Cocaine Cowboys
Por Juan Miguel ÁLVAREZ
En los años ochenta, Miami se convirtió en
la ciudad preferida de los narcotraficantes colombianos. Treinta años después,
un documentalista reconstruye aquel tiempo de exceso y crimen.
En la década de los ochenta, Miami fue el
destino favorito de la cocaína colombiana en Estados Unidos. Mientras el país
padecía desde 1975 una acentuada recesión –despidos masivos, pérdida de
propiedades por el no pago de los créditos–, el narcotráfico inundaba de dinero
en efectivo las esquinas de la ciudad. Los bancos del sur de Florida, por
ejemplo, consignaban en su reserva federal seis mil millones de dólares
anuales, mucho más que la suma de las otras reservas de la Unión. Solo en
Miami, los negocios de propiedad raíz valían unos mil millones al año, las
joyerías no daban abasto importando Rolex de oro y las agencias de carros tipo
Ferrari vendían sus existencias en menos de un mes.
Tres miembros del Cartel de Medellín
movían esta economía: un paisa llamado Rafael Cardona Salazar, el judío
neoyorquino Max Mermelstein y la cartagenera Griselda Blanco. Los dos primeros
eran socios y amigos, compartían la red de distribuidores y sicarios, y eran el
enlace con la familia Ochoa. Griselda Blanco no: con lista de clientes propios,
sus matones importados de Medellín y Pereira eran los más sanguinarios de
Estados Unidos. Residente en Nueva York desde finales de los sesenta, se había
refugiado en Miami a mediados de la década siguiente. Le decían “la Madrina”,
no solo porque era muy aficionada a la película El Padrino; también porque
era la cabeza de los narcotraficantes en el noreste del país. Luego de asesinar
a su segundo marido, fue apodada “la Viuda Negra”.
Con Griselda Blanco instalada en Miami,
los crímenes pulularon: cadáveres con tiros de gracia, descuartizados empacados
en bolsas, masacres, bombazos en barrios residenciales y balaceras en sitios
públicos. Si en 1976 la tasa de homicidios no superaba los 35 por cada cien mil
habitantes, en 1981 superó los 175 por cada cien mil y la ciudad pasó a estar
entre las más peligrosas del mundo. Ese mismo año, Time publicó en su
cubierta un mapa del sur de Florida con el interrogante “Paradise Lost?”.
A mediados de 1985, un grupo élite de
agentes federales detuvo a Max Mermelstein, quien colaboró con la justicia
dando nombres y explicando el funcionamiento del cartel en Estados Unidos.
Luego, atraparon a Griselda Blanco en un suburbio de clase media de Los
Ángeles. Rafael Cardona Salazar caería asesinado en la capital de Antioquia dos
años después.
Crímenes, traficantes e investigaciones
policiales de esta época fueron llevados al cine en la
famosa Scarface y a la televisión en la no menos exitosa Miami
Vice. Además de archivos judiciales y artículos de prensa, los únicos
documentos públicos que sin ficción relataron estos hechos fueron dos libros
publicados en 1990: The Man Who Made It Snow, las confesiones de
Mermelstein a la justicia, y The Godmother, reportaje sobre la captura de
Griselda Blanco, escrito por Richard Smitten.
Dieciséis años después de aquellos libros,
una productora independiente llamada Rak on tur’ estrenó un documental que
describe y explica esa Miami. Lo titularon Cocaine Cowboys, término
acuñado por la prensa local de los años setenta como referencia al salvaje
oeste. La crítica calificó la producción como una “ruda galería de capos
extravagantes”, “rico retrato del tráfico de drogas”, “mapa de los aterradores
crímenes que hicieron de Miami una pesadilla”.
Billy Corben, su director y cofundador de
la productora, es un tipo de 33 años graduado con honores de la Universidad de
Miami en ciencias políticas, escritura de guiones y teatro. Su primer
documental, lanzado en enero de 2001, fue Raw Deal: A Question of Consent,
un caso que avivó la polémica de los límites entre una violación y el sexo
consentido. El más reciente, lanzado en abril de 2011, fue Limelight, los
días luminosos y trágicos de Peter Gatien, famoso empresario de discotecas en
Nueva York. Un mes antes, había estrenado Square Grouper, investigación
sobre el consumo y tráfico de marihuana en la costa oeste de Florida a finales
de los sesenta. Y en YouTube ya rueda el tráiler del que lanzará en
2012: Dawg Fight, crónica de un ring de peleas callejeras en guetos de
Miami. Ha realizado ocho documentales en once años.
