samedi 11 février 2012

Ha muerto TÀPIES


Ha muerto Tàpies

El artista catalán, uno de los maestros del arte de vanguardia del siglo XX, fallece a los 88 años en su domicilio de Barcelona

El pintor, escultor y teórico del arte Antoni Tàpies ha muerto este lunes a los 88 años. El artista catalán (Barcelona 1923) ha sido uno de los maestros del arte de vanguardia del siglo XX. Destacó por su estilo propio, matérico por el uso de elementos de desecho, pero muy espiritual porque trascendió el soporte de la obra para profundizar en la imbricada condición humana. Por voluntad expresa de la familia del artista, la ceremonia de despedida será en la estricta intimidad. En gesto de duelo, la Fundación Antoni Tàpies permanecerá con las puertas abiertas dos días (martes 7, de 15 h a 21 h, y miércoles 8, de 9 h a 21 h), para facilitar a la ciudadanía el acceso libre a la Fundación y a las obras expuestas del artista, y pondrá a disposición de quien quiera dejar su testimonio un libro de pésame. Asimismo, próximamente, se anunciará la fecha, los contenidos y los participantes en el acto de homenaje público que tendrá lugar en la sede de la Fundación. 

De formación autodidacta, Antoni Tápies decía no sentirse un pintor antiguo. Quizá un clásico contemporáneo, pero desde luego tenía claro la época a la que pertenecía. Nació un 13 de diciembre de 1923 en la Barcelona más liberal y culturalmente tolerante gracias a las relaciones de sus padres, que le introdujeron desde muy pronto en los círculos de personajes notables de la vida catalana. En 1934 inició sus estudios de bachillerato y los continuó durante la guerra civil, pero su débil salud le obliagaba a menudo a interrumpirlos. Entre 1942 y 1943 sufrió una enfermedad pulmonar con una larga convalecencia que le permitió disfrutar del tiempo necesario para seguir formándose, primero copiando a Van Gogh y Picasso, y más tarde leyendo a los grandes filósofos y estudiando el movimiento Romántico, por el que siempre sintió predilección. La angustia de algunas de sus primeras obras tienen su origen precisamente en esta enfermedad, lo somático se une a la expresión artística, o en palabras de Tàpies "En el arte todo es unidad". 

En 1944 ingresó en la universidad de Barcelona para estudiar Derecho, pero se sintió enseguida atraído por el círculo de jóvenes poetas que le rodeaban: Carlos Barral, Alfonso Costafreda y Gil de Biedma entre otros, que por la carrera que nunca llegó a terminar. Este mismo año trabajó durante unos meses en la Academia Valls, donde conoció al poeta y crítico de arte Josep M. Junoy, cuya influencia será decisiva en el joven artista. Durante estos años fue creciendo su interés por la pintura y la mística oriental, asimilada de forma visible en su obra plástica, como comentaba en una entrevista concedida a EL CULTURAL en 1998: "El lenguaje místico no es exclusivo de las religiones, también hay un misticsimo profano, ya sea oriental u occidental. En el contenido de muchas obras del arte contemporáneo descubrimos un espíritu, una visión del mundo que se aproxima a esta dimensión, religiosa o no, que nos lleva a la realidad profunda de las cosas". 

La ruptura con `Dau al set'

Conoció a Joan Brossa en 1947, con quien fundó al año siguiente la revista Dau al set, una de las primeras y más relevantes iniciativas renovadoras del arte español de posguerra. Tàpies rompió poco después con el movimiento por considerar que se le daba una importancia desmedida, y ha llegado a decir que la revista no era más que un refrito de los residuos del surrealismo. Este episodio lo explicaba también en la entrevista de EL CULTURAL: "Llegué a romper completamente con la estética de Dau al set, que era más brossiana que otra cosa. Rompí totalmente. Lo que ocurre es que que soy una persona educada y no me enfadé con la gente, y mucho menos con mi amigo Brossa. Durante muchos tiempo mantuvimos la amistad. Eso sí, sin hablar de arte". De esta época data su pintura deudora del surrealismo, donde aparecen sus paisajes fantásticos y oníricos influidos por Paul Klee y Max Ernst. 

En 1950 obtuvo una beca para completar sus estudios en París, allí se acercó al marxismo y a partir de este momento asumió una postura socialmente comprometida de defensa de los derechos humanos y la libertad. Este mismo año se celebró su primera exposición individual en las Galeries Laietanes de Barcelona. En 1953 abandona el surrealismo y retoma las investigaciones sobre la materia que terminarían por desarrollar su lenguaje personal. Tàpies no puede evitar sonreír ante el paralelismo que algunos críticos establecen entre las pinturas de estos años, semejantes a paredes desconchadas y su apellido (en catalán "tapias"). 

