samedi 4 février 2012

EL PAIS/La Constitución de Cádiz



REPORTAJE: EN PORTADA
Cultura y libertad
Por José ÁLVAREZ JUNCO 

La Constitución gaditana fue el primer esfuerzo democrático de la España contemporánea. La celebración del bicentenario es un momento propicio para revisar el relato canónico. Nuevos libros, exposiciones y música revisan el texto de 1812.

Entre 1808 y 1814, en los seis años que rodearon la fecha cuyo bicentenario se cumple ahora, se acumuló una secuencia vertiginosa de acontecimientos: un "motín", preparado por los "fernandinos" -partidarios del príncipe heredero al trono y enemigos del valido Godoy-, que obligó a abdicar al monarca en ejercicio y fue el primero de una larga serie de golpes de Estado; una sustitución de la familia reinante por otra -los Borbón por los Bonaparte-, francesas de origen ambas; un levantamiento que inició una guerra que afectaría a la totalidad del territorio y de la población peninsular y que en parte fue una guerra civil y en parte internacional -enfrentamiento entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias del momento-; un vacío de poder, en la zona insurgente, por ausencia de la familia real al completo, que hubo que llenar con distintas fórmulas, hasta culminar en una convocatoria de Cortes; una Constitución, elaborada por aquellas Cortes, que, sumada a la decretada en Bayona por Bonaparte, inauguraba otra larga lista de textos constitucionales; una serie de medidas revolucionarias, emanadas igualmente de aquella asamblea, tendentes a destruir o modificar radicalmente las estructuras del Antiguo Régimen, asentadas en el país desde hacía siglos; un estallido del imperio americano, que acabaría generando una veintena de nuevas naciones independientes en América y que relegaría a la monarquía española a un papel prácticamente irrelevante en el escenario europeo; y el nacimiento de toda una nueva cultura política, a la que con mucha generosidad se llamó "liberal", que marcaría como mínimo todo el siglo siguiente.

El conjunto reviste una enorme complejidad. Pero ha sido simplificado y elevado a mito fundacional, por considerarlo el origen de la nación moderna; y se ha presentado como un unánime levantamiento popular contra un intento de dominación extranjera; como una guerra de "españoles" contra "franceses", con una victoria de los heroicos aunque desarmados descendientes de saguntinos y numantinos contra el mejor ejército del mundo, invicto hasta aquel momento; como un intento simultáneo de liberación, gracias a los diputados gaditanos, frente a toda tiranía interna o externa; o como una sana defensa de la religión, el rey y las tradiciones, traicionada por las élites permeadas por secretas sectas satánicas... Como buen relato mítico, se ha cargado de héroes, mártires, villanos, hazañas y momentos sacrosantos que encarnan los valores que sirvieron y todavía hoy deberían seguir sirviendo de fundamento a nuestra sociedad. Todo un montaje sencillo, pero no fácil de cuestionar, ni aun casi de reflexionar críticamente sobre él, sin correr serios riesgos de ser acusado de antipatriota.

Pero las investigaciones recientes arrojan muchas dudas sobre este relato canónico. El apoyo popular a la causa antifrancesa fue, desde luego, generalizado. Pero no es claro que dominara entre los sublevados la motivación patriótica, sino la reacción contra los abusos y exacciones de las tropas francesas, sumada a la galofobia o la propaganda contrarrevolucionaria de signo monárquico o religioso; y son abrumadores los datos referidos a enfrentamientos y problemas internos -muy documentados por Ronald Fraser-, por ejemplo por el reparto de levas o de los impuestos extraordinarios de guerra.

Que la religión y el trono fueran más importantes que la "nación" no quiere decir que no surgiera en esos años la formulación moderna del sujeto de la soberanía. Por el contrario, fue la pieza clave de la retórica liberal; y los liberales dominaron, a la postre, las Cortes gaditanas. Pero es difícil que ese discurso, elaborado en una ciudad sitiada y mal conectada con las demás zonas en que se combatía a los josefinos, fuera el resorte movilizador en el resto del país. Por el contrario, es razonable suponer que los argumentos tradicionales sobre el origen divino del poder dominaran sobre la defensa de la soberanía nacional, su justificación revolucionaria. Incluso entre los llamados "liberales", muy interesantes estudios recientes, como los de R. Breña o J. M. Portillo, subrayan la pervivencia de una herencia iusnaturalista procedente del escolasticismo que anclaba sus teorías en una visión colectivista y orgánica de la sociedad muy alejada del individualismo liberal. En el llamativo fenómeno del "clero liberal", decisivo en las votaciones gaditanas, parece detectarse más jansenismo -un proyecto de creación de una iglesia regalista, ahora nacional- que liberalismo.

