El triunfo de la música que no se vende
Por Benjamín G. ROSADO
Los servicios de streaming, como
Spotify, cambian las reglas del juego del mercado con tarifas que dan acceso a
millones de discos
Mientras los informes de Nielsen, la IFPI
y Promusicae confirman el auge del negocio digital, el sector se prepara para
una transformación aun más profunda que podría acabar con la piratería. La
clave del éxito ya no está en la venta de discos sino en el acceso ilimitado a contenidos.
La música clásica (8% del volumen total) no es una excepción pero requiere de
sus propias fórmulas. El Cultural consulta a varios expertos y entrevista a
Lutz Emmerich,country manager de Spotify.
La música no volverá a ser nunca una cuestión de espacio. “Estamos preparando a la gente para que dé el gran salto: del almacenamiento de música al acceso ilimitado”. Lo dice Daniel Ek, gurú de internet y cofundador de Spotify, un modelo de negocio basado en la tecnología streaming que se ha convertido en el último buque insignia de la revolución digital.
El anglicismo en cuestión se traduce como
“corriente continua” y quiere decir que el usuario no tiene que descargar
ni almacenar nada de lo que escucha a través de internet (ya sea desde un
ordenador o un dispositivo móvil) pues la música se reproduce 200 milisegundos
después de pulsar el “play”, es decir, al instante. Hace años que los
navegadores web vienen empleando este protocolo, pero fue en 2008 cuando dos
jóvenes empresarios suecos se percataron de su enorme potencial. Fue entonces
cuando Daniel Ek y su socio Martin Lorentzon crearon Spotify, un servicio de
música a la carta sin descarga (que funciona a base de cuentas gratuitas con
publicidad y de pago) cuyo catálogo supera hoy los 15 millones de canciones.
En Europa ya es la segunda fuente de ingresos digitales de las discográficas y
en Estados Unidos, donde lleva seis meses operando, se reparte el pastel de las
suscripciones con Google Music.
El primer iPod que Steve Jobs lanzó al
mercado podía almacenar alrededor de 1.300 canciones en el espacio de una
cajetilla de tabaco. Diez años después de aquel invento, la batalla por la
capacidad de almacenamiento de los reproductores parece haber llegado a su
fin con la aparición del streaming, cuya excelente acogida entre
consumidores de todo el mundo devuelve la esperanza al tantas veces castigado
sector discográfico.
En 2011 las ventas digitales en Estados
Unidos superaron por primera vez a las físicas, según el informe anual de la
empresa de estudios de mercado Nielsen, que se ocupa de elaborar las listas de
éxitos del Billboard norteamericano. Sólo tres décimas separan las
descargas online (50'3%) de las ventas de soportes tangibles, lo
suficiente como para que los presidentes y directivos de las principales majorsdiscográficas
se hayan atrevido a celebrar esta tímida recuperación de un sector devastado
por la piratería y los nuevos hábitos de consumo. Sin embargo, el hecho de que
el estudio no tenga en cuenta el impacto de los servicios de streaming lo
convierte en un vago pronóstico de cara a lo que podría acontecer.
Cambio de chip
Spotify y Google Music no vienen solos. El
éxito de modelos como Deezer en Francia, Rhapsody en Estados Unidos, Galaxie en
Canadá o Juke en Alemania está cambiando las reglas del juego, “también el chip
de los empresarios, de los consumidores y hasta de los artistas”, asegura
Santiago Ureta, presidente de la Asociación de Música en Internet . Por lo
pronto, los tres gigantes del sector(Universal, Warner y Sony-BMG) han invertido
ya entre un 15 y un 18% de su capital en Spotify y reducido
considerablemente los derechos que cobran por sus servicios digitales.
“Apuestan porque saben que es el futuro y no tienen alternativa, pero aún no
han conseguido dar con la fórmula de la rentabilidad”. Con lo que Spotify
recauda de sus dos modalidades de cuentas de
pago Unlimited yPremium (4'99 y 9'99 euros al mes,
respectivamente), de la venta digital de canciones y de sus tarifas de
publicidad tiene que pagar a las sociedades de gestión de derechos de autor, a
las agregadoras, a las distribuidoras digitales y a las discográficas. La
industria calcula -aunque Spotify no facilita datos- que cada usuario consume
una media de 125 minutos al día, lo que generaría a la empresa unos costes
de unos 7 euros al mes entre derechos, conectividad y gestión.
