Aniversario / A 70 años del suicidio
Zweig Stefan: Entre Brasil y la Argentina
Por Alberto ARMENDARIZ
Las divisiones políticas en nuestro país
asustaron al escritor austríaco. Por eso eligió Brasil para pasar sus últimos
años, dice su biógrafo Alberto Dines, autor de Morte no paraíso
"Como el mundo está convencido de que
no puede depender de la prosperity americana, para nosotros América
del Sur surge como una esperanza viva." En 1932, después de la Gran
Depresión que hizo tambalear a Estados Unidos y sacudió el avispero político
europeo, el escritor austríaco Stefan Zweig (1881-1942) estaba seguro de que la
Tierra Prometida se hallaba en estas latitudes, más precisamente en la
Argentina. Así se lo transmitió en varias cartas a su amigo Alfredo Cahn, un
suizo radicado en Buenos Aires, periodista, traductor de la obra de Zweig al
español y su agente literario en nuestro país.
Extractos de esa correspondencia, así como
comentarios sobre los dos viajes de Zweig a la Argentina -que terminaron
convenciéndolo de que El Dorado que tanto anhelaba no se encontraba aquí, sino
en el vecino Brasil-, forman parte de la cuarta edición, ampliada, del
libro Morte no paraíso (Editora Rocco), del brasileño Alberto Dines,
que está a punto de publicarse, en conmemoración del 70° aniversario del
suicidio conjunto de Zweig y su esposa en Petrópolis, el 23 de febrero.
Reconocido periodista, fundador del sitio Observatorio de la Prensa y director,
a lo largo de su carrera, de varios diarios y revistas, Dines, de 79 años,
espera traducir pronto el libro al español.
"Zweig, que en su época era
considerado un consagrado escritor, novelista y biógrafo, se volvió más
conocido para las generaciones siguientes por su ensayo Brasil, país del futuro.
El título se convirtió en una suerte de broma o maldición para Brasil; una
eterna promesa que nunca se alcanzaba y que ahora muchos creen que se está
concretando. Pero en realidad, muy poca gente sabe que todo comenzó por su
interés por la Argentina", contó Dines a adn.
Miembro de una adinerada familia judía de
Viena, Zweig estudió filosofía y comenzó su carrera literaria publicando
ensayos en el feuilleton cultural del diario Neue Freie Presse, que
estaba dirigido por Theodor Herzl, el fundador del movimiento sionista moderno.
Aunque Zweig no era muy practicante, tampoco rechazaba su religión. Y pese a
tener una visión política clara, no integraba ningún partido.
"En esos años, Viena era una fábrica
de utopías, y él era un idealista que estaba siempre en búsqueda de la
perfección. Era un idealismo en la tradición de Goethe; desde temprano, él se
consideraba un europeo, mucho antes de que existiera la concepción de una
Europa unida", explicó Dines.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial,
influenciado por las ideas del escritor francés Romain Rolland, a quien
consideraba su maestro, Zweig adoptó un profundo pacifismo, que lo acompañaría
toda su vida. Antes de que el conflicto acabara, publicó una obra de
teatro, Jeremías, un drama poético contra la guerra y el triunfalismo,
que, según él, generaba más guerras. La pieza fue un éxito y lo volvió
conocido.
Ya para los años 20, después de haber
escrito las novelas Amok, La confusión de los sentimientos y Carta
de una desconocida, y biografías de Dickens, Dostoievski y Nietzsche, Zweig era
un autor famoso en todo el mundo. Un escritor "comercial" gracias a
que había explotado dos "nichos de marketing " nuevos: el
público femenino y el psicoanálisis (era amigo personal de Sigmund Freud).
Con Europa revuelta por las fuerzas
nacionalistas, se lanzó a una búsqueda del país ideal, perfecto. Recorrió la
India, Suiza, Estados Unidos, el Caribe, y en 1928 aceptó una invitación del
escritor ruso Máximo Gorki para visitar la Unión Soviética. Aunque reconoció
grandes conquistas sociales, muy poco después los informes de los asesinatos y
los campos de concentración lo desencantaron. Fue entonces cuando, tras
leer Memorias sudamericanas, de Hermann Von Keyserling, se apasionó por la
idea de conocer América del Sur, y especialmente la Argentina.