Sobre la guerra en sí y su resultado final, los historiadores tienden a dar una relevancia creciente a los factores internacionales. Lo cual quiere decir prestar atención a los movimientos del ejército de Wellington, por un lado, y atender también al resto de las campañas napoleónicas, que obligaron al emperador a retirar de la Península una gran cantidad de tropas en 1811-1812 para llevarlas al matadero ruso. No por casualidad fue entonces cuando Wellington decidió por fin abandonar su refugio en los alrededores de Lisboa e inició así el giro de la guerra hacia su desenlace final. Las guerrillas, en cambio, tienden ahora a verse como grupos de desertores o soldados derrotados en batallas previas que sobrevivieron a costa de los habitantes de las zonas vecinas, a los que sometían a exigencias similares a las de los ejércitos profesionales del momento, cuando no a las del bandolerismo clásico. Y no desempeñaron, desde luego, ningún papel de importancia en la fase final, y decisiva, de la guerra.

Aquella secuencia de hechos inició toda una nueva cultura política. Uno de sus aspectos consistió, sin duda, en la creación de una imagen colectiva de los españoles como luchadores en defensa de la identidad propia frente a invasores extranjeros, lo que reforzaba una vieja tradición que articulaba toda la historia española alrededor de las sucesivas resistencias contra invasiones extranjeras, evocada por nombres tales como Numancia, Sagunto o la casi milenaria "Reconquista" contra los musulmanes. Según esta interpretación, la nueva guerra había dejado sentada la existencia de una identidad española antiquísima, estable, fuerte, con arraigo popular, lo cual parece positivo desde el punto de vista de la construcción nacional. ¿Qué más se podía pedir que una guerra de liberación nacional, unánime, victoriosa pese a enfrentarse con el mejor ejército del mundo, que además confirmaba una forma de ser ya atestiguada por crónicas milenarias? Pero el ingrediente populista del cuadro encerraba consecuencias graves. Era el pueblo el que se había sublevado, abandonado por sus élites dirigentes. Lo que importaba era el alma del pueblo, el instinto del pueblo, la fuerza y la furia populares, frente a la racionalidad, frente a las normas y las instituciones. Como escribió Antonio de Capmany, la guerra había demostrado la "bravura" o "verdadera sabiduría" de los ignorantes frente a la "debilidad" de los filósofos. Se asentó así un populismo romántico, que no hubieran compartido los ilustrados (para quienes el pueblo debía ser educado, antes de permitirle participar en la toma de decisiones), que no existió en otros liberalismos moderados (y oligárquicos), como el británico, de larga vida en la retórica política contemporánea, no sólo española sino también latinoamericana.

A cambio de esa idealización de lo popular, el Estado, desmantelado de hecho en aquella guerra, se vio además desacreditado por la leyenda. Los expertos funcionarios de Carlos III y Carlos IV, muchos de ellos josefinos, desaparecieron de la escena sin que nadie derramara una lágrima por ellos. El Estado se hundió y hubo de ser renovado desde los cimientos, como volvería a ocurrir con tantas otras crisis políticas del XIX y del XX (hasta 1931 y 1939; afortunadamente, no en 1976). A cambio de carecer de normas y de estructura político-burocrática capaz de hacerlas cumplir, surgió un fenómeno nuevo, que difícilmente puede interpretarse en términos positivos: la tradición insurreccional. Ante una situación política que un sector de la población no reconociera como legítima, antes de 1808 no se sabía bien cómo responder, pero sí a partir de esa fecha: había que echarse al monte. Nació así la tradición juntista y guerrillera, mantenida viva a lo largo de los repetidos levantamientos y guerras civiles del XIX. Una tradición que se sumó, además, a un último aspecto del conflicto que no se puede negar ni ocultar: su extremada inhumanidad. Los guerrilleros no reconocían las "leyes de la guerra" que los militares profesionales, en principio, respetaban. Ejecutaban, por ejemplo, a todos sus prisioneros. O mataban en la plaza pública, como represalia, a unos cuantos vecinos seleccionados al azar de todo pueblo que hubiera acogido a las tropas enemigas. O se fijaban como objetivo bélico los hospitales franceses, en los que entraban y cortaban el cuello a los infelices heridos o enfermos del ejército imperial que recibían cuidados en ellos. Los enemigos eran agentes de Satanás y no tenían derechos. Fue una guerra de exterminio, que inició una tradición continuada hasta 1936-1939.

