PENSAMIENTO:
A sangre fría
Por José Luis PARDO
Los escritos de Camus, Koestler y Dos
Passos sobre la pena de muerte invitan a pensar en la nueva soberanía política
Si hubiera que elegir una sola imagen, tan
honesta como completa, que resumiese con la fuerza del relato vivido todas las
razones que pueden esgrimirse contra la pena de muerte, ninguna sería tan clara
como la historia que cuenta Albert Camus al comienzo de sus Reflexiones
sobre la guillotina, reeditadas ahora en castellano por Capitán Swing. En
1914 se produjo en Argelia un crimen especialmente execrable (porque comportaba
ensañamiento con menores), que despertó las iras de la opinión pública contra
el asesino. El padre de Camus unió su honrada indignación a la de la
muchedumbre enfurecida que reclamaba para el culpable la ejecución pública en
la guillotina. A través de los recuerdos de su madre, el escritor reconstruye
cómo se vivió en su hogar el día del cumplimiento de la sentencia: su padre se
levantó antes del amanecer para sumarse a la multitud que se agolpaba en el
escenario del patíbulo; acabada la ceremonia, regresó a casa, pálido y
trastornado, se tumbó un momento en la cama, vomitó largamente y nunca más
volvió a decir una palabra sobre aquel asunto. "En lugar de pensar en los
niños asesinados", comenta Camus, "sólo podía pensar en ese cuerpo
jadeante que acababan de arrojar sobre una tabla para cortarle el cuello".
Los alegatos contra la pena de muerte y la
documentación en la que se apoyan no han dejado de aumentar desde los tiempos
de Beccaria y Voltaire hasta nuestros días, en los que se han sumado a ellos
los conocidos ensayos de Norberto Bobbio o Mario Marazziti, y sobre todo el
clásicoReflexiones sobre la horca de Arthur Koestler, cuya argumentación
es tan variopinta como demoledora y que se reúnen en la misma compilación que
las de Camus ya citadas y las de Jean Bloch-Michel. Igualmente eficaz, en
cuanto testimonio, es el Ante la silla eléctrica (Errata Naturae), el
libro con el que John Dos Passos empeñó su recién ganado prestigio como autor
deManhattan Transfer para intentar a contrarreloj salvar la vida de Sacco
y Vanzetti, los dos anarquistas italoamericanos finalmente ejecutados en
Massachusetts en 1927 tras un proceso judicial más que dudoso y un penoso
espectáculo de difamación jaleado por los poderes públicos. En todos ellos
encontramos los mismos elementos de este drama: la presentación de ciertos
delitos como algo tan abominable que la justicia ordinaria parece insuficiente
para castigarlos; la canalización política y periodística de todos los
malestares sociales difusos o latentes hacia los culpables de tales acciones,
convertidos en chivos expiatorios que permiten al público sentirse víctima
ofendida, santificar sus bajas pasiones y rechazar su corresponsabilidad
colectiva en la persistencia de esos males; y la miseria y la vergüenza que se
despliegan en los procesos de castigo, que frecuentemente -recordemos A
sangre fría, de Truman Capote, cuyo título evoca por sí solo la ambigüedad
de la pena- convierten el castigo en una condena a una tortura que, al ser peor
que la muerte, la hace aparecer como una liberación deseable; y, finalmente, el
asco y la descomposición -sentimientos que sólo pueden combatirse con el
endurecimiento anímico provocado por la repetición constante y la aceptación
social- que emanan de la indignidad y la indigencia de la venganza cumplida en
los sórdidos escenarios de las ejecuciones, tanto más grises cuando las
ejecuciones dejaron de ser públicas; cosa que, como nos enseñó Michel Foucault,
no ocurrió porque el poder se humanizase y se avergonzase de su propia fuerza,
sino porque era cada vez más difícil evitar que el pueblo experimentase en esa
exhibición, más que el temor al cruel destino que aguarda al delincuente, la
figura de un duelo desigual entre una instancia que lo puede todo y un
individuo cuya única resistencia posible radica en su cuerpo desnudo e inerme.
¿Por qué, entonces, y tal como nos muestra
cada año Amnistía Internacional, la invocación de la "humanidad"
puede tan poco contra la pervivencia de la pena capital? Tras la falsa
justificación por la "ejemplaridad" del castigo se oculta la
concepción -arraigada aunque arcaica- de la soberanía política como poder de
disponer arbitraria y exorbitantemente de las vidas de los súbditos que se
expresa, de modo tan majestuoso como nauseabundo, en ese acto inevitablemente
equívoco. Y esta concepción nos hace a menudo olvidar que el monopolio de la
violencia legítima por parte del Estado tiene como fin el hacer cesar el ciclo
de las venganzas, que el incuestionable derecho a castigar -tan fácilmente
transmutado en furor puniendi- nació para detener la guerra, no para
continuarla por otros medios. Como dice Camus, "cuando la justicia suprema
sólo consigue hacer vomitar al hombre honesto al que se había comprometido a
proteger, parece difícil seguir creyendo que está destinada, como debiera ser
su función, a proporcionar más paz y orden a la ciudad". ¿Podemos aplicar
esto también a nuestros días? Es cierto que ahora el poder que nos es más
próximo expresa su majestad disponiendo arbitrariamente de los sueldos, las
pensiones o los servicios sociales de los ciudadanos, pero algo nos dice que la
soberanía que así se enseñorea de nuestros bolsillos, como el poeta dijo de la
vida, está en otra parte.
Reflexiones sobre la pena de
muerte. Albert Camus. Arthur Koestler. Introducción de Jean Bloch-Michel.
Traducción de Manuel Peyrou. Capitán Swing. Madrid, 2012. 232 páginas. 18,50
euros.Ante la silla eléctrica. John Dos Passos. Traducción de Alba Montes
Sánchez. Errata Naturae. Madrid, 2011. 192 páginas. 19,90 euros.
Articulo : http://www.elpais.com
04/02/2012