Reconocimiento internacional

Su primera retrospectiva se celebró en Hannover en 1962, en la Kestner Gesellschaft, y desde entonces se han sucedido por todo el mundo las muestras antológicas dedicadas a su obra: en 1974 en el Louisiana Museum y en la Nationalgallerie de Berlín; en 1977 una retrospectiva itinerante por EE.UU; en 1980, 1990 y 2000 en el Museo Reina Sofía de Madrid; en 1988 en Marsella y una itinerante de obra gráfica por EE.UU; en 1989 en Pekín; en 1993 en la Schim Kunsthalle de Berlín; en 1995 en el Guggeheim de Nueva York y en 1996 en varios museos japoneses. En 2002 expuso en la galería Elvira González de Madrid y su última obra puede verse en la galería Toni Tàpies de Barcelona (30 de enero de 2003). 

La valoración de su trabajo en el mercado va desde los 48.000 euros de sus pequeñas obras gráficas a los 480.000 de sus grandes óleos. Actualmente todos los grandes museos del mundo tienen obras suyas. El mismo año en que se inauguró la fundación que lleva su nombre en Barcelona, 1990, recibió el premio Príncipe de Asturias de las Artes, y, poco después, el León de Oro de la Bienal de Venecia en 1993 y el Premio Herbert Boeckl en 1994. 

Los últimos años

Las obras de los últimos años constituyen esencialmente una reflexión sobre el dolor -físico y espiritual-, entendido como parte integrante de la vida. Influido por el pensamiento budista, Tàpies considera que un mayor conocimiento del dolor permite dulcificar sus efectos, y de este modo, mejorar la calidad de vida. El paso del tiempo, que ha sido una constante en la obra de Tàpies, adquiere ahora nuevos matices, al vivirse como una experiencia personal que comporta un mejor autoconocimiento y una comprensión más clara del mundo que le rodea. Durante estos últimos años, Antoni Tàpies ha consolidado un lenguaje artístico que, por una parte, traduce plásticamente su concepción del arte, y por otra, unas preocupaciones filosóficas renovadas con el paso del tiempo. Su práctica artística sigue siendo permeable a la brutalidad del presente, a la vez que ofrece una forma que, pese a su ductilidad, permanece fiel a sus orígenes. En este sentido, las obras últimas no sólo se inscriben en la contemporaneidad, sino que también son un registro del pasado del artista. 

En esta línea, en la última entrevista que concedió a El Cultural, y una de las últimas que dio, el artista señalaba que las dificultades físicas le habían obligado a concentrarse más en sí mismo: “A explorar más mi mundo interior, y de ello me he dado cuenta precisamente este verano (de 2008), a causa de los problemas que he tenido con el corazón. Además creo que las sabidurías asiáticas, como el budismo, por las que ya sabes que tengo especial predilección, me han ayudado a tener una visión más profunda del mundo, más cercana a la verdadera realidad. A veces pienso que hoy se vive más pendiente de necesidades mecánicas que de las cosas realmente esenciales”. A este respecto, también comentaba: “Yo nunca he separado estas disciplinas, el arte y la filosofía, tal vez por la influencia que han ejercido en mí las filosofías orientales que no excluyen nada, que entienden la existencia y el mundo como una globalidad”.

Paralelamente a la producción pictórica y objetual, Tàpies ha ido desarrollando desde 1947 una intensa actividad en el campo de la obra gráfica. El artista ha realizado un gran número de carpetas y libros de bibliófilo en estrecha colaboración con poetas y escritores como Alberti, Bonnefoy, Du Bouchet, Brodsky, Brossa, Daive, Dupin, Foix, Frémon, Gimferrer, Guillén, Jabès, Mestres Quadreny, Mitscherlich, Paz, Saramago, Takiguchi, Ullán, Valente y Zambrano, entre otros. 

Asimismo, desarrolló una tarea de ensayista que ha dado lugar a una serie de publicaciones, algunas traducidas a distintos idiomas: La práctica del arte (1971),El arte contra la estética (1977), Memoria personal (1983), La realidad como arte. Por un arte moderno y progresista (1989), El arte y sus lugares (1999) yValor del arte (2001). 

Su fundación

En 1984 el pintor fundó su propia fundación con la idea de crear un centro para el estudio y la promoción del arte contemporáneo. Este centro con una de las colecciones más completas de la obra de Tàpies, donadas por el propio pintor y por Teresa Tàpies, su mujer. Contiene más de 300 obras de todos los periodos artísticos del pintor. Abrió sus puertas en 1990. 

Además de las exposiciones permanentes dedicadas al pintor barcelonés, el museo realiza numerosas exposiciones temporales que abarcan todos los géneros artísticos. Destaca también la biblioteca, especializada en arte moderno, y que está considerada como una de las más completas del mundo en su género. Cuenta también con una sección dedicada al estudio del arte asiático. En 2010 se reabrió el museo tras dos años de rehabilitación, a cargo del arquitecto Iñaki Ábalos. En esta ocasión la obra estrella de la nueva exposición fue la escultura tituladaCalcetín, situada en la terraza de la Fundación. 

