dimanche 29 janvier 2012

Soledad PLATERO/Michel HOUELLEBECQ, Solo en el Paraíso


NOVELA DE MICHEL HOUELLEBECQ
Solo en el Paraíso
Por Soledad PLATERO

EL PROPIO Michel Houellebecq (Reunión, 1958) ha sido siempre, de modo más o menos explícito, el personaje principal de sus novelas.

No porque los protagonistas de sus ficciones experimenten situaciones de la vida personal del autor, sino porque son férreamente conducidos por un narrador intrusivo (generalmente desde la primera persona gramatical, aunque no siempre) que les atribuye un modo inconfundible y reiterado de relacionarse con el mundo.

No es raro que, además, compartan con el autor algún rasgo de la biografía (llamarse Michel, querer poco a la madre, ser bastante misógino y con notorias dificultades sociales); pero en lo que más se le parecen es en el modo de estar en la vida. Solos, ganados por un cinismo involuntario que parece surgir de alguna experiencia profunda del alma. Sometidos a una afectividad precaria como la de un perro, pero conducidos por una inteligencia feroz, tan adaptada a las condiciones materiales como ajena a las destrezas sociales.

En El mapa y el territorio Houellebecq refuerza ese esquema poniendo a interactuar a dos personajes con esas características: uno es Jed Martin, un artista plástico que alcanza un desmesurado éxito de mercado; el otro es Michel Houellebecq, un escritor francés que goza de gran reconocimiento crítico y vende muchos libros, pero vive en el extranjero, en un exilio algo paranoico al que fue obligado por el rechazo de sus coterráneos. (Un rechazo que consiguió a fuerza de intervenciones imprudentes y opiniones pocas veces bien interpretadas, pero que parece siempre teñido de la envidia y el resentimiento que los simples proyectan sobre los más listos).

Claro que el narrador (esa figura teórica; esa presencia que algunas veces conviene llamar voz narrativa) se expresa siempre a través de Jed Martin. Michel Houellebecq, en cambio, es visto siempre desde afuera, mediado por la impresión que deja en Jed y por los comentarios que hacen, al pasar, los personajes secundarios.

MARCAS Y CONTIGUIDADES.

Antes de avanzar en los detalles de la trama convendría señalar que lo más interesante de esta novela es el modo inteligentísimo en que se da cumplimiento a lo que podríamos describir como la poética de Michel Houellebecq (el escritor detrás de la novela, ayudado, claro, por el personaje dentro de ella): la del mundo como yuxtaposición y no como relato.

En Interventions, un famoso conjunto de ensayos publicado en francés en 1998 (Anagrama lo publicó en español en 2005 con el título de El mundo como supermercado) el escritor postulaba la idea de que el verdadero paraíso moderno es el supermercado. En el mundo actual, dice, la voluntad -entendida como fuerza vital que se orienta hacia un objetivo- se ve anulada por el sobre abastecimiento y por la oferta infinita y siempre renovada de cosas, y se diluye en un apetito disperso que se ve atraído por todo simultáneamente, sin ser capaz de concentrarse en nada.

Esa incapacidad de concentración hace imposible el pacto de lectura tal como la modernidad lo concebía. "Los libros piden lectores; pero estos lectores deben tener una existencia individual y estable: no pueden ser meros consumidores, meros fantasmas; deben ser también, de alguna manera, sujetos". Por otra parte, la fuerza de la publicidad -retórica que sustenta al mundo como supermercado- también ha minado la capacidad de los occidentales de ser interpelados por la literatura. Lo que Houellebecq llama "la humilde petición de un libro abierto: que sean simplemente seres humanos, que piensen y sientan por sí mismos" ya no parece posible. El sujeto, entonces, no parece tener lugar en el mundo transformado en supermercado. Y ese mundo de híper abastecimiento no puede ser dicho bajo la forma retórica del relato, sino bajo la forma más precaria, más antigua o más simple de la yuxtaposición.

Houellebecq es, sin embargo, un escritor, y aunque es poeta -y eventualmente ensayista- no ha renunciado a escribir y publicar novelas. De hecho, es precisamente como novelista que ha sido traducido a varios idiomas y reconocido en todo el mundo. Es en ese punto paradojal que sus novelas pueden ser entendidas como la puesta en obra, la ejecución o realización, en un sentido material, de esa poética.

