dimanche 1 janvier 2012

Lo mejor de 2011: Ficción/ Confesiones y sueños


Lo mejor de 2011: Ficción
Confesiones y sueños

Tras varias temporadas algo mediocres, 2011 ha sido un buen año para la ficción según los críticos de El Cultural, que un año más han seleccionado las mejores novelas publicadas por autores españoles e hispanoamericanos. La mejor, Yo confieso, ha supuesto el descubrimiento en España de Jaume Cabré (Barcelona, 1947). No ha sido la única sorpresa: junto a nombres habituales en estas listas (Marsé, Martínez de Pisón, Marías, Merino, Luis Mateo Díez, Lorenzo Silva), aparecen los de Gonzalo Hidalgo Bayal, Isaac Rosa y Martín Caparrós, apuestas también seguras de literatura verdadera.

Jaume Cabré 
Destino. 844 páginas, 26'90 euros
Más conocido en Alemania y Francia que en España, Jaume Cabré (Barcelona, 1947) se embarca en Yo confieso en una monumental novela de estirpe cervantina que trasciende la historia de su narrador y protagonista para recorrer distintos escenarios dominados por el mal, el miedo y el amor. De la Edad Media a la Inquisición, pasando por el siglo XVIII, las dos guerras mundiales, la posguerra española o la transición, Adrià Ardèvol, enfermo de Alzheimer, salta entre sus recuerdos quebradizos y desdichados a través de 59 capítulos agrupados en siete partes. Son varias las historias que se complementan, interrumpen y desarrollan de forma fragmentaria en torno a la pasión, la soledad y la traición. Pero, ¿qué tienen que ver un hereje, un ex seminarista, un escritor frustrado, un inquisidor, un traficante de documentos antiguos, con un médico nazi, un violín único, una medalla, o un trapo manchado? ¿Y todo esto con la imposibilidad de perdonar y perdonarse, y con la pasión por el conocimiento, la cultura y el pasado? ¿Y con la certeza de que “al final todo lo que tememos nos es concedido” (H. Cixous)? Angel Basanta lo subrayaba en su reseña: “con ambición de totalidad [Cabré] ha dado cima a una excelente novela que ha de figurar entre las mejores publicadas en las últimas décadas”. A fin de cuentas, se trata de “una obra con capacidad para influir en la visión del mundo de sus lectores, lo cual es propio de la mejor literatura”. 

Juan Marsé
Lumen. 420 páginas, 22 euros
La esperada nueva novela de Juan Marsé (Barcelona, 1936) no fue una sorpresa para sus lectores, pues, en palabras de Ricardo Senabre, “no hay en ella nada ajeno al mundo que el escritor ha ido configurando, obra tras obra, desde hace más de medio siglo. Podría decirse, para simplificar, que Caligrafía de los sueños es puro Marsé” y que “confirma la fidelidad del autor a un mundo personal, a unas ideas y a un estilo narrativo”. ¿Se puede pedir más? Para empezar, el lector se encuentra de nuevo con la Barcelona de los años 40, los de la escasez y el racionamiento, y con un “un adolescente ensimismado, con muchos rasgos del autor, aficionado a la lectura y fascinado por el cine norteamericano” que comienza a enredarse en amores y que acaba siendo responsable a su pesar de varias desdichas. 

Ignacio Martínez de Pisón 
Seix Barral. 377 páginas. 24 euros
También en Barcelona, y también en la posguerra, trascurre la última obra de Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), “un autor que ha mantenido siempre un alto nivel de calidad” y que en esta ocasión nos descubre la historia de Justo Gil, un estafador sin escrúpulos, presa de sí mismo y de su necesidad de cuidar a su madre enferma, que acaba convertido en delator, matón fascista e incluso ladrón, mientras sueña con dejar atrás su pasado y con reinventarse una vez más. Sin embargo, cada paso irá hundiéndole más y más. Senabre fue contundente en su reseña: “sin divagaciones, sin artificios explicativos, confiándolo todo a la escueta narración de hechos, Martínez de Pisón alcanza en algunos momentos una sutileza psicológica y una hondura que constituyen indicios inequívocos de la madurez creadora”. 