Rak on tur’ ha sido incluida dos veces en
la lista de las cien productoras de cine de no ficción más importantes del
mundo. Y Corben, dentro de las cincuenta personas más influyentes en Miami. Lo
entrevisté a comienzos de noviembre en la sede de la productora: una casa de
estilo moderno situada en la zona residencial de South Beach. Entusiasta de las
redes sociales –alimenta a Facebook y Twitter unas diez veces al día–, Corben
apagó su iPhone y se volteó hacia mí. Para comenzar por el principio, hablamos
del momento en que tuvieron lugar los hechos de Cocaine Cowboys, cuando él
tenía menos de cinco años.
¿Tienes algún recuerdo acerca del
narcotráfico o de la guerra entre narcotraficantes colombianos en Miami?
Tengo recuerdos sobre el dinero, no tanto
sobre las drogas o el tráfico de drogas. Como era tan chiquito, es probable que
de haber visto algo no hubiese tenido conciencia de qué se trataba. Sí tenía
conciencia de la gran riqueza que había en la comunidad. Parecía que, sin
importar el tipo de negocio al que se dedicara –tiendas de alimentos,
compraventas de carros, joyerías, bienes raíces, lo que fuera–, una familia
ganaba mucha plata. A todo el mundo le iba bien. Uno veía una casa modesta, en
un barrio de clase media, a la que le estaban construyendo un segundo piso o
una piscina, y con un Porsche en el garaje. No eran familias involucradas en el
negocio de las drogas; había tanto dinero en la economía de Miami que cualquier
trabajo era rentable.
También recuerdo que, como a las cinco de la tarde, mientras mi mamá preparaba la comida, yo veía las noticias de la guerra entre narcotraficantes en la televisión local. Muchas de esas emisiones son las que se ven en Cocaine Cowboys. Por supuesto, con más dramatismo, porque es un montaje. Pero si hoy hablamos de esos hechos es porque fueron noticia diaria en nuestra comunidad. Cuando comenzamos la investigación para el documental y vimos en los archivos las imágenes de estos hechos, llamé a mi mamá y le dije: “¡¿En qué diablos pensabas criando niños en Miami?!”.
También recuerdo que, como a las cinco de la tarde, mientras mi mamá preparaba la comida, yo veía las noticias de la guerra entre narcotraficantes en la televisión local. Muchas de esas emisiones son las que se ven en Cocaine Cowboys. Por supuesto, con más dramatismo, porque es un montaje. Pero si hoy hablamos de esos hechos es porque fueron noticia diaria en nuestra comunidad. Cuando comenzamos la investigación para el documental y vimos en los archivos las imágenes de estos hechos, llamé a mi mamá y le dije: “¡¿En qué diablos pensabas criando niños en Miami?!”.
¿Estos recuerdos te motivaron a hacer el
documental o hubo alguna otra razón?
Luego de haber filmado Raw Deal, que
debutó en el Sundance Festival en 2001 (en ese momento, fuimos los productores
de cine más jóvenes que se habían presentado en toda la historia del festival),
estábamos decididos a no mudarnos para Los Ángeles o Nueva York, a continuar
haciendo películas en Miami, la ciudad donde hemos vivido. Para eso,
necesitábamos una película que llamara la atención, y que introdujera nuestra
marca en la industria y nos hiciera visibles como productores de cine en el sur
de Florida.
Alfred Spellman, uno de mis socios en Rak
on tur’, siempre había estado muy interesado en esa época. Y nos dimos cuenta
de que por esos años, 2003 y 2004, había un gran interés por la cultura pop que
hablaba de los años ochenta en Miami: se cumplía el vigésimo aniversario de la
película Scarface y la publicación del devedé conmemorativo tuvo gran
éxito. También salió el videojuego más vendido en toda la historia hasta ese
momento, Grand Theft Auto: Vice City, cuyo contenido es un mundo inspirado
completamente en el Miami de los años ochenta. Además, Michael Mann anunció que
estaba trabajando en la muy esperada adaptación para cine de la serie de
televisión Miami Vice. Por eso, sentimos que era el momento apropiado para
contar la historia real de aquellos años.