Articulo :  http://www.elcultural.es 06/02/2012

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Tàpies, cara y cruz
Por Jaume VIDAL OLIVERAS

El crítico de El Cultural Jaume Vidal Oliveras muestra la multitud de facetas de un artista que proyecta tantas luces como sombras

Resulta difícil hablar de una persona que falta y, además, de un personaje tan complejo como Antoni Tàpies, que proyecta tantas luces como sombras. Y, sin embargo, hay en él un mensaje que tendría de quedar: una fe en la cultura y el arte. Él entendía ambas en un sentido humanista, en la acepción más elemental y directa que tiene esta palabra: la cultura como aquello que nos construye como personas, que nos hace mejores, que nos ayuda a comprender el mundo que nos rodea. Pero este ideal se manifiesta en Tàpies de diferentes maneras. Acaso la riqueza de su figura radique precisamente en esto, en las múltiples -y también contradictorias- formas en que entendió este compromiso. 

Una de sus vertientes es su apuesta política. Una apuesta que es difícil de explicar en los tiempos que corren y que acaso resulte inverosímil. Pero esta fue una de sus batallas -aunque no la única- como creador y como persona. Cuando rondaba la cincuentena escribió un libro que nos parece fundamental para introducirnos en su universo: Memoria personal: fragmento para una autobiografía. Como el título indica, se trata de un texto personal, en el que Tàpies relata su propia historia como creador plástico y como individuo. Pero en él se narra también el proceso de construcción de la democracia y cómo la cultura -para él, la cultura progresista- se alía con y contribuye a edificar estos ideales. Curiosamente, sus “memorias” concluyen con el fin de la dictadura, aunque la vida del artista haya continuado hasta ahora. Y esto es así porque Tàpies piensa la cultura como construcción de la democracia y él creía contribuir con su creación en este empeño. Su obra se identifica con la democracia y la llegada de ésta confirma, a su vez, la validez de su obra. 

Pero paralelamente existen otros Tàpies. Hay un Tàpies del silencio, de la contemplación, de la búsqueda del absoluto... Una de las aproximaciones más sugerentes al pintor se la debemos a Pere Gimferrer, quien de una forma poética y metafórica situaba a Tàpies en una tradición “oculta” de la cultura catalana. Frente a una cultura de la claridad, del orden, de la naturaleza, del clasicismo, que es, de algún modo, la oficial, existe otra herencia que encarnan los Llull, los Gaudí, los Foix, los Miró, pájaros de lo nocturno, cazadores de enigmas. Es en esta filiación, que -siguiendo a Gimferrer- podríamos llamar de “los alquimistas”, exploradores de lo oculto, de los arcanos, de lo invisible, en la que hemos de situar a Tàpies. El Tàpies hermético y metafísico es otra de sus vertientes. 

Y aún hay más: en su última entrevista, concedida a El Cultural, el propio Tàpies, un Tàpies ya anciano, nos hablaba de “bondad” y de “amor”. Este último Tàpies estaba empeñado en una nueva búsqueda, la de unas imágenes que afectasen al espectador y le llevaran a un estado sereno.

Tàpies, figura poliédrica, rica y compleja, contiene en sí multitud de facetas, algunas paradójicas, a veces contradictorias, las mismas que el tiempo que le tocó vivir. Él supo darles una forma personal y transmitirlas de vuelta. Su obra es nuestro legado. 

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Tàpies en sus memorias: ¿Para qué servimos realmente los artistas?

"Tengo una fotografía en la que Franco, rodeado de gente importante, está parado delante de mis cuadros... Todos ríen."

Antoni Tàpies escribió esta Memoria personal (Seix Barral) que recoge, como él mismo explica en el prólogo, "las circunstancias de mi vida, las influencias recibidas, el itinerario interior que he recorrido o las búsquedas personales que se encuentran en la base de mi pintura", contemplando "no sólo su posible utilidad didáctica para otros artistas más jóvenes, sino porque también me parecía que me ayudaría a tomar conciencia y a orientarme a mí mismo". Una crónica personal que abarca desde la Barcelona de la anteguerra civil al Madrid franquista y desde el París del existencialismo al Nueva York de los años cincuenta; y por la que desfila una fascinante galería de personajes que son emblemas de nuestro tiempo -de Picasso a Miró, o Duchamp-. En el centro de su autobiografía, la obra pictórica, iluminada por la palabra. 

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El director de aquellos cursos era el que posteriormente sería director general de Bellas Artes, Gratiniano Nieto. Tenía noticia, por Alexandre Cirici y otros que habían asistido, de que el año anterior había habido igualmente algunos actos bastante sugestivos por la calidad del público y porque se prestaban a un diálogo interesante. Acepté y, con Teresa, que ya esperaba el primer hijo, emprendí el viaje. Nos acompañó Tharrats, en sustitución de Joan Teixidor, que era quien primeramente yo había propuesto para hablar de la evolución de la nueva pintura en relación con los otros hechos culturales de Barcelona en aquellos últimos años, el cual no pudo venir. 

