Cultural: PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2011
La hora de Tomas Tranströmer
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Por Roberto Mascaró
UNA MAÑANA de julio de 1981, dos años
después de mi llegada a Suecia, le conté a mi compañera sueca de esos tiempos
que estaba empezando a leer poesía nórdica -con serias dificultades, ya que por
ese entonces necesitaba de la asistencia del diccionario a cada rato.
Yo era en esos tiempos un poeta inédito y
bastante feliz. Pensaba que aunque publicase algo mío en Suecia algún día,
tendría garantizada la indiferencia del público local - ya que escribía
solamente en castellano- cosa que no me quitaba el sueño. Vivía en una especie
de ostracismo lírico que hacía más romántico aún el oficio del poeta. Claro que
a las chicas les encantaba conocer a un bardo, no importa qué lengua usase.
-Hay un poeta que me gusta mucho: se llama
Tomas Tranströmer.
Ella, que era muy joven y no era gran
lectora de poesía, me dijo:
-Ah, Tranströmer. Es un poeta muy
conocido. Fijate que hasta lo han citado en los noticieros de televisión... A
cada rato se gana un premio. Para mí es un poco denso. -Ella prefería a los
poetas trovadores (Dan Andersson, Mikael Wiehe, Cornelis Wreeswijk), a los que
había conocido bien cuando era okupa en Estocolmo.
-¿Sabés? Hay un poema de Tranströmer que
quisiera traducir. Podríamos publicarlo en Saltomortal [era una revista
bilingüe que editábamos en aquella época]... Pero creo que sería más serio
pedirle autorización. No sé cómo funciona el asunto de los derechos aquí.
-¿Cómo funciona? Llamalo por teléfono y
pedile...
Así de sencillas son las cosas en Suecia,
pensé. Ese día aprendí que todo pensamiento protocolar, para los suecos,
pertenece al ámbito diplomático o empresarial. Las cosas de la cultura deben
ser francas y abiertas... O al menos así era por los 80, cuando no había tantos
millones de coronas en juego, como en nuestros alegres tiempos del
escritor-empresario, neoliberal y transnacional. Llamé a Informaciones y pregunté
por el número; Tomas vivía por entonces en la ciudad de Vesters, cerca de
Estocolmo.
Me respondió él y, para mi asombro, me
dijo que pasaría al día siguiente por mi casa, ya que tenía que andar por esos
rumbos. La cosa se había resuelto en pocos minutos. Sin Internet ni
recomendaciones.
NI HÉROE NI LÍDER.
Al otro día llegó a casa. Alto, flaco,
canoso, picado de viruela, vestido con extrema sencillez: frente a mí estaba el
gran poeta nórdico nacido en Estocolmo en 1931. Nunca había conocido a un poeta
tan informal y tan poco pretencioso, tan alejado del papel de héroe romántico o
líder político que asumen tantas veces los poetas latinoamericanos.
-Este es el barrio de mi infancia -dijo
sin preámbulos-. Yo vivía por aquí, calle abajo, y aquí crecí. De manera que
llegar a Bondegatan [era el nombre de nuestra calle] fue muy fácil.
Poco después de este encuentro, Pepe
"Veneno" Alanís abriría un boliche uruguayo a la vuelta de mi casa.
Se llamaba Cono Sur. Creo que allí tocaron varios famosos: Susana Rinaldi, Los
Olimareños. Quedaba ante una pequeña plaza de barrio. Todo esto pasaba en
aquella Suecia que sentíamos como el fin del mundo, como otro planeta. En la
otra esquina, había un trozo de Uruguay. A unas cuadras hacia la estación de
metro Slussen se instalaría Nordan, la editorial sueco-uruguaya que publicó mi
primer libro, y también el sello que fundamos con Mario Romero y Sergio
Altesor, Siesta.
