dimanche 1 janvier 2012

Lo mejor de 2011: Poesía/ El regreso de los clásicos del siglo XX


Lo mejor de 2011: Poesía
El regreso de los clásicos del siglo XX

Si la cosecha poética de 2010 fue “desigual y dispersa”, 2011 ha supuesto el regreso gozoso de clásicos del siglo XX tan célebres como Pere Gimferrer, Félix Grande, Sánchez Rosillo y María Victoria Atencia. Sólo Julio Mas Alcaraz, más conocido como traductor que como poeta, rompe con lo previsible.
Pere Gimferrer
Seix Barral. 96 pp., 16'50 euros
Consciente de que su vida literaria y sentimental “se ha desencuadernado por la mitad”, Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) escribió febrilmente Rapsodia en apenas seis días, pensando primero, a comienzos de 2010, que se trataba de un poema breve, y descubriendo después que era uno largo, dividido en varias partes. “Nunca, dijo más tarde, me había ocurrido nada igual”. Tras meses de correcciones, que concluyeron en octubre de ese año, Rapsodia mostró al poeta más enamorado y sensual, en el que, sin embargo, el lector encuentra rasgos tan característicos de la obra gimferreriana, como “la maestría rítmica, la exuberancia léxica, las continuas referencias literarias, cinematográficas, musicales o del arte, y, por supuesto, la poderosa imaginación que introduce comparaciones y metáforas que tejen sorprendentes redes de relaciones entre lo nombrado”, según subrayó Túa Blesa al reseñar el libro, del que destacó su inteligencia, su pasión y su verdad. Sí, “verdad el amor, verdad la poesía, verdad lo inexplicable y verdad la excelencia poética de Rapsodia”. 

Félix Grande
Galaxia Gutenberg. 496 pp., 19'50 e
Incansable defensor del flamenco, poeta, ensayista y narrador, Félix Grande (Mérida, 1937), reune en esta Biografía (1958-2010) su poesía casi completa, con el añadido de un espléndido poemario inédito, La cabellera de la Shoá, en el que el poeta extremeño, “con cierta dicción bíblica presta su voz, plena de emoción, al horror, al mayor horror de nuestra civilización”. Mención especial también merecen, para Blesa, los poemas de “exaltación de la pasión que incluye también la separación final de los amantes”, así como Blanco spirituals, libro que “supuso toda una renovación de la temática social o comprometida o moral al integrarla en formas ligadas a las vanguardias además de incluir referencias al jazz o al rock & roll”. 

Julio Mas Alcaraz
Calambur. 119 pp., 17 euros
Este mundo es otro. Fragmentos de lógicas y sueños, El niño que bebió agua de brújula es la ley. Más allá de la irrealidad de Eliot y la rosa de Stein, existe un lugar llamado poesía donde aún es posible la inocencia, enamorarse de un verso. Experimental sin prejuicios, el orden de Mas Alcaraz es desobediencia a lo estipulado: la imaginación salta en mil pedazos cuando la revolución poética estalla. Comienzo de la sinestesia, fin de la metáfora: son cielos cuya agua es aceitosa y mares donde las anclas flotan. Ni una palabra es nuestra. Todas le pertenecen al poeta. Hemos aprendido su idioma para comunicarnos en lenguajes nuevos. Perdamos el miedo a la excelencia. Otra poesía es posible. Otra vida nos espera. 

Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets. Barcelona, 2011. 152 páginas, 14 euros.
Decía hace tiempo Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) que hay que ir por la vida con los ojos bien abiertos, con los oídos y con el corazón, y este Sueño del origen lo confirma. El poeta alcanza ahora un espacio de luminosa serenidad que alcanza dimensión trascendente en un libro cuyos mejores logros “son esos poemas contemplativos de intensa sensorialidad en los que Rosillo es un maestro: el vuelo de golondrinas que nos cose a la vida elemental, el brillo de la lluvia en los naranjos de un huerto”, según Díaz de Castro, que también destacó cómo el poeta logra hacer compartible la emoción, gracias “a la precisa sencillez de su palabra”. 

María Victoria Atencia
Pre-textos. Valencia, 2011. 48 páginas, 18 euros.
“Siempre fiel a sí misma, en cada nueva entrega María Victoria Atencia (Málaga, 1931) depura más y más su poesía”. Así comenzaba Díaz de Castro la reseña de este libro en el que la autora andaluza nos conduce hacia el territorio de una intimidad que se va matizando poema tras poema, y “que vela lo anecdótico en aras de un misterioso conocer por las palabras que, salvando su vitalidad y su frescura, parece enlazar con otras propuestas contemporáneas”. Su exaltado erotismo acaba desembocando en el terreno de un canto espiritual que es, para el crítico, “la clave última de El umbral”. 

