Lo mejor de 2011: Ficción
Confesiones y sueños
Tras varias temporadas algo mediocres, 2011 ha sido un buen año
para la ficción según los críticos de El Cultural, que un año más han
seleccionado las mejores novelas publicadas por autores españoles e
hispanoamericanos. La mejor, Yo confieso, ha supuesto el descubrimiento en
España de Jaume Cabré (Barcelona, 1947). No ha sido la única sorpresa: junto a
nombres habituales en estas listas (Marsé, Martínez de Pisón, Marías, Merino,
Luis Mateo Díez, Lorenzo Silva), aparecen los de Gonzalo Hidalgo Bayal, Isaac
Rosa y Martín Caparrós, apuestas también seguras de literatura verdadera.
1. Yo
confieso
Jaume Cabré
Destino. 844 páginas, 26'90 euros
Más conocido en Alemania y Francia que en
España, Jaume
Cabré (Barcelona, 1947) se embarca en Yo
confieso en una monumental novela de estirpe cervantina que trasciende
la historia de su narrador y protagonista para recorrer distintos escenarios
dominados por el mal, el miedo y el amor. De la Edad Media a la Inquisición,
pasando por el siglo XVIII, las dos guerras mundiales, la posguerra española o
la transición, Adrià Ardèvol, enfermo de Alzheimer, salta entre sus recuerdos
quebradizos y desdichados a través de 59 capítulos agrupados en siete partes.
Son varias las historias que se complementan, interrumpen y desarrollan de
forma fragmentaria en torno a la pasión, la soledad y la traición. Pero, ¿qué
tienen que ver un hereje, un ex seminarista, un escritor frustrado, un
inquisidor, un traficante de documentos antiguos, con un médico nazi, un violín
único, una medalla, o un trapo manchado? ¿Y todo esto con la imposibilidad de
perdonar y perdonarse, y con la pasión por el conocimiento, la cultura y el
pasado? ¿Y con la certeza de que “al final todo lo que tememos nos es
concedido” (H. Cixous)? Angel Basanta lo subrayaba en su reseña: “con ambición
de totalidad [Cabré] ha dado cima a una excelente novela que ha de figurar entre
las mejores publicadas en las últimas décadas”. A fin de cuentas, se trata de
“una obra con capacidad para influir en la visión del mundo de sus lectores, lo
cual es propio de la mejor literatura”.
Juan Marsé
Lumen. 420 páginas, 22 euros
La esperada nueva novela de Juan Marsé
(Barcelona, 1936) no fue una sorpresa para sus lectores, pues, en palabras de
Ricardo Senabre, “no hay en ella nada ajeno al mundo que el escritor ha ido
configurando, obra tras obra, desde hace más de medio siglo. Podría decirse,
para simplificar, que Caligrafía
de los sueños es puro Marsé” y que “confirma la fidelidad del autor a
un mundo personal, a unas ideas y a un estilo narrativo”. ¿Se puede pedir más?
Para empezar, el lector se encuentra de nuevo con la Barcelona de los años 40,
los de la escasez y el racionamiento, y con un “un adolescente ensimismado, con
muchos rasgos del autor, aficionado a la lectura y fascinado por el cine
norteamericano” que comienza a enredarse en amores y que acaba siendo
responsable a su pesar de varias desdichas.
Ignacio Martínez de Pisón
Seix Barral. 377 páginas. 24 euros
También en Barcelona, y también en la
posguerra, trascurre la última obra de Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), “un
autor que ha mantenido siempre un alto nivel de calidad” y que en esta ocasión
nos descubre la historia de Justo Gil, un estafador sin escrúpulos, presa de sí
mismo y de su necesidad de cuidar a su madre enferma, que acaba convertido en
delator, matón fascista e incluso ladrón, mientras sueña con dejar atrás su
pasado y con reinventarse una vez más. Sin embargo, cada paso irá hundiéndole
más y más. Senabre fue contundente en su reseña: “sin divagaciones, sin
artificios explicativos, confiándolo todo a la escueta narración de hechos,
Martínez de Pisón alcanza en algunos momentos una sutileza psicológica y una
hondura que constituyen indicios inequívocos de la madurez creadora”.
