REPORTAJE: LECTURAS COMPARTIDAS
La tristeza de los vampiros de clase media
Por Rosa MONTERO
Los Anticuarios, del argentino Pablo de
Santis, es una novela delicada y melancólica. Sus personajes son vampiros
desdichados y comunes, monstruos amables, tímidos y desamparados. Y esa
menudencia es lo que les confiere su grandeza
Los vampiros, ya se sabe, están de moda.
Arrasan entre el público adolescente. No he leído los crepúsculos y demás sagas
protagonizadas por individuos sedientos de sangre, pero, por lo que me cuentan
los que sí las conocen, su atractivo se basa sobre todo en cultivar el
calentón: mucha tensión sexual y poca culminación carnal. Un erotismo muy
apropiado para la pubertad y que puede provocar en el lector una borrachera de
feromonas.
Este uso del ingrediente sexual no es
ajeno al mito, por supuesto. Drácula siempre fue un emblema de la entrega total
amorosa, de la comunión pasional. De un deseo de fundirte con el otro tan
turbulento y oscuro que llegas hasta beber su sangre o hasta darle tu vida.
Todo lo cual es un símbolo perfecto de la enajenación sentimental y del amor
caníbal. Las novelas de vampiros que me interesan son las que exploran esa
estremecedora pulsión de absoluta sumisión ante el amado. La mezcla morbosa del
daño y el cariño. Como todo monstruo verazmente diseñado, ¡el vampiro es tan
humano! Acarrea sobre sus espaldas el peso abrumador de esa antigua tragedia
que consiste en herir lo que amas. Claro que hay muchos modelos literarios que
cuentan esto sin necesidad de enseñar largos colmillos. Humbert Humbert, el
pederasta corruptor de Lolita, también tenía algo de vampiro, en el sentido de
que destruía aquello que besaba. De una manera u otra, como mordedor o como
mordido, creo que todos podemos reconocernos de algún modo en las historias de
Drácula.
De ahí la inquietante autenticidad que
exudan las novelas que más me gustan de este género. Como, desde luego, ese
clásico que es Entrevista con el vampiro de Anne Rice. Luego Rice
explotaría su éxito hasta la saciedad, empobreciéndolo irremisiblemente libro
tras libro, pero esa primera novela es un hallazgo deslumbrante, una historia
perversa y tenebrosa, desesperada y feroz. ¿Lo más espeluznante? Los juegos
pedófilos y macabros con la niña vampira, y la aterradora locura de ese
personaje secundario encarnado por una madre que, tras haber visto morir a su
hija, está dispuesta a convertirse en un monstruo con tal de poder tener una nueva
criatura a la que cuidar. Y cuando sabemos que la propia Anne Rice perdió una
hija de cinco años de edad a causa de la leucemia, y que ese drama sucedió poco
antes de escribir este texto (la niña murió en 1971 y Rice terminó la novela en
1973, aunque se publicó en 1976), la afilada, demencial tragedia que palpita en
las páginas de Entrevista con el vampiro se comprende mucho mejor y
resulta aún más desasosegante. Incluso el rasgo más novedoso del libro, su
ateísmo, su total ausencia de Dios, el vampiro como muestra no ya de la
existencia del Demonio, sino de la ciega ferocidad y del mal sin sentido de la
vida humana; este ingrediente deicida, digo, puede ser reconocible como el
rabioso alarido de dolor de alguien que ha sufrido la mayor pérdida posible, la
más impensable e inasumible: la muerte de un hijo pequeño.
Pero hoy quiero hablar de otra novela
maravillosa, de una nueva versión del mito vampírico que se ha publicado hace
unos cuantos meses en España: se titula Los Anticuarios y es del
argentino Pablo de Santis. Se podría decir que este libro es la antítesis del
de Anne Rice: mientras que la norteamericana aúlla con el furioso desconsuelo
de un lobo solitario, De Santis susurra, produciendo un sonido semejante al
roce del sudario de un fantasma al pasar como una brisa helada junto a
nosotros. Los Anticuarios es una obra más bien breve, delicada y de
una melancolía lacerante. Tan triste, tan bella, tan conmovedora en su
desesperado, imposible anhelo de la felicidad y del amor. Los vampiros de De
Santis, anticuarios de profesión, son los monstruos más sensatos, menos
monstruosos y más modestamente desgraciados que conozco. Si Anne Rice creaba un
mundo de encajes, refinamiento barroco y grandes salones aristocráticos, De
Santis convierte todo ese esplendor neogótico en el claroscuro de la vida
cotidiana, en la menudencia menestral y en la vulgaridad que todos vivimos. Los
vampiros de Pablo de Santis son monstruos de clase media, amables y tímidos,
seres asustados y desamparados. Y esa menudencia es lo que les confiere su
grandeza, porque representan a la perfección la tragedia de la condición
humana. La vida es así, polvo y pérdida, deseo y permanente frustración. Y una
soledad pequeña e inacabable.
Es imposible no identificarse
inmediatamente con esos vampiros desdichados y comunes. Imposible no amarlos.
Rodeados de objetos antiguos y polvorientos, más vetustos que valiosos, los
vampiros de esta novela están fuera de su tiempo, de su sociedad, de su
entorno, de su familia. Son seres marginales que darían cualquier cosa por ser
normales. Por llevar una vida modosa y aburrida. Por eso toman un bebedizo que
les salva de su sed de sangre; y por eso se encargan ellos mismos de castigar a
quienes se exceden. No son en absoluto transgresores: sólo son individuos enfermos
y condenados a no conocer el amor, ya que su cariño resulta letal. Y son una
pequeña y prudente comunidad escondida y perseguida por la intolerancia y la
saña de los normales. Parecen tan reales, en fin, que al acabar el libro casi
te descubres sospechando de tus vecinos. Porque esos pobres vampiros deben de
existir en alguna parte.
