lundi 16 janvier 2012

Leila GUERRIERO/ Un secreto de dioses


REPORTAJE:
Un secreto de dioses
Por Leila GUERRIERO

Si hay culto es porque hay un dios. Enrique Vila-Matas, Alan Pauls, Yuri Herrera, Rafael Gumucio, Jorge Herralde, Pilar Reyes, Elena Ramírez, Manuel Borrás... Autores y editores explican una categoría sagrada llena de matices, aristas y contradicciones.

Primero, las definiciones. Pero eso es un problema cuando se trata de una categoría esquiva, viciosamente escurridiza, llena de aristas, de matices, de contradicciones. Cuando se trata, como ahora, de encontrar respuesta a esta pregunta: ¿qué es un escritor de culto? ¿Alguien con gran prestigio y un grupo ínfimo de lectores; alguien que, más que lectores, tiene devotos; alguien que capturó los retorcijones más o menos angustiosos de toda una generación y supo cómo traducirlos en una obra; alguien que es producto de una estrategia editorial? ¿Todo eso, más que eso, nada de todo eso? La primera acepción de la palabra culto que da el diccionario María Moliner es esta: "Respeto, veneración y acatamiento tributados a Dios o a los dioses". Antes que nada, entonces, esto: si hay culto es porque hay un dios.

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-Autor de culto es un concepto ligado a lo religioso -dice Enrique Vila-Matas, autor de Dublinesca-. A ese autor le salen adoradores, lectores que no quieren perderse ni un folio suelto del autor, lectores que le siguen en todo lo que hace. Ser seguidor -lo digo por propia experiencia- es apasionante. Ser seguido -también tengo la experiencia- no lo es tanto, porque a muchos adoradores sólo les interesa lo que un día leyeron de ti y quieren encontrar siempre eso en lo que haces. Pueden llegar a impedir al autor ser libre a nivel creativo y machacarle su capacidad de sorprender continuamente, de hacer con sus escritos lo que le dé la gana en todo momento. Nada admiro tanto como ese día en la vida de Bob Dylan, en Newport, en 1965, cuando todo el mundo le consideraba un cantante de folk y se presentó con una ruidosa banda eléctrica que ninguno de sus adoradores comprendió.

-El nombre tiene mucho de religioso -dice el escritor Tomás González, autor de la novelaPrimero estaba el mar, a quien se menciona como el secreto mejor guardado de Colombia-. Es un escritor del que se podría tener la imagen en una repisa, como la de un santo. Los escritores de culto son como santos con pocos aunque muy fervientes devotos. Si te llaman escritor de culto y lo aceptas, tienes cierto prestigio y puedes escribir en paz lo que te dé la gana, pues te dieron y te diste por perdido en cuanto a ventas se refiere.

-Es un término más usado por editores o críticos -dice el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka, autor de la novela La enfermedad-. Los escritores somos muy vanidosos y la categoría puede ser una forma de matizar un fracaso con los lectores. Los escritores lo queremos todo: crítica y público. También puede ser una definición provisional. Hace más de veinte años, tal vez Robert Walser era considerado un escritor de culto. Bolaño también. Hoy es casi una civilización.

-T. S. Eliot -dice el escritor argentino Fabián Casas, autor de Los lemmings- hablaba de la importancia que tenía para un escritor poseer un grupo pequeño de lectores. Decía que no era necesario ser un superventas sino tener un pequeño grupo de lectores influyentes. Ese caldo forma lo que se denomina un escritor de culto. La prensa es la que termina dándole un lugar específico.

-Tiene que ver con la devoción que se le tiene a algunos escritores que son reconocidos por sus pares y por un círculo de lectores, pero no por el mercado -dice el escritor mexicano Yuri Herrera, autor de Trabajos del reino-.

-La noción proviene de un equívoco sobrecogedor -dice el escritor chileno Carlos Labbé, autor de Caracteres blancos-. Alguien elabora un proyecto de escritura diferente de lo que se considera la corriente masiva, pero después se comienza a admirarlo por la fuerza con que defendió su proyecto y no por las características de su propuesta. El culto es un afán borreguil de saber todo lo que le pasa al autor en vez de quedarse con sus libros.