O sea que no les interesaba el
narcotráfico como tema, sino la historia de Miami en esa época.
Absolutamente. Estábamos interesados en
entender el impacto profundo que el dinero y las guerras de narcotraficantes
causaron en Miami.
Cocaine Cowboys refiere gran cantidad
de datos: cifras de dinero y de inversiones, homicidios, fechas y horas
exactas, fotografías y fragmentos de noticieros de la época. Y sustenta esa
investigación con largas entrevistas a personajes clave de la historia. Lo que
me hace pensar que hubo un gran equipo de investigación como soporte. ¿Qué me
puedes contar al respecto?
La mayor parte de la película fue hecha
por tres personas [se ríe]: David Cypkin, Alfred Spellman y yo. Para filmar,
tuvimos un equipo de producción con unas cuatro o cinco personas adicionales.
Luego contamos con Jan Hammer, quien compuso la música (veinte años antes, él
había hecho el mismo trabajo para Miami Vice). Alguna gente más en la
postproducción y dos o tres en el audio. En total, no más de una docena de
personas. Como hemos vivido casi toda nuestra vida acá en Miami, teníamos
acceso a muchos recursos que no requerían un equipo muy numeroso. Teníamos a la
mano a narcotraficantes y policías, abogados y periodistas. Y contábamos con el
recurso de los Florida Moving Image Archives, donde hay miles y miles de horas
de grabaciones de noticieros. En conclusión, hicimos la película nosotros tres.
Así es como estás obligado a trabajar cuando tienes una productora
independiente.
¿Cómo se distribuyeron el trabajo?
Alfred se ocupó de toda la investigación.
Yo de la producción y la postproducción. Y Dave... ¡Dave hizo todo! Incluso
pasó más de un año viviendo en la otra habitación de mi apartamento mientras
trabajábamos en el montaje. Habíamos grabado cientos de horas y recopilado
cientos de fotografías y artículos de prensa de los archivos, y la tarea de
editar todo eso fue descomunal. Era tanto el material que durante la edición
pensábamos en nuevas películas que podríamos hacer con todo lo que no iba a ser
incluido en Cocaine Cowboys. Por supuesto, en ese momento era bastante
hipotético. No estábamos seguros de tener la oportunidad de hacerlo.
Afortunadamente sí.
Creo que te refieres a Cocaine
Cowboys II: Hustlin’ with the Godmother, sobre el seguimiento a Griselda Blanco
en Los Ángeles, estrenado en 2008. ¿En alguna otra de sus producciones usaron
parte del material que habían recopilado para Cocaine Cowboys? ¿Quizás
en Square Grouper?
Bueno, Square Grouper es algo
así como una consecuencia no oficial del éxito de Cocaine Cowboys. También
produjimos Cocaine Cowboys: Remix, una reedición del documental. Y estamos
produciendo Cocaine Cowboys III: Los Muchachos, acerca de Willie Falcon y
Sal Magluta, los cubanos traficantes de cocaína más famosos y exitosos de todos
los tiempos.
Cocaine Cowboys tiene dos hilos
conductores. El primero es sobre los secretos del tráfico de drogas y el
enriquecimiento. Esta parte es narrada por John Roberts, que era uno de los
narcotraficantes locales vinculados al Cartel de Medellín, y por Mickey Munday,
el piloto que transportaba la droga desde Colombia hasta Florida. Ellos fueron a
prisión pero están libres desde hace años. ¿Cómo los encontraron?
Hay un viejo dicho: “Florida es un lugar
soleado para gente en las sombras”, aunque tal vez pierde algo traducido al
español. Hay otro que dice: “Los Ángeles es el lugar para ir cuando tú quieres
ser alguien. Nueva York es el lugar al que vas cuando ya eres alguien. Y Miami
es el lugar al que vas cuando quieres ser otra persona”. Pareciera que en Miami
todos tienen una historia. A donde quiera que vayas encontrarás a alguien con
un pasado interesante: podría ocurrir que si llegas a un bar de mala muerte, te
sientas en la barra junto a una persona astrosa y comienzan a charlar y a tomar
whisky o aguardiente, al cabo descubres que esa persona fue un gran
narcotraficante o un dictador latinoamericano retirado o alguien que estuvo en
la cárcel por un crimen inimaginable (por eso, Miami es un gran escenario de
trabajo para nosotros).
