Máquinas de escribir
Por Mario VALDOVINOS
De Jaime Valdivieso se reedita una novela
de formación mientras que de Carlos Olivárez vuelve a circular un libro de
relatos publicado en 1971.
La literatura como forma de combatir el olvido representan Valdivieso y Olivárez. El primero con La condena de todos (Alfaguara, $ 6.900) cuya primera edición es de 1966 y venía precedida por dos epígrafes, Erich Fromm y Neruda, que en la actual, su autor, Jaime Valdivieso, eliminó, no así el ajustado prólogo de Enrique Lihn ni una voz narrativa situacional, en cursiva, que describe la presencia de las luces y las sombras sobre los espacios de la novela. Al mismo tiempo, ofrece otras dos perspectivas, una voz en tercera persona que sirve de marco a los hechos y la del protagonista, Alberto Lazcano, que dan al texto variedad para expresar la historia de un joven lleno de incertidumbres ante el presente y el futuro, más su fe en romper con el pasado y con una familia conservadora, ante la que Alberto se rebela pues lo confina a un internado religioso que rechaza toda forma de erotismo. Su puerta de escape es la búsqueda en el autoerotismo, las mujeres y el asombro ante la atracción homosexual.
Así, se refugia en el mundo rural, donde
las aguas sexuales corren más libres: la chacra familiar de Las Acacias.
Se trata, entonces, de una novela de ingreso en la vida adulta, el relato de la
difícil juventud de los 50 y 60; son las tribulaciones del estudiante porteño
Alberto. No aparecen inquietudes ideológicas explícitas, no obstante, ya viene
la oleada social que dejará una fractura en el país. Importa por el momento
saber del mañana, indagarlo, fugarse a Europa, lo que hará su álter ego en las
siguientes novelas de Valdivieso.
Son los años venideros de los niños
expulsados de la pieza oscura. Publicados originalmente en 1971, tras ser
considerado su autor el heredero de Skármeta, los cuentos de Carlos Olivárez
constituyen una radiografía de la época. Gobierna Allende, los hippies y
la beatlemanía deslumbran; Dylan aúlla que los tiempos están cambiando y lo
demuestra el Che al intentar la revolución continental en Bolivia. La atmósfera
no podía ser más propicia, de hecho no se ha repetido.
Los siete relatos reunidos en
Concentración de bicicletas (Simplemente editores, $7.000) hablan de ensueños y
de perplejidades ante el erotismo que se desata en un territorio en veda.
Cortázar dejó huella con sus finales de knock out, la máquina de escribir corre
con la velocidad de las ilusiones adolescentes. El país aún no sangra y los
relatos del joven Olivárez exudan una atmósfera de romanticismo e insurrección;
sus personajes son perdularios y marginales, enamorados y obsesos, y el estilo,
cercano al delirio y al asma. Sus historias están elaboradas en un estilo
expresionista que diluye las anécdotas, el lenguaje aparece en primer plano.
Allí está el uso frecuente de verbos como runrunear, hemiplejear y farawelear.
Los temas: conseguir pareja y el requerimiento de amores, siempre picarescos,
un partido de pool, la búsqueda de apoderado de un estudiante provinciano que
vivirá en un pensionado universitario. Los relatos de Olivárez nos recuerdan
que, por esos años, nadie nos trancaría el paso.
Articulo : http://diario.elmercurio.com
22/01/2012
