lundi 16 janvier 2012

Pedro Pablo GUERRERO/ Álvaro URIBE: "El arte no es una ocupación moral"


Autor de "Morir más de una vez"
Álvaro Uribe: "El arte no es una ocupación moral"
Por Pedro Pablo GUERRERO 

A partir de episodios autobiográficos que lo acercaron a la muerte, el escritor -reconocido en México como uno de los mejores prosistas de la actualidad- reconstruye en su quinta novela las contradictorias experiencias que él y su generación vivieron en París a fines de los años 70.

No es fácil hacerse un nombre en un medio tan exuberante como el de la literatura mexicana. Sobre todo cuando hay que luchar contra un equívoco alcance de nombre. Este doble handicap no ha sido obstáculo para que Álvaro Uribe (1953) sea hoy considerado uno de los mejores narradores de su país. Como afirma el crítico de Letras Libres, Rafael Lemus: "Uribe escribe no sólo la mejor prosa mexicana; es, también, una escuela de estilismo moral, moderno... Es, por mucho, nuestro estilista más fino y, también, nuestro mejor escritor en activo".

Reconocimientos no le han faltado. El año 2003 recibió en Francia el Premio de Narrativa Antonin Artaud por su novela El taller del tiempo (Tusquets), superando, entre los finalistas, a César Aira y Mario Bellatin. Su cuarta novela también fue distinguida.Expediente del atentado (Tusquets) obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2008. Lograda reconstrucción de un hecho verídico -el atentado de 1897 contra el Presidente Porfirio Díaz-, el relato alterna los puntos de vista de todos los involucrados: el magnicida frustrado, sus captores, ex amigos, su propia madre. Un ejercicio literario comparable aRashomon , que además entrega una visión implacable sobre el caudillismo dominante en la historia mexicana.

Licenciado en filosofía de la UNAM, Álvaro Uribe desarrolló una larga carrera diplomática que lo llevó como agregado cultural a Nicaragua y consejero cultural en Francia. Vivió en París de los 24 a los 32 años y de los 36 a los 40. Dos periodos fundamentales en su vida, reconoce: "Un embajador con el que trabajé decía que a los 20 todos somos jóvenes promesas y a los 30 todos somos viejos pendejos".

Durante su primera estancia editó la revista bilingüe Altaforte y mantuvo una activa vida intelectual -y bohemia- en París, donde conoció a un variopinto grupo de promesas del cine y la literatura, pícaros latinoamericanos y sobrevivientes locales de la edad dorada de las vanguardias. "Mi generación se fue en busca de Rayuela y de repente nos dimos cuenta de que ya no existía nada de eso, que París había cambiado muchísimo. La ciudad intelectual que encontré es la que armamos los latinoamericanos", afirma.

Su más reciente novela, Morir más de una vez (Tusquets, 2011), evoca ese mundo con una dosis equitativa de humor y humanidad, que incluye historias tan insólitas como las de un albañil dispuesto a repetir una caída que casi le costó la vida, con tal de complacer a un director obsesionado con el cinéma vérité ; o la monótona existencia de una mexicana que recorre media Europa proyectando durante años el mismo documental que su marido francés realizó en México; o la madurez de una poeta y fotógrafa parisina de segundo orden, Gabrielle, que termina trabajando como funcionaria vitalicia de la embajada mexicana. "El personaje más real de todos", comenta Uribe.

Cáncer y escritura

Morir más de una vez hace honor a su título. Uribe estuvo a punto de morir no una, sino dos veces. La primera, durante un accidente de carretera en Francia, en 1979, episodio que relata al comienzo de la novela. La segunda, hace unos años, cuando se le declaró un cáncer del que se libró tras un prolongado tratamiento que también se describe en el libro.

-¿Esa enfermedad fue la que te decidió a escribir esta novela?
-No, pero curiosamente me ayudó a escribirla. Las historias las tenía guardadas hace muchos años. Hasta la fecha, nunca he escrito acerca de una experiencia inmediata, generalmente me van dando vueltas y en lo que tardo es en encontrar la manera peculiar, la estructura, desde dónde voy a contarlas. La enfermedad me la dio. Me quitó muchas cosas, por supuesto; es horrible estar enfermo, no abundaré en ello, es lo peor que me ha pasado, pero cuando uno escribe tiene la ventaja de que aun lo peor que te pasa acaba siendo material de tu propio trabajo. Como dice en el libro, la mala fortuna también es fortuna. Antes de padecer la enfermedad estaba ya empezando a ver cómo escribía este libro. Cuando me enteré de que tenía cáncer, suspendí todo, me dediqué al tratamiento y después me di cuenta de que la forma de hilar todas esas historias tenía que ser el relato de un hombre que está a punto de morir.

