Dos prosas inéditas
Por Ricardo SENABRE
Pedro Salinas
Edición de Natalia Vara Ferrero . Devenir.
Madrid, 2011. 109 páginas, 15 euros.
El afortunado rescate de este par de textos
compuestos por Pedro Salinas hace 60 años como desahogo los convierte ahora en
valioso testimonio de nuestro pasado.
En una de sus infinitas y agudas greguerías, Ramón Gómez de la Serna apuntaba que el único defecto de las enciclopedias radica en que padecen apendicitis: necesitan sin cesar, en efecto, apéndices, suplementos y ampliaciones que las actualicen y pongan al día, porque lo escrito queda pronto superado por nuevos acontecimientos y personajes que deben incorporarse sin dilación a estas obras de consulta. De las llamadas obras completas podría decirse algo parecido, incluso cuando se trata de escritores recientes. Una vez reunidas y publicadas, siempre aparecen textos no descubiertos o no compilados, que a veces son borradores o esbozos de poca importancia, pero otras contienen obras que el autor no quiso o no pudo dar a conocer y nos ayudan a poner su obra en limpio y a completar su perfil. Pedro Salinas no es una excepción. Aún quedan por recoger algunos de sus originales, que se encuentran en los archivos del autor custodiados en la biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard.
En este volumen, Natalia Vara Ferrero
publica dos textos de ese depósito, de 1938 y 1946, que se conservan con
distintas fases de redacción, escogiendo las versiones más completas y
eliminando anotaciones del autor encaminadas a esclarecer algunas alusiones y
correspondencias entre el texto y ciertos sucesos coetáneos. Porque nos
hallamos ante ejemplos cabales de literatura satírica y combativa, de la que
antaño se llamó “comprometida”, necesarios para completar nuestro conocimiento
de esa faceta burlesca del autor que ahora, gracias a la publicación de algunos
originales no recogidos en vida por Salinas, se amplía considerablemente. Se
trata de dos memorables obras cortas en prosa, tituladas A la sombra del
paraguas en flor y Los cuatro grandes mayúsculos y la doncella
Tibérica. El primero de ellos lleva como subtítulo “Desvarío en clave de ira”,
y el segundo “Cuento infantil con una víctima al fondo”.
Los subtítulos sugieren ya la modalidad genérica en que ambas obras se inscriben. El segundo es un texto narrativo, mientras que el “desvarío” de A la sombra del paraguas en flor responde al tipo de discurso que nuestros clásicos denominaron “vejamen”, sátira presente como capítulo obligado y ritual en muchas academias literarias del Siglo de Oro y cuyo espíritu revive, transfigurado y modernizado, en algunos mordaces artículos de Larra. A la sombra del paraguas en florconstituye una diatriba feroz, repleta de pullas hirientes y sarcásticas, contra Neville Chamberlain, primer ministro británico que promovió en septiembre de 1938 el llamado “pacto de Munich” con los jefes de gobierno de Italia, Francia y Alemania, en el que se aceptó la ocupación alemana de Austria y se forzó a Checoslovaquia para que accediese a las pretensiones de Hitler sobre la zona fronteriza del país. Esta política de apaciguamiento (appeasement) de Chamberlain no sólo abrió la puerta al expansionismo hitleriano, sino que destruyó las esperanzas que los republicanos españoles habían puesto en la ayuda de las democracias occidentales, que, según ellos, tendrían que haber valorado la lucha contra el fascismo en la Península.
Los exiliados -y, entre ellos, Salinas- vieron desvanecerse sus esperanzas de una rápida vuelta a España, y se consideró a Chamberlain el principal responsable de la situación. Inspirado en la silueta del político británico -al que Salinas había dedicado ya algún demoledor soneto burlesco no incorporado a los libros del autor-, visto siempre en compañía de su inseparable paraguas, el poeta compone uno de los retratos más destructivos con que cuenta la literatura española. Son innumerables los dicterios que adornan al personaje vapuleado: “viajante de comercio de […] la concepción totalitaria hitlermussolinesca del mundo y sus subproductos”, “fatídica estantigua”, “reencarnación de Salomé”, “garduña”, “Judas itinerante”, “estadista felón”, “esperpento”, “trapacero personaje” o “hipertrofiado monstruo representativo de la concepción egoísta del mundo burgués” son algunos de los denuestos que van salpicando el airado discurso.
Los subtítulos sugieren ya la modalidad genérica en que ambas obras se inscriben. El segundo es un texto narrativo, mientras que el “desvarío” de A la sombra del paraguas en flor responde al tipo de discurso que nuestros clásicos denominaron “vejamen”, sátira presente como capítulo obligado y ritual en muchas academias literarias del Siglo de Oro y cuyo espíritu revive, transfigurado y modernizado, en algunos mordaces artículos de Larra. A la sombra del paraguas en florconstituye una diatriba feroz, repleta de pullas hirientes y sarcásticas, contra Neville Chamberlain, primer ministro británico que promovió en septiembre de 1938 el llamado “pacto de Munich” con los jefes de gobierno de Italia, Francia y Alemania, en el que se aceptó la ocupación alemana de Austria y se forzó a Checoslovaquia para que accediese a las pretensiones de Hitler sobre la zona fronteriza del país. Esta política de apaciguamiento (appeasement) de Chamberlain no sólo abrió la puerta al expansionismo hitleriano, sino que destruyó las esperanzas que los republicanos españoles habían puesto en la ayuda de las democracias occidentales, que, según ellos, tendrían que haber valorado la lucha contra el fascismo en la Península.