Lo más positivo de aquella situación fue el esfuerzo, verdaderamente inesperado y extraordinario, de un grupo de intelectuales y funcionarios para, a la vez que rechazaban someterse a un príncipe francés, adoptar lo mejor del programa revolucionario francés: en Cádiz se aprobó en 1812 una Constitución que estableció la soberanía popular, la división de poderes o la libertad de prensa. Fue el primer esfuerzo en este sentido en la historia contemporánea de España. Un esfuerzo fallido, por prematuro, ingenuo, radical y mal adaptado a una sociedad que no estaba preparada para entenderlo. Costó mucho, hasta 1978, verlo plasmado en una forma de convivencia política democrática y estable. Ahora, que celebramos el bicentenario de aquella Constitución, es el momento de conmemorar aquel primer intento de establecer la libertad en España, en lugar de dedicarnos a exaltar la nación. Entonces era el momento de hacerlo, ya que se inauguraba una era dominada por los Estados nacionales. Pero ahora, doscientos años después, estamos ya en el momento posnacional.

José Álvarez Junco ha publicado recientemente El emperador del paralelo: Lerroux y la demagogia populista (RBA. Barcelona, 2012. 432 páginas. 29 euros). También es autor de La Constitución de Cádiz: historiografía y conmemoración (J. Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón, editores. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006) y de Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus, 2001). Entre los últimos libros publicados sobre el tema se encuentran: Génesis de la Constitución de 1812. De muchas leyes fundamentales a una sola constitución. Francisco Tomás y Valiente. Prólogo de Marta Lorente Sariñena. Urgoiti Editores. Pamplona, 2011. 160 páginas. 20 euros (edición original: 1995). La Constitución de Cádiz. Origen, contenido y proyección internacional. Ignacio Fernández Sarasola. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid, 2011. 466 páginas. 24 euros. Luz de tinieblas. Nación, independencia y libertad en 1808. Antonio Elorza. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid, 2011. 356 páginas. 20 euros. Mendizábal. Apogeo y crisis del progresismo civil. Historia política de las Cortes constituyentes de 1836-1837. Alejandro Nieto. Ariel. Barcelona, 2011. 959 páginas. 49 euros (electrónico: 15,99). Otros libros publicados por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC) sobre la Constitución de Cádiz: www.cepc.es/Actividades/bicentenario_Consti tucion_1812/librosCEP.

Ilustración de Liniers (www.porliniers.com) para la exposición 18+12.-

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REPORTAJE: EN PORTADA
Soñadores de la utopía
Por Juan BOSCO DÍAZ-URMENETA 

La sala del piso superior del museo, un amplio recinto en forma de corona circular, está casi a oscuras. En otro tiempo fue parte de un panóptico para vigilar a los encarcelados en Badajoz.

Ahora, apenas tiene otra luz que la que surge de sucesivas pantallas de proyección. En ellas, unos jóvenes saltan sobre las tumbas de un cementerio. Sontraceurs: buscan el recorrido más directo, salvando con sus saltos tumbas vacías, compactos mausoleos. El silencio de unas y otros contrasta con la vitalidad de los jóvenes, enfatizada por el rápido ritmo del montaje. Aunque apenas pueden verse los epitafios, pronto se advierte que no hay cruces sino signos cívicos e inscripciones relativas a la libertad o la justicia. El lugar elegido para el ágil parkour de los saltadores es el cementerio civil de Madrid y las tumbas pueden ser las de Pi i Margall, Salmerón o Giner de los Ríos, Pablo Iglesias o Largo Caballero, Dolores Ibarruri o Marcelino Camacho, o de quienes como ellos buscaron una España que conviviera en libertad y democracia. Así la pensaron los autores de la Constitución de 1812, miembros de unas Cortes nacidas al filo del exilio, literalmente sitiadas en Cádiz. El vídeo evoca pues a esos españoles heterodoxos, soñadores de la utopía.