-Debe haber, en la escritura de un escritor de culto, algo que tienda a lo sagrado y lo secreto -dice el escritor chileno Rafael Gumucio, autor de la novela La deuda-. Algo que te haga sentir, como lector, único y elegido. Es una categoría religiosa, que relaciona al libro a una de sus funciones más controvertidas: ser depositaria de la palabra de dios, y los escritores sus sacerdotes.

-Es un escritor que tiene un talento extraordinario para una sola cosa, y ni siquiera en esa sola cosa es fácil decidir si es amo de su talento o si su talento no es en realidad una extraña forma de enfermedad -dice el autor de la novela El pasado, el escritor argentino Alan Pauls-.

Esquiva, escurridiza: una categoría llena de matices y contradicciones.

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¿De quiénes hablamos cuando hablamos de escritores de culto? Las personas cuyos testimonios se recogen en este artículo dieron nombres que dibujan una lista tan nutritiva como disfuncional (en la que, por ejemplo, quienes son de culto en algunos países no lo son en su lugar de origen, como podría ser el caso del argentino Antonio Di Benedetto que no es un autor de culto en la Argentina pero que sí lo sería en México), y que incluye, entre muchos otros, a Mario Bellatin, Fabio Morábito, Daniel Sada, J. R. Wilcock, Emmanuel Bove, Antonio Di Benedetto, Thomas Pynchon, Gabriel Zaid, Sergio Pitol, Guillermo Fadanelli, Israel Centeno, Bukowski, J. D. Salinger, David Foster Wallace, Julio Ramón Ribeyro, Mario Levrero, Rafael Sánchez Ferlosio, Roberto Merino, Germán Marín, Denton Welch, Braulio Arenas, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Virgilio Piñera.

-Un escritor de culto es un escritor con una voz propia, que sorprende, exige y excita al lector -dice Jorge Herralde, editor de Anagrama-.
-Es aquel que erige una obra emblemática para un determinado público, y cuya vida puede llegar a convertirse en motivo de interés para sus seguidores -dice Elena Ramírez, directora editorial de Seix Barral en España-.
-El culto implica un nivel de devoción por parte del grupo (grande o pequeño) de seguidores -dice Diego Rabasa, del consejo editor de Sexto Piso-. Tiene que haber cierto nivel de conexión ontológica. Coexistir con la obra del escritor a un nivel vivencial y no sólo literario.
-Es un autor que tiene un grupo de fieles lectores que lo admiran -dice Matías Rivas, de Ediciones Universidad Diego Portales, de Chile-. Pueden llegar a convertirse en moda y vender más, pero en general son secretos. Es un estigma difícil de sacarse porque el periodismo cultural lo repite para referirse a todo lo que no es masivo. Pero tienen una virtud que es el doblez positivo del estigma: son long sellers.
-Es aquel -dice Andrea Palet, editora de Los Libros Que Leo, editorial chilena independiente- que ya tiene fans antes de que la industria y/o la prensa se enteren de su existencia. "De culto" es un tag muy estable: puedes estar vendiendo como loco, pero te van a seguir llamando de culto hasta el hogar de ancianos.
-La perspectiva de un escritor de culto es hoy distinta a la de hace un siglo -dice Manuel Borrás, editor de Pre-Textos-. Antes, adquiría su sanción más por el boca a oído, sin intersección de la publicidad. Hoy en día pueden convivir escritores de culto inventados tanto por motivos crematísticos como apoyados por la sanción de los lectores.
-Es aquel que tiene una obra singular, alejada del canon oficial, que experimenta con las formas y es reconocido como tal por la crítica y una minoría lectora -dice Samuel Alonso, director de publicaciones de 451 Editores-.
-La calificación "de culto" puede tener que ver con el concepto de autor "secreto" -dice Enrique Redel, de Impedimenta-. Sus atributos los crea una minoría que niega el gusto mayoritario, que suele ser calificado de borreguil. La obra tiende a ser difícil de conseguir. El propio autor se prodiga poco. Cuando comienza a dar entrevistas a los medios mayoritarios "se vende".
-Entrar en la categoría es apetecible, pero lo que es malo es quedarse, pues vendría a ser un reconocimiento de su fracaso para llegar a públicos más amplios -dice Luis Solano, de Libros del Asteroide-.
-Es un escritor ajeno al gran público que frecuentemente termina por conquistarlo. Kafka fue de culto, como Joyce, escritores-para-escritores que acabaron por imponerse en las academias y las universidades. Dostoievski fue de culto unos diez años y hacia 1910 era patrimonio de la humanidad. Pero quizá ya no haya autores de culto confiables, es decir, que puedan permanecer escondidos. Hoy todo se publica, de todo se oye hablar y nada permanece en lo oscuro -dice el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael-.
-Un autor de culto es igual a "mucho prestigio, pocas ventas" -dice Julián Rodríguez, de Periférica-.
Esquiva, escurridiza, llena de aristas, de matices, de contradicciones.