Los exiliados -y, entre ellos, Salinas- vieron desvanecerse sus esperanzas de una rápida vuelta a España, y se consideró a Chamberlain el principal responsable de la situación. Inspirado en la silueta del político británico -al que Salinas había dedicado ya algún demoledor soneto burlesco no incorporado a los libros del autor-, visto siempre en compañía de su inseparable paraguas, el poeta compone uno de los retratos más destructivos con que cuenta la literatura española. Son innumerables los dicterios que adornan al personaje vapuleado: “viajante de comercio de […] la concepción totalitaria hitlermussolinesca del mundo y sus subproductos”, “fatídica estantigua”, “reencarnación de Salomé”, “garduña”, “Judas itinerante”, “estadista felón”, “esperpento”, “trapacero personaje” o “hipertrofiado monstruo representativo de la concepción egoísta del mundo burgués” son algunos de los denuestos que van salpicando el airado discurso.
Pero la unidad temática radica en la
explotación de la imagen del paraguas y de los múltiples valores simbólicos que
Salinas le atribuye con zumba para caracterizar duramente la “política
paragüera” de Chamberlain: la fertilidad imaginativa y la variedad de ideas y
símiles puesta en juego colocan a Salinas en la línea cáustica de satíricos
como Swift, Voltaire o Mark Twain, y rozan un nivel de hiriente sarcasmo que
anticipa algunos brotes de nuestra narrativa contemporánea posterior,
manifestados en pasajes de obras como Tiempo de silencio, de Luis
Martín-Santos, o Señas de identidad, de Juan Goytisolo.
En cuanto a Los cuatro grandes
mayúsculos y la doncella Tibérida, el planteamiento narrativo es el de una
parodia de las historias de caballerías trufada con divertidos elementos de
ciencia ficción: los cuatro poderosos caballeros que protagonizan el relato -el
Aborista, el del Norte, el de las Nieves y el Galiante- y que representan las
cuatro potencias triunfadoras de la guerra mundial, cabalgan “Rocitanques”,
manejan una “lanza tómica” y “espadas-cohetes”, y sus batidores montan en
“motocorceles”. Alguien les pide ayuda para socorrer a la doncella Tibérida, a
la que se muestra salvajemente flagelada y maltratada por el malvado
Francacaseno -repárese en las resonancias sonoras y literarias del nombre-,
descrito como “un tipejo rechonchuelillo, cachigordo, lomienhiesto -sin duda
por lo ceñidamente encorsetado- de nariz recorva, papo inflado, manecitas de
lindo y color de Judas” (p. 81) y objeto, además, fuera de este texto, de otro
furibundo soneto del autor titulado “Paca, la Franca Mona”.
La decisión adoptada por las cuatro
potencias en 1946, desentendiéndose definitivamente de España con el pretexto
de no intervenir en sus asuntos internos y fortaleciendo así la dictadura, es
el motivo que desencadena esta implacable y vitriólica diatriba, en la que las
excusas justificativas de los grandes se enmascaran con sutilezas lingüísticas
propias del lenguaje diplomático -aquí, las grotescas diferencias entre “acto”
y “pacto”, entre “liberar” y “deliberar”-, lo que enlaza con una de las
preocupaciones de Salinas, expresada con frecuencia en sus ensayos y en otras
obras y que continúa siendo actual: la perversión del lenguaje, su utilización
retorcida para ocultar la verdad, su usurpación por una clase política siempre
más empeñada en defender sus propios intereses que el bien de los
ciudadanos. En conjunto, Los cuatro grandes mayúsculos y la doncella
Tibérida es un ejemplo sobresaliente de sátira acerada y también una
muestra rotunda de inventiva verbal y de espléndida escritura que confirma, por
si aún hacía falta después de narraciones como La bomba increíble, la capacidad
crítica del autor. Se entiende que Pedro Salinas, a la sazón profesor en
una universidad norteamericana, no se decidiese a publicar algo que iba en
contra de la actitud “oficial” de los aliados respecto a España.
Pero ambas obras sugieren también algo
más: que la literatura, además de puro entretenimiento, puede ser un arma de
combate -un arma incruenta, claro está- sin dejar de ser literatura. No sirve
para derrocar regímenes políticos, ni para vencer a ejércitos, pero sí para
despertar conciencias aletargadas, para inyectar en los lectores el sentido de
la dignidad, el ideal de la justicia y la repulsa de la mentira. Hay, pues, una
vertiente moral que a menudo se deja a un lado o se desdeña y que, sin embargo,
resulta un factor indisociable de toda obra artística.Y conviene recuperar
estas ideas, aunque sea gracias a estos dos breves textos, compuestos hace más
de sesenta años como simple desahogo personal y convertidos ahora, con su
afortunado rescate, en valioso testimonio de nuestro pasado.