De ese modo, un primo mío conoció a John
Roberts en la piscina de su condominio. Roberts estaba viendo nadar a su hijito.
Conversaron. Roberts le contó algo de su pasado. Mi primo sabía que este tema
nos interesaba y me llamó. Le conté a Alfred, que inmediatamente recordó ese
nombre y supo de quién se trataba porque había leído The Man Who Made It Snow.
Entonces, lo contactamos y nos conocimos. Después, John Roberts nos presentó a
Mickey Munday y ambos aceptaron narrarnos su historia para el documental. Ahora
John está por publicar su libro.
¿Allí nació la película?
Sí, absolutamente. Antes de conocer a John
Roberts ya teníamos la idea de hacer el documental, pero no el acceso necesario
a la historia. Luego de hablar con John, nos comprometimos definitivamente con
el proyecto y comenzamos a investigar y a llegar al resto de personajes.
El segundo hilo conductor es la violencia,
la numerosa cadena de venganzas entre narcotraficantes. Esta parte es narrada y
explicada por Jorge Ayala, alias “Rivi”, jefe de sicarios de Griselda Blanco
entre 1982 y 1984. Rivi está preso desde entonces. ¿Cómo fue el proceso para
entrevistarlo en la cárcel?
Las autoridades de Florida han cooperado
mucho. Para entrevistar a un preso, primero debes ser invitado por él mismo.
Así que le enviamos una carta y aceptó verse con nosotros. Rivi está en una
posición única: tiene un acuerdo con la Fiscalía de Miami que le permite hablar
de todos los crímenes que cometió en Florida como forma de colaborar con las
investigaciones y la justicia. A cambio, logró que lo condenaran a tres cadenas
perpetuas en lugar de la pena de muerte. Por eso habló con nosotros sin temor a
consecuencias en su prontuario. Básicamente, no tenía nada qué perder.
La primera vez nos encontramos fuera de
cámaras. ¡Qué presencia! Para llevar tanto tiempo en la cárcel, se le veía muy
bien: tenía un pulido corte de pelo al estilo de Sean Connery en la
película The Hunt for Red October. Calzaba tenis nuevos, blancos. Del
cuello le colgaba una cadena de oro y estaba muy bronceado. Supimos que sus
amigos colombianos de esa época le decían Riverita porque cuando era más joven
su voz era muy alta y aguda. Tanto, que se hizo una cirugía para agravarla. Y
esa voz alta y aguda, según ellos, era parecida a la de un cómic colombiano
llamado Riverita.
Después, volvimos a la cárcel para
entrevistarlo en cámara. Recuerdo que tenía un reloj no muy fino en su muñeca.
Lo que me llamaba la atención es que se la pasaba consultando la hora y yo me
preguntaba: “¿A dónde tiene que ir que mira tanto su reloj?”. Hablaba con una
voz baja y calmada, lo que nos obligaba a acercarnos mucho a él. Su presencia
era magnética; era guapo, envolvente, se podía entender por qué había sido tan
bueno en su oficio. Todo esto nos desarmó a Alfred y a mí. Tanto que, al
escucharlo, teníamos que recordar que estábamos conversando con un asesino.
¿Conversaron con otros sicarios?
Dos más. Un colombiano al que le decían
“Cumbamba”, llamado Carlos Arango. Está pagando cadena perpetua en una prisión
de Luisiana por el asesinato del narcotraficante e informante de la dea, Barry
Seal, en Baton Rouge. Él nos respondió las cartas, pero declinó la entrevista
porque su condena había sido por un crimen cometido en Luisiana. No podía
hablar de los crímenes cometidos en Florida porque nunca ha sido convicto en
este estado. Y acá las causas por asesinatos no prescriben y tenemos pena de
muerte. Entonces, si él nos hubiera contado lo que hizo en Florida, se hubiera
expuesto a ser juzgado y condenado a pena de muerte. Así que, de manera amable,
rechazó la entrevista.