-Sin duda, puedes traducir los poemas que
desees -dijo Tranströmer. Yo te autorizo. En Suecia, el autor es el único dueño
de sus derechos de autor: no es posible enajenarlos; es lo que dice la ley.
El poema que yo quería traducir se llama
"Ensamhet" (Soledad) y no lo traduje en aquellos días, sino este
mismo año, para incluirlo en Deshielo a mediodía (Nórdica Libros, Madrid,
2011). Es el segundo volumen, que cierra su obra completa, totalmente
corregida:
I
AQUÍ ESTUVE a punto de perecer una tarde
de febrero.
El coche resbaló de lado en el hielo,
avanzó
por la senda contraria. Los coches
enfrentados
-sus focos- se acercaron.
Mi nombre, mis bolsillos, mi trabajo
se liberaron y quedaron silenciosos atrás,
cada vez más lejos. Yo era anónimo
como un muchacho en un patio de colegio
rodeado de enemigos.
El tráfico contrario tenía luces
poderosas.
Me iluminaban mientras yo conducía y
conducía
en un terror transparente que fluyó como
clara de huevo.
Los segundos crecieron -en ellos se podía
encontrar lugar-,
se hicieron grandes como pabellones de
hospital.
Uno podía casi detenerse
y respirar un instante
antes de ser destruido.
Entonces apareció un apoyo: un grano de
arena que ayudó
o un maravilloso golpe de viento. El coche
se soltó
y reptó rápido a través de la ruta.
Un poste fue golpeado y quebrado -un tono
claro-
voló en la oscuridad.
Hasta que llegó la calma. Yo seguía en el
asiento
y vi que alguien llegaba entre la nevisca
para ver qué había sido de mí.
II
He andado por ahí largo tiempo
en los helados campos de Östgötland.
No se veía a nadie por ningún lado.
En otras partes del mundo
hay quienes nacen, viven, mueren
en continuo tumulto.
Ser siempre visible -vivir
en un enjambre de ojos-
debe dar una expresión particular al
rostro.
El rostro cubierto de arcilla.
El murmullo sube y baja
mientras ellos se reparten entre sí
el cielo, las sombras, los granos de arena.
Yo tengo que estar solo
diez minutos por la mañana
y diez minutos por la noche.
-Sin programa.
Todos hacen cola hacia todos.
Muchos.
Uno.
(de Tañidos y huellas, 1966).
LA CIUDAD DEL CONDE.
Siempre he deseado visitar Montevideo, la
ciudad natal del Conde de Lautréamont... -nos explicó Tranströmer.
Nos contó lo mucho que había viajado por
el mundo, gracias a los festivales de poesía. Pero nunca había estado en
América Latina. Creo que aún está esperando que lo inviten: con los 80 recién
cumplidos, sigue viajando por el mundo como si nada.
Después de aquel día del verano de 1981
solíamos comunicarnos por carta. Publicamos algunos poemas de Tranströmer en
Saltomortal, por supuesto. Luego, me fue enviando poemas inéditos y ejemplares
dedicados de todos los libros que iba editando. (Ahora se puede ver cómo los
precios de esos libres suben y suben, como en la Bolsa, sin cesar).
Incluso me enviaba libros con versiones de
sus poemas en otras lenguas (inglés, italiano, francés, turco, japonés,
indonesio, suahili, árabe, etc.). Así, fui reuniendo en mi biblioteca filas y
filas de obras de Tranströmer, que aún están allí, casi todas autografiadas por
el autor. En 1985 se editó la antología La nueva poesía sueca, que hicimos con
el poeta tucumano Mario Romero. En ese libro hay un par de poemas de
Tranströmer. Poco después decidí editar una antología de su obra. Se llamó El
bosque en otoño y reúne poemas de todos los libros editados por Tomas hasta ese
momento. Ediciones de Uno de Montevideo publicó el libro, con tapa naranja y
diseño de Maca. Tranströmer me cedió sus derechos de inmediato. Nunca preguntó
por un contrato ni por una retribución. Son cosas que ahora recuerdo y que es
bueno que se sepan. Años después se publicó en Madrid (Hiperión, 1989) Para
vivos y muertos, una antología ampliada que todavía anda circulando por ahí,
sin que le hayan pagado al poeta ni al traductor por sus derechos. Vaya a saber
cuántas reimpresiones se hicieron. Los editores son a veces, paradójicamente,
los peores piratas.
