Piura en el Virreinato
De Reynaldo Moya Espinosa
E-mail : reymoes@hotmail.com
Por Reynaldo MOYA ESPINOSA
EL VIRREINATO
El emperador Carlos V, comprendió que no
podía dejar en manos de los conquistadores el gobierno de las tierras de
América. Fue así como convirtió a México en virreinato, quitándole a Hernán
Cortés en 1539 todo mando civil y dejándolo como capitán general con
limitadísimas atribuciones.
Al conocer el rey la muerte de Francisco
Pizarro ocurrida el 26 de junio de 1541, resolvió hacer del Perú un virreinato.
Esta decisión fue precedida, por la
promulgación de las primeras ordenanzas que se dieron para el buen gobierno de
los territorios conquistados y evitar el abuso que se cometían con los indios.
En abril de 1543 el emperador Carlos V,
nombraba al primer virrey del Perú en la persona de don Blasco Núñez de Vela
Sólo 11 años habían transcurrido desde que
Pizarro había desembarcado en Tumbes.
En ese corto tiempo, no sólo conquistó un
gran imperio, sino que los españole afianzaron su dominio
No obstante las sangrientas guerras
civiles, las ciudades se habían poblado y crecido. Una gran cantidad de
pequeños pueblos habían surgido. Millares de españoles llegaron atraídos por
las riquezas del Perú, no con el ánimo de hacer fortuna y retornar a la
península, sino con el propósito de afincarse definitivamente en las nuevas
tierras. Por eso es que no venían solos, sino que traían a sus familias.
Se iniciaba el sedentarismo, y aún cuando
en modo alguno se había apagado el espíritu aventurero y una gran cantidad de
españoles prefería placidez del hogar a los azares de la guerra. Muchos eran
encomenderos, pero otros no. Los primeros deseaban dedicarse a explotar lo que
consideraban la justa recompensa de su trabajo y mientras se respetase ese
patrimonio tan duramente ganado, estaban dispuestos a vivir tranquilamente.
Los españoles trajeron animales
domésticos, que rápidamente se reprodujeron, así como algunas plantas que se
daban en Europa pero no en estas tierras, y que se aclimataron muy bien; pero
también trajeron ciertas enfermedades que no eran conocidas entre los indios y
esos huéspedes indeseables que son las ratas y que los indios las creían
procedentes del mar, por haber llegado a nado desde los barcos que llegaron a
Paita y al Callao.
Muchas ciudades crecieron rápidamente y
tomaron gran importancia como Lima, Cuzco, Arequipa, Trujillo y Quito; mientras
que la primera fundación, San Miguel, seguía vegetando, no obstante tener
escudo.
Con el nombramiento del virrey, se abre un
nuevo capítulo en la historia del Perú que iba a durar 277 años hasta el
momento en que San Martín proclamó la independencia.
Blasco Núñez de Vela inicia una relación
de 40 personas que tuvieron título de virrey, oficialmente otorgado o cuando
menos reconocido por la corona española, que ejercieron el cargo.
La iniciación del virreinato en el Perú
habría pasado desapercibida para los españoles residentes en estas tierras, si
es que no hubiera recibido Blasco de Núñez de Vela la orden de hacer cumplir
las ordenanzas, que fueron tan mal recibidas en toda América. Eso fue lo que
motivó que el virreinato peruano se iniciara con un mar de sangre
Tan pronto los primeros españoles pusieron
pie en las tierras de América con Cristóbal Colón, se comenzó a abusar de los
indios, no solo despojándolos de sus tierras y riquezas, sino también de su
libertad personal, reduciéndolo a la simple condición de siervo, a ellos y sus
familiares.
Fray Bartolomé de las Casas y otros muchos
sacerdotes, así como hombres de gran sensibilidad denunciaron ante Carlos V
estos abusos. En el Perú, los indios tuvieron ardorosos defensores, que
hicieron conocer al Emperador, la triste condición en que se encontraban.
Fray Tomás de San Martín, uno de los
testigos de la fundación de San Miguel, fue de los primeros que denunció los
abusos de los encomenderos.
Fray Tomás de Berlanga, siendo obispo de
Panamá, fue comisionado por el rey de España para que constate en el Perú, las
denuncias que se hacían sobre los abusos de los encomenderos y conquistadores
en general. El citado religioso llegó al Perú cuando se iniciaban los desacuerdos
entre Pizarro y Almagro. El rey le encomendó entonces que estableciera la línea
divisoria entre los gobernantes de los dos conquistadores, pero no pudo cumplir
la misión por la obstrucción de Pizarro. Berlanga hizo un informe duro pero
veraz de la situación sumamente aflictiva de los indios y del despoblamiento
que se estaba produciendo por su mortandad.
Cuando ya se habían iniciado a redactar
las ordenanzas, llegó a España una nueva denuncia del Bachiller Luis de
Morales, en la que hacía un largo relato de crueldades y abusos, al que llamó
“Memorial”
Carlos V quedó muy impresionado y también
contrariado por esos informes y decidió cortar el mal de raiz y en forma
drástica. Hasta ese momento se carecía de una legislación para los territorios
recién conquistados. Las Ordenanzas o Leyes de Indias fueron promulgadas por
Carlos V el 20 de noviembre de 1542 en Barcelona y el 4 de junio del año
siguiente recibieron adiciones.
Las Ordenanzas comprendían 39 artículos de
los que 15 estaban destinados a asegurar un buen trato a los indios como
súbditos del rey de España con todos los derechos.
Disponían las Ordenanzas que:
Los indios eran personas libres y vasallos
reales
Las Reales Audiencias, debían de vigilar
que se diera buen trato a los indios y cuidar de que se cumplieran las
ordenanzas dadas en su favor.
Por ninguna causa, ya sea por rebelión,
guerra, rescate, etc. se podría reducir a los indios a la esclavitud.
Las personas que tenían indios a su
servicio sin justo título debían de ponerlos en libertad
No se les podía imponer cargas o impuestos
salvo los absolutamente necesarios, ni obligaciones de trabajos excesivas que
pudieran perjudicar su salud y su vida, debiendo el trabajo ser voluntario y
con jornal justo
Se prohibía que los virreyes, los gobernantes,
sus tenientes, oficiales reales, los prelados, monasterios, hospitales,
religiosos, cofradías, casas de moneda, y oficiales de la real hacienda,
tuvieran indios en encomienda. Los que los tuvieran tenían que ponerlos a
disposición de la corona.