Creo que he leído toda la obra de Pablo de
Santis, que siempre ha sido un autor original, notable y ameno. Pero quizá un
poco demasiado cerebral, demasiado frío. Sus novelas son estructuras
cuidadosamente hilvanadas, cuentos babélicos, cajas de sorpresas, pero en
alguna ocasión me ha parecido que el artificio pesaba más que el contenido, que
le faltaba calor y corazón. En Los Anticuarios, en cambio, la emoción
se remansa como en un pequeño lago de aguas quietas que desde la orilla parecen
tranquilas, pero que luego son hondas y procelosas y están habitadas por
extraños peces abisales. Y esa falta de melodramatismo, unida a la profundidad
del sentimiento, producen un resultado formidable. Es un texto terso y limpio,
maravillosamente escrito, que apuesta por la contención. Para mí, sin duda, la
mejor novela de Pablo de Santis. Un grito sofocado e inolvidable.
Los Anticuarios, Pablo de Santis.
Destino. Barcelona, 2011. 272 páginas. 17,50 euros. Entrevista con el
vampiro, Anne Rice. Traducción de Marcelo Covián. Ediciones B. Barcelona,
2009. 384 páginas. 19 euros.
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CRÍTICA
Monstruos, parásitos y enfermos de amor
Por Ray LORIGA
He aquí una soberbia colección de relatos
para aquellos cansados de la constante revisión, o malversación, que muchos
andamos perpetrando sobre el luminoso mundo de las criaturas de la noche.
Sangre de la fuente original, podría
decirse, o al menos de las más originales y acertadas recreaciones de las
viejas leyendas populares vampíricas y fantasmagóricas previas a la fijación
del mito por parte de Bram Stoker. Nada es realmente original en el mundo de
los no muertos, y así muchos de estos cuentos coinciden en sus tramas pero, y
he aquí el placer para el lector, todos están sujetos por la mano firme de sus
dispares y prodigiosas escrituras. Lo que en Arthur Conan Doyle es el retrato
de una obsesión de amor, una pasión destructiva, aparentemente no deseada,
inducida, aunque no esté claro en la delicada ambigüedad de la narración por
quién, si por la supuesta víctima o por el supuesto verdugo, en el humor
caprichoso y desternillante de Gógol, la relación entre el monstruo y su
víctima se convierte en un retrato pintoresco, alegre y asombroso de las costumbres
y las gentes de Ucrania. Si en el primero, la posesión toma rango de locura y
desdoblamiento de la personalidad, a la estela del Jekyll y Hyde de
Stevenson, en el segundo, la supuesta bruja (no se sabe si vampira), tiene la
extravagante manía de subirse a hombros de un pobre seminarista borrachín para
cabalgar por el bosque, dentro de una hilarante sucesión de acontecimientos
aterradoramente divertidos, aderezados con vodka y canciones, cocinados con la
exquisita e irrepetible espontaneidad de Gógol. Son sólo dos de los más
encantadores de estos once textos que encabezan en una certera edición los
versos de Baudelaire y Lord Byron. Todos los aquí reunidos son escritores de
auténtico fuste, es decir, de nervio, sustancia y entidad, y con la posible
excepción del desafortunado Polidori, que fue vampirizado por el propio Byron y
aplastado por otro monstruo, elFrankenstein de Mary Shelley, todos nombres
capitales de entre lo mejor que ha dado la literatura del XIX y sus relatos así
lo atestiguan. Hay que decir que el cuento de John William Polidori se faja
perfectamente con tan abrumadores contendientes, lo cual hace pensar que este
hombre tuvo poca o ninguna suerte en sus correrías literarias. Por lo demás,
Dumas aporta otra lección de la mejor literatura de aventuras desesperadamente
romántica, con bandidos y príncipes sanguinarios y apuestos hermanos en disputa
por una amada tal vez no tan inocente como ella quisiera hacernos creer. Ernst
Theodor Amadeus Hoffmann sin una palabra más alta que la otra relata una
leyenda exagerada, gore y carnal, precursora de las sanguinarias
películas de zombis que tanto abundan y gustan hoy en día. Más sorprendente aún
resulta el hermosísimo cuento del maestro Maupassant que más que vampírico
parece en ocasiones de ciencia ficción íntima, si es que existe tal categoría.
En él, Maupassant, en forma de elegante diario, nos narra las tribulaciones de
un hombre que se atreve a suspirar por otros mundos y otros seres para
terminar, cómo no, devorado por sus fantasías. Otra brillante sorpresa para
aquellos que no conozcan los generosos y amplios límites del género es el
relato de Poe que se adentra en lo más profundo del alma para construir el
retrato de una enfermedad tan similar a la vida que resulta aterrador. Nada me
extrañaría que elArrebato de Ivan Zulueta hubiese bebido muy acertadamente
de esta fuente. Bello y elegante el poema de Baudelaire y bello y arrogante,
como no podía ser de otra forma, el de Lord Byron. Théophile Gautier y
su Muerta enamorada es un juicioso aviso para todos aquellos que
hayan caído alguna vez en la tentación de amar apasionadamente, escrito con
desarmante dulzura. Por último, la seminal Carmilla de Le Fanu, madre
reconocida del mismísimo Drácula y seguramente el texto más conocido de la antología.
En fin, todo un festín. Quienes quieran disfrutar de la mejor literatura y de
muy diferentes formas de aterrorizar sus noches en vela, difícilmente
encontrarán un volumen más apropiado que esta colección de monstruos, parásitos
y enfermos de amor.
Articulo : http://www.elpais.com
14/01/2012