Esas ediciones ya no valen para mí, porque
en la edición reciente he realizado correcciones en casi todos los poemas. La
edición de Nórdica Libros (2010, 2011) es la única válida y jurídicamente
legítima, por voluntad expresa del autor.
Así nació una amistad "a la
sueca". Una larga y entrecortada relación epistolar, a menudo telefónica.
Conocí su casa en Vesters; bebimos vino y comimos pescado en su pequeño jardín.
Tomas era psicólogo de profesión y su área de trabajo se desarrollaba en las
cárceles y hospicios juveniles. Mónica, su esposa, era enfermera, especializada
en casos de tortura y abusos. Por eso hablaba un poco de español, porque
atendía a los refugiados que llegaban a Suecia de las cárceles de Chile y de
Uruguay. Es una persona absolutamente inquebrantable: ha permanecido junto a su
esposo después del derrame cerebral que lo paralizó hace ya más de veinte años,
atendiéndolo y ayudándolo a rehabilitarse. Han hecho milagros. Ella es su
esposa, transformada en enfermera, asistente, secretaria e intérprete.
Siempre me han invitado cordialmente a la
cabaña que tienen en la isla de Runmarö, en el archipiélago que se extiende por
el delta en el cual se encuentra Estocolmo, la "Venecia nórdica". Por
una razón o por otra, nunca pude visitarlos. Pero conozco bien el archipiélago.
En verano, esta zona adquiere una belleza extraordinaria. Miles y miles de
islas, algunas de ellas privadas, entre las cuales navegan innumerables veleros
y barcas de transporte. En Suecia (al menos en otras épocas), toda familia de
obreros o empleados tenía la seguridad de ser un día propietaria de una
sommarstuga (cabaña de verano) y de un segelbt (velero). Dos pasiones de los
suecos, que siempre van coronadas de la bandera color azul con la cruz dorada.
Eran los derechos que la sociedad de bienestar, construida por la
socialdemocracia, había hecho obligatorios... Era el concepto de Folkhem, el
Hogar sueco. Actualmente, la globalización ha creado legiones de pobres de
materia y de espíritu, también en este país nórdico. Let´s go, yeah, yeah, al
son de la ruleta planetaria. ¿Estará ya muerto el romanticismo bucólico y
marítimo de los suecos?
Es el verano, cuando la naturaleza bulle
de verdor y los escasos meses de calor del verano se pueden disfrutar - como en
un breve paraíso-. Este ha sido un tema de celebración y de euforia en la obra
poética de T.T. Tal vez el poema "Tábano dorado" sea el ejemplo más
cabal de esta euforia estival:
El lución, lagartija sin patas, fluye a
ras de la escalera del zaguán
calmo y majestuoso como una anaconda; la
diferencia es
solamente el tamaño.
El cielo está cubierto pero el sol
irrumpe. Así es el día.
Esta mañana, mi amada ahuyentó a los malos
espíritus.
Como cuando uno abre la puerta de un
oscuro cobertizo del sur
y la luz lo invade
y las cucarachas salen como flechas rápido
rápido hacia los
rincones y suben por las paredes
y ya no están -uno las vio y a la vez no
las vio-:
así la desnudez de mi amada hizo huir a
los demonios.
Como si nunca hubiesen existido.
Pero vuelven.
Con mil manos que conectan mal la anticuada
central telefónica
de los nervios.
Es el cinco de julio. Los altramuces se
estiran como si quisiesen
ver el mar.