La contribución del colectivo Democracia (fundado en 2006 por Iván López y Pablo España, ex miembros del colectivo El Perro) al programa de Acción Cultural Española que conmemora el bicentenario de la Constitución de 1812 es doblemente atractivo. Señala al pasado, a la historia del constitucionalismo español, una historia de exilios, y mira a la vez al presente y al futuro, a quienes pueden hacer suyo el viejo afán de libertad y autogobierno, aunque lo reescriban a su manera.

Los traceurs, herederos del flâneur (paseante-poeta de la ciudad moderna), del noctámbulo urbano surrealista y del situacionista, dibujan, como sus antecesores, un mapa alternativo de la ciudad al margen de convenciones e instituciones. Los saltos deltraceur sugieren otra escritura de la civilidad: quizá la que iniciaron los protagonistas sin nombre de la primavera árabe o la que traza el inconformismo de los indignados.

Quizá sea bueno celebrar el centenario de la Constitución de Cádiz reflexionando sobre la intolerancia que la cercó desde su nacimiento. Noaz (Madrid, 1978) lo sintetiza en el Centro Huarte con un gran cartel en el que, junto a Fernando VII con inequívoco pasamontañas, se lee un viva a la Constitución eclipsado por otro, el que celebra el regreso de las caenas. Nobles absolutistas, clérigos montaraces y militares defensores de las esencias patrias, farándula de charlatanes, dijo Goya, se dieron prisa en suprimir aquella carta magna. En nada quedó la obligación que la Constitución de Cádiz imponía al Gobierno: procurar "la felicidad del ciudadano" y defender sus derechos. Dos artistas, Abigaíl Lazkoz (Bilbao, 1972) y Marina Núñez (Palencia, 1966), recuerdan ahora tales propuestas, respectivamente en el MARCO (Vigo) y en el Centro Niemeyer (Avilés).

Tampoco conviene ignorar las limitaciones de aquella Constitución. Apenas reconoció la dignidad de la mujer y así lo señala Cristina Lucas (Jaén, 1973) en el IAACC de Zaragoza. Rogelio López Cuenca (Nerja, Málaga, 1959), en Canarias (Centro Atlántico de Arte Contemporáneo), frente al territorio del Sáhara Occidental, reflexiona sobre el colonialismo español. La Constitución de Cádiz más que abordar el problema colonial, lo eludió, limitándose a reconocer los derechos de los súbditos de la corona sin precisar el de las poblaciones étnicas.
Pero hay que ir más allá: retomar el problema central, el de la soberanía, y repensar qué alcance puede tener hoy. Cuando la nación, como entidad política, se oscurece ante comunidades más amplias y el Estado se ahoga por las presiones financieras, es preciso, antes de inscribir restricciones económicas en el texto constitucional, impulsar el discurso ciudadano y abrir nuevos cauces de intervención política. Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937) lo significa con un gran mural en el MACBA formado por los 384 artículos de la Constitución de 1812, escritos por otras tantas personas anónimas. En análoga dirección han trabajado Dionisio Cañas (Tomelloso, Ciudad Real, 1949), en el CENDEAC (Murcia), con un texto poético escrito por muchos, e Iñaki Larrimbe (Vitoria-Gasteiz, 1967) en Es Baluard, con un mapa que busca las raíces del patrimonio cultural de Mallorca en sus habitantes y no en conveniencias institucionales o intereses mercantiles.

Muchos creerán que todo esto no cruza el umbral de las buenas-estériles intenciones. Una escultura de Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970), en el Museo Wüth (Logroño), evoca el ardor revolucionario como entusiasmo ciego: la bandera que lleva el rebelde abre paso pero le impide ver. Tal vez estas fechas inviten a una disidencia anclada en terrenos algo más hondos. Volver la mirada al pasado y atender al presente, no con fórmulas ya hechas (por heroicas que suenen) sino desde ese viejo topo que maquina sin cesar en nuestro interior, desde el antiguo daimon, desde el deseo.

Acción Cultural Española. 1812-2012.
Una mirada contemporánea.www.accioncultural.es/es .

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REPORTAJE: EN PORTADA
Volantes, palmas y contoneos
Por Ricardo PACHÓN

Cádiz, salada claridad. La ciudad más antigua de Europa. La fenicia Gadir, fundada hace más de tres mil años. Faro divisorio entre Europa y África, entre el Mediterráneo y el Atlántico.

Cádiz, plata, malva y amarillo. Más cerca de La Habana que de Madrid. Escenario de luchas entre púnicos y griegos, romanos y cartagineses, vándalos y visigodos, moros y cristianos... Y de postre, Napoleón sin poder cruzar el puente Suazo.

