samedi 25 février 2012

Ernesto FERRERO/Primo LEVI, Doctor en química


Artículo Un recuerdo de Primo Levi
Doctor en química
Por Ernesto FERRERO

En tiempos en que el Holocausto había perdido prioridad para las editoriales, La tregua, un "bellísimo libro" sobre el tema, firmado por un químico turinés, se coló en el catálogo de Einaudi. Aquí la historia detrás de esa publicación. 

Durante la primavera milagrosa de 1963 salieron de la cornucopia de Einaudi libros que hicieron época, cada uno de los cuales en otro tiempo hubiera podido salvar por sí solo el balance de un año. Salían como muchachos que van a la escuela cada uno por su cuenta, a quienes la madre ni siquiera les había llenado la lonchera: El conocimiento del dolor de Gadda, La jornada de un interventor electoral de Calvino, El Archivo de Egipto de Sciascia, El chal andaluzde Elsa Morante, Léxico familiar de Natalia Ginzburg, Memorias de Adriano de la Yourcenar y la Historia de la República de Saló de Deakin.

Un frío día de marzo me encontré sobre la mesa de trabajo el borrador de La tregua, libro de un químico turinés del que no había oído hablar. Empecé a leerlo diligentemente. Al fondo de la primera página, como un redoble de tambores en un concierto de Beethoven, la aparición de los cuatro jóvenes soldados rusos que avanzan cautelosamente en el láger abandonado a sí mismo. Los “rostros burdos y pueriles bajo los gruesos cascos de piel”, suspendidos sobre “sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo”, porque el camino estaba por encima del campo. Leí un poco más abajo su reflexión sobre “la naturaleza indistinguible de la ofensa, que se extiende como un contagio. Es insensato pensar que la justicia humana la extinga. Es una fuente inagotable del mal: destroza el cuerpo y el alma de los sometidos, los apaga y los vuelve abyectos; reaparece como infamia sobre los opresores, se perpetúa como odio en los sobrevivientes, y pulula de mil maneras, contra la misma voluntad de todos, como sed de venganza, como entrega moral, como negación, como cansancio, como renuncia”.

Hasta un aprendiz de tendero habría comprendido que el libro, aunque en forma de hojas volantes, tenía el tono y la sustancia de un “clásico”. Una tarde el autor se asomó a la puerta de la oficina de prensa. Era un hombrecito sobre los cuarenta, seco, tímido, modesto, de pocas palabras. Dirigía una fábrica de pintura por los lados de Settimo. Desde la autopista se podían ver los muros de un galpón sin pretensiones; más allá de los muros sobresalían unos silos, tuberías, postes. Parecía una fábrica abandonada.

Primo Levi, doctor en química, como encabezaba su papel de carta –hojitas parsimoniosas–, tenía tatuado en azul sobre el antebrazo izquierdo el número 174517, bien visible cuando en verano se ponía las camisas de manga corta. Aquel número no lo escondía ni lo exhibía. Parecía más preocupado por esconder su nueva identidad de escritor. Sobre todo frente a la familia, porque de escribir no se puede vivir. Lo había soñado de muchacho, había escrito cuentos, poesías (una de las cuales, “Crescenzago”, recuerda la periferia de Milán con los colores angustiantes de Sironi; se oía una sirena matutina que recordaba la del láger). Tuvo que reprimir las ambiciones literarias porque su padre estaba muriendo de cáncer y a él le tocaba sostener la familia; luego había partido en un vagón sellado con plomo a la ignota destinación que sería Auschwitz.

Pensaba que el ambiente literario era una camarilla cerrada, susceptible, movida por la envidia, inclinada a venganzas, desdenes, desaires, no propensa a abrirse a los irregulares, a los inclasificables. En la casta de los literatos no podía haber lugar para uno como él. En las entrevistas, para neutralizar la agresividad de los lobos-escritores, hacía profesión de humildad, casi de sumisión. Repetía de continuo que él era un escritor de domingo. Lector del Darwin de La expresión de las emociones, sabía que el rostro es una máscara de uso en las convenciones sociales; por lo tanto una escritura, una ficción. La ficción a la que el doctor Levi se sentía obligado era tal vez aquella de la prudencia, de la modestia, del disimulo honesto.

Era como si le hubieran impreso en el brazo otras dos calificaciones limitativas: testigo, químico. Un químico es un testigo. Sumados los dos no podían dar un escritor. No todavía. Como si los conocimientos técnicos fueran una diminutio del intelecto, un impedimento leve pero evidente. Como si dar testimonio no comportase una excepcional capacidad de fantasía literaria, de restitución, o sea de escogencia de los elementos esenciales en medio de mil datos amorfos.

Durante años, pocos comprendieron que el prisionero que había salido de Fossoli en un vagón sellado con plomo era un escritor, antes incluso que un químico. Se había salvado precisamente porque era un técnico-escritor que quería comprender las leyes antropológicas que gobernaban el universo concentracionario. Una idea a lo Calvino: solo reconstruyendo desde adentro el mapa del láger se podría tener esperanza de salir.

Los manuscritos de los libros del pequeño químico iban directamente a la imprenta. Él pedía investigaciones, verificaciones, lamentaba sumisamente que nadie le decía nada sobre lo que escribía. Por fuerza (aducíamos asombrados): no había que cambiar ni siquiera una coma. Sus libros no tenían necesidad de edición.

