NOVELA DE MICHEL HOUELLEBECQ
Solo en el Paraíso
Por Soledad PLATERO
EL PROPIO Michel Houellebecq (Reunión,
1958) ha sido siempre, de modo más o menos explícito, el personaje principal de
sus novelas.
No porque los protagonistas de sus
ficciones experimenten situaciones de la vida personal del autor, sino porque
son férreamente conducidos por un narrador intrusivo (generalmente desde la
primera persona gramatical, aunque no siempre) que les atribuye un modo
inconfundible y reiterado de relacionarse con el mundo.
No es raro que, además, compartan con el
autor algún rasgo de la biografía (llamarse Michel, querer poco a la madre, ser
bastante misógino y con notorias dificultades sociales); pero en lo que más se
le parecen es en el modo de estar en la vida. Solos, ganados por un cinismo
involuntario que parece surgir de alguna experiencia profunda del alma.
Sometidos a una afectividad precaria como la de un perro, pero conducidos por
una inteligencia feroz, tan adaptada a las condiciones materiales como ajena a
las destrezas sociales.
En El mapa y el territorio Houellebecq
refuerza ese esquema poniendo a interactuar a dos personajes con esas
características: uno es Jed Martin, un artista plástico que alcanza un
desmesurado éxito de mercado; el otro es Michel Houellebecq, un escritor
francés que goza de gran reconocimiento crítico y vende muchos libros, pero
vive en el extranjero, en un exilio algo paranoico al que fue obligado por el
rechazo de sus coterráneos. (Un rechazo que consiguió a fuerza de
intervenciones imprudentes y opiniones pocas veces bien interpretadas, pero que
parece siempre teñido de la envidia y el resentimiento que los simples
proyectan sobre los más listos).
Claro que el narrador (esa figura teórica;
esa presencia que algunas veces conviene llamar voz narrativa) se expresa
siempre a través de Jed Martin. Michel Houellebecq, en cambio, es visto siempre
desde afuera, mediado por la impresión que deja en Jed y por los comentarios
que hacen, al pasar, los personajes secundarios.
MARCAS Y CONTIGUIDADES.
Antes de avanzar en los detalles de la
trama convendría señalar que lo más interesante de esta novela es el modo inteligentísimo
en que se da cumplimiento a lo que podríamos describir como la poética de
Michel Houellebecq (el escritor detrás de la novela, ayudado, claro, por el
personaje dentro de ella): la del mundo como yuxtaposición y no como relato.
En Interventions, un famoso conjunto de
ensayos publicado en francés en 1998 (Anagrama lo publicó en español en 2005
con el título de El mundo como supermercado) el escritor postulaba la idea de
que el verdadero paraíso moderno es el supermercado. En el mundo actual, dice,
la voluntad -entendida como fuerza vital que se orienta hacia un objetivo- se
ve anulada por el sobre abastecimiento y por la oferta infinita y siempre
renovada de cosas, y se diluye en un apetito disperso que se ve atraído por
todo simultáneamente, sin ser capaz de concentrarse en nada.
Esa incapacidad de concentración hace
imposible el pacto de lectura tal como la modernidad lo concebía. "Los
libros piden lectores; pero estos lectores deben tener una existencia
individual y estable: no pueden ser meros consumidores, meros fantasmas; deben
ser también, de alguna manera, sujetos". Por otra parte, la fuerza de la
publicidad -retórica que sustenta al mundo como supermercado- también ha minado
la capacidad de los occidentales de ser interpelados por la literatura. Lo que
Houellebecq llama "la humilde petición de un libro abierto: que sean
simplemente seres humanos, que piensen y sientan por sí mismos" ya no
parece posible. El sujeto, entonces, no parece tener lugar en el mundo
transformado en supermercado. Y ese mundo de híper abastecimiento no puede ser
dicho bajo la forma retórica del relato, sino bajo la forma más precaria, más
antigua o más simple de la yuxtaposición.
Houellebecq es, sin embargo, un escritor,
y aunque es poeta -y eventualmente ensayista- no ha renunciado a escribir y
publicar novelas. De hecho, es precisamente como novelista que ha sido
traducido a varios idiomas y reconocido en todo el mundo. Es en ese punto
paradojal que sus novelas pueden ser entendidas como la puesta en obra, la ejecución
o realización, en un sentido material, de esa poética.