"Sé muy bien que la vida intelectual
allí da grandes pasos y creo que después de algunos años de inmovilidad en el
idioma español, un nuevo impulso vendrá de la Argentina", escribió a su
amigo Cahn en Buenos Aires.
Por diversos motivos, dos viajes que
planeó entre 1928 y 1932 se cancelaron, y en 1933, con el ascenso de Hitler al
poder, temeroso por su futuro, decidió finalmente abandonar Viena e instalarse
en Londres con su primera esposa, la también escritora Friderike Winternitz. En
1936 le llegó una invitación del PEN Club para participar en su congreso
internacional, que se iba a realizar en Buenos Aires. Casi al mismo tiempo, un
joven editor brasileño, Abrahão Koogan, le escribió con la intención de empezar
a publicar su obra en portugués, y al enterarse de que pensaba viajar a la
Argentina, lo invitó a pasar antes por Río de Janeiro, por entonces capital de
Brasil.
"Koogan le consiguió una invitación
como huésped oficial del presidente Getúlio Vargas. Lo ubicaron en el
Copacabana Palace, el mejor hotel de la ciudad, y se le hizo una recepción en
el Palacio de Itamaraty. Comenzaron así encuentros muy agradables para él, con
conferencias, cócteles con mujeres muy lindas y exóticas, morenas,
mulatas", relató Dines, quien recordó que para entonces Zweig ya estaba
mal con su esposa y todavía no había comenzado el romance con su secretaria,
Charlotte "Lotte" Altmann, casi 30 años más joven que él. Se casaría
después con ella, y se suicidarían juntos.
Según consta en sus diarios de viaje,
Brasil fascinó a Zweig desde el primer momento. Quedó encantado con las
diferentes tonalidades de piel y la ausencia de prejuicios raciales.
"Descubrió aquí una cordialidad, una bondad que le gustó mucho. Él pensaba
que esa convivencia pacífica que halló estaba en las antípodas de lo que
sucedía en Europa", apuntó Dines.
Al desembarcar en Buenos Aires, en
septiembre de 1936, el ambiente le pareció más pesado. La Argentina ya vivía
apasionadamente la Guerra Civil Española. El clima político estaba muy
convulsionado, con el país fracturado entre los que estaban a favor y los que
estaban en contra del fascismo. El Congreso del PEN fue un hervidero de
debates, en los que participaron escritores como Jules Romains, Emil Ludwig,
Filippo Tommaso Marinetti y Giuseppe Ungaretti, además de los locales Victoria
Ocampo, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez y Eduardo Mallea, entre otros.
"Las divisiones políticas en la
Argentina asustaron a Zweig; quedó muy decepcionado por la radicalización
política argentina. Aunque Brasil estuviese en una cuasi dictadura, la cuestión
política no era tan fuerte como en la Argentina, donde se la vivía con mucho
fervor. Se retrajo. Tuvo una mínima participación en el congreso: no quería
entrar en ese juego. Habló sobre cómo la política había hecho de su Europa un
continente de odios, y dijo que los intelectuales no podían estimular esos
sentimientos", explicó Dines.
De vuelta en Gran Bretaña, se abocó a
escribir (La piedad peligrosa, Conquistador de los mares: la historia de Magallanes),
terminó su matrimonio con Friderike, se casó con Lotte y se mudaron a Bath.
Cuando Hitler ocupó Polonia, Zweig escribió en sus diarios que estaba
convencido de que ése sería el comienzo de una guerra mucho mayor. Inició una
intensa correspondencia con Alfredo Cahn en Buenos Aires y con Abrahão Koogan
en Río. Con el avance alemán sobre Francia, ya hacía planes para abandonar Gran
Bretaña; creía que si París era ocupada, los alemanes invadirían luego las
islas británicas. Se decidió entonces a regresar a América del Sur y a escribir
un libro sobre Brasil, que se convertiría en el célebre Brasil, país del futuro.
"La guerra no para de resonar en su
cabeza. Tras la caída de Dunkerque (4 de junio de 1940), en su diario anotó que
ya había comprado morfina. No dice para qué, pero es obvio que la idea del
suicidio ya estaba instalada", indicó Dines.