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-¿Un escritor de culto es necesariamente un fracaso en las ventas?
-No -dice Ana Pareja, de la editorial independiente española Alpha Decay-. Bolaño, Salinger son éxitos de ventas y no son excepciones.
-Debe ser un deleite supremo empezar como escritor de culto y luego conquistar un gran número de lectores. Entre otros, Sebald, Tabucchi o Bolaño. Pero las listas de más vendidos son poco compatibles con los escritores de culto, incluso con los que han dado una cabriola considerable, como los antes citados -dice Jorge Herralde, de Anagrama-.
-Convertir a un autor en "escritor de culto" es una típica operación de marketing de agencias literarias o editoriales. Pasó con Bolaño en Estados Unidos, pasa a cada rato en España con autores centroeuropeos de principios del siglo XX -dice el escritor chileno Carlos Labbé-.

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En 2011, Impedimenta publicó en España el Diccionario de Literatura para Esnobs, del francés Fabrice Gaignault, una guía de autores a veces extravagantes, a veces malditos, ¿a veces de culto?, y, en la introducción, el español José Carlos Llop escribe: "Todos hemos tenido nuestros autores secretos. (...) Cuando alguno (...) empezaba a ser más conocido por los lectores (...) el hecho de compartirlo no producía felicidad alguna, sino cierta incomodidad. Una de las consecuencias (...) era la expulsión de aquel autor de nuestro paraíso privado".

-Con los autores de culto pasa como con el chiste de un restaurante que fue muy selecto, pero que tiene demasiado éxito: "Ahora ya no va nadie: vive lleno" -dice el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de El olvido que seremos-. Lo mismo puede decirse de un escritor de culto que se populariza, como Sándor Márai: ya no lo lee nadie, todos lo leen. Milan Kundera fue un escritor de culto hasta que todo el mundo empezó a leerlo. El éxito es imperdonable en un escritor de culto.

-Parte de una minoría ilustrada cree demostrar su superioridad intelectual en la oposición a ciertos atributos narrativos que consideran "fáciles" -dice el escritor argentino Guillermo Martínez, autor de Crímenes imperceptibles, entre otros libros-, y trata de poner en circulación escritores "difíciles" para poder seguir sintiéndose loshappy few de jardines recónditos. Estos escritores tienen características que son elevadas a categorías deseables per se: opacidad, hermetismo, falta de trama. Además hay algunas otras características "de imagen": 1. Sus libros deben ser inaccesibles. 2. La biografía del escritor de culto debe contener algún elemento "oscuro". 3. No debe tener jamás un éxito de ventas. Esto lo convertirá en un traidor a sus acólitos. Pero la literatura no responde a ese maniqueísmo imaginario de editoriales salvajemente comerciales y lectores puros de catacumbas.

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-Se ha hablado de usted como un escritor de culto. ¿Se ha sentido cómodo con eso?
-No siempre -dice Enrique Vila-Matas-. En España, por ejemplo, nada. Primero, me llamaban "autor de culto" porque no me leía nadie. Después, porque me leían afuera. En este país, donde ha ido pasando el tiempo y seguimos siendo católicos, incultos y "diferentes", la denominación "autor de culto" siempre ha sonado a escritor bueno y disparejo, pero también a autor al que le falta algo, concretamente, ser tan conocido como Camilo José Cela.
-No me incomoda -dice el escritor mexicano Yuri Herrera-, porque no me creo ninguna de las etiquetas. Tardé tanto en conseguir publicar que no tengo prisa por ser reconocido ni puedo medir el impacto que podría tener ser denominado así en algunos círculos.
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Ahora, confusión. Confusión por cosas como estas: porque Matadero cinco, de Kurt Vonnegut, sí, y Kurt Vonnegut también; y porque Siddharta, de Hermann Hesse, sí, y El lobo estepario, de Hermann Hesse, también, pero Hermann Hesse, definitivamente, no. En el año 2005 se publicó The Rough Guide to Cult Fiction, una guía que reunía a ciento noventa y cuatro autores y en la que la "ficción de culto" se definía como "una devoción irracional por una minoría hacia un autor o libro". Figuraban allí Kurt Vonnegut, Thomas Pynchon y David Foster Wallace junto a Gabriel García Márquez, Marcel Proust y George Orwell; libros como El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, junto a La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa. En 2008, The Telegraph confeccionó una lista de libros de culto. Encabezada por Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut, incluía No Logo, de Naomi Klein, y Recuerdos del futuro, del suizo Erich von Däniken, que escribió allí acerca de las probables visitas que hacían, en el pasado, los extraterrestres a la tierra.

