La frágil memoria de la informática
Por Andres
HAX
Contrariamente a lo que se suele pensar, el mundo virtual no es
eterno. Millones de páginas duran apenas días en Internet. Los soportes cambian
y otros tantos archivos se hacen inaccesibles. Generamos y perdemos masivamente
información.
El libro de Paul Auster La invención de la
soledad —un ensayo autobiográfico sobre la muerte de su padre, publicado
en 1982— contiene un relato que es ideal para ilustrar la compleja relación
entre la memoria y los archivos (y también, por ende, para demostrar la nueva
complejidad entre la memoria y los archivos digitales). En el centro de la
historia familiar de Auster hay un misterio: no se sabe cómo murió su abuelo.
En realidad, sólo es un secreto porque los que conocen la historia no hablan
del tema. Cuando el padre de Auster muere, le toca al joven escritor en duelo
la melancólica tarea de vaciar la casa de todos sus objetos. Con la casa casi
vacía ya, Auster descubre en el fondo del placard del padre una caja de zapatos
llena de fotos y recortes de diarios; los recortes tienen casi cien años y las
fotos más de treinta. En estos archivos familiares, descuidados y abandonados,
Auster descubre el gran secreto familiar (que su abuela mató a su abuelo) y
también vislumbra la vida de su padre como soltero, años sobre los cuales nunca
hablaba con su familia.
Ahora entramos en el tema de esta nota con dos preguntas para
el lector. Primera pregunta: ¿No tiene usted también en su hogar una caja de
zapatos, o un álbum, o un cajón lleno de fotos tomadas hace veinte años o más?
¿Fotos de sus padres antes que naciera usted? ¿Fotos de sus abuelos cuando
ellos mismos eran jóvenes? ¿O cartas escritas de puño y letra desde Europa, tal
vez hace ochenta años o más –o por lo menos desde antes que el email–? ¿O a lo
mejor, con suerte, tenga, también, unos rollos de película de súper ocho y un
viejo proyector que aún funciona y puede ver imágenes espectrales de otra vida
(pero la suya , de todos modos), proyectadas sobre una pared blanca
en la cocina, por ejemplo? Ahora viene la segunda pregunta: De todas las fotos
que sacó en los últimos años con su cámara digital (¡o con su teléfono!), de
todos los videos y correos electrónicos (seguro que son miles) que tiene
almacenado en algún disco duro, o en un servidor remoto, ¿cuántos piensa que
sus hijos y los hijos de sus hijos podrán ver dentro de veinte años?
¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Cuántas de esas fotos han sido impresas y cuántas existen
solamente en una fantasmal secuencia de ceros y unos? Ni siquiera hay que ser
tan hipotético. Seguramente ahora mismo tiene en su hogar una vieja computadora
que ya no anda pero que almacena viejos trabajos universitarios, por ejemplo.
Seguramente tiene una cuenta de email o de blogger que ya cerró y cuya clave y
URL olvidó. Seguramente –dependiendo de su edad– tiene viejos
discos floppy o zip llenos de datos –como la caja de zapatos de
Auster– pero a los que no va a poder acceder porque vaya a encontrar una PC con
una lectora de disquetes. O si encuentra tal máquina ¿qué le asegura que el
software para leer los archivos en esos discos aún existe o funciona? Este es
uno de los dilemas y las ironías de nuestro momento histórico, de esta era
digital. Nunca antes el ciudadano común ha producido tanta información: fotos,
audios, textos, videos; pero a la vez, nunca han cambiado con tanta rapidez los
soportes físicos de la información, volviéndose a la vez obsoletos y, por lo
tanto, atrapando la información que crean dentro de ellos.
¿Estamos viviendo en una era oscura de la información? ¿Una era
en la cual la rapidez de la producción de información es igualada por la
rapidez de su desaparición? Googlear la frase “Digital Dark Age” es
abrir la puerta a un laberinto donde su realidad cotidiana se va convirtiendo
en algo parecido a una oscura novela de ciencia ficción: su vida como una
pesadilla de Philip K. Dick. Todos sus actos diarios de afirmación del
presente, todos sus actos de memoria —sacar una foto, escribir mensajes de
texto a un amigo, filmar un video, o leer un artículo en un sitio Web— son en
realidad chapuzones infértiles en un gran mar del olvido.
Hasta aquí hemos hablado de lo personal y lo privado, pero
tomen el ejemplo ya elaborado y extiéndanlo a un marco institucional. Lo mismo
que le pasa a cada uno en pequeña escala sucede en todo tipo de organización,
sea un gobierno, una corporación, un laboratorio científico, una universidad,
un diario… Por ejemplo, uno puede ingresar a una hemeroteca y ver la tapa de la
cobertura de cientos de diarios de los notorios ataques del 11 de septiembre de
2001. ¿Pero qué pasa si quiere ver los sitios Web de esos mismos diarios, cómo
fueron —y cómo fueron cambiando, minuto tras minuto— durante ese día? Es una
tarea complejísima, sino imposible.