La reacción de iTunes, la mayor tienda de
música del mundo, no se ha hecho esperar. A finales de 2011 ponía en marcha
iCloud, un sistema de pago de almacenamiento en la nube (o espacio
virtual) que combina la venta digital de música (a 0'99 euros la canción) con
la reproducción en streaming de los contenidos previamente
adquiridos. Lo que no deja de ser una contradicción:pagar primero por la
canción y después por la reproducción. Es cierto que Apple cuenta con un vasto
catálogo (más de 6 millones de canciones) pero a nadie se le escapa que por lo
que cuestan diez canciones en iTunes se puede tener acceso ilimitado a Spotify
durante un mes.
En España, donde la industria musical
facturó 9'4 millones de euros en 2011 porstreaming (el 24% de los ingresos
digitales, un tercio del total), según datos de Productores de Música de España
(Promusicae), Spotify ha sido recibido como una bendición. “Aunque las cifras
han caído un 10'7% en el último año -asegura Antonio Guisasola, presidente de
la asociación-, seguirá habiendo motivos para el optimismo mientras los avances
tecnológicos sigan ofreciendo nuevas posibilidades y una pluralidad de modelos
para cada tipo de público, género y artista. La industria tendrá que
apostar por el streaming, pero sin olvidar que nadie quiere escuchar a
Mahler mientras corre”.
Mientras algunos acusan a los canales
en streaming de oportunismo en época de crisis, el número de
suscripciones de pago a Spotify (más de 3 millones en 12 países) está dejando
sin argumentos a los partidarios de la cultura del “todo gratis” y ayudando a
atajar el grave problema de la piratería en España (que sigue encabezando las
listas negras europeas) y en otros países: la Ley Hadopi en Francia y el
cierre de la web de descargas Megaupload en EEUU han disparado el uso
del streaming.
La paradoja aquí es que la misma
transferencia de datos P2P (peer-to-peer o punto a punto) que emplean
algunos programas de descarga ilegal (como los populares eMule y BitTorrent)
sirve para abastecer de 20.000 nuevas canciones cada día lanube de
Spotify, que en su alianza con Facebook aspira a convertirse en la mayor red
social de música del mundo. “Nuestro objetivo es que la gente pueda escuchar lo
que quiera, cuando y donde lo desee”, celebra Lutz Emmerich, country
manager de Spotify en España.
No más ventas
Según el último informe anual de la
Federación Internacional de la Industria Discográfica (IFPI), que preside
Plácido Domingo, el año pasado las plataformas legales de distribución digital
supusieron el 32% de sus ingresos y el número de suscripciones creció un 65%.
Está claro que la tendencia hacia la estandarización
del streaming obligará tarde o temprano a las discográficas a
centrarse más en el acceso ilimitado a sus contenidos musicales que en la
venta, digital o física, de sus discos.
Y la música clásica, que representa
entre el 5 y el 10% de las grabaciones mundiales (un 8% del volumen de
ventas en España, según Promusicae), no es una excepción. Hace diez años era imposible
conseguir ciertas grabaciones, que habían sido descatalogadas en las tiendas.
Hoy cualquiera que cuente con una conexión a internet en su móvil puede
recrearse, mientras espera el autobús, con la famosa Novena de
Furtwängler, el legendario Rigoletto de Kubelik o las
míticasSonatas de Beethoven por Kempff.
El sello Naxos es un ejemplo de adaptación
al medio. Su presidente, el alemán Klaus Heymann, es dueño de un catálogo de
más de 7.000 álbumes que abarca todo el repertorio clásico. El 40% de sus ingresos
proviene todavía de las ventas físicas, pero desde 2002 ha reinventado su
negocio en la web NaxosMusicLibrary.com, donde sigue ofreciendo precios
insuperables, como las primeras Variaciones Goldberg de Glenn Gould a
seis euros. “Naxos se convirtió en 1996 en el primer sello de la historia en
pasar sus grabaciones astreaming”, asegura Heymann. “La idea era que la gente
pudiera escuchar fragmentos a 20Kbps antes de comprar el disco completo, pero
con el tiempo se ha convertido en uno de los canales más importantes de música
clásica que utiliza esta tecnología”.
Facturación por track
En Harmonia Mundi, uno de los grandes
sellos y distribuidora de música clásica en Europa y Estados Unidos, recelan
más del streaming. Se quejan, entre otras cosas, de que la
facturación en Spotify se haga por track y no por la duración neta de
cada pista, lo que equipara económicamente la hora y media de
la Octava de Mahler a las cuatro primeras canciones de un disco de
pop. “No creemos que este formato se adapte bien a las necesidades de los
consumidores de música clásica”, comenta Stéphanie Schmidt, responsable del
desarrollo digital de la compañía. “Por eso nuestra nueva web emplea todo tipo
de recursos 3.0 para recrear una experiencia, digamos analógica, que sigue apostando
por el cuidado del diseño y de los contenidos, pero sobre todo por la calidad.
Además de las notas a los discos, las fotos y los textos, utilizamos audio de
alta definición en formato de compresión de studio masters, muy superior
al del mp3”. En 2010 fallecía Bernard Coutaz, fundador de la casa, y un año
después la compañía anunciaba el cierre de su tienda en Madrid como parte de
una nueva estrategia corporativa decidida a conquistar internet.
Los artistas de Harmonia Mundi no
están en Spotify ni en Google Music, pero sí en Qobuz.com, cuyas tarifas son
mucho más elevadas (29 euros la cuenta HIFI) pero a cambio ofrece los
estándares del formato Free Lossless Audio Codec (a 24 bits), que emplea un
tipo de compresión sin pérdidas. “Pase lo que pase, el futuro de la música
clásica estará siempre en la calidad”, sostiene Yves Riesel, productor y
creador de la web.
El triunfo del streaming no
significará, en cualquier caso, la muerte definitiva del cedé, ni siquiera de
otros formatos nicho más antiguos. Tanto es así queDeutsche Grammophon lanzará
en abril su primera grabación clásica en vinilo después de 25 años de
abstinencia. Se trata de la Tercera sinfonía 'Escocesa' de
Mendelssohn interpretada por la Filarmónica de Viena en manos de Gustavo
Dudamel. “Tanto en DG como en Decca creemos firmemente en la coexistencia de
formatos”, sostiene Costa Pilavachi, vicepresidente de Clásico de Universal.
“Nuestro equipo se alegra de poder cubrir las necesidades de un público cada
vez más amplio y heterogéneo, ya se trate de registros en cedé, en DVD o en
vinilo, bien a través de ventas físicas o digitales. No queremos renunciar a
nada”.
Las siete ventajas capitales del
'streaming'
1. Calidad. Dependiendo de cada
servidor y del tipo de suscripción de cada usuario, ya se puede escuchar música
en calidad muy parecida a la de los tradicionales cedés (hasta un máximo de
320kbps).
2. Catálogo. Universal, Sony-BMG y
Warner ya han volcado sus éxitos en Spotify, Google Music y otros canales. La
conquista del repertorio clásico pasa ya también por Naxos y muchos sellos
independientes.
3. Movilidad. Las aplicaciones sirven
tanto para el ordenador como para dispositivos móviles con acceso a red de
datos. También se puede activar el modo “sin conexión” en un número máximo de
canciones.
4. Precio. Las “tarifas planas”
rondan los 10 euros mensuales, mientras que las cuentas de pago “sin movilidad”
(sólo desde el ordenador) se quedan en la mitad. Funciona gratis con cuñas de
publicidad y banners.
5. Aplicaciones. ¿Quieren leer la
letra de una canción mientras la escuchan o consultar la crítica del New
York Times del disco de marras? Todo esto, además de un amplio surtido de
aplicaciones, ya es posible.
6. Experiencia social. Los usuarios
de Spotify que estén dados de alta en Facebook podrán saber lo que escuchan sus
“amigos” y compartir enlaces, recomendaciones y listas de reproducción.
7. Conciertos en
directo. Aplicaciones como Songkick (para Spotify) rastrean
automáticamente la agenda de conciertos de nuestros artistas favoritos y nos
conectan en directo (HD) con la sala de concierto.

