LITERATURA
La niña convertida en mito
Por Marina WARNER
Una exposición en la Tate Gallery y la
reedición de “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí” (Sexto Piso)
con ilustraciones de Peter Kuper, permiten analizar la influencia de la
creación de Lewis Carroll en diferentes artistas.
No existe una palabra que designe a los
personajes imaginarios que, como Hamlet o Frankenstein y su Criatura, han
llegado a tener una vida autónoma fuera de la escena o del libro, sumándose a
la galería de personalidades humanas que conocemos y sirviéndonos de brújula.
De todos estos seres de ficción, el más reconocible es Alicia, la niñita
preguntona que protagoniza las dos historias clásicas de Lewis
Carroll, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)
y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871).
Quizá resulte sorprendente que sea una
galería de arte y no una biblioteca la que alberga una gigantesca exposición
sobre Alicia, pero es que la creación de Carroll fue y sigue siendo motivo de
inspiración para artistas, fotógrafos, escenógrafos, animadores y directores de
cine. La muestra de la nueva Tate Gallery de Liverpool (que continúa hasta el
29 de enero) explora ese territorio, desde las ilustraciones rara vez vistas
del manuscrito del autor y unos materiales biográficos maravillosamente
evocadores (perceptivas y a menudo líricas fotografías de Carroll, obras de
arte de sus amigos prerrafaelistas) hasta los surrealistas, para quienes Alicia
se convirtió en un mito muy apreciado. El movimiento surrealista está
representado por algunas de las obras más potentes de la exposición: la edición
ilustrada de Alicia de Salvador Dalí y la pintura más bella de la obra de Dorothea
Tanning, la misteriosaEine Kleine Nachtmusik, con un girasol que arroja
colosales tentáculos en torno a la niña cuyos cabellos se erizan como lenguas
de fuego. La herencia surrealista sigue siendo fértil, en el contexto de un
creciente retorno al mito, el cuento de hadas y el romanticismo. Alicia es el
prototipo de la niña sabia e ingenua –como aparece en la visión no sólo de
artistas como Peter Blake y Graham Ovenden sino también de sus sucesoras en el
desasosiego, Annelies Strba y Alice Anderson, practicantes de lo sobrenatural
contemporáneo que dan un nuevo giro feminista a la heroína. Alicia se ha vuelto
más madura y experimentada que su modelo original y es el receptáculo de sueños
eróticos, unafemme enfant con la que las artistas se sienten fuertemente
identificadas.
El personaje de Alicia se inspiró en Alice
Liddell, la segunda hija de la familia cada vez más numerosa que se mudó a la
rectoría de Christ Church, la universidad donde Charles Dodgson era profesor.
Alice, una niña preciosa de rasgos melancólicos, se convirtió en la preferida
del autor entre sus amigos infantiles, su principal amor en un grupo de nenas
–y varones– a quienes entretenía con rompecabezas, adivinanzas, chistes,
poemas, artefactos, cantinelas y caricaturas. Dodgson había empezado a
fotografiar a niños varios años antes de escribir las historias de Alicia.
Solía acercarse a las familias de artistas, invitándose a la casa de Rossetti,
Millais, Arthur Hughes y el escritor de literatura fantástica George Macdonald,
de un modo impertinente que parece reñido con la personalidad tímida y
balbuceante del poco destacado profesor de matemáticas que era sordo de un oído
y muy aficionado a la gelatina y las tortas. El excéntrico y prodigioso creador
de Alicia fue uno de los grandes negados de la historia. Como Kafka, con quien
tiene más en común que lo que suele reconocerse, Dodgson nunca pudo decidirse a
pasar a la siguiente etapa de su vida: nunca se ordenó sacerdote, nunca
ascendió en la jerarquía universitaria, nunca se casó. Sólo era feliz en
compañía de los niños. Sin embargo, cuidó a gran número de hermanos solteros
(en especial después de ganar mucho dinero con los libros de Alicia), hizo
campaña contra la vivisección, parece haber concebido el voto personal
transferible y realizó exitosos esfuerzos para mejorar las condiciones de vida
de los niños actores.
Hoy día, Lewis Carroll podría estar bajo
vigilancia y, si no preso, al menos controlado electrónicamente. Su sexualidad
le causaba “indecibles tormentos”, escribe el diligente biógrafo de Carroll,
Morton Cohen. No obstante, como señaló Penelope Fitzgerald, “podemos
considerarnos afortunados”, dado que su energía sexual desviada “muy
probablemente era la fuente de su genio”.