Hicimos escala en Burgos, que no conocíamos, y pasamos luego unos días muy agradables en la simpática ciudad del norte, donde encontramos a otros amigos que ya conocíamos, como Gaya Nuño y su mujer, que estaba allí para hablar de Cossío en el mismo ciclo de la universidad, y algunos otros más. Volvimos a encontrar a Luis Rosales, quien me hizo de presentador en la conferencia y con el que pasamos muy buenos ratos. Conocimos a Carola y José María Moreno Galván, cuya amistad nos ha acompañado luego siempre. También al pintor Carlos Pascual de Lara (que murió poco tiempo después), el cual fue entonces el fabuloso animador de las veladas con sus chistes, su extraña simpatía y sus imitaciones, que hacían época, de toda una galería de personajes de Madrid, viviseccionados con su humor corrosivo. El pintor Zabaleta corría también por allí vestido impecablemente de blanco. Benjamín Palencia, entrando y saliendo de su coche, saludado gorra en mano por su chauffeur. Alfonso Sastre -¡cuántas veces hemos pensado en vosotros, Eva y Alfonso!-, que ofreció una conferencia y unos diálogos a los cuales, recuerdo, prohibieron al público asistir. El pintor Pancho Cossío, de Santander, que también fue muy atento con nosotros, a pesar de la fama de mal carácter que tenía, etc. 

Al acabar mi parlamento -la lectura, en realidad, de lo que llevaba escrito- hubo algunas interpelaciones un poco botarates como, por ejemplo, las de un tipo que se hizo portavoz y defensor del «realismo español», y expuso la genial idea de que en aquellos momentos era mucho más interesante pintar la capra hispanicaquehacer pintura abstracta. Aparte de esto, sin embargo, todo fue normalmente, sin grandes polémicas. Recuerdo a una persona que se adelantó a felicitarme efusivamente por lo que había dicho: era Pedro Laín Entralgo. 

A partir de entonces empecé a acostumbrarme a ir a París con frecuencia, como si fuera un barrio más de nuestra ciudad. Asistí a la inauguración de la colectiva de todos los pintores y escultores que habíamos formado el equipo de la galería Stadler y al cabo de poco volví para mi exposición personal. A continuación, Stadler se ocupó de otras exposiciones que me solicitaban para diferentes puntos de Europa. 

Cuando se celebró en Barcelona una de las Bienales Hispano-Americanas que organizaba el Instituto de Cultura Hispánica, me pareció oportuno en aquella ocasión aceptar la invitación, ya que creía que sería un buen momento para que todo Barcelona viera mis nuevas pinturas de entonces. Tanto en Europa como en Estados Unidos la cosa ya rodaba bastante y mi nombre iba haciendo poco a poco su camino. En cambio, aquí siempre todo había sido de minorías, y tal vez entonces, me pareció, tenía la ocasión de dar un golpe. 

Las circunstancias echaron abajo casi completamente mis planes, porque la comisión que tenía el cometido de aceptar las pinturas que se presentaban rechazó algunas mías y yo estuve a punto de retirarme indignado. La intervención de Joan Ainaud de Lasarte, quien hizo de hombre bueno, me convenció para que presentara otras realizadas exactamente en el mismo tiempo y con características semejantes, pero que el jurado creyó mejores, y la cosa siguió adelante, aunque no por el cambio de obras, de ello estoy seguro, sino porque empezaba a trascender, con escándalo, mi protesta. (Las telas rechazadas, al cabo de pocas semanas, pasaron a manos de uno de los mejores coleccionistas de Europa: Philippe Dotremont, de Bruselas.) Recuerdo que Joan Ramon Masoliver también me prestó su apoyo, y creo que su intervención fue decisiva sobre todo para que los cuadros quedaran colgados dignamente. 

Cuando, con Teresa, visité la exposición, encontramos mis pinturas tan absolutamente diferentes de todas las demás expuestas y tan fuertemente desoladas y desplazadas, que nos pareció inmediatamente que aquello realmente armaría un alboroto. Además, no sé si por casualidad o por picardía de los que los pusieron, justo en el medio, encima de mis tres grandes cuadros, había un cartel, como en todas, las salas para distinguir los países, que decía: ESPAÑA. 

Efectivamente, no nos equivocamos, y, el alboroto surgió. Me oí decir de todo en los periódicos y tanto los elogios como las burlas, que fueron mayoría, se encarnizaron durante semanas. Yo me lo tomaba como una desgracia, pero recuerdo que nuestro amigo Prats, con su experiencia, me consoló diciéndome que ni, pagando una fortuna se podría nunca conseguir la publicidad que me hicieron aquellas polémicas y todo aquel torrente de letra impresa que me cayó encima, lo que al fin y al cabo beneficiaba la difusión de mis imágenes, que era lo que en definitiva interesaba. Por desgracia o por suerte, nunca lo sabré, era una exposición local y las cosas no trascendieron fuera del país tanto como creíamos. 

[...] 