Con su depresión a cuestas, el 21 de
agosto de 1940, Zweig y su joven mujer volvieron a desembarcar en Río, pero por
poco tiempo. Cahn le organizó una serie de conferencias en la Argentina y en
Uruguay, con el título "La unidad espiritual del mundo". Pero el
escritor seguía más interesado por el exuberante vecino, y en el consulado
brasileño en Buenos Aires consiguió un permiso de residencia permanente en
Brasil.
"Hubo acusaciones de que
escribió Brasil, país del futuro comprado por la dictadura de Vargas.
Pero Zweig era casi millonario, no necesitaba dinero. Él ya estaba fascinado
por Brasil, pero si hubo algún trato con el gobierno brasileño, la moneda de
cambio que a él más le servía era ese permiso de residencia en Brasil. Creía
que pronto su pasaporte británico ya no tendría utilidad, cuando Gran Bretaña
fuese ocupada por los nazis", destacó Dines.
Ya en Brasil, Zweig recorrió San Pablo,
Minas Gerais, Bahía, Pernambuco y Pará para realizar sus investigaciones, y
luego se instaló en Nueva York, para consultar varias bibliotecas
estadounidenses. Ahí también comenzó a trabajar sin respiro en su libro de
memorias, El mundo de ayer, que quería dejar como testimonio de su época.
Para su sorpresa, al volver a
Río, Brasil, país del futuro fue pésimamente recibido por la crítica,
aunque el libro se vendió muy bien. Se consideró bastante ingenua su
valorización de la historia brasileña; afirmaba que la esclavitud en Brasil fue
menos sangrienta que en Estados Unidos. En cambio, la sección económica del
libro, realizada con la ayuda del empresario y académico Roberto Simonsen,
presentó aspectos muy atractivos.
"Señaló la posibilidad de producir
combustible a través de alcohol de caña de azúcar, porque Brasil no tenía
petróleo en aquella época. Pero lo que es más destacable es lo que captó desde
el principio su atención: la fusión de razas, el mestizaje. Vio blancos,
negros, judíos, japoneses y árabes conviviendo en armonía. No hablaba de
multiculturalismo, porque ésa es una palabra moderna, pero la idea está ahí.
Lamentablemente esa cualidad el Brasil de hoy la está perdiendo, en parte por
la expansión de la violencia y en parte por la falta de inversión en educación",
opinó Dines.
Zweig quedó muy triste por la recepción
del libro y sintió que debía alejarse un poco de la vida social de Río, por lo
que se mudó con Lotte a Petrópolis, en la Sierra Fluminense. Fue un error;
quedó muy lejos del mundo, aislado, y eso empeoró su depresión. A pesar de
todo, allí Zweig escribió novela de ajedrez, una pequeña obra maestra que
relata la historia de un campeón de ajedrez que viaja en barco de Nueva York a
Buenos Aires para disputar un campeonato y en la travesía marítima se topa con
una enigmática víctima del nazismo. Quien lo visitaba regularmente en
Petrópolis era la poetisa chilena Gabriela Mistral, por entonces cónsul de
Chile en Río de Janeiro.
Tras la entrada de Estados Unidos en la
Segunda Guerra Mundial (8 de diciembre de 1942), se celebró en Río una
conferencia interamericana de cancilleres, en la que, bajo la recomendación de
Washington, toda América latina -salvo la Argentina y Chile- decidió romper
relaciones con el Eje (28 de enero). Para Zweig entonces era inevitable que
Brasil entrara en la guerra. Sus fantasmas se tornaron más inquietantes. Bajó a
Río para ver el carnaval, que jamás había visto, y al volver a Petrópolis, el
18 de febrero, lo alcanzó la noticia de que un barco brasileño había sido
hundido por un submarino alemán. Brasil se había metido de lleno en el
conflicto bélico.
"La idea de suicidarse ya estaba en
su cabeza desde hacía tiempo, pero los acontecimientos mundiales la hicieron
madurar más rápido", opinó Dines, quien destacó que Zweig y Lotte pasaron
los últimos dos días de sus vidas arreglando todo para el suicidio: 19 cartas
de despedidas, la casa en orden, inclusive un paquete de libros prestados con
una nota para ser devueltos...
El 23 de febrero, la casera de los Zweig
los encontró muertos sobre sus camas, tomados de las manos.