Estamos en la iglesia de la mendicidad,
devoción sin alfabeto.
Como si los irreconciliables rostros de
los patriarcas no existiesen
y el nombre de Dios mal escrito en la
piedra.
Yo vi a un ortodoxo predicador de
televisión que recolectó
muchísimo dinero.
Pero era frágil y necesitaba el apoyo de
un guardaespaldas,
un chico bien vestido con una sonrisa que
le ajustaba como
una mordaza.
Una sonrisa que ahogaba un grito.
El grito de un niño al que los padres
dejan abandonado en
una cama de hospital.
Lo divino roza a una persona y enciende
una llama
pero luego se retira.
¿Por qué?
La llama atrae las sombras, estas vuelan
crepitando y se
funden con la llama
que sube y se ennegrece. Y el humo se
extiende negro
estrangulador.
Al final, tan sólo el humo negro; al
final, tan sólo el devoto
verdugo.
El devoto verdugo se inclina hacia
adelante
sobre la plaza y la multitud, que forman
un espejo rugoso
donde puede mirarse.
El mayor fanático es el mayor escéptico.
Él no lo sabe.
Él es un pacto entre dos
según el cual el uno tiene que ser visible
al cien por ciento
y el otro invisible.
¡Cómo odio la expresión "cien por
ciento"!
A los que no pueden estar sino en su parte
delantera
a los que nunca están distraídos
a los que jamás abren la puerta equivocada
para poder así
vislumbrar al Inidentificado,
¡déjalos de lado!
Es el cinco de julio. El cielo está
nublado pero el sol irrumpe.
El lución fluye a ras de la escalera del
zaguán, calmo y
majestuoso como una anaconda.
El lución, como si no existiese
Administración.
El tábano dorado, como si no existiese el
culto a los ídolos.
Los altramuces, como si no existiese
"cien por ciento".
Siento esa hondura en la que uno es amo y
cautivo, como
Perséfone.
A menudo he yacido en la áspera hierba,
allí abajo,
y he visto la tierra abovedarse sobre mí.
La bóveda terrestre.
A menudo; ha sido la mitad de mi vida.
Pero hoy me ha abandonado mi mirada.
Mi ceguera ha partido.
El oscuro murciélago abandonó mi rostro y
tijeretea en torno
al luminoso espacio del verano.
(de Para vivos y muertos, 1989).
LA MÚSICA, EL ICTUS, ÚLTIMOS AÑOS.
Tal vez haya sido el ictus o derrame
cerebral que Tranströmer sufrió hace ya más de veinte años, junto al hecho de
que este poeta sea sueco, los dos obstáculos que se interpusieron entre él y el
galardón que otorga cada año la Academia Musical de Suecia -este es el nombre
que le dio su fundador, el Rey Gustavo Adolfo-: el Premio Nobel de Literatura. El
gran poeta es un poeta que ya no escribe. El centro del lenguaje quedó
desactivado. Su poema-río-libro Bálticos-Poema, es a mi entender una pieza
mayor de la poesía del siglo XX, tanto como lo son La tierra baldía de T. S.
Eliot, Tabacaria de Fernando Pessoa, La hora 0 de Ernesto Cardenal, o Alturas
de Macchu Picchu de Pablo Neruda (y hay muchos más, por supuesto). En
Bálticos-Poema describe Tranströmer un ictus, tal vez de un antepasado suyo, lo
que convierte este pasaje en una profecía sobre su propio destino:
Entonces llega el derrame cerebral:
parálisis en el lado derecho
con afasia, solo comprende frases cortas,
dice palabras
inadecuadas.
Así, no lo alcanzan ni el ascenso ni la
condena.
Pero la música permanece, sigue
componiendo en su propio
estilo,
se convierte en un fenómeno de la medicina
en el tiempo que
le queda por vivir.
(de Bálticos-Poema, 1974).