En la casa editora gozaba del aprecio de Calvino y Ponchiroli, pero ya nadie recordaba que en 1947 alguien (¿Pavese? ¿Natalia Ginzburg? ¿Los dos?) le había devuelto cortésmente el manuscrito de Si esto es un hombre. Porque no existía la colección apropiada, porque ya había muchos libros sobre el tema, porque era necesario mirar hacia delante, olvidar el horror. Natalia había perdido a su marido, Leone; Pavese rumiaba su retiro (¿la deserción?) en la colinas de Monferrato, mientras el mundo se incendiaba. “Por lo general rechazamos todo libro sobre el tema”, había escrito a quien le proponía el manuscrito de un hebreo de Zagreb. Pero algunos entendieron, apreciaron: Cajumi, Calvino, Cases. Saba le escribió a Giulio Einaudi: “Ha escrito un bellísimo libro que quisiera ver entre tus publicaciones”. Levi, magnánimo, dirá años después que se podía comprender: en el clima de la reconstrucción “era casi una grosería, echar a perder la fiesta”.

Luego, publicado por Antonicelli para De Silva, “el bellísimo libro” había echado raíces en el corazón de Paolo Boringhieri y Luciano Foà. Se batieron a fondo ambos, insistió también el autor con su modo tranquilo pero firme, apenas angustiado, y finalmente, luego de retiros y reenvíos, reapareció en la colección Saggi de Einaudi en 1958. Como documento. La nueva edición había sido aumentada en una treintena de páginas, pero ninguno se dio cuenta, ni siquiera Antonicelli que la había publicado.

El doctor Levi no era brillante, no tenía pronta la frase ingeniosa, e incluso políticamente parecía no alineado. Aunque había publicado algún capítulo del libro en el periódico del Partido Comunista Italiano de Biella, no tomaba posición públicamente ni firmaba manifiestos. Hacía lo posible para cancelar las huellas de su propio tránsito (en esto se comprendía muy bien con Calvino). Las antenas de Giulio Einaudi no registraron su presencia. Fue encomendado al aprendiz de la oficina de prensa. O mejor, no lo encomendaron a nadie. Las primadonas einaudienses eran muchas, pero ninguna gozaba de atenciones particulares. También ellas, a la par que cualquier colaborador, se dedicaban a la adoración del Editor invisible, de su feminidad esquiva. El hecho de que no les ofreciera atenciones especiales aumentaba su amor. Si sufrían, sufrían en silencio.

Del pequeño químico me enternecía la modestia, la melancolía, el perfeccionismo artesanal. No era desesperado sino serenamente curioso.

Durante cinco años había frecuentado el Instituto Goethe, porque quería comprender a los alemanes. Por cinco años se carteó pacientemente con una cuarentena de lectores suyos de Alemania, pero la posible verdad parecía esconderse más allá de la buena disposición de sus corresponsales. Y cada vez se sentía desilusionado.

Se parecía un poco al hombrecito de Chagall que emprende vuelo soliviándose sobre el techo de una especie de isba, y que Bollati había escogido como portada de La tregua. Tal vez la química tenía algo que ver con este vuelo. Tal vez la química había vuelto al doctor Levi más ligero, más sensible.

La tregua quedó entre los cinco finalistas del Premio Strega de manera autónoma. Nadie había movido un dedo –entonces no se usaba–. Pero los einaudianos hubieran descendido hasta la vulgaridad de pedir votos, de conducir una campaña electoral, aunque con discreción.

El Strega lo ganó Natalia Ginzburg con Léxico familiar; Levi fue un buen tercero. En el Ninfeo de Villa Giulia fue acogido con simpatía, pero confesó que se sentía como cuerpo extraño. El libro fue luego seleccionado entre los cinco finalistas del Premio Campiello –que se inauguraba ese año–, patrocinado por los industriales vénetos.

Cogimos el tren a Venecia con agitación de escolares en gira. Estaba preocupado porque no tenía esmoquin, sino una modesta gabardina, lo que le hizo escapar un chiste: el jurado no podía anunciar sino que Primo Levi había sido el segundo. Lo intimidó la suntuosidad altoburguesa de la casa de Valeri Manera, que daba sobre el Canal Grande, donde se ofrecía una recepción de bienvenida. Miraba de arriba a abajo la mole autoritaria de Bonaventura Tecchi, que parecía un profesor de filosofía de la escuela de Gentile (el bastón en el que se apoyaba le daba un aire casi amenazante); el bigotito de Virgilio Lilli de esmoquin, el aire elegante de un vividor internacional; o la cara redonda y brillante de Giovanni Comisso, iluminada por la sonrisa astuta de un adolescente goloso que acaba de robar la fruta del huerto del vecino.

La premiación iba a tener lugar en la Fundación Cini, en la isla de San Giorgio. El ceremonial pomposo de aquellos años no incluía momentos de espectáculo, actores, bailarinas, estrellas de la televisión. Delante de un público definido por los cronistas como “numeroso y elegante” hubo un concierto de música clásica. A las 11:30 un notario leyó el cómputo de los votos.

La tregua había ganado cómodamente.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Diciembre 2011

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