GABRIELA MISTRAL: "ERA TIERNO COMO
UNA CRIATURA"
La despedida de la poeta chilena, íntima
amiga de Zweig, en La Nación
La dramática carta de Gabriela Mistral que
más abajo reproducimos -enviada a Eduardo Mallea, que dirigía el suplemento
literario de La Nación, y publicada el 3 de marzo de 1942- revela detalles
particulares, conmovedores y profundos sobre la muerte de Stefan Zweig, cerca
de quien la gran poetisa chilena estuvo con tan devota frecuencia durante los últimos
meses en la villa brasileña de Petrópolis. La belleza de estas palabras
desgarradas hace de ellas la mejor despedida que una de las poetas más
cotizadas de América podía tributar a esta naturaleza caída.
Eduardo Mallea: van adjuntas unas letras
de hace días, donde hallará usted un recado de nuestro Stefan Zweig. Yo no
podía mandárselas hoy, 24 de febrero, sin añadirles unas palabras sobre el
horrible día 23. Salí hacia Petrópolis a las once y media; mi bus ha debido
pasar por la casa de nuestro amigo a mediodía: a esa hora él y su mujer
agonizaban, allí, solos, sin que nadie supiese esa agonía. La criada tenía
costumbre de que sus patrones durmiesen hasta las 10; no le extrañó mucho, al
acercarse a la puerta hacia las 12, oír "la respiración del señor
Zweig". Pero la pobre mujer solamente a las cuatro se decidió a abrir la
puerta. Avisó a la policía; andaba tan trastornada que al recibir a un
arquitecto francés que venía de visita, le contestó: "Sí, allí están; pero
están muertos". La policía llamó al presidente del PEN Club, Dr. [Claudio]
De Souza, a quien estaba dirigida la carta del maestro para sus amigos y que
tal vez usted ya ha leído. El doctor fue a comunicar personalmente la tragedia
al presidente -quien ordenó hacer las exequias por cuenta del Estado- y avisó a
la prensa de Río. Nosotros supimos la desventura por un telefonazo de M.
Dominique Braga, a las nueve de la noche. Yo estaba recogida y oía sin entender
este diálogo: "No puedo oírle, señor Braga; hable usted más alto. El
teléfono está mal. No le oigo todavía. No le puedo oír". Y después:
"¡Qué cosa tan horrible!" y el llanto no dejaba hablar a Connie
[Saleva, secretaria de G.M.], lo mismo que a M. Braga. Creí que se tratase de
un accidente de auto y busqué entre mis amigos de Petrópolis. A cualquiera
hallaba menos a ellos. Porque hacían la vida más quieta del mundo, y la más
dulce en la apariencia y la más linda de ver.
Tenía tanto miedo de saber, amigo mío,
tanto temor, que no quería preguntar. Connie subió llorando como un niño. Aquí
los tres teníamos, más que el cariño, la ternura de ese hombre llano como una
criatura, tierno en la amistad como no sé decirlo, y realmente adorable. Usted
sabe con cuánta frecuencia nos veíamos, ¡ay! Con menos de la necesaria para
haber sabido el secreto de ellos y haberlos ayudado, si dable era ayudarles,
¡Dios mío!
Salimos hacia Petrópolis con una sensación
de sonámbulos que hacen cosas absurdas: saberlos muertos no era posible para
nosotros, y muertos por suicidio, menos. La pequeña casa de columnetas, a media
colina, a cuya puerta nos esperaba siempre, subiendo lentamente las escaleras,
estaba guardada por la policía. Arriba hallamos al doctor De Souza y a su buena
mujer, al presidente de la Academia de Petrópolis, a un grupo de hebreos, al
editor brasileño de Zweig y a los consabidos corresponsales de la prensa
nacional y extranjera. Nosotros seguíamos hablando y oyéndolo todo como
sonámbulos.
Al fin entré en el dormitorio y estuve
allí no sé cuánto tiempo sin levantar la cabeza. Yo no podía o no quería ver.
En dos pequeños lechos juntos estaba el maestro, con su hermosa cabeza
solamente alterada por la palidez. La muerte violenta no le dejó violencia
alguna. Dormía sin su eterna sonrisa, pero con una dulzura grande y una
serenidad mayor todavía. Parece que él murió antes que ella. Su mujer, que
habrá visto ese acabamiento, le retenía la cabeza con el brazo derecho, y toda
su cara estaba echada sobre la suya. Al ser separada de su cuerpo, ella quedó
con brazo y mano torcidos y rígidos, y habrá que desgobernar el pobrecito
cuerpo al ponerla en el ataúd. El rostro de ella estaba muy parecido. No habrá
nada que me disuelva esta visión.