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-¿Quién es el lector de un escritor de culto?
-Un esnob. Un borrego. Alguien que no se quiere dar cuenta de cómo es manejado -dice Carlos Labbé-.
-Un sofisticado o un obsesivo, un fanático de lo extraño -dice Matías Rivas, de Ediciones Universidad Diego Portales-.
-Un hurgador de librerías de viejo. Un gourmet de ropa vieja, de perlas encontradas en chiqueros. Una mezcla de cartonero y de dandi. Un adorador de la originalidad. Un masturbador. Un devoto de la profanación -dice el escritor Alan Pauls-.
-Todo verdadero lector tiene un escritor de culto. Aquel que se sigue libro a libro, al margen del resultado. Sus lectores fieles celebran sus aciertos pero lo acompañan en sus fracasos, deciden compartir su mundo, tan imperfecto y dispar como la vida misma -dice Pilar Reyes Forero, directora editorial de Alfaguara-.

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Pero, ahora, otra vez confusión. Confusión, por ejemplo, porque junto a J. D. Salinger (que lleva vendidos unos 65 millones de libros), se mencionan autores como el uruguayo Felisberto Hernández (que no debe llegar a varios miles), y otros que habitan catacumbas a las que descienden unos pocos: el chileno Juan Emar (uno de cuyos libros,Diez, fue publicado hace poco por la editorial independiente argentina Mansalva, con prólogo de César Aira).

-Dan Brown es un escritor de culto pero es un culto masivo y, por lo tanto, muy poco selectivo -dice el escritor argentino Rodrigo Fresán, autor de la novela El fondo del cielo-. J. D. Salinger es, también, un escritor de culto; pero lo suyo se acerca al más exquisito budismo zen. Así, Haruki Murakami o Paul Auster o David Foster Wallace serían sumos sacerdotes de sectas en expansión, mientras que Thomas Pynchon y Jorge Luis Borges y Vladímir Nabokov serán, siempre, tótems frente a los cuales arrodillarse. Entre unos y otros están todas esas íntimas religiones (propongo estampitas de John Banville, Rick Moody, Iris Murdoch, Felisberto Hernández, Denis Johnson, Michael Ondaatje, Steven Millhauser) por las que unos cuantos miles están dispuestos a lo que sea. Es decir: a seguir leyendo. Y a reconocerse entre ellos con complicidad. Nunca dejaremos de creer y de rezarles a León Tolstói y Marcel Proust y Francis Scott Fitzgerald. Un escritor de culto es aquel que hace que leer sea tan pero tan parecido a orar, con una atendible diferencia: no sólo sentimos que nos escucha sino que, además, nos habla nada más que a nosotros. Y, por supuesto, Dios existe y se llama Shakespeare.

Como si el culto fuera una religión con diversas capas tectónicas, todas necesarias para formar, al fin, la iglesia.

Ilustración de Frank Viva

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TRIBUNA:
Menard inventa a Borges
Por Alberto MANGUEL

En una de las muchas brillantes observaciones del imprescindible Una vida de Pierre Menard, su autor, Michel Lafon, señala que, desde siempre, los lectores han inventado, para justificar una fragmentada y colectiva obra maestra, un mítico autor, genial y remoto, que brinde a esa obra coherencia y prestigio.