Los repartimientos que se consideraban
excesivos, debían ser reducidos
Los encomenderos que dieran mal trato a
los indios, debían ser privados de ellos y lo mismo los que habían participado
en las luchas de Pizarro y Almagro.
En lo sucesivo ni aún los virreyes podrían
encomendar indios y cuando un encomendero muriese, los indios deberían ser
puestos a disposición de la Corona
Los conquistadores que no tuvieran
encomienda debían de recibir una asignación para su mantenimiento proveniente
del tributo que pagaban los indios
Como se puede apreciar, casi la totalidad
de los encomenderos eran candidatos a perder tierras e indios por haber
participado en las guerras civiles o por haber dado mal trato a los indios.
Antes de que el rey de España nombrase al
primer virrey del Perú, se conocieron en el Perú las Ordenanzas y se prepararon
a desacatarlas. Se vivía un ambiente tenso y de gran incertidumbre, y como
sabían que el virrey sería el encargado de hacerlas cumplir, habían decidido
solicitarle que las dejara en suspenso mientras se pedía al rey la modificación
de las mismas. Si el virrey no aceptase, estaban dispuestos ir a la resistencia
armada.
Fue en estas circunstancias poco
propicias, que se produjo el nombramiento de Blasco Núñez de Vela.
Los encomenderos piuranos, participaban
del criterio general: eran hostiles a las Ordenanzas, y los hechos posteriores
justificarían sus temores por que fue por Piura en donde se empezaron a ser
cumplidas
Aún no había llegado el primer virrey al
Perú y ya el emperador Carlos V había organizado el virreinato del Perú
dividiéndolo en 7 audiencias que eran: Panamá, Santa Fe, San Francisco de
Quito, Lima, Charcas, Chile y Buenos Aires. Fue según Real Orden del 1º de
marzo de 1542.
De esta forma desaparecían las
gobernaciones de Nueva Castilla y de Nueva Toledo la causa de la sangrienta
lucha entre los conquistadores Pizarro y Almagro, y del mismo modo quedaba en
la nada la gobernación lograda por Benalcázar. Por último, Panamá que había
jugado papel importante en los tiempos iniciales de la conquista, quedaba en
condición subordinada.
El virreinato de Lima constituía un enorme
territorio que ocupaba la mayor parte de América del Sur. En el lado oriental
del sub-continente sólo existía Brasil que le había tocado a Portugal.
La Audiencia de Quito recién empezó a
funcionar en 1563
Quedaron comprendidos dentro de los
límites de la Audiencia de Quito las zonas de Quito, Cuenca, Zamora,
Valladolid, La Zarza, Loja, Jaén, La Canela, Quijos, Guayaquil y Tumbes; este
último hasta los límites de Paita.
Sin embargo, esta jurisdicción fue
simplemente judicial por que en cuanto a la administración política el Virrey
tenía autoridad directa sobre Tumbes.
Posteriormente se creó el obispado de
Quito, el corregimiento de Piura quedó bajo su jurisdicción hasta 1577 en que
se creó el obispado de Trujillo.
Como se puede apreciar, las áreas
jurisdiccionales de la audiencia de Quito no coincidían con las del obispado.
Fue recién el 27 de mayo de 1717 que por
Real Cédula, se creó el virreinato de Nueva Granada o Santa Fe, que lo
integraron la capitanía general de Venezuela y las audiencias de Nueva Granada,
Panamá y Quito.
Posteriormente veremos como en Julio de
1803, la provincia de Guayaquil es segregada de la audiencia de Quito y pasa a
constituir parte integrante del virreinato del Perú y así estaba hasta el año
1810 cuando las naciones de América española, aplicaron el principio de Uti
possidetis, para la determinación de sus fronteras.
Por lo tanto, Guayaquil al momento de su
independencia iniciada desde las juntas de gobierno de 1806 era parte del Perú
y sólo las intrigas del libertador Bolívar y de Sucre, y la inercia de San
Martín, permitieron su segregación por acto de fuerza, para que fuera a formar
parte de la Gran Colombia.
Cuando Vaca de Castro llegó al Perú
existían dos gobernaciones.
Se ha dicho que por las circunstancias, el
nombramiento de Blasco Núñez de Vela, fue inconveniente dado su carácter, en el
que la terquedad era lo característico.
El criterio es en realidad injusto. El
virrey actuó como actuó, no por terquedad, sino por que tenía instrucciones
personales y directas del propio emperador de proceder en la forma como lo
hizo, aún cuando más tarde el monarca se desdijera.
Para el virreinato del Perú se había
propuesto una terna compuesta por Blasco Núñez, el mariscal Navarra y don
Antonio de Leiva.
Carlos V tenía mucho afecto por Blasco
Núñez y a eso se unía una gran confianza pues había prestado muy grandes servicios
a la corona. Era honrado, valiente y leal; pero al mismo tiempo violento, poco
contemporizador y obstinado hasta los límites de la intolerancia.
Blasco Núñez no quiso aceptar el
nombramiento pero el Emperador lo confirmó en abril de 1543 y nombró a los
miembros de la Real Audiencia de Lima: Cepeda, Tejada, Álvarez y Ortiz de
Zárate. Estos hombres iban a ser elementos de discordia y actuarían con notoria
deslealtad.
Carlos V dio instrucciones precisas a
Blasco Núñez de la forma como debía proceder:
Que revisara las instrucciones que habían
sido dadas a Vaca de Castro, y las que éste no hubiera cumplido, las hiciera
cumplir.
Que trajera al Perú el mayor número
posible de religiosos para que se instruyera a los indios en la fe católica.
Que los indios que estaban en otras
tierras se les restituyera a su lugar de origen.
Que procurase atraerse a Manco Inca,
otorgándole perdón y dándole el mejor tratamiento posible
Por último, le encargó “mostrase severo,
castigador de pecados, para que nadie presumiese que por no hacerlo los
disimulaba o sufría”. Le encargó también mucho celo en hacer cumplir las nuevas
leyes.
Blasco Niñez, como leal servidor del rey y
obediente a su mandato, vino decidido a cumplir con los deseos de su monarca,
para aplicar leyes que consideraba justas. Con eso rubricó su sentencia de
muerte.