Tengo una fotografía en la que Franco, rodeado de gente importante, está parado delante de mis cuadros en una de las Bienales Hispano-Americanas. En un rincón del grupo está Llorens Artigas medio escondido, tapándose la cara para no ser sorprendido por los fotógrafos. Todos ríen. Según Artigas, alguien, creo que era Alberto del Castillo, le decía a Franco: «Excelencia, ésta es la sala de los revolucionarios.» Y parece que el dictador dijo: «Mientras hagan las revoluciones así...» 

¿Para qué servimos realmente los artistas? ¿Qué son estos hechos tan inofensivos ante la marcha implacable de los poderosos de la historia? Arena, granos de arena, cosas insignificantes que a menudo hacen reír, miserables... ¡gotas de agua! De cualquier modo, tal como dice Hermann Hesse: «El agua es más fuerte que las rocas, el amor más fuerte que la violencia.» Thoreau y Gandhi también enseñaron la desobediencia civil.1 

Aquellos últimos años ya había tenido ocasión de prestar atención al budismo en general, lo que no he dejado de hacer con los años. El antiguo camino de Buda, el «pequeño vehículo» o budismo hinayana, había sido la base necesaria de mi estudio. Incluso tuve la voluntad de dedicar parte de un verano a la traducción del inglés al catalán (manuscrito que conservo) de una serie de capítulos de la exposición hecha por Piyadassi Thera: las cuatro nobles verdades, los tres aspectos del dolor, los estados condicionados, el análisis de los cinco grupos o agregados mentales, el origen del dolor, la interrelación e independencia de todos los fenómenos, las acciones y reacciones, el proceso kármico, el cese del dolor, la extinción del deseo, el vacío perfecto, el óctuple camino... Y tantas cosas que se desprenden de estas verdades esenciales que todavía prestan soporte a ideas y prácticas necesarias al hombre «alienado» de hoy: su disposición puramente humana, no mesiánica ni venida de ningún más allá, absolutamente democrática y contraria a las castas, a favor de la liberación de la mujer, del libre pensamiento, de la investigación crítica, de la búsqueda no sólo teorética, sino mirando esencialmente a la vida... 

Y todo eso se me hacía todavía más patente ahora en el Mahayana, en el Tx'an (Zen en japonés). «Se leen libros, se asiste a conferencias, se escuchan ávidamente muchos sermones, se ensayan diversos ejercicios religiosos, diversas disciplinas. Y, naturalmente, también llega un momento en que nos preguntamos qué es el Tx'an», dice su más importante propagador, el maestro Suzuki. 

Para el intelectual de hoy, para quien son insuperables los preámbulos de la fe religiosa pero que, en cambio, parece necesitado de preservación o de creación de tantos y tantos valores espirituales, de una comprensión unitaria del Universo, tan necesaria para nuestro equilibrio psíquico, encontrarse con el Tx'an es como el respiro aliviado de quien reposa después de un largo camino. Encontrarme de repente con los fundamentos tan terriblemente sencillos de aquel pensamiento, sin necesidad de dioses, ni dogmas, ni ritos, ni escrituras, fue una revelación que, por su increíble modernidad, me causó una gran atracción. En conjunto, la influencia del hinduismo y del budismo (del Tx'an especialmente) ha sido un gran impacto y una lección inmensa sobre algunos escritores y artistas, en mucho de lo que se ha llamado luego «contracultura», y las consecuencias han de ser forzosamente todavía de gran entidad. Éstas han sido, naturalmente, muchísimas; incluso las revisiones y los intentos de apertura, por ejemplo, de un sector de la Iglesia católica, tan anquilosada hasta ahora, son una prueba de ello. 


1. Véase H. D. Thoreau, La désobéissance civile, J. J. Pauvert, París, edición del 150 aniversario de su nacimiento. También Gandhi, Autobiografía, la historia de mis experimentos con la verdad, G. Kraft, Buenos Aires, 1955. También Acharya Vinoba, La révolution de la non-violence, Albin Michel, París, 1958.

© Del libro al que pertenece el fragmento aquí publicado
Diseño original de la colección: Josep Bagà Associats 
Título original: Memòria personal. Fragment per a una autobiografia (Editorial Crítica, 1977) 
Primera edición en Seix Barral: octubre 1983 
Primera edición en este formato y diseño: marzo 2003 
© 1977, Antoni Tàpies 
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo y propiedad de la traducción: © 1983, 2003: EDITORIALSEIXBARRAL, S. A. 

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Soledad Lorenzo: "Tàpies ha sido un monstruo de la pintura"
Por Paula ACHIAGA 

La galerista recuerda el camino recorrido junto al pintor, "una experiencia extraordinaria" que se tradujo en una buena amistad

Soledad Lorenzo ha sido la galerista de Tàpies desde 1995 aunque, como cuenta ahora, en el día de su muerte, “lo conozco desde niña”. Y no es un decir. “Cuando todavía era un estudiante de derecho que pintaba, mi hermano Ricardo llegó un día a casa diciendo que había visto la obra de un pintor fantástico. A mi padre le encantó. Aunque cuando cambió al povera se llevó un gran disgusto, en mi casa aquello fue durante un tiempo motivo de discusión”, recuerda Soledad Lorenzo. 

