Libros y autores
Un cuentista de antología
Por Álvaro Matus
Los relatos de Amor
ciego revelan el sensible arte de V.S. Pritchett, otro de los narradores
británicos del siglo XX relegado por la fama global de Orwell y Graham Greene
Por V.S. Pritchett
La Bestia Equilátera
Trad.: Martín Schifino
284 páginas
$ 76
Varias editoriales comenzaron a recuperar
en los últimos años la obra de escritores británicos de posguerra que habían
caído en el pozo del olvido, eclipsados de alguna manera por Graham Greene y
George Orwell. Galaxia Gutenberg sacó Los esclavos de la soledad , de
Patrick Hamilton; Lumen acaba de reeditar Los viejos demonios , de
Kingsley Amis, Libros del Asteroide ya cuenta con cinco novelas de Nancy
Mitford y en el catálogo de Impedimenta se encuentran figuras como John Braine
( Un lugar en la cumbre ), Penelope Fitzgerald ( La librería) y
Alan Sillitoe ( Sábado por la noche y domingo por la mañana ).
Ninguno de ellos poseía quizás el fuego para conectar con los grandes
conflictos políticos del siglo XX, pero la singularidad de su mirada y el
encanto de su prosa, clara y atrevida al mismo tiempo, los sitúan por encima de
otros escritores muy publicitados. En la Argentina, el sello La Bestia
Equilátera le suma, al anterior rescate de Julian MacLaren-Ross, Alfred Hayes y
Muriel Spark, este volumen de cuentos de V. S. Pritchett.
Nacido en 1900 y proveniente de una
familia de clase media, Pritchett abandonó el colegio a los 15 años para
trabajar en una curtiduría. Según contó en una entrevista a The Paris
Review , su familia no tenía dinero para seguir costeando sus estudios y
él reprobó el examen para obtener una beca. El tema de la prueba era El Arca de
Noé, con preguntas de historia, con fechas, datos y cifras. A Pritchett todo
eso lo aburría como una ostra, así que escribió un relato donde describía todo
lo que ocurría dentro del barco durante el viaje. Era necesario que muriera el
estudiante para que naciera el escritor.
En el negocio de cuero era el joven de los
mandados: salía todo el día con documentos para los muelles y almacenes, lo que
a su vez le permitió conocer a mucha gente y vislumbrar realidades distintas a
la suya. Se demoró cuatro años en juntar el dinero para irse a Francia, donde
fue empleado de una tienda de fotografía y descubrió que debía escribir
"sobre lo que sabía y lo que estaba haciendo". Su primera historia,
de hecho, gira en torno a la vida en un quinto piso de un hotel barato de
París. Más tarde combinaría la escritura de ficción con el periodismo -cubrió
la Guerra Civil en España, los conflictos en Irlanda-, los libros de viajes y
la crítica literaria, campo en el que alcanzaría una enorme influencia desde The
New Statesman , Horizon y The New Yorker . Pritchett
murió en 1997, lo que le permitió abarcar casi todo el siglo en materia de
reseñas: de Henry James a Proust, de Evelyn Waugh a Faulkner, Nabokov y otros
más jóvenes que él.
En los seis relatos de Amor ciego sorprende
la atención a los detalles de la vida corriente y la vivacidad de los diálogos.
Los narradores de Pritchett son cercanos, cálidos y muchas veces divertidos.
Responden a la figura del testigo: alguien que conoció lo suficientemente de cerca
una situación como para reparar en los aspectos más sutiles y que, al mismo
tiempo, guarda cierta distancia con los protagonistas de los hechos.
"La bella de Camberwell", por
ejemplo, es una historia absorbente, ambientada en el mundo de los anticuarios.
"Esas tiendas permanecen cerradas casi todo el tiempo -dice el narrador,
un hombre que está dando sus primeros pasos en el negocio-. Uno sacude el
picaporte y nadie responde. En la vidriera se ve que cada objeto irradia algo
parecido a una sonrisa de malicia, sobre todo la vajilla y la cristalería; los
muebles afirman con placidez que estuvieron en casas mejores de las que uno
tendrá jamás; la platería habla de los sirvientes de antaño, de las manos
muertas que las colocaron; hasta el polvo es el polvo de las familias que ya no
existen".
En ese ambiente mohoso y desordenado,
quieto pero caótico, August y la señora Price viven con una sobrina pequeña que
desde el comienzo causa una profunda atracción en el narrador. La tensión del
cuento no radica tanto en las tretas y artimañas de los anticuarios por
conseguir tal o cual pieza como en la inocencia de esa niña que se interna en
"un oficio raído", poblado por sujetos avaros, vanidosos,
intrigantes. La degradación será inevitable y desafía (el cuento es de 1974) la
corrección política de hoy.
