IDEAS Tecnología y comunicación
La historia literaria de los procesadores
de texto
Por Andrés HAX
Cada vez más, en esta era de la
computadora, los manuscritos de los escritores nacen y existen solamente como
archivos digitales. ¿Cómo se enfrentan los archivadores a los desafíos de
preservar y curar este tipo de material? ¿Y qué se puede aprender del proceso creativo
estudiando material "nacido digitalmente"? "La gente está
empezando a crear testamentos digitales, de allí puede surgir una Emily
Dickinson del siglo XXI", dice Matthew Kirschenbaum, especialista en el
tema.
Hacia el fin de su carrera, un autor sumamente
exitoso se somete a un rito inevitable: vender sus archivos personales a una
gran biblioteca. Borradores, cuadernos, correspondencia, la biblioteca personal
e ítems varios que iluminarán para futuros biógrafos y estudiosos los
pormenores de su vida literaria. Para el autor, este acto es un galardón más:
construir en vida un mausoleo a su existencia creativa. Para los investigadores
el valor de estos archivos es poder reconstruir el proceso creativo de la
gestación de una obra literaria. Está claro. Pero últimamente —pongámosle hace
unos veinte años— se ha agregado una nueva faceta a las reliquias de los
autores: la computadora personal. En 2006, por ejemplo, la universidad de
Emory adquirió cuatro computadoras marca Apple de Salman Rushdie que
contienen 18 gigabytes de data. Dentro de la profesión de archivistas el
desafío de curar y preservar material que nació en forma digital se volvió algo
urgente.
Los problemas con este tipo de archivos
son drásticamente diferentes a los archivos de papel. Para entenderlo
imagínense desempolvar una vieja laptop o un antiguo artefacto digital (iPod,
celular, agenda digital) que tenían olvidado en un cajón e intentar hacerlo
andar. Si no anda el sistema operativo ¿dónde encontrarás uno nuevo? O si
tienes unos viejos floppy pero ya no tienes el lector, ¿cómo accedes a los
archivos? Y así sucesivamente.
Para indagar sobre este fenómeno hablamos
con Matthew Kirschenbaum, un profesor de literatura en la universidad de
Maryland que es uno de los líderes en lo que se podría llamar la historia
literaria de los procesadores de texto. Actualmente esta escribiendo un libro,
que saldrá en 2013 en la Harvard University Press, titulado
justamente: Track Changes: A Literary History of Word
Processing (Control de cambios: una historia literaria de los procesadores
de texto.)
Kirschenbaum es una rareza: un doctorado
en literatura que sabe programar. Tiene una colección de más de dos docenas de
máquinas antiguas incluyendo un Tandy, un Apple Iie, un Osborne y un Kaypro. A
diferencia de las máquinas de escribir, las computadoras han sido victimas de
la cultura chatarra. Al renovarlas, las viejas se suelen tirar como inútiles.
Por lo tanto Kirschenbaum admite que mucho será lo perdido en este amanecer de
la escritura en computadoras.
¿Es difícil convencer a la vieja guardia
de la importancia de archivar, preservar y estudiar materiales nacidos
digitalmente?
Bueno, uno de los problemas es que las
bibliotecas y los institutos tienen recursos limitados. Y los materiales
nacidos digitales requieren más dinero, más tiempo, más conocimiento para
trabajarlos. Creo que mucha de la gente dentro del rubro espera que les toque
jubilarse antes que este tema se convierta en prioritario… Sin embargo este
tema ya se reconoce como importante. Ahora es un tema más de recursos y
capacitación. Aun con los archivos de papel lleva mucho tiempo procesar las
adquisiciones.
¿Cuáles son sus sugerencias para trabajar
estos tipos de archivos?
Yo milito más por el lado de la demanda de
los investigadores. Por ejemplo, si los investigadores no están reclamando
acceso a materiales nacidos digitales es lógico que los archivos no van a
trabajar para hacerlos accesibles.
¿Y qué se puede aprender de materiales
nacidos digitales a diferencia de los de papel?
Describiría dos cosas. Yo me emociono
poniéndome en contacto con la computadora de un autor, o un disquete de un
autor que me interesa; o hasta poder abrir un archivo en su software original y
la máquina original – con lo cual sé que estoy viendo lo mismo que vio el escritor.
Para mí esto es tan emocionante como ver un pergamino o un viejo manuscrito –
todas las cosas que mencionamos cuando decimos que amamos los libros como
objetos físicos.
Pero también pienso que el tipo de cosas
que podemos aprender sobre el proceso creativo y autoral a través de materiales
nacidos digitalmente introducen un cambio de paradigma en términos de las
operaciones de las investigaciones de textos.
¿Por ejemplo?
Tradicionalmente, cuando pensamos en el
manuscrito de un autor, tenemos suerte si hay una media docena de versiones del
manuscrito que sobrevive y que nos permite ver a diferentes estados del
progreso del trabajo. Con los materiales nacidos digitalmente tienes,
potencialmente, para ver centenares –o hasta miles- de versiones del texto.
¿Hay autores que tienen estos temas en
cuenta a la hora de escribir?
Hay un autor australiano llamado Max
Barry quien ha puesto online toda la historia de cambios de su última
novela. Usó el mismo software que los desarrolladores de software usan para ir
registrando el código que escriben. Entonces puedes ver la creación del texto
por cada tecla tipiada. Este es un ejemplo de un autor que se siente cómodo con
este tipo de transparencia. Pero he hablado con autores que están en el polo
opuesto, por supuesto.
¿Piensa que los textos de un futuro autor
póstumo, al estilo de Kafka o Emily Dickinson, saldrán de archivos de una
computadora?
¿Por qué no? Más ampliamente hay una
preocupación en la población general sobre los legados digitales. Preguntas
como ¿Qué va pasar con mi cuenta de correo electrónico? ¿Con mi Facebook? ¿Mi
cuenta de Flickr? La gente está empezando a crear testamentos digitales. Hay
empresas que se especializan en herencias digitales. Entonces sí. De este tipo
de cosas puede emerger una Emily Dickenson del siglo XXI.
Usted es profesor universitario. ¿Cual es
la relación de la gente joven con sus archivos digitales personales?
En general creo que ven lo que pasa sobre
sus pantallas como algo muy efímero. La idea de que tal vez quieran acceder a
este material dentro de cinco o diez años… les resulta muy difícil de pensar en
esos términos. Pero con Facebook y cosas afines están construyendo una
narrativa de sus vidas aunque sean o no concientes de eso. Pero les lleva
tiempo llegar a ser concientes sobre qué significa para ellos sus vidas
digitales.
Y, para ir cerrando, ¿me puede contar en
qué consiste la investigación del libro que está escribiendo?
Documenta la historia de autores
literarios y su uso de las computadoras y los procesadores de texto. Las
preguntas son. ¿Quiénes fueron los primeros usuarios? ¿Cómo esto impacto la
profesión de ser escritor y editor? ¿Cómo cambió las formas en cual los autores
pensaban sobre su trabajo? Hay un componente sobre la preservación de estos
materiales. Hice muchas entrevistas con autores y editores. Pero también está
basado el uso de las viejas tecnologías para saber cómo era trabajar con ellas.
El problema de la preservación digital es
social, más que tecnológico. Creo que tiene que ver con la adaptación y con que
aprendamos nuevos hábitos. Pero no hay nada inherente en la tecnología misma
que impida que este material dure en el tiempo.