"No lo permitáis,
que los franceses que están en La Isla
se metan en Cái"

La historia flamenca de Cádiz se pierde en la nebulosa de los tiempos ya que las famosas puellae gaditanae (bailarinas de Cádiz) fueron ensalzadas, desde el siglo I (después de Cristo), por Marcial, Juvenal y Plinio el Joven como el plato fuerte de las orgías romanas. En todos los testimonios históricos e iconográficos se destacan las esencias del actual baile flamenco: brazos en alto, crótalos, trajes de volantes, palmas, contoneos y ondulaciones, amén de algunos juicios morales sobre estas gaditanas: licenciosas, lascivas, desvergonzadas...

Los censos demográficos de 1784 y 1785 ponen de manifiesto que un 67% de los gitanos españoles vivían en Andalucía, sobre todo en las provincias de Sevilla y Cádiz, territorio fundacional del arte flamenco. Son los Montoya, Heredia, Flores, Vargas, Jiménez, Serrano, Moreno... que en un ejercicio extremo de endogamia multiplican sus apellidos por Arcos, Jerez, Utrera, Lebrija, El Puerto y Sanlúcar. Aquellos gitanos preflamencos bailaban la zarabanda, la chacona, el mandingo y el cumbé y el guineano. Un siglo más tarde empiezan a despuntar, tímidamente, los estilos fundacionales del flamenco: las tonás, martinetes, livianas, carceleras, soleares... Y es en Cádiz donde aparecen los primeros cantaores conocidos: El Planeta, El Fillo, Curro Pabla, Juanelo de Cádiz, María la Cantorala, Curro Dulce, María Borrico... Una lista de creadores que se prolongaría por el siglo XIX con El Viejo de la Isla, Paquirri el Guanté y Enrique el Mellizo. La tradición flamenca de Cádiz navega por el siglo XX acunada por los Espeleta, Ortega, Aurelio Sellés, La Perla y Pericón, hasta llegar a nuestros días de la mano de Camarón, Chano Lobato, Beni de Cádiz, Chato de la Isla, Juanito Villar, Rancapino, Pansequito...

Por si esto fuera insuficiente, un ilustre gaditano, Manuel de Falla, apadrina, junto a Federico García Lorca, el Primer Concurso de Cante Flamenco, celebrado en Granada en 1922. Rodeado de intelectuales y artistas como Joaquín Turina, Óscar Esplá, Tomás Borrás, Santiago Rusiñol, Ángel Barrios o Andrés Segovia, rompen la primera lanza en favor de un arte considerado patrimonio de marginados y tabernarios. El concurso sirvió también para demostrar a Falla que el flamenco no era, como suponía, un arte popular esparcido por los campos de Andalucía, sino un arte de profesionales, mayoritariamente gitanos, que impartían su magisterio en los cafés cantantes y en las reuniones familiares. El premio fue para un flamenco gaditano: Manuel Ortega, Caracol.
  
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REPORTAJE:
Letras de Cádiz
Por José-Carlos MAINER

Obras de novelistas, poetas y ensayistas escritas sobre fondo constitucional.

La Constitución de Cádiz (1812)
Antonio Fernández García, editor
Este texto fue -lo dijo el inolvidable Francisco Tomás y Valiente- "origen, modelo y mito" del constitucionalismo progresista español. Lo que contiene se decía por vez primera, aunque hoy pueda parecernos candoroso, que "el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación" o que los españoles vienen obligados al "amor a la Patria" y a "ser justos y benéficos". Pero tal era el léxico de la Ilustración y esto fue tan serio como consagrar la "libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas", "prohibir el tormento" o que "en todos los pueblos de la Monarquía se establecerán escuelas de primeras letras". En cambio, también leeremos que "la religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única verdadera".

La Constitución de Cádiz (1812) y Discurso preliminar a la Constitución (1812) (editor: Antonio Fernández García. Castalia, Madrid, 2003).

