Libros y autores
"América latina tuvo su Siglo de
Oro"
Por Martin LOJO
El mexicano Ignacio Padilla habla en esta
entrevista sobre El daño no es de ayer, novela que, en la estela de
Cervantes y Borges, parodia diversos géneros populares
El daño no es de ayer
Por Ignacio Padilla
Norma
224 páginas
$ 85
"Esta historia debió contarse de otro
modo." La frase con la que comienza El daño no es de ayer , la
novela que le valió a Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968) el premio La
Otra Orilla 2011, debe leerse como una oportuna advertencia. Aunque narra la
investigación de un crimen y cuenta con un periodista-detective digno del
policial negro, no es exactamente una novela policial. Tampoco es
unwestern a pesar de transcurrir en un desierto de los Estados Unidos, ni
un relato fantástico o de terror, no obstante contar con espíritus, máquinas
infernales y sectas ocultistas. Miembro de la generación del Crack, aquellos
escritores mexicanos que en la década del noventa proponían retomar el ímpetu
de la sofisticada novelística del boom frente a la ligereza
posmoderna, Padilla asume la literatura como un derrotero de cambios y
variaciones, un entramado de mitos que se superponen sin fin. En El daño
no es de ayer se cruzan media docena de géneros literarios y
cinematográficos, citas y parodias a grandes obras literarias, personajes
delirantes y una buena dosis de humor negro.
"Soy básicamente un escritor de
cuentos. En este caso inicié la escritura con la imagen de unos hermanos
gigantes en el desierto, con un perro. Al terminar descubrí que los hermanos
eran demasiado gigantescos para caber en un cuento. En contraposición con los
escritores de mapa, que tienen muy claro cómo comienza y termina la novela, soy
un escritor de brújula, que escribe sin saber adónde va. Parto de una imagen
mental o una anécdota y escribo para saber de qué trata."
-Aunque en la novela cruza muchos géneros,
la estructura central es la del policial negro, sobre todo por las
características de antihéroe del protagonista y narrador.
-Si bien tiene mucho de un escenario
latinoamericano, estos trayectos ultramundanos al estilo de Juan Rulfo están
tamizados por un universo propio de la literatura argentina. Hay referencias
determinantes y paródicas a Borges, pero también a la obra de Ricardo Piglia y
a la del chileno Roberto Bolaño. Estados Unidos, los años cincuenta, un
detective que es un hombre fallido, un desastrado poco fiable; sólo podían
pertenecer a un universo de novela negra, que me encanta.
-Este detective involuntario dice que hace
falta una energía de dimensiones épicas para permanecer mediocre, como si su
carácter extraordinario fuese una fatalidad.
-Suelo cuestionar la idea decimonónica del
heroísmo, discutida ya por los personajes perdedores que establecen Kafka y
Beckett. Pero también hay un personaje perdedor que sin embargo es elegido por
una serie de circunstancias para ser un héroe accidental. Creo que, en la
literatura, la historia no la hacen los vencedores.
-El misterio policial lleva al periodista
a toparse con más de una secta ocultista. Particularmente con la
"teofísica", que mezcla el mecanicismo con el espiritismo. ¿Cómo
aparecieron esos temas en el relato?
-El ocultismo, la ciencia ficción de poca
monta, las conspiraciones secretas y la religiosidad edulcorada son géneros
subliterarios, pero también mitologías plenamente humanas. Quise reunir de
manera carnavalesca toda esa chocarrería de malos relatos para burlarme, pero
también para entresacar algo universal. La "teofísica" surge de una
reescritura de la historia de Madame Blavatsky. La Madame Hanska de mi novela
es una caricatura de la fundadora de la teosofía, un personaje de por sí
caricaturesco. Me adentré en su deslumbrante fraude, en sus vínculos con la
obsesión de los escritores del siglo XIX por los fantasmas y el espiritismo,
Victor Hugo, Henry James, Conan Doyle. Con esa biografía, reescribí una
síntesis de la historia del espiritismo.
-Aunque la novela, más allá de la parodia,
sostiene un verosímil realista, también coquetea con el género fantástico, del
que se dice que es la esencia de la ficción. ¿Por qué sostuvo esa ambigüedad?
