samedi 7 janvier 2012

Manuel CRUZ/ Cualquier tiempo futuro será peor


ANÁLISIS: PENSAMIENTO
Cualquier tiempo futuro será peor
Por Manuel CRUZ 

El mundo en el que habitamos continúa, frente a tantas proclamas interesadas, pareciéndose mucho al mundo que heredamos

«No tienes el derecho de despreciar el presente»
Charles Baudelaire

Para el filósofo al que preocupa el presente, la cuestión de la actualidad de los textos constituye un asunto absolutamente fundamental. ¿Es el mundo todavía como se le representaba en aquella descripción que tanta fortuna hizo en su momento? ¿Funciona aún lo real de acuerdo con los mecanismos que le atribuía aquella teoría, durante tanto tiempo casi unánimemente aceptada? ¿Conservan todo su sentido las expectativas y anhelos a los que hasta hace no tanto bastaba con apelar para alcanzar la movilización generalizada de las gentes?

Probablemente una de las líneas de demarcación más claras entre generaciones pase por la forma en que se responde a preguntas como las anteriores. Para los más jóvenes, va de suyo (represente casi una obviedad) la respuesta negativa a las mismas. Nada tiene de extraño, por lo demás, semejante respuesta: de hecho, constituye casi un rasgo característico de nuestro mundo un cierto adanismo histórico-político. Los medios de comunicación no hacen más que reiterarlo a cada poco, anunciando novedades en todas las esferas de lo real (novedades que, por cierto, caducan a idéntica velocidad a la que son publicitadas). Todo, a cada instante, comienza de nuevo y, sobre semejante trasfondo, aludir a procesos que se remonten más allá de unos meses en el tiempo equivale a remontarse a un lejanísimo cuaternario superior con el que se da por descontado que los habitantes de hoy nada tienen que ver.

Los de mayor edad, por el contrario, tienden a recelar de tan acelerada caducidad, de tan vertiginosa obsolescencia, y son más bien proclives a interpretar éstas en clave de engaño social más o menos organizado, de banalización orquestada del mundo que esconde, tras su aparente superficialidad, un orden duro e implacable, en el que los intereses más poderosos (y de los más poderosos) van adaptándose a las diferentes circunstancias, apareciendo bajo diferentes rostros, o incluso desapareciendo sin más, de acuerdo con la propia conveniencia.

De poco sirvió, por lo visto, que se nos advirtiera hace ya tiempo que la mal llamada sociedad de consumo era en realidad sociedad de producción (a cuyo servicio el consumo se ponía por completo)... y, deberíamos añadir ahora, de especulación. La advertencia cayó en saco roto, hasta el punto de que podría decirse que permanecemos todavía en gran medida prisioneros del engaño, tendiendo a conceder poco valor a cualesquiera discursos más o menos globales (tanto menos cuanto mayor ambición explicativa y/o voluntad transformadora poseen), y considerando, en tiempos de desatada posmodernidad, que hasta la teoría más sólida se desvanece en el aire. Como si, a fin de cuentas, las ideas no fueran otra cosa que efímeros recubrimientos de las mercancías, cuyo ser se agota en ser consumidas y cuyo valor se volatiliza casi tan rápidamente como el valor de la deuda soberana de determinados países cuando así lo determinan los mercados.

Pero una cosa es que el solo pensamiento no baste para transformar lo existente y otra, bien distinta, que no dé cuenta del signo de lo que nos está pasando. Un texto, cualquier texto, tiene que medirse con lo real, no con nuestros prejuicios respecto a él. Yendo a lo que aquí interesa: ¿puede un libro como el de Hannah Arendt referido al pie, escrito antes de la revolución de los claveles, del fin del eurocomunismo, del ascenso al poder del ayatolá Jomeini, de la caída del muro de Berlín, del inicio de una época de terrorismo global, del aumento exponencial de los procesos migratorios o del estallido de la primera gran crisis económica de la era de la globalización (por señalar tan sólo algunos hitos de la historia reciente) ser de utilidad para entender lo que ahora pasa?

Mejor que aportar argumentos a favor de la vigencia de lo pensado en un determinado momento del pasado será invitar al lector a pasar al interior del libro. Porque, en el fondo, no otro es el test que le corresponde soportar a cualquier texto, el test de la lectura. Es en la distancia que separa el papel (o el lector de e-book) de unos ojos interesados, esto es, en la experiencia de la lectura, donde se mide el valor de lo que en otro momento y en otro lugar fue escrito por alguien.

Ahora bien, para que esa medida sea justa conviene que el lector corra sus riesgos. De otra manera, estará incumpliendo el propósito crítico que se le supone (y que él mismo, con toda seguridad, gusta de atribuirse). Como dijera la propia Hannah Arendt en otro lugar, el genuino pensamiento es el que discurre sin barandillas, lo que en este caso significa sin predisposiciones ni ventajismos. Y ventajismo es suponer, de partida y sin justificación alguna, que lo escrito en una fecha es imposible que sirva para lo ocurrido después, dando por descontado que esto último es irreductible a cualquier cosa anterior. Córrase el riesgo de cuestionar tal convencimiento, hágase como si no se supiera cuándo fue escrito lo que se está leyendo y váyase luego a ver si el mundo se parece a lo que, hace un tiempo, alguien vio y dejó escrito, confiando en que pudiera resultar de utilidad para lectores futuros.

Tal vez el ejercicio depare alguna sorpresa. Como la de constatar que el mundo en el que habitamos continúa, frente a tantas proclamas interesadas, pareciéndose mucho al mundo que heredamos. E incluso más (sorpresas): es posible que las transformaciones ocurridas desde entonces, lejos de haberlo transformado en la dirección que anhelábamos, hayan ido reforzando sus trazos más oscuros. Quizá no tengamos otro lugar en el que colocarnos para pensar en lo que ahora hay que el pasado, cuando todavía existían incertidumbres, perplejidades y estupores. Cuando se vivía en el convencimiento de que la partida estaba por jugar. No como hoy, que la damos por jugada y -ay- perdida. Obviamente, no existe forma humana de garantizar de qué lado está la verdad. Lo que sí queda claro es de qué lado está ese rayito de esperanza que (nos gustaría creer que) todavía arroja una débil luz sobre la sombría realidad en la que estamos inmersos.

Sobre la violència. Hannah Arendt. Edición y prólogo de Fina Birulés. Institut Català Internacional per la Pau / Angle Editorial. Barcelona, 2011. 142 páginas. 17 euros.

Articulo : http://www.elpais.com  07/01/2012 

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