Javier Marías 
Alfaguara. 460 páginas, 19'50 euros
Sin llegar a convertirse en una obsesión, pero casi, cada mañana María Dolz iba a desayunar a una cafetería y contemplaba, en la distancia, a una pareja feliz. Como en el poema, “se querían”. Necesitaba verlos para empezar su trabajo en una editorial, para enfrentarse bienhumorada a la vanidad de sus autores y su director. Pero el hombre es asesinado, ella traba amistad con la viuda, y “lo que comienza como un crimen más va transformándose gradualmente”. Tras años de vacilaciones, “una novela excelente, digna de figurar entre las mejores de su autor”, según Ángel Basanta. 

Martín Caparrós 
Anagrama.430 páginas, 19'90 euros
Galardonada hace unas semanas con el premio Herralde, Los Living es una deslumbrante novela picaresca, tiznada de humor negro, en la que su autor, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), aborda la relación con la muerte de su protagonista. Con el telón de fondo de una Argentina convulsa, la novelaes al tiempo“una crítica esperpéntica del arte conceptual, una reflexión sobre el significado de la vida y, en especial, de la muerte y no resulta ajena a algunas connotaciones políticas” hasta convertirse, como explicó Joaquín Marco, en “una obra mayor y definitiva”. 

José María Merino 
Alfaguara. 216 pp. 17'50 e.
El libro de las horas contadas es “una fiesta literaria de extraordinaria riqueza en su inteligente juego con la ficción y la realidad”. Así definía Ángel Basanta este libro que rinde homenaje a los maestros del cuento (Andersen, Maupassant, Poe, Chéjov, Monterroso) y que ofrece relatos “del más alto mérito literario” que se engarzan en una trama novelesca ejemplar. Maestro “en la manipulación del arte de contar historias en la línea de imposible separación entre ficción y realidad”. Merino (La Coruña, 1941) vierte aquí la melancolía de los veranos de su adolescencia para ordenar el caos de vivir. 

Gonzalo Hidalgo Bayal 
Tusquets. 238 páginas, 20'50 euros
Hace tiempo que Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) es un secreto a voces en tre los lectores letraheridos más exigentes. Así, un entusiasta Senabre confirmana en estas páginas que es “uno de esos pocos nombres que garantizan a priori la calidad de un texto”. Y decía más. Que Conversación reune “unas muestras narrativas para lectores de verdad”, con un puñado de relatos excepcionales como “Aquiles y la tortuga” que obligan a reflexionar “acerca de la soledad, de la memoria, de la creación imaginativa y del poderío del relato para crear mundos autónomos”. 

Isaac Rosa
Seix Barral. 381 páginas, 19'50 euros
En una vieja nave industrial,un albañil levanta un muro para demolerlo y comenzar de nuevo; una teleoperadora persigue a posibles clientes, un mecánico demonta un motor para montarlo de nuevo, desmontarlo, y volver a empezar, mientras una costurera trabaja sin descanso con metros y metros de tela... Lo que todos y cada uno de ellos soñaban que sería su vida laboral hace tiempo que se ha diluido en el fracaso, la derrota y la frustración. O el miedo al innombrable paro. Implacable, Isaac Rosa (Sevilla, 1974), retrata en esta ambiciosa novela nuestro mundo actual. Sin compasión. 

Luis Mateo Díez 
Alfaguara. 280 páginas, 19 euros
Como si de una suerte de hermano menor del Ulises de Joyce se tratara, Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) presenta en Pájaro sin vuelo un día en la vida de un cansino agente de seguros llamado Ismael Cieza, siguiendo sus pasos, sus idas y venidas, sus esfuerzos por encontrar a Tulio, el hijo de su jefe, y acumulando datos acerca del personaje, de su pasado y de los errores que aún gravitan sobre él. Antes de nada, es “un relato acerca de la soledad y la incomunicación” que, para Senabre, refleja la “visión del mundo como devastación” del propio autor. 

Lorenzo Silva
Destino. 350 páginas, 19 euros
Tres años necesitó Lorenzo Silva (Madrid, 1966) para construir esta novela antibelicista que denuncia el uso de los jóvenes en las guerras y cómo los niños acaban demasiado a menudo convirtiéndose en verdugos. Silva, que indaga en la guerra civil y la División Azul, juega con géneros tan distintos como la crónica periodística, la historia, el ensayo y la reflexión hasta cuajar un relato que se devora, como destacó Santos Sanz, “con el interés de las buenas historias, con curiosidad por entrar en el fondo complicado de tipos humanos ricos y diversos”.