Javier Marías
Alfaguara. 460 páginas, 19'50 euros
Sin llegar a convertirse en una obsesión,
pero casi, cada mañana María Dolz iba a desayunar a una cafetería y
contemplaba, en la distancia, a una pareja feliz. Como en el poema, “se
querían”. Necesitaba verlos para empezar su trabajo en una editorial, para
enfrentarse bienhumorada a la vanidad de sus autores y su director. Pero el
hombre es asesinado, ella traba amistad con la viuda, y “lo que comienza como
un crimen más va transformándose gradualmente”. Tras años de vacilaciones, “una
novela excelente, digna de figurar entre las mejores de su autor”, según Ángel
Basanta.
Martín Caparrós
Anagrama.430 páginas, 19'90 euros
Galardonada hace unas semanas con el
premio Herralde, Los
Living es una deslumbrante novela picaresca, tiznada de humor negro,
en la que su autor, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), aborda la relación
con la muerte de su protagonista. Con el telón de fondo de una Argentina
convulsa, la novelaes al tiempo“una crítica esperpéntica del arte conceptual,
una reflexión sobre el significado de la vida y, en especial, de la muerte y no
resulta ajena a algunas connotaciones políticas” hasta convertirse, como
explicó Joaquín Marco, en “una obra mayor y definitiva”.
José María Merino
Alfaguara. 216 pp. 17'50 e.
El
libro de las horas contadas es “una fiesta literaria de extraordinaria
riqueza en su inteligente juego con la ficción y la realidad”. Así definía
Ángel Basanta este libro que rinde homenaje a los maestros del cuento
(Andersen, Maupassant, Poe, Chéjov, Monterroso) y que ofrece relatos “del más
alto mérito literario” que se engarzan en una trama novelesca ejemplar. Maestro
“en la manipulación del arte de contar historias en la línea de imposible
separación entre ficción y realidad”. Merino (La Coruña, 1941) vierte aquí la
melancolía de los veranos de su adolescencia para ordenar el caos de
vivir.
Gonzalo Hidalgo Bayal
Tusquets. 238 páginas, 20'50 euros
Hace tiempo que Gonzalo Hidalgo Bayal
(Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) es un secreto a voces en tre los lectores
letraheridos más exigentes. Así, un entusiasta Senabre confirmana en estas
páginas que es “uno de esos pocos nombres que garantizan a priori la calidad de
un texto”. Y decía más. Que Conversación reune
“unas muestras narrativas para lectores de verdad”, con un puñado de relatos
excepcionales como “Aquiles y la tortuga” que obligan a reflexionar “acerca de
la soledad, de la memoria, de la creación imaginativa y del poderío del relato
para crear mundos autónomos”.
Isaac Rosa
Seix Barral. 381 páginas, 19'50 euros
En una vieja nave industrial,un albañil
levanta un muro para demolerlo y comenzar de nuevo; una teleoperadora persigue
a posibles clientes, un mecánico demonta un motor para montarlo de nuevo,
desmontarlo, y volver a empezar, mientras una costurera trabaja sin descanso
con metros y metros de tela... Lo que todos y cada uno de ellos soñaban que
sería su vida laboral hace tiempo que se ha diluido en el fracaso, la derrota y
la frustración. O el miedo al innombrable paro. Implacable, Isaac Rosa
(Sevilla, 1974), retrata en esta ambiciosa novela nuestro mundo actual. Sin
compasión.
Luis Mateo Díez
Alfaguara. 280 páginas, 19 euros
Como si de una suerte de hermano menor del
Ulises de Joyce se tratara, Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) presenta
en Pájaro
sin vuelo un día en la vida de un cansino agente de seguros llamado
Ismael Cieza, siguiendo sus pasos, sus idas y venidas, sus esfuerzos por
encontrar a Tulio, el hijo de su jefe, y acumulando datos acerca del personaje,
de su pasado y de los errores que aún gravitan sobre él. Antes de nada, es “un
relato acerca de la soledad y la incomunicación” que, para Senabre, refleja la
“visión del mundo como devastación” del propio autor.
Lorenzo Silva
Destino. 350 páginas, 19 euros
Tres años necesitó Lorenzo Silva (Madrid,
1966) para construir esta novela antibelicista que denuncia el uso de los
jóvenes en las guerras y cómo los niños acaban demasiado a menudo
convirtiéndose en verdugos. Silva, que indaga en la guerra civil y la División
Azul, juega con géneros tan distintos como la crónica periodística, la
historia, el ensayo y la reflexión hasta cuajar un relato que se devora, como
destacó Santos Sanz, “con el interés de las buenas historias, con curiosidad
por entrar en el fondo complicado de tipos humanos ricos y diversos”.