EL VIRREY EN PIURA
Blasco de Núñez partió de España el 3 de
noviembre de 1543, con gran séquito que incluía a su hermano, cuñado, a muchos
caballeros, y los cuatro oidores
Con el virrey venía al continente
americano una gran flota que se fraccionó a la altura de las islas Canarias,
habiendo llegado Blasco Núñez al istmo de Panamá, el 10 de enero de 1544
De inmediato y en cumplimiento con lo
dispuesto por el Rey, procedió con exagerada energía. A numerosos españoles
que, portando riquezas adquiridas en el Perú, se dirigían a la Península, se
les embargó bajo el supuesto que fuesen fruto de exacciones cometidas contra
los indios. Por otra parte se enteró de que en Panamá había 300 indios procedentes
del Perú y con la mejor intención dispuso su repatriación, muriendo muchos de
estos infelices en la travesía. El virrey no quiso escuchar a los oidores que
le aconsejaban ser más prudente y bien pronto llegó al Perú la noticia de la
dureza como estaba actuando en Panamá.
El virrey dejó en Panamá a los oidores y
partió al Perú, llegando a Tumbes el 4 de marzo
Mientras tanto, Vaca de Castro había
convocado en el Cuzco a una reunión de notables a los cuales leyó las
Ordenanzas y ante las protestas de los encomenderos, los llamó a la obediencia
y el orden. Descontentos los encomenderos fueron a quejarse ante Gonzalo
Pizarro que estaba en su repartimiento de Charcas y lo incitaron a que
encabezara la protesta y se apoderase del Gobierno como heredero del Conquistador
su hermano Francisco.
El virrey llegó solo a Tumbes, pues los
oidores habían quedado aún en Panamá. Blasco Núñez, llegó a conocer en la
ciudad norteña, que había un criterio ya predispuesto en su contra en todo el
Perú. Para atenuar eso, anunció que no pensaba poner en vigencia algunas
disposiciones, que Vaca de Castro había dejado hacer y que se referían a la
utilización de los indios en el laboreo de las minas.
Desde Tumbes, el virrey principió a dictar
disposiciones, a favor de los indios lo cual indignó a los encomenderos. Entre
los que más encono tenían contra el representante del Rey, estaban los curas
párrocos y sacerdotes en general que utilizaban gran cantidad de indios, ya sea
para su servicio personal, de las parroquias, conventos u hospitales. Se llegó
a decir que el virrey había hecho ajusticiar a un religioso en Tumbes, lo cual
era falso.
Al principio, el virrey, quiso visitar
Guayaquil y Quito, pero optó por posponer esa visita y más bien se dirigió a
San Miguel de Piura.
La entrada de Blasco Núñez a la pequeña
ciudad, fue azarosa. Las mujeres de los españoles salieron a las calles, y
pifiaron, insultaron y amenazaron al representante del rey.
El Virrey trató de mostrarse
contemporizador y convocó a los vecinos a una reunión para explicarles lo que
el Emperador le había encargado, sugiriéndoles que solicitaran la modificación
de las ordenanzas y nominasen delegados o personeros para tal gestión. Como los
vecinos solicitaban que mientras tanto suspendiese la ejecución de las ordenanzas,
les manifestó que no estaba en sus atribuciones hacerlo, por cuanto había
recibido orden directa del rey. Esto rompió las negociaciones.
Pero también los indios habían llegado a
tener conocimiento de las ordenanzas que les favorecían, por cuyo motivo varios
caciques se apersonaron ante el virrey, para denunciar que muchos indios
estaban ilegalmente reducidos a la condición de siervos. El virrey ordenó de
inmediato su libertad, lo cual hizo grande el odio de los encomenderos
piuranos.
Los curacas de la región también acudieron
en queja ante el virrey, pidiendo les reconocieran como propietarios de las
tierras que habían recibido de Vaca de Castro a título oneroso.
Los caciques de Colán, Paita, Catacaos,
Sechura y Santo Domingo, exhibieron documentos, que portaban haber pagado a los
tesoreros de Vaca de Castro, hasta el equivalente a 20,000 pesos, según recibos
que mostraban, por las tierras de los valles del Chira y del Bajo Piura.
Ante esta situación, el virrey expidió una
ordenanza en la misma San Miguel, el 9 de mayo de 1544, por la cual no sólo se
les reconocía a los indios la propiedad de tierras libres dentro de un amplia
área, que por el norte principiaba en Pariñas y por el sur avanzaba hasta
Olmos, sino que además suprimió el pago del tributo de los quintos y de la
mita, hasta que entrasen en vigencia a plenitud las nuevas ordenanzas.
Demás está decir que esto encolerizó
tremendamente a los españoles en Piura, poniéndolos decididamente en su contra.
Jacobo Cruz en “Catac-Caos” relata la
compra de tierras que hicieron los indios a Vaca de Castro.
Partió el virrey hacia Lima por tierra y
en Trujillo, ciudad que había crecido ya grandemente, se hizo tributar
recibimiento oficial y solemne y bajo palio. Era pues una recepción, aunque
obligada, muy diferente a la de Piura. En Trujillo, Blasco Núñez, continuó
poniendo en vigencia las ordenanzas a favor de los indios.
Cada día que transcurría, el virrey se
ganaba más y más poderosos enemigos. En cambio, los beneficiados que eran los
indios, nada hicieron a favor del representante del monarca. Estaban con
espíritu muy decaído, faltos de iniciativa y sin jefes de jerarquía que
lograran juntarlos para que pudieran significar una fuerza capaz de hacer
frente a sus opresores. Éstos tenían el campo libre frente a Blasco Núñez.
En Barranca, cerca de Lima, en la posada
donde el virrey hizo un alto, encontró un letrero que decía: “a quien me
viniera a quitar mi hacienda, quitárele he la vida”. Su autor era el
encomendero Antonio del Solar. En todo el trayecto de Trujillo a Lima, el
virrey encontró hostilidad y le negaron las vituallas. Una comisión que había
partido de Lima para recibir al virrey en Piura y pedirle dejara en suspenso las
ordenanzas, se regresó a la capital a poco de salir, porque recibieron noticias
de las decisiones del virrey. Esa comisión la integraban Juan de Barbarán, el
que sepultó el cadáver de Pizarro; Diego de Agüero, que fuera uno de los
fundadores de San Miguel, el factor Illen Suárez de Carvajal, Lorenzo
Estupiñán, Pablo Meneses, Hernán Vargas, el dominico fray Egidio y otros más.
Al virrey contaron en Barranca que Suárez de Carvajal había proferido insultos
y amenazas en su contra. Desde ese momento le tuvo ojeriza y eso iba a terminar
en tragedia para ambos.
El virrey hizo su ingreso a Lima el 17 de
mayo de 1544 con gran pompa. Los oidores con sus familiares llegaron por tierra
el 1º de julio. Durante el recorrido desde Tumbes habían recibido quejas de los
españoles avecindados en las diversas ciudades, contra el virrey y ellos habían
ofrecido ponerles remedio. En Lima las relaciones entre el virrey y los oidores
fueron tirantes.
