Los inmortales
En los monolitos de Egipto, en los templos
de Grecia, los nombres grabados en la piedra testimonian igualmente la miseria
y la tragedia del hombre.
He perdido el tiempo miserablemente
buscando para ustedes un pasaje de las cartas que Gustave Flaubert escribió
durante su viaje a Oriente, entre los meses de octubre de 1849 y junio de 1851.
No he conseguido encontrarlo, y es una lástima, pues los hubiera divertido.
Hasta donde recuerdo, Flaubert manifestaba en ese pasaje su irritación ante los
grabados que, a modo de grafitis, los turistas europeos hacían sobre los
monolitos y esculturas de los antiguos egipcios (¡a mediados del siglo XIX!).
Se escandalizaba particularmente ante la frecuencia con que, allá donde iba,
encontraba grabado el nombre de un determinado turista inglés, no recuerdo su
nombre, empeñado al parecer en dejar su huella en todos lados. Flaubert
terminaba su carta expresando su desazón ante la idiotez que rampa por el
mundo, persuadido de que, dado su número creciente, los tontos están destinados
a ganar la partida, cualquier partida.
No encontré ese pasaje de marras, pero a
cambio di con uno semejante, probablemente anterior, en el que Flaubert viene a
contarle a su madre eso mismo: que cuando visitan los templos egipcios, él y su
amigo Maxime du Camp se encuentran por todos lados, grabados en la piedra,
nombres de viajeros, lo cual les parece "muy pobre e inútil".
Flaubert aclara que ellos mismos no han escrito su nombre en ninguna parte. Y
añade: "Hay nombres que han debido de tardar tres días en ser grabados,
tan profundamente están tallados en la piedra. Algunos se encuentran por todas
partes, en una sublime persistencia de la estupidez. Sobre todo hay un tal
Carlo Vidua que no nos abandona. Anteayer, en Ombos, Maxime descubrió el de ese
pobre Arcet [un conocido de Flaubert, fallecido en Brasil en 1847]. Las letras
están allí, corroyéndose al aire libre, mientras que su cuerpo se pudre lejos.
Sin duda lo que sobrevivirá de él más tiempo es ese nombre, ya medio borrado.
Vino a escribirlo a Egipto, vivió en París y se fue a morir a América. ¡Qué
reflexiones más filosóficas!" (22 de abril de 1850).
Un siglo después del viaje de Flaubert por
Oriente, el eminente historiador y crítico de arte Cesare Brandi (Siena,
1906-1988) viajó por Grecia. Sus impresiones quedaron recogidas en un libro
justamente famoso, Viaje a la Grecia antigua , de 1954 (hay una
reciente edición española, publicada en Barcelona en 2010 por la editorial
Elba). En uno de los capítulos de ese libro, Brandi visita el Cabo Sunion, al
norte de Atenas, en la costa ática. Se trata de un paraje bellísimo: una
saliente de roca que cae a pico sobre el mar y en cuyo extremo se levantan
airosas las columnas de un viejo templo en ruinas. El entusiasmo de Brandi al
contemplarlas no tiene límites. Es casi tóxico. Su descripción del lugar
desborda euforia y plenitud. Entre todas las columnas que pueden verse en
Grecia, las de Cabo Sunion -de "un blanco sobrehumano, que resiste al
cielo turquesa, al verde esmeralda, al topacio quemado de la tierra"- le
parecen las más hermosas. Reconoce en ellas la cifra más perfecta de la Hélade,
"la Grecia de nuestra civilización".
El entusiasmo de Brandi, sin embargo,
encuentra su contrapunto en una nota final en la que sugiere a los lectores que
no se acerquen a esas columnas. Y es que se exponen a ver "las superficies
maltratadas con nombres grabados como para una batalla electoral. Y fechas, que
confirman la persistente barbarie de los hombres, más antigua que ellos mismos.
1817, 1848, 1810... Holanda, Turingia, Inglaterra: cada país ha dejado su
impuro sedimento de fervor y de vanidad. Y no se trata de firmas escritas a
lápiz: están todas grabadas, con un trabajo duro y obstinado".
Brandi se indigna ante lo que juzga una
"obra de majadería y de conmemoración inane". Pero, como Flaubert, no
tarda en reconsiderar la cuestión bajo una luz más melancólica. Se pregunta
entonces si quienes se han sentido impelidos a grabar su nombre en la piedra no
lo han hecho cautivados "por la brillante blancura y por la majestad indescriptible
del lugar", y si el hecho de grabar su nombre no tiene algo de homenaje;
si no viene a ser algo parecido "a una ofrenda votiva, en el oscuro
sentido de la sacralidad que cada uno llevamos dentro". Por este lado,
piensa, la barbarie "tal vez merezca indulgencia".
La estupidez redimida por el afán de
inmortalidad. La barbarie redimida por el sentimiento de lo sagrado. En los
monolitos de Egipto, en los templos de Grecia, los nombres grabados en la
piedra testimonian igualmente -para Flaubert y para Brandi, con un siglo por
medio- la miseria y la tragedia del hombre.
Flaubert acertó a reconocer en Ombos la
huella del "pobre Arcet", muerto en Brasil tres años antes.
Brandi no mencionó, al hablar de Sunion,
la firma de Lord Byron, que permanece allí, grabada en una de las columnas,
apenas reconocible entre centenares de otros nombres.
Byron moriría pocos meses después, en
abril de 1824. ¿Sobrevivirá a su firma en Sunion su gloria como poeta?
Articulo : http://diario.elmercurio.com
22/01/2012
