CRÓNICA: SILLÓN DE OREJAS
Los juguetes somos nosotros
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO
Bueno, supongo que habrán aprovechado la
festividad de los Reyes Magos. Más les vale: ya saben que don Juan Rosell, la
Némesis de los trabajadores españoles, está empeñado en que la Epifanía del
Señor deje de celebrarse el 6 de enero, a menos que caiga en lunes.
De manera que disfruten con sus hijos de
los juguetes que les trajeron sus Majestades, porque me da la impresión de que,
a partir de ahora, los verdaderos juguetes somos nosotros, como anuncia la
compañía estadounidense establecida por doquier. Los Gobiernos europeos nos
quieren disciplinados y solidarios (con los banqueros) y nos repiten el mantra
de que es preciso sacrificarse a tutiplén. De subir impuestos a los más ricos o
de imponer gravámenes a las que antaño se conocía como "las cien
familias", nada de nada: anatema. No sea que se asusten y depositen su
dinero en algún paraíso fiscal. Y tampoco les entusiasman las inversiones de
interés público: la política económica de Roosevelt nunca ha gustado a las
derechas. Lo que priva son los contratos precarios a 400 euros con jornadas de
trabajo que venga Stajanov y las soporte, el despido libérrimo y barato, la
austeridad, el ahorro y el virgencita mía que me quede como estoy, que es la
base de toda prudencia y la receta de los tenderos. Y ojito con ponerse enfermo
a menudo: a ver si nos van a tener que imponer alguna forma de copago en
Sanidad, como ha hecho el señor Mas, un tipo tan de derechas que, si no fuera
por la irredenta aura del nacionalismo, a su lado el señor Rajoy pasaría por
socialdemócrata sueco. Pero, ya se sabe, esto de derechas y de izquierdas es
una antigüedad, sobre todo en épocas de unión sagrada. De modo que tenemos que
ser competitivos y currar más; no importa que ya trabajemos más horas al año
que muchos de nuestros socios europeos. Y pobres de nosotros si no les dejamos
jugar. Ya saben: el euro peligra. Y Europa también. De modo que si Alemania
quiere austeridad, démosle austeridad. Y cuando, a causa de nuestro ahorro, se
resientan sus exportaciones al sur de Europa y exija más consumo, démosle
consumo. Lo que mande. Tengamos en cuenta que si los Gobiernos se cabrean a lo
mejor terminan por poner en práctica la irónica solución que les brindaba
Bertolt Brecht en 1953: disolver a sus pueblos y elegir a otros. En el
entretanto, y con tanto paro y ahorro, el comercio del libro tampoco levanta
cabeza. La "nueva austeridad" propicia el mucho mirar y el poco
comprar. Tiene su lado bueno: la gente elige mejor, y la razón prima sobre el
impulso, como en las heroínas de Jane Austen. Es como si en los amedrentados
cerebros de los consumidores se hubiera grabado aquella magnífica súplica
destinada a nadie que la artista conceptual Jenny Holzer plantó (1985) en un
anuncio luminoso de Times Square: "Protégeme de lo que
deseo" (Protect me from what I want). Y tiene su lado malo:
menores ingresos y devoluciones estacionales como para llenar un campo de
fútbol. Los presuntos best sellers han ido peor de lo esperado. Ni
siquiera el "escandaloso" El precio del trono (Planeta), de
Pilar Urbano, a la que siempre le benefician las circunstancias de los royals, se
ha vendido demasiado: algún librero me dice que no parece haber interesado
mucho ni a los del Opus, que solían leer a la periodista casi tanto como a
(san) Escrivá. Claro que, salvo Los enamoramientos(Alfaguara), de Marías,
y Libertad, de Franzen (Salamandra), ninguno de los diez primeros
"libros del año" elegidos por los críticos de este diario se ha
paseado mucho por las listas de más vendidos, pero esa es otra cuestión. A lo
mejor, como dice el estribillo del insufrible hit discotequero (luces
estroboscópicas, por favor) del avispado Sak Noel, todo se deba a que "la
gente está muy loca", chumpa-chump.
Bellow
Si creen, como Philip Roth, que Saul
Bellow (1915-2005) y William Faulkner (1897-1962) constituyen las referencias
fundamentales de la literatura norteamericana del siglo XX, no se pierdan la
apasionante selección de Cartas del primero que ha publicado Alfabia.
De hecho, el libro puede leerse perfectamente como una especie de sincopada
autobiografía (entre 1934 y 2004) del autor de Herzog (Galaxia Gutenberg),
aquel fascinante y desconcertado personaje que se pasó buena parte de su
existencia escribiendo a todo el mundo (Dios incluido). La nómina de los
destinatarios es impresionante: de Malamud a Faulkner o Nabokov, de Lionel
Trilling a Alfred Kazin, de John Berryman a Martin Amis (gran admirador de la
imaginación dickensiana de Bellow). Las cartas mejores son aquellas en las que
el autor evoca su infancia y juventud judía en Canadá y Chicago. Pero se me ha
grabado especialmente la que le envía en 1956 -cuando ya era un autor
consagrado gracias a Las aventuras de Augie March (Cátedra), su
novela más cervantina- al Nobel William Faulkner, y en la que le reprocha que
le haya solicitado su firma para conseguir la liberación de Ezra Pound:
"¿Me pide que me una a usted para honrar a un hombre que pidió la
destrucción de mis parientes?", le inquiere con indignación. Por cierto
que, en otra carta a Ralph Ellison, se refiere al autor de ¡Absalón,
Absalón! (a quien por otra parte califica de "uno de los mejores")
como "un maldito idiota". Un libro importante de Alfabia que viene a
sumarse a la parcial recuperación de la obra de Bellow por Galaxia Gutenberg.
Realismos
Ahora que por fin sabemos cuánto gana el
jefe podemos dormir tranquilos. La cifra (292.000 euros) no la proporciona Pilar
Urbano, sino la propia Casa Real. Lo que sí calcula la periodista en su libro
planetario es que el millón de pesetas que Alfonso XIII envió a Franco para
ayudarle en sus pequeños gastos facciosos equivaldría a 1,2 millones de euros
de 2007. Menos mal que don Juan Carlos es un demócrata convencido y, encima,
bastante más pobre que su veleidoso abuelo, que de haber percibido esa miseria
(¡glup!) de sueldo regio habría tenido que ahorrarlo íntegramente durante más
de cuatro años para poder obsequiar al africanista de voz atiplada, pronto
convertido en despiadado dictador (aunque, lo que son las cosas, seguiría con
su vocecilla atiplada). Lo más sugerente (y, a menudo, divertido) que he leído
últimamente sobre nuestros royalses Las dudas de Hamlet (Península),
un ensayo de Miguel Roig subtitulado 'Letizia Ortiz y la transformación de la
monarquía española'. No comparto muchas de sus hipótesis, pero están expuestas
con la suficiente originalidad como para hacer reflexionar al lector: me hace
gracia, por ejemplo, la caracterización de doña Letizia como una especie
de"lobbista del pueblo". Por lo demás, veo que Grijalbo
publicará próximamente Un divorcio elegante, de Purificación Pujol
(prólogo de Isabel Preysler), un "práctico manual que nos enseña a evitar
los efectos traumáticos derivados del divorcio". Espero que no haya ningún
cachondo que se lo envíe al señor Urdangarin.
Articulo : http://www.elpais.com
07/01/2012