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Lo mejor de 2011: Ficción
Jaume Cabré: "Después de ocho años no sé si Yo confieso está acabada o no, más bien sé que no lo está"
Por Nuria AZANCOT 

Ocho años necesitó Jaume Cabré (Barcelona, 1947) para componer su Yo confieso(Destino), una novela monumental que recorre la historia del hombre y del mal a través de los recuerdos huidizos de Adrià Ardèviol, enfermo de Alzheimer, soledad y desamor. Ahora, el escritor, un melómano que fue profesor universitario hasta hace año y medio, confiesa su sorpresa al conocer que los críticos de El Cultural han elegido su libro como el mejor de 2011.

No le miento -insiste-. Cuando publiqué el libro en castellano no tenía pretensiones de ningún tipo; los de Destino estaban animadísimos y confiadísimos, pero yo no lo acababa de creer, porque hasta ahora he sido ignorado en España”, insiste Cabré, un melómano que vive en un pueblo a media hora de Barcelona, frente a un bosque de pinos y encinas. Guionista de cine y televisión, ha publicado también teatro, novelas como La telaraña, Fray Junoy, Libro de preludios y el libro de relatos Viatge d'hivern, traducido en más de quince países, pero ¿tampoco se explica por qué se han vendido más de 600.000 ejemplares en Francia, Alemania o Italia? 
-Bueno, hace poco mis editores alemanes me daban tres razones: según ellos, nunca habían leído nada escrito así; trato el tema de la recuperación de la memoria y su tergiversación, un asunto tan candente en Alemania como en España e Italia, y por los personajes. 

-Ahora que menciona a sus personajes, uno de los protagonistas de Yo confieso, Bernat, músico y escritor frustrado, tarda mucho en dar un libro por terminado. Como usted, que trabajó ocho años en esta obra...
-Bueno, fueron ocho años y no sé si está terminado, más bien sé que está inacabado. Cuando empiezo a trabajar no tengo una visión previa de cómo irá la novela y es la escritura la que me lleva a un personaje, a una atmósfera... Voy dando vueltas a distintas posibilidades narrativas o ambientales hasta que cuajan. Por ejemplo, recuerdo que una de mis intuiciones primeras fue la trasformación de Nicolás Eimeric, el Inquisidor General, en Rudolf Hoos, el comandante de Auschwitz, y esto lo escribí casi sin saber. Pero trabajé también otras historias que luego fui desestimando... 

Confiesa Cabré que le resulta imposible imaginar la versión en castellano del libro sin la traducción de Concha Cardeñoso, que le ha hecho descubrir “lo bien que escribo en español”, afirma entre risas. “La verdad -explica- es que pedí que fuese ella quien la tradujera porque hace tiempo vertió al castellano uno de mis cuentos y me hizo preguntas que me obligaron a repensar el original. Concha ha trabajado con pasión, haciendo un trabajo que exprime la sangre de las letras.” 

Muchos hermanos, piano, ruido

-¿Qué le ha prestado a Adrià de sí mismo, la pasión por la cultura y la música quizás?
-Ambas cosas. A Adriá le he dado elementos biográficos, porque yo nací en un piso del Eixample como el de Adriá, pero hice el suyo dos o tres veces más grande; en casa éramos muchos hermanos, con piano, ruido... Sí, era muy distinto, pero compartimos el ambiente de los 50 en Barcelona. Además, él es inteligente, políglota y sabio y yo no llego a su altura. 

-¿Qué convierte una novela normal en un libro necesario? 
-Creo que la sensación que queda en el lector de que un libro es fundamental en su vida. 

-¿Y hay en nuestras letras muchas obras innecesarias?
-Desde luego, en todas las lenguas. A menudo lees traducciones de libros muy famosos y te preguntas el porqué, si no dicen nada, si no sirven. El lector lo capta enseguida aunque luego no se pare a analizarlo. 