Despertada la ambición de Gonzalo Pizarro,
marchó desde Charcas al Cuzco al cual encontró revolucionado contra el virrey.
Prácticamente todo el sur se le plegó. Cuando el virrey entraba a Lima, Gonzalo
Pizarro contaba ya con poderosas fuerzas, y se proclamó capitán general del
Perú, desconociendo la autoridad del virrey.
Mientras tanto en Lima el virrey cometía
una serie de errores y arbitrariedades que lo mal quistaron con todos. Puso en
prisión a Vaca de Castro del cual desconfiaba, y rompió definitivamente con la
mayoría de los oidores, que resultaron ser gente desleal y alborotadora
Un gran contingente de vecinos y soldados
de Lima, desertaban de noche y se iban a unir con las tropas de Gonzalo
Pizarro. El 13 de septiembre el virrey mandó a llamar a Illán Suárez de
Carvajal, y lo acusó de instigar las deserciones. Tras la discusión, el virrey
sacó su daga y dio muerte a Suárez de Carvajal. Esto precipitó los hechos. Los
oidores en franca rebelión convocaron a un cabildo abierto y se decidió la
captura del virrey y su remisión a España. El 24 de septiembre partía el virrey
rumbo a Panamá bajo la custodia del oidor Álvarez. La Audiencia trató de asumir
el poder, Francisco de Carvajal que era maestre de campo de los ejércitos de
Pizarro lanzó un ultimátum para que Lima se pusiera a las órdenes del rebelde.
Fue así como el 28 de octubre de 1544, Gonzalo Pizarro hacía su ingreso a la
Ciudad de los Reyes con gran pompa y un ejército bien armado de 1,200 hombres.
Cuatro años después este caudillo sería ajusticiado luego de ser abandonado por
todos los que le rodeaban en su triunfal ingreso a Lima.
Las traiciones y deslealtades, que fueron
muy comunes en las luchas de Pizarro con Almagro, volvieron a aparecer. Nadie
estaba seguro de nadie.
A poco de zarpar hacia el norte, el oidor
Álvarez que llevaba detenido al virrey cambió de parecer y se puso a órdenes de
su prisionero, enrumbando la nave que los transportaba hacia Tumbes. En el
camino se encontraron con otra embarcación que era comandada por el capitán
Álvarez Cueto, adicto al virrey y por el hermano de éste, Núñez Vela.
El barco llegó hasta Paita, en donde había
dos barcos comandados por Juan Ruiz y por Rodrigo Ponce de León, que también se
pusieron a sus órdenes, avanzando hasta Tumbes y desembarcando aquí, donde fue
bien recibido
Blasco Núñez instaló su gobierno en
Tumbes, y con el oidor Juan Álvarez, reinstaló en ese lugar la Real Audiencia.
Así, aunque por breve período, Tumbes llegó a ser capital del virreinato.
El anciano virrey desplegó gran actividad
y envió despachos a diversas ciudades del norte del país, solicitando refuerzos
y obediencia al rey. El llamamiento fue oído y bien pronto la ciudad se llenó
de soldados. De quito llegaron 10 con el estandarte real. De San Miguel de
Piura, con un grupo de soldados llegaron Alonso Sotomayor y Gómez de Estacio.
Montemayor había sido un capitán que durante el tiempo de permanencia del
virrey en Lima había permanecido fiel al representante del rey y cuando, Blasco
Núñez fue confinado en un barco en el Callao antes de ser remitido al Norte,
intentó dar un golpe de mano contra el rebelde oidor Cepeda. Descubierto el
complot tuvo que huir para salvar la vida. De Puerto Viejo, el corregidor
Hernando Santillana remitió gruesa suma de dinero y 25 soldados al mando de
Bartolomé Pérez.
El virrey pensaba marchar sobre San Miguel
para hacerla centro de sus operaciones, pero en esos momentos apareció en la
costa de Tumbes la flotilla de Hernando de Bachicao, que había sido enviado por
Gonzalo Pizarro, con órdenes de apoderarse del virrey en Tumbes. Era éste un
hombre ambicioso, interesado y sanguinario, al cual acompañó la suerte en la
navegación, pues desde la salida del Callao, pudo capturar algunos barcos y al
llegar a Tumbes, se apoderó del barco que obedecía al virrey. Días antes Blasco
de Núñez de Vela había enviado a España para informar al rey de todos los
sucesos, a su pariente el capitán Diego Álvarez Cueto y a Juan de Guzmán.
El virrey estableció su campamento a ocas
leguas del norte de Tumbes, con 150 hombres. Bochicao tuvo noticia de esta
fuerza y no se atrevió a desembarcar, siguiendo rumbo a Panamá. En cambio el
virrey, fue mal informado y creyó que la fuerza de Bochicao era apreciable y
como también supo también que otro ejército avanzaba de Lima a Piura, temió ser
encerrado en un movimiento envolvente y se replegó a Quito.
Bochicao llegó a Panamá y se apoderó a la
ciudad, imponiendo un régimen de terror. Era marzo de 1545.
En Quito el virrey fue bien recibido. Uno
de los primeros capitanes que primero llegó al llamamiento del virrey fue el
alcalde de Pasto, Hernández de Girón, que además aportó una regular cantidad de
soldados. Más le hubiera valido no salir de Pasto, porque años más tarde
tendría trágico fin en el Perú. Junto con Blasco de Núñez viajó el tesorero de
Piura, Alfonso Rangel, en cuyo poder estaban 1’200,000 ducados que
correspondían al quinto del Rey, provenientes de las minas
El virrey nombró como teniente general de
su ejército a su hermano Núñez Vela y como maestre de campo a Rodrigo Ocampo,
hombre que más tarde lo iba a traicionar. Tenían el comando de fuerzas, los
capitanes Diego Ocampo, sobrino de Rodrigo, el fiel Alonso Montemayor,
Francisco Hernández de Girón, Juan Pérez de Vergara y los capitanes Jerónimo La
Serna, Blas Saavedra y Gaspar Gil.
El virrey desde Quito escribió a Sebastián
Benalcazar y a Pascual de Andagoya que se encontraba en Popayán. Fue Andagoya,
el español que primero intentó la conquista del Perú.}
Estando en Quito, supo el virrey que
Bochicao se encontraba en Panamá y que de Lima había partido hacia Piura una
fuerza mandada por Jerónimo de Villegas, Gonzalo Días de Pineda y Hernando de
Alvarado. No era en realidad todo un ejército, como al principio había supuesto,
sino un grupo de sólo 25 soldados, pero que seguramente se iba a ir engrosando
en el camino.