Para decirlo más claramente, podríamos
postular que Houellebecq es un escritor realista tanto como los grandes
novelistas que forman la riquísima tradición de las letras francesas. Es, como
todo escritor, alguien que hace un mundo en el lenguaje. Pero es, sobre todo
-como Flaubert, como Stendhal- un escritor que hace su mundo en el lenguaje.
Alguien que, aunque use procedimientos distintos, extiende un espejo sobre el
camino o fabrica la materialidad de una gorra, de un par de botitas o de unos
guantes mediante el dominio preciso y lúcido de las herramientas de la
escritura.
Claro que en tiempos en que la ingenuidad
referencial del lenguaje parece haberse roto para siempre, el modo de construir
una representación realista del mundo tiene, por fuerza, que diferenciarse del
que servía en el siglo XIX. El sistema de referencias de Houellebecq está hecho
de marcas comerciales, de logotipos, de minuciosas descripciones de productos,
de alusiones al mercado y a la imposición de formatos siempre cambiantes de
bienes y servicios.
Sus novelas incluyen tramos más o menos
largos extraídos de manuales de funcionamiento de alguna máquina, de catálogos
y folletos y, ciertamente, de la Wikipedia. Así, a medida que la vida del héroe
sigue su derrotero, la voz narrativa pasa sus avisos acerca del desarrollo
tecnológico en áreas tan diversas como la agricultura o la fotografía, explica
los cambios económicos que se han producido a partir de la introducción de tal
o cual material específico y se detiene en las ventajas y desventajas
comparativas de los múltiples productos y modelos al alcance del consumidor.
Como es lógico, esas reflexiones (porque son reflexiones: no hay que dejarse
engañar por su aspecto puramente descriptivo) no rozan nunca las teorías del
sujeto tan queridas por la tradición intelectual francesa. El método
Houellebecq es el de decir lo que no está, mediante el silencio.
CORRESPONDENCIAS, FIGURAS, IMÁGENES.
Como decíamos, en esta novela hay, además
de un protagonista que se parece un poco a Houellebecq, otro personaje que es
el propio Michel Houellebecq. Ambos se conocen cuando el primero, Jed Martin,
viaja a Irlanda para pedirle al segundo que escriba un texto para el catálogo
de su próxima exposición. Houellebecq acepta el encargo -presumiblemente
tentado por los diez mil euros que le van a pagar- y se queda con las
reproducciones de las obras de Martin que le permitirán opinar sobre el asunto.
Pero la visita al escritor dispara en Martin las ganas de retratarlo, así que
los encuentros volverán a producirse cada cierto tiempo. Para ahorrar camino
digamos que el retrato titulado Michel Houellebecq, escritor se convertirá en
uno de los más interesantes (artísticamente hablando) de la serie "Retratos"
de Jed Martin.
Acá conviene que nos detengamos en Jed
Martin, nuestro héroe. Huérfano de madre, como corresponde a un héroe del
planeta Houellebecq, Jed tiene con su padre una relación incómoda, de personas
que, aun queriéndose, no tienen nada que decirse, o no saben cómo decirse lo
que haría falta.
Sabemos de Jed que comenzó su aventura
artística fotografiando objetos (tornillos, tuercas, herramientas, piezas
mecánicas) a los que dotaba de cierto brillo plástico mediante la elección
justa del fondo y el dominio preciso de la luz, el ángulo y la posición.
También sabemos que la carpeta con que solicitó el ingreso a Bellas Artes se
titulaba "Trescientas fotos de herramientas" e incluía información
sobre los materiales empleados a lo largo de la historia para la fabricación de
piezas mecánicas. Sin embargo "le había costado mucho (dificultad que lo
acompañaría durante toda su vida) redactar la nota de presentación de sus
fotos". Jed no posee la facultad del relato. Es mudo, aunque sepa hablar y
mantenga una comunicación funcional, utilitaria, con quienes se cruzan en su
camino. Y eso, dicho al pasar y nunca repetido, es lo más importante que
sabemos de Jed.
MUNDO Y REPRESENTACIÓN.
El ingreso de Jed Martin al mundo del arte
(recordemos que "el mundo" en el planeta Houellebecq es indiscernible
de "el mercado") ocurre mediante la elevación al rango de objeto
artístico de un objeto utilitario clave en la Francia turística de principios
del siglo XXI: el mapa Michelin de carreteras. Tal como había hecho antes con
tuercas, pistones y llaves, Jed fotografía los famosos mapas Michelin de tal
modo que su limpia, luminosa belleza artificial es exaltada y restituida al
universo de lo sublime, de donde nuestra perezosa mirada pragmática lo
escamoteaba.