***
Lo mejor de 2011: Ficción
Jaume Cabré: "Después de ocho años no
sé si Yo confieso está acabada o no, más bien sé que no lo está"
Por Nuria AZANCOT
Ocho años necesitó Jaume Cabré (Barcelona,
1947) para componer su Yo confieso(Destino), una novela monumental que
recorre la historia del hombre y del mal a través de los recuerdos huidizos de
Adrià Ardèviol, enfermo de Alzheimer, soledad y desamor. Ahora, el escritor, un
melómano que fue profesor universitario hasta hace año y medio, confiesa su
sorpresa al conocer que los críticos de El Cultural han elegido su libro como
el mejor de 2011.
No le miento -insiste-. Cuando publiqué el libro en castellano no tenía pretensiones de ningún tipo; los de Destino estaban animadísimos y confiadísimos, pero yo no lo acababa de creer, porque hasta ahora he sido ignorado en España”, insiste Cabré, un melómano que vive en un pueblo a media hora de Barcelona, frente a un bosque de pinos y encinas. Guionista de cine y televisión, ha publicado también teatro, novelas como La telaraña, Fray Junoy, Libro de preludios y el libro de relatos Viatge d'hivern, traducido en más de quince países, pero ¿tampoco se explica por qué se han vendido más de 600.000 ejemplares en Francia, Alemania o Italia?
-Bueno, hace poco mis editores alemanes me
daban tres razones: según ellos, nunca habían leído nada escrito así; trato el
tema de la recuperación de la memoria y su tergiversación, un asunto tan
candente en Alemania como en España e Italia, y por los personajes.
-Ahora que menciona a sus personajes, uno
de los protagonistas de Yo
confieso, Bernat, músico y escritor frustrado, tarda mucho en dar un libro
por terminado. Como usted, que trabajó ocho años en esta obra...
-Bueno, fueron ocho años y no sé si está
terminado, más bien sé que está inacabado. Cuando empiezo a trabajar no tengo
una visión previa de cómo irá la novela y es la escritura la que me lleva a un
personaje, a una atmósfera... Voy dando vueltas a distintas posibilidades
narrativas o ambientales hasta que cuajan. Por ejemplo, recuerdo que una
de mis intuiciones primeras fue la trasformación de Nicolás Eimeric, el
Inquisidor General, en Rudolf Hoos, el comandante de Auschwitz, y esto lo
escribí casi sin saber. Pero trabajé también otras historias que luego fui
desestimando...
Confiesa Cabré que le resulta imposible
imaginar la versión en castellano del libro sin la traducción de Concha
Cardeñoso, que le ha hecho descubrir “lo bien que escribo en español”, afirma
entre risas. “La verdad -explica- es que pedí que fuese ella quien la tradujera
porque hace tiempo vertió al castellano uno de mis cuentos y me hizo preguntas
que me obligaron a repensar el original. Concha ha trabajado con pasión,
haciendo un trabajo que exprime la sangre de las letras.”
Muchos hermanos, piano, ruido
-¿Qué le ha prestado a Adrià de sí mismo,
la pasión por la cultura y la música quizás?
-Ambas cosas. A Adriá le he dado elementos biográficos, porque yo nací en un piso del Eixample como el de Adriá, pero hice el suyo dos o tres veces más grande; en casa éramos muchos hermanos, con piano, ruido... Sí, era muy distinto, pero compartimos el ambiente de los 50 en Barcelona. Además, él es inteligente, políglota y sabio y yo no llego a su altura.
-Ambas cosas. A Adriá le he dado elementos biográficos, porque yo nací en un piso del Eixample como el de Adriá, pero hice el suyo dos o tres veces más grande; en casa éramos muchos hermanos, con piano, ruido... Sí, era muy distinto, pero compartimos el ambiente de los 50 en Barcelona. Además, él es inteligente, políglota y sabio y yo no llego a su altura.
-¿Qué convierte una novela normal en un
libro necesario?
-Creo que la sensación que queda en el
lector de que un libro es fundamental en su vida.
-¿Y hay en nuestras letras muchas obras
innecesarias?
-Desde luego, en todas las lenguas. A
menudo lees traducciones de libros muy famosos y te preguntas el porqué, si no
dicen nada, si no sirven. El lector lo capta enseguida aunque luego no se pare
a analizarlo.
-¿Cuándo descubrió que la literatura no
debe ser un juego, y que si lo es, no le interesa?