-¿Cuándo descubrió que la literatura no debe ser un juego, y que si lo es, no le interesa?
-Ah, bueno, eso lo capté en los años 70, cuando estaba empezando a escribir. Verá, descubrí que los personajes de un relato de mi segundo libro me estaban atrapando de tal manera que necesitaba distanciarme, porque me salpicaban, me estaban marcando con su sangre. Imaginé a una madre con su hijo muerto en brazos, y esto me impresionó tanto que reescribí el cuento como si se tratase de una escena de un rodaje cinematográfico. Dije: “Corten” y a partir de ese momento me distancié, porque era una ficción. Y me dije que era muy inteligente. Lo malo es que al acabar el libro sólo pude avergonzarme de mí mismo como escritor. 

-¿Cómo lo solucionó?
-En la novela siguiente, Galcerán, un héroe de la guerra negra, sobre un héroe ficticio de la segunda guerra carlista, me propuse sudar con el protagonista, llorar con él, porque aquello no lo iba a repetir. A partir de ese momento me dí cuenta de que lo que valía la pena era vivir con ellos. Si no, la escritura no tiene sentido, al menos para mí. La vida literaria es un trayecto lento y largo, de evolución lenta, pero hay una serie de bases que no puedes abandonar. 

-“Si pudiera volver a empezar -dice uno de los personajes- buscaría el territorio de la felicidad” ¿Donde está para usted?
-No lo sé, quizá la serenidad y el estar bien con uno mismo sean para mí lo que más pueda parecer a eso que llaman la felicidad, sin olvidar el esfuerzo en todo, en el trabajo, en la convivencia, y en llevar con dignidad y resignación tu propia vida. 

-La novela parece una causa general contra el hombre. Porque, ya sea en la Edad Media o en nuestros días, encontramos la misma falta de compasión.
-Sí, una de las raíces del mal es la falta de empatía. Yo no me propongo filosofar, pero la falta de compasión por el otro, sea un niño de tres meses o un viejo de 80 años, está en la base del horror. Me viene a la memoria esa terrible fotografía de una niña moribunda junto al buitre que esperaba su muerte; el fotógrafo no hizo nada y años más tarde se suicidó. No se me ocurre un infierno más espeluznante, más atroz, que la mirada de esa niña. 

- ¿Quiénes son los malvados hoy?
-Uf, es que no podemos olvidar el siglo XX, lo tenemos enganchado a nuestra piel. No sé, los malvados hoy son tantos, hay tanta violencia,tanto mal impune, desde el dictador sirio que está masacrando a su pueblo ante las cámaras de televisión, al tipo que golpea a su mujer, entre silencios cobardes. 

- Como Adrià le pregunta al mismísimo Isaiah Berlin, “¿qué le sorprende más en la vida”?
-Isaiah Berlin creo que responde algo así como que la capacidad de regeneración de la persona. Yo diría, asumiendo lo de Berlin también, que la capacidad obstinada de la humanidad de repetir errores que demasiadas veces son horrores. 

-Y sin embargo, y a pesar de Adorno y sus palabras sobre la imposibilidad de la poesía tras Auschwitz, queda la literatura... 
-Desde luego. No es que no sea posible la poesía, es que es necesaria, entre otras cosas porque cuando desaparecen los testimonios de los verdugos y de sus víctimas lo que nos queda es la poesía, el estudio para saber y la literatura para sentir en la piel la angustia y el dolor ajenos. 

“Los jóvenes llegan marcados”

-Nada justifica a los malvados del libro (Eimeric, Budden, Hoss) ni a los cobardes...
-Claro, claro, pero tampoco podemos pedirle a nadie que sea un héroe, sobre todo si el miedo era demasiado intenso, sabiendo que toda su vida vivirá con el remordimiento de no haber impedido el mal. Hay muchas víctimas que no pueden hacer más. 

De eso, de valor y de dignidad, sabe mucho Jaume Cabré, que abandonó la enseñanza universitaria hace algo más de año y medio y que contempla las manifestaciones del 15-M con algo más que escepticismo, ya que “la sociedad del siglo XXI sufre problemas más profundos que no se resuelven con okupaciones. Nuestra sociedad es hoy tan superficial, tan telecinco, que los estudiantes, los jóvenes, ya llegan marcados. Menos mal que nos queda la literatura, y la palabra.” 

Articulo : http://www.elcultural.es  30/12/2011

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