***
Lo mejor de 2011: Poesía
Pere Gimferrer: "Intento ser siempre el mismo poeta sin escribir nunca el mismo poema"
Por Alberto OJEDA 

El poeta barcelonés se embaló en la escritura de Rapsodia, un poema largo y único, que avanza como un bucle obsesivo y de imaginería arrebatada.

Pere Gimferrer podría dormir en el parnaso de los poetas con la conciencia tranquila. Por alguno de sus libros, cuya influencia confiesan tantos y tantos autores, tiene bien ganado ese derecho al descanso. Pero él sigue arriesgándose y metiéndose en enredos creativos. Rapsodia, un poema largo y único, ha sido el último en que se ha embarcado. Lo escribió en seis días, azuzado por un arrebato de imágenes que se sucedían y se reclamaban unas a otras. Afuera llovía en Barcelona, sin tregua. Encerrado en casa, apenas levantaba el bolígrafo rojo del folio. Así hilvanó este bucle sin solución de continuidad.Más de quinientos versos que repasan todos los poetas que ha sido. “Recapitulación, no testamento”, aclara por si acaso. 

-¿Es usted un rapsoda?
-Bueno, no voy por ahí declamando versos homéricos. Yo me remito a la definición de ‘rapsodia' que da el diccionario de Oxford: “Entusiasta y extravagante declamación o composición de tono elevado, emocional e irregular pieza musical”. 

-Entusiasmo tuvo que ponerle mucho: lo escribió en seis días, ¿no?
-Así fue, encerrado en mi casa, mientras en Barcelona caía una lluvia insistente que aconsejaba no salir a la calle. La lluvia fue esta vez una gran aliada del poema, sobre todo para sostener su continuidad. 

-Y luego dedicó más de seis meses a corregirlo. ¿Eso no desnaturaliza su carácter impulsivo? -No, porque no he cambiado ni un solo verso completo. 
Lo único que cambiaba eran palabras concretas, y a veces ni eso: sólo su orden. Y corregí algunos errores y repeticiones. Nada más.
-Detrás de su arrebato está el amor, que como dice en sus últimos versos “es un espejear”. -Sí, porque nos permite salvar el cerco del ser individual y nos pone en contacto con la otredad. Los amantes se reflejan el uno al otro. Ocurre lo mismo con los poemas. Yo me reflejo en mis poemas y ellos se reflejan en mí. 

-Y destilado en versos, ¿en qué deviene el amor?
-El poema se cumple a expensas de quien lo escribe. La poesía es algo que está muy por encima de los poetas. Cuando cualquier experiencia se traslada a un poema, ésta se objetiviza y asciende a otro nivel, separada de quien lo compuso. Ahí es cuando cobra vida propia la poesía. 

-¿Entonces lo que pretende es desaparecer disuelto en el poema?
-Siempre lo he intentado. Es a lo que debe aspirar todo artista, no sólo los poetas. Un ejemplo perfecto es las Meninas de Velázquez, donde se consigue el efecto de la máxima impersonalización a la vez que el de la máxima profundidad. 

- La sucesión de imágenes y referencias es trepidante. ¿El poema avanzaba desbocado o intentaba controlarlo del algún modo?
- Avanzaba por sí mismo, sí, pero no como un potro desbocado. Yo sabía que al final todas las palabras y todas las imágenes tendrían un sentido unitario de conjunto, un sentido que estaba dentro de mí, y que ha sido una recapitulación de todos los poetas que he sido y sigo siendo. Decía Octavio Paz que el sonido es el bastón de ciego del sentido. 

- Es usted un autor consagrado y venerado pero se la sigue jugando cuando escribe. 
- Si no, ¿para qué hacerlo? Sin riesgo, en la época contemporánea, no merece la pena ponerse a escribir. 

- ¿Y cuáles cree que han sido los principales peligros que ha afrontado en Rapsodia?
- En estos poemas largos es muy sencillo caer en la palabrería y el manierismo. También repetirse. Pero cuando empiezo a escribir unos versos, intento prever si llevarán a un espacio nuevo que no conozco. Si no es así, abandono. No me interesa ni me estimula seguir. Es algo que he hecho toda la vida: intentar ser siempre el mismo poeta pero sin escribir nunca el mismo poema. 

Articulo : http://www.elcultural.es  30/12/2011

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