Los poetas y la Constitución
Blanco White, Sánchez Barbero
El poema más largo fue La Constitución, librito publicado en 1820 por el aragonés José Mor de Fuentes, escritor torpón y afanoso que tradujo a Goethe y Rousseau, y estuvo en el sitio zaragozano de 1809. El clima preconstitucional palpitó en un poema de José María Blanco White, 'Oda a la instalación de la Junta Central de España' (Sevilla, 1809), donde leemos que "los vientos entretanto / por la faz de la Europa conmovida / susurran Libertad". El poema más hermoso fue el de un liberal salmantino, Francisco Sánchez Barbero, que murió en 1819 en el presidio de Melilla donde lo recluyó Fernando VII. En 1814 leyó en Madrid 'El patriotismo. A la nueva Constitución', justo el año en que se derogaba: "Entre el ronco tronar de los cañones, / su augusta voz imperturbable alzando / hablará así la majestad hispana: / La española nación es soberana".

Recuerdos de un anciano
Antonio Alcalá Galiano, 1862-1863
No son las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, pero no tenemos mejor autobiografía política de nuestro XIX que la de este radical gaditano, buen bebedor y bastante chisgarabís, que al final sentó cabeza, y en tanto intervino en polémicas literarias, contó como nadie el paso de la estética clasicista al romanticismo e hizo el mejor retrato de unos gaditanos "finos en sus modales, no al par con la gente cortesana, sino de una finura cual es la de personas del alto comercio donde el trato con los extranjeros es frecuente". Los capítulos 'Un tumulto en una ciudad de provincia en 1809' y 'Cómo se pasaba el tiempo en una sociedad sitiada' han sido la fuente de todos los cronistas posteriores, Galdós incluido.

Recuerdos de un anciano. Antonio Alcalá Galiano, 1862-1863 (edición moderna: Crítica, Barcelona, 2009).

Cádiz (Episodios Nacionales)
Benito Pérez Galdós, 1874
Su protagonista, Gabriel Araceli, era un muchacho en el episodio Trafalgar, donde como grumete de la Trinidad, aprendió su lección de patriotismo popular. En Cádiz lleva los entorchados de alférez, ganados en el sitio de Zaragoza, y está enamorado de Inés, hija natural de una noble y un estudiante plebeyo. No hay novela que narre con más gracejo la vida gaditana de 1810, las conversaciones de salón, los primeros pasos de las Cortes y el bullir de políticos y escritores conocidos. Que estamos en vísperas del romanticismo lo certifica la rivalidad-simpatía de Araceli por lord Gray, un británico amigo de lord Byron (y contrafigura del poeta), con el que se bate en duelo y a quien quizá mata al final de la novela, antes de salir de la ciudad rumbo a Castilla.

Cádiz (Episodios Nacionales, serie I, 8), Benito Pérez Galdós, 1874 (edicción moderna a cargo de Pilar Esterán. Cátedra. Madrid, 2002).

En las Cortes de Cádiz
Rafael Salillas, 1910
'Revelaciones acerca del estado político-social' fue el subtítulo de este libro del criminalista y antropólogo Rafael Salillas. Tales "revelaciones" fueron, en rigor, los comentarios de un regeneracionista español -esto es, de un pesimista retórico- que creía en la bondad ingénita del pueblo, la supervivencia nacional de la picaresca y la maldad de los "Dominadores" (el "teocrático" y el "político-jurídico"). Al hilo de las actas de las Cortes (y del divertido Diccionario crítico-burlesco, de Bartolomé Gallardo), Salillas nos hace un diagnóstico retrospectivo que podía valer también para la España de su tiempo, entonces recién salida de la férula de Maura y bajo el Gobierno reformador de Canalejas.
En las Cortes de Cádiz. Rafael Salillas, 1910 (editor: Alberto González Troyano. Ayuntamiento de Cádiz, 2010).

Cuando las Cortes de Cádiz
José María Pemán, 1934
Estrenado en 1934, el "poema dramático" Cuando las Cortes de Cádiz ofrece una visión de los hechos de 1810-1812 bajo las expectativas políticas derechistas del bienio negro republicano. Mientras el pueblo de Cádiz combate contra el francés (y muere heroicamente como sucederá a Lola la Piconera), los frívolos diputados masones conspiran para que triunfen las ideas revolucionarias francesas. Nada menos que el Padre Alvarado, "El Filósofo Rancio", es quien proclama la moraleja de la obra. Todo esto, sin embargo, viene dicho en unos versos que tienen brío y gracejo: Lola es la anti-Mariana Pineda lorquiana, pero la pieza es más soportable que El divino impaciente,estrenada el año anterior, y es tan reaccionaria como Cisneros, que lo fue al año siguiente y constituye una apología del dictador Primo de Rivera.