Si aceptamos el postulado de que los archivos que genera una civilización
son la memoria de esa civilización, y también que esos archivos serán la
ventana por la cual futuras generaciones nos llegarán a comprender, conocer y
estudiar, entonces empezamos a caer en la cuenta de lo importante que es el
archivo digital. Si lo que estamos haciendo desaparece, nosotros
desapareceremos.
Aspectos básicos del archivo digital
A grandes rasgos hay que hacer una distinción entre dos tipos
de archivos digitales. Por un lado, la digitalización de materiales que
existieron antes de la era digital. Llanamente, esto se trata de escanear
documentos, libros, fotografías de cuadros, películas y toda índole de
artefacto para que puedan ser preservados y diseminados digitalmente. Para el
bibliotecario -y también el investigador- este tipo de digitalización es
revolucionaria porque permite acceso a materiales que serían inaccesibles de
otra manera, porque a) ya son demasiados frágiles para ser manipulados; o b)
porque están en un lugar demasiado remoto para el investigador (¡hay un sitio Web
de la British Library, por ejemplo, donde se pueden ver más de cuatro
millones de páginas de diarios del siglo 18 y 19!). Este tipo de digitalización
también asegura que un documento perdurable existe, teóricamente, para un
tiempo ilimitado.
Al otro lado del espectro está el problema más novedoso y más
complejo de preservar material que nació en formato digital. Una página Web,
por ejemplo, o un documento en un procesador de texto. La fragilidad de
semejante tipo de archivo es de una característica distinta de la de un archivo
de papel. Se entiende perfectamente que una carta escrita por Napoleón
Bonaparte, por ejemplo, no va a durar para siempre. La tinta se desvanece, el
papel se desintegra. Pero, en teoría, un archivo digital es inmaterial y por
consecuencia tiene una vida ilimitada. Pero esta creencia es absolutamente
falsa. Un archivo digital depende de a) hardware: el dispositivo sobre el cual
se hace la lectura del texto; y b) de software: el programa que interpreta ese
archivo para que aparezca sobre el dispositivo. Y el hardware y software están
–como cualquiera que tenga un celular o usa Microsoft Word sabe– en frenética y
continua evolución.
Parecemos haber entrado en una contradicción. ¿Un archivo
digital puede durar indefinidamente o no? Sí, pero con la condición que se vaya
migrando regularmente de un soporte a otro, a la vez que esos soportes
evolucionan.
Fernando Boro, historiador argentino y especialista en
preservación digital del CONICET, nos explicó por teléfono: “Nunca vemos datos
digitales porque eso sería ver ceros y unos. ¿Para alguno de nosotros tiene
sentido ver quince millones de ceros y unos en vez de la foto de 15
megapíxeles? El hardware y elsoftware actúan como nuestros traductores del
archivo digital de esos datos opacos. Convierten los ceros y unos en
información analógica accesible para nosotros”. La clave, entonces, como
explica Boro, es que en el mundo digital no es suficiente preservar los
soportes. La carta hipotética de Napoleón se lee igual en 2012 como en 1819.
Pero un texto escrito en Microsoft Word de 1996, para ser leído en el año 2189
va tener que ser migrado a los sistemas de software y hardware de ese año
futuro.
Cuando esta migración continua no se realiza, el resultado es
un vacío, una pérdida irrecuperable. Escribió para la revista Civilization el
11 de febrero de 1998 Stuart Brand: “...Tenemos buenos datos crudos de eras
anteriores escritos sobre barro, piedra, pergamino y papel. Pero desde 1950
hasta el presente la información grabada desaparece cada vez más en un hueco
digital. Los historiadores verán nuestro presente como una época oscura. Los
historiadores de las ciencias pueden leer la correspondencia técnica de Galileo
de 1590 pero no la de Marvin Minsky escrita en 1960” .
Estrategias para combatir el olvido digital
En junio del año pasado, en Monza, Italia, la UNESCO realizó
una conferencia sobre el “libro de mañana”, y uno de los temas centrales de las
reuniones fue, justamente, la urgencia de la construcción de archivos
digitales. Hablamos por teléfono con uno de los panelistas de la conferencia,
Kristine Hanna, la directora de Servicios de Archivos del sitio Internet
Archive. Este sito, una institución sin fines de lucro, se ha dedicado desde 1996 a construir un masivo
archivo digital tanto con materiales nacidos digitales como
materiales digitalizados. Su lema utópico es “acceso universal a todo el
conocimiento”. Si no lo conocen se van a asombrar al entrar al sitio. Contiene
más de medio millón de películas, casi cien mil conciertos musicales, más de un
millón de grabaciones de audio y más de tres millones de textos.
Todo gratis. Empezar a navegar por este extraordinario archivo
es la mejor manera de caer en la cuenta de la urgencia de armar bibliotecas
públicas de archivos digitales. El Internet Archive tiene otro archivo, un
invento propio de la organización, que se llama el “Wayback Machine” –algo así
como la máquina del más allá–. Lo que permite este buscador es ver sitios Web
como aparecían en fechas del pasado. Obviamente no contiene todo Internet —no
es un Aleph— pero está en continua actualización. Usar este buscador es un ejercicio
de nostalgia vertiginosa. Nos fuerza a ver todo lo que olvidamos: cuán rápido
cambia la Web.