***
Pedro Salinas, la rabia del exiliado hecha
sátira
Por Alberto OJEDA
Publicado el 11/01/2012
La editorial Devenir publica dos textos
inéditos del autor de la generación del 27 en los que denuncia las componendas
de las democracias occidentales con Hitler y Franco
La política de apaciguamiento con Hitler encabezada por Neville Chamberlain echó por tierra las esperanzas de los exiliados republicanos de volver a su tierra. Esa España peregrina -a la fuerza- tenía en Pedro Salinas uno de sus más eximios representantes. Desde Estados Unidos veía cómo las potencias occidentales se mostraban complacientes con el expansionismo nazi. Al poeta de la generación del 27 se lo llevaban los diablos cuando tenía noticia de esos políticos que, por un lado, se les llenaba la boca con palabras como libertad y democracia y, por otro, llegaban a pactos tan indecentescomo el que dio carta de naturaleza a la ocupación de Austria por las tropas alemanas en el 38.
Lo mismo le sucedió acabada la Segunda
Guerra Mundial, cuando los vencedores decidieron no complicarse la vida con
Franco, asumiendo su régimen como parte del status quo internacional. En esas
dos ocasiones la rabia le empujó hacia la máquina de escribir. Pero ese impulso
primario supo destilarlo hasta extraer fina ironía e ingeniosa mordacidad. Los
dos textos que escribió entonces, titulados A la sombra del paraguas en
flor (1938) y Los cuatro grandes mayúsculos y la doncella
Tibérica (1946), hasta ahora inéditos, han sido rescatados de la
Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard (ahí se custodia el archivo
del autor madrileño) por Natalia Vara y la editorial Devenir.
Dos prosas inéditas. Entre la ironía y la sátira es el título del volumen que comprende ambos escritos. En el primero, Salinas lanza todo tipo de venablos verbales contra el primer ministro Chamberlain y la doblez de su labor diplomática. La variedad de denuestos que le procura evidencia la tremenda capacidad para el género satírico que atesoraba Salinas. En el segundo, teje una metáfora de la indolencia de las potencias occidentales frente al drama del exilio español: un harapiento personaje pide a cuatro caballeros para que salven a una dama de las vejaciones a que le somete un malvado personaje llamado Francacaseno, y a estos no se les ocurre otra cosa más perentoria que crear un comité para deliberar la cuestión.
Dos prosas inéditas. Entre la ironía y la sátira es el título del volumen que comprende ambos escritos. En el primero, Salinas lanza todo tipo de venablos verbales contra el primer ministro Chamberlain y la doblez de su labor diplomática. La variedad de denuestos que le procura evidencia la tremenda capacidad para el género satírico que atesoraba Salinas. En el segundo, teje una metáfora de la indolencia de las potencias occidentales frente al drama del exilio español: un harapiento personaje pide a cuatro caballeros para que salven a una dama de las vejaciones a que le somete un malvado personaje llamado Francacaseno, y a estos no se les ocurre otra cosa más perentoria que crear un comité para deliberar la cuestión.
"Es su manera de denunciar cómo los
políticos responsables del destino del mundo lo único que hacían era lavarse
las manos intentando no quedar mal. En lugar de actuar, miraban hacia otro
lado. Pero si alguien les afeaba la conducta, podían defenderse alegando que
estaban tratando el asunto, que estaban en ello", explica a elcultural.es
Natalia Vara, experta en la obra en prosa de Salinas (su tesis doctoral se
ocupa, de hecho, de su narrativa). Ella ha sido la que manejó los documentos en
Harvard, la que los ha editado y la responsable del prólogo en el que cifra la
importancia de ambos textos (también prologó recientemente Defensa del
estudiante y la universidad, una conferencia del poeta madrileño publicada por
Renacimiento). "Son un valioso testimonio de la desilusión de los
exiliados españoles y completa la visión que tenemos de la obra de Salinas,
porque esta faceta satírica apenas se conoce a pesar del gran talento con que
la desarrolló".
Alguno podrá preguntarse por qué no fueron
publicados entonces. La respuesta es sencilla. El hecho de que viviera en
Estados Unidos, país que acabó apadrinando el franquismo, es clave. En una
carta enviada a una amiga, Salinas cuenta la reacción de horror de una de
sus compañeras del college femenino de Massachussetts donde trabajaba cuando
leyó el relato de los cuatro caballeros: "¡Cómo puede escribir usted estas
cosas, con lo buen hombre que parece!". Sabía que si daba a la
imprenta aquellos textos su posición en aquel college y en los Estados Unidos
se vería muy comprometida. Así que calló. "Pero el suceso le creó un
dilema para siempre. Ya no dejó de plantearse cuál era su papel en aquel país
donde no podía expresarse libremente".
[El libro se presenta este jueves en
Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Madrid (Serrano, 52) a las 19.00 horas.
Participan Juan Cano Ballesta, Juan José Lanz Natalia Vara Ferrero y Juan
Pastor]
Articulo : http://www.elcultural.es 20/01/2012

