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Si yo gobernara el mundo
Por Steven PINKER
Aunque muchos se empeñen en aferrarse a la
nostalgia y renegar del presente, el autor encuentra razones de sobra para
cuestionar el lugar común de que todo tiempo pasado fue mejor.
Mi primer mandato como rey de reyes sería
imponer a todos los expertos la siguiente regla: nadie puede proclamar la
decadencia, el retroceso o la degeneración del mundo sin presentar: 1. Una
evaluación de cómo es ahora; 2. Una evaluación de cómo era anteriormente, y 3.
Una demostración de que el primer resultado es peor que el segundo.
Lo primero que eliminaría este decreto
serían las tediosas jeremiadas que han rondado por siglos acerca de la
decadencia del lenguaje. Si los profetas tuvieran razón, a estas alturas nos
comunicaríamos con gruñidos a lo Tarzán; en cambio, no solo vemos muchísima
prosa clara y competente en medios de actualización diaria como Wikipedia o
Amazon, sino que también es posible encontrar escritura excepcional a
borbotones, tal como puede constatar cualquiera que haya gastado una mañana en
sitios como The Browser o Arts & Letters Daily.
Los expertos de la lengua tienden a
confundir su propio fastidio con un verdadero declive del lenguaje. Hace
cincuenta años, los editores expedían fetuas en contra de extranjerismos como
“líder”; y hace apenas algunas décadas despotricaban en contra de expresiones
como “las gentes” (en lugar de “la gente”) y algunos verbos creados a partir de
sustantivos, como “contactar” o “finalizar”. En la actualidad, ese tipo de
contrabando lingüístico es inevitable, si no indispensable. De la misma forma,
se ha vilipendiado la filtración de la nueva jerga tecnológica en el lenguaje
(“palanca”, “incentivar”, “sinergia”) sin tener en cuenta que ejemplos previos
de este fenómeno (“proporcional”, “placebo”, “falso positivo”) permitieron al
mundo entero pensar conceptos abstractos, y pueden incluso haber contribuido al
efecto Flynn, el aumento implacable del coeficiente intelectual de la humanidad
durante el siglo XX.
Y ya que hablamos de tecnología, los
ludistas modernos tienen mala memoria. Los padres que se lamentan porque los
jóvenes parecen tener sus iPods y celulares soldados a los oídos parecen
olvidar que también los suyos se quejaban por sus teléfonos privados o sus
radios transistores. La prosa abreviada de los tuits y los mensajes
instantáneos no es más propensa a corromper el lenguaje o disminuir la
capacidad de atención de la gente que los telegramas, los anuncios de radio y
los lemas publicitarios de ayer. El correo electrónico puede parecer una
maldición, ¿ pero volvería alguien a las estampillas, las cabinas telefónicas,
el papel carbón y las montañas de mensajes telefónicos? Es más, ahora que
nuestros compañeros de cena pueden verificar cualquier cosa en un iPhone, nos
damos cuenta todos los días de que mucho de lo que creemos es falso –una
lección importante acerca de la fragilidad de la memoria–.
Pero en ningún caso es tan perjudicial
confundir un dato aislado con una tendencia como cuando de comprender la
violencia se trata. Cada vez que explota una bomba en un atentado terrorista,
un francotirador se enloquece o un avión no tripulado mata a un inocente, los
críticos comienzan a preguntarse a dónde ha ido a parar el mundo; pocas veces
se preguntan qué tan malo era antes.
Bajo casi cualquier estándar cuantitativo,
el pasado era mucho peor. La tasa de homicidios en el Medioevo era 35 veces más
alta que la de hoy, y la proporción de muertos en las guerras tribales era
quince veces superior. Los imperios desa-parecidos, las invasiones de tribus
nómadas, las Cruzadas, el comercio de esclavos, las guerras religiosas y la
colonización de América alcanzaron cifras de mortalidad que, en proporción con
el tamaño de las respectivas poblaciones, son semejantes o exceden las de las
guerras mundiales. Siglos atrás, era posible quitar la nariz a la mujer de un
adúltero, condenar a muerte a un niño de siete años por robar una enagua,
cortar a una bruja en dos con un serrucho y golpear a un marinero hasta dejarlo
en carne viva. En la Inglaterra del siglo XVIII eran tan frecuentes y tan
peligrosos los disturbios que en inglés todavía se usa la expresión “to read
someone the riot act” (“leerle a alguien la Ley Antimotines”) para decir que se
va a castigar a una persona. Igualmente, la violencia de la Rusia del siglo XIX
nos dejó la palabra “pogromo”, presente en varias lenguas. Desde el pico que
tuvieron durante la postguerra en 1950, las muertes en el campo de batalla han
disminuido radicalmente a pesar de algunos reveses. Las muertes causadas por el
terrorismo son menos comunes en nuestra “era del terror” de lo que fueron en
los sesenta y los setenta, época de bombardeos, secuestros y balaceras
frecuentes a manos de todo tipo de ejércitos, ligas, coaliciones, brigadas,
facciones y frentes.
Y no, no me estoy inclinando hacia mi
propia “nueva tendencia perturbadora”. En 1777, David Hume escribió: “La
tendencia a culpar al presente y admirar el pasado está profundamente arraigada
en la naturaleza humana”. Un siglo antes, Thomas Hobbes identificó su fuente:
“La competencia en los elogios induce a reverenciar la Antigüedad; porque los
hombres contienden con los vivos, no con los muertos”. A esto se pueden añadir
la ignorancia histórica, el analfabetismo estadístico y el hecho de que las
personas confunden los cambios en ellas mismas –las responsabilidades de la
adultez, la vigilancia de la paternidad, la decadencia que viene con la edad–
con los cambios del mundo.
Con independencia de cuáles sean las
causas, culpar irreflexivamente al presente constituye una debilidad que es
preciso resistir, así nunca llegue a ser penalizada. Aunque se alardee de ello
como un signo de sofisticación, puede usarse para adquirir ventaja sobre los
demás y convertirse en una excusa para la misantropía, especialmente en contra
de los jóvenes. Además, corroe la apreciación de las instituciones de la
modernidad, como la democracia, la ciencia y el espíritu cosmopolita que han
hecho nuestras vidas mucho más ricas y seguras.