Tenía él 61 años; ella, 33. El decía
siempre: "En años, soy más que su padre". Ella supo irse con él,
dejando atrás la vida entera. La miré mucho rato en el ademán y en el
prodigioso enflaquecimiento del veneno o de la angustia de la última hora: la
de verlo muerto a su lado. Mantengo todo mi concepto cristiano sobre el
suicidio, amigo mío, pero creo que él no me prohíbe sentir este desgarramiento
por el amor de esa mujer hacia un hombre viejo a quien quiso con pasión y
amistad. Lo cuidaba con un celo tal que no estaba lejos de él diez minutos: del
aire frío, del mucho escribir, del mucho andar -que era su vicio único-, del desaliento:
de todo lo guardaba. En mi país yo hubiese rogado que los sepultasen juntos,
como a los Berthelot. Zweig dormía sin sueños, aliviado para siempre del tiempo
y el mundo vergonzosos que fueron la ración de su vejez.
Mi asombro y el de cuantos lo tratamos
aquí son inmensos. Hoy sólo puedo contarle nuestro penúltimo encuentro. Nos
invitó a almorzar, añadiendo a nosotros tres a Hortensia Río Branco, que estaba
en casa. Lo encontré un poco desmejorado, pero en un ánimo más alegre que otras
veces. Le di la noticia de la venida de Waldo Frank, anunciada en la carta
suya, y le participé mi proposición de que el amigo viniese a casa, a
Petrópolis, para escapar del calor. Entonces ambos me dijeron que
compartiríamos a Frank, quien podía pasar días con ellos, días conmigo. Así lo
convinimos.
Contó riendo que él había dispuesto un
almuerzo austríaco, desde la sopa hasta el postre. Y él lo sirvió, con su linda
manera, que nunca se sabía si era de uno muy viejo o muy niño. Habló un poco de
Bélgica con doña Hortensia, residente de media vida en ese país.
Luego salimos hacia la terraza, donde a él
le gustaba trabajar, pero me detuvo al pasar por su escritorio para leerme una
preciosa carta de Martin du Gard, el novelista. Leía y repetía frases y frases,
haciéndome sentir el perfecto, el hermoso estado de espíritu de esta otra alma
en prueba. Salimos a la terraza hablando de las gentes que están viviendo su
tragedia sin la pérdida de una pizca de decoro y de elegancia en la conducta.
Entonces me dijo, mirándome de un modo particular y recalcándome las palabras:
"Habría que decir lo peligroso que es en América comenzar una persecución
de los alemanes; sé que hay algunos signos de eso, y me alarman mucho". Lo
tranquilicé, asegurándole que no habrá inquisición, ni cosas parecidas a
las débauches sangrientas de Europa, en nuestros pueblos. Y entramos
en una larguísima conversación sobre el indio, el negro y las gentes cruzadas.
Le oí una alabanza conmovida de los misioneros portugueses. Yo había procurado
antes interesarlo en los misioneros del Continente como asunto para un libro
suyo que podría ayudar mucho a nuestros indios. Celebró la bondad del negro,
"que es una sola cosa -dijo- con su alegría". Añadió lindas
observaciones del temperamento brasileño en la piedad y el equilibrio pasional.
De la gente pasó a la tierra, y me pidió caminar con él por los alrededores de
nuestra ciudad, lo cual le prometí. Él me creía entendida en plantas, sólo por
haberme visto cultivar un pedazo de jardín de la casa? "Gabriela Mistral -me
dijo-, yo tengo este deseo que me va a conceder. Conversaremos mejor de todo
esto andando por la tierra rural."
Hace unos diez días de todo esto: trato de
recordar con mucha precisión la parte referente a Frank y la última, porque son
dos compromisos que él se hacía y que nadie le había solicitado. Estoy cierta
de que no me engañaba -¡para qué!- y de que no pensaba matarse.
Poco después me habló por teléfono para
preguntarme si yo iría a una recepción oficial de la Prefectura (o Gobernación)
de Petrópolis, pues él tenía la invitación, pero no la compañía. Allá fuimos y
estuvo a gusto, a pesar de lo poco que le agradaba la vida mundana.
