Autor de "Morir más de una vez"
Álvaro Uribe: "El arte no es una
ocupación moral"
Por Pedro Pablo GUERRERO
A partir de episodios autobiográficos que
lo acercaron a la muerte, el escritor -reconocido en México como uno de los
mejores prosistas de la actualidad- reconstruye en su quinta novela las
contradictorias experiencias que él y su generación vivieron en París a fines
de los años 70.
No es fácil hacerse un nombre en un medio
tan exuberante como el de la literatura mexicana. Sobre todo cuando hay que
luchar contra un equívoco alcance de nombre. Este doble handicap no ha sido
obstáculo para que Álvaro Uribe (1953) sea hoy considerado uno de los mejores
narradores de su país. Como afirma el crítico de Letras Libres, Rafael Lemus:
"Uribe escribe no sólo la mejor prosa mexicana; es, también, una escuela
de estilismo moral, moderno... Es, por mucho, nuestro estilista más fino y,
también, nuestro mejor escritor en activo".
Reconocimientos no le han faltado. El año
2003 recibió en Francia el Premio de Narrativa Antonin Artaud por su
novela El taller del tiempo (Tusquets), superando, entre los
finalistas, a César Aira y Mario Bellatin. Su cuarta novela también fue
distinguida.Expediente del atentado (Tusquets) obtuvo el Premio
Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2008. Lograda reconstrucción de un
hecho verídico -el atentado de 1897 contra el Presidente Porfirio Díaz-, el
relato alterna los puntos de vista de todos los involucrados: el magnicida
frustrado, sus captores, ex amigos, su propia madre. Un ejercicio literario
comparable aRashomon , que además entrega una visión implacable sobre el
caudillismo dominante en la historia mexicana.
Licenciado en filosofía de la UNAM, Álvaro
Uribe desarrolló una larga carrera diplomática que lo llevó como agregado
cultural a Nicaragua y consejero cultural en Francia. Vivió en París de los 24 a los 32 años y de los 36 a los 40. Dos periodos
fundamentales en su vida, reconoce: "Un embajador con el que trabajé decía
que a los 20 todos somos jóvenes promesas y a los 30 todos somos viejos pendejos".
Durante su primera estancia editó la
revista bilingüe Altaforte y mantuvo una activa vida intelectual -y bohemia- en
París, donde conoció a un variopinto grupo de promesas del cine y la
literatura, pícaros latinoamericanos y sobrevivientes locales de la edad dorada
de las vanguardias. "Mi generación se fue en busca de Rayuela y
de repente nos dimos cuenta de que ya no existía nada de eso, que París había
cambiado muchísimo. La ciudad intelectual que encontré es la que armamos los
latinoamericanos", afirma.
Su más reciente novela, Morir más de
una vez (Tusquets, 2011), evoca ese mundo con una dosis equitativa de
humor y humanidad, que incluye historias tan insólitas como las de un albañil
dispuesto a repetir una caída que casi le costó la vida, con tal de complacer a
un director obsesionado con el cinéma vérité ; o la monótona existencia de una
mexicana que recorre media Europa proyectando durante años el mismo documental
que su marido francés realizó en México; o la madurez de una poeta y fotógrafa parisina
de segundo orden, Gabrielle, que termina trabajando como funcionaria vitalicia
de la embajada mexicana. "El personaje más real de todos", comenta
Uribe.
Cáncer y escritura
Morir más de una vez hace honor a su
título. Uribe estuvo a punto de morir no una, sino dos veces. La primera,
durante un accidente de carretera en Francia, en 1979, episodio que relata al
comienzo de la novela. La segunda, hace unos años, cuando se le declaró un
cáncer del que se libró tras un prolongado tratamiento que también se describe
en el libro.
-¿Esa enfermedad fue la que te decidió a
escribir esta novela?
-No, pero curiosamente me ayudó a
escribirla. Las historias las tenía guardadas hace muchos años. Hasta la fecha,
nunca he escrito acerca de una experiencia inmediata, generalmente me van dando
vueltas y en lo que tardo es en encontrar la manera peculiar, la estructura,
desde dónde voy a contarlas. La enfermedad me la dio. Me quitó muchas cosas,
por supuesto; es horrible estar enfermo, no abundaré en ello, es lo peor que me
ha pasado, pero cuando uno escribe tiene la ventaja de que aun lo peor que te
pasa acaba siendo material de tu propio trabajo. Como dice en el libro, la mala
fortuna también es fortuna. Antes de padecer la enfermedad estaba ya empezando
a ver cómo escribía este libro. Cuando me enteré de que tenía cáncer, suspendí
todo, me dediqué al tratamiento y después me di cuenta de que la forma de hilar
todas esas historias tenía que ser el relato de un hombre que está a punto de
morir.
-¿Por qué inicias la novela con el
accidente de carretera?
-Para mí era fundamental el accidente o no
accidente que se describe en las primeras páginas del libro. Sin eso no me
hubiera lanzado a hacer el libro como tal. Es una de esas experiencias que
tardo años en digerir. Yo efectivamente aceleré mucho un coche en el sur de
Francia. Todavía no estoy muy seguro de si me morí o no me morí. A lo mejor
estoy imaginando todo esto que me pasa ahora (ríe). Siempre me quedó esa idea.