-Mi obra se desarrolla por lo general en
el campo de la literatura fantástica, pero en este caso quise escribir una
novela realista. Son los personajes, con la complicidad del lector y un poco
con la mía, quienes ven un elemento fantástico en una historia real. Es un
mundo realista que habla de visiones fantásticas de las cosas. Pero sí hay una
conexión con la ciencia ficción a través de la máquina, que está tanto en
Philip Dick como en las obsesiones de Piglia, por ejemplo. La esencia de la
ficción es la reflexión sobre sí misma. Esta novela puede ser
un western metafísico o un tratado de teología extraterrestre, pero
ante todo es una reflexión sobre la imposibilidad de contar la realidad, sobre
la verdad de las mentiras y la verosimilitud de lo irreal.
-En su afán de romper con el policial tradicional, El
daño no es de ayer arriesga una nueva idea de verdad. Ya no la absoluta de
la literatura clásica ni la verdad inasible moderna, sino una inacabada. ¿Cómo
surgió esa idea?
-Existe el riesgo de que al no darle una
verdad, el lector interprete que no la hay. Creo que en realidad me ajusto más
a la idea de la obra abierta, que deja a la especulación del lector la
posibilidad de un final. Sobre todo en el policial: si nos dicen quién es el
asesino, el relato se da por hecho y lo eliminamos de nuestras obsesiones. Las
obras que dejan la verdad para que el lector la localice y crea o descrea de
ella son las que permanecen. Eso es la literatura. Así como el único criminal
que siempre se sale con la suya es dios, el autor, que juega a ser dios, juega
también a crear la verdad en universos autocontenidos, aunque nunca lo sean del
todo. Lo primero que me preguntan sobre esta novela es dónde quedó el espíritu
de Roberta Lönrot, y mi respuesta es que no tengo ni idea.
-La novela r ecurre a una
reescritura paródica del cuento de Borges "La muerte y la brújula".
¿Por qué eligió ese relato?
-Cuentista como soy, y lector convencido
de que en nuestro idioma todos los caminos conducen a Cervantes a través de
Borges, admiro la perfección de su obra. En mi afán de hacer una parodia
cervantina de literatura magnífica y literatura pésima, tenía que tomar
"La muerte y la brújula". Es el cuento policial perfecto y a la vez
un anticuento, porque la víctima es el detective.
-Mientras que para la literatura argentina
Borges suele ser una luz demasiado intensa de la que hay que apartarse, en su
caso la reescritura resulta natural.
-En México tenemos a Octavio Paz y a Rulfo
tan cerca que debemos alejarlos. A los chilenos les pasa con Bolaño, y con
García Márquez a los colombianos. Ustedes verán a Borges hasta en la sopa, pero
nosotros contamos con el sosiego de la distancia. A diferencia de nuestros
padres, nuestra generación creció con los clásicos latinoamericanos vivos y ya
en la biblioteca. García Márquez, Vargas Llosa, Borges o Cortázar; conocimos
vivos a los que dentro de cientos de años van a ser nuestros clásicos. Un
francés no puede decir que vivió en la época de Maupassant, ni un español, en
la de de Cervantes o de Lope. Pertenezco a la primera generación en cuya biblioteca
paterna convivían las obras de Victor Hugo con Ficciones . No hay
ninguna diferencia para nosotros entre leer a Borges o a Kafka. Nacimos en un
momento en el que la literatura latinoamericana acababa de tener su Siglo de
Oro.
AQUELLOS DÍAS DEL CRACK
Dieciséis años después de la formación del
grupo del Crack, Ignacio Padilla, uno de sus miembros, evalúa así aquel
movimiento: "Fue un experimento feliz. Me demostró que la literatura, en
principio solitaria, puede vivirse como una experiencia colectiva de amistad.
Nunca pensamos que fuera a tener las consecuencias que tuvo. Creo que todavía
soy fiel a la defensa de la literatura difícil respecto del lector, la
recuperación de las lecciones de Borges y del b oom latinomericano
contra lo que se estaba escribiendo en los años ochenta. En ese entonces, sin
ningún contacto con nosotros, surgió en Colombia el movimiento de McOndo y,
como nosotros, también plantearon un agotamiento. Nosotros y otros escritores
realizamos una especie de exorcismo. En los años noventa urgía renovar la
literatura latinoamericana, atrapada en la imitación del modelo García Márquez.
Desde entonces ocurrieron muchas cosas. Aparecieron un Bolaño y un Piglia para
demostrarnos que sí teníamos padres. Estaban ahí, sólo que emergieron después".
Articulo : http://www.lanacion.com.ar 20/01/2012