El otro fue Miguel Pérez, alias
“Miguelito”. Miguelito había llegado a Miami en los botes que zarparon del
puerto de Mariel en 1980. Primero nos invitó a visitarlo sin cámaras. El
detective Al Singleton ya nos había dicho que Miguelito era el criminal más
aterrador que había conocido en sus 27 años investigando homicidios. Ya te podrás
imaginar cómo se veía frente a nosotros, dos blanquitos escuálidos. Me llevaba
más de una cabeza de altura. Pero no era solamente su estatura o su
corpulencia, simplemente producía miedo. Si un detective de homicidios, que
había pasado casi tres décadas trabajando en lo que era una de las ciudades más
peligrosas de Estados Unidos, sentía miedo por este tipo, nosotros realmente
estábamos asustados.
Al principio Miguelito fue frío, pero poco
a poco entró en confianza hasta que finalmente accedió a darnos una entrevista
en cámara. Hicimos los acuerdos con la prisión y regresamos con todo nuestro
equipo varias semanas después. Esa prisión queda en el noroeste de Florida.
Para llegar, volamos a Tallahassee y de allí conducimos por horas hasta la
prisión. Otra parte de la producción debió viajar en carro desde Miami, entre
ocho y diez horas de camino.
Nos tomó mucho tiempo entrar porque nos
revisaron los equipos varias veces. Ya adentro, tardamos unas dos horas
instalando cámaras, luces y sonido. Una vez todo listo, los guardias trajeron a
Miguelito, quien solo en ese momento nos dijo que no podía darnos la
entrevista. Le faltaban pocos años para quedar en libertad y su abogado le
recomendó no hacer cosas que pudieran retrasar su salida. Fue frustrante, claro.
Teníamos muy poco dinero, y el alquiler de los equipos más el pago a la gente
nos había costado mucho. Pero su decisión era comprensible.
En el documental queda claro que muchos de
los crímenes fueron por orden de Griselda Blanco. Y como todos hablan de ella
pero su testimonio no aparece, queda la sensación de que es una protagonista
ausente. ¿Trataron de entrevistarla?
Le escribimos pero nunca respondió. Nos
comunicamos con su abogado muchas veces y nunca quiso responder una entrevista
ni sobre su actividad ni sobre ella.
¿Fue distinto el acercamiento a los
agentes de policía, en ese momento activos, hoy retirados?
A personajes como Rivi o John Roberts no
les queda mucho más que su historia. No tienen dinero. Y en el caso de Rivi,
tampoco libertad. Por eso, lo único que pueden compartir es su historia. En
cambio, el agente de homicidios Al Singleton, luego de una carrera de 27 años
en la fuerza pública de Miami, no tuvo tanto reconocimiento ni recibió mucho
agradecimiento por su participación extraordinaria en esta época. Yo creo que
él y los demás policías a los que entrevistamos estuvieron entusiasmados al
compartir sus recuerdos, que son como de guerra y de mucho riesgo, pero hoy les
hacen sentir cierta nostalgia.
John Roberts, Mickey Munday y Max Mermelstein
son los estadounidenses a quienes se les podría culpar de haber llenado de
cocaína el país. Mermelstein en su libro afirmó sentirse arrepentido y dijo
haberse decidido a contar su historia para que otros no la repitieran. En el
caso de Roberts y Munday, ¿notaste algo parecido?
¿Cómo se dice en español...? ¿Un poquito?
Muy poquito. Yo les hice esa pregunta. Uno de ellos, creo que fue John,
respondió que en los inicios del negocio no había una conciencia real de lo
peligroso que era. El gobierno estaba más preocupado por drogas de los hippies
como la marihuana, por la heroína y por los yonquis que afeaban los
vecindarios. Al comienzo, la cocaína era ignorada porque se pensaba que era
para gente adinerada: médicos, abogados, miembros productivos de la sociedad
que se iban de fiesta el fin de semana, esnifaban cocaína y volvían a trabajar
el lunes en la mañana. Para el gobierno, la cocaína no era una amenaza. Por eso
descuidó su tráfico y permitió a los carteles, frente a sus narices, llegar a
Estados Unidos a través de Miami, construir una infraestructura y lograr que
todo el país se volviera adicto.