El virrey supo también que desde Jaén y
Bracamoros, se dirigía hacia Ayabaca el capitán Juan Díaz de Pereyra con 40
soldados fieles.
Bien pronto el departamento de Piura se
convirtió en el escenario violento de las luchas entre el virrey y las fuerzas
sublevadas de Gonzalo Pizarro
Blasco Núñez de Vela, decidió marchar
hacia San Miguel de Piura, tanto para unirse a las fuerzas del capitán Pereyra
como para oponerse al avance de Villegas. Por otra parte en Cajamarca, Melchor
Verdugo encomendero de ese lugar se había levantado a favor del virrey y se
proponía tomar Trujillo. En esta ciudad se encontraba el capitán Diego de Mora,
hombre riquísimo, encomendero de Chicama que había hecho conocer su fidelidad a
Gonzalo Pizarro. Era el capitán Mora un hombre siempre dispuesto a estar con el
sol que alumbra para salvar su inmensa fortuna, lo cual al final logró
asegurar.
Jerónimo de Villegas, afianzó a Mora en
Trujillo y engrosó sus tropas con las que siguió hacia San Miguel de Piura, a
donde llegaron con 80 hombres.
Mientras tanto el virrey, salía de Quito
el 4 de marzo de 1545 y por la vía de Riobamba se dirigía hacia Piura, con el
ánimo de unirse a Pereyra y batir a Villegas. Este retrocede entonces hacia
Collique.
Las fuerzas pizarristas cortaron la
retirada d Díaz de Pereyra, lo derrotaron y le dieron muerte, lo mismo que a su
segundo capitán Heredia y a otros dos oficiales más. Los 60 hombres que traían
los incorporaron a su tropa.
Mientras tanto, San Miguel de Piura, que
también mostraba gran volubilidad política, se había declarado a favor de
Gonzalo Pizarro, después de la salida de Montemayor. El virrey llegó a Piura
con 150 jinetes y de inmediato y de inmediato salió tras de Villegas.
Estando en Ayabaca, el virrey supo de la
derrota de Pereyra. Uno de sus capitanes le aconsejaron que en San Miguel
castigara a su cabildo por su deslealtad, pero optó mas bien por perseguir a
Villegas y a Díaz Pineda. Cinco soldados de éste desertaron y fueron a avisar
al virrey donde se encontraban los pizarristas. Reemprendió la marcha el
anciano Blanco Núñez y en Colliquén sorprendió a Villegas derrotándolo. Los
tres capitanes se internaron en la selva y Villegas murió en manos de los
indios salvajes, mientras que Díaz Pineda y Alvarado perecieron al comer yerbas
que ignoraban eran venenosas. Había sido Gonzalo Díaz de Pineda uno de los
testigos de la fundación de San Miguel y había intervenido en la famosa
expedición a El Dorado. Debe de criticársele de que habiéndose ofrecido al
virrey cuando éste llegó a Lima, logró el mando de tropa para incursionar sobre
Huanuco, pero en el trayecto se rebeló plegándose a Gonzalo Pizarro.
Luego del triunfo de Colliquén, el virrey
celebró una reunión con sus oficiales y les expuso, su contrariedad por las
desavenencias que existían entre ellos y que había resuelto embarcarse rumbo a
España, para hacer conocer de que modo era servido el rey en el Perú. Era nada
menos que Rodrigo de Ocampo, su maestre de campo el que fomentaba tales
problemas, por su conducta sospechosa de deslealtad. Ocampo había solicitado
poco antes al virrey que premiara sus servicios con condecoraciones y
encomiendas ante lo cual el virrey con mucha dignidad le respondió: “estoy en
muy apretada situación, pero yo no compro a mis soldados, sino los escojo”.
Era el capitán Hernández Girón de los que
más desconfiaba del proceder de Ocampo, habiendo recibido del virrey la misión
de controlarlo. Fue por esta razón que Francisco Hernández Girón haciendo uso
de la palabra, pidió que al capitán que faltase a su deber o no fuera
obediente, se le cortase la cabeza.
El virrey decidió entonces tomar San
Miguel, y sus capitanes le aconsejaron que lo hiciera por sorpresa. Prefirió
sin embargo mandar unos emisarios haciendo conocer que iba hacia la ciudad. La
misión fue encomendada a Juan Delgadillo, el alférez real, hombre leal a toda
prueba. Tal actitud permitió que los pizarristas fugaran. Blasco Núñez autorizó
que sus soldados saquearan las propiedades de los prófugos.
Mandó hacer un sello real y con el oidor
Álvarez, instaló la Real Audiencia en San Miguel y despachó como lo había hecho
en Lima. El otro sello real se había quedado en Lima y se encontraba en poder
de Gonzalo Pizarro. Algunos pizarristas desde zonas del interior de Piura,
cometían actos de sabotaje contra las fuerzas del virrey, Hubo uno, llamado
Miguel Ibáñez que arrojó una gran cantidad de trigo a los jaguayes. El
mencionado vizcaíno fue sometido a juicio y ajusticiado en San Miguel de Piura.
Desde Piura se envió sobre Saña una fuerza
la cual tuvo que regresarse porque se supo que Gonzalo Pizarro había salido de
Lima y estaba próximo a Trujillo. Era en esa época Saña una ciudad que había
logrado prosperar más que Piura y en poco tiempo se convertiría en una de las
principales del Perú, hasta que fue destruida por el desborde de su río.
Cuando Gonzalo Pizarro envió a Villegas y
Díaz Pinedo al norte, decidió de inmediato reunir gente para iniciar
personalmente la ofensiva contra el virrey. Fue así como dispuso que dos
ejércitos salieran de Lima, uno por tierra a las órdenes de Francisco de
Carvajal, el famoso Demonio de los Andes, y otro por mar en dos navíos a las
órdenes del mismo Gonzalo Pizarro con 150 soldados. Con él iba el oidor Cepeda.
El anciano oidor Ortiz de Zárate, completamente achacoso, quedó en Lima. De
esta forma, la real audiencia quedó desecha, ya que anteriormente Lisón de
Tejada había sido enviado por Pizarro a España. Hay que manifestar sin embargo
que el rey había autorizado a Blasco Núñez a formar audiencia aunque sea con un
solo oidor, y eso es lo que había venido haciendo con el oidor Juan Álvarez en
Piura.