También ella se entusiasmó pronto por el pintor y ya en 1985, antes de abrir su propia galería, organizó una exposición de Tàpies como comisaria del festival Europalia que aquel año se celebró en España. Diez años más tarde inauguraba en Madrid la primera individual en su galería. Fue gracias a Julian Schnabel. "Un día vino a la galería y me dijo, 'Soledad, quiero conocer a Tàpies'. Para él era uno de los grandes y en él se inspiró en un momento determinado de su carrera. Así que fuimos a conocerle. Schnabel, extrañado, le preguntó que por qué no tenía galería y él contestó, 'porque a Soledad no le gusto'. Yo, que soy medio catalana, le dije 'ya palarem'". Y hasta hoy. 

Soledad Lorenzo, que el pasado mes de octubre reunió en su espacio de la calle Orfila de Madrid las obras últimas del artista -expuestas en esta ocasión con las de Louise Bourgeois, otra de las grandes-, ha organizado seis exposiciones individuales de Tàpies y, a lo largo de estos años puede presumir de haber forjado una buena amistad con él. “Ha sido una experiencia extraordinaria -cuenta-.Siempre me decía que le montaba muy bien, que elegía muy bien las piezas”. Y este verano fue, como siempre, a Barcelona, a seleccionar las obras de su última exposición. "Teresa, su mujer, me dijo que ya no quería ver a nadie. Pero bajó. Creo que me tenía gran simpatía. Yo lo notaba. Le encontré muy cansado de cuerpo, pero lúcido de mente. Ya no podía pintar, pero sí dibujar, y me enseñó lo último que había hecho. Le vi muy bien, no pensé que le quedase ya tan poco...". En cualquier caso, reconoce, Tàpies ha sido un privilegiado, "ha estado trabajando casi hasta el último momento, aunque tenía la espalda destrozada de pintar en el suelo. Ha vivido hasta el final." 

Ha sido, además, para la galerista, un "artista de artistas". Cuenta como Juan Uslé y Victoria Civera, más cercanos entonces a la fotografía y con la idea de la muerte de la pintura rondándoles, vieron en Barcelona una exposición de Tàpies y quedaron boquiabiertos. O cómo le admiraba otro de sus artistas más importantes: "Palazuelo decía que Tàpies era el mejor de los pintores". Un pintor también respetado fuera de nuestras fronteras. "El propio Anish Kapoor quiso conocerle. Coincidieron en Venecia, él en el pabellón inglés y Tàpies en el español y yo les presenté. Era absolutamente internacional".

Por sus manos, y por su galería, han pasado tàpies de todas las épocas. Es complicado elegir uno entre tantos pero si tiene que escoger, se queda con el suyo: “Yo tengo uno, y me encanta. Es una estera, una especie de cesta de cuerda, rota por el medio por los lados y con una cruz en el centro, es precioso. Me quedo con el Tàpies de las materias encontradas”. De sus últimas obras, las realizadas hace apenas año y medio, destaca su fuerza, su rotundidad. “Las obras que yo tuve en la exposición eran las de un joven. Era fantástico, ha sido un monstruo de la pintura. Un superdotado”, dice. 

Ahora, Soledad se ocupa del otro teléfono. Está organizando el viaje a Barcelona. No quiere perderse el adiós a un amigo, uno de los maestros del arte español del siglo XX. 

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Antoni Tàpies
"Sólo aspiro a que mi trabajo sea útil"
Por Daniel GIRALT-MIRACLE 

En vísperas de su 85 cumpleaños, vuelve Antoni Tàpies a Madrid con su obra última: dieciséis pinturas que pueden verse desde ayer en la galería Soledad Lorenzo. En plena forma intelectual, el artista ha hablado desde la complicidad con el crítico Daniel Giralt-Miracle de filosofía y ciencia, de Duchamp y de su nuevo proyecto en Nueva York. Una conversación que dibuja otras cartografías para conocer al artista

Uno de los rituales que más me gusta cumplir es cruzar un recoleto pasaje que une la avenida en la que tengo mi estudio con la calle en la que vive Antoni Tàpies, para visitarlo y disfrutar de su compañía, para charlar con él de lo divino y lo humano, para aprender un sinfín de cosas que sólo los maestros saben. Siempre he admirado la casa que en 1960 le construyó Juan Antonio Coderch (Barcelona, 1913 - 1984), el renovador de la arquitectura catalana moderna, quien en un solar entre medianeras, de sólo 8 metros de anchura, proyectó un edificio fácilmente identificable por estar realizado con ladrillo manual y tener cerramientos de persiana de librillo. Esta casa-estudio está basada en la articulación de espacios, de manera que la vivienda, el estar, el taller y la biblioteca forman un ámbito vital que facilita la introspección y en el que Tàpies, junto a su inseparable Teresa, vive y trabaja casi de forma monacal.