No creo en las conjeturas que se hacen
sobre la situación económica del maestro Zweig. Su editor las desmintió rotundamente
anoche, a dos pasos del muerto. Las grandes ediciones suyas lanzadas por la
mayor editorial yanqui, más algunos artículos pedidos de los Estados Unidos,
podían asegurarle a lo menos unos años de un bienestar modesto, pero
suficiente. Por otra parte, no puede ni imaginarse un momento de extravío o de
locura: escritor más sensato, más dueño de su alma, menos delirante (a pesar de
haber descripto como nadie el delirio), no puede tal vez encontrarse en nuestra
generación. Pienso, sin pretensión de adivinar, que las últimas noticias de la
guerra lo deprimieron horriblemente y en especial el comienzo de la guerra en
el Caribe, el hundimiento de barcos sudamericanos. ¡Ay! ¡Había visto llegar así
la guerra a tantas costas! Habrá que añadir su última información: la de los
sucesos del Uruguay. También eso se parecía de un modo tremendo a lo visto en
Europa, duela o no duela confesarlo. Estaba harto de horror, no podía ya más.
Amigo mío: ya sé que los fáciles dirán
para condenar -y hasta algunos estoicos- que Zweig se debía a nosotros y que su
escapada de la tragedia común es una gran flaqueza. Y mucho más se dirá.
Hablarán de su falta de fe en lo sobrenatural y acaso de la famosa cobardía
israelita.
Yo me quedo esperando su autobiografía,
escrita aquí mismo, en nuestro Petrópolis, que él amaba tanto como yo. Porque
no sabemos todo lo que este hombre padeció desde hace unos siete años, desde
que el escritor alemán fiel a la libertad pasó a ser bestia de cacería. Su
sensibilidad superaba a la mostrada en sus libros: era una sensibilidad
femenina, en el mejor sentido del vocablo; habría que decir
"inefable". Cuando hablábamos de la guerra, yo seguía en su cara,
punto a punto, su corazón en carne viva e iba midiendo lo que yo podía decir,
lo cual no me ha ocurrido con ningún hombre de letras. Y no era que perdiese en
momento alguno su control riguroso; era que los hechos brutales, o simplemente
penosos, no parecían ser oídos, sino tocados por él en el mismo instante en que
los escuchaba y le caía al rostro una tristeza sin límites que lo envejecía de
golpe. (Usted recuerda la juventud de su aspecto; toda ella desaparecía en
cayendo la guerra en la conversación.) Su repugnancia de la violencia era no
sólo veraz; era absoluta.
Le importaban todos los pueblos y se había
apegado muchísimo a los nuestros. Estuvo a punto de irse a Chile, por una
invitación de Agustín Edwards; se quedó en Brasil y lo sirvió con un libro
ejemplar sobre territorio, historia y pueblo. Halló los Estados Unidos
demasiado recios o duros, no sé. Prefería el sur porque, además, necesitaba de
mucha dulzura de clima el hombre de sesenta años.
Su melancolía más visible era la pérdida
de la lengua materna. En su primera visita a esta casa me dijo que nada del
mundo podría consolarlo de no volver a oír en torno suyo el habla de su
infancia. "Esto -dijo- es lo único irremediable." Él esperaba
entonces con certidumbre cabal la caída del hitlerismo; pero ya había comprado
una casa en Inglaterra y posiblemente, como muchos desterrados, pensaba que al
regresar llevaría las heridas de un dictador, y además las de los seudo amigos
que traicionan o que consienten. Su sobriedad para juzgar a su patria me
pareció completa; jamás un denuesto, ni siquiera un vocablo castigador; su
continencia verbal formaba parte de su hidalguía. (El tipo de nariz no era
judío; mejor recordaba al español, inglés o francés).
No pudimos hacer nada por él, aparte de
quererle en esta casa los tres, porque era lo más natural del mundo el tenerle
no sólo admiración, sino una ternura conmovida.
¡Ay! Que no remuevan los creyentes estos
huesos de doble fugitivo y renuncien al ejercicio fácil de dar una lección
sobre un muerto que deja empobrecida a la humanidad, y en todo caso a los
mejores. En él había miel de Isaías, también llama paulista, también ambrosía
de Ruth.
Adiós. G. M..
Articulo : http://www.lanacion.com.ar 17/02/2012