Como el personaje del poema, él se
convirtió, después del derrame cerebral, en músico. Desde niño toca el piano, y
esa habilidad la usó ahora, paralizado del lado derecho, para tocar al piano
obras escritas para la mano izquierda, ya que existen varias composiciones de
esta índole. Además, varios compositores han escrito piezas exclusivas para
Tranströmer, piezas que ejecuta en los festivales de poesía que sigue
frecuentando, con una voluntad de hierro y entusiasmo por la poesía. El poeta
está afásico, pero la música fluye entre sus dedos de pianista. Es así,
también, como en la profecía de Bálticos: un fenómeno de la medicina. Una
rehabilitación milagrosa. La presencia de la música, que siempre estuvo viva en
la poesía de Tranströmer, ahora se ha hecho parte de sus mañanas, en las que
toca en su piano de cola blanco. La música, que siempre ha sido tema de sus
poemas.
EL AZAR DE UN PREMIO.
Cada año, en estas últimas décadas, muchos
hemos esperado que el jueves de la primera semana de octubre, según la
tradición, sonase el nombre de Tranströmer como Nobel. Año tras año nos hemos
hablado por teléfono con su esposa Mónica para darnos ánimo, en la esperanza de
que aparezca la aguja en el pajar. Muchas veces he afirmado que todo premio es
en principio injusto, ya que siempre son más de uno los merecedores. Es fácil
comprobar que esto es válido en cualquier concurso, en cualquier certamen. El
Nobel es un premio que no se salva de este destino. Por eso, muchos piensan:
"será el próximo año", con total certeza de que su favorito debería
ya haberlo recibido. A mi criterio, este premio debería ser plural, y debería
ser estímulo para escritores jóvenes, que realmente necesitan el dinero y el
prestigio.
Lo que muchos no saben es que también hay
apuestas. Y este año, según rumores bien fundados, hubo una filtración desde
dentro de la hiperhermética Academia, cosa que elevó las apuestas por
Tranströmer considerablemente, durante esa hora crucial del primer jueves de
setiembre.
A mí la noticia me encontró durmiendo, a
las 5 de la madrugada, en una cama de hotel de San Salvador: no me sorprendió,
porque me había dormido con la certeza de que este año sería el vencido. Así
fue. Yo ni siquiera sabía que uno podía apostar, como otros apuestan por
Peñarol. Como me hallaba participando del Festival Internacional de Poesía,
mientras desayunaba con deliciosas tortillas de maíz fui saludado con efusión
por poetas y organizadores.
Fue un placer presentar, junto a mi
poesía, las versiones de Tranströmer en El Salvador, Guatemala, Honduras, y en
Colombia, donde me encuentro ahora, participando en el Festival de Poesía de
Cartagena.
CONCENTRACIÓN, DRAMA.
No es mi papel hacer valoraciones críticas
de la obra de Tranströmer. Es una obra demasiado cercana. Como traductor,
siempre he sentido que las obras que traduzco son bastante mías, que forman
parte de mi trabajo en la poesía. Quien elabora versiones y no transcripciones,
no efectúa un servicio, sino una obra independiente. Una obra de carácter
fantasma, una interpretación, es cierto, pero una obra al fin. La traducción es
un género literario.
Su obra me atrajo desde el principio por
su combinación de concentración atravesada de sorpresivo dramatismo (personajes
que hablan por boca del poeta), y por su visión absolutamente contemporánea del
mundo. También su brevedad contribuyó a esa atracción: Tranströmer ha publicado
apenas catorce poemarios y una autobiografía trunca. Estos elementos, según
algunos consejos de Walter Benjamin, como aquel que recomienda al traductor
"permitir que la fuerza de la lengua original irrumpa en la lengua de
recepción", han contribuido en mi fascinación y amor por esta intensa e
impecable obra poética.
Articulo : http://www.elpais.com.uy 30/12/2011