Gonzalo Pizarro desembarcó con sus tropas
en Santa y por tierra marchó a Trujillo. Ahí juntó sus fuerzas con las de
Carvajal y juntos salieron hacia Collique (Chiclayo) en donde pasaron revista
al ejército que ya contaba con 600 hombres..
Pizarro desde ese lugar, envió
instrucciones a Rodrigo Ocampo, el traidor maestre de campo del virrey, para
que en el mismo San Miguel diera muerte a Blasco Núñez.
Entre Jayanca y Motupe, se encontraba una
tropilla realista al mando de Juan Velásquez Vela Núñez, la que al saber de la
proximidad de las fuerzas de Gonzalo Pizarro se retiró rápidamente hacia Piura
y dio cuenta al virrey.
Hernando de Bochicao que había tomado
Panamá, cometió una gran cantidad de crímenes y robos, por lo que la población
quedó predispuesta en contra de Pizarro. Se tramó una conspiración para
asesinar a este indigno hombre y entre los comprometidos estaba Bartolomé
Pérez, el marino que había capturado en Tumbes y que en Paita se plegó a Blasco
Núñez. Descubierto el complot, hizo dar muerte a varios entre ellos a Pérez.
Cuando Gonzalo Pizarro salía de Trujillo,
lo mismo hacía Bochicao de Panamá. Retornaba con una flota de 26 barcos de todo
tamaño, cargado de riquezas, producto de hurtos y con 400 hombres.
Al llegar a Tumbes, pensó en desembarcar
para atacar y saquear Quito y cortar también la retirada al virrey que supo
estaba en Piura. El virrey trató de ganarse a Bochicao, pero este rechazó la
oferta. Fue uno de los pocos actos de lealtad que mostró este feroz individuo.
Blasco Núñez de Vela, en algún momento
pensó en atrincherarse en Piura, pero ante el riesgo de ser cercado entre las
fuerzas de Bochicao y de Gonzalo Pizarro optó por retroceder hasta Quito en
donde podía recibir ayuda de Benalcazar.
A Piura había llegado un soldado portugués
apellidado Oliveira el cual se decía desertor de las tropas de Pizarro. Pero el
virrey sospechó que se trataba de un espía por cuyo motivo dispuso que Rodrigo
de Ocampo lo redujera a prisión y le aplicara tormento para hacerlo hablar. No
acató el maestre de campo la orden y esto aumento la sospecha del virrey de la
complicidad de Ocampo. Por el momento disimuló la desobediencia y dispuso la
vigilancia del capitán Jerónimo La Serna que también se había mostrado muy
sospechoso.
Cuando el virrey decidió evacuar San
Miguel de Piura y retirarse a Cajas para de ahí pasar a Ayabaca y Quito. Ya los
ejércitos de Pizarro estaban muy próximos.
Estando Gonzalo Pizarro en Motupe, dividió
sus fuerzas en dos grupos. Una menor al mando del capitán Juan de Acosta, debía
de seguir por la costa y tomar Piura que había sido abandonada por el virrey,
mientras que la fuerza principal mandada por Pizarro se dirigía a Serrán para
de ahí internarse por las serranías en persecución de Blasco Núñez de Vela.
Con relación al avance de Gonzalo Pizarro
sobre Piura, el Inca Gracilazo de la Vega dice lo siguiente:
“Cuando Pizarro en aquella provincia de
Collique y en sus comarcas, hizo gran diligencia para recoger muchos
bastimentos y cosas necesarias para su ejército, especialmente porque había de
pasar por un despoblado de más de 20 leguas de largo, que en todas ellas no hay
agua ni refrigerio alguno, sino mucho calor. Para impedir el peligro tan
evidente, hizo gran diligencia en que se proveyese de agua para el camino.
Mandó a todos los indios comarcanos que trajesen gran cantidad de cántaros y
tinajas; dejando allí todas las cargas de la gente de guerra, de vestidos,
ropas y camas, que no les eran necesarias, proveyó que los indios que habían de
llevar aquellas cargas fuesen cargados de agua para el bastimento de aquel
despoblado, así para los caballos y otras bestias, como para sus personas.
Cargaron los indios y se pusieron todos a
la ligera, sin llevar ningún servicio, porque el agua que no les faltaron, y
puestos así a punto enviaron delante veinticinco de a caballo por el camino
ordinario.”
Hasta aquí el relato del Inca Garcilaso de
la Vega.
Como se puede apreciar, una vez más los
indios, completamente subyugados, son utilizados sin miramiento de ninguna
clase, como bestias de carga.
Cuando el virrey dejó Piura, algunos
soldados y oficiales no quisieron seguirlo. Los pizarristas tomaron a varios
prisioneros y Carvajal dispuso fueran ahorcados. Si embargo el contador Alonso
Rangel logró librarse del suplicio entregándole al Demonio de los Andes una
buena cantidad de oro y de plata. El feroz capitán pizarrista era muy venal y
lo único que lo ablandaba era el dinero.
Gonzalo Pizarro entregó el mando de su
vanguardia a Carvajal para que diera caza al virrey.
La traición de Rodrigo Ocampo se hacía
cada vez más notoria y eso lo notó el virrey
En Cajas desertaron de las filas realistas
los capitanes Jerónimo Castilla y Lope de Urrea. Muy diferente fue la actitud
del capitán Cristóbal de Mosquera que solicitó permiso del virrey para dejar
sus filas pretextando que tenía urgencia de ir a ver a su hermano que estaba
gravemente enfermo. El capitán Jerónimo de La Serna, creyendo que Mosquera iba
a reunirse con Pizarro, le encargó que lograse para él, perdón de Gonzalo a fin
de pasarse a sus filas. El capitán Mosquera se decidió al fin, confesar a
Francisco Hernández de Girón todo el complot existente, para traicionar al
virrey y aún matarlo.
Mientras tanto Rodrigo Ocampo propuso al
virrey entrar en tratos con Gonzalo Pizarro, ofrecerle una buena suma y
persuadirlo que se fuera a España. El virrey aparentó aceptar el plan para
darse un respiro en el acoso a que se veía sometido por las tropas de Pizarro,
pero sin confiar en el éxito del plan y más bien aumentó sus sospechas contra
Ocampo. Se nombró entonces una comisión para entrevistar a Pizarro, la misma
que fue interceptada por Carvajal, que procedió a colgar a todos de un árbol.