En esta ocasión el motivo de mi visita es felicitarlo por el 85 aniversario que celebrará el próximo sábado y hablar con él sobre las distintas exposiciones que tiene proyectadas para este año, especialmente la que inauguró ayer en la Galería Soledad Lorenzo cumpliendo así su compromiso anual con la ciudad de Madrid. 

-¡Felicidades, Antoni! 
-¡Muchas gracias, amigo!

-últimamente has manifestado que los años no pasan en balde y que has tenido algunas limitaciones a causa de algunos achaques físicos: la vista, el oído, el corazón, al que desde este verano acompaña un marcapasos... pero ante la obra que has expuesto recientemente en Barcelona, la que ahora presentas en Madrid y la que acabas de mostrarme en tu taller, producida durante este verano en tu estudio de Campins, en la sierra del Montseny, no puedo percibir ninguna disminución en tu potencial creativo. Diría más, hay un Tàpies más seguro, introspectivo...
-Posiblemente tengas razón. Las dificultades físicas que han ido apareciendo me han obligado a concentrarme más en mí mismo y a explorar más mi mundo interior, y de ello me he dado cuenta precisamente este verano, a causa de los problemas que he tenido con el corazón. Además creo que las sabidurías asiáticas, como el budismo, por las que ya sabes que tengo especial predilección, me han ayudado a tener una visión más profunda del mundo, más cercana a la verdadera realidad. A veces pienso que hoy se vive más pendiente de necesidades mecánicas que de las cosas realmente esenciales. 

Pequeño catálogo de filosofías

-Para mí has sido siempre más que un artista, capaz de hacer pinturas, grabados, dibujos, esculturas, murales... También eres un pensador, un filósofo que reflexiona a través de la cultura visual. Tú mismo te autodefinías como “pequeño filósofo que medita sobre la existencia”. ¿Te atreves a afirmar que el trasfondo de tu obra es filosófico? 
-Quizá no exclusivamente, pero el hecho es que yo nunca he separado estas disciplinas, el arte y la filosofía, tal vez por la influencia que han ejercido en mí las filosofías orientales que no excluyen nada, que entienden la existencia y el mundo como una globalidad.

-A lo largo de la vida, ¿qué filósofos te han influido más? 
-Sin duda, los que me interesaron primero fueron los presocráticos.Más tarde, y ya entre los filósofos contemporáneos, me sentí atraído por los existencialistas, particularmente por Sartre y Heiddegger, pero los tiempos han cambiado y hoy creo que lo que es fundamental es el pensamiento científico, porque la ciencia ha hecho unas aportaciones que, en mi modesta opinión, considero definitivas. Un autor que me gusta es Fritjof Capra, porque ha sabido resumir muy bien los vínculos entre la ciencia moderna y el taoísmo o el zen, lo que para mí resulta fascinante.

-Es asombroso además que Capra, este científico autor del libros tan relevantes como El tao de la física o La ciencia de Leonardo, manifestara su deseo de conocerte cuando hace unas semanas pronunció una conferencia en Barcelona, atraído por tu obra y tu pensamiento.
-Sí, quería saludarme y vino a verme. Fue muy enriquecedor y gratificante para mí. Estuvimos charlando, le pude explicar que soy un devoto lector de sus libros y en su conversación constaté de nuevo que ciencia, arte, pensamiento, místicas... confluyen.

“Uno y múltiple”

-Hablemos un poco de tu pintura. Anna Agustí, la persona a la que has confiado el catálogo razonado de tu obra, me certifica que ya tiene fichadas más de 8.300 obras tuyas. Son muchas obras y muy diversas y, sin embargo, todas llevan la huella de Antoni Tàpies. Como muy bien te definió Manuel Guerrero eres “uno y múltiple”, eres creador de un universo plástico y de una escritura inconfundible, sin caer en el manierismo. ¿Cómo lo haces?
-No lo sé. Soy muy intuitivo. Cuando me pongo a trabajar entro en el estudio sin saber qué haré, sin ningún plan predeterminado. Empiezo a preparar la tela, a remover colores, a elegir materiales... y poco a poco van surgiendo ideas, que se concretan en un dibujo, un cuadro, una escultura... 

-Por lo tanto, ¿juegas con el azar?
-Sí. Me gusta jugar con el azar, porque me permite, por un lado, ver cómo las cosas se van modificando y, por el otro, explicarlas de otra manera. Por esto las reglas del arte académico no me interesan.

-Dices que no preparas nada, que te pones a trabajar sin ideas preconcebidas, pero en cambio haces apuntes previos de tus cuadros, breves anotaciones, muy sinópticas del signo y de los colores que piensas aplicar. ¿Es una manera de cazar imágenes o conceptos?
-Podríamos llamarlo así. Hace muchos años que decidí que cuando tuviera un pensamiento o una visión de algo que me interesara lo anotaría en una hoja de papel, porque me había ocurrido el hecho de tener una idea que consideraba sugestiva y cuando iba al estudio olvidaba lo que tanto me había impactado. Por lo tanto, sí, es una manera de trabajar, intento atrapar aquello que me interesa y después puedo desarrollarlo en un cuadro o no.