-Ah, bueno, eso lo capté en los años 70,
cuando estaba empezando a escribir. Verá, descubrí que los personajes de un
relato de mi segundo libro me estaban atrapando de tal manera que necesitaba
distanciarme, porque me salpicaban, me estaban marcando con su
sangre. Imaginé a una madre con su hijo muerto en brazos, y esto me
impresionó tanto que reescribí el cuento como si se tratase de una escena de un
rodaje cinematográfico. Dije: “Corten” y a partir de ese momento me distancié,
porque era una ficción. Y me dije que era muy inteligente. Lo malo es que al
acabar el libro sólo pude avergonzarme de mí mismo como escritor.
-¿Cómo lo solucionó?
-En la novela siguiente, Galcerán, un
héroe de la guerra negra, sobre un héroe ficticio de la segunda guerra
carlista, me propuse sudar con el protagonista, llorar con él, porque aquello
no lo iba a repetir. A partir de ese momento me dí cuenta de que lo que valía
la pena era vivir con ellos. Si no, la escritura no tiene sentido, al menos
para mí. La vida literaria es un trayecto lento y largo, de evolución
lenta, pero hay una serie de bases que no puedes abandonar.
-“Si pudiera volver a empezar -dice uno de
los personajes- buscaría el territorio de la felicidad” ¿Donde está para usted?
-No lo sé, quizá la serenidad y el estar
bien con uno mismo sean para mí lo que más pueda parecer a eso que llaman la
felicidad, sin olvidar el esfuerzo en todo, en el trabajo, en la convivencia, y
en llevar con dignidad y resignación tu propia vida.
-La novela parece una causa general contra
el hombre. Porque, ya sea en la Edad Media o en nuestros días, encontramos la
misma falta de compasión.
-Sí, una de las raíces del mal es la falta
de empatía. Yo no me propongo filosofar, pero la falta de compasión por el
otro, sea un niño de tres meses o un viejo de 80 años, está en la base del
horror. Me viene a la memoria esa terrible fotografía de una niña
moribunda junto al buitre que esperaba su muerte; el fotógrafo no hizo nada y
años más tarde se suicidó. No se me ocurre un infierno más espeluznante, más
atroz, que la mirada de esa niña.
- ¿Quiénes son los malvados hoy?
-Uf, es que no podemos olvidar el siglo
XX, lo tenemos enganchado a nuestra piel. No sé, los malvados hoy son tantos,
hay tanta violencia,tanto mal impune, desde el dictador sirio que está
masacrando a su pueblo ante las cámaras de televisión, al tipo que golpea a su
mujer, entre silencios cobardes.
- Como Adrià le pregunta al mismísimo
Isaiah Berlin, “¿qué le sorprende más en la vida”?
-Isaiah Berlin creo que responde algo así
como que la capacidad de regeneración de la persona. Yo diría, asumiendo lo de
Berlin también, que la capacidad obstinada de la humanidad de repetir errores
que demasiadas veces son horrores.
-Y sin embargo, y a pesar de Adorno y sus
palabras sobre la imposibilidad de la poesía tras Auschwitz, queda la
literatura...
-Desde luego. No es que no sea posible la
poesía, es que es necesaria, entre otras cosas porque cuando desaparecen los
testimonios de los verdugos y de sus víctimas lo que nos queda es la poesía, el
estudio para saber y la literatura para sentir en la piel la angustia y el
dolor ajenos.
“Los jóvenes llegan marcados”
-Nada justifica a los malvados del libro
(Eimeric, Budden, Hoss) ni a los cobardes...
-Claro, claro, pero tampoco podemos
pedirle a nadie que sea un héroe, sobre todo si el miedo era demasiado intenso,
sabiendo que toda su vida vivirá con el remordimiento de no haber impedido el
mal. Hay muchas víctimas que no pueden hacer más.
De eso, de valor y de dignidad, sabe mucho
Jaume Cabré, que abandonó la enseñanza universitaria hace algo más de año y
medio y que contempla las manifestaciones del 15-M con algo más que
escepticismo, ya que “la sociedad del siglo XXI sufre problemas más profundos
que no se resuelven con okupaciones. Nuestra sociedad es hoy tan superficial,
tan telecinco, que los estudiantes, los jóvenes, ya llegan marcados. Menos mal
que nos queda la literatura, y la palabra.”
Articulo : http://www.elcultural.es 30/12/2011