-¿Por qué inicias la novela con el accidente de carretera?
-Para mí era fundamental el accidente o no accidente que se describe en las primeras páginas del libro. Sin eso no me hubiera lanzado a hacer el libro como tal. Es una de esas experiencias que tardo años en digerir. Yo efectivamente aceleré mucho un coche en el sur de Francia. Todavía no estoy muy seguro de si me morí o no me morí. A lo mejor estoy imaginando todo esto que me pasa ahora (ríe). Siempre me quedó esa idea. Retuve ese momento de mi juventud porque jugué con la muerte estúpidamente. Y de pronto me ocurrió que tenía muchos años más, me iba acercando a los 60, y me volvía a enfrentar a la muerte. Entonces, me di cuenta: se puede morir más de una vez, la muerte va definiendo tu vida y de alguna manera te permite renacer el acercarte a ella.

-Como en "Expediente del atentado", vuelves a utilizar diferentes puntos de vista para contar la historia. ¿De dónde proviene este perspectivimo?
-Los escritores siempre hacemos las teorías a posteriori. Escribes literatura de una determinada manera y luego acabas elaborando una teoría que la justifique. Hecha esta advertencia, tengo la impresión, difícilmente rebatible, que de los demás no conocemos nada o casi nada. Incluso de nuestras amantes, esposas y la gente con la que convivimos a diario, es muy fragmentario el conocimiento que podamos tener. De hecho, solamente hay tres fuentes: una es la directa, lo que experimentas con alguien más, lo que vives; la otra, lo que ese alguien cercano te cuenta (de su pasado, por ejemplo), y la tercera es lo que otras personas te pueden contar, y en este caso incluiría a los libros. No me imagino una cuarta fuente de conocimiento. Se me ha dado que en mis novelas y muy particularmente en ésta -supongo que en esto voy evolucionando, dominando cierta técnica- intento reproducir ese perspectivismo.

"El narrador es un oyerista "

-En el libro, uno de los personajes que fue discípulo de Monterroso abre una carta que él le pide llevar a Francia. ¿La indiscreción es un requisito para ser escritor?
-Yo creo que sí. Ese episodio es absolutamente cierto. Yo fui discípulo de Monterroso y él me pasó una carta abierta, como señal de confianza. Ni siquiera me acuerdo qué decía la carta, pero eso no tiene ninguna importancia. Años después, Monterroso me preguntó si la había leído y yo admití que sí. Entonces, él dijo eso que pongo en el libro: "Qué bueno. Si no hubieras tenido la curiosidad de leerla, no creo que alguna vez habrías podido llegar a ser un buen narrador". Dice José Emilio Pacheco, a quien también respeto muchísimo, que una novela finalmente es un chisme, un chisme muy elaborado, muy intelectual, pero es un chisme: estás contando cosas indiscretas de la vida del prójimo. Yo participo plenamente de esa idea. Si no te interesa el prójimo, ¿pues de qué vas a escribir?

-El narrador es un voyerista.
-Claro, y yo le añadiría, no sé si existe el término, que es también un "oyerista": alguien que oye, no sólo que ve. Él cuenta relatos, es un narrador y por eso se puede permitir juegos con el yo, puesto que nomás está hablando. Lo que escribe son cosas que le dijeron, que le contaron. Si te fijas, es un narrador muy dudoso de sus propias facultades, todo el tiempo está diciendo: "bueno, yo no sé si esto en realidad ocurrió, fue hace tanto tiempo, pero como a mí me gustaría que hubiera ocurrido, y es mi libro, pues lo voy a dar por hecho". Desnuda así su carácter mentiroso y chismoso frente al lector: "créeme o no, yo te lo voy a poner porque a mí me hubiera gustado que fuera así".

-Llama la atención en tu novela la crueldad a la que pueden llegar los artistas. ¿Cómo se explica este divorcio entre ética y estética?
-Es una forma de comprender el arte que yo no entiendo por qué sigue prosperando, particularmente entre los poetas. Se sienten mejores que el resto de los hombres, la voz de la tribu, y están por encima de los demás. El arte no es una ocupación moral. Muchas veces te hace inmoral. No te hace mejor persona escribir novelas. Te puede hacer peor, porque estás utilizando la vida propia y la vida ajena para hacer esas novelas. Es lo que intento reflejar. Yo creo que el arte es amoral, si no inmoral. En París llegué a conocer a la última esposa de Lawrence Durrell, el autor de El cuarteto de Alejandría , fundamental para entender Rayuela , que es casi como una continuación del Cuarteto , a su manera. Bueno, esta mujer me contó cómo Durrell llegó a utilizarla: la puso casi en bandeja con un amigo al que invitó cuando ellos vivían en el sur de Francia. Casi la obligó a acostarse con él porque en una novela que estaba escribiendo había una situación de triángulo. Experimentó con ella para tener algo de qué escribir. Yo le digo a mis amigos y conocidos: todo lo que me me digas va a ser utilizado en tu contra, se convierte en material mío, por supuesto. Me interesa, mucho más que la bondad, esto de apropiarse de las historias ajenas. Y es lo que les ocurre a los personajes, que incluso provocan cosas horribles con tal de tener una historia que contar.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 15/01/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...