-En todo caso, ¿te gusta sorprender al espectador?
-Claro, faltaría más! De ahí que aun usando siempre un mismo repertorio sígnico y simbólico intente evitar la reiteración. De todas maneras, en el fondo creo que esto es lo que debería hacer todo artista. 

-En tus cuadros aparecen muchos objetos cotidianos. Lo que para algunos son desechos parece que para tí son estímulos. ¿Es así?
-Es verdad. Muchas veces he integrado en mi obra materiales y elementos que otros podrían calificar como trastos, pero es que en ellos descubro un interés plástico que creo que enriquece mi obra. Por ejemplo, si pienso en dibujar un calcetín... pues ya no lo dibujo, sencillamente lo cojo y lo pego, pero esto se me acepta gracias a la labor que hicieron mis predecesores. Si no hubieran existido figuras como Duchamp, quizá yo no lo haría.

-Por otro lado, es curioso porque siempre recurres a elementos humildes, nunca empleas cosas ricas o haces “cuadros bonitos”, siempre empleas calcetines, camas, mantas, tazas, huesos todo lo cotidiano, lo sencillo, nada de lujo. ¿Es una opción?
-Sí. Es una manera de mostrar respeto por la vida, y todo lo que configura nuestro mundo.

-Un sector de la crítica te califica como abstracto, muchos otros pensamos que eres un realista. ¿Tú como te defines? 
-Yo no me defino. Simplemente procuro ir asimilando cosas nuevas, intento descubrir nuevos campos... porque en el fondo los maestros no te lo dan todo hecho, tú también debes elaborar un lenguaje propio. Más que a una calificación de mi obra a lo que aspiro es a que del mismo modo que yo he aprendido muchas cosas de Duchamp o Miró, mi trabajo pueda ser útil a los que me siguen generacionalmente.

-Observando tu obra descubro en ella tres elementos básicos que tú interrelacionas: el ser humano -su corporeidad-, los objetos -su fisicidad- y los signos -lo simbólico-. ¿Cómo funciona?
-¡Me preguntas una cosa tan difícil! ¡Es como si me pidieras que te explicara la vida! 

-¡Caramba, Antoni! Me acabas de contestar. Tu obra es tu vida, intentas expresar la vida, tu manera de ver la vida. ¡Fantástico!
-¡Exacto!

Proyectos con NY al fondo

-A lo largo de tu trayectoria has escrito siete libros y muchos artículos. ¿Tienes la impresión de que te queda algo por decir sobre tu vida y tu concepto del arte?
-No, creo que ya no debo decir nada más. Ya soy mayor. Sin embargo estoy muy contento porque pensadores que yo valoro mucho, como Xavier Antich y Sam Abrams, están preparando dos libros a partir de mis escritos. El de Antich aparecerá seguramente en diciembre publicado por el Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg y se titulará En blanco y negro. Ensayos. Son casi 50 textos publicados entre 1955 y 2002 que ha seleccionado con acierto el mismo Antich. Me hace mucha ilusión. En cuanto al libro del bibliófilo que dirige Sam Abrams, y que editará Cuixart Goday SL con el título Tàpies escriu, recogerá una serie de fragmentos extraídos de mis libros. Lo espero con especial anhelo porque con él Abrams quiere reivindicar el valor que atribuye a mi obra literaria. 

-Como te veo en plenitud de forma, antes de despedirme quiero que me cuentes cuáles son tus planes más inmediatos.
-Tengo una exposición de dibujos en la Galería Lelong de París, otra en Nueva York, como las que suelo hacer cada dos años, y una novedad, que me tiene muy contento y entusiasmado. No podía hablar de ella porque no estaba cerrada. Pero ahora ya sí. Me han pedido una exposición de obra de los años cincuenta y sesenta para la Dia Art Foundation de Nueva York, que se hará en febrero coproducida por el MNCARS. La prepara Manolo Borja. 

-Tenéis muy buena química Manolo y tu. Dirigió tu fundación, articuló tu retrospectiva en el MACBA, ha preparado diversas exposiciones y libros de tu obra ¿Crees que es tu mejor intérprete?
-No sé si es el mejor, pero sin duda es uno de los mejores. Es evidente que Manolo y yo tenemos buena química, aunque no siempre estamos de acuerdo. Pero es que las cosas no sólo funcionan por la categoría intelectual que se pueda tener, sino también por los sentimientos. Como la vida. Queremos mucho a Manolo, y él nos quiere a nosotros.

A mi pesar, debo poner punto final a esta entrevista. Nunca me cansaré de escuchar a Antoni Tàpies, lo que explica y cómo lo explica, y el marco en el que lo explica no es ajeno a este sentimiento. Esa casa repleta de las obras de arte que lo han acompañado a lo largo de su vida: Picasso, Miró, Paul Klee, Dubuffet, Kandinsky, Arp... pero también de máscaras de Nueva Caledonia, arte negro, arte japonés, mandalas... Un espacio incomparable al que espero volver pronto. 


Articulo :  http://www.elcultural.es 06/02/2012

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