El virrey, considerando que muchos de sus
soldados no resistían la agitada campaña en la sierra de Ayabaca, los fue
licenciando y sólo se quedó con un puñado de 80 hombres. En forma muy extraña,
Carvajal, a medida que avanzaba, hacía tocar sus clarines, lo que advertido por
el virrey, hacía que éste apurase la marcha.
En Ayabaca, Carvajal apresó a Antonio
Carrillo, que logró la libertad pagando fuerte suma. Con el correr de los años,
este Carrillo incitó a rebelarse a Hernández de Girón. Carvajal en su avance
capturaba a los rezagados del virrey y a todos les dio muerte. Entre ellos
estaban, un tal Montoya vecino principal de San Miguel; Rafael Vela, un
Balcázar y un vecino principal de Puerto Viejo apellidado Briceño. Gonzalo
Pizarro quedó muy disgustado de la forma como Carvajal conducía la vanguardia y
lo reemplazó por Benito Suárez de Carvajal, al cual se juntó Juan de Acosta con
60 hombres de a caballo
El virrey hizo seguir proceso sumario por
traición a los capitanes Jerónimo de La Serna y Gaspar Gil, siendo ejecutados.
Al fin el virrey logró distanciarse de sus perseguidores y llegó a Tumibamba,
en donde permaneció dos días, reuniendo a los grupos dispersos de sus soldados.
En esta ciudad dispuso que su oidor Juan Álvarez abriera juicio contra Rodrigo
y Diego Ocampo, siendo ambos sentenciados a muerte. A maestre de campo se le
dio garrote, pero a Diego se le perdonó la vida ya que juró ser fiel en lo
sucesivo al virrey
Antes de internarse en el territorio de
Quito, Gonzalo Pizarro reunió a sus capitanes para tomar consejo. Diego de
Maldonado, fue de opinión de que se sometieran a la obediencia del rey, lo cual
irritó a Pizarro y Carvajal y se le mandó a callar. Maldonado era uno de los
que huyó del Cuzco cuando Blasco Núñez de Vela arribó a Lima, puesto que no
quería seguir a Pizarro. Cuando posteriormente Pizarro ingresó a Lima, Carvajal
persiguió a Maldonado con una soga para ahorcarlo por traidor, librándose de
morir por las influencias que tenía el perseguido. Lo mismo sucedió con Benito
Suárez de Carvajal a quien ya Carvajal había puesto la soga al cuello.
Por la noche apareció en la casa de
Gonzalo Pizarro, una carta anónima, en que le dan consejos, en forma tal que le
causó tremendo desagrado. Las sospechas lógicamente recayeron lógicamente en
Maldonado, el cual fue puesto en tormento por Carvajal sin lograr que
confesara. Bochicao en cambio sospechaba del licenciado Rodrigo Niño, el cual
fue acorralado por varios españoles puñal en mano, terminado por confesar ser
el autor. Gonzalo Pizarro pidió disculpas a Maldonado y desterró a Niño.
Gómez de Estacio, uno de los que se unió
al virrey cuando desembarcó en Tumbes, apareció en Quito y dijo que era
perseguido por Bochicao que marchaba también rumbo a esa ciudad. Pretendió
entonces que se pusiera a sus órdenes las fuerzas leales que había en esa
ciudad pero el alcalde Diego Torres se negó a ello. Mientras tanto el virrey
había tomado conocimiento de las pretensiones de Estancio y sabiendo que
pensaba sustraer las fuerzas de Quito para ponerlas a disposición de Pizarro,
ordenó que se adelantara el capitán Francisco Hernández Girón y lo
neutralizara, lo que así hizo. Cuando Blasco Núñez llegó a Quito sometió a
Estancio a consejo de guerra y lo condenó a muerte, lo mismo que a Álvaro
Carvajal y otro oficial de apellido Ojeda.
En Quito, el virrey volvió a pedir
asistencia a Benalcazar, el cual le envió al valiente capitán Juan Cabrera con
un contingente de soldados. El virrey siguió avanzando hasta Popayán, pero
Benalcazar no podía darle mayor ayuda por estar comprometido a una guerra a
muerte con irreductibles indios salvajes. A poco de salir Blasco Núñez de Vela
a Quito, la ciudad fue ocupada por las huestes de Gonzalo Pizarro que en
conjunto sumaban 700 hombres
El virrey sólo contaba con 400 hombres y
nombró como maestre de campo al capitán Juan de Cabrera. Luego mandó ahorcar a
Oliveira ya que se le llegó a comprobar que tenía intención de asesinar al
virrey.
Pizarro en determinado momento avanzó con
su ejército hacia el norte para seguir persiguiendo al virrey pero consideró
que era más prudente permanecer en Quito y retornó a la ciudad.
En esos días supo Pizarro que el capitán
Diego Centeno se había sublevado al sur del Perú y dispuso que Francisco
Carvajal partiese para combatirlo. Este tomó sólo 12 hombres de su entera
confianza y partió al Perú en octubre de 1545.
Un tránsfuga del ejército se presentó a Pizarro
con la clave secreta que utilizaba Blasco Núñez en sus comunicaciones. Pizarro
recurrió a un ardid, hizo creer mediante la clave de que partía al Perú para
combatir a Centeno y que en Quito sólo quedarían Puelles con 300 hombres. El
virrey cayó en la trampa
El 1º de enero de 1546 salió el virrey de
Pasto rumbo a Quito, con 400 soldados, mientras que Pizarro contaba con doble
fuerza y había salido de la ciudad para esperarlo en una zona inexpugnable. Sin
embargo, el virrey con hábiles maniobras logró penetrar a la ciudad, que estaba
desierta y empobrecida. Tanto Benalcazar como el virrey comprendieron que su
casa estaba perdida, por cuyo motivo aquel propuso entrar en tratos con
Pizarro. El virrey no aceptó la propuesta manifestando que con traidores ni hay
palabra, ni la guardan y que si el rey lo había hecho caballero, tenía que
pelear como tal y así servir a su Dios y a su rey.
Un sacerdote, Jacobo Ricke, aconsejó al
virrey refugiarse en su convento de Quito y disponer que Benalcázar con las
tropas se retirase hacia Popayán, pero el valeroso anciano, no obstante que
sabía que no tenía ninguna esperanza de triunfo, prefirió luchar. Fue así como
las mismas tropas reales iniciaron el ataque. Aún dada la desproporción
numérica, de ánimo y abastecimiento, la batalla duró más tiempo de lo previsto.
Murieron en la acción 50 realistas y 20 pizarristas, pero éstos después de la
batalla mataron a 70 más, en una acción sin nombre.