Hanna explicó la importancia de los archivos de material
digital así: “Es una falacia y una mistificación que si algo está en la Web
estará allí para siempre. Simplemente, no es el caso. Estudios hechos en la
última década sobre la vida promedio de una página Web es de entre cuarenta y
cinco días y cien días. Y una vez que ese contenido desaparece de la Web,
desaparece para siempre. No hay forma de recuperarlo. Es importante capturar
estas cosas y archivarlas. La Web se está convirtiendo en nuestro tejido
social, es nuestra cultura. Es donde la gente va todos los días para conseguir
información. Entonces es importante que capturemos todo lo que sea posible. Para
nosotros, pero también para generaciones futuras”.
Dada la abundancia casi grotesca de páginas Web la pregunta es:
¿Cómo deciden qué almacenar, qué es lo importante? Hanna nos contestó:
“Intentamos trabajar con la mayor cantidad de organizaciones posible. Porque
cada organización va tener una respuesta diferente para esa pregunta. Nuestra
postura en el Internet Archive es que no hay una respuesta correcta o
incorrecta a esa pregunta. Cada organización necesita decidir por su cuenta. Lo
que hacemos es proveer las herramientas para asistirlos en el proceso de
seleccionar y archivar sus materiales.”
Le preguntamos, finalmente, a Hanna su sensación de cuán
oscuros es nuestra época, de cuánta información importante se está perdiendo.
Dijo: “Hay centenares de bibliotecas y archivos trabajando muchísimo para
asegurarse que no se pierda lo importante. Pero en realidad esto no es tan
diferente de lo que pasaba antes de la era digital. Sabemos que muchísimas
cosas importantísimas del pasado se han perdido, o por otro lado, hay hallazgos
de material perdido que nos reconfigura aspectos del pasado... Siempre se van a
perder cosas.”
El escritor dentro de la máquina
La conciencia de la importancia de la preservación digital se
está extendiendo a campos que van más allá de los especialistas tecnológicos y
de Internet. Hablamos con Matthew Kirschenbaum, un profesor de literatura
de la Universidad de Maryland, quien se especializa en el uso de computadoras y
procesadores de texto por los escritores contemporáneos. Está actualmente
escribiendo un libro que será publicado el año que viene por Harvard University
Press, titulado Track Changes: a Literary History of Word Procesing (Control de
cambios: una historia literaria de los procesadores de textos.) Actualmente los
archivos universitarios están recibiendo, dentro de los legados de autores,
computadoras, floppy disks y discos rígidos. La Universidad de Emory,
por ejemplo, adquirió una colección de las computadoras de Salman Rushdie.
Le preguntamos a Kirschenbaum qué puede aprender un
investigador literario sobre los procesos creativos de un escritor, con acceso
a su computadora. Explicó: “Diría dos cosas. Me da el mismo asombro emocional,
la misma sensación visceral entrar en contacto o con la computadora de un
autor, o con un disquete que sé que era de un autor en particular que me
interesa; simplemente abrir un archivo que es original, ver lo mismo que vio el
autor sobre la pantalla de la computadora, es tan excitante como estar en
contacto con un manuscrito en papel o un pergamino. Pero también creo que el
tipo de cosas que podemos aprender sobre el proceso creativo a través de
materiales nacidos digitales es revolucionario en cuanto a cómo conducimos
análisis histórico-literarios sobre textos. La cantidad de versiones, de
cambios, de decisiones que toma el autor es asombroso. Se ven, potencialmente,
cientos o miles de versiones del texto.”
El futuro del presente
Internet es una de las creaciones más insólitas, enormes e
inesperadas de la humanidad. Según una infografía del sitio CurationSoft,
de noviembre de 2011, se suben 48 horas de contenido a You Tube por minuto; se
comparte 3.5 mil millones de contenidos en Facebook por semana; se crean 2.300
artículos nuevos por día en Wikipedia; Flickr contiene más de cinco mil
millones de fotos; se crean más de 1.4 millones de blog posts por día; Google
recibe unas 11 mil millones de búsquedas por mes. ¿Cuántos tweets? ¿Cuántos
mensajes de textos? ¿Correos electrónicos? ¿Páginas de diarios? ¿Cuántos textos
hay offline en máquinas abandonadas? Algo colosal está pasando en la
cultura globalizada. Un fervor, una erupción, una locuacidad y productividad
sin precedentes. Es inabarcable y no para. Allí, escondidos entre toda la data,
seguramente están los Kafka de hoy, los Galileo, los Mozart y los Fellini.
También está la historia secreta de nuestra época. La que ni siquiera vemos
porque la tenemos demasiado cerca. Las generaciones futuras tendrán la
perspectiva para entender todo esto. Pero le tenemos que guardar lo que hemos
hecho. Si no, todo habrá sido en vano y dejaremos un vacío como legado. A un
nivel personal, hay que saber que lo digital es frágil y si queremos dejarles a
nuestros hijos esa caja de zapatos, habremos de trabajar un poco para que
nuestros archivos no se queden atrapados para siempre dentro de la máquina.
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com
10/02/2012