Nacen así, largo tiempo después de los libros que se les atribuyen, Homero y el autor de Las mil y una noches, y por qué no, el sagaz Espíritu Santo. A estos autores imaginarios, Michel Lafon agrega ahora nuestro Jorge Luis Borges. Borges, es bien sabido, publica en 1939, en la revista Sur de Buenos Aires, un texto fundamental para la literatura, Pierre Menard, autor del Quijote. En él, bajo el aspecto de una nota necrológica, Borges lamenta la desaparición del autor francés Pierre Menard, cuya escueta obra incluye, palabra por palabra, la composición de varios capítulos del Quijote de Miguel de Cervantes. Las páginas de Menard, sin embargo, como Borges comprueba, a pesar de coincidir exactamente con las de Cervantes, son absolutamente distintas del original. La diferencia está en nuestra lectura: las mismas frases, compuestas por un lego culto del siglo diecisiete y por un melancólico contemporáneo de Bertrand Russell, no dicen lo mismo ni tienen igual significado. El texto de Borges concluye: "Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo, ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?". Pienso que Borges no supuso que caería víctima de su propio juego. Si es el lector quien debe juzgar, no ya el valor de una obra sino su naturaleza y significado, entonces todo texto depende no ya de su invención y factura, sino de su identidad en la mirada de su lector. Lo que Borges propone (lo que Menard propone y Michel Lafon ensaya) es nada más ni menos que la aniquilación de la literatura. Naturalmente, una obra de tal poder requiere más que el autógrafo que Borges le atribuye: Pierre Menard (como Homero) exige una biografía. Y ahora, gracias a Michel Lafon, la tiene. La traducción de César Aira es brillante, justa, límpida. A partir de unas pocas claves en el texto de Borges, Lafon (erudito conocedor de la literatura francesa y argentina) construye un Menard preciso, comprensible, inteligente. El modesto biógrafo resulta ser un tal Maurice Legrand, amigo de Menard y de otros escritores de principios del siglo veinte, cuyos papeles son descubiertos por un editor anónimo a finales de 2010. En ellos, Legrand revela casi todo lo que puede saberse de Menard. Como en un brillante juego de espejos, Menard, oscuro nativo de Montpellier, devoto del misterioso Jardín Botánico de la ciudad, pensador inagotable, resulta ser no uno sino muchos hombres: el tímido autor de obras inacabadas o nunca iniciadas; el confidente de Valéry, de Gide, de Unamuno; el corresponsal de Borges joven; el modelo del Monsieur Teste del propio Valéry ("la estupidez no es mi punto fuerte"), pero también discípulo de ese mismo Monsieur Teste; la fuente de buena parte de nuestra mejor literatura. Menard escribe unos pocos textos fragmentarios y pronuncia frases inspiradas que aparecerán luego en textos famosos de Borges, de Bioy, de Valéry. Y es Menard quien, invitado a participar en una suerte de misterioso congreso secreto de literatos en Montpellier, en los recodos del Jardín Botánico, propone la invención de un escritor de genio a quien se le atribuirán las obras maestras que el congreso irá produciendo, para encarnar, de alguna manera, la literatura del porvenir. Por casualidad, en 1919, el joven Borges se encuentra en Montpellier con su familia; por casualidad, visita el Jardín Botánico de senderos que se bifurcan; por casualidad se encuentra con Menard y Menard lo convierte en su elegido. Borges creyó haber inventado a Menard; es justicia poética que ahora Menard haya inventado a Borges. Pero esto no es más que un débil resumen de un libro de una inteligencia y riqueza literaria deslumbrantes. Michel Lafon, alias Maurice Legrand, alias Menard, alias Valéry o Borges, ha reflexionado sobre la extraña relación entre lo imaginado y lo escrito, lo escrito y lo leído, lo recordado, lo recreado y lo supuesto: es decir, entre el mundo y nuestra experiencia literaria del mundo. Proponerse ampliar, enriquecer o reconstruir una obra maestra parece tarea imposible, fruto de la presunción o la arrogancia; humildemente lograrlo (como lo logró Menard con respecto a Cervantes, y ahora Michel Lafon con respecto a Borges) es milagroso. Pero, como decía Chesterton, lo más extraordinario de un milagro es que ocurre.

Una vida de Pierre Menard. Michel Lafon. Traducción de César Aira. Lumen. Barcelona, 2011. 184 páginas. 59 euros. Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) ha publicado recientemente Conversaciones con un amigo (traducción de Pedro B. Rey. Introducción de Claude Rouquet. Páginas de Espuma, 2011. 256 páginas. 14 euros) y Bibliotecas (Gobierno de Navarra, 2011. 96 páginas. 8 euros). www.alberto.manguel.com.

Articulo : http://www.elpais.com 14/01/2012

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