John sentía algo de arrepentimiento por
amigos y gente cuyas vidas se destruyeron por la adicción a las drogas o
murieron por sobredosis. Mickey, como lo único que hacía era transportar la
cocaína pero ni la consumía ni la vendía, no se ha sentido muy culpable. Se
sintió mal por los amigos a quienes vinculó al negocio. Claro, todos ellos lo
hacían porque les pagaba bien, incluso a los que estaban en la parte más baja.
Por ejemplo, a uno de sus grandes amigos le pagaba entre cinco y diez mil
dólares por cargar la avioneta durante la noche. En ese momento les parecía
sensacional, pero luego a muchos de ellos les tocó ir a prisión. Y Mickey
expresó arrepentimiento por ellos.
¿Alguno sintió escrúpulos por la gente
asesinada?
No creo... bueno... Mickey no era un tipo
violento. En ocasiones, particularmente cuando estaba junto a Rafael Cardona
Salazar, sentía tensión. Pero nos dijo que la situación más violenta que había
vivido en el negocio fue cuando un narcotraficante cabreado le tiró un café. Él
estaba desconectado de toda la violencia; por eso no sentía ninguna
responsabilidad por los asesinatos. Nos dijo que lamentaba mucho que el
narcotráfico fuera tan violento, porque esa violencia había jodido un negocio
muy lucrativo.
En Cocaine Cowboys hay una breve
declaración de Max Mermelstein. ¿Cómo accedieron a él, si desde que fue
capturado se sometió al Programa Federal de Protección de Testigos y le
cambiaron la identidad?
A través de los documentos públicos
pudimos recabar suficiente información para rastrear su nueva identidad.
Entonces, le escribimos una carta. A la vez, Al Singleton le hizo saber que
queríamos contactarlo. Tiempo después, cuando ya Mermelstein había leído
nuestra carta, Al Singleton medió para que Alfred y él hablaran una vez. Pero
no quiso dejarse entrevistar para el documental. El clip que se ve lo sacamos
de una entrevista que dio en televisión hace muchos años, creo que a Geraldo
Rivera.
En Cocaine Cowboys:
Remix mostraremos a Max Mermelstein respondiendo ante el Senado de la
República, en Washington D. C., las preguntas del entonces senador Joe Biden,
hoy vicepresidente de Estados Unidos. Mermelstein se ve rodeado por páneles verdes
que lo ocultan de la audiencia y de la cámara; hay guardias y policías
alrededor de los páneles. Creo que el micrófono está distorsionado para que
tampoco se le pueda identificar la voz. Y hoy ya es imposible volverlo a
entrevistar porque murió de cáncer.
El documental inicia con el doble
homicidio ocurrido en la licorera del Dadeland Mall, en julio de 1979. Prensa y
fuerza pública han coincidido en que fue el inicio de la guerra de
narcotraficantes colombianos en Miami. Para los investigadores fue un hecho significativo.
¿Pero al ciudadano común le menoscabó la sensación de seguridad? ¿Llegó a
sentir que su vida estaba en peligro si entraba a un centro comercial o si
caminaba por South Beach?
Bueno, hubo dos sucesos conectados con
Griselda Blanco. El primero fue una balacera entre dos carros en la Autopista
de Florida. Al final, uno de los dos carros se estrelló, los ocupantes huyeron
y en el baúl del carro la policía halló un cadáver. Dos meses después ocurrió
el doble homicidio en el Dadeland Mall. Supuestamente, esta acción era la
venganza por lo ocurrido en la autopista.
Ahora bien, una balacera de carro a carro
mientras van por una autopista es algo muy diferente a una balacera en un
centro comercial muy concurrido y popular, con familias y niños allí, en un día
de verano casi a la hora del almuerzo. Eso, realmente, sí fue algo muy
traumático para la ciudad.
Primero, la policía quedó asombrada por el
poderoso armamento que tenían los pistoleros. Los policías todavía usaban
revólveres de seis balas y estaban encarando a una gente que no había tenido
inconveniente en abandonar en el parqueadero del centro comercial un camión con
un costoso arsenal dentro. Una gente que no tenía temor de dejar huellas
digitales en esas armas. Una gente a la que no le importó matar a estas
personas delante de muchos testigos, o haber matado gente inocente que pasaba
por ahí.