En "El regreso", uno de los
puntos más altos del volumen, Hilda vuelve a casa de su madre después de 13
años de ausencia. Estuvo en Bombay, Singapur y Tokio, se casó y enviudó dos
veces, pasó por un campo de concentración japonés. A su llegada la esperan los
antiguos vecinos de su calle, hombres y mujeres más o menos provincianos, que
posiblemente nunca salieron de Londres y que se han enterado de manera
fragmentada de la tumultuosa vida de Hilda. La curiosidad deriva rápido en
envidia: la protagonista usa joyas, se viste con una elegancia nunca vista en
esos barrios, viene con tres o cuatro maletas repletas de ropa, en sus viajes
en barco conoció a un norteamericano acaudalado, a un escritor que le promete
escribir su biografía para luego hacerla película y a quién sabe cuántos más?
La historia es contada por un joven
bibliotecario cuyo hermano, muerto durante la guerra, estuvo enamorado Hilda.
"Todos habíamos soñado con Hilda -dice-, pero ahora, de regreso en casa,
ella cambiaba tan rápidamente como los sueños. Mientras la mirábamos, ella
parecía más lejana que durante todos los años que había estado ausente. La idea
nos excedía. Era como la anécdota de una bomba que explota o de amantes que
huyen o la fotografía que se ve en el periódico de muchachas bañándose: algo
irreal y, de alguna manera, insultante para los que estábamos vivos, en el
sentido cotidiano de la palabra. O quizá era como el cuadro que uno ve en una
galería de arte que nos entristece porque está pintado."
Aunque la llegada de la mujer es el
comienzo de las desgracias, el ambiente de pueblo chico/infierno grande no
alcanza niveles opresivos. Los personajes de Pritchett nunca juzgan; al
contrario, están interesados en que el lector conozca al otro, vea el mundo a
través de sus ojos y sienta compasión. "Amor ciego", el cuento que da
título al libro, indaga en la relación que establecen un juez y su asistente.
Ambos han sido abandonados por sus cónyuges debido a defectos físicos: la
ceguera de él y una mancha que cubre gran parte del torso de ella. El relato se
juega en la exploración de las inseguridades y el desamparo afectivo, y lo hace
controlando en forma magistral el orgullo y el miedo, el placer y la vergüenza,
los celos y la conveniencia.
Pritchett es envolvente, prefiere el
comentario al pasar antes que los énfasis; la naturalidad y las emociones de
sus personajes le importaban más que los finales sorprendentes. Quizá por eso
está más cerca de Chéjov que de cualquier otro narrador del siglo XX. Su trabajo
como crítico entrega pistas sobre sus decisiones estéticas. Cuando escribe de
Graham Greene subraya que "a menudo desearíamos que pusiera menos de su
parte y permitiera a los personajes decir por sí mismos lo que son". En su
ensayo sobre Turgueniev destaca que "logra hacernos sentir que las
personas deben ser vistas como seres que se justifican a sí mismos". Y en
Chéjov valora la capacidad para mostrar a las personas "en un instante sin
drama pero traspasado por el tiempo, cuando la vida interior deja caer la
guardia y sale a la luz en las palabras. Atrapó a las personas en su
soledad".
No hay que dedicarse al psicoanálisis para
darse cuenta de que Pritchett también estaba hablando de su propio estilo. Y
las historias de Amor ciego son la mejor prueba: parecen fuera del
tiempo, cerradas en sí mismas, tranquilas, íntimas y autosuficientes. "El
cuento es una luz que de súbito ilumina y luego se desvanece", decía este
hombre cuya lámpara todavía irradia un cálido resplandor de humanidad.
UN FRAGMENTO DE "AMOR CIEGO"
-Empiezo a preocuparme por el señor
"Wolverhampton" Smith -le dijo el señor Armitage a la señora Johnson,
que estaba en el estudio, sentada con un cuaderno sobre las rodillas, y cada
tanto miraba por la ventana. Veía cómo el perro del jardinero hurgaba en el
cantero-. ¿Sería tan amable de leerme la carta otra vez? El segundo párrafo
sobre el asunto de la sociedad.
Como el señor Armitage era ciego, una de
las tareas de la señora Johnson consistía en leerle la correspondencia.
-Smith obtuvo el dinero, no cabe duda;
pero lo que no queda claro es en qué condiciones-dijo él.
-Yo diría que se lo guardó. No lo invirtió
en la empresa de Ealing: lo usó para pagar el alquiler atrasado de la casa de
Wolverhampton- dijo ella, con su habitual expresión vivaz.
-Seguramente tiene usted razón. Lo que me
preocupa es el temperamento del hombre-dijo el señor Armitage.
-En esta carta no hay un solo punto y
aparte, es una hoja escrita de los dos lados. Ni uno. Todas las palabras están
unidas. Es como una palabra de dos carillas- dijo la señora Johnson.
-¿De veras? -dijo el señor Armitage-.
Calculo que su sentido de la moral ignora la puntuación.