La primera historia de Alicia
originalmente se tituló “Las aventuras de Alicia bajo tierra”, pero a Carroll
esto le sonaba a “instrucciones sobre minas”. “La tierra de los elfos” fue otra
posibilidad que evaluó, antes de decidirse –momentáneamente– por “El país de
las maravillas”. Pero su primera idea de un submundo revela la conexión de los
libros de Alicia con predecesores entre los visionarios que descendían a las
regiones inferiores, como Dante y Blake. Ante todo, Carroll era un parodista
que dio forma en su propio horno de alfarero a una gran obra original a partir
de los fragmentos dejados por otros. Este miembro del clero anglicano muestra
muy pocos vestigios de fe cristiana, revelando en cambio un compromiso
apasionado con las ideas incipientes sobre el inconsciente, la fantasía y los
estados alterados. Tradujo la escatología cristiana en tempranas
investigaciones psicológicas sobre los terrores y el absurdo –Alicia es
rechazada y frustrada a cada paso pero es una disidente no una colaboracionista
y sigue cuestionando la forma en que las personas y los animales con que se
topa insisten en la corrección de su forma de actuar–. Una niñita alza la voz
del sentido común contra las normas arbitrarias y las órdenes injustas del
mundo adulto; el retrato de la represión adulta fue escrito para darle ánimos,
como ha hecho con tantos lectores desde entonces.
La niña de ensueño que también es una
soñadora de verdades y la visión de Carroll de la locura del mundo son sólo dos
de los miles de temas que han entusiasmado a los artistas. La muestra de la
Tate revela una genealogía de obras de arte que no ha sido estudiada hasta
ahora: el persistente interés, en especial en Gran Bretaña desde los comienzos
de la era victoriana en adelante, por la ilustración gráfica. El futuro Lewis
Carroll nació durante el apogeo de una forma de arte británico que ha sido
considerada menor durante demasiado tiempo, y el relato del ascenso de Alicia a
la categoría de mito también pertenece a esta historia de una gran iniciativa
del siglo XIX: el libro ilustrado. Thomas Bewick, pionero de esta forma, es
recordado vívidamente, por ejemplo, por Charlotte Brontë en Jane
Eyre(1847). En la novela, Jane también es una nena al comienzo y la vemos
viajar con su imaginación a través de las páginas de la Historia de las
aves británicas de Bewick: Jane nos cuenta que “cada dibujo contaba una
historia; misteriosa a menudo para mi poco desarrollado entendimiento y mis
imperfectos sentimientos, pero siempre profundamente interesante: tan
interesante como los relatos que a veces contaba Bessie en las noches de
invierno... y cuando, después de traer su mesa de planchar junto al hogar del
dormitorio de los niños, nos permitía sentarnos a su alrededor y... alimentaba
nuestra ávida atención con pasajes de amor y aventura tomados de antiguos
cuentos de hadas y otras baladas...
“Con Bewick en mis rodillas, yo entonces
era feliz: feliz al menos a mi manera.” Charles Dodgson tenía 15 años cuando la
novela de Brontë estalló en la conciencia victoriana, pero no tiene que haber
conocido este libro directamente para que imaginemos que conocía e incluso
compartía los sentimientos de la protagonista. Cuando Alicia piensa con enojo,
en el comienzo de El país de las maravillas, en lo que lee su hermana, “¿Para
qué sirve un libro sin dibujos ni conversación?”, habla como una niña
victoriana del mismo medio social que el joven Charles Dodgson.
Para una familia como los Dodgson, vivir
lejos de la ciudad en circunstancias no demasiado acomodadas en una rectoría
llena de corrientes de aire, las revistas ilustradas como Punch eran el vehículo
por el que le llegaban las ilustraciones, y ellas aportaron un elemento crucial
al mundo que formó al creador de Alicia.
De chico, Carroll armaba revistas
familiares llenas de dibujos realizados por él y su hermano Wilfred y copiados
de ilustraciones que llegaban a sus manos: sus primeros intentos se parecen a
las caricaturas de Edward Lear, y recicló varios de los poemas y chistes para
los libros de Alicia: parte de Jabberwocky, por ejemplo, aparece en una de esas
revistas familiares, Mischmasch, bajo el título de “Estrofa de poesía
anglosajona”, escrita en caracteres que simulaban runas.
El autor de Alicia comprendía
intuitivamente el poder que tenían las imágenes de grabarse en la conciencia
colectiva en la era de la reproducción mecánica. Durante muchos años, trató de
hacer él mismo las ilustraciones de Alicia, y la torpeza de esos dibujos pone
de relieve la peculiar rareza de su fantasía. La exposición de la Tate incluye
los bocetos originales que trazó Dodgson –de Alicia, el Conejo Blanco, el Grifo,
la Falsa Tortuga y la Oruga– así como la primera versión de la “Larga
historia”, un innovador “caligrama”, o poema-dibujo, con forma de cola de ratón
para el que Dodgson recortó los caracteres tipográficos uno por uno y los pegó.