El siguiente escalón, sin embargo, será
una sorpresa: Jed Martin abandona la fotografía y vuelve a la pintura
figurativa. La serie que lo consagra como artista y lo vuelve multimillonario
es, precisamente, la de personas retratadas en el acto de ejercer su oficio: el
dueño de un bar posando ante el mostrador; una prostituta sonriendo mientras se
desviste; dos genios de la informática conversando mientras juegan al ajedrez.
La última pieza de esa serie es, naturalmente, la que se titula Michel
Houellebecq, escritor.
Entonces está todo pronto: Jed Martin
retrata a Houellebecq; Houellebecq escribe sobre Jed Martin.
RETRATO E INTERPRETACIÓN.
Obviamente, hay mucho más en esta novela
de casi cuatrocientas páginas. Los cruzamientos no se limitan a la interacción
entre personajes "reales" (conductores de televisión, escritores,
políticos, etc.) y personajes inventados, ni a la mezcla de registros
discursivos. También la novela parece cambiar de forma en la tercera parte y
transformarse en un policial (pero es apenas un simulacro: las condiciones
estructurales del policial no se cumplen).
Sin embargo, se podría postular que lo más
significativo desde el punto de vista crítico es el recurso de explicitar la
pérdida (o la retirada) del relato como forma privilegiada del lenguaje que da
sentido al mundo. En el mundo como supermercado las imágenes se yuxtaponen del
mismo modo que los productos y los negocios lo hacen. Se impone entonces una
forma mimética del arte para dar cuenta del mundo (la fotografía, el retrato),
pero esa forma de representación siempre resulta insuficiente. La imagen
reclama un texto crítico que la ponga en sentido.
El gran asunto en esta novela, podríamos
decir, es el de la imposibilidad, en un mundo que se ha vuelto sólo territorio
y cartografía (y todos los títulos de las novelas de Houellebecq son, de algún
modo, indicadores de esa convicción o de esa percepción territorial) de enlazar
las dos dimensiones del plano -metáfora perfecta de las dos dimensiones de una
vida social que discurre apenas en el "imaginario" lacaniano, en las
proximidades y los intercambios- a una tercera dimensión -la simbólica- que
solo es posible en el lenguaje complejo del relato.
La incapacidad verbal de Jed Martin, su
imposibilidad de poner en palabras tanto su obra artística como su vida
afectiva es correlato, a su vez, de una ausencia siempre presente en la
narrativa de Houellebecq: eso que algunos psicoanalistas han llamado
"función materna". Jed Martin es huérfano (Houellebecq no, pero fue
abandonado por su madre), y es notoria la ausencia de esa función de enlace
que, en el mundo occidental, la madre realiza para que el niño pueda
desarrollar ciertas habilidades que lo instalen en lo social.
En la novela hay, además, un personaje
femenino que es reiteradamente nombrado (Pépita Bourgignon, la más importante
crítica de arte de Francia) pero nunca habla. Pépita no es, como otros críticos
mencionados en la novela, un personaje "real". Es un invento del
autor. Es un personaje puesto ahí para ignorar al protagonista. Para negarlo
mediante el silencio.
Se ha hablado mucho de los aspectos
misóginos de la narrativa de Houellebecq. Se ha insistido en el lugar equívoco
que la mujer tiene en sus historias y se ha interpretado como machismo y
resentimiento esa violenta amputación de lo materno en su obra. Pero tal vez no
valga la pena hacer una evaluación moral. Seguramente es más interesante pensar
que Houellebecq escribe desde y sobre un lugar -el primer mundo en tiempos de
auge y caída del capitalismo de libre mercado- que puede ser pensado y dicho
incluso mediante el procedimiento de postular la imposibilidad de decirlo.
Pensar que tal vez el rol que esta narrativa atribuye a la función de enlace es
tan significativo que todo el edificio se arma para poder dar cuenta de la
enormidad y la relevancia de su falta, y para mostrar en qué mundo helado e
inhabitable nos arroja su ausencia.
EL MAPA Y EL TERRITORIO, de Michel
Houellebecq. Anagrama, 2011. Barcelona, 377 págs. Distribuye Gussi.