Lo que se decía en las noticias era que si
uno de nuestros patrulleros hubiera estado solo, y en un operativo de rutina
hubiese detenido un camión de ésos, lo habrían hecho pedazos antes de que
pudiera disparar su diminuto revólver. Entonces en los meses que siguieron al
tiroteo, Edna Buchanan, la reportera de judiciales del Miami Herald,
informó constantemente sobre el pánico masivo que había en Miami por estos
camiones: cada que alguien veía alguno, dejaba tirado lo que estaba haciendo y
corría a llamar a la policía.
En Estados Unidos la industria
cinematográfica tiene un larguísimo recorrido haciendo ficción con la
criminalidad real del país. En América Latina, en cambio, tenemos una historia
mucho más corta en ese campo y hay una discusión vigente acerca de la supuesta
idealización que estas telenovelas, seriados o películas hacen de los
criminales. En tu opinión, ¿Scarface y Miami Vice ayudaron a
entender esa época de Miami o, por el contrario, terminaron volviendo héroes a
criminales?
Scarface y Miami
Vice fueron sobresalientes. Ambas producciones son históricas y recordadas
porque en esa época entretuvieron a la audiencia. Esa larga tradición de contar
historias de malos y bandidos (Billy the Kid, Robin Hood, Bonnie and Clyde, Al
Capone, etcétera) siempre ha tenido (y tiene) audiencia. Por eso, los actores
usualmente prefieren interpretar papeles de villanos, pues tienden a ser más
apasionantes.
Otra de las conclusiones del documental es
que, en esos años, Miami era dos ciudades en una: por un lado, la de las
vacaciones, descanso, sol y playa; por otro, la del crimen... ¿Han recibido
cuestionamientos políticos o moralistas por haber mostrado esas dos caras de
Miami?
Una de nuestras premisas en Cocaine
Cowboys es el hecho de que los miles de millones de dólares, de
narcodólares, generados en los años setenta y ochenta en Miami corrieron por
múltiples vías hacia la economía básica de toda la comunidad. Hoy Miami sigue
directamente impactada por esa época: solo debes mirar los rascacielos que ese
dinero ayudó a construir y la reputación que tiene como una ciudad peligrosa,
sexy y bacana.
En años recientes, se ha sabido de
transacciones en efectivo de miles de millones de dólares con países de
Suramérica. Transacciones que no se pueden rastrear, sobre todo de bienes
raíces en el centro de la ciudad. Creo que se han construido veintidós mil
unidades residenciales en veinte cuadras. Y la gente se pregunta: “¿Quién
vivirá allí?”. Fácilmente, Miami puede seguir siendo la capital del lavado de
dinero en Estados Unidos y, como en esa época, a través de la construcción de
rascacielos de apartamentos. Así que nadie nos ha discutido la premisa
fundamental de Cocaine Cowboys: que el dinero de las drogas afectó
dramáticamente nuestro destino y nuestro futuro como comunidad.
Esa conclusión también podría aplicarse a
algunos sectores de Nueva York y a otros de Los Ángeles.
Sí. Sin embargo, Los Ángeles tiene mucho
comercio legal y muchas industrias autóctonas como la del cine. Nueva York, por
su parte, es el corazón del sistema financiero y lugar de muchas otras
industrias. En Florida no fabricamos nada. En una entrevista que le hicimos a
Carl Hiaasen, columnista del Miami Herald, nos dijo: “Todo lo que
fabricamos en Florida son naranjas y armas cortas”. No hay industria autóctona.
Tenemos cultivos de naranjas y caña de azúcar, pero el que más nos da dinero es
el de marihuana, que es ilegal. Entonces, lo que hacemos para que la economía
crezca es recibir más y más gente que compre apartamentos y casas, cene en
restaurantes y llene discotecas.
Históricamente, la economía del estado de
Florida ha funcionado como un esquema de Ponzi: cuando la gente deja de venir,
la economía colapsa, como ya nos sucedió en 2007. Así que necesitamos
atractivos para que la gente siga viniendo. En Nueva York hay negocios, hay
industria, hay una economía real. Los Ángeles, la misma cosa. En Miami... poco
más se puede hacer.
