Un gran chisme de 1836
Por Simón VILLAMIZAR
En 219 páginas, Inés Quintero devela los
amoríos de la hermana de Bolívar
"Los pecados escriben la historia, el
bien es silencioso", dijo el poeta, novelista y dramaturgo alemán Johann
Wolfgang von Goethe. Y la frase bien que le calza al dedo a Inés Quintero,
magíster y doctora en Historia, que una vez más vuelve a contradecir la vieja
sentencia de que la narración del pasado suele ser sumamente aburrida.
Ella, que ya había hurgado en hechos
preindependentistas con La conjura de los mantuanos, El sucesor de
Bolívar y La criolla principal, ha vuelto a hechizar a no pocos
lectores con El fabricante de peinetas, editado por Anagrama.
Esta vez se vale de un gran chisme para
lograrlo. De un escándalo de magnitudes históricas, claro está: el amorío que
sostuvo a sus 57 años María Antonia Bolívar, la hermana favorita de El
Libertador, criolla, principal, representación inequívoca de los mantuanos,
natural de Caracas, viuda de don Pablo Clemente, madre de cuatro hijos, nada
menos que con un jovencito de 22, de nombre José Ignacio Padrón, criollo, de
nariz chata, color amarillento, pelo crespo, "dueño de una posadita con
unos pocos coroticos", y de oficio hacedor de peinetas. Un pata en suelo,
pues.
"Sí, en efecto, hay allí un gran
chisme que sirve de pretexto perfecto para entrar en materia", anticipa
Quintero, quien confiesa haber pasado más de tres años buscando pistas, leyendo
documentos, husmeando intimidades y atando cabos para desempolvar el misterioso
romance. Y más aún: para tratar de entender el contexto de semejante devaneo y,
acaso, encontrar allí explicaciones sociales al asunto.
"Digamos que el encuentro amoroso
entre una mujer como María Antonia, de prosapia, distinción y figuración, con
un sujeto del común, totalmente desconocido y sin posibilidad alguna de
ingresar a la Historia, resultan particularmente llamativos; pero el suceso no
tendría mayores consecuencias si nos quedamos allí, en el chisme y listo. De
manera que por eso el chisme es sólo un pretexto para conocer no sólo las
interioridades de los protagonistas, sus intereses, debilidades y motivaciones,
también para entender la sociedad de entonces, sus valoraciones,
consideraciones, posiciones y también sus vicios, carencias y fortalezas. Creo
que de eso se trata", aclara la historiadora.
Y para ello echa mano de la Gaceta de
Venezuela del año 1836, del diario de Sir Robert Ker Porter, cónsul de Su
Majestad Británica en Venezuela (Fundación Polar); de documentos judiciales del
Archivo General de la Nación, y hasta de cartas íntimas escritas de puño y
letra de María Antonia Bolívar, que le permiten desenredar el
desaguisado.
Es a través de la denuncia de un robo
publicada en la Gaceta de Venezuela del año 1836, que, extrañamente,
Quintero obtiene los primeros indicios del amorío: la señora Bolívar ofrece una
recompensa a quien descubra al ladrón de diez mil pesos en onzas y bustos de
oro que ha osado entrar en sus aposentos. Su primer y único sospechoso: Padrón.
El peinetero. Es decir: el objeto de su afecto.
Sucede que la aventura amorosa, que a lo
sumo durará ocho meses, sabrán de antemano los lectores, culmina con un
estruendoso juicio y el consabido cuchicheo de la sociedad caraqueña.
Un juicio en el que brindan testimonio
pulperos, panaderos, albañiles, hacendados, comerciantes, sirvientes, el propio
José Ignacio Padrón y, por supuesto, hasta María Antonia Bolívar, quien,
quedará finalmente expuesto en el expediente, se las ingenia primero para pasar
factura a su amante tras sentirse apartada por una mulata del "insolente
populacho", y posteriormente pasar a convertirse de "amada
protectora" a "demonio" vengador del orgullo herido, según
palabras de la propia criolla principal.
"El episodio amoroso, todo el
desencuentro entre María Antonia y Padrón, las incidencias del juicio, cada
personaje, sus respuestas, las reacciones de cada quien, ocurrieron tal cual;
no son ficción y yo diría que son más que anécdotas; es decir, allí están
reconstruidos con el auxilio de la información que ofrece la historia. Son
venezolanos que vivieron y estuvieron allí; entenderlos en sus motivaciones,
acercarnos a ellos, conocerlos, es una manera de aproximarnos a nuestro pasado,
no sólo para saber cómo éramos sino de dónde venimos. No creo que seamos los
mismos, pero sí que de allí venimos, sin la menor duda", alega Quintero,
quien a manera de clímax se reserva para el final de El fabricante de
peinetas, y con narración casi cinematográfica, el veredicto del juez de la
causa, Juan Rivas.
"Cuando leí el expediente la primera
vez, no pude sino imaginarme visualmente la situación", recuerda Quintero.
"La tensión del momento, la sorpresa del juez, la ira y soberbia de María
Antonia, la cara atónita de los mirones, la sencillez del lugar, los murmullos,
el silencio, los comentarios... esta misma escena estuvo presente con todos
estos ingredientes cuando me senté a escribir y todavía me la imagino tal como
debe haber sido. Sería estelar que pudiese recrearse más allá de su lectura, por
supuesto", agrega refiriéndose a la posibilidad de que su historia caiga
más pronto que tarde en manos de un cineasta.
Pero más allá del casi melodramático
episodio, ha advertido Quintero una y otra vez, El fabricante de
peinetas logra hacer retrato de una sociedad, la caraqueña, que apenas se
repone de la cruenta Guerra de Independencia y de la separación de Colombia;
amén de aportar interesantes datos acerca de las costumbres de la época, el
machismo imperante y, acaso más importante aún, la repartición de justicia. Y
ello a través de la figura de una mujer que, tras la separación de la corona
española, ha perdido las prebendas que suponía su estatus de mantuana, cuyo
hermano ha muerto en el peor de los desprestigios y que de la noche a la mañana
se ha quedado sola.
"La situación de María Antonia
termina siendo dramática. Da cuenta, sin duda, de su arrogancia y soberbia,
pero también de su audacia. No fue poca cosa, en su momento, y yo diría que
tampoco ahora, enredarse afectivamente con un hombre mucho menor que ella y
además, de otra condición social. Sin embargo lo hace, queda al descubierto y
sale con las tablas en la cabeza. Si bien en el libro se desenmascara su
intención o propósito de salir airosa de tamaño enredo, al mismo tiempo,
también se desenmascara a una sociedad que no admite una transgresión de tal
magnitud; ninguno de los de su misma condición la acompaña en el despropósito y
ella termina íngrima y sola, como le correspondía, según el mandato de la época
a una viuda principal", dicta sentencia Quintero. Y lo hace con el
martillo de la Historia, en mayúsculas...
Articulo : http://www.eluniversal.com 22/01/2012
