Bécquer grafitero
Por Manuel PALENCIA
El convento de San Clemente cobija en una
de sus fachadas el testimonio gráfico que el autor de las Rimas dejó en la
ciudad de Toledo
Noche. Dos jóvenes pasean al azar por las desiertas calles de Toledo. Los sombríos muros del barrio conventual recogen y amplifican el murmullo de sus botines sobre el empedrado. Se detienen extasiados una vez más ante la serena belleza de la portada plateresca del convento de San Clemente el Real. Tras ellos, una escalera de mano arrimada a la pared -utilizada por los serenos para limpiar y encender los faroles de aceite del alumbrado público- invita a la acción. Bajo una luz incierta, apoyan los largueros sobre el friso de caliza. La ligera pendiente de la calle dificulta su colocación. Por turnos, escriben con un lápiz sus nombres en la piedra; luego, se abrazan emocionados para celebrar el acto y marchan.
Uno de aquellos jóvenes es Gustavo Adolfo
Bécquer, y el hecho pudo ocurrir en la segunda mitad de 1857, cuando su
proyecto editorial de la Historia de los Templos de España, comenzado con
entusiasmo unos meses antes, parece venirse abajo.Con veintiún años de edad,
vive inmerso en el ambiente de la bohemia madrileña y, muy probablemente, había
contraído ya la sífilis que le hizo guardar cama durante varios meses al año
siguiente. De su oscuro compañero de andanzas, Yldefonso Núñez de Castro,
solo conservamos -además del autógrafo- su colaboración en los Templos con el
dibujo de la sinogoga de Santa María la Blanca, en la que aparece el poeta
guiado por un cicerone ciego.
Una costumbre muy extendida
Hoy no debemos caer en el error de
considerar el episodio referido fruto de una actitud disipada y de menosprecio
hacia las venerables piedras del monasterio; no. Durante el siglo XIX, la
realización de autógrafos sobre monumentos históricos fue una costumbre muy
extendida y practicada en toda Europa y en la cuenca mediterránea, y no
precisamente por personas ajenas al Arte, sino por renombrados eruditos que con
este gesto pretendían ofrecer a esas nobles reliquias su particular homenaje en
un anhelo de permanencia y comunión con el objeto admirado. Vean lasugerente
definición del Diccionario de la Real Academia: “Grafito: escrito o dibujo
hecho a mano por los antiguos en los monumentos”.
La existencia de este autógrafo no era más
que una leve murmuración, un inseguro dato con vago aroma a leyenda dramática o
histórico lirismo. Algunos, en Toledo, habíamos tenido noticia de él; sin
embargo, tras rastrear en la obra de la larga nómina de becquerianistas (Benito
Revuelta, Montesinos, Gamallo, Schneider, Pageard, Iglesias Figueroa o Sebold,
entre otros) encontramos que solo Adolfo de Sandoval lo cita de oídas, con
errores y sin consistencia, perdiendo credibilidad la narración. Todo
seguía siendo inseguro, impalpable; hasta que llegó la comprobación, y allí
estaba.
Entre los años 1911 y 1915 resurge con
fuerza la figura de Bécquer: apartados diarios en prensa, homenajes municipales
y académicos, colocación de lápidas conmemorativas -se instala, incluso, un
armarito en la plaza de Santo Domingo el Real de Toledo con ejemplares de las
Rimas a disposición del público), y el intento de compra, por parte de un grupo
de literatos madrileños, de la casa que habitaron los hermanos Bécquer en la
calle de la Lechuga, a partir de entonces llamada calle de los Bécquer.
Por fin, el libro publicado en 2010 por
Jesús Cobo -Alejandra (y otros temas becquerianos)- hace importantes desvelos
en torno al hecho.
35 centímetros, A 5 metros de altura
En El Eco Toledano del 25 de febrero de
1915, Juan Moraleda y Esteban anuncia el grafito -aunque calla su ubicación por
temor a que pudiera perderse- y alude a su intención de fotografiarlo. El
erudito justifica el hecho como testimonio de la extraordinaria admiración que
le producía al poeta -la portada del convento-, y lo califica de sencillo y
tierno episodio y delicado testimonio. Al día siguiente, el Diario Toledano, en
un anónimo de la redacción, revela su lugar de emplazamiento, a lo que contesta
Juan Moraleda inmediatamente, un tanto molesto por la intromisión. Esto indica
que, aunque Moraleda cita como fuente de su información a José Casado del
Alisal, amigo íntimo del poeta, ya se conocía su existencia, quizás porque en
esa época aún era visible desde el suelo. Aunque el autógrafo se halla a
más de cinco metros de altura, tiene unos 35 centímetros de longitud.
¿Pero qué llevó a Gustavo y a su amigo a
plasmar sus nombres sobre la portada? No lo sabemos con certeza. Su deseo de
inmortalidad literaria es bien conocido, pero la existencia de una firma
anterior (Ulibarri 1849) pudo suponer asimismo un acicate. Este tercer grafito,
por su posición perpendicular al suelo, se ve con facilidad hoy en día. Además,
a muy pocos metros de la calle de San Clemente, se conserva en la iglesia de
San Pedro Mártir -junto a la tumba de Garcilaso de la Vega- la joya plateresca
sobre la que años después escribió un artículo Gustavo Adolfo y que debió de
conocer en la misma época: el sepulcro de los condes de Mélito, en el que
también encontramos otro escrito (Rafael de Castro 1845).
Autenticidad fuera de duda
En cuanto a la autenticidad de nuestro
grafito, queda fuera de toda duda. Aunque deteriorado, ya que se realizó sobre
el mortero -hoy, en mal estado- aplicado en la restauración ejecutada en 1795
por disposición del cardenal Lorenzana, y conociendo la volubilidad de la
caligrafía de Bécquer, el informe grafológico de Valle García no deja lugar a
dudas, y un sencillo cotejo con algunos autógrafos del autor reitera nuestra
afirmación.
Al cumplirse ahora ciento cuarenta años de la publicación de las Rimas, sería deseable que se conservara intacta el ansia de permanencia y eternidad que tan emotivamente mostró en la rima XLV (Quién, en fin, al otro día,/ cuando el sol vuelva a brillar,/de que pasé por el mundo,/ ¿quién se acordará?)y en la tercera carta de Desde mi celda este huésped de las nieblas, este poeta que tanto temía habitar el olvido.
Articulo : http://www.elcultural.es 20/01/2012