Para decirlo más claramente, podríamos postular que Houellebecq es un escritor realista tanto como los grandes novelistas que forman la riquísima tradición de las letras francesas. Es, como todo escritor, alguien que hace un mundo en el lenguaje. Pero es, sobre todo -como Flaubert, como Stendhal- un escritor que hace su mundo en el lenguaje. Alguien que, aunque use procedimientos distintos, extiende un espejo sobre el camino o fabrica la materialidad de una gorra, de un par de botitas o de unos guantes mediante el dominio preciso y lúcido de las herramientas de la escritura.

Claro que en tiempos en que la ingenuidad referencial del lenguaje parece haberse roto para siempre, el modo de construir una representación realista del mundo tiene, por fuerza, que diferenciarse del que servía en el siglo XIX. El sistema de referencias de Houellebecq está hecho de marcas comerciales, de logotipos, de minuciosas descripciones de productos, de alusiones al mercado y a la imposición de formatos siempre cambiantes de bienes y servicios.

Sus novelas incluyen tramos más o menos largos extraídos de manuales de funcionamiento de alguna máquina, de catálogos y folletos y, ciertamente, de la Wikipedia. Así, a medida que la vida del héroe sigue su derrotero, la voz narrativa pasa sus avisos acerca del desarrollo tecnológico en áreas tan diversas como la agricultura o la fotografía, explica los cambios económicos que se han producido a partir de la introducción de tal o cual material específico y se detiene en las ventajas y desventajas comparativas de los múltiples productos y modelos al alcance del consumidor. Como es lógico, esas reflexiones (porque son reflexiones: no hay que dejarse engañar por su aspecto puramente descriptivo) no rozan nunca las teorías del sujeto tan queridas por la tradición intelectual francesa. El método Houellebecq es el de decir lo que no está, mediante el silencio.

CORRESPONDENCIAS, FIGURAS, IMÁGENES.

Como decíamos, en esta novela hay, además de un protagonista que se parece un poco a Houellebecq, otro personaje que es el propio Michel Houellebecq. Ambos se conocen cuando el primero, Jed Martin, viaja a Irlanda para pedirle al segundo que escriba un texto para el catálogo de su próxima exposición. Houellebecq acepta el encargo -presumiblemente tentado por los diez mil euros que le van a pagar- y se queda con las reproducciones de las obras de Martin que le permitirán opinar sobre el asunto. Pero la visita al escritor dispara en Martin las ganas de retratarlo, así que los encuentros volverán a producirse cada cierto tiempo. Para ahorrar camino digamos que el retrato titulado Michel Houellebecq, escritor se convertirá en uno de los más interesantes (artísticamente hablando) de la serie "Retratos" de Jed Martin.

Acá conviene que nos detengamos en Jed Martin, nuestro héroe. Huérfano de madre, como corresponde a un héroe del planeta Houellebecq, Jed tiene con su padre una relación incómoda, de personas que, aun queriéndose, no tienen nada que decirse, o no saben cómo decirse lo que haría falta.

Sabemos de Jed que comenzó su aventura artística fotografiando objetos (tornillos, tuercas, herramientas, piezas mecánicas) a los que dotaba de cierto brillo plástico mediante la elección justa del fondo y el dominio preciso de la luz, el ángulo y la posición. También sabemos que la carpeta con que solicitó el ingreso a Bellas Artes se titulaba "Trescientas fotos de herramientas" e incluía información sobre los materiales empleados a lo largo de la historia para la fabricación de piezas mecánicas. Sin embargo "le había costado mucho (dificultad que lo acompañaría durante toda su vida) redactar la nota de presentación de sus fotos". Jed no posee la facultad del relato. Es mudo, aunque sepa hablar y mantenga una comunicación funcional, utilitaria, con quienes se cruzan en su camino. Y eso, dicho al pasar y nunca repetido, es lo más importante que sabemos de Jed.

MUNDO Y REPRESENTACIÓN.

El ingreso de Jed Martin al mundo del arte (recordemos que "el mundo" en el planeta Houellebecq es indiscernible de "el mercado") ocurre mediante la elevación al rango de objeto artístico de un objeto utilitario clave en la Francia turística de principios del siglo XXI: el mapa Michelin de carreteras. Tal como había hecho antes con tuercas, pistones y llaves, Jed fotografía los famosos mapas Michelin de tal modo que su limpia, luminosa belleza artificial es exaltada y restituida al universo de lo sublime, de donde nuestra perezosa mirada pragmática lo escamoteaba.