Pero no podía dibujar niñitas de carácter, y fue cuando se dio cuenta de que
necesitaba un artista más avezado que él y eligió a John Tenniel que su Alicia
se convirtió en la figura universalmente reconocible que es –desde la vincha
hasta el delantal y los zapatos Guillermina–. Carroll admiraba a Tenniel por su
trabajo con los animales de las fábulas de Esopo, pero también lo conocía como
caricaturista de Punch e infatigable ilustrador, con las mágicas metamorfosis
de Las mil y una noches y muchos otros títulos en su haber. Aunque
Tenniel estaba sobrecargado de trabajo y las relaciones con el quisquilloso y
exigente Dodgson a menudo eran tirantes, dibujó de manera brillante el mundo
cada vez más curioso de Alicia.
Antes de que Freud desarrollara su modelo
de la psiquis, Carroll escribía con convicción sobre la infancia y el
inconsciente, que identificó con los viajes por el país de las hadas en la
introducción de su último libro, Silvia y Bruno (1893). Su interés
era compartido por su generación: ese mismo año, Frances Hodgson Burnett
escribió una crónica completa de su yo infantil titulada “La que yo más
conocía: Memoria de la mente de un niño”, que habla de su mundo de sueños y sus
amigos imaginarios. Pero Carroll marcó una gran diferencia en el legado
romántico de fantasías sobre la imaginación infantil y en el interés de sus
contemporáneos por los estados interiores porque adoptó las estructuras
tecnológicas y científicas de los nuevos medios mágicos: su habilidad como
fotógrafo al emplear el proceso extremadamente complicado del colodión húmedo
le dio las coordenadas de espacio y tiempo del país de las maravillas de
Alicia: la niña se agranda y se achica como en una lente o bandeja de revelado,
mientras que el país del espejo está gobernado por la catóptrica, los fenómenos
de la reflexión y la refracción que operan en la cámara réflex.
Las múltiples capas de realidad que
atraviesa Alicia, cada vez más perpleja, anticipan la ciberrealidad actual,
como muestran muchas extrapolaciones. Al final de El país de las maravillas, la
hermana de Alicia sueña con una Alicia futura que cuenta la historia de su
sueño fantástico a sus hijos, y al final del Espejo, Alicia le pregunta a su
gatita: “¿Quién fue el que soñó todo esto?... Debo haber sido yo o el Rey Rojo,
sabes, Kitty. El era parte de mi sueño, por supuesto, ¡pero yo también era
parte del suyo!” Este laberinto sin salida da forma a la maravillosa fábula de
Borges Las ruinas circulares y, desde entonces, al concepto central
de las películas de la serie Matrix y, más recientemente, a El
origen de Christopher Nolan. Es este énfasis en la realidad de la vida
onírica y lo absurdo de las convenciones, combinado con la modernidad de sus
métodos, lo que ha hecho de la niña de los sueños de Carrroll el vehículo de
tantos sueños activos de artistas como Sigmar Polke, Robert Smithson y Adrian
Piper, cuyas interpretaciones dan a Alicia un color psicodélico y oculto.
Un elemento inherente al universo de
ensueño es el misterioso transcurso del tiempo y la diferente temporalidad de
las historias, de los asuntos cotidianos, de la imaginación de Carroll, como
analiza Gillian Beer en un fascinante ensayo catálogo. La exposición de la Tate
incluye obras que toman este aspecto de la historia de Alicia, por ejemplo, una
del conceptualista Joseph Kosuth. “¿Me pregunto si habré cambiado durante la
noche?”, cavila Alicia. “Déjame pensar, ¿era la misma cuando me desperté esta
mañana? Casi creo que puedo recordar sentirme un poquito distinta. Pero, si no
soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿quién diablos soy? ¡Ah, ese es un gran
enigma!” Esta es de hecho la pregunta existencial que constituye el núcleo de
la más reciente filosofía sobre la condición humana pero Carroll y los artistas
a quienes ha inspirado su Alicia estudiaron esta inquietante pregunta durante décadas.
Cuando de chica leí por primera vez los
libros de Alicia, me resultaron extraños y duros y sentí que por debajo ocurría
algo perturbador que yo no entendía. Cuando crecí, el deslumbrante ingenio y
fantasía de las historias me conquistó. Pero esa corriente eléctrica de rareza
y enigma sigue viva en las aventuras de Alicia y hace contacto con un cable en
la imaginación de los artistas. Una obra de Rodney Graham expuesta en la
muestra corporiza esta insinuación de conocimiento secreto: ha encerrado una
edición antigua de Alicia con una elegante encuadernación ilustrada entre las
dos mitades de un fantasmal estuche blanco, dividido en dos para que pueda
vislumbrarse... ¿qué cosa? Como el Conejo Blanco, el sentido se escapa cuando
uno quiere atraparlo.
Como escribió Lewis Carroll sobre Alicia:
“Todavía me acecha como un fantasma/ Alicia moviéndose bajo los cielos/ nunca
vista por ojos despiertos”.
Alicia nos invita a entrar a nuestros
fugaces estados de sentimiento y deseo, a nuestros propios y esquivos mundos de
sueños.
(c) The Guardian Traducción: Elisa
Carnelli