En Cocaine Cowboys, John Roberts dice que
probablemente Miami ha cambiado, pero que en los años ochenta todo el mundo
tenía un precio…
Sigue siendo así, aunque hoy es peor. Las
personas de Miami siempre estamos pendientes de una avivatada y cuando se
presenta una oportunidad, aunque sea ilegal, estamos dispuestos a cometerla:
desfalcos al sistema de salud, lavado de dinero, tráfico de drogas.
Ante esa realidad, ¿se podría concluir que
hubo cierto cinismo por parte de las autoridades al haber soportado cinco o
seis años de crímenes y enriquecimiento antes de pedir ayuda al gobierno
federal?
Bueno... tú sabes lo que dicen de Miami:
“Lo mejor de Miami es que está muy cerca de Estados Unidos”. Aquí tenemos
muchas reglas propias. Por eso nos desentendimos de la guerra contra las drogas
y eso forzó al gobierno federal a venir y luchar contra los narcotraficantes.
¿Cuál es tu opinión sobre la guerra contra
las drogas? ¿Te parece que tenga sentido?
Creo que la mayoría de los
estadounidenses, incluso grupos de influencia económica, saben la verdad.
Basados en los hechos, han concluido que la guerra contra las drogas es un
fraude, una pantalla. Las vidas perdidas y destruidas han sido producto, más
que nada, de la prohibición y la criminalización, no del abuso de drogas o de
la violencia, que produciría las víctimas reales. La prohibición es la que
genera la violencia existente. Si encontraran la forma de legalizar este
negocio, que claramente no han podido detener por la fuerza, se podría remover
toda la cortina de ilegalidad. Porque, número uno, los consumidores no irían a
la cárcel. Y número dos, el mercado negro desaparecería y los traficantes no
requerirían la violencia.
Entonces, ahora que el gobierno de Estados
Unidos está tratando de reducir el déficit fiscal, sería un buen momento para
comenzar la legalización, pues se evitaría el enorme precio de la guerra contra
las drogas y se crearía una buena fuente de ingresos regulando su mercado.
Además, el consumo de drogas sería seguro. Si hoy vas y compras drogas en una
esquina, realmente no sabes lo que has comprado.
Vivimos en un país donde los niños están
rodeados de todo tipo de drogas, y mueren... En Florida estamos cerca de tener,
creo, seis o siete muertes diarias por abuso de drogas prescritas,
específicamente con el OxyContin. En los años ochenta, lo más grave del consumo
de cocaína llegaba a tres o cuatro muertes semanales por sobredosis.
No hay duda de que, desgraciadamente,
nuestras prioridades están erradas. Pero creo que el documental está llegando a
una generación de ciudadanos que crecieron como nosotros y entienden que es
necesario un cambio. Si no me equivoco, la última encuesta determinó que más
del 80% de los norteamericanos piensa que la marihuana debe ser legalizada o,
por lo menos, no criminalizada.
¿Tú eres originario de Miami?
Nací en la costa oeste de Florida, en una
ciudad llamada Fort Myers, y nos mudamos a Miami cuando yo tenía dos años. He
estado aquí toda mi vida.
¿Todo este asunto del narcotráfico
colombiano, de la inmigración cubana, de referirse a Miami como Puerta de las
Américas, de su fuerte influencia latinoamericana, le ha despertado al
estadounidense promedio rechazo por los ciudadanos de Miami y segregación
cultural por la ciudad?
¿Recuerdas la broma que dije ahora, que lo
mejor de Miami es que está muy cerca de Estados Unidos? Ésa hubiera sido la
respuesta a tu pregunta... Yo creo... déjame responder de esta forma: creo que
gran parte, si no la mayoría de los estadounidenses, mira a Miami como si
estuviera por debajo del resto, literal y figurativamente. Nos dejan sin
validez o nos hacen a un lado. Por lo menos, nos ven como un país del tercer
mundo dentro de Estados Unidos. Y no están necesariamente equivocados.
Articulo : http://www.elmalpensante.com Diciembre
2011