El viejo virrey luchó como bravo y vendió
cara su vida. Varios pizarristas cayeron bajo el golpe de su espada, entre
otros el capitán Alonso Montalvo. El virrey cayó cuando recibió un golpe de
hacha que le dio Hernando Torres de Arequipa. Blasco Núñez ya había roto su
lanza. Se encontraba mal herido y estaba confesándose con el sacerdote
Francisco Herrera, cuando se le acercó Benito Suárez de Carvajal, hermano de
Illán matado en Lima por el Virrey. El capitán Benito había estado buscando a
Blasco Núñez por todo el campo de batalla entre los caídos. El vengativo español
iba a darle muerte con su propia mano, pero como se le afeara ese cobarde
comportamiento con un caído, ordenó a un esclavo morisco que tenía a su
servicio que le cortase la cabeza. Así eliminaban sin escrúpulos antiguamente,
obligando hacer a los esclavos lo que suponían no era digno hacerlo por sí
mismo. A la cabeza cercenada le fue taladrado el labio inferior por donde le
pasaron una cuerda, que arrastró Suárez de Carvajal, mientras el esclavo
pregonaba, que así se había hecho justicia con un traidor. ¡Así de errado era
el concepto de lealtad!
La cabeza del virrey fue luego puesto en
la picota en Quito. Este salvaje e indigno proceder fue desaprobado por Gonzalo
Pizarro, que ordenó se juntaran los restos y se le tributaran honras fúnebres
como correspondía a su alta investidura. Hubo también un cobarde capitán
pizarrista, Juan de la Torre que arrancó las barbas de la cabeza del virrey y
con ellas se hizo un penacho para su gorra. Como se puede apreciar, nada tenían
que criticar estos representantes de un mundo que se suponía civilizado, cuando
simulaban escandalizarse porque los indios, hacían tambores con la piel de sus
vencidos.
Este capitán Juan de la Torre y Villegas
llamado el madrileño, era un sujeto ruin, malvado y felón. Con anterioridad
había traicionado al pariente del virrey, el capitán Vela Núñez del que era su
amigo, cuando un año antes había estado en Lima. Su vida fue una sucesión de
ruindades, hasta que la Gasca, lo apresó en la acción de Jaquijaguana y lo hizo
ahorcar en el Cuzco. Este Juan de la Torre, no es el mismo, que tuvo por sobre
nombre “el viejo” y que fuera uno de los 13 del Gallo, a quien Francisco
Pizarro castigó en San Miguel por injustificadas sospechas y posteriormente fue
siempre fiel al rey. Tampoco tiene que ver el “madrileño” con Juan de la Torre
“el mozo” que por participar en la rebelión de Hernández de Girón fue
ajusticiado después.
Antes de la batalla de Iñaquito desertaron
de las filas del virrey, el incorregible Diego Ocampo y los desleales capitanes
Bazas, Ahumada, Cepeda, Luis Vargas y otros
Murieron en el campo de batalla
defendiendo la causa del rey, el leal capitán Juan de Cabrera, lo mismo que
Sancho Sánchez Dávila y los capitanes Zamudio, Gallegos y Seguro.
Resultaron heridos el oidor Álvarez, que
no obstante su edad y achaques luchó como todo un valiente, así como Sebastián
de Benalcázar, Montemayor, Hernández Girón, Campomanes, Delgadillo, García
Torres, Gaspar Mejía, Ballón, Diego de Torres y otros.
El indigno y cobarde oidor Cepeda, hizo
ahogar a su colega Juan Álvarez. Los capitanes Heredia, Antón y Bello fueron
ahorcados por orden de Pizarro. Los capitanes Diego de Torres, Tapia, Sancho de
Carrera y Sarmiento que se habían refugiado en un templo de Quito, fueron
extraídos de él y ahorcados.
Parece que el capitán Diego de Torres
estuvo en la fundación de San Miguel y permaneció en esa ciudad, pues no se
encuentra en la relación del reparto en Cajamarca..
El hecho es que acompañó a Benalcázar
cuando éste marchó sobre Quito y en 1539 Torres fue nombrado teniente
gobernador de San Francisco de Quito, donde recibió también una encomienda.
Durante su permanencia en San Miguel, el
capitán Torres había sido regidor y tenido un hijo que fue el capitán Juan
Torres de Calderón, tesorero de la Santa Cruzada de Trujillo.
Diego de Torres fue destituido de su cargo
en Quito, por Lorenzo Aldana, partidario de Gonzalo Pizarro, pero
posteriormente fue nombrado alcalde de la ciudad, cargo en que lo sorprendió la
llegada del virrey fugitivo, al cual dio recibimiento y apoyó como leal súbdito
del rey. Tomó parte en la batalla de Iñaquito y después de la derrota se
refugió con otros capitanes en el sagrario de la catedral de donde lo sacaron
los partidarios de Gonzalo Pizarro, sin respetar los fueros de la Iglesia como
santo lugar de asilo.
Su hijo el capitán Juan de Torres y
Calderón fue principal vecino de Trujillo. Entre sus descendientes están los
Ramírez Loredo y el conde de San Javier
La acción de Iñaquito se realizó el 18 de
enero de 1546
Leer otros capitulos : http://piuraenelvirreinato.blogspot.com/
AUTOR: Reynaldo Moya Espinosa Nació en
Paita el año 1920, casado con doña Alicia Estrada Távara con la que tuvo los
siguientes hijos: Gustavo, Ana Consuelo (fallecida), María Alicia, María Lucía
Patricia y María Virginia, hizo sus estudios en el colegio Salesiano de Piura,
se graduó de Contador Público en la Universidad de Trujillo, cursó estudios
completos de Doctorado en Ciencias Comerciales. En la Universidad Mayor de San
Marcos se tituló como periodista profesional, entre sus principales obras se
encuentra la "Breve Historia de Piura", "Historia Prehispánica
de la Región Grau", "Diccionario Biográfico Regional",
"Miguel Grau el Hombre del Milenio" y muchísimas obras más,
imposibles de nombrar a todas. Excelente profesor de muchos colegios, fundador
del Colegio Las Capullanas, de la Escuela Normal Mixta, del Instituto Nacional
de Comercio de GUE Salaverry. Fundador del Colegio de Contadores Públicos de Piura.
Director y fundador del Diario El Norte de Sullana. Editorialista del Diario
Correo de Piura. Trabajó muchos años en la Municipalidad de Sullana como Jefe
de Presupuesto y Planificación y siempre estuvo impulsando el desarrollo de la
Provincia de Sullana desde el año 1950.