Retuve ese momento de mi juventud porque jugué con la muerte estúpidamente. Y
de pronto me ocurrió que tenía muchos años más, me iba acercando a los 60, y me
volvía a enfrentar a la muerte. Entonces, me di cuenta: se puede morir más de
una vez, la muerte va definiendo tu vida y de alguna manera te permite renacer
el acercarte a ella.
-Como en "Expediente del
atentado", vuelves a utilizar diferentes puntos de vista para contar la
historia. ¿De dónde proviene este perspectivimo?
-Los escritores siempre hacemos las
teorías a posteriori. Escribes literatura de una determinada manera y luego
acabas elaborando una teoría que la justifique. Hecha esta advertencia, tengo
la impresión, difícilmente rebatible, que de los demás no conocemos nada o casi
nada. Incluso de nuestras amantes, esposas y la gente con la que convivimos a
diario, es muy fragmentario el conocimiento que podamos tener. De hecho,
solamente hay tres fuentes: una es la directa, lo que experimentas con alguien
más, lo que vives; la otra, lo que ese alguien cercano te cuenta (de su pasado,
por ejemplo), y la tercera es lo que otras personas te pueden contar, y en este
caso incluiría a los libros. No me imagino una cuarta fuente de conocimiento.
Se me ha dado que en mis novelas y muy particularmente en ésta -supongo que en
esto voy evolucionando, dominando cierta técnica- intento reproducir ese
perspectivismo.
"El narrador es un oyerista "
-En el libro, uno de los personajes que
fue discípulo de Monterroso abre una carta que él le pide llevar a Francia. ¿La
indiscreción es un requisito para ser escritor?
-Yo creo que sí. Ese episodio es
absolutamente cierto. Yo fui discípulo de Monterroso y él me pasó una carta
abierta, como señal de confianza. Ni siquiera me acuerdo qué decía la carta,
pero eso no tiene ninguna importancia. Años después, Monterroso me preguntó si
la había leído y yo admití que sí. Entonces, él dijo eso que pongo en el libro:
"Qué bueno. Si no hubieras tenido la curiosidad de leerla, no creo que
alguna vez habrías podido llegar a ser un buen narrador". Dice José Emilio
Pacheco, a quien también respeto muchísimo, que una novela finalmente es un
chisme, un chisme muy elaborado, muy intelectual, pero es un chisme: estás
contando cosas indiscretas de la vida del prójimo. Yo participo plenamente de
esa idea. Si no te interesa el prójimo, ¿pues de qué vas a escribir?
-El narrador es un voyerista.
-Claro, y yo le añadiría, no sé si existe
el término, que es también un "oyerista": alguien que oye, no sólo
que ve. Él cuenta relatos, es un narrador y por eso se puede permitir juegos
con el yo, puesto que nomás está hablando. Lo que escribe son cosas que le
dijeron, que le contaron. Si te fijas, es un narrador muy dudoso de sus propias
facultades, todo el tiempo está diciendo: "bueno, yo no sé si esto en
realidad ocurrió, fue hace tanto tiempo, pero como a mí me gustaría que hubiera
ocurrido, y es mi libro, pues lo voy a dar por hecho". Desnuda así su
carácter mentiroso y chismoso frente al lector: "créeme o no, yo te lo voy
a poner porque a mí me hubiera gustado que fuera así".
-Llama la atención en tu novela la
crueldad a la que pueden llegar los artistas. ¿Cómo se explica este divorcio
entre ética y estética?
-Es una forma de comprender el arte que yo
no entiendo por qué sigue prosperando, particularmente entre los poetas. Se
sienten mejores que el resto de los hombres, la voz de la tribu, y están por
encima de los demás. El arte no es una ocupación moral. Muchas veces te hace
inmoral. No te hace mejor persona escribir novelas. Te puede hacer peor, porque
estás utilizando la vida propia y la vida ajena para hacer esas novelas. Es lo
que intento reflejar. Yo creo que el arte es amoral, si no inmoral. En París
llegué a conocer a la última esposa de Lawrence Durrell, el autor de El
cuarteto de Alejandría , fundamental para entender Rayuela , que
es casi como una continuación del Cuarteto , a su manera. Bueno, esta
mujer me contó cómo Durrell llegó a utilizarla: la puso casi en bandeja con un
amigo al que invitó cuando ellos vivían en el sur de Francia. Casi la obligó a
acostarse con él porque en una novela que estaba escribiendo había una
situación de triángulo. Experimentó con ella para tener algo de qué escribir.
Yo le digo a mis amigos y conocidos: todo lo que me me digas va a ser utilizado
en tu contra, se convierte en material mío, por supuesto. Me interesa, mucho
más que la bondad, esto de apropiarse de las historias ajenas. Y es lo que les
ocurre a los personajes, que incluso provocan cosas horribles con tal de tener
una historia que contar.
