interesada (normalmente nacionalista). No tiene la elegancia y la brillantez de Judt en su prosa, pero es más que un digno epígono.

Articulo : http://www.elpais.com 14/01/2012

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