El siguiente escalón, sin embargo, será una sorpresa: Jed Martin abandona la fotografía y vuelve a la pintura figurativa. La serie que lo consagra como artista y lo vuelve multimillonario es, precisamente, la de personas retratadas en el acto de ejercer su oficio: el dueño de un bar posando ante el mostrador; una prostituta sonriendo mientras se desviste; dos genios de la informática conversando mientras juegan al ajedrez. La última pieza de esa serie es, naturalmente, la que se titula Michel Houellebecq, escritor.

Entonces está todo pronto: Jed Martin retrata a Houellebecq; Houellebecq escribe sobre Jed Martin.

RETRATO E INTERPRETACIÓN.

Obviamente, hay mucho más en esta novela de casi cuatrocientas páginas. Los cruzamientos no se limitan a la interacción entre personajes "reales" (conductores de televisión, escritores, políticos, etc.) y personajes inventados, ni a la mezcla de registros discursivos. También la novela parece cambiar de forma en la tercera parte y transformarse en un policial (pero es apenas un simulacro: las condiciones estructurales del policial no se cumplen).

Sin embargo, se podría postular que lo más significativo desde el punto de vista crítico es el recurso de explicitar la pérdida (o la retirada) del relato como forma privilegiada del lenguaje que da sentido al mundo. En el mundo como supermercado las imágenes se yuxtaponen del mismo modo que los productos y los negocios lo hacen. Se impone entonces una forma mimética del arte para dar cuenta del mundo (la fotografía, el retrato), pero esa forma de representación siempre resulta insuficiente. La imagen reclama un texto crítico que la ponga en sentido.

El gran asunto en esta novela, podríamos decir, es el de la imposibilidad, en un mundo que se ha vuelto sólo territorio y cartografía (y todos los títulos de las novelas de Houellebecq son, de algún modo, indicadores de esa convicción o de esa percepción territorial) de enlazar las dos dimensiones del plano -metáfora perfecta de las dos dimensiones de una vida social que discurre apenas en el "imaginario" lacaniano, en las proximidades y los intercambios- a una tercera dimensión -la simbólica- que solo es posible en el lenguaje complejo del relato.
La incapacidad verbal de Jed Martin, su imposibilidad de poner en palabras tanto su obra artística como su vida afectiva es correlato, a su vez, de una ausencia siempre presente en la narrativa de Houellebecq: eso que algunos psicoanalistas han llamado "función materna". Jed Martin es huérfano (Houellebecq no, pero fue abandonado por su madre), y es notoria la ausencia de esa función de enlace que, en el mundo occidental, la madre realiza para que el niño pueda desarrollar ciertas habilidades que lo instalen en lo social.

En la novela hay, además, un personaje femenino que es reiteradamente nombrado (Pépita Bourgignon, la más importante crítica de arte de Francia) pero nunca habla. Pépita no es, como otros críticos mencionados en la novela, un personaje "real". Es un invento del autor. Es un personaje puesto ahí para ignorar al protagonista. Para negarlo mediante el silencio.

Se ha hablado mucho de los aspectos misóginos de la narrativa de Houellebecq. Se ha insistido en el lugar equívoco que la mujer tiene en sus historias y se ha interpretado como machismo y resentimiento esa violenta amputación de lo materno en su obra. Pero tal vez no valga la pena hacer una evaluación moral. Seguramente es más interesante pensar que Houellebecq escribe desde y sobre un lugar -el primer mundo en tiempos de auge y caída del capitalismo de libre mercado- que puede ser pensado y dicho incluso mediante el procedimiento de postular la imposibilidad de decirlo. Pensar que tal vez el rol que esta narrativa atribuye a la función de enlace es tan significativo que todo el edificio se arma para poder dar cuenta de la enormidad y la relevancia de su falta, y para mostrar en qué mundo helado e inhabitable nos arroja su ausencia.

EL MAPA Y EL TERRITORIO, de Michel Houellebecq. Anagrama, 2011. Barcelona, 377 págs. Distribuye Gussi.

Articulo : http://www.elpais.com.uy 28/01/2012

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