El Cádiz de las Cortes
Ramón Solís, 1958
A Solís -novelista y gestor cultural oficial en los años sesenta- se le recuerda, sobre todo, por esta tesis doctoral que le publicó el Instituto de Estudios Políticos. No tiene mucho que ver con ese género académico y una versión algo abreviada, en 1969, fue uno de los éxitos de El Libro de Bolsillo, de Alianza. Se trata del inventario ameno de una ciudad y de un tiempo (1810-1813) que repasa los lugares de paseo y los ventorrillos, los comercios y los teatros, la gente del pueblo y los flamantes diputados, al hilo de la historia y de la anécdota y manufacturado todo en una prosa jugosa. Gregorio Marañón, que lo prologó con afecto (y dejó allí una clara apología de los liberales doceañistas), lo consideraba uno de los grandes libros sobre España.
El Cádiz de las Cortes. Ramón Solís, 1958 (Sílex. Madrid, 2000).

El Rey Felón
José Luis Corral Lafuente, 2009
Las novelas del profesor de historia José Luis Corral tienen todos los alicientes que buscan los lectores de la nueva narrativa histórica y la ventaja, sobre la mayoría de las otras, de que no son patrioteras y se esmeran bastante en la documentación. El Rey Felón (Fernando VII) cierra una trilogía que comprende también Trafalgar e¡Independencia! Sus protagonistas, el coronel Francisco Faria, aristócrata y guardia de Corps, y el forzudo sargento Isidro Morales, participan en la defensa de Cádiz y siguen en pos de Napoleón hasta su derrota. A partes casi iguales, viajan, combaten, se encuentran con personajes conocidos y todos peroran sobre los acontecimientos -con bastante pesimismo- para la instrucción política del lector.
El Rey Felón. De las Cortes de Cádiz a Waterloo. José Luis Corral Lafuente. Edhasa, 2009.

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TRIBUNA:
Momento gaditano
Por Roberto BREÑA

La Constitución de Cádiz representa la entrada de España en la "modernidad política" (con todas las comillas que se quieran añadir a las ya utilizadas) y supone un paso muy significativo en los inicios de la vida política "moderna" de Hispanoamérica (ídem). 

En el primer caso, la fugacidad de la primera experiencia liberal española y el aclamado regreso de Fernando VII, y con él el del absolutismo, complican sin duda cualquier valoración histórica de dicha experiencia. En el segundo, existen variaciones de acuerdo con el territorio americano de que se trate; un hecho que se deriva en gran medida de la aplicación o no aplicación del documento gaditano. Sin entrar en pormenores, el lugar que éste ocupa actualmente en la historia política de México o Perú es mucho más importante que el que le conceden, por ejemplo, venezolanos o argentinos. No obstante, como lo ha mostrado la historiografía de los últimos lustros, estas diferencias al interior de América Latina no son tan marcadas como se pensó durante mucho tiempo; entre otros motivos porque el legado gaditano va mucho más allá de los 384 artículos que integran el documento en cuestión.

Antes de proseguir, apunto algunas de las apropiaciones y de las exageraciones de las que hemos sido testigos en los últimos años respecto a dicho legado, las cuales no han podido pasar desapercibidas para cualquier observador medianamente atento a los eventos y festejos bicentenarios que comenzaron en España y América Latina en 2008, que llegaron a su punto más alto en el subcontinente en 2010 y que refluyen ahora hacia la península Ibérica con motivo de la Constitución de 1812. Para los españoles, la apropiación política de Cádiz como un momento fundacional de la España actual (es decir, de la España democrática y europeísta), no puede sorprender a nadie y tampoco suscitar demasiada suspicacia. Lo que sí llama la atención, al menos a quien esto escribe, es ese intento por hacer de la Constitución de Cádiz no sólo el texto fundacional de la vida política de la España contemporánea, sino también, en la misma medida, de la Hispanoamérica de 2012. Es cierto que entre las decenas de textos de índole constitucional que se promulgaron en el mundo hispánico durante los tres lustros que van de 1811 a 1826 únicamente el documento gaditano pretendió regir a todo ese mundo, como también lo es que la reunión de las Cortes desde septiembre de 1810 contribuyó notablemente a promover la convocatoria de los innumerables congresos americanos responsables de la explosión constitucional referida. Sin embargo, el texto gaditano no fue la "guía" o el "faro" de todos los demás, como se ha sugerido en más de una ocasión. En sentido estricto, no podía serlo; no sólo porque algunos de los textos americanos lo preceden en el tiempo, sino también porque para cuando se promulga en marzo de 1812 algunos territorios ya habían declarado su independencia y/o desconocían a las Cortes (y, por lo tanto, rechazaron la Constitución). Lo que no justifica, por lo demás, la ignorancia de algunos académicos de América Latina, "especialistas" en el periodo emancipador, respecto a los eventos metropolitanos que tuvieron lugar entre 1808 y 1814 (por no hablar del reinado de Carlos IV), así como tampoco justifica las críticas recientes de historiadores latinoamericanos en el sentido de que algunos estudiosos del tema pretendemos explicar los procesos emancipadores americanos en clave gaditana, por decirlo de algún modo. Lo que pretendemos, si de "pretensiones" se puede hablar, es algo distinto: mostrar que si no se conocen bien los eventos metropolitanos del primer cuarto del siglo XIX, sobre todo la revolución liberal del sexenio 1808-1814, resulta imposible entender cabalmente dichos procesos.

La trascendencia de la Constitución de Cádiz fue más allá de Hispanoamérica (como lo prueba su influjo en Portugal, Italia y Rusia). Sin embargo, independientemente de estas influencias y de las disposiciones jurídicas que pudieron haber sido retomadas en los documentos constitucionales americanos del periodo emancipador, me parece importante insistir en que Cádiz representa mucho más que un texto constitucional. A ojo de pájaro y centrándome en el ámbito hispanoamericano, pienso en la participación americana en una asamblea que súbitamente reemplazó a una monarquía que había funcionado "imperialmente" durante casi tres siglos; en la aparición, igualmente súbita, de una libertad de imprenta que modificó profundamente la vida pública en todo el mundo hispánico; en la recuperación, transformación y reutilización de ideas sobre la soberanía popular que, pese a todo su "tradicionalismo", en la coyuntura provocada por la crisis de 1808 significaron una revolución copernicana sobre la política y lo político; por último, en el surgimiento y acelerado fortalecimiento de una conciencia entre los españoles americanos de que su destino político dependía sobre todo de lo que ellos hicieran o dejaran de hacer. Este último elemento puede sonar perogrullesco si se olvida que durante casi trescientos años el trato que habían recibido puede definirse sin demasiados problemas como "colonial" (más allá de una legislación y de una retórica jurídicas que sugieren que el uso de este adjetivo es una especie de sacrilegio).

Concluyo estas líneas subrayando el carácter extraordinario de lo que podemos denominar "el momento gaditano". En primer lugar, una guerra contra la nación más poderosa de aquel tiempo, con la que España había compartido dinastía durante casi todo el siglo XVIII y con la que existía un "pacto de familia" (que tan oneroso había resultado desde que Napoleón tomó las riendas de Francia). En segundo, el puerto de Cádiz convertido en bastión y baluarte de la monarquía católica; una ciudad escasamente representativa de la nación y de la mentalidad españolas, como lo demostró lo acontecido ahí entre 1810 y 1814. Lo que me lleva al tercer punto: la iniciativa, el dinamismo y la capacidad de un puñado de eclesiásticos y funcionarios que decidieron convertir la lucha contra los franceses en una revolución política. Al respecto, cabe apuntar otra evidencia que no termina de ser digerida (ni por la historiografía española ni por la latinoamericana): en el contexto del Antiguo Régimen e independientemente de todas las limitaciones y ambigüedades que se quieran aducir, el liberalismo era revolucionario (y lo seguiría siendo durante buena parte del siglo XIX en todo el mundo occidental). Por eso, más que nada, lo acontecido en Cádiz entre 1808 y 1814 ocupa el lugar que ocupa actualmente en la historiografía occidental; por eso Fernando VII reaccionó como lo hizo cuando regresó al trono de España en la primavera de 1814 y también por eso, en buena medida, los nuevos países americanos batallaron tanto y durante tanto tiempo en su tránsito de territorios coloniales con apenas experiencia en el Gobierno representativo a repúblicas inspiradas en principios liberales. –

Roberto Breña es profesor-investigador de El Colegio de México. Es autor del libro El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824. Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico (El Colegio de México, 2006). Este año, Marcial Pons publicará un libro suyo sobre las revoluciones hispánicas. rebrena@colmex.rx

Articulo : http://www.elpais.com